Las citas del destino y de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Igual que a la botella de vidrio grueso y forma elegante, a la que una mañana cualquiera alguien introduce la hoja de papel que escribió durante la noche previa de tormenta, la protege con un tapón de corcho y la entrega a los pliegues turquesa y jade del océano con la esperanza e ilusión de que algún día -al siguiente, una década más tarde o dos siglos después- el oleaje incesante concluya su naufragio y la devuelva a la playa, en un rincón incierto del mundo, con la idea de que una mujer o un hombre de identidad anónima la descubra entre los granos de arena y lea el mensaje, muchas personas deciden que llegará la fecha, por sí sola, en que el destino, las circunstancias o la vida las colocarán en el sitio y la hora exactos para dar de sí a los desposeídos, solicitar perdón a quienes han ofendido y lastimado, oír con atención e interés a los desolados y enfermos de tristeza, aconsejar con sabiduría a los que sienten el peso del extravío, pintar de colores alegres las sonrisas e inocencia de la gente, devolver las ilusiones, alimentar a los hambrientos, unir lo que está roto, tender puentes, cubrir de detalles las existencias de aquellos que les rodean, expresar amor y actuar con honestidad y sentimientos nobles.

Existen ciertos niveles de emotividad e ingenuidad en quienes lanzan al mar botellas con cartas y tienen la esperanza de que algún día recibirán noticias de su destino o que otros seres humanos, en una época lejana, las descubrirán, cuando durante la travesía, los objetos de vidrio enfrentarán tormentas, horas soleadas, turbulencias y hasta impactos contra rocas, corales y toda clase de materiales. Se trata de un sí y un no.

Lo mismo acontece con aquellos que aguardan otra fecha con la intención de probarse. Quizá nunca llegará el momento de medirse ni de conocer sus verdaderos talentos, capacidades y sentimientos. La oportunidad de demostrarse a sí mismo el valor que lo salvará o hundirá, está presente en cada segundo. Después, como generalmente sucede, puede resultar demasiado tarde y ni las lágrimas, el arrepentimiento, las flores, el dolor y la tristeza devolverán la vida a quienes indudablemente sólo requerían que alguien les demostrara que realmente eran importantes para ellos, un detalle, un consejo, algunos minutos de atención, un mensaje pronunciado con amor, una visita de cortesía, una llamada telefónica o simplemente un mensaje que hubiera requerido escasos segundos.

¿Por qué si alguien es capaz de arrojar a la inmensidad del océano un mensaje atrapado en una botella de vidrio, no se atreve a comunicarse con una persona con la finalidad de preguntarle si amaneció bien o si puede hacer algo en especial por ella? Parece fascinarnos lo enorme, el escándalo, lo que alumbran las lámparas, los maquillajes que otros pueden mirar; sin embargo, somos tan insignificantes que no tenemos capacidad de entregarnos a los demás ni repartir pequeños detalles de amor, bien y verdad.

La de hoy es una etapa compleja. El destino, la historia y la vida ya demostraron que todo, en el mundo, ofrece una cita impostergable. La ambición desmedida, en los seres humanos, presenta fauces armadas de colmillos temibles. Ningún experimento perverso o guerra había ejercido tanto control y miedo como hoy lo hace una élite cruel que pretende apoderarse del planeta, la riqueza y la voluntad humana.

El coronavirus, denominado Covid-19, es una alteración efectuada en diversos laboratorios y dispersado intencionalmente en sitios estratégicos de la geografía internacional, evidentemente en alianza y complicidad de gobiernos corruptos y serviles, medios de comunicación masiva dedicados a distorsionar las noticias, científicos y médicos que callan, academia y líderes políticos, religiosos y sociales que se mantienen herméticos, con la intención de asesinar gente y propiciar la destrucción de modelos tradicionales e imponer sus caprichos e intereses.

Lamentablemente, el coronavirus que mantiene aislados e inactivos a millones de seres humanos en el planeta, con la parálisis de las actividades cotidianas, es un arrebato ruin de vida, un ensayo, una prueba que permite a la élite dominante adquirir información valiosa como capacidad de resistencia de cada nación y raza, reacciones de las sociedades, estrategias de los diferentes grupos, fortalezas y debilidades, para así, en futuras guerras, eliminar con precisión a mayor número de gente.

Ante tal panorama, es obvio que la realidad humana ha cambiado radicalmente. A diario comprobamos que la fragilidad rompe cualquier expresión de vida. Los verdaderos cambios, las transformaciones capaces de derrocar cualquier debilidad personal e imperios perversos, surgen del interior, y es uno quien posee la decisión de modificar las condiciones, destruir el mal y edificar el bien.

El presente ciclo de aislamiento, demostrará a cada mujer y hombre sus verdaderos sentimientos y valores. Hasta el momento, la actual es la etapa más compleja en la historia de los seres humanos y la que probará a cada uno sus rostros reales, ausentes de maquillajes y vestuario.

Hay quienes cotidianamente se distraen en las bajezas y la suciedad que les inculcaron sus padres y les nutre, y no se percatan de que multiplican su miseria en las familias que formaron, en sus hijos, en sus descendientes. Otros se entregan a sus debilidades y vicios, agreden, hablan mal de toda la gente que les rodea y destilan odio, violencia, resentimiento.

También abundan los materialistas, los que carecen de principios firmes para regalar detalles, sonrisas, consejos, atención, consuelo, palabras. Les encanta recibir beneficios, pero son incapaces de conceder algo de sí a los demás.

Unos, intoxicados por el rencor y la soberbia, y otros, presos en su estulticia, ambición desmedida, apetitos, superficialidades, egoísmo e insignificancia, sepultan momentos, instantes, oportunidades para crecer y realizarse plenamente. Apagan la luz y deambulan en la oscuridad que se han creado.

Las citas del destino y de la vida no ocupan páginas interminables ni asuntos incumplidos de agendas inciertas. Un día se nace, otros se vive y uno más se da el último suspiro. Casi nadie se regala el privilegio de hacer paréntesis diarios para trascender, dar de sí a los demás, pronunciar las más bellas palabras de amor, reconciliarse, empezar de nuevo, pedir perdón, escuchar con atención, aconsejar, ayudar y derramar acciones y detales nobles a los demás.

Hoy es el día. Desconocemos si habrá mañana. El porvenir no tiene certeza. Este día y los que siguen tendremos oportunidad de conocernos realmente y comprobar si en verdad somos esencia y arcilla o simplemente mezcla de barro grosero. Somos luz o sombras.

Como humanidad, actualmente enfrentamos el período más complejo y peligroso de la historia. Es en las adversidades y ante los desafíos, problemas y riesgos cuando mujeres y hombres demuestran lo que son y se prueban y miden a sí mismos. ¿Cuánto valemos? La respuesta se encuentra en los sentimientos, ideas, palabras y actos de las más recientes semanas.

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Antes de que el furgón llegue a la estación postrera

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estos días he comprendido que uno es pasajero de un viaje temporal por el mundo y que, por lo mismo, es preciso disfrutarlo en los instantes soleados y en los momentos sombríos, antes de que llegue la fecha de descender a una estación desolada e incierta. La cita del final es impostergable y desconoce creencias, razas, cultura y posición socioeconómica. La temporada de la vida -la única que tiene cada ser humano en su estado presente- debe experimentarse en armonía, con equilibrio y plenamente, sin cargar con enemistades, odio, miedo, crueldad y resentimientos. Las cargas innecesarias duelen e impiden la caminata. No son pocos quienes eligen el brillo fugaz de las apariencias, las simulaciones, las posesiones y las superficialidades, y desdeñan y pisotean los detalles, la sencillez, el amor y los sentimientos nobles. Olvidan vivir, disfrutar los pedazos de tiempo, porque se encuentran distraídos, totalmente entretenidos en acumular riqueza y placeres en exceso, a los que finalmente renunciarán porque tal equipaje no es admitido en otras fronteras. Nadie ha dicho que la opulencia y los placeres sean malos; sin embargo, cuando se transforman en apetito, en tema prioritario, en asunto que sacrifica familia, sentimientos y dicha, el ser humano se denigra. Los sueños se vuelven reales cuando quien se atreve a concebirlos, los visualiza adecuadamente, cree con firmeza y lucha por su materialización. Uno crea paraísos o infiernos, de acuerdo con sus sentimientos, palabras, acciones y pensamientos, y demuestra si viene de un cielo prodigioso o de hordas salvajes y si se encuentra preparado para retornar a planos superiores o hundirse en submundos. El segundo que llega y se va para no volver más, es la única medida certera de vida y la oportunidad de crecer o caer. Carece de lógica encolerizar por trivialidades, preocuparse por asuntos superficiales y padecer dolores de cabeza y enfermedades por apariencias y cosas baladíes. Hay quienes enojan hasta por una tarde nublada que desmaquilla las flores y dispersa sus fragancias o por una lluvia repentina que deja charcos en la ruta, cuando quizá los pétalos grisáceos enseñan que todo, incluidas la belleza y la vanidad, caducan, y tal vez el agua contenida en represas agrestes, minúsculas y sencillas refleja la dimensión y la profundidad del celaje. Otros, en cambio, optan por cancelar minutos de alegría, muestras de amor, sonrisas, palabras de consuelo y sentimientos nobles, simplemente por no coincidir en ideas con alguien. Considerable número de personas despilfarran los años de sus existencias en resentimientos, temores, envidia, coraje, ambición desmedida, apetitos pasajeros, estulticia, rumores, odio, rivalidades, apariencias, superficialidades, nervios y discusiones estériles. La desmemoria de sus caprichos y locura obstruye sus sentimientos, los arroja al desagüe, al basurero, con una sonrisa que la amargura y el egoísmo borraron una tarde no recordada, la mirada apagada que perdió su brillantez una noche de enojo e intolerancia, la humildad e inocencia que fueron sometidas a torturas una mañana de intereses egoístas, actos perversos, falsificación de la vida y uso excesivo de antifaces y vestuario presuntuoso. La vida es ahora. Es primordial experimentarla y disfrutar el viaje, con sus luces y sombras, antes de que el furgón llegue a la estación postrera.

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Nuestra infancia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mi padre y a mi madre, con amor y gratitud

Tras la lluvia nocturna y los relámpagos que alumbraban el celaje plomado y proyectaban las sombras de los árboles en nuestro jardín, el amanecer regalaba un ambiente delicioso y se presentaba maquillado y fragante ante nosotros, como un paisaje sustraído de un paraíso o de un cuento bello y mágico que invitaba a jugar a la vida, a la familia, a la inocencia, a la niñez.

Eran vacaciones escolares. Mi padre partía a la oficina, mientras nosotros, sus hijos, permanecíamos en la casa solariega, al lado de nuestra madre, quien durante dos meses probaba su amor, creatividad, imaginación y tolerancia. Éramos libres e inquietos, pero cariñosos y obedientes.

Nuestro desayuno consistía en jugo de naranja, fruta, café con leche o chocolate, pan y algún platillo delicioso que previamente, muy temprano, preparaba mi madre en aquella cocina que poseía una alacena vetusta, en la que mis hermanos y yo imaginábamos existía un paso secreto a algún túnel, a otros mundos de quimeras.

Con una mascada de seda en la cabeza que indudablemente le recordaba antiguos linajes, mi madre organizaba las actividades del día por medio de juegos. Así, mientras un día inventaba que éramos marineros de un crucero y relataba anécdotas e historias alusivas al tema, mis hermanos y yo la escuchábamos con emoción y hasta barríamos, trapeábamos y sacudíamos con la idea de que viajábamos en un barco grandioso.

Entre una historia y otra, narraba las travesías que nuestros antepasados realizaron, y sentíamos energía e inspiración para emular su espíritu aventurero. El juego parecía interminable. Jugábamos, al otro día, a que viajábamos en un barco, en medio del mar impetuoso, envueltos en la bruma espesa durante noches y madrugadas de tormentas, con la ilusión de llegar a un terruño desconocido. Casi sin darnos cuenta, terminábamos el trabajo doméstico.

Otra ocasión, platicaba una historia de castillos, príncipes y princesas, y hasta sentíamos que formábamos parte de ese ambiente solemne y linajudo. Era fundamental mantener el palacio limpio, y contribuíamos al quehacer.

También incluyó, en sus juegos, conquistas e historias épicas, algunas tomadas de la realidad, otras de su imaginación y muchas más del anecdotario familiar, y de esos episodios resultaba una casa aseada. No requeríamos, en ese tiempo, el servicio doméstico que en otras temporadas llevaban a cabo Yolanda, Gloria y Olivia, a quienes hoy recordamos con cariño, nostalgia y agradecimiento.

En ocasiones nos rebelábamos, como todo niño, y casi éramos piratas a los que había que poner en orden, y claro, para eso entraba la autoridad de mi padre, quien fue un hombre ejemplar, amoroso y extraordinario.

Ayudábamos, igualmente, a preparar la comida. Sentados alrededor de la mesa de la cocina, rebanábamos cebollas, papas, zanahorias, o preparábamos el agua y participábamos en la elaboración de un postre como gelatina, flan, galletas o pastel.

Entre semana, la comida se basaba, principalmente, en ensalada, arroz, sopa de pasta o de verdura, guisado, agua de limón o de alguna fruta de temporada y, obviamente, el postre tan esperado. Lo increíble es que ninguno de mis hermanos engordamos.

Los fines de semana organizábamos nuestros tradicionales días de campo que tanto disfrutábamos. No vivíamos en la opulencia ni en la miseria, pero en aquella época los recursos económicos resultaban suficientes para vivir dignamente. Las circunstancias han cambiado y resulta complicado mantener el equilibrio material.

A determinada hora del día, mi madre nos invitaba a salir a la parte del jardín donde cultivaba flores y plantas, y le encantaba que aprendiéramos y repitiéramos los nombres de cada una, algunos muy científicos y otros, en cambio, demasiado comunes.

Nuestras mascotas eran gansos y patos. No tuvimos perros ni gatos, pero sí canarios y tortugas. Admirábamos el vuelo de las aves que anidaban en el follaje de los árboles, y ya libres de quehaceres, mis hermanos y yo hacíamos expediciones en los parajes más apartados del jardín, hasta que la imaginación nos transportaba a selvas, pasadizos y túneles secretos, escondrijos y recintos enigmáticos.

Más tarde, mi padre regresaba de la oficina y si habíamos participado en las tareas de la casa y mantenido buena conducta, abordábamos el auto y todos, incluidos nuestros amigos Geli y Lolín, íbamos a un parque infantil con columpios, resbaladillas, volantines, sube y bajas, carruseles y toda clase de juegos.

Años más tarde, entre la frontera de la niñez y la adolescencia, se sumaron otros amigos muy queridos e inolvidables, Adolfo Riebeling y los hermanos Buenfil, con quienes compartimos innumerables juegos y aventuras en aquella casa solariega de nuestros recuerdos.

Así se diluyeron las épocas de vacaciones, un año y muchos más, hasta que crecimos y ahora, cuando mi padre y mi madre ya se encuentran en otro plano, recordamos con amor y los sentimientos más puros.

No existían, entonces, las computadoras ni los equipos portátiles de comunicación. Las redes sociales y los juegos digitales tan idiotizantes, no pertenecieron a nuestra infancia azul y rosa.

Aprendimos a estudiar y trabajar. Éramos creativos. Leíamos y dialogábamos. La televisión era utilizada en el hogar como instrumento de entretenimiento, con horario y restricciones, y no se hospedaba con pretensiones enajenantes.

Fuimos, sin darnos cuenta, marineros, astronautas, jardineros, príncipes y princesas, aventureros, monjes, viajeros, artistas, inventores, soldados, personajes, conquistadores y, principalmente, hogar, familia, padre, madre e hijos, y eso se lleva en la memoria, en los sentimientos, en el alma.

Mi padre y mi madre se sentían bendecidos, ricos y afortunados. Su mayor tesoro éramos nosotros, sus hijos, y claro que no les molestaba conversar y jugar con nosotros, estudiar a nuestro lado, relatarnos algún cuento y hacer de los días existenciales un cuento hermoso y memorable.

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Preludio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quiero ser inolvidable para ti. Deseo que mis sentimientos queden impregnados en tu alma, en los latidos de tu corazón, en tus labios al sonreír. Pretendo dejar huellas en ti, en tu ser, para que, al transcurrir los años y no me encuentre aquí, me recuerdes con cada palabra, en todos los sitios, en cualquier reflejo del agua y los cristales donde tantas veces nos miramos retratados. Anhelo trazar una ruta, un sendero, un itinerario, y no con la idea de perdernos en rincones inciertos, sino con el objetivo de seguir juntos hacia destinos libres y plenos, y que en caso de que alguno de los dos ya no permanezcamos en el mundo, exista un plano que guíe a la coincidencia, al encuentro, al paseo interminable en un paraíso subyugante. Me atreveré a pintar no el maquillaje de tu alegría pasajera, sino tu dicha permanente; escribir el poema no de tus desesperanzas y tristezas, porque tengo un abecedario para crear una burbuja con sueños e ilusiones, un jardín de ensueño, un cielo prodigioso; esculpir la belleza de tu mirada y el encanto de tus manos tan tuyas y femeninas; componer una sinfonía con piano, violines, arpas, flautas, violonchelos y tantos instrumentos, con la intención de que me sientas y sea preludio, una y otra vez, de nuestra historia. Quiero ser inolvidable para ti con mis detalles, la locura de mi amor, mis ocurrencias, mis juegos y nuestros encuentros y desencuentros, la historia que compartimos y el destino al que aspiramos.

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El mundo está infectado

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mundo está infectado, y más que de coronavirus y otras enfermedades diseñadas y creadas en laboratorios para enfermar y matar a la gente, la mayor intoxicación consiste en propagación del miedo, violencia, confusión, rumores maquillados de verdad, caos, tristeza, nerviosismo, monotonía, terror, mentiras, odio, montaje de escenas y testimonios ficticios y horripilantes, diferencias raciales, división y enfrentamiento entre los opuestos, amenazas, silencio y crisis, todo controlado y manipulado con cierta intencionalidad. Lo que hoy enfrenta la humanidad, es preámbulo de algo más cruel y oscurantista, ensayo de futuras guerras, evidentemente dirigidas de acuerdo con los intereses y propósitos de una élite ambiciosa y perversa que maneja gobiernos, medios de comunicación masivos, iglesias, laboratorios, academias, finanzas, “intelectuales”, personajes célebres e instituciones. ¿Han notado el silencio y hasta las contradicciones, dentro de su raquítica voz, de la comunidad científica, las instituciones universitarias y los líderes sociales? ¿No parece extraño y sospechoso que existan tantas medias verdades y medias mentiras? El ejercicio que hoy llevan a cabo quienes pretenden apoderarse del mundo, su gente y sus recursos, les permite recabar información minuciosa y certera con relación a los niveles de reacción de las diferentes sociedades, la capacidad de resistencia de cada pueblo y raza, los mecanismos de defensa individual y colectivo. El mundo está plagado de una verdadera epidemia que la élite ambiciosa y perversa dosifica con gradualidad para conseguir sus fines. Y mientras la humanidad permanece distraída en asuntos espaciales, noticias alteradas, retorno lógico de la naturaleza a lo que siempre le ha pertenecido y declaraciones cubiertas de estulticia, incluyendo a los perros adiestrados para realizar compras en las tiendas, y se hunde en las sombras del terror y evita contagios y muerte, alguien manipula y prepara las finanzas mundiales, los esquemas políticos y sociales, la mentalidad colectiva, las creencias, las ideas, todo, con el propósito de incorporarlos a un nuevo orden mundial. El objetivo es insano y durará mientras hombres y mujeres, en todo el mundo, permanezcan adormilados, enajenados y arrodillados.

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Maestro don Héctor Martínez Serrano

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A sus 86 años de edad, era hombre incansable, reservado en sus asuntos privados y crítico en temas públicos, de carácter enérgico y convicciones e ideas firmes. Desde hacía casi medio siglo, su voz, con su estilo tan peculiar, salía de las radiodifusoras y entraba a los hogares, a las oficinas, a los talleres, a los negocios, a los automóviles particulares, al transporte público, a las obras de construcción, a todos los medios. Dejó huella. Sabía hacer radio. Venía de una generación con principios sólidos e ideales. La gente lo admiraba y quería. Durante los últimos 17 años dirigió el programa Buenos Días, en el Grupo Radio Centro de la Ciudad de México; pero fue escuchado, tiempo atrás, en XEY, Radio Fórmula y XEW, “La voz de la América Latina”. Nació en noviembre de 1933, en la ciudad mexicana de Celaya, Guanajuato, y murió el 9 de mayo de 2020, tras permanecer hospitalizado algunos días atrás. Tuve oportunidad de conocerlo hace tiempo, en los estudios de la radiodifusora XEW, en la capital mexicana, cuando a los 20 años de edad publiqué mi primer libro, precisamente en el programa que conducía y en el que participé varias ocasiones, a pesar de mi juventud, “Nuestro Hogar”, en el que colaboraban personajes muy queridos como Niní Trevit de Álvarez Urquiza, Emma Godoy Lobato, Rodolfo Alcántara Carbajal, Janet Arceo Maldonado y Alejandro García Durán de Lara, conocido como “padre Chinchachoma”, entre otros, quienes cotidianamente trataban asuntos y temas de relevancia e interés público, siempre con objetividad, respeto, inteligencia y valores. Héctor Martínez Serrano, hombre de su tiempo, gran maestro, locutor de voz agradable y ser humano de carácter indómito y complicado, con admirable capacidad de observación y análisis, culto y relacionado con innumerables figuras públicas, venía de una generación en la que verdaderamente se hacía radio de calidad. Se marchó con su experiencia, su conocimiento, sus vivencias y su capacidad. Se cierra un ciclo inolvidable. Gracias, maestro don Héctor Martínez Serrano, por tantos años de entrega y por compartir tu estilo, tu conocimiento, tu experiencia y lo mejor de ti.

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A las madres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A todas las madres del mundo. A aquellas mujeres que, a pesar de las adversidades, los problemas y las críticas, han decidido ser canales de vida. A aquellos seres femeninos que han sentido alegría e ilusión al saberse madres y a las que un día, al participar en tan magno evento, han sentido desfallecer hasta cerrar los ojos y no abrirlos más ni volver a oír los latidos de sus corazones

A aquellas mujeres que han asumido la función de madres al cuidar, educar y formar a otras personas ajenas a sus vientres. A las que han sufrido y dejado de comer para alimentar a sus hijos. Con esperanza y tristeza, a quienes maldicen y tratan con desprecio y crueldad a los descendientes de su sangre y a las que todo condenan y ridiculizan la maternidad, y hasta apoyan y promueven la muerte de proyectos de seres humanos inocentes e indefensos, cuando la responsabilidad, el compromiso y una vida honesta inician en uno mismo

Gracias por alegrar y embellecer los instantes y los años de nuestras existencias. Mi gratitud a todas las madres jóvenes, adultas y ancianas, a las que se encuentran aquí, en el mundo, y a las que partieron a otro plano. Reciban mi admiración y respeto por formar parte del milagro de la vida

Madre es un concepto y una palabra de amor, tan cercana al cielo como la maravilla, el prodigio y el milagro de la vida. Es un sentimiento, un estado dentro de la existencia, una dicha, el origen de incontables historias y el destino de un mundo.

Una madre, cualquiera que sea, ya forma parte de la belleza, el encanto y la fórmula incesante de la existencia. Es una dicha, un estilo de vida, un compromiso, una responsabilidad, un deleite.

Cada momento y día del año debería de celebrarse a las madres con actos de amor, detalles, palabras y el ejercicio del bien y la rectitud en todo. Las madres no son esas figuras grotescas que la televisión y otros medios, a través de sus bufones y marionetas, han pretendido ridiculizar desde hace algunas décadas.

Tampoco son seres materiales a los que en determinada fecha se les satura de comida y regalos exclusivamente, acompañados de abrazos, caricias, besos y palabras que no se sienten. Sobran los actos impulsivos, la emotividad incontrolable que acaso intenta suplir el amor que no se ha dado o tal vez las decisiones que surgen de la enajenación y la manipulación que dicta que no vale socialmente aquel que no posee capacidad de compra y que, por lo mismo, propicia despilfarro, derroche y júbilo excesivo que los siguientes días del año contrastan con la ausencia, las groserías y la indiferencia.

Hoy, domingo 10 de mayo de 2020, cuando la humanidad se encuentra ante los desafíos de la historia y los abismos del destino, el homenaje a las madres representa una prueba de amor e iniciativa porque las felicitaciones, los abrazos, los desayunos, las comidas, los ambientes familiares y los regalos serán suplidos, en el caso de la gente que se respeta a sí misma y a los demás, por muestras de amor desde el aislamiento, a través de los medios que hoy facilitan la comunicación.

Fui afortunado. Tuve una madre extraordinaria y maravillosa, dedicada a nosotros, sus hijos, a quienes amó tanto. Dulce, bondadosa, amable, caritativa y educada, nos enseñó, a través de su vida ejemplar, que los ángeles son reales y que uno, al tener la dicha de coexistir a su lado, recibe una bendición y un regalo.

La amé tanto, que jamás le llamé mamá; siempre lo pronuncié con dulzura, como algo muy sagrado, en diminutivo -mami-, y así, entre lágrimas y dolor por la ausencia física, le agradecí  y musité “fue un una bendición y un honor ser tu hijo”.

El mejor homenaje que hoy puedo rendirle, es llevarla en mi memoria, en mis sentimientos, en mi alma, y seguir fielmente sus consejos amorosos y sus lecciones tan valiosas.

Reservo para otro momento mis historias personales y me concreto a insistir que la de hoy es una de las fechas más significativas del año porque nosotros, los seres humanos, rendimos honor y memoria a las mujeres que tienen el privilegio de ser conducto de la vida -nuestras madres-, cuyo amor es tan extraordinario, sublime, puro, auténtico y profundo que dan todo por un hijo, incluso su bienestar y sus vidas.

Y en este caso, tengo la certeza de que no importa que ellas, las madres, sean mujeres jóvenes, adultas o ancianas. Simplemente son eso, lo más grandioso y preciado, madres, fórmula del cielo, parte fundamental del prodigioso milagro de la vida que late en ti, en mí, en ellos, en ustedes, en todos.

Algo hay en la vida, en la naturaleza, en el universo, en la creación, que lleva el germen enigmático y maravilloso que pulsa en uno, en todo, como si se tratara de un signo que intenta revelar los secretos del cielo, y las madres se vuelven instrumento para tan épica aventura.

Tengo la certeza, y hoy lo compruebo nuevamente, de que el concepto de madre desmorona murallas y rompe las barreras de la distancia y el tiempo, y tan es así que ahora, cuando la humanidad enfrenta los retos de la historia y una de las pruebas más complejas y peligrosas, al grado de imponer aislamiento físico, hombres y mujeres hacemos un paréntesis en medio de las preocupaciones y las noticias mundiales con sus interminables contradicciones e intereses, con la idea de expresarles palabras de agradecimiento y ternura. Qué poder e influencia tienen sobre nosotros, sus hijos.

Y las queremos tanto, como lo he insinuado en las presentes líneas, que las cuidamos y protegemos, de manera que este día quizá no habrá abrazos, besos, almuerzos, comidas y entrega física de regalos; pero sí recibirán incontables felicitaciones y muestras de cariño por medio de la tecnología que rompe barreras y fronteras.

Innegablemente, en cada madre, uno descubre una o más historias, tantas como hijos concibe, y se agradece, en verdad, que tengan la determinación y el valor de formar parte del nacimiento de seres humanos -mujeres y hombres- con derecho a la educación y a condiciones dignas para así sumar y multiplicar lo bello y positivo de la vida.

Considero que la mayoría de las personas, en el mundo, creemos que tener una madre es el mejor de los regalos que alguien pueda recibir. Es un obsequio del cielo, un ángel que un día y otro más se ausenta y deja un espacio insustituible. Ser madre, insisto, es una bendición y un privilegio. Felicidades y mi reconocimiento público.

Hago un paréntesis, al finalizar mi texto, con la idea de felicitar a todas las madres, específicamente a mis compañeras y colegas blogueras, pero también a mis familiares, amistades, contactos y seguidoras en las redes sociales. Reciban un abrazo y mi admiración. Especialmente, dedico estas palabras a la memoria de mi madre, Lucía Rojon Serrallonga; a Karla, con amor, respeto y admiración; a mis hermanas Cecilia y Leticia, personajes de nuestra historia familiar, con el sentimiento más bello y puro; a mis antepasadas, con orgullo y gratitud; a las mujeres que conozco y a las que nunca he tratado, aquí y allá, en todos los rincones del mundo, y que son madres y se sienten realizadas, bendecidas, felices y orgullosas.

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Sobrantes y ausencias

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Unos, agobiados por el encierro y la ausencia, creen que en los cuadernos y en las pantallas digitales faltan letras, acentos, puntuación y signos que muestren los colores del alma, las fragancias de la primavera y los rumores de la vida; otros, en cambio, piensan que sobran palabras y las desechan, acaso por creer que los techos están encima y ya no se puede respirar ni sonreír, quizá por suponer que adentro y afuera es la misma materia gris que flota despiadadamente y sin explicación, tal vez por no asomar con la idea de sentir las caricias del viento, percibir el sentido de la creación que fluye incesante y, sobre todo, por cerrar la puerta a los rumores de su ser. Algunos sienten el peso de la carga y creen, por lo mismo, que no hay más ruta que la que conduce a la resignación de una vida condenada al sometimiento y a los caprichos e intereses impuestos por una élite cruel que pretende dominar el mundo, a la estulticia y corrupción de gobiernos serviles y a las acciones inhumanas que cada día carcomen a más gente. Unos consideran que se agotaron las pinturas del artista universal y que sólo quedan matices opacos, grises y negros; otros, en tanto, apenas recuerdan que uno es autor de su propia sinfonía y que cada instante, por medio de los sentimientos, las palabras, las acciones y los pensamientos, compone la pieza más magistral y subyugante o una serie de notas discordantes. El aburrimiento, la enfermedad, el miedo, las preocupaciones, el encierro, los rumores difundidos con cierta intencionalidad, las noticias contradictorias, los minutos repetidos y la ceguera voluntaria o forzosa hacia un destino incierto, están desnudando a muchos que en años pasados se entregaron a banalidades y olvidaron que los tesoros más preciados se encuentran en su interior, en sus familias, en la alegría de vivir en armonía y con equilibrio, en los detalles, en lo sencillo, en el ejercicio cotidiano de los sentimientos nobles. Permitieron que a sus conciencias, hogares, escuelas, negocios, espacios y diversiones entraran enemigos casi intangibles que los distrajeron, enajenaron y manipularon para ahora, en un período desafiante de la historia, denigrarlos, mostrarles las fauces pobladas de colmillos y hacerlos sentir basura, prisioneros y mercancía barata y carente de porvenir. Demasiada carga para alguien que ha sido vaciado. Les enseñaron que resultaba más atractivo poseer que ser, y así fue como les representó mayor diversión y gozo entregarse a la pasión de intercambiar mensajes e imágenes con otras personas y desatender las conversaciones, preguntas y necesidades de sus hijos. Les agradó más escuchar y mirar programas obscenos y grotescos que deleitarse con el bien y la verdad. Optaron por descender al sótano, a túneles lóbregos, a mazmorras plagadas de suciedad, indudablemente porque toda la porquería se encontraba envuelta con los disfraces de las apariencias que les vendieron como parte de su felicidad y realización, y evitaron subir a la cumbre más elevada. Hicieron de figuras populares sus deidades e ídolos, seguramente sin que notaran que un grupo minúsculo aplicaba gradualmente un proyecto malsano con cierta intención. Les arrebataron lo mejor y les entregaron basura. Hoy, esas porquerías resultan demasiado pesadas y onerosas. Alguien tan frágil y debilitado no puede seguir con la infamia del peso recibido voluntariamente. Les arrebataron sentimientos nobles y razón, creatividad y sueños, y les dieron estulticia, apetitos y superficialidad, traducidos hoy en deshumanización, miseria, hastío, enfermedad, luto, violencia y terror. Aplaudieron más a un bufón de televisión que a un científico o artista, y vibraron a frecuencias cada vez menos altas. Ante la reproducción de días similares, ausentes de alegría y esperanza y con sobrantes de dolor, muerte, enfermedad, noticias y rumores mal intencionados, pobreza y violencia. todavía hay quienes confían en que el amor, el bien, la verdad y la belleza son parte de la vida y se traducen en realidad cuando uno lo cree y siente desde la profundidad de su ser, se reconstruye y suma y multiplica en vez de restar y dividir. Unos suponen que sobran la nobleza de sentimientos, la razón, los sueños, las ilusiones, mientras otros, al contrario, saben que de ellos dependerá pintar los lienzos de sus existencias y del mundo.

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Asomé por la ventana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Asomé por la ventana. La abrí. Miré el paisaje desolado. Descubri las ruinas que permanecían a los lados, entre el camino maltrecho y cubierto de escombros, hojarasca  y residuos de otros días, espectáculo que, a pesar de prometer un destino abundante de tesoros, parecía lúgubre y agreste.

El paisaje era antecedido por un jardín protegido por una cerca blanca, donde crecían flores maquilladas con los colores más bellos y cautivantes, perfumadas y de encantadora belleza, césped y árboles, entre calzadas, fuentes y bancas que invitaban a permanecer un día y muchos más en sus rincones.

Intenté pasar por la ventana y saltar la cerca con la idea de explorar el otro escenario que contrastaba con el jardín edénico. No parecía un camino tan seguro. Estaba abandonado e irreconocible. Yo había renunciado, algún día no recordado, a transitarlo, acaso por la comodidad de permanecer en el jardín, probablemente por miedo de enfrentar los monstruos, sombras y abismos que abundan en aquella región, quizá por acumular capas de escándalo, reflectores y asuntos cotidianos y pasajeros con los que sepulté los senderos y la ruta al interior, o tal vez por miedo a enfrentarme conmigo, ausente de máscaras y vestuario.

Olvidé, por los espejismos del mundo, que existen grietas en uno que conducen al ser, a un cielo esplendoroso, al océano donde se encuentra todo, a la fórmula de la inmortalidad, tesoros que cambié por días y noches carentes de porvenir y sentido.

Un día, tras capítulos de excursión mundana, de cierta manera uno se encuentra consigo, en un ambiente de soledad, aislamiento y silencio, entre paredes, cosas y recuerdos que cada instante distraen y atan a otras ideas, a sensaciones recientes, a hechos y planes, a historias protagonizadas, hasta que el compás de la monotonía propicia traspasar el jardín fabricado a conveniencia personal y presenta al explorador los retratos no ficticios, las imágenes de quien verdaderamente se es. No hay engaño.

Brinqué la cerca e intenté correr hacia distintos rumbos, pero en todos escuché voces que parecían mías, susurros que provenían de mí. Miré mis rostros, descubrí mi presencia ausente de maquillaje. Me acorralé conmigo. No soportaba el lenguaje que parecía reclamar, los rasgos que aparecían desnudos, la persecución y las acusaciones hasta por pecatas minutas.

Como en las narraciones que antiguamente contaban los abuelos y los padres a los niños de antaño, en las que una doncella o un caballero valiente se atrevía a cruzar abismos y desafiar monstruos en bosques sombríos y llenos de cardos y trampas, para finalmente llegar desgarrado a la cumbre o a una gruta, donde le esperaba una piedra filosofal, un diamante, un tesoro, me enfrenté a mí mismo, a mis espectros desafiantes.

Durante mi caminata, me encontré conmigo, totalmente desnudo, carente de nombre y apellidos, desprovisto de raza, desposeído de bienes materiales y privilegios, exclusivamente con lo bueno y lo malo que he hecho a través de mi jornada existencial, con mis verdades y mentiras, y me respondí innumerables cuestionamientos, reclamos que de pronto parecieron quemarme, y es que lo minúsculo o mayúsculo que uno siente, piensa, habla o lleva a cabo, queda registrado en esa mina, y llega la fecha, si es que existen el tiempo y el espacio en ese paréntesis, de la cuenta.

Y no solamente enfrentan esa lucha aquellos que dedican los minutos de sus existencias al mal; todos, en algún período, llegamos puntualmente a la cita con nosotros mismos, al encuentro con quienes realmente somos, y yo, al saltar la cerca del jardín de las apariencias, simulaciones y conveniencias, me miré en un espejo diferente a los del plano material.

Descubrí, entre hojarasca y piedras, las sonrisas enlodadas que una y otra vez arrebaté con mi amargura, apresuramiento e intolerancia; también encontré las ilusiones que rompí al imponer mis caprichos e intereses, y vi, desconsolado, las lágrimas que formaban ríos y escurrían entristecidas en el barro descompuesto de mi ambición desmedida, egoísmo, apetitos, superficialidad y estulticia.

Me resultó imposible caminar a hurtadillas, esperar la noche o la madrugada en una comarca donde no amanece ni oscurece, Era preferible enfrentar las sombras, los abismos, las caídas, el terror de los propios fantasmas.

Inquieto, me pregunté qué tan terrible puede ser uno. Si sentimientos, palabras, acciones y pensamientos nocivos y de apariencia insignificante, lastiman tanto y lo persiguen a uno constantemente, qué terror experimentarán aquellos que dedican sus vidas a cometer perversidades y herir o matar a los demás.

El infierno lo crea uno. Estoy convencido de que uno se transforma en espectro, en demonio de sus propios engaños y trampas, por minúsculos que parezcan, y quizá es la razón por la que la mayoría de las personas, mujeres y hombres, evaden la cita, el encuentro consigo, en la soledad y el silencio de sus seres, y optan por el ruido y lo artificial, seguramente sin sospechar que son pasajeros y que en determinado momento del viaje tendrán que hacer escalas en ciertas estaciones.

Me reconocí a mí mismo. Respondí cada reclamo y cuestionamiento. Vencí mis miedos, enfrenté mis crueldades, errores y debilidades. Me reconcilié conmigo, con la vida, con los demás, con la creación, y así me fue posible, finalmente, descubrir la ruta a un destino feliz.

Liberado de mis propias ataduras, los barrotes de las mazmorras lóbregas y pestilentes cayeron ante mi decisión de encontrarme conmigo y renacer, y así llegué a la orilla del océano cósmico. Me sumergí en sus profundidades, en el todo, donde uno elige la fórmula del bien o la receta del mal y se transforma, por lo mismo, en luz o en sombra.

Y feliz, como artista, me volví pescador. Llené mi canasto con la inspiración de las letras, con el resplandor de las palabras, y así, encantado, retorné a mi vida actual, con mi propio perdón y la disposición de brillar cada día por medio del bien que pueda hacer a los demás, mi arte, los sentimientos nobles, mis ideas y los actos más hermosos y puros. Vacié agua de la inmortalidad en mi cántaro y la bebí durante el trayecto a casa.

Conozco la grieta a otros paraísos, a cielos e infiernos, a la realidad que se construye cada momento, al bien y al mal que uno elige, a la luz y a la oscuridad, y estoy convencido, insisto, de que es responsabilidad y opción individual elegir la ruta y el destino con la que vibra.

Aquí estoy, en el aislamiento que las circunstancias mundiales -artificiales o no- han impuesto a la humanidad de la hora presente, ajeno a mis miedos, ambiciones desmedidas, egoísmo y superficialidad, acaso porque durante mi travesía por los bosques sombríos me encontré conmigo, me reconcilié y renací, quizá por algún contagio prodigioso en aquel océano cósmico, posiblemente porque ahora son yo sin disfraces, tal vez por todo.

¿Locura? ¡Realidad? ¿Quimera? ¿Imaginación? Qué importa el concepto. Lo mejor de todo es que volví a ser yo. Si en el encierro percibo los aires de la libertad y la plenitud, ¿qué sentiré al salir a las calles, al reencontrarme con las personas que amo y hasta al coincidir con los desconocidos, al respirar el oxígeno de un bosque paradisíaco, al escuchar el canto de los pájaros y los rumores del mar, al mirar los colores naturales y al inventar cada segundo de mi existencia y agregarlo a una historia bella, maravillosa y subyugante?

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Tenía un no sé qué…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Había un no sé qué en ella, en su mirada, un secreto insondable, tal vez, o quizá un rumor silencioso, como el de las flores, una mañana y otra de primavera, al sentir las caricias de las gotas del rocío y los susurros del aire. No dudo que aquella hora, cuando la descubrí por primera vez entre gente que iba y venía, conservaba algo de niña y poseía la belleza y el porte femenino de quien sería años después, cuando volvimos a coincidir y, embelesado, prometí que la amaría cada día y todas las noches, en su presencia y hasta en los momentos de su ausencia, y que, adicionalmente, cubriría sus rutas con pétalos de rosas, colores de tulipanes y perfume de orquídeas. Algo tenía, no sé qué, que me atraía e indicaba sigilosamente que me pertenecía o que compartíamos sin sospecharlo aún, acaso su nombre y el mío, probablemente una historia mutua y un destino común, sin duda los latidos de mi corazón y el pulso de mi ser. La descubrí ante mí cuando sus rasgos conservaban pedazos de una infancia pasada y feliz, trozos de una adolescencia inquieta y reciente e intento de sus primeras expresiones juveniles. Era, parece, niña y mujer, y más tarde, al identificarla, al reconocer sus pestañas, sus ojos y su cabello, comprendí que se trataba de una Musa, un trozo de esencia y arcilla con aspecto de dama, uno de esos amores con alma y piel que no se olvidan y a los que siempre se les conserva en la memoria y se les reservan los sentimientos más fieles y hermosos. Conservaba un no sé qué, quizá las imágenes de nuestros sueños en un paraíso distante o tal vez fragmentos suyos y míos unidos desde siempre. Por el momento no recuerdo, seguramente por la emoción que me lleva hasta la desmemoria involuntaria, si antes, en un cielo prodigioso o en otros mundos, ya jugábamos a la vida y al amor; sin embargo, una voz silenciosa me indica que venimos de un jardín donde la aurora y el ocaso son lo mismo, sólo quimeras, y que si la siento en mí y la percibo en mi nombre, en mi historia, es porque venimos del mismo aliento que sopló para formar la luz, el agua, las estrellas, los colores. Tenía un no sé qué, algún secreto inconfesable o un origen mágico, que provocó que la abrazara y le prometiera hacer de nuestra caminata una historia bella, magistral e inolvidable. Y lo conserva aún, a pesar de las mañanas soleadas, las tardes de lluvia, las noches de viento y las madrugadas nevadas. Es un no sé qué, algo que casi siempre llevan las princesas de los cuentos y que uno, al conocer a una real, siente el privilegio de recibir el más preciado de los regalos.

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