Tentaciones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Entiendo que, perturbados por la idea de perpetuarse en el poder, algunos gobernantes, en el mundo, caen en la tentación de propiciar y consentir desigualdades, antagonismos y desórdenes sociales, desempleo, carestía, escasez, padecimientos en detrimento de la salud comunitaria, falta de inversiones productivas, inseguridad, cargas impositivas exageradas, carencia de servicios básicos, ambigüedad en las políticas públicas, conflictos, noticias falsas, burocracia improductiva, caos, injusticias, enfrentamientos y crisis, hasta actuar y justificar, en consecuencia, sus medidas represivas. Si la sociedad es débil y las familias y las instituciones legítimas se encuentran rotas, enfrentadas entre sí, tales gobiernos impondrán su autoritarismo aplastante. Al contrario, si las familias se encuentran fortalecidas e integradas, junto con sus instituciones, no habrá grupo que la reprima. Una sociedad con familias integradas y con valores, representan una muralla y una fortaleza contra quienes ambicionan imponer su totalitarismo e intereses ambiciosos.

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Añoro cualquier otro día

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy añoro cualquier otra hora o día -el que sea, el de ayer, el de hace un año, el que ya no recuerdo por la costumbre de sentirlo mío y repetido-, cuando la vida parecía mecerse en un remanso apacible, policromado y multiforme, con libertad de permanecer de pie, sentado o volar. La de ahora, tras los barrotes intangibles del aislamiento, es una fecha en que extraño las sonrisas, los destellos minúsculos y los rostros a los que me acostumbré y pasaban inadvertidos. Esta mañana anhelo otras auroras, aquellos instantes matutinos en que me distraía y torpemente derrochaba en asuntos baladíes y cotidianos sin tomar en cuenta que la vida es algo más valioso que apariencias, cuentas bancarias, objetos lujosos y superficialidades. Esta tarde de aislamiento, recuerdo los murmullos de mi infancia en el parque, las comidas y los paseos familiares, los rostros de la gente tan amada, los encuentros inesperados con cada minuto, las alegrías y las tristezas de mi existencia. La noche de hoy, desolada y silenciosa, habla con el lenguaje de la vida y la muerte, el sí y el no de la existencia que tocan a la puerta y acechan por la ventana. Es la vida o la muerte. Esta madrugada de mi existencia, despiadada y gélida, despierto con la esperanza e idea de que mañana, a cierta hora, será otro día, y tal vez, al disiparse las sombras y el sigilo del ambiente y mi somnolencia, escucharé, como antaño, el trinar de las aves en las frondas de los árboles, los tañidos de las campanas de la libertad y el zumbido de las abejas, y percibiré, al abrir las ventanas, los colores de la vida, las fragancias de los tulipanes y las rosas y el encanto del amor, la alegría, la sencillez, los actos nobles y las sonrisas.

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Hoy

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy no deslizaré los pinceles sobre las letras para aplicarles colores, ni impregnaré las palabras de notas musicales que cautiven los sentidos y penetren las honduras del ser. Hoy no esculpiré textos ni armaré ideas derivadas de lo que tanto me apasiona. Hoy no me presentaré en las páginas de mi arte, donde suelo patinar feliz, libre y pleno. Hoy apago las luces del escenario artístico con la idea de abrazar a cada uno de ustedes, en el confinamiento de sus hogares, en sus refugios, y compartir, hermanados, los rumores del silencio que jamás podrán apagar quienes ambicionan apoderarse de la humanidad, el planeta y sus cosas. Hoy, en memoria de quienes injustamente han padecido el desgarramiento y el luto provocados por una epidemia artificial, alterada en laboratorios y cultivada en regiones estratégicas para causar daño, asesinar a incontables seres humanos y propiciar desempleo, crisis económicas y financieras, odio, desabasto, miedo, descontento social, especulación y riesgos de toda clase, guardo la libreta de apuntes, los bolígrafos y la computadora. Hoy, en el aislamiento, me atrevo a suplicarles que retornen a sí mismos, a sus familias, a los seres que aman, a la humanidad. Hoy les pido que no se rindan ante un grupúsculo que pretende reducir considerablemente el número de seres humanos para posteriormente, en la ruina colectiva, imponer su orden mundial insano, cruel e injusto. Hoy los invito a que reconstruyan lo que ellos, los miembros de la élite, corrompieron, destruyeron y contaminaron durante décadas. Hoy les recuerdo que existe complicidad en esto y que, por lo mismo, no es de extrañar el silencio de amplio porcentaje de líderes religiosos, sociales y políticos del mundo, junto con sus reacciones, medidas, protocolos y estrategias contradictorias, torpes y retrasadas, y la alianza, en muchos casos, de medios de comunicación que manipulan la información y la utilizan como arma para alarmar a las sociedades. Hoy deseo recordarles que la supuesta libertad en las redes sociales es ficticia y que son utilizadas por los poderosos, quienes les dan sentido hacia donde conviene a sus intereses. Hoy,  entristecido por el dolor, la miseria y el luto de la humanidad, me atrevo a asegurar que si está comprobado que se trata de un coronavirus alterado en laboratorios, existen responsables de un genocidio internacional, y lo son desde los científicos mercenarios hasta las familias con mayor poder económico, las que, incluso, utilizan a los gobernantes para conseguir sus objetivos insanos, a los que finalmente aplastarán y derrocarán. Hoy, en el encierro, aprovecho la oportunidad para comentarles que la pretensión de tal grupúsculo es reducir la población mundial, exterminar mayormente a los ancianos y enfermos, quebrantar empresas y esquemas financieros que les representen obstáculo, endeudar y empobrecer a las mayorías, implantar nuevos modelos y apoderarse de los recursos naturales y de la voluntad colectiva. Hoy los invito a no doblegarse, a fortalecer a sus familias y a exigir respuestas y soluciones más que infundir desesperación y pánico. Hoy les pido actuar con inteligencia antes de que los otros apaguen la luz del mundo y roben nuestra alegría y esencia. Hoy, guardo en el armario los pinceles que deslizo sobre las letras y las notas musicales que coloco en las palabras, simplemente con la idea de exhortarlos a formar una muralla fuerte y con sentido común que exija respeto, soluciones y castigo los responsables de esta calamidad. Hoy, sencillamente los abrazo y les invito a multiplicarlos, junto con acciones nobles, para formar un frente que descubra y sancione a los enemigos de los pueblos. Sumemos y multipliquemos amor, sentimientos nobles, justicia, dignidad, respeto y valores.

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A la otra orilla de mi naufragio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A la otra orilla de mi naufragio, contemplo nombres y apellidos, historias, rostros y cosas que se desvanecen, como si la vida, en el mundo, fuera un sueño, una trama que uno construye y al final, ante la caminata impostergable de las horas, el tiempo, el recuerdo y el olvido -cómplices o rivales- deshilan un día cualquiera, una tarde otoñal o una noche de lluvia. Estos días en los que el celaje parece sustraído de otra pintura surrealista, entre el miedo y el refugio, cerca de gente que muere o se siente herida y derrama lágrimas, todo ha encallado, y observo que lo de antaño se diluye en aquella ribera, en esa margen donde quedaron mis añoranzas, las cosas que parecían tan mías y no lo eran, las personas que una e incontables ocasiones abracé, mis huellas que creí imborrables. Estoy entre una orilla y otra, la del ayer y la del mañana, en el hoy de mi existencia, en el ahora de los seres humanos, Alguien robó las estrellas y colocó luceros falsos sobre un manto que cubre la luna en forma de columpio, como si la intención fuera consumir y sepultar los sueños, la creatividad, las ilusiones, los juegos, la imaginación, la risa, el amor, la alegría, el bien y la inocencia. De allá provienen los susurros de los otros años, los rumores de gente y tiempo distintos a los del minuto presente. Sobreviviente de aquellos tiempos que apenas hace algunas semanas parecían tan nuestros, como si la vida, la salud, la gente y las cosas fueran pertenencia, intento nadar para no ahogarme. Mi intención es llegar hasta el bote de remos, abandonado alguna vez por el lujo de un yate, y navegar a la orilla opuesta, la del porvenir, donde tras la cortina de niebla, me parce advertir el murmullo de otra gente, o tal vez la misma, o acaso una mezcla de los de entonces y los de ahora. Remaré incansable durante la noche oscura de mi existencia, mientras enfrento los fantasmas de mi interior y los de afuera, en una lucha por conservar la luz y evitar que se apaguen las emociones, el valor, los sentimientos, la razón, la vitalidad. Me resignaré a la despedida, a la renuncia del ambiente y la época que dejo atrás y queda en una orilla que cada instante empequeñece, y me prepararé, durante la travesía, para llegar completo a un nuevo mundo y partir, entonces, desde el inicio, acaso con la ropa desgarrada y la piel herida, probablemente con el recuento de una epopeya que se resiste a morir ante los embates de la desmemoria, quizá con lo bueno y lo malo, tal vez dispuesto a cultivar el amor, el bien, la verdad, los sentimientos nobles; pero más abrazado y unido a aquellos que tanto quiero y ni la amnesia y los embates de estas horas lograrán borrar. A la otra orilla, descubro a la gente, las cosas, las remembranzas y los capítulos que nunca morirán en mí; en la ribera opuesta, en tanto, distingo la luz de un nuevo día, las facciones dichosas y plenas de quienes han renacido y me esperan, los senderos que conducen a rutas y horizontes bellos y prodigiosos. Remaré toda la noche y recogeré, en el trayecto, a los que sientan desfallecer, a los que amo tanto, a los que no conozco, a los heridos, a los que sufren y tienen hambre. Cargo una historia, innumerables días vividos, nombres y apellidos que me identifican y fortalecen, flamas que conservaré prendidas. Permanezco entre una orilla y otra, en el naufragio de una noche que parece no tener final, con la idea de remar a quietos remansos. Me parece que tras la noche desolada y silenciosa, ennegrecida por el manto que flota entre el cielo y la tierra, aparecerá la luz de un amanecer y mi naufragio, como el de los demás, se disipará. Creo que al llegar a la otra orilla, asomaré al agua y en mi imagen identificaré los rostros de quienes amo tanto y de aquellos que no conozco, como si fuera a acontecer un milagro, el prodigio de sentir hermanos a los demás, al pobre y al rico, al ignorante y al sabio, al joven y al viejo.

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Amor de estaciones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En primavera, verano, otoño e invierno fui aprendiz de mago y pintor e intenté, cada momento, maquillar tu rostro con alegría y sonrisas, unas veces con colores pálidos y otras, en cambio, con tonalidades intensas, de acuerdo con las flores que crecían ufanas e invitaban a amar y vivir, con las gotas de lluvia que reventaban al precipitarse del celaje nublado y liberaban sueños e ilusiones, con las caricias del viento que jugaban con tu cabello y con los copos de nieve que cubrían los abetos y los tejados. En las noches, tracé el plan de descorrer el telón celeste con la idea de provocar embeleso en tus sentidos y que así sintieras, a cierta hora, el encanto y la magia que regalan las estrellas y otros mundos a quienes todavía aman y sueñan. En mi proyecto también incluí saltar la cerca de tu jardín, recolectar a hurtadillas los tulipanes más bellos y cautivantes y escalar hasta el balcón con la finalidad de introducirme a tu habitación y colocarlos en tu almohada, junto a ti, para que al despertar, sonrieras, percibieras mi perfume mezclado con el de las flores y comprobaras que siempre te encuentras en mí. Te amé cada estación a mi manera, con nuestro estilo tan especial, y utilicé todos los materiales disponibles -flores, gotas de lluvia, hojas doradas y secas, trozos de nieve, piedras minúsculas, servilletas de papel, tarjetas, campanas y sonidos-, y hasta desdibujé las tardes desoladas y tristes para que tu corazón latiera con el mío mientras bebíamos café, mirábamos nuestros reflejos en los aparadores de las tiendas y jugábamos a los enamorados. En mi estrategia siempre fue primordial amarte en primavera y verano porque de no haberlo hecho, me pregunto ahora en el aislamiento, no podría hacerlo cuando se aproximen el otoño y el invierno. Quien no ama en las mañanas y los mediodías de su existencia, menos lo hará durante los atardeceres y en las noches oscuras y heladas. Y así aprendí a amarte en todas las estaciones, cada año, y si un día, otro y muchos más, antes del encierro, admiré la brillantez de tu mirada y la lozanía de tu rostro, estoy seguro de que alguna fecha incierta, cuando en verdad se presenten el otoño y el invierno de la vida, me encantará tu figura porque el tiempo es incapaz de apagar la belleza subyugante de la luz. Te amé cada estación, el año anterior y los pasados, con la finalidad de ensayar los períodos de la vida y sentirnos eternamente juntos. Ahora, recluido en mi taller de artista, en el naufragio voluntario, te siento conmigo y no me arrepiento de haberte dedicado las horas de antaño y de apenas hace unos días porque así aprendí a amarte y anticipé mis pasos a fronteras donde el tiempo y la distancia no existen. Fui poeta, mago y pintor de primavera, verano, otoño e invierno para regalarte, cada día, el juego del amor y la vida sin importar fecha ni horario, y aquí estoy, en medio del destino y la historia, dispuesto a remar contigo y tu voz, contigo y tu sonrisa, contigo y tus ojos, contigo y tu recuerdo, contigo y con lo que somos, contigo y conmigo, con tu nombre y el mío…

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Cuando amanezca otra vez

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mañana, cuando amanezca otra vez, acaso acostumbrado a mis días de soledad y silencio o quizá fatigado por tanto morir y renacer al mismo tiempo, asomaré a la ventana -vidrios con huellas de mis manos, laminillas con la ansiedad de mi respiración, cristales con el testimonio de mis anhelos, ilusiones y suspiros- y miraré de nuevo la luz del sol mostrándome los colores de la naturaleza. Entonces saldré, agradecido por el milagro de la vida, y ya no me importarán las apariencias desgarradas ni los convencionalismos fugaces y yertos para correr por los jardines y las calzadas empedradas de los bosques e ir tras el amarillo de las abejas y la dulzura de su miel, el naranja de las mariposas, el blanco de los tulipanes, el café de los troncos, el verde de las plantas y los follajes, el rojo de las cerezas, el jade y el turquesa del océano y el azul profundo del cielo; pero también buscaré los tonos etéreos del agua, de la existencia y de las almas. Sentiré las gotas de la llovizna matinal resbalar por mi piel entumecida por el encierro de tanto tiempo. El aire volverá a acariciar mi rostro y probablemente hasta me despeinará, y qué importará si no existirán más cadenas ni desazones que perturben mi ser. Sabré, entonces, que las modas y los prejuicios sociales son tonterías de gente que desperdicia los momentos. El aislamiento y el naufragio de las horas y los días me habrán enseñado a valorar las cosas de la vida por su esencia y naturaleza y no, como erróneamente creímos, por sus antifaces y maquillaje. Las aves, envueltas en rico plumaje, cantarán y me conducirán a un rincón y a otro, con la gente que amo y extrañé durante la ausencia, y a cada uno abrazaré, besaré y diré una e incontables veces lo tanto que los descubro en mí, con la promesa de acompañarnos eternamente. Nuestras lágrimas de alegría y emoción deslizarán y se fusionarán con las gotas de lluvia, hasta transformarse en perlas, en burbujas que floten y resguarden sorpresas, detalles, amor y felicidad. Tomaré a unos y a otros de las manos e invitaremos a la humanidad a estrechar las suyas y volver a ser hermanos, y giraremos al escuchar el lenguaje del amor, los susurros de la vida, los rumores de Dios. Al siguiente día, después de que transcurra el capítulo que compartimos la generación de la hora presente, volveré a nacer como los demás y miraré y percibiré a la gente, al mundo y a la naturaleza con otros ojos y sentidos -los del alma-, porque habré aprendido que el verdadero tesoro se encuentra en el interior y no en la acumulación de riqueza material. Cuando vuelva el día, sonreiré a las personas, jugaré y protegeré a los niños, ayudaré a los ancianos, daré de mí a los enfermos y hambrientos, prepararé la mezcla y colocaré las piedras para construir puentes y evitar la caída a abismos, y utilizaré el pico para derribar fronteras, murallas y sombras. Cuando amanezca, como antes, cada instante me parecerá una bendición y dejaré huellas imborrables. Al retornar el día, habré aprendido que el pasado es recuerdo y lección, que el porvenir es incierto y acaso es factible hacer cimientos, y que el hoy, el presente, es lo único que disponemos para realizarnos plenamente, vivir, amar, reír, dar y trascender. Cargaré una gran historia y estaré dispuesto a sumar capítulos sublimes, hermosos e inolvidables. Hoy, entre muros, recuerdos, aislamiento y añoranzas, me arrepiento del bien que pude hacer a los demás y no llevé a cabo, de las manifestaciones de amor que sepulté con mi orgullo y silencio, de los sentimientos nobles que reprimí, de las oportunidades maravillosas que dejé escapar en furgones con rumbos desconocidos y del mal que quizá, sin percatarme, cometí en perjuicio de otros. Estas horas de encierro se transformaron en días y semanas de soledad y silencio que me ayudaron a refugiarme en mí, explorarme, enfrentar mis fantasmas y sombras, conquistarme a mí mismo y crecer. Ahora aguardo el amanecer para salir al mundo y disfrutar cada instante como lo que es, el único lapso para amar, vivir dichoso, hacer el bien y crecer. Mañana, cuando amanezca otra vez, volveré a medirme y comprobaré si en verdad sirvió la oportunidad del aislamiento, en el silencio y la soledad, para reencontrarme, enfrentar mis temores y males, reconstruirme y trascender. Una vez que transcurra la noche oscura, amanecerá e igual que otros, en diferentes rutas del planeta, saldré a cantar, reír y jugar al amor, a la vida, al bien, a lo sublime. Cuando transcurran los minutos del día, esperaré la tarde y la noche con entusiasmo porque ahora sé que la vida es dual y tiene, por lo mismo, claroscuros, un sí y un no que le da sentido. Las estrellas, los faroles y las luciérnagas me guiarán a los caminos y hogares de quienes tanto amo y también con el desconocido para compartir el pan y agradecer al cielo. Y así dormiré, entre sueños, esperanzas e ilusiones, en espera de otro amanecer. Mañana, cuando amanezca de nuevo, seremos otros.

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Hora de las familias

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La familia es, innegablemente, uno de los mayores tesoros que un hombre o una mujer, a cualquier edad, pueda tener. El hogar es casa, punto de encuentro, escuela, aprendizaje, abrazos y amor, ensayo de la vida. Quien ha tenido la dicha de nacer, coexistir y desarrollarse en un ambiente familiar armónico, dichoso, equilibrado y sano, posee la llave para caminar auténtico, feliz y pleno por las rutas de la vida.

Una sociedad próspera y sana se compone de familias y personas felices, positivas y dedicadas al estudio y al trabajo. Si uno desea conocer el grado evolutivo de un pueblo, bastará medirlo a través de sus niños, adolescentes y jóvenes, quienes a través de sus hábitos, modales, educación y sentimientos proporcionarán elementos para determinar si están vivos o muertos.

Durante varias décadas, apoyados en la televisión y actualmente en amplio porcentaje de las redes sociales y páginas de internet -no todo es malo-, los dueños del poder se introdujeron a las casas, manipularon programas y mensajes que se convirtieron en nodrizas, sustituyeron a los padres y profesores, criticaron y ridiculizaron conceptos como la familia, el hogar, la fidelidad, y “normalizaron”, difundieron, aplaudieron, justificaron y rieron con aceptación la crueldad, el antagonismo, la deshumanización, el odio, las superficialidades, la estulticia y la violencia. Maquillaron lo bueno con aspecto repugnante y a lo negativo le aplicaron un encanto colectivo.

No fue casual. Masificar a un pueblo se traduce en utilidades monetarias, en dividir e idiotizar a la gente, en arrebatarle su voluntad, en mantenerla distraída y estancada mientras los dueños del poder económico y político cometen grandes fechorías, en convertir a las personas en número y estadística, en inculcar que un ser humano vale en la medida que posee lujos y superficialidades, en dictar modelos de conducta, en comportarse estúpidamente, en fabricar generaciones en serie, carentes de sentimientos, compromiso, esfuerzo, responsabilidad e ideas.

Dedicaron años a concretar sus planes. Es una élite perversa a nivel mundial, con sus cómplices serviles a los que también desecharán en su momento, la cual es responsable, en la hora presente de nuestras existencias, de la alteración de un coronavirus de laboratorio, incluso patentado, que fue cultivado estratégicamente en ciertas regiones del planeta.

Sabían que si generaban antagonismos y rivalidades entre la sociedad -padres e hijos, maestros y alumnos, patrones y empleados, gobernantes y ciudadanos, hombres y mujeres, acaudalados y pobres, viejos y jóvenes-, los pueblos y las naciones se resquebrajarían y, en consecuencia, los escenarios les resultarían propicios para cometer sus acciones criminales. Es parte del proceso de denigración humana, y al tratarlo así hay que referirse a las condiciones espirituales, físicas y mentales, para así ejercer el poder absoluto y autoritario que los favorezca y mantenga a los pueblos, tras reducirlos considerablemente, totalmente sometidos y bajo condiciones indignas de explotación e injusticia. Entonces, surgirán dos clases de seres humanos: los de la élite, carentes de sustancias tóxicas y alteraciones químicas, y los otros, las multitudes, modificados y condenados a seguir caprichos, intereses y órdenes autoritarias.

Convencieron a las multitudes de que los viejos y enfermos representan un estorbo, pérdida de tiempo y gastos innecesarios, y que acaso hasta ocupan el oxígeno, los espacios y las oportunidades que merecen los más jóvenes y fuertes; también lo hicieron con quienes actúan irresponsablemente y más tarde se deshacen de seres humanos indefensos como quien arroja desperdicios al cesto de la basura. Igualmente, desprestigiaron las buenas costumbres, la amabilidad, el bien, la dignidad, la familia, el hogar, la escuela, la patria, los sentimientos positivos, todo.

No desconocen los poderosos que para provocar confrontaciones, injusticias, crisis y problemas, solamente se requieren, en la fórmula, antagonismos y divisiones en las familias, deterioro de los valores y vacío existencial. Un pueblo en tales condiciones, es propenso a transformarse en títere y desplazarse a rutas demasiado riesgosas. Y si alguien conserva sus principios y tiene conciencia, es aplastado despiadadamente. Si le va bien a quien se rebela, es víctima de escupitajos, desprecios, críticas y violencia. Optan por deshacerse de aquellos que representan una molestia o un estorbo.

Lo que hoy vivimos, es consecuencia de lo que durante años consentimos y permitimos irresponsablemente a cambio de que otros sustituyeran las funciones del hogar y los planteles educativos. Se les autorizó el ingreso pervertido a las familias y las escuelas. Y hasta reímos y les aplaudimos con la creencia de que se interesaban en nosotros, cuando en realidad sepultaban nuestros valores y cavaban tumbas con espectros -estulticia, superficialidades, ambición desmedida, frivolidades, actitudes grotescas- para entretenernos en una carrera existencial vacía y carente de sentido.

Quien analice y estudie diferentes escenarios, comprobará que la versión actual del coronavirus fue elaborada en laboratorios por científicos asesinos y mercenarios y posteriormente dispersada en distintas regiones del mundo con la idea de desarrollar una guerra mundial basada en el terror, la enfermedad, el caos social, el desorden financiero, la quiebra de innumerables empresas, el desempleo acentuado, el descontento masivo y la muerte, versus la sombra de una vacuna que será obligatoria junto con otros medicamentos que modificarán las estructuras mentales y orgánicas de los seres humanos para denigrarlos y controlarlos, la muerte de incontables viejos y gente con padecimientos que representan erogaciones millonarias y la implantación de un orden mundial ausente de sentimientos, absolutamente despiadado, totalitario e injusto.

¿Dónde se encuentran los líderes políticos, sociales, religiosos, empresariales, académicos, científicos, intelectuales y artísticos que se atrevan a denunciar a los verdaderos responsables de la sombra que se extiende sobre la humanidad? ¿Por qué han callado? ¿Forman parte de lo mismo, son cómplices, los han amenazado o son tan débiles que temen?

Si bien es cierto que amplio porcentaje de seres humanos, en el mundo, cometieron excesos y fueron irresponsables en sus entornos y con la naturaleza, la élite poderosa, en alianza con ciertos medios de comunicación mercenarios y con el cultivo mal intencionado en las redes sociales, publican fotografías de animales, ríos, bosques y cielo restablecidos tras días o semanas de aislamiento por parte de la gente, con lo que hacen sentir a hombres y mujeres el peso de su culpa. Y si la humanidad ha sido depredadora e irresponsable, son ellos, los dueños del poder económico, quienes se han apropiado de esteros, playas, bosques, lagos y selvas para explotarlos irracionalmente y enriquecerse sin importarles el daño irreversible al planeta. Qué cinismo encaminar a todos a que roben, cual cómplices, y ser uno el mayor criminal para posteriormente generarles una desgracia y hacerles sentir su culpa.

Hoy, en el aislamiento al que nos han llevado, las familias tenemos oportunidad de reencontrarnos, identificarnos, reconocernos y sellar alianzas y pactos de renovación y cambios sustanciales. Es hora de fortalecernos. Si la intención es enclaustrarnos y provocar desencuentros, riñas, miedo y diferencias, hagamos lo contrario y fortalezcámonos como seres humanos, familias y sociedad.

Es hora de las familias. No hay mañana. Es ahora cuando las familias deben sumarse al cambio y multiplicar acciones que repercutan en el cuerpo colectivo y lo despierten. Empecemos hoy. Cuidamos nuestra salud y la vida, pero evitemos ser parte de este juego sádico por parte de quienes pretenden apropiarse del mundo y de nosotros.

Si la gente, en todos los rincones del mundo, reintegra a sus familias y encauza la labor a sus comunidades, pueblos, ciudades y naciones, la guerra se habrá ganado pacíficamente y se impedirá que una élite criminal se apodere de los continentes, los mares, las personas y las voluntades. Es hora de las familias.

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Mis hermanos y yo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Jugamos al hogar, a la familia, al amor. Compartimos los días y las noches, los minutos y los años, el sí y el no de la vida. Ensayamos la existencia con juegos infantiles, ocurrencias de adolescentes y episodios juveniles. Hubo alegrías y tristezas, pétalos fragantes y tersos y hojas doradas y secas. Juntos, escalamos los peldaños de la madurez, derribamos fronteras, cruzamos puentes, desafiamos abismos, escalamos cimas, crecimos y descubrimos a nuestros lados otras caras, nombres y apellidos que sumamos a nosotros, igual que los árboles al retoñar en primavera, abrazar la lluvia veraniega, agitar sus frondas en otoño y recibir la escarcha invernal. Compartimos los sillones de la sala y la mesa del comedor, la biblioteca familiar, los espacios de la casa solariega, los postres que preparaba mi madre y los bizcochos que llevaba mi padre. Paseamos a un lugar y a otro, con la alegría e ilusión que sólo experimentan las familias que se saben poseedoras de un tesoro que no tiene precio. Peleamos en la niñez, cual guerreros medievales; pero también nos abrazamos y demostramos el amor más bello, sublime y puro. Entendimos que estábamos entre el mundo y el cielo, y así, unidos en un abrazo universal, emprendimos la caminata por las rutas de la existencia. Protagonizamos una historia con diferentes caras e identidades, pero finalmente biografía común que aquí y allá, en un rincón y en otro, siempre nos identificará y enriquecerá. Es una epopeya que se lleva en la sangre, en el linaje, en la memoria, en los sentimientos, en el alma. Conocemos nuestros más insondables sentimientos y tantos relatos como extensas fueron nuestras horas. No olvido que la gente, asombrada, decía que mis hermanos y yo coexistíamos en la misma morada y, no obstante, si coincidíamos en algún sitio público, en la calle, en una plaza, en cualquier lugar, sonreíamos naturalmente y nos abrazábamos, besábamos ambas mejillas y saludábamos con emoción, como si no nos hubiéramos mirado en muchos años y se tratara de un reencuentro magistral e inolvidable. Con un canasto pletórico de historias y recuerdos, nosotros, mis hermanos y yo, experimentamos la misma sensación de bendición, privilegio y agradecimiento al sabernos inseparables y unidos, a pesar de los años infatigables y los capítulos épicos. Hay quienes aseguran que a la familia no se le elige; pero ahora sé que uno, antes de retornar a cualquier plano, se atrae y comparte un destino, una historia, una evolución. No renunciaría a ellos ni a nuestra historia mágica e inolvidable. Antes de que se extendiera la pandemia del coronavirus alterado y cultivado estratégicamente por manos ambiciosas y criminales, mis hermanos y yo nos abrazamos desde el silencio y la profundidad de nuestras almas con la idea de sentirnos, palpar nuestros seres etéreos y físicos y reconocernos siempre, aquí y allá, en un plano y en otro, a una hora y en el soplo infinito. Pronuncio sus nombres -Cecilia, Antonio, Javier y Leticia-, escucho sus voces, miro sus facciones, los acaricio y me reconozco en ellos. Agradezco a Dios, a la vida, a la luz, la bendición y el privilegio de tenerlos como hermanos. Ha sido un honor ser su hermano. Y si superamos la devastación y los horrores de la nueva guerra mundial que intoxica y mata a incontables seres humanos para satisfacer los apetitos de una élite malvada, sin duda resultaremos fortalecidos; de lo contrario, estoy seguro de que volveremos a escuchar nuestros susurros en los cuneros y compartiremos el renacimiento, en la misma hermandad, en una morada hermosa, plena y eterna. Si acaso existiera algún escollo en nuestra relación, he solicitado su perdón por mi torpeza, mis errores y mi insignificancia. Siempre he deseado lo mejor para ellos. La historia que protagonizamos y compartimos es nuestra; no dudo que aún existen notas subyugantes que ejecutaremos magistralmente. Confío en que un día envejeceremos los cinco y, quizá sentados a la orilla de la playa, entre el océano y el cielo, tomaremos nuestras manos y sentiremos la presencia de cada uno, más la de los seres que forman parte de nosotros, en un viaje a la luz infinita. Es un honor y un privilegio ser su hermano.

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Riesgos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ante una sociedad necia, ignorante y distraída en satisfacer necesidades primarias, envuelta en un ambiente adverso, pobre, inseguro, hostil e insano, saturado de estulticia y superficialidades impuestas por la televisión y otros medios, gobernantes corruptos, torpes y perversos actúan tardíamente e insensibles al desarrollo armónico y equilibrado, a la dignidad humana, a la justicia y a las contingencias, precisamente con la idea de provocar angustia, caos, crisis, desgracias, divisiones, enfrentamientos, muerte y pánico, y así intervenir violentamente, imponer medidas autoritarias y justificar sus estrategias, políticas y reacciones aplastantes e inhumanas que faciliten su perpetuidad en el ejercicio del poder. Innumerables pueblos enfrentan tales riesgos sociales y tentaciones gubernamentales y militares. La situación cambiará favorablemente cuando los individuos, las familias y las instituciones recobren su integridad, valoren su condición humana y se atrevan a unir esfuerzos individuales y colectivos en su propia reconstrucción y en la restauración de sus naciones. Cuando una sociedad evita antagonismos, fortalece sus instituciones y se integra en un gran proyecto colectivo, los gobernantes tambalean y su permanencia carece de sentido.

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Pinceles de primavera

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hunde los pinceles, los impregna de pintura y los desliza sobre el lienzo de la vida, suavemente o con energía, de acuerdo con el temperamento de cada instante, lo mismo con mañanas soleadas y pinacotecas nocturnas cargadas de estrellas y mundos distantes, que tardes apacibles o pletóricas de rumores. Es la primavera que porta ropa clara y fresca, dichosa y sonriente, entre nubes rizadas e incendiadas por el sol, frondas de intenso verdor, mariposas, abejas y manantiales, cascadas y riachuelos diáfanos, donde esculpe piedras y coloca burbujas que revientan al recibir las caricias del aire y el calor. Discípula de la creación, pinta árboles, plantas y flores; pero también aves que cantan y vuelan libres y plenas, animales e insectos. No olvida, al pintar, la música de la vida, y es así como impregna notas a la naturaleza. Como que todo es resumen de un paraíso cercano y distante, al mismo tiempo. Esculpe la flora y la fauna, y dirige magistralmente el concierto de la naturaleza, la sinfonía del amor, la nobleza y lo sublime. Hace de los jardines un cuadro hermoso y perfecto, de los susurros un canto y un poema, de las formas una colección de esculturas. Y a sus pinturas agrega fragancias, sabores y texturas. Pinta hojas, pétalos, verduras, frutos. No omite las tonalidades de los océanos ni el perfume de la campiña, ni tampoco los colores y la textura de la tierra. En su obra, la primavera enseña que todo es abundancia, equilibrio, armonía, detalles, grandiosidad y simpleza, amor y plenitud. Henchida de euforia, corre y dispersa colores, aromas, sabores, texturas, encanto, dicha. Es artista que abraza aquel, ese y otros troncos, en el bosque de abetos, hasta sentir el pulso de la vida, escuchar el lenguaje de Dios y percibir los murmullos de la creación. Sabe que en otros parajes andan sus colegas artistas, el verano, el otoño y el invierno, quienes ocuparán, en su momento, el lienzo que ahora pinta con los matices de la alegría, el amor y la vida. De pronto, mortificada, la primavera nota la ausencia de los seres humanos. Mira la flora abundante, la fauna libre y feliz, la tierra que exhala la fragancia de su intimidad, el cielo profundo y azul, las nubes blancas, los lagos y los ríos cristalinos, el mar subyugante y hasta los charcos que reflejan las cumbres y la altura. Busca a los hombres y a las mujeres, a los únicos seres en el planeta que supuestamente tienen conciencia y coordinación entre su mente -la inteligencia-, los sentimientos y sus manos. ¿Dónde se encuentran? Mira a un lado y a otro, aquí y allá, donde el asfalto, el petróleo, el concreto y el plástico cubren y asfixian los poros de la naturaleza, los gritos de la vida, y descubre escondidos, tras cristales y muros, a miles de millones de personas empequeñecidas, temerosas e irreconocibles. Contraria a la vida que pulula en la campiña, en los mares, en las cimas, la desolación, el luto, la tristeza, el desencanto y el miedo intoxican las casas de los seres humanos, quienes acaudalados y pobres, cultos e ignorantes, académicos y carentes de preparación escolar, atractivos físicamente y de apariencia no tan afortunada, religiosos y ateos, permanecen confinados, en espera de un destino fatal e incierto. Dios y la vida inculcaron a primavera, desde la infancia, dar de sí a los demás, entregar lo mejor a todos, independientemente de sus conductas y tendencias positivas o negativas. Al mirar la denigración humana, la primavera, siempre tan contenta y dadivosa, lloró tristemente, hasta que sus lágrimas se convirtieron en gotas de lluvia que apaciguaron la ira de una epidemia artificial, creada por individuos ambiciosos y perversos con la idea de dominar a todos y apoderarse del mundo. La gente asomó y miró, asombrada, los colores de la vida, ya olvidados, y la presencia de la artista -primavera-, quien habló a todos e invitó a hermanarse, reencontrar su esencia y volver a andar por el mundo con amor y sentimientos nobles, perdonar sus errores y ofensas, darse la oportunidad de renacer e iniciar una etapa auténtica y plena hacia sendas y horizontes prodigiosos e inagotables. Entró a todos los hogares, a las casas, a los hospitales, a los centros laborales, a las escuelas, a los refugios, a todos los rincones humanos, y tomó a la gente de la mano con la intención de cantar y pintar, como ella, el paisaje. Pintó sus corazones, sus mentes, sus rostros, sus almas, y toda la gente abrió puertas y ventanas con la decisión de vencer sus enfermedades, remordimientos, temores, prejuicios, crueldades, intolerancia, odio, egoísmo e indiferencia. Primavera contagió a todos y juntos volvieron a ser humanos y enfrentaron y vencieron la pandemia, el miedo y la opresión de los perversos. Volvieron a pintar sus vidas con los colores del amor, el respeto, la alegría, el bien, los sentimientos nobles, la justicia, los detalles y la libertad. Primavera sonrió y regresó a su quehacer.

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