El encanto de la semilla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me asombra mirar la semilla minúscula, encerrada en sí, sigilosa, imperturbable, quieta. Me cautiva pensar que adentro existe un código fiel, una memoria exacta, una paleta de colores, formas, sabores, texturas y perfumes. Tienen las semillas un lenguaje íntimo y secreto. Encierran un cielo soleado, un lienzo con estrellas. Reconocen la presencia y el sabor de la lluvia y de los ríos. De las semillas también me sorprenden las dimensiones del árbol, la planta, el frutal o la flor. Un día, el aliento de la naturaleza las lleva hasta la intimidad de la tierra o alguien las cultiva, y de los poros brota el tallo, y otra mañana, a cierta hora y en una estación, puntual a su cita con el destino y la vida, aparece la flor de pétalos tersos y exquisita fragancia, con sus matices impresos. Nunca olvida ser flor porque desde que era semilla ya contenía la información. Otras veces , el abeto, el roble, el eucalipto, el árbol de cualquier nombre y apellido científico o popular, brota de algo tan pequeño y regala oxígeno, sombra, viento, equilibrio, vida. O definitivamente se vuelve sabor y libera los aromas de la naturaleza, con sus frutos sustraídos de un paraíso que se sospecha latente en todas las expresiones del planeta y el universo, y aparecen modelos de ciruelas, plátanos, manzanas, peras, melones, uvas, naranjas, mandarinas, sandías, mangos, papayas, limones, fresas, y toronjas o se expresan libremente olivos, lechugas, granos, zanahorias, papas, ajos, cebollas y tantas especies que cubren el mundo de fragancias y tonalidades. Me subyugan las semillas porque traen en si el diseño de una vida, el proyecto de una especie vegetal, las huellas singulares que la distinguirán de otros seres. Como que traen pedazos de esencia y arcilla, cielo y mundo, sustancia etérea y barro. Y al arrojar las semillas a la tierra, una fecha, cualquiera que sea, recibimos la visita de una criatura, un árbol, una flor, un frutal, una planta y hasta un cardo. En mis paseos cotidianos, al andar por la calzada pletórica de árboles, miro arrobado la hermosura de la naturaleza que contrasta con el azul profundo del cielo, y siento la presencia superior e infinita de algo que pulsa aquí y allá, en mí, en ti, en ustedes, en todos, y es fuente inagotable de vida. Creo que las semillas son el poema de Dios, la paleta de colores del paraíso, el lenguaje de la naturaleza, el sabor de la vida. Observo los pueblos y las ciudades, las zonas turísticas, los testimonios de desarrollo humano, y tristemente descubro que la mayoría de las personas hemos elegido mutar a la artificialidad y somos, en consecuencia, seres de plástico, criaturas de asfalto y concreto que cubrimos los poros de la naturaleza hasta asfixiar las semillas, romper su proceso y exterminar el lienzo del paraíso. Siento asombro al palpar las semillas y percibir la vida que pulsa en su interior, sentir su anhelo de vivir libres y servir, cumplir su misión. Noble tarea la de los campesinos que tienen el privilegio de depositar las semillas en las hendiduras de la tierra y atestiguar el nacimiento de los árboles, las plantas, las flores y los frutos. Las semillas son, insisto, trozos de un edén, memoria de la vida, remembranza del taller de la creación, y traen consigo fórmulas de sabores, fragancias, policromía, textura y formas. Recolecto semillas y las acerco a mi corazón. Cierro los ojos y siento el palpitar de la vida, la presencia de algo superior que es luz y no simple barro ni acontecimiento circunstancial. La vida es real. Lo confiesan las semillas con todo su encanto.

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