Pedazos de tiempo, trozos de vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días transcurren implacables, ajenos e indiferentes a mis sentimientos e ideales. El tiempo deshilvana los instantes, los momentos, las horas, los días, los años, la vida, y a cambio ofrece despojos que abandona en el camino, grietas, rutas a destinos añejos y confusos, recuerdos que compiten con las hojas secas de la desmemoria. Entre un día y otro, quedan partes rotas y adoloridas, porciones felices e inolvidables, que nadie recolecta porque todos andan distraídos y ocupados en la misma jornada. La historia de la gente naufraga, y así, al repetirse los minutos, al multiplicarse las auroras y los ocasos sin esperanza de un amanecer esplendoroso, como lo hacen creer y sentir a la humanidad, casi todos duermen agotados, vacíos, ausentes de sí, temerosos de ser libres y enfrentarse a sus múltiples rostros escondidos en grutas oscuras, a las sombras, a los abismos, a sus fantasmas, a sus prisiones. Las flores perecen irremediablemente, los rostros se marchitan y las frondas de los árboles y los helechos se agachan. Uno, al navegar por las rutas de la vida, entre ciclos soleados y lapsos de tempestad, borda capítulos, protagoniza historias, y todo, al rato, es destejido por el tiempo. La existencia humana es, simplemente, un período breve, un destello que aparece y posteriormente se desvanece entre un suspiro y otro, en un abrir y cerrar de ojos. La vida, en cualquier expresión de la naturaleza, es tan fugaz, que apenas alcanzan los días y los años para reír y ser feliz o llorar y sentirse desdichado. La vida es mujer y hombre, ángel y demonio, esencia y arcilla, y lo acompaña a uno mientras late el corazón, hasta que el tiempo, acompañado de la muerte, se interpone a su paso, y todo queda suspendido, inconcluso, fragmentado. Somos agua y cristal, barro y corteza, arena y espuma, realidad y sueño, mundo y cielo. Recibimos las mañanas primaverales con alegría, encanto e ingenuidad, y jugamos a la vida y al amor, hasta que se acerca el verano impetuoso que transforma el paisaje y a cierta hora, en la tarde quizá, se agota y cede el paso al otoño grisáceo, rodeado de hojas quebradizas, amarillas y doradas, que crujen al sentir el dolor de los instantes postreros. Aparece, entonces, el invierno, y la gente, al asomar a los espejos, a los reflejos de las fuentes y los lagos, nota que la lozanía de sus rostros se desvaneció sigilosamente. Los espejos no mienten. Son tan realistas e indiferentes. Las fechas, desde el cunero hasta la tumba, son estampas al azar que uno dibuja cotidianamente, hasta completar el álbum y crear una colección bella y valiosa o una serie de papeles desordenados, monótonos y repetidos. No todos completan el álbum. Hay estampas que difícilmente se consiguen en la vida. Duele perder las horas, hiere mirar la agonía de los días y las noches, lastima observar la partida de los minutos y los años a rumbos desconocidos e inciertos. Desgarra marcharse sin concluir una epopeya, un proyecto, una historia. Agota no caminar. Mata el acecho del tiempo. Estos días y noches encadenados de aislamiento, me he visto entre luces y sombras, despierto y dormido, rodeado de murmullos y silencios. Advierto mi presencia cuando duermo, al hablar, al pensar y al callar. El tiempo, disfrazado de instantes minúsculos, revienta como las burbujas al recibir las caricias y la mirada del sol, y derrama su elixir tóxico sin que las personas se percaten. Los instantes se presentan de frente y puntuales a su cita, y parecen tan insignificantes que la gente apenas nota su presencia. Acumulados, forman caudales de tiempo que arrastran y deforman. Es inevitable. La sabiduría consiste, parece, en vivir en armonía, con equilibrio y dignidad, libre y plenamente. El tiempo es corto, pero el reto se basa en aprovecharlo al máximo y transformar en cristal la arena. Morimos desde que nacemos. Cuento los segundos, contabilizo los minutos, registro las horas, anoto los días y las semanas, resumo los meses y los años; no obstante, una voz silenciosa, procedente de mi interior y de todas partes, me ordena vivir cada momento porque el tiempo es un caminante inagotable que no duerme y borra los trazos que la gente esboza. Hay que atreverse y vivir con la luz y no entre sombras. No deseo que los instantes se encadenen ni que se repitan en la monotonía, la pasividad y el mal. Necesito liberarlos, romper los barrotes y los grilletes con la idea de que escapen y fluyan libres, auténticos, para que no roben mi lozanía sin vivir y logre convertirme en protagonista de una historia real, intensa, feliz e inolvidable. Quiero para mí una biografía dichosa e irrepetible, aunque el tiempo disponible apenas resulte suficiente para amar y reír o llorar, entristecer y odiar. La alternativa está en mí, a pesar de que la corriente arrastre gente y cosas y los ahogue en sus remolinos imparables. Entiendo que la vida, el tiempo y la muerte son indiferentes, fríos e insensibles a la gente, y corren imperturbables cual río caudaloso; pero lo que cada ser humano sienta, piense, haga o hable, definitivamente importa y marca la diferencia entre el agua que permanece estancada y pútrida a la orilla y la que retorna auténtica, triunfante, plena, feliz y diáfana al manantial.

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