Sopla el viento

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sopla el viento de septiembre, entre aguaceros y nubes plomadas de un verano agónico, y se lleva, para siempre, en su cargamento y en su mudanza, las auroras y los ocasos, las risas y las tristezas, las esperanzas y los miedos, las mañanas y las tardes, el sí y el no de un año destejido por el horror de la enfermedad y la muerte, aquí y allá, en cada rincón del mundo, hasta convertir las imágenes en evocación y más tarde, al envejecer la gente o partir, en olvido. La vida se va. Sopla el aire que anticipa el aliento otoñal, preámbulo de follajes desnudos y alfombras de hojas doradas y quebradizas, amarillas, cafés, naranjas y rojizas, dispersas en el campo y en las avenidas y las calzadas solitarias. Son ráfagas que agitan las flores silvestres y las de los jardines, en las casas, recién empapadas por la lluvia que empieza a ausentarse, mientras hombres y mujeres, asomados en las ventanas, contemplan la vida que se fuga, igual, parece, que una figura que alguien desdibuja por su infausto recuerdo. De los rostros humanos brotan lágrimas, como del cielo se derraman gotas que parecen limpiar el paisaje, los cristales de los ventanales, las calles, la naturaleza y el planeta, en un mensaje que indica, creo, el derecho a la vida y a la libertad, a ser intensamente felices, ausentes de antifaces y cadenas. A veces pienso que la lluvia se ha encargado de limpiar el mundo, lavar las inmundicias y dar otras pinceladas a la naturaleza, al paisaje, como una oportunidad de renacimiento y con el mensaje de que en cada gota de agua se refugian la vida, el amor y la alegría, y me parece, también, que alguien sopla para deshojar los árboles y dispersar por el mundo un tapete dorado que recuerde, en contraste, la brevedad de la existencia, y que así aprendamos los seres humanos a disfrutar plenamente cada estación, todo momento, los instantes que se van y no vuelven por ser irrepetibles. Cuando siento las caricias del aire entrar por la ventana de mi estudio y mover mi mano para escribir, hago un paréntesis con la idea de escuchar los rumores y silencios de mi interior y suponer, emocionado, que se trata del aliento de Dios que promete un destino feliz y carente de fronteras, abismos y finales. El viento sopla.

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