Entre rumores y silencios

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Nacimos entre pausas y susurros, rumores y silencios, murmullos y sigilos. Somos, parece, resultado de letras mezcladas con descansos, rutas y paréntesis, o palabras de un lenguaje pronunciado una mañana o una noche cualquiera. si acaso existe el tiempo en otros planos, por el autor de la vida. Formamos parte, quizá, de un abecedario no recordado o de un código con números, letras y signos que proviene del universo, de cielos esplendorosos e infinitos, y dan vida. Tal vez venimos agotados, caminando de tierras inciertas, tan distantes como el inicio del primer día, y buscamos con ansiedad y melancolía el sendero para retornar al hogar. Acaso somos eco, fragmento, trozo de algo más grandioso y mágico. No creo que estemos condenados a ser pedazos de mujeres y hombres, y menos residuos, basura o ruinas. Si antes de llegar al mundo, transitamos por una corriente etérea, y al regresar a casa, identificamos la senda, significa que algo poseemos o somos, más allá de la arcilla, que realmente alumbra y no perece. Somos, en el mundo, esencia y barro, vida y muerte, luz y sombra, todo y nada, y algo hay en las voces de la lluvia, en las expresiones de la naturaleza, en el concierto del océano imperturbable, en los crujidos de la nieve al caminar sobre los copos, en el musitar del viento, en el balbuceo de las cascadas y los ríos, que intenta comunicar que si las apariencias y las máscaras carecen de porvenir, en el interior se encuentra la salvación del naufragio cuando la estancia terrena se dedica al bien, a la verdad, a la luz. No creo que seamos partes disgregadas, confinadas a un naufragio interminable, o encadenadas a los barrotes de una prisión, cuando sabemos, por experiencia, que sentimos lo bueno y lo malo, y al abrazar el tronco de un árbol y hundir los pies en la arena, en la intimidad de la tierra, advertimos el pulso de la vida y de un secreto inconfesable que invita a trascender. Desconozco si somos la poesía de Dios, pero tengo la certeza de que algo hay más allá del légamo que acoraza nuestros sentimientos, acciones, pensamientos e ideales, y eso, pienso, es lo que salva de la encalladura y da, en consecuencia, esperanza de una existencia dichosa, inolvidable y sin final.

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Mujeres de siempre: Irina Viktorovna, a su brillante memoria

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La vida es, quizá, una flor que nace un día, a cierta hora y en determinado paraje, y posteriormente, en algún momento, perece irremediablemente. Y si hay flores encantadoras, pero de triste e ingrato recuerdo por su petulancia, existen otras que exhalan las fragancias del paraíso y son tan bellas, sublimes y etéreas que parecen sustraídas de los jardines del cielo.

Así era Irina Viktorovna Styablina, una mujer distinguida y extraordinaria, de esas personas que no se olvidan porque dejan huellas durante sus vidas, acaso por su estilo y sus detalles, probablemente por su amabilidad y sus sentimientos, quizá por su inteligencia y su interés en ayudar a aquellos que se acercaban a ella, tal vez por tratarse de seres humanos que excursionan a nuestro lado y al caminar, trazan senderos, rutas, itinerarios, para que uno los siga y descubra, finalmente, la luz del amor, los sentimientos y la sabiduría.

Nació en la década de los 60, en el inolvidable siglo XX -el 2 de marzo de 1964, si hay que ser exactos-, y su infancia, juventud y madurez transcurrieron apacibles en Tambov, ciudad rusa fundada en 1636, por Roman Boborykin, en respaldo al Gran Principado de Moscú, y siempre, desde muy pequeña, mostró un carácter agradable y dulce.

Mezclaba sus juegos, ilusiones y sueños infantiles con las tareas escolares, y así transcurrieron los días, los meses, los años, hasta que en algún instante de su existencia, se graduó en el Tambov College of Trade, en la especialidad de Comida Pública y Servicio, y su profesión fue la de chef pastelero.

No obstante, su amor y pasión por los libros fue superior a la repostería, y así llegó hasta la Biblioteca A. S. Pushkin. Al coincidir con lo que tanto deseaba, con los libros y su sabiduría impresa en tantas páginas, se integró a la facultad de la misma, perteneciente a la rama de Tambov, del Instituto Estatal de Cultura de Moscú, donde laboró, inicialmente, en el Departamento de Bibliografía Regional.

Tras unirse a la facultad de la biblioteca, incursionó en el nivel del Departamento Metodológico Superior, en los días de 1986. Fue la época en que Irina demostró su capacidad y talento. De inmediato se distinguió por su profesionalismo y sus habilidades de organización institucional.

Eran días de transformaciones sustanciales en su país. Ella, Irina, continuaba trabajando con responsabilidad, profesionalismo y gentileza. Tras nueve años de haber ingresado a la institución, fue nombrada jefe del Sector en el Departamento de Información y Bibliografía, para posteriormente, en una carrera ascendente, tener bajo su responsabilidad la Unidad Científica y Metodológica.

A partir de 2005, en la aurora del siglo XXI y el tercer milenio de nuestra era, tuvo bajo su control el Departamento de Bibliografía Regional, puesto en el que asombró e impresionó a las autoridades, a sus compañeros y al público lector al demostrar su capacidad y presentar resultados extraordinarios.

Con su claridad intelectual y su habitual sencillez, Irina Viktorovna ofreció e implementó un modelo creativo en la popularización del conocimiento regional, a través del estudio y la aplicación de fórmulas innovadoras de trabajo. Se caracterizó, además, por ser una mujer perfeccionista.

Organizó incontables planes y actividades de alta competitividad, hasta que en 2018, dueña de sí misma y con amplia experiencia y trayectoria, presentó el proyecto cultural y educativo “Tambov dictante regional”, evento ampliamente reconocido en el ámbito artístico e intelectual.

Fue una mujer culta y sencilla que dedicó los días de su existencia a los libros, al conocimiento, a la organización de actividades intelectuales. No desperdició el tiempo en asuntos baladíes. Sabía que la vida es breve y que, por lo mismo, apenas alcanzan los días y los años para aprender, hacer el bien y ser felices. Lo entendió y lo vivió.

Organizó encuentros intelectuales, lecturas regionales, tardes de autores, presentaciones de libros, labores creativas con paisajes y exposiciones. Parecía inagotable. No existía tregua en su trabajo. Era una mujer incansable. Las ideas fluían en su mente. Los libros le daban, a través de la lectura, sabiduría, conocimiento que aplicó en su vida cotidiana, en los detalles de su existencia, en su educación y en sus valores.

Irina Viktorovna dejó como legado que el amor y la pasión por los libros hacen a la gente más buena y sensible y menos arrogante y superficial. Conoció la riqueza literaria, los tesoros que encierran las páginas interminables de las obras. Y así, como era, elaboró y difundió contenidos informativos en algunas obras -“Returned with Victory… región de Tambov” y “Libro de memoria: Federación Rusa. Región. de Tambov”, verbigracia-, y artículos en publicaciones periódicas en medios digitales.

Su conocimiento y experiencia trascendieron los libros y los medios digitales, al grado de escucharse su voz en diferentes programas radiofónicos. Uno de sus ideales era, precisamente, el crecimiento profesional a través de la mejoría de habilidades. Se esforzó en el desarrollo de la capacidad del pensamiento analítico.

Irina heredó lo que sus compañeros, en Rusia, denominan su “biblioteca-bibliográfica creativa”, su “monumento hecho a mano”. Sin duda, los usuarios de la biblioteca, en Tambov, a quienes trató con amabilidad y profesionalismo, siempre con su rostro sonriente y con el deseo de ayudar, informar y orientar, la extrañarán porque ella, la inolvidable Irina, murió antes de que concluyera junio de 2020.

Se percibe la ausencia de Irina Viktorovna en los espacios y rincones de la Biblioteca Científica Regional de Tambov, pero quedan las huellas de una mujer buena e inteligente que dejó la marca de su amabilidad y sonrisa, los trozos de su cultura y sabiduría, el ejemplo de una vida dedicada al bien, a la evolución humana, al aprendizaje, a la luz. Irina Viktorovna, una mujer de siempre.

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Te extraño tanto…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Extraño tus ocurrencias, tus juegos, tu risa y hasta tus enojos. Añoro las horas que escaparon y se fueron no sé a dónde con nuestras alegrías, con lo que éramos hasta entonces, con las ilusiones que construíamos cada día. Me hace falta tu mirada, donde me reflejaba y me encontraba contigo aquellas mañanas y noches de nuestras vidas. No encuentro tus manos, tu boca, tu perfil. Los latidos de tu corazón y tu voz inolvidable no están a mi lado, a pesar de que a cierta hora me parezca escuchar los ecos de nuestra historia y perciba los fragmentos de tu presencia que se refugian en los escondites de mi memoria y se presentan cual sombras, igual que fantasmas y susurros que se repiten incansablemente, temerosos de ser sorprendidos y borrados porque hoy, con tristeza lo admito, la envidia, el odio  y la ambición desmedida se apoderan de todo y se empeñan en destruir lo bello. No sé si se trata de mi locura por ti o de esas demencias que de pronto aparecen y se manifiestan en la gente cuando descubre que falta un nombre en su lista, y el tuyo no se encuentra en la mía. Y es que, aunque existes, también eres ausencia. El concreto, los ladrillos, las varillas, los mosaicos, se han convertido, al paso de los meses, en barrotes que impiden, al menos, salir a nuestro encuentro, libres y plenos, como antes, para volar o navegar dichosos por las rutas de la existencia que trazábamos, seguíamos y probábamos. Hubo paseos mágicos, encuentros y desencuentros, dulzura y porciones amargas, sueños y realidades, desencantos e ilusiones, risas y llanto, y eso, nombre de ángel, es lo que extraño tanto, junto con tus rasgos, tu estatura, tus comentarios, tus pestañas y hasta tus regaños. Sé que las flores crecen sonrientes y esperan, como antaño, que alguien las recolecte y un poeta las acomode en un bouquet, en un ramo, para que yo, profundamente ilusionado, las deposite en tus manos y te entregue una carta, una hoja de papel con mi vida y un texto perfumado por esa alegría que da el enamoramiento. Necesito tu sonrisa, tus palabras, tus consejos y hasta tus instantes de enojo y seriedad. Entre rumores y silencios, busco en las ruinas de aquel ayer, acaso por saber que el mundo ya tiene otro aspecto, un disfraz irreconocible, porque alguien perverso lo enfermó para apoderarse de las voluntades humanas y sus riquezas materiales, o quizá por comprender que la estancia terrena es un paseo breve, una excursión que tiene cita con el destino y un día, inesperadamente, se apaga y desciende el telón, o tal vez por necesitar tu presencia física con el objetivo de proseguir escribiendo y protagonizando la historia que es tan nuestra y se prolongará al infinito. Estoy aquí, en espera del quebranto de las cadenas que nos mantienen aislados y lejos, para así ir a tu encuentro. Siento tu esencia en la mía, en la atmósfera, en el viento que penetra por el ventanal de mi buhardilla, en los árboles que balancean su follaje, en las floras que desprenden fragancias y regalan colores, en las gotas de lluvia que se transforman en perlas de cristal, en la profundidad del cielo azul que promete eliminar nuestro desconsuelo y abrir las puertas de su casa, recibirnos en sus salones palaciegos y en sus jardines edénicos, en ti y en mí que somos, como siempre, tú y yo.

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El encanto de la semilla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me asombra mirar la semilla minúscula, encerrada en sí, sigilosa, imperturbable, quieta. Me cautiva pensar que adentro existe un código fiel, una memoria exacta, una paleta de colores, formas, sabores, texturas y perfumes. Tienen las semillas un lenguaje íntimo y secreto. Encierran un cielo soleado, un lienzo con estrellas. Reconocen la presencia y el sabor de la lluvia y de los ríos. De las semillas también me sorprenden las dimensiones del árbol, la planta, el frutal o la flor. Un día, el aliento de la naturaleza las lleva hasta la intimidad de la tierra o alguien las cultiva, y de los poros brota el tallo, y otra mañana, a cierta hora y en una estación, puntual a su cita con el destino y la vida, aparece la flor de pétalos tersos y exquisita fragancia, con sus matices impresos. Nunca olvida ser flor porque desde que era semilla ya contenía la información. Otras veces , el abeto, el roble, el eucalipto, el árbol de cualquier nombre y apellido científico o popular, brota de algo tan pequeño y regala oxígeno, sombra, viento, equilibrio, vida. O definitivamente se vuelve sabor y libera los aromas de la naturaleza, con sus frutos sustraídos de un paraíso que se sospecha latente en todas las expresiones del planeta y el universo, y aparecen modelos de ciruelas, plátanos, manzanas, peras, melones, uvas, naranjas, mandarinas, sandías, mangos, papayas, limones, fresas, y toronjas o se expresan libremente olivos, lechugas, granos, zanahorias, papas, ajos, cebollas y tantas especies que cubren el mundo de fragancias y tonalidades. Me subyugan las semillas porque traen en si el diseño de una vida, el proyecto de una especie vegetal, las huellas singulares que la distinguirán de otros seres. Como que traen pedazos de esencia y arcilla, cielo y mundo, sustancia etérea y barro. Y al arrojar las semillas a la tierra, una fecha, cualquiera que sea, recibimos la visita de una criatura, un árbol, una flor, un frutal, una planta y hasta un cardo. En mis paseos cotidianos, al andar por la calzada pletórica de árboles, miro arrobado la hermosura de la naturaleza que contrasta con el azul profundo del cielo, y siento la presencia superior e infinita de algo que pulsa aquí y allá, en mí, en ti, en ustedes, en todos, y es fuente inagotable de vida. Creo que las semillas son el poema de Dios, la paleta de colores del paraíso, el lenguaje de la naturaleza, el sabor de la vida. Observo los pueblos y las ciudades, las zonas turísticas, los testimonios de desarrollo humano, y tristemente descubro que la mayoría de las personas hemos elegido mutar a la artificialidad y somos, en consecuencia, seres de plástico, criaturas de asfalto y concreto que cubrimos los poros de la naturaleza hasta asfixiar las semillas, romper su proceso y exterminar el lienzo del paraíso. Siento asombro al palpar las semillas y percibir la vida que pulsa en su interior, sentir su anhelo de vivir libres y servir, cumplir su misión. Noble tarea la de los campesinos que tienen el privilegio de depositar las semillas en las hendiduras de la tierra y atestiguar el nacimiento de los árboles, las plantas, las flores y los frutos. Las semillas son, insisto, trozos de un edén, memoria de la vida, remembranza del taller de la creación, y traen consigo fórmulas de sabores, fragancias, policromía, textura y formas. Recolecto semillas y las acerco a mi corazón. Cierro los ojos y siento el palpitar de la vida, la presencia de algo superior que es luz y no simple barro ni acontecimiento circunstancial. La vida es real. Lo confiesan las semillas con todo su encanto.

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Un amor que espera en el muelle

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Nuestros encuentros, un día, otro y tantos más, no fueron simples circunstancias ni saludos casuales. Ahora sé que se trata de la coincidencia de Dios y de la fundición de un amor y un poema a cierta hora, cada instante, como parte de un estilo de vida y un destino prodigioso. Es cierto, un amor que trae su fórmula y es esencia y barro, cielo y mundo, vida y sueño, mujer y hombre, tú y yo. Aquellos paseos encantadores, tu sonrisa y la mía, nuestros juegos, las flores que colocaba en tu almohada y los momentos que transcurrieron en casa o en algún sitio especial, hasta cuando mirábamos nuestros reflejos en los cristales de los aparadores, no forman parte de historias rotas y náufragas en la desmemoria; al contrario, integran un álbum, un compendio, una obra, un proyecto, una locura tan feliz como el sentimiento de las burbujas que surgen de los manantiales y las flores al regresar a la vida. Estos meses de nuestras existencias, cada uno en el aislamiento, lejos uno de otro, son barrotes de una celda impuesta ante las sombras de un no sé qué o vestíbulo, quizá, del palacio que espera el retorno de ambos. Se trata, parece, de horas, días, semanas y meses que prueban la consistencia de nuestro amor. Espero sentado en el muelle, callado y solitario, cerca de las piedras de nuestros amaneceres, entre la arena y los pliegues turquesa y jade del océano imperturbable. Aquí se encuentra, desolada, igual que los poemas que escribo y grabo en la playa, la roca donde permanecíamos sentados. Me encuentro aquí, entre silencios y rumores marítimos del viento, y hasta me parece escuchar tu voz y mirar tus travesuras de niña feliz y libre. Espero romper las cadenas, liberar nuestro amor condicionado por una locura humana, y recuperar las páginas en blanco de esta historia tan tuya y mía que escribiremos y protagonizaremos con lo más bello y sublime de nosotros. Te espero en el muelle con un poemario, una bolsa con queso, pan y vino, y una vida -lo que queda de nosotros tras la repetición de los meses de encierro-, una vida capaz de recuperar el tiempo, una vida dispuesta a entregarse al amor y a la felicidad, una vida de encanto, una vida que sea inolvidable, una vida que anticipe la entrada a un cielo interminable, mágico e insospechado. Aquí estoy, en nuestra roca, entre la arena y el mar, con la promesa de mi amor.

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Lo que se fue y lo que queda

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Miro los caminos empolvados que conducen a los recuerdos distantes, a los momentos felices, a las horas y a los días irrecuperables, prodigiosos e inolvidables. Observo el muelle abandonado y melancólico, ausente de canoas, yates y lanchas alegres y con banderines que naveguen hasta las rutas que parecían tan mías, a los destinos interminables donde crecí, jugué, reí y amé tantas veces. Contemplo el paisaje abrupto, herido por la acumulación de los años y por el olvido, silencioso, roto, invadido de maleza y cardos. Busco las calzadas de piedra con bancas y fuentes, circundadas por árboles de precioso follaje, y solamente descubro varas secas, polvo y hojarasca. Intento coincidir conmigo, con ellos, con nosotros, contigo, con ustedes, y de pronto, sin esperarlo, aparecen sombras de lo que en una época fueron luces que se consumieron sin darnos cuenta. No distingo muchos de los rostros, nombres y apellidos que me resultaban tan familiares y cercanos. Hay ausencias en mi lista y espacios sobrantes. ¿En qué minuto, el mundo se sintió desgarrado y se transformó? ¿Dónde dejamos nuestros instantes, días, meses y años? ¿Cómo es que se consumieron entre un suspiro y otro? ¿Alguien lo entiende? Todavía no llego al invierno de mi existencia, a la noche de mi vida; mas las tempestades veraniegas y las ráfagas de viento otoñal parecen demasiado intensas y apuntan al naufragio o al ocaso, al invierno, ruta hacia la que todos los seres humanos caminamos irremediablemente. Si una noche, otra y muchas más me desvelo y escribo un poema mientras la luz de la luna o de las estrellas que cuelgan en el lienzo celeste, se filtran por la ventana de mi buhardilla, acaso dejaré un fragmento de mí, y si durante mi caminata marco huellas indelebles, pequeños detalles, quizá algunos trozos míos permanezcan cual fiel recuerdo. No hay itinerario al ayer, excepto los recuerdos, los suspiros y las imágenes de lo bueno o malo que uno, en la vida, sintió, pensó, actuó y habló. Los mapas al pasado no existen, y quien se atreve a trazarlos, se arriesga a perderse entre las voces y los silencios de las remembranzas y la desmemoria. Hay reclamos y felicitaciones en tales senderos. Los túneles, las grutas y los laberintos a capítulos añejos, se han desplomado y en cualquier momento pueden convertirse en mazmorras. Definitivamente, en este plano no hay retorno al ayer. Lo que se sintió, pensó, habló e hizo, quedó grabado y forma parte de la historia, del balance que uno carga. El mapa útil es el de hoy. Señala los pasos de la hora presente y los proyecta hacia el futuro. La brújula no posee retroceso. Uno guarda los recuerdos hermosos en el álbum más querido, entre las cosas amadas, y sirven para columpiarse, soñar y recrearse, mientras las remembranzas dolorosas y tristes se repiten, y hasta se propagan como los truenos una noche de tormenta. Todos los recuerdos, buenos y malos, esconden lecciones; pero si alguien queda atrapado en sus ecos, en sus ruinas, se condena a vagar en los extravíos de la razón. El minuto presente se agota de inmediato y se vuelve otro día, ayer, antaño. El futuro llega de pronto y también se consume. No hay tregua. Llevo en mí una canasta pletórica de recuerdos bellos, dulces, extraordinarios y mágicos, y forman parte de mi biografía, de los capítulos y las páginas de mi historia; sin embargo, voy hacia adelante con la idea de vivir en armonía, con equilibrio y plenamente la hora actual y los días y años que aún se encuentran frente a mí. Voy por lo mejor, y qué importa si el lapso existencial se extiende algunos instantes, unas horas, ciertos días, varios años o décadas, cuando uno está dispuesto a experimentar la vida con los tesoros del interior y con todo lo que es.

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Pedazos de tiempo, trozos de vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días transcurren implacables, ajenos e indiferentes a mis sentimientos e ideales. El tiempo deshilvana los instantes, los momentos, las horas, los días, los años, la vida, y a cambio ofrece despojos que abandona en el camino, grietas, rutas a destinos añejos y confusos, recuerdos que compiten con las hojas secas de la desmemoria. Entre un día y otro, quedan partes rotas y adoloridas, porciones felices e inolvidables, que nadie recolecta porque todos andan distraídos y ocupados en la misma jornada. La historia de la gente naufraga, y así, al repetirse los minutos, al multiplicarse las auroras y los ocasos sin esperanza de un amanecer esplendoroso, como lo hacen creer y sentir a la humanidad, casi todos duermen agotados, vacíos, ausentes de sí, temerosos de ser libres y enfrentarse a sus múltiples rostros escondidos en grutas oscuras, a las sombras, a los abismos, a sus fantasmas, a sus prisiones. Las flores perecen irremediablemente, los rostros se marchitan y las frondas de los árboles y los helechos se agachan. Uno, al navegar por las rutas de la vida, entre ciclos soleados y lapsos de tempestad, borda capítulos, protagoniza historias, y todo, al rato, es destejido por el tiempo. La existencia humana es, simplemente, un período breve, un destello que aparece y posteriormente se desvanece entre un suspiro y otro, en un abrir y cerrar de ojos. La vida, en cualquier expresión de la naturaleza, es tan fugaz, que apenas alcanzan los días y los años para reír y ser feliz o llorar y sentirse desdichado. La vida es mujer y hombre, ángel y demonio, esencia y arcilla, y lo acompaña a uno mientras late el corazón, hasta que el tiempo, acompañado de la muerte, se interpone a su paso, y todo queda suspendido, inconcluso, fragmentado. Somos agua y cristal, barro y corteza, arena y espuma, realidad y sueño, mundo y cielo. Recibimos las mañanas primaverales con alegría, encanto e ingenuidad, y jugamos a la vida y al amor, hasta que se acerca el verano impetuoso que transforma el paisaje y a cierta hora, en la tarde quizá, se agota y cede el paso al otoño grisáceo, rodeado de hojas quebradizas, amarillas y doradas, que crujen al sentir el dolor de los instantes postreros. Aparece, entonces, el invierno, y la gente, al asomar a los espejos, a los reflejos de las fuentes y los lagos, nota que la lozanía de sus rostros se desvaneció sigilosamente. Los espejos no mienten. Son tan realistas e indiferentes. Las fechas, desde el cunero hasta la tumba, son estampas al azar que uno dibuja cotidianamente, hasta completar el álbum y crear una colección bella y valiosa o una serie de papeles desordenados, monótonos y repetidos. No todos completan el álbum. Hay estampas que difícilmente se consiguen en la vida. Duele perder las horas, hiere mirar la agonía de los días y las noches, lastima observar la partida de los minutos y los años a rumbos desconocidos e inciertos. Desgarra marcharse sin concluir una epopeya, un proyecto, una historia. Agota no caminar. Mata el acecho del tiempo. Estos días y noches encadenados de aislamiento, me he visto entre luces y sombras, despierto y dormido, rodeado de murmullos y silencios. Advierto mi presencia cuando duermo, al hablar, al pensar y al callar. El tiempo, disfrazado de instantes minúsculos, revienta como las burbujas al recibir las caricias y la mirada del sol, y derrama su elixir tóxico sin que las personas se percaten. Los instantes se presentan de frente y puntuales a su cita, y parecen tan insignificantes que la gente apenas nota su presencia. Acumulados, forman caudales de tiempo que arrastran y deforman. Es inevitable. La sabiduría consiste, parece, en vivir en armonía, con equilibrio y dignidad, libre y plenamente. El tiempo es corto, pero el reto se basa en aprovecharlo al máximo y transformar en cristal la arena. Morimos desde que nacemos. Cuento los segundos, contabilizo los minutos, registro las horas, anoto los días y las semanas, resumo los meses y los años; no obstante, una voz silenciosa, procedente de mi interior y de todas partes, me ordena vivir cada momento porque el tiempo es un caminante inagotable que no duerme y borra los trazos que la gente esboza. Hay que atreverse y vivir con la luz y no entre sombras. No deseo que los instantes se encadenen ni que se repitan en la monotonía, la pasividad y el mal. Necesito liberarlos, romper los barrotes y los grilletes con la idea de que escapen y fluyan libres, auténticos, para que no roben mi lozanía sin vivir y logre convertirme en protagonista de una historia real, intensa, feliz e inolvidable. Quiero para mí una biografía dichosa e irrepetible, aunque el tiempo disponible apenas resulte suficiente para amar y reír o llorar, entristecer y odiar. La alternativa está en mí, a pesar de que la corriente arrastre gente y cosas y los ahogue en sus remolinos imparables. Entiendo que la vida, el tiempo y la muerte son indiferentes, fríos e insensibles a la gente, y corren imperturbables cual río caudaloso; pero lo que cada ser humano sienta, piense, haga o hable, definitivamente importa y marca la diferencia entre el agua que permanece estancada y pútrida a la orilla y la que retorna auténtica, triunfante, plena, feliz y diáfana al manantial.

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Santiago Galicia Rojon Serrallonga: Women forever – Olivia Kroth, author and journalist

Olivia2010kroth's Blog

Women forever: Olivia Kroth, author and journalist

Interview conducted by Santiago Galicia Rojon Serrallonga, Mexico

Where were you born?

I was born in Heidelberg, Germany, on the 27th of April 1949, shortly after the end of the Second World War.

Who were your parents and how did they influence your education? How did your childhood go? What memories do you have of that time?

My mother Aino came to Germany with her mother and grandmother from Riga, Latvia, at the end of the war. They settled in Heidelberg, a university town, where my mother finished her studies in medicine. There she met my father Günther, who was a German industrialist. He owned a shoe factory in the countryside. This business had been founded by my great-grandfather, in 1886.

My parents got married in 1948, one year later I was born. I grew up in two places: during the week…

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Anhelo un idioma

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Anhelo un idioma que una noche, al dormir, rompa muros interpuestos en los caminos y me traslade a otras fronteras, donde la gente -mujeres y hombres- se entienda y se mire de frente. Quiero despertar una mañana, cualquiera que sea, con la noticia de que los seres humanos dialogan pacíficamente en una lengua global, indiferente a pigmentos y rasgos. ajena a creencias y prejuicios, cercana al amor, a la naturaleza, a los sentimientos, a la vida. Deseo un lenguaje que no marque diferencias y evite insultos, críticas insanas, obscenidades, juicios crueles, engaños, abusos, burlas, odio, estulticia y superficialidades. Me encantaría que un abecedario común acercara a los pueblos, a las naciones, a los seres humanos. Imagino una lengua firme, enérgica, capaz de imponer orden y respeto; peto también poética, tierna, amorosa, dispuesta a enseñar y hacer el bien. Sé que cada idioma responde a una historia, a un proceso de transformaciones acumuladas y dinámicas a través del tiempo, con cambios frecuentes y añadiduras, enmiendas y borraduras, y que se encuentra en la memoria colectiva e individual, en las personas, y nadie tiene derecho de retirar los ladrillos y las piedras con la intención de arrojarlos al naufragio, a la amnesia, a las celdas del desprecio, motivo por el que me refiero a un lenguaje mundial que provenga del interior, de los sentimientos nobles y de las ideas, digno de una hermandad que comunique a los pobres y a los ricos, a los iletrados y a los académicos, a las multitudes y a los artistas, científicos e intelectuales, a los hijos y a los padres, a los ciudadanos y a los gobernantes, a los alumnos y a los maestros, a los enfermos y a los médicos, a la gente común y a los místicos, a los trabajadores y a los patrones. Un idioma exquisito y rico en conceptos, con palabras bien definidas que acerquen a la luz y alejen de la oscuridad, capaces de representar a quienes trascienden y dejan huellas por su amor, sus sentimientos, sus ideas, sus detalles, sus actos. Una lengua que hable desde el alma y se comunique con la esencia de cada ser humano y con las estrellas, los ríos, las cascadas, los animales, las plantas, los océanos, la lluvia, los árboles, la nieve y el viento. Letras y palabras que, al escribirlas, leerlas, pronunciarlas o escucharlas, parezcan música, susurros del alma y el cielo, y jamás se atrevan a burlarse ni a lastimar. Anhelo un idioma, aparte del que cada uno habla y merece respeto, orgullo y protección, que comunique la esencia con la arcilla y transforme el escenario terreno en el rincón más bello y prodigioso.

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Trozo de paraíso

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En mi niñez, mi madre diseñó un jardín enorme y hermoso en la casa solariega, donde las flores, las plantas y los árboles crecían libres y naturales, igual que nosotros, sus hijos, al retornar de clases y concluir nuestros quehaceres.

Resultaba un deleite salir al jardín y escuchar y mirar a los pájaros que volaban alegres, en parvadas, hasta las frondas de los abetos y eucaliptos, o contemplar a las abejas, libélulas y mariposas, suspendidas fugazmente, como un sueño o un cuento de hadas, sobre las flores policromadas y fragantes.

Mi madre, mis hermanos y yo, cada uno con una regadera de lámina, caminábamos por los senderos, entre piedras recolectadas en un río, otro y muchos más, con el objetivo de derramar agua en aquellas criaturas de la flora que cautivaban nuestros sentidos.

Durante la faena, ella pronunciaba los nombres y orígenes de las distintas especies con la idea de que nosotros, que éramos pequeños e inocentes, aprendiéramos a amar la vida y respetar todas las expresiones de la naturaleza.

Así se diluían los días de nuestra infancia dorada, en medio de aquel trozo de paraíso que mi madre concibió para adelantarnos la belleza y el esplendor de un cielo que se intuye magistral e infinito y que palpita en uno, en las cortezas, en las estrellas, en la nieve, en las gotas de lluvia.

En ocasiones, mi padre aparecía, tras su jornada en la oficina, amoroso y sonriente, y hasta con alguna sorpresa familiar o personal: pastelillos, chocolates, paletas y helados, o una pelota, un carro de juguete, un libro, una muñeca, un disco, alguna moneda antigua o timbres postales de naciones lejanas.

Con frecuencia, comíamos en el jardín, a la sombra de un eucalipto o un pino, como si se tratara de un día de campo feliz e inolvidable. Un día y algunos más, a cierta hora, mi padre dijo que tal vez éramos demasiado ricos y no lo sabíamos, y después mi madre lo expresó. Ahora somos nosotros, sus descendientes, quienes reflexionamos acerca del sentido de aquellas palabras.

Esa era, parece, la verdadera magia del jardín materno. Poseía un encanto que definitivamente no hubiéramos cambiado por nada. Lo sentíamos tan nuestro. Vivíamos entre el mundo y el cielo y éramos arcilla y esencia.

La amabilidad y el refinamiento de mi madre, herencia de nuestros antepasados, y la caballerosidad e inteligencia de mi padre, mezclados con una dosis de amor bastante intenso y sentimientos nobles, fueron una bendición, un paréntesis en un mundo plagado de egoísmo y superficialidades, un regalo del cielo.

Quizá es uno de los motivos por el que siempre he confesado que fui más dichoso en el hogar, en una casa encantadora que se convirtió en punto de encuentro familiar, biblioteca, comedor, museo, aula, templo, cocina, alegría, juego y convivencia, que en la calle y en la escuela. Ensayábamos la vida. Y vivimos.

Entre abetos, un durazno, eucaliptos y una higuera, las flores y las plantas del jardín decoraron y embellecieron nuestra historia. Aprendimos a coexistir en el jardín y a entender y respetar los signos de la vida.

Ahora, cuando el péndulo del reloj se columpia y su lenguaje clásico y musical se repite cada hora, hojeo las páginas de mi vida, escudriño las partituras de mi existencia, miro atrás, a los muchos días del ayer, y me parece respirar el ambiente fresco y agradable de aquel jardín prodigioso de mi infancia que fue pedazo del cielo.

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