Las máscaras cayeron… ya nos reconocemos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando los seres humanos superemos el capítulo del coronavirus -Covid-19- y se convierta en ayer, en recuerdo doloroso, en vestigio triste, en rostro desmaquillado de lo que seres humanos crueles e intoxicados por la ambición desmedida y las pretensiones de dominio global son capaces de hacer en contra de la vida y el equilibrio del planeta, el mundo presentará rasgos diferentes, algo habrá cambiado, por lógica se establecerán otras reglas y seremos náufragos y pedazos de la historia y del destino que irresponsablemente consentimos durante años al resultarnos más fácil quedarnos en la aparente comodidad de las butacas, entre la masa informe del auditorio, insensibles e irreflexivos, que diseñar proyectos existenciales auténticos y actuar de frente, transformarnos en protagonistas de los cambios individuales y colectivos que requerimos para trascender.

Quizá tan doloroso episodio quedará registrado en la historia mundial como algo asqueroso y repugnante por parte de un grupo asesino y dominante -dependerá de quienes documenten y escriban tan terribles capítulos, desde luego no pocos justificando las decisiones, conductas y reacciones de quienes les paguen-, probablemente los responsables de la masacre mundial serán denunciados y perseguidos o tal vez dicha élite continuará libre e impune, como hasta hoy, empeñada en apoderarse del planeta y de las voluntades humanas, ya fortalecida con la información obtenida de tan fatal experiencia global y con los resultados de su ensayo macabro y las conclusiones del ejercicio mortal que llevaron a cabo sin importarles disfrazar la realidad, esconderse y manipular el dolor, la enfermedad y el miedo de acuerdo con sus caprichos e intereses. Nadie lo sabe. Dependerá, en mucho, del despertar o del adormecimiento de millones de personas que han permanecido en el aislamiento, condenadas a presenciar espectáculos terribles y vergonzosos para una civilización que se creyó y sintió dueña y eje del universo.

Más allá de análisis, de especulaciones y del intento de armar un paisaje al que a la vez le faltan y le sobran piezas, es innegable que las condiciones y reglas del mundo serán otras y habrá que reconstruir lo que cada persona y nación perdimos durante la etapa que ha colapsado a la mayoría. Cada uno, al regresar a los espacios públicos, a las escuelas, a los centros laborales, a los despachos, a las oficinas burocráticas, a las empresas, a las actividades cotidianas, habremos tenido oportunidad de medirnos previamente por medio de las pruebas y tribulaciones de mayor dimensión en la historia humana que enfrentamos, y sabremos, en consecuencia, si somos esencia y arcilla o simple tierra burda mezclada con residuos de desagües y movidos con hilos que alguien manipula conforme a sus apetitos, intereses y caprichos.

Estos días de rasgos ensombrecidos, también han sido de aprendizaje. Ahora, cada uno sabemos lo mucho o poco que valemos como personas. Hemos tenido oportunidad de comprobar si estamos despiertos, a pesar de las adversidades y los desafíos, o si preferimos refugiarnos en apetitos, superficialidades y pretextos.

Cada uno, en el interior, entendemos si somos luz o sombra, identidad o cifra y estadística. Al cabo de días repetidos, hemos sido náufragos amorosos y solidarios o resentidos, crueles y amargados. A pesar del dolor, la tristeza y el miedo impuestos, ya demostramos de qué estamos hechos y lo que somos. Ahora hay que renacer o morir, despertar o esconderse entre celdas, fantasmas y sombras.

Habrá quienes se reconciliaron consigo, con la vida, con sus familias, con otros seres humanos, y crecieron sustancialmente; pero también aquellos que no dejaron de proyectar que vienen de hordas y solamente se interesan a sí mismos, en la satisfacción de sus apetitos, en la petulancia de sus apariencias o posesiones, en la estupidez y en la ausencia de valores y de sí en que coexisten. Cada uno tenemos la respuesta.

Igual que como estos días, semanas y meses hemos tenido paréntesis y lapsos tendientes a probarnos como individuos, familias, instituciones, comunidades y naciones, los gobernantes y políticos de todo el mundo también han demostrado quiénes son en realidad, qué intereses existen detrás de ellos y si efectivamente aportaron e hicieron algo valioso por la gente o si aprovecharon la confusión, el miedo y el caos para fortalecerse como grupo y perpetuarse en el poder.

En cuanto a aquellos que se han amurallado y callado desde sus fortalezas científicas, sociales, académicas, religiosas, médicas, intelectuales y artísticas, definitivamente ya enseñaron sus credenciales. El silencio, cuando urge la información firme y honesta, suele transformarse en cómplice o en mercenario al pronunciar medias verdades y medias mentiras. No tiene caso ni sentido desperdiciar el tiempo tan preciado en solicitarles que hablen lo que prefirieron mantener en las prisiones del silencio.

Las máscaras cayeron. El maquillaje se desvaneció pronto. Los antifaces y los vestuarios se mostraron inservibles, caducos, artificiales e insulsos. Estamos rotos y debemos reconocernos y pegarnos, rescatar los minutos perdidos y la vida fugaz, reconstruir nuestros ideales, sueños, aspiraciones, sentimientos, realidades, proyectos, valores e ilusiones.

No dudo que algunos continuarán con la necedad de permanecer atrapados en sus propias celdas espirituales y mentales, en sus salones de tortura personal, familiar y colectiva, hacinados en su miseria humana, mientras otros tantos optarán por quebrantar las cadenas y respirar el aire de la libertad, disfrutarse con lo que son y amar a sus familias, experimentar los instantes de la vida con su sí y su no, respetar a la gente y la naturaleza, coexistir en armonía y con equilibrio, destilar luz y no sombras, actuar con principios y sentimientos nobles.

¿Quiénes somos? Cada uno tenemos la respuesta. La presente, ha sido la prueba global más desafiante y peligrosa para la humanidad por todo lo que esconde y significa. Si el período histórico que hemos enfrentado con tanto dolor, preocupación y temor no nos ha motivado a la reflexión, al reencuentro con nosotros y los seres que amamos, a la reconciliación interna y colectiva, al rescate de las familias y los principios nobles, definitivamente somos, en consecuencia, la basura y la escoria que cierto grupo poderoso, a través de los años, ha tratado de volvernos en lo personal y socialmente. Cada uno sabemos, ahora, quiénes somos y si tenemos capacidad de ser auténticos, amar a nuestras familias. dar de nosotros a los que más sufren y dejar huellas imborrables, hermosas e inolvidables.

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Un comentario en “Las máscaras cayeron… ya nos reconocemos

  1. No sé, Escritor, me parece un tema delicado en suma porque abiertamente no se publica dicha información. Me ha sucedido que he compartido algunas denuncias que recibí vía las redes, debo comentarle que pocos contactos hicieron comentarios, tal vez porque no estamos preparados para procesar, analizar, reflexionar al respecto o porque pareció lastimosamente mezquino pensar hasta donde pueden llegar los intereses económicos y políticos de grupos élite. Tiempo de muchas cosas…tiempo de COVID

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