Mujeres de siempre: Lupita Vega Ibarra, una tradición, una historia y una vida de entrega a la Cámara de Comercio de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue la historia de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia*. Cuando nació, el 20 de diciembre de 1928, la institución en la que laboró desde las horas de 1952, apenas tenía 33 años de existencia. Conoció los días y las noches de la agrupación empresarial, sus luces y sombras, su tradición y sus capítulos. Por vivir tanto, llevó consigo los recuerdos del ayer, las imágenes de otros años y rostros con nombres y apellidos cada vez menos presentes en la memoria colectiva.

* Morelia, la antigua Valladolid, es una ciudad que fundaron los españoles el 18 de mayo de 1541. Es capital de Michoacán, estado que se sitúa al centro-occidente de México. La Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia fue creada en 1895 por el empresario alemán Luis Andresen y otros hombres de negocios, y protocolizada en 1896 por Ramón Ramírez Núñez, comerciante, hacendado y prestamista.

Desafiar al tiempo implica un costo, un peso, una carga. La vida es breve, se fuga igual que como llegó, entre un suspiro y otro, en un abrir y cerrar de ojos, y ella, Guadalupe Vega Ibarra -Lupita, como le llamábamos cariñosamente quienes tuvimos oportunidad de conocerla y tratarla-, se atrevió a caminar al lado de los minutos, las horas y los años.

Longeva y sana por naturaleza, “porque no sufro ni una gripe”, también lo fue por herencia, ya que su padre trabajó en la Harinera de Morelia durante 57 años consecutivos, hasta que se jubiló. Ella presumía que nunca presentó incapacidades laborales. Siempre se sintió bien y jamás se ausentó ni por vacaciones. Su vida y su sueño fueron la Cámara de Comercio de Morelia.

Recomendaba una alimentación equilibrada y sana, suficientes horas de sueño, acciones nobles y mucha productividad, Lupita fue la joya de la Cámara de Comercio de Morelia. Se formó como secretaria en la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil, perteneciente a la institución, de la que egresó en 1952 y en la que impartió clases de Mecanografía a las señoritas del segundo curso de Secretariado.

Como anécdota, habría que recordar los días juveniles de Lupita, época en que su cabello era tan largo que llegaba a sus tobillos. Daba atención especial a su cabellera. Un día, las autoridades municipales de Morelia realizaron una obra cerca del templo virreinal de San José y afectó las calles aledañas, como la de Serapio Rendón, donde se encontraba la casa de Lupita. Los vecinos enfrentaron carencia de agua. Una amiga invitó a Lupita a bañarse en su casa, pero la entonces joven estudiante de la Academia, sugirió que solicitara permiso a su madre porque era una señora muy delicada y severa.

Mientas la muchacha intentaba convencer a la madre de Lupita para que le permitiera bañarse en su casa, la mujer vio a su hija con enojo y se concretó a decir que estaba en libertad de elegir la decisión que más le conviniera. Lupita bañó en una pila enorme de piedra y posteriormente, una vez que secó su cabellera con una toalla y la peinó con un cepillo que le prestó su amiga, se retiró a su casa feliz, limpia, sin imaginar que días más tarde, tras la comezón intensa, descubriría que los piojos habían anidado en su cabeza. Con la molestia de su madre, quien atribuyó el contagio a la desobediencia de la muchacha, Lupita, entristecida, acudió al salón de belleza, donde una estilista cortó su enorme cabellera.

Al egresar de la institución educativa, presentó examen junto con otras dos jóvenes para ser contratada como secretaria de la Cámara de Comercio de Morelia. En aquellos días, tanto la Academia como la Cámara se encontraban en una finca de la calle Ignacio Zaragoza 148, en el centro histórico de la ciudad, donde los empresarios pagaban renta que cada día parecía más onerosa.

Como antecedente, hay que señalar que la secretaria que entonces laboraba en la institución, pronto contraería matrimonio. Mandaba a Lupita al mercado “Revolución”, en el antiguo barrio de San Juan de los Mexicanos, con el propósito de que le comprara algunos artículos para preparar la comida en su casa. Descubrió en la muchacha bastante talento, motivo por el que le confió que pronto se retiraría de la vida laboral para dedicarse a su hogar. Preguntó a la joven si le interesaría laborar como secretaria del presidente de la asociación, Francisco Páramo Castro, quien era propietario de una tienda de pinturas establecida en las calles de Valladolid y Morelos Sur, en el centro moreliano. Sin meditarlo tanto, Guadalupe Vega Ibarra pensó que se trataba de una responsabilidad enorme, pero aceptó con la alegría e ilusión juvenil.

De las tres aspirantes que se presentaron al examen, Lupita, Guadalupe Vega Ibarra, obtuvo la calificación más alta y fue contratada, acaso sin sospechar que a partir de entonces los días de su existencia estarían totalmente ligados a la Cámara de Comercio de Morelia. Se presentaba diariamente a las siete de la mañana y se retiraba a las nueve de la noche. En ocasiones trabajaba los sábados.

Armando García Sánchez, presidente en tres ocasiones de la Cámara de Comercio de Morelia, en los períodos 1948-1949, 1956 y 1961-1962, comentó alguna vez a Lupita que la renta mensual que pagaban por la finca era excesiva, motivo por el que requerían una casa propia. Era necesario, en consecuencia, conseguir dinero por medio de las cuotas que pagaban los socios. Lupita entendió el mensaje y se comprometió a multiplicar esfuerzos con la finalidad de captar mayor cantidad de recursos económicos. Y así lo hizo, salió a las calles un día y otro, donde visitó establecimientos comerciales para afiliarlos a cambio de los servicios que ofrecía la agrupación.

Un día, sin esperarlo, un comerciante anunció a Lupita que tenía en venta una finca antigua, cuyo precio era de 80 mil pesos. Anunció la oferta al presidente de la Cámara, Luis Torres Villicaña, quien tras analizar el precio con los consejeros, tomó la decisión de hablar con el propietario de la casona para negociar la compra-venta. Durante la negociación, ambas partes acordaron el precio del inmueble por 80 mil pesos a plazos.

En reunión de consejo, Luis Torres Villicaña y su equipo de consejeros establecieron el compromiso de adquirir la casa por la cantidad pactada, en abonos, más la aportación de 20 mil pesos que se destinarían a trabajos de restauración. Todos se dedicaron a conseguir recursos económicos para cumplir el compromiso, incluida Lupita Vega Ibarra, quien desde muy temprano salía en busca de socios.

Durante las siguientes gestiones, continuó la tarea de conseguir recursos para sostener los gastos de la Cámara, pagar el inmueble y concluir su restauración, al grado que en consejo se aprobó la elaboración de una circular a todos los socios, en el sentido de solicitar a cada uno la adquisición de bonos que se tomarían como préstamos. Obviamente, fue la fórmula para apresurar los pagos de la casa que se localiza en 20 de Noviembre 55, en el centro histórico de Morelia.

Años más tarde, en otros días que Lupita evocaba con nostalgia, un comerciante llegó a las oficinas de la Cámara con la idea de ofrecer en venta un terreno con una casa en ruinas, que poseía en la calle Quintana Roo, frente al templo de La Soterraña, oferta que de inmediato informó la mujer al consejo directivo que entonces estaba interesado en conseguir una propiedad para construir la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil.

Lupita Vega Ibarra, quien nació en la calle Serapio Rendón, en casa de su abuela materna, y desde hacía décadas moraba en la calle Estaño, en la colonia Industrial, en el antiguo Barrio de Santa María de los Urdiales y el añejo Paseo de las Lechugas, fue pieza fundamental no solamente en la adquisición de las dos fincas que hoy son propiedad de la Cámara de Comercio de Morelia, sino en los pagos puntuales.

Perteneciente a la generación que inició sus estudios de secretariado en 1948, en la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil, Lupita fue amiga, entre otras jóvenes, de María del Carmen Hinojosa González, quien sería madre del otrora presidente de la República Mexicana, Felipe Calderón Hinojosa.

Durante mucho tiempo, transcribió los informes de los secretarios a los libros de actas, tramitó licencias municipales en el Ayuntamiento de Morelia, visitó diariamente a los comerciantes y prestadores de servicios, recuperó cuotas de filiación en gran cantidad y efectuó una diversidad de trámites en diferentes dependencias públicas e instituciones.

Cuando la directiva adquirió el inmueble para instalar la Cámara y la Academia, en su sede actual, el presidente de la misma, Luis Torres Villicaña, dijo a Lupita: “necesitamos dinero para pagar la casa. Usted sabe cómo le hace para conseguirlo…” Y cumplió la encomienda como lo hizo, más tarde, con la compra de la casa en ruinas de la calle Quintana Roo, donde fue establecida la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil.

Moreliana por nacimiento y tradición, despertaba a las seis de la mañana, barría la calle, desayunaba y se preparaba para llegar puntual, como cada día, a su empleo; dormía entre nueve y media y diez de la noche. La mujer que durante los minutos de su infancia jugó en los campos del Molino Santa Lucía, en la colonia Industrial, y ganaba las competencias de carreras de una esquina a otra y brincaba la cuerda, se entregó años después, con la misma pasión, a la Cámara de Comercio de Morelia.

Ese es el secreto, parece, entregarse con autenticidad y pasión a algo, desarrollarse plenamente, dar lo mejor de sí, creer en algo, soñarlo y materializarlo. Y Lupita lo hizo, hasta fundirse, en cierto sentido, con la esencia de la Cámara de Comercio de Morelia, una de las más antiguas de su género en México.

A través de los años, Guadalupe Vega Ibarra fue, además, custodio de los muebles y documentos de la institución. Impidió, en diversas ocasiones, que algunas personas se llevaran las sillas, la mesa, el archivero, el perchero con su espejo y otros muebles, todos antiguos, como se opuso, en la última década del siglo pasado, a las actitudes de un director de la agrupación camaral, quien con apoyo de sus alumnos, extrajo cajas con papeles y libros de actas añejos que tiraron a la basura, con lo que eliminaron irresponsablemente la historia de la institución; sin embargo, lamentaba desconocer el paradero de las fotografías de antaño, las máquinas de escribir L.C. Smith y cajas y sumadoras del ayer, como también le lastimaban las modificaciones estructurales de la casona, “totalmente fuera de contexto”, aseguraba con molestia y de frente. “como el piso del patio principal que sustituyó los mosaicos tan hermosos. Ese piso verde es un adefesio, un insulto al edificio y a lo que representa la institución”.

Cuando escribí el libro “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, entre 2017 y 2018, vivió, al menos, dos momentos emotivos que la conectaron con los otros días, los de ayer: la visita de Javier Esparza Rodríguez, zacatecano, también nacido en 1928, quien fue su jefe entre 1962 y 1963. Una de las empleadas de la Cámara, ofreció té al otrora presidente, quien minutos más tarde, para su sorpresa, recibió la taza y el pequeño plato por parte de Lupita. Ambos comprobaron que la vida es un engranaje incesante que determinado día, en cierto lugar y hora, puede reunir a los protagonistas de los otros años. El otro capítulo emotivo para Lupita fue cuando salí con ella, como escritor, periodista y amigo suyo, a la finca marcada con el número 148 en la calle Ignacio Zaragoza, en el centro histórico de Morelia, antigua sede de la Cámara de Comercio y de la Academia. Alguien permitió amablemente nuestro paso y Lupita, profundamente emocionada, suspiró y exclamó que habían transcurrido por lo menos seis décadas, 60 años, desde la última vez que ingresó a la finca.

Entendió, porque así lo confirmó, que aquella visita al inmueble que albergó sus amadas y entrañables Academia y Cámara, era un regalo de la vida, como lo fue, igualmente, el encuentro con su antiguo jefe, Javier Esparza Rodríguez, a quien calificó como hombre afable, justo, productivo y honesto.

Miró un rincón y otro, como si pretendiera atrapar los ecos del ayer, los murmullos de antaño, aquellas pláticas y risas de las jóvenes que estudiaban Secretariado y se enamoraban y soñaban y ensayaban el juego de la vida, las voces de los muchachos que cursaban Contaduría y compartían aventuras, espacios, momentos; pero también las cátedras de los profesores, el paso del tiempo, las reuniones de los hombres de negocios, las juntas semanales que entonces realizaban los directivos camarales. Encontró, a su paso lento, pedazos de historia, un ayer roto, testimonios rotos de su vida.

La mujer caminaba por los espacios públicos y las callejuelas del centro histórico de Morelia, como desafiando al tiempo, con su carpeta con documentos de filiación y su blusa que presumía el nombre de la institución a la que perteneció desde hacía casi siete décadas y el suyo, Guadalupe Vega Ibarra.

Era un ser humano fuerte e inagotable. Hace algunos años apenas -oh, ¿qué es el tiempo si no la sucesión de acontecimientos? ¿Acaso es recolección de sentimientos, ideas y actos, o es, quizá, la acumulación de momentos, realidades, sueños e historias? ¿Qué es? ¿Es sueño, es vida, es ilusión?-, Lupita fue atropellada en dos ocasiones y resultó con las heridas consecuentes y, asombroso, sin fracturas, al grado de que el médico que la atendió le preguntó, en broma, de qué estaba hecha, y ella, como era, respondió: “igual que usted, doctor, de carne y hueso; pero con muchos deseos de vivir”.

Un final

La trama de la vida está formada de compases, momentos, colores y susurros que la enriquecen, la hacen diferente o la empobrecen y convierten en notas discordantes. La biografía de un ser humano inicia un día y concluye otro. A una hora sube el telón y a otra, casi siempre insospechada, desciende al mismo tiempo que los reflectores se apagan.

Lupita Vega Ibarra llegó ese día a laborar, a la oficina que la añora y exhala su aroma, el viernes 14 de diciembre de 2018. Cobró su sueldo por honorarios y recibió una compensación extraordinaria por las fiestas decembrinas y de fin de año y abrazó a todos sus compañeros, deseándoles una Navidad feliz y el inicio de 2019 con alegría, salud y prosperidad.

Se despidió como si algo, en su interior, le indicara que no retornaría más a su Cámara de Comercio tan amada. Y así fue. Por su edad, el entonces presidente de la institución, Luis Navarro García, dialogó con su hermano y otros miembros de su familia con la idea de concluir la relación laboral con una mujer que ha quedado en la historia de la agrupación. Quedan inscritos el aroma y los recuerdos de Lupita en los paredones de cantera, en los recintos, en los dos patios, en memoria de quien entregó los días de su existencia a una institución que algo tiene de encanto.

Luis Navarro García es un hombre justo y honesto. Comprendió, entonces, que Lupita, a sus 90 años de edad, se exponía al salir cotidianamente a la calle en busca de agremiados y socios, y que era conveniente, por lo mismo, ofrecerle condiciones para su retiro digno. Años antes, ella obtuvo su jubilación. Laboraba por honorarios.

Y se fue y mantuvo consigo el recuerdo de la Cámara de Comercio de Morelia, su mundo, su vida, su ilusión, su historia, su aliento. Y llegó el día de su transición, la hora de abordar el furgón en una estación para dirigirse a otro plano, a su destino.

La tarde del lunes 20 de julio de 2020, ella, Lupita, Guadalupe Vega Ibarra, casi de 92 años de edad, dio el último suspiro y así, con su estilo y su biografía, dejó su ejemplo y remembranza en la Cámara de Comercio de Morelia, cuyos paredones y corredores de cantera indudablemente exhalan su fragancia y la proyectan, dentro y fuera de la institución, como una mujer de siempre. ¿Qué somos? ¿Realidad, sueño, ilusión? ¿Esencia?, ¿arcilla? Tal es la vida.

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