Muñeca de porcelana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y una mañana, tras despertar, asomó al espejo y descubrió, ipso facto, que era ella, ausente de fragancia y maquillaje. Intentó reconocerse. Estaba rota. Faltaban y sobraban trazos, colores y pedazos. No era error del espejo de la belleza y la ensoñación al dibujarla añeja e insípida. Algo había sucedido con ella durante la repetición y monotonía de los días. Se acostumbró tanto a su imagen cotidiana, que no distinguió los rayones de las horas acumuladas. Pensó que su mirada -al fin sentido humano- la engañaba; sin embargo, el espejo permaneció callado, ausente, como quizá siempre lo había estado. Parece que los espejos son indiferentes, pero crueles si alguien insiste en molestarlos y preguntarles acerca de la belleza de la que se sienten dueños o que iluminan con paletas de diferentes tonos. Sintió, por primera vez en su vida, la carga del tiempo, lo sinuoso del camino, la amargura de sus rasgos. La altivez que padeció desde que aprendió a ser muñeca de aparador y no, como sus familiares, compañeras y amigas, mujeres con aciertos y errores, le arrebató la sencillez y la capacidad de saber que la apariencia física sólo es un vestido que carece de porvenir, un destello que se convierte en vestigio al paso del tiempo, un trozo de arcilla que embellece la luz o denigra la sombra. Olvidó que el brillo y la lozanía de los rasgos se apagan algún día, a cierta hora, y que al final quedan zanjas que sepultan la vanidad de otrora. Intentó distraer su mortificación, diluir su tristeza. Le resultaba difícil aceptar que tras innumerables momentos iguales, algo había sucedido con su cara y sus manos de muñeca de porcelana. Era un atributo, una característica, un algo que cautivaba y arrebataba la atención y los sentidos. Era su riqueza. Formaba parte de su éxito. ¿Qué haría? Consultó sus finanzas y descubrió con alarma y dolor que algo había acontecido en el mundo, de manera que ya no funcionaba el modelo económico que la ensalzaba socialmente. Supuso que se encontraba atrapada en una cárcel, entre sueños, pesadillas y realidades. El destino o algo había enmendado, entre un anochecer y un amanecer, su rostro, su piel, su apariencia física, su patrimonio material, las dos características que sostenían su distinción y su éxito. Se encontró consigo, con sus múltiples rostros escondidos en alguna caverna, desnuda, y entre rumores y silencios del interior y del exterior, alguna voz le indicó que nada, en el mundo, es permanente, y que los apellidos de linaje, los títulos académicos o nobiliarios, los reconocimientos sociales, la fortuna material, la ropa y los accesorios con etiquetas de prestigio y hasta los lujos y la belleza física, estorban cuando se utilizan superficialmente y con el objetivo de someter a los menos afortunados, obtener beneficios personales y descalificar y humillar a los demás. Asomó a la ventana y miró, a través de los cristales biselados y emplomados, a la gente que sonreía alegre, a los niños acompañados de sus padres y sus madres, a los enamorados, a las familias, a los solitarios, a hombres y mujeres que agradecían y disfrutaban el sol matinal, el perfume de las flores, las gotas de agua que salpicaban de la fuente del parque, las sombras jaspeadas que regalaban las frondas de los abetos, el canto de las aves, el vuelo de libélulas y mariposas, el zumbido de las abejas y la profundidad azul del cielo. Ninguno requería, para ser dichoso, libre y pleno, algún perfil de muñeca, una fortuna material, un apellido linajudo o un documento que acreditara su conocimiento. Simplemente, vivían contentos, en armonía, con equilibrio, libres y plenos, en su derecho de vivir dignamente y cumplir sus sueños y proyectos; pero no basaban su grandeza en rostros, siluetas, cuerpos y lujos excesivos.  Coexistían figuras de porcelana, cartón, trapo, madera y plástico en un ambiente donde raza, origen, creencias, nivel académico y posición socioeconómica resultaban secundarios. Volteó al otro lado, donde las construcciones grises de concreto estaban maquilladas y vestidas con apariencia de boutiques y tiendas elegantes, y presenció el desolador espectáculo que ofrecían los empleados silenciosos y malhumorados de un establecimiento comercial, envueltos en overoles apagados y botas opacas, quienes arrojaban al carretón de la basura pedazos de maniquíes que eran recompensados, tras permanecer diferentes temporadas en los aparadores con ropa que un día, otro y muchos más se convirtieron en ayer, en moda caduca, con el olvido y la partida entre porquerías y desechos de una sociedad consumista. Comprendió que la belleza física, la formación de riqueza material y la concentración de reconocimientos públicos derivados del conocimiento o de otros aspectos humanos, tienen validez cuando lo más importante, en cada persona, son sus principios, su esencia, sus sentimientos nobles, sus actos buenos, su sencillez. Se sintió la más miserable de todas las muñecas de porcelana. Asomó al espejo que, indiferente y silencioso, la dibujó sin maquillaje.

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