Trozo de paraíso

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En mi niñez, mi madre diseñó un jardín enorme y hermoso en la casa solariega, donde las flores, las plantas y los árboles crecían libres y naturales, igual que nosotros, sus hijos, al retornar de clases y concluir nuestros quehaceres.

Resultaba un deleite salir al jardín y escuchar y mirar a los pájaros que volaban alegres, en parvadas, hasta las frondas de los abetos y eucaliptos, o contemplar a las abejas, libélulas y mariposas, suspendidas fugazmente, como un sueño o un cuento de hadas, sobre las flores policromadas y fragantes.

Mi madre, mis hermanos y yo, cada uno con una regadera de lámina, caminábamos por los senderos, entre piedras recolectadas en un río, otro y muchos más, con el objetivo de derramar agua en aquellas criaturas de la flora que cautivaban nuestros sentidos.

Durante la faena, ella pronunciaba los nombres y orígenes de las distintas especies con la idea de que nosotros, que éramos pequeños e inocentes, aprendiéramos a amar la vida y respetar todas las expresiones de la naturaleza.

Así se diluían los días de nuestra infancia dorada, en medio de aquel trozo de paraíso que mi madre concibió para adelantarnos la belleza y el esplendor de un cielo que se intuye magistral e infinito y que palpita en uno, en las cortezas, en las estrellas, en la nieve, en las gotas de lluvia.

En ocasiones, mi padre aparecía, tras su jornada en la oficina, amoroso y sonriente, y hasta con alguna sorpresa familiar o personal: pastelillos, chocolates, paletas y helados, o una pelota, un carro de juguete, un libro, una muñeca, un disco, alguna moneda antigua o timbres postales de naciones lejanas.

Con frecuencia, comíamos en el jardín, a la sombra de un eucalipto o un pino, como si se tratara de un día de campo feliz e inolvidable. Un día y algunos más, a cierta hora, mi padre dijo que tal vez éramos demasiado ricos y no lo sabíamos, y después mi madre lo expresó. Ahora somos nosotros, sus descendientes, quienes reflexionamos acerca del sentido de aquellas palabras.

Esa era, parece, la verdadera magia del jardín materno. Poseía un encanto que definitivamente no hubiéramos cambiado por nada. Lo sentíamos tan nuestro. Vivíamos entre el mundo y el cielo y éramos arcilla y esencia.

La amabilidad y el refinamiento de mi madre, herencia de nuestros antepasados, y la caballerosidad e inteligencia de mi padre, mezclados con una dosis de amor bastante intenso y sentimientos nobles, fueron una bendición, un paréntesis en un mundo plagado de egoísmo y superficialidades, un regalo del cielo.

Quizá es uno de los motivos por el que siempre he confesado que fui más dichoso en el hogar, en una casa encantadora que se convirtió en punto de encuentro familiar, biblioteca, comedor, museo, aula, templo, cocina, alegría, juego y convivencia, que en la calle y en la escuela. Ensayábamos la vida. Y vivimos.

Entre abetos, un durazno, eucaliptos y una higuera, las flores y las plantas del jardín decoraron y embellecieron nuestra historia. Aprendimos a coexistir en el jardín y a entender y respetar los signos de la vida.

Ahora, cuando el péndulo del reloj se columpia y su lenguaje clásico y musical se repite cada hora, hojeo las páginas de mi vida, escudriño las partituras de mi existencia, miro atrás, a los muchos días del ayer, y me parece respirar el ambiente fresco y agradable de aquel jardín prodigioso de mi infancia que fue pedazo del cielo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

3 comentarios en “Trozo de paraíso

  1. Que hermoso relato. Las flores en en enormes jardines o en macetas enfiladas en en pasillos , deleitan a todo ser que se detiene a observarlas. Los niño, como los que cuentas en tu texto, suelen disfrutar las flores, los animales y objectors de la naturaleza de una manera muy diferente a la de los adultos.

    Le gusta a 2 personas

    • Mónica, como siempre agradezco y aprecio tus palabras tan acertadas. En verdad disfrute mi infancia, Mi madre era dichosa en su jardín, con mi papá y nosotros, sus hijos, y fue en ese rincón del mundo donde aprendimos a amar la vida y sus expresiones a través de los sentimientos recibidos, de los ejemplos tan bellos y de las plantas, los árboles y las flores que crecían y morían como parte de la naturaleza. Fue hermoso.

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s