La escuela extraña a su gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El polvo se mezcla con los rumores del silencio y, juntos, trazan rutas cotidianas, entre nombres y apellidos que una y otra vez pasaron lista y susurros de recreos que permanecen a los lados, atrás, enfrente, aquí y allá, en las aulas, los pasillos, las escaleras y el patio. Se encuentran latentes en la memoria y en los sentimientos, en los recuerdos, en el tiempo, en los ecos fragmentados que a veces flotan.

Las instalaciones se encuentran desoladas. Evocan a las miniaturas de hombres y mujeres que ensayan a la vida, con rasgos de juguete, y a los adolescentes y jóvenes cargados de mochilas con libros y cuadernos, ilusiones y ocurrencias, y a los profesores entregados a su ministerio, a su profesión, a su quehacer de la enseñanza.

El viento arrastra hojarasca y la dispersa en su camino, como para recordar que nada es permanente, en memoria de aquellas mañanas nebulosas y frías de algarabía infantil, adolescente y juvenil, y las tardes calurosas o de lluvia con tareas y repaso de lecciones.

La escuela exhala suspiros nostálgicos. Extraña a sus niños estudiosos y traviesos, a sus adolescentes con tantas ocurrencias, a los jóvenes enamorados e inquietos, a sus maestros estrictos, tolerantes o inolvidables.

¿Dónde se encuentran los alumnos?, preguntan, a cierta hora, las butacas a los salones de clase y estos, a la vez, al patio, a las canchas deportivas, a los jardines, al gimnasio, a la cafetería. Nadie contesta. No hay respuestas. Simplemente prevalecen esos pedazos de susurros que a veces uno percibe cuando los estudiantes y sus profesores se encuentran ausentes.

Anochece y las estrellas alumbran la escuela. Vuelve a amanecer. Los días se repiten, inagotables e indiferentes, con sus pausas de murmullos y silencios, sus paréntesis de luces y sombras, cual es la vida, con un sí y un no.

Los muros de los salones de clase dialogan con los pintarrones, los marcadores, los proyectores, el material educativo y los cristales. Saben que la infancia, adolescencia y juventud se encuentran en el aislamiento, ante los abismos y los desafíos de la historia y el destino, quizá, con suerte, si poseen medios de subsistencia y tecnología, protegidos en sus casas, al lado de sus padres, madres y hermanos, asistiendo a clases virtuales.

No es normal, sugieren los corredores; mas las nubes ennegrecidas que anuncian una lluvia inesperada, expresan que la humanidad, atrapada en su ambición desmedida, su soberbia y su estilo de vida antinatural, cayó en su propia trampa y parece agonizar.

La escuela llora. Sí. Derrama lágrimas. Extraña a sus niños y a sus muchachos. Sabe que muchos de ellos tienen miedo, sufren o se preguntan la razón de tanto dolor y quebranto. Algo anda mal en la humanidad. No es centro ni eje de la vida y del mundo, como erróneamente lo creyó.

Mientras llueve, las aulas intuyen que algunos estudiantes y profesores tal vez ya no ocuparán sus asientos y espacios. Una enfermedad alterada en laboratorios y dispersada cruelmente en el mundo, con sus contradicciones y terrores, dará un paso al frente y provocará que muchos hombres y mujeres sufran lo indecible y no abran más los ojos, o que retornen incompletos, tristes y rotos.

Los árboles, que asoman por la barda perimetral y las rejas, entristecen al reflexionar que la ambición de una élite despiadada que tiene a su servicio gobiernos corruptos, científicos mercenarios, artistas e intelectuales mercantilistas e inhumanos y medios de comunicación a sus órdenes, se orienta a aniquilar parte de las personas, en el planeta, e imponer un orden perverso a las generaciones que sobrevivan.

¿En qué momento ingresaron a los salones de clase, lecciones tendientes a ensoberbecer a la infancia, adolescencia y juventud, dividirla y endurecer sus sentimientos, hasta convertir a un porcentaje de egresados en profesionistas insensibles al dolor y las necesidades humanas, ambiciosos en extremo, insaciables y con capacidad de vender sus conocimientos?, interrogaron los trozos de gises y los pizarrones antiguos a los proyectores y pantallas, y ninguno respondió.

¿Fue en las familias, en los hogares, al fracturarse? ¿En las escuelas? ¿En ambas partes? ¿En qué momento se establecieron las condiciones para deshumanizar a niños, adolescentes y jóvenes, generarles antagonismos y divisiones, inculcarles falta de respeto e intolerancia, fomentarles lo grotesco y pisotear sus ilusiones, creatividad, sueños, imaginación, autenticidad, inocencia y valores?

La escuela se siente sola y triste. Añora los días de clases, las horas de recreo, los encuentros infantiles, las voces de quienes aprenden y ensayan el juego de la vida. Llora desconsolada por la generación perdida, por lo bueno que no se hizo, por la ausencia todos y la presencia de nada.

Sabe la escuela que la propagación del coronavirus, denominado Covid-19, es una prueba, el anticipo de otras guerras más funestas, planeadas, diseñadas y organizadas por una élite que pretende apropiarse del mundo, dominar las voluntades humanas y someter a la gente a esquemas económicos, políticos y sociales despiadados y tiranos.

Es momento de que familias y academia desechen aquellos modelos educativos que han creado robots insensibles e implementar esquemas de enseñanza más humanos, amigables y prácticos para hacer del desarrollo integral algo real, incluyente, benéfico para todos, evidentemente con derecho a la superación material de los individuos y al bienestar familiar y colectivo.

Suspira la escuela. Promete darlo mejor de sí con la idea de preparar seres humanos auténticos e íntegros, con valores y responsabilidad social, capaces de diseñar y aplicar modelos reales de desarrollo y progreso.

Las familias y las escuelas deben retomar sus principios, colocarse de frente ante las condiciones y los retos de la hora contemporánea, adelantar sus pasos ante quienes ambicionan dañar y ensombrecer la alegría, los valores y el derecho a la vida, al respeto, a la dignidad, a los sueños, al bienestar.

Hoy, mientras las ráfagas de viento penetran y cantan melodías tristes en los pasillos, salones, corredores, patios y escaleras, la escuela extraña a sus niños, a sus adolescentes, a sus jóvenes. No desea generaciones perdidas. Quiere que su comunidad tenga acceso a familias unidas y con valores, a la dignidad humana, a las libertades, al respeto, al desarrollo integral.

Cómo duele ya la ausencia. Lastima que la lista de alumnos permanezca vacía. Hiere no escuchar las voces de la inocencia. Incomoda no enseñar. Aturde la falta de susurros infantiles y juveniles. Faltan juegos, ocurrencias, risas.

Entre paréntesis de rumores y silencios, la escuela suspira hondamente y espera el amanecer de la vida. Sabe que mañana será otro día. Abraza y añora a su gente, a su comunidad, a las minúsculas que pronto serán mayúsculas. La escuela sufre lo indecible ante la falta de sus alumnos; sin embargo, sabe que al siguiente día nada será igual que en el pasado inmediato, que la generación del momento presente forma parte de un capítulo intenso de la historia y que si en verdad extraña a sus niños y muchachos, tendrá que establecer alianzas con los padres y las madres, con las familias, para juntos rescatar los valores desdeñados y perdidos, formar individuos completos y sanos e inculcar conocimiento que sea empleado al bien y al servicio de la humanidad. La escuela, repito, extraña a su gente.

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