Nadie sabe

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Nadie sabe, quizá, que cuando escribo, en mi buhardilla, remo a parajes en los que me esperan una musa e incontables criaturas encantadoras que me inspiran y acompañan hasta alguna orilla, donde solicito a Dios las llaves del cielo para entrar a sus salones y recorrer sus jardines mágicos y hundir los pies en los manantiales de los que surge la vida. Recolecto hojas, pétalos y burbujas de cristal de mágico encanto. Me convierto, al escribir, en viajero inagotable, en excursionista que pasea y escudriña, en pasajero que transita por estaciones y rutas insospechadas y recónditas, con el anhelo de encontrarme, puntual y de frente, tanto como me es posible dentro de mi ministerio y locura, con las letras del abecedario, los acentos y sus signos, refugiados en cuadernos secretos. Tomo sus manos y formo palabras, en actos de idilio que cautivan. La gente ignora, al leer mis obras, que en el aislamiento y en el destierro voluntario, a una hora indefinida -la que sea porque al artista no le importan los muros impuestos por los horarios-, rompo los barrotes y las cadenas del mundo y me sumerjo en las profundidades de mi ser, donde se encuentran el paraíso y el infierno, el bien y el mal, el delirio y la razón, la alegría y la tristeza, la vida y la muerte, la temporalidad y el infinito, la arcilla y la esencia, que flotan entre mis rumores y silencios, en mí, con la intención de retornar con sentimientos e ideas que esculpo y pinto en hojas de papel, en páginas de extensión interminable. Desconocen mis lectores -oh, mis lectores, mis acompañantes de viaje- que al escribir mis obras, dejo mis suspiros y mi vida, impregno las riquezas que descubro al navegar y bucear en océanos insondables, disperso los pedazos de luz que arranco de la pinacoteca celeste. Nadie sabe, insisto, que cada palabra que escribo, la envuelvo con el perfume de las flores y con los matices del cielo, acaso porque anhelo que, al leerlas, ya abrazadas y enamoradas unas de otras, mis lectores las sientan, las palpen, las vivan, las sueñen y descubran los cielos y los mundos de sus existencias. Escucho música cuando escribo, y nadie lo sabe, porque las notas, al escapar de los violines, las arpas, los clarinetes, los pianos, las flautas y los violonchelos, me arrancan lágrimas que de alguna manera limpian mi alma y mi mente, y me permiten regalar fragmentos que descubro al caminar descalzo por otras sendas. Quiero, al escribir, coincidir con el prodigio de la vida, con la realidad y los sueños, con la sonrisa de Dios, para así compartir a otros, a mis lectores, lo mejor de mis expediciones.

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