Un día como hoy

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A la memoria de mi padre y mi madre

Un día como hoy, se volvió fecha memorable y quedó marcada en el calendario, en los recuerdos, en los apuntes y en las partituras de la vida. Un día como hoy, el tiempo pareció quedar suspendido y dejó de ser informe y viajero indiferente para transformarse en apellidos enlazados, en inicio, desarrollo y prolongación de una historia. Un día como hoy, 26 de mayo, se transformó en familia, en hogar, en mundo y en paraíso diminuto para nosotros, quienes tuvimos oportunidad de formar parte de una sinfonía de notas subyugantes y protagonizar una hermosa realidad que pareció ensueño. Un día como hoy, se repitió y multiplicó, a través de los años, con celebraciones de un acontecimiento trascendente para nosotros. Un día como hoy, mis padres, Santiago y Lucía, contrajeron matrimonio y así, enamorados como se sintieron durante la trayectoria de su caminata mundana, rompieron el silencio del tiempo, la complicidad de los minutos y las horas, los susurros  del reloj, hasta trascender a un infinito anhelado. Un día como hoy, aprendieron, en el mundo, a ganarse el cielo. Un día como hoy, y hasta que permanecieron con nosotros, sus descendientes, hicieron de su casa no un sitio de encuentro casual para comer y dormir, sino centro de aprendizaje y convivencia, laboratorio de platillos deliciosos, biblioteca y espacio de juegos, fuente de amor y consejos, taller de sentimientos nobles y formación de seres humanos interesados en el bien, el conocimiento y la espiritualidad. Un día como hoy, dos seres humanos eligieron coincidir en sus existencias y seguir la misma ruta, caminar por un sendero común, multiplicar su amor con otros rostros y nombres, dejar huella de sí. Un día como hoy, el amor llevó a dos seres humanos a explorar las rutas del amor, con el sí y el no de la vida, con los amaneceres y ocasos, hasta probarse con una familia, un hogar, un linaje. Un día como hoy, y los que siguieron en nuestras existencias, con lo positivo y lo negativo, siempre les llamé papi y mami, en diminutivo, y en todo momento los abracé y saludé con amor y emoción, como si ante mí se encontraran dos personajes maravillosos -y en realidad lo fueron-, y les di un beso en cada mejilla. Un día como hoy, inició mi historia, comenzó la de mis hermanos, empezó la de nuestros descendientes. Un día como hoy, simplemente nacimos nosotros porque con el amor auténtico y fiel, inician las historias maravillosas, se conocen los milagros, se perciben los murmullos y silencios de Dios, se comprueba que los ángeles vienen ocasionalmente al mundo y se reproducen, de alguna manera, destellos y sueños del cielo.

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