No tiene caso tocar a las puertas de sus sepulcros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cursaba tercer año de primaria -educación básica- con la ilusión y los sueños infantiles de aprender gran cantidad de lecciones -Aritmética y Geometría, Ciencias Naturales, Historia, Civismo y Geografía, entre otras materias-; lucir, cada lunes, mi uniforme de gala -pantalón, camisa blanca, corbata de moño y chaleco-; leer incontables libros en la biblioteca escolar, divertirme y jugar con mis compañeros de aula, destacar en los ejercicios físicos y obtener, al final del curso, una medalla por mi conducta -era un niño bueno e ingenuo- y otra por mi aprovechamiento en clases. Sentí emoción al ir con mis padres al colegio, mirar mis documentos de reinscripción y percibir, en la papelería escolar, el aroma del papel y la tinta concentrado en los libros, el olor a madera de los lápices y colores y el perfume de los cuadernos, gises y crayones. Me parecía un mundo bello y mágico.

En el hogar -mi amado y pequeño mundo- existía un ambiente propicio para ser intensamente feliz. Mi padre y mi madre, siempre tan amorosos y dedicados a nosotros, me parecían seres humanos irrepetibles y extraordinarios, e incluso, a veces suponía que sus huellas eran tan profundas que nadie podría sustituirlos. Mis hermanos, en tanto, eran mis compañeros de aventuras y juegos, y si nos abrazábamos o reñíamos, finalmente sabíamos que existía un amor indestructible entre nosotros.

Tras las vacaciones, llegué de nuevo al colegio religioso, con sus corredores, pasillos y rincones que me cautivaban. Y ocupé mi pupitre, con la mochila repleta de útiles escolares, una cantimplora con agua, una manzana y un baguete elaborado por las manos maternas.

Algo complejo acontece con nosotros, los que pertenecemos a las minorías por diferentes motivos -creencias, ideologías, razas, conducta, esencia-, al grado de que la masa colectiva siente repulsión, antipatía y reacciones negativas por cualquier individuo, hombre o mujer, que sea diferente a sus modelos en serie.

Sentí una opresión terrible en el pecho. Ninguno de mis compañeros respondió mi saludo amistoso e ingenuo. Algo andaba mal. Eso no funcionaría. Me pareció inexplicable, a esa edad, que tratándose de un colegio religioso, los alumnos se comportaran igual que las hordas que se odian y se matan.

En mi vocabulario no existían palabras obscenas ni vulgares. Mi padre era un caballero que siempre corregía, en casa, nuestro lenguaje, y mi madre, una dama a la que la gente llamaba “señora amable”. Me sentí desarmado ante el compañero del pupitre contiguo, quien hizo señas desagradables con las manos y me amenazó, y sentí lo mismo con el que se encontraba detrás de mí, quien golpeaba mi espalda para que volteara y escuchara sus majaderías.

Me asusté. Todos parecían ser amigos de otros tiempos y aventuras mutuas. Compartían hábitos y conductas similares. Sentí miedo, nerviosismo, desolación y terror. Estaba en tierra hostil e insegura, rodeado de personas capaces de lastimar.

Inesperadamente, la puerta del salón de clases fue abierta por la profesora, mujer de baja estatura, vestida de negro, obesa y de gesto desagradable y adusto. El grupo calló y ella, ensoberbecida, caminó hasta el escritorio. No saludó. Escudriñó al grupo, como los generales que revisan hasta la limpieza de los zapatos de los soldados que minutos más tarde se enlodarán en la guerra y morirán, y advirtió que sería un curso demasiado complicado, y que ella, la maestra Teresa, era muy estricta e intolerante, y que, por lo mismo, no tendría piedad de aquellos alumnos que no se adaptaran a su estilo de impartir clases.

Recorrió los pasillos que formaban entre sí las hileras de pupitres, y revisó en cada alumno las uñas, el cabello, la ropa, el peinado. Sentí, de pronto, que era una sombra que se aproximaba a mí con la amenaza de entristecer y herir mis días. Llevaba una regla de madera en la mano derecha y una lista y un bolígrafo en la izquierda. Anotaba en el documento y reprendía a todos.

Todo momento llega, y así, la profesora Teresa abrió el campo de batalla al mirarme fijamente y advertir que no le agradaba y que no dudaba, en consecuencia, que ambos tendríamos problemas. La guerra estaba declarada por alguien mayor que yo. Mayúscula se empeñaría en aplastar a minúscula, respaldada en su autoridad de profesora, en su formación académica, en sus años de experiencia y en su volumen físico. ¿Qué podía hacer un niño inocente al recibir amenazas de una mujer amargada e intolerante?

Por algún motivo que hasta la fecha me parece complejo dentro de mi raciocinio infantil, decidí callar aquel capítulo y fingir ante mis padres y mis hermanos que todo marchaba bien en la escuela. Esculpí, con mi silencio, las injusticias que mis compañeros y la maestra Teresa cometieron contra mí. Fabriqué mi celda y les permití entrar. Me convertí en aliado y cómplice de golpes, insultos, castigos y gritos contra mí. Fui mi carcelero y verdugo.

La maestra Teresa, quien años después fue nombrada directora de la secundaria del mismo colegio, no me permitía ir al baño, y ella lo disfrutaba, se alimentaba con mi desesperación y malestar. Al final, orinaba los pantalones azul marino del uniforme o el de gala que al inicio del ciclo escolar me había impulsado a soñarme elegante y de esa manera presentarme orgulloso ante mi madre con la idea de explicarle que me sentía refinado como las imágenes que rescataba del ayer al relatarme la historia de su padre y sus antepasados.

Hace algunos años, cuando el reconocido urólogo Francisco Javier Valencia, analizó los resultados de mis estudios médicos y me informó que presentaba un pequeño y viejo daño en la vejiga, precisamente ocasionado por las retenciones urinarias de mi infancia, recordé la perversidad de la maestra Teresa. ¿Y cómo reacciona uno? ¿Odio o perdono? Imposible y tonto sería buscar a una mujer que, si vive, tendrá 90 años de edad o más, y muy ilógico sería tocar a la puerta de su tumba con el objetivo de reclamarle. No me quedo con espinas que en algún momento pueden rasgar mi alma. Prefiero el amor y la luz. Ella fue responsable de sus actos crueles e igual que cada ser humano, lleva una carga con lo bueno y lo malo que hizo. Lo que debo hacer es dar a conocer esta situación y prevenir a hombres y mujeres para que impidan crueldades e injusticias en perjuicio de sus hijos. Callé el martirio que viví, y en cierto fui corresponsable al ser aliado de los tormentos que una mujer desquiciada me impuso. Bastaba con denunciarla para exhibirla y vencer; pero adivinaba que no tenía amigos y que no me atrevería a confesarlo a mis padres.

Todos los días, al impedirme acudir al baño, orinaba los pantalones y era exhibido, con otros niños, hombres y mujeres, en el portón de la escuela, poco antes de que nuestros padres acudieran por nosotros. Permanecíamos expuestos a las miradas burlonas de nuestros compañeros, como monstruos horripilantes o criminales sentenciados a cárcel o a la horca que la gente mira aterrada y con mofa.

Los castigos se basaban en colocarnos hincados frente al pizarrón y estirar las manos hacia arriba o a los lados, con la amenaza de recibir golpes en las manos con el borrador o con la regla; pero también escribir en los cuadernos “debo portarme bien”, lo cual me parecía contradictorio y estúpido porque mi conducta era intachable. Los golpes en las manos o en las pantorrillas resultaban dolorosos.

En la medida que uno aprueba y permite abusos por parte de otras personas, tales seres crecen y se fortalecen, hasta convertirse en fantasmas, en tiranos, en forajidos. Es necesario denunciarlos de frente y con valor. No lo hice.

Los planes de la maestra Teresa parecían funcionar de acuerdo con su maldad y el odio que le inspiraba, y claro, estaba mal con ella, con los demás y con la vida. Una de tantas veces, me llevó con la directora general del colegio, llamada igual que ella, Teresa, una religiosa, quien sin interrogarme, me trató con asco al verme con los pantalones orinados y los ojos enrojecidos por el llanto que me provocaron los gritos, amenazas y golpes de la profesora de ropa oscura.

Nervioso y temeroso, pellizqué mis piernas, y minutos después reí y enmudecí. ¿Cómo explicar a la monja enfurecida que la profesora era un monstruo estúpido y mezquino que abusaba de mí solo por su autoridad en la enseñanza, su edad y su tamaño? ¿Y cómo hacerle entender que si orinaba los pantalones era porque ella, la maestra Teresa, me negaba los permisos para ir al baño? ¿Quién era más cruel e ignorante, la maestra que me atormentaba y contribuía a mi daño orgánico, o yo, un niño ingenuo, sin experiencia e inocente que callaba por miedo al escarnio y a la vergüenza, y que prefería la armonía, el amor y la paz? También deseaba aclararle algunos errores en los métodos de enseñanza, como el sistema en las restas, pero sentí que algo me aplastaba.

La mujer, que portaba ropa de su orden religiosa, marcó el teléfono y preguntó por mi padre, con quien de inmediato se quejó de mí, como si yo fuera un reo peligroso. Al hablar por teléfono con él, me acusó: “en este momento su hijo se burla de mí con una risa sarcástica”. Evidentemente, mi risa era provocada por el nerviosismo de encontrarme en un juicio severo e irracional.

Permanecí castigado en la oficina de la directora, hasta que mi padre llegó mortificado. Influida por la maestra Teresa, la religiosa desdibujó mi figura infantil y tejió la imagen de un delincuente. Advirtió, paralelamente, que la maestra y ella tenían idea de que yo era un retrasado mental, un niño que requería otra clase de atención, y que quizá, como ambas lo auguraban, mi capacidad mental me impediría concluir la educación primaria de seis grados. Cursaba tercer grado y mi incapacidad me impedía progresar, manifestó la mujer encolerizada, quien en ningún momento se atrevió a mirarme a los ojos.

Tras escuchar, mi padre ofreció revisar los argumentos de la reunión improvisada y, en todos los casos, reaccionar conforme lo ameritara mi condición humana y la realidad. Él y yo salimos ese día del colegio, silenciosos, inmersos en nuestros sentimientos e ideas. Abordamos el automóvil y llegamos a casa.

Mi padre y mi madre dialogaron. Ambos establecieron el compromiso de darme mayor atención de la que recibía amorosamente de ellos, y así lo hicieron. Mi padre aseguró, molesto, que las actitudes y los comentarios de la religiosa no habían sido de su agrado ni de su aprobación, y que demostraría que yo, su hijo, no estaba condenado, como anticipó, al subdesarrollo mental. Mi madre compartió su opinión y ambos diseñaron y aplicaron un programa integral para mí.

Un acontecimiento lleva a otro, y más si las personas reaccionan correctamente y con oportunidad y emprenden acciones y protagonizan sus propias historias. Mi padre y mi madre, que eran tan observadores y analíticos, no tardaron mucho tiempo en definir mis rasgos y establecer que yo, su hijo primogénito, al que en el colegio molestaban y creían retrasado mental, tenía capacidad y talento de artista, y al probar con las letras, me reencontré conmigo y con la vida.

Él, mi padre, cotidianamente me relataba algún episodio de su imaginación, y yo, su hijo, lo asimilaba y posteriormente lo escribía con mi estilo y mis ideas. Más tarde lo revisaba y me aconsejaba sabiamente y con amor. Ella, mi madre, al conocer mi pasión e interés por el ayer y sus historias, me narraba capítulos relacionados con sus antepasados, y de esa manera aprendí a amarlos y a emular su ejemplo, hasta que me formé como adulto.

La vida es una corriente que fluye inagotable. El agua cristalina avanza infatigable, mientras la que permanece estancada en la orilla, se enturbia y pudre. Crecí. Viví. Contra los pronósticos de la monja y la profesora, concluí todos los grados de primaria y continúe estudiando y formándome, desde luego sin renunciar al arte que llevo dentro de mí y sin el cual no me concibo.

Hace años, cuando publiqué mi primer libro, mi madre me aconsejó que dedicara un ejemplar a la directora del colegio. Escribí la dedicatoria y lo conservo en mi biblioteca. Reflexioné y llegué a la conclusión de que no necesitaba demostrar a quien me humilló, despreció y maltrató que no solamente había concluido mi formación escolar, sino que podía escribir y publicar obras. Y no se lo entregué. Es a mí a quien necesito demostrar que puedo cumplir mis sueños, ilusiones y proyectos si trabajo arduamente y con inteligencia para conseguirlos.

Pienso a esta hora de mi existencia que más allá de la crueldad, ignorancia y amargura de tantas personas, es posible, si uno lo decide, hacer un cielo sobre tantos infiernos. Mi padre y mi madre lo hicieron conmigo, y lejos de atormentarme más y hundirme con reclamos, críticas y regaños, me ofrecieron su amor, sus consejos y su apoyo. Me inculcaron valores, seguridad y amor, y también cultivaron mi pasión y encuentro conmigo y con el arte. Qué vale la escoria de algunos seres humanos, cuando hay otros que dan lo mejor de sí y ayudan a que uno encuentre la luz, disipe las sombras y trascienda. No tiene caso tocar a las puertas de los sepulcros de la religiosa y la profesora que intentaron hacer de mi existencia un martirio. La vida es superior y no merece desperdiciarse en seres que ya están muertos desde que nacen. Mis padres me ayudaron a descubrirme. Gracias, en verdad.

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15 comentarios en “No tiene caso tocar a las puertas de sus sepulcros

  1. “Qué vale la escoria de algunos seres humanos, cuando hay otros que dan lo mejor de sí y ayudan a que uno encuentre la luz, disipe las sombras y trascienda. No tiene caso tocar a las puertas de los sepulcros de la religiosa y la profesora que intentaron hacer de mi existencia un martirio. La vida es superior y no merece desperdiciarse en seres que ya están muertos desde que nacen. Mis padres me ayudaron a descubrirme”. Me gusta siempre destacar el rastro que nos dejan los sucesos que más nos valdría olvidar, aunque de una forma u otra siempre formarán parte de nosotros. Me seduce tu prosa….no es ningún secreto!!!! gracias

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    • Ana, amiga mía, tus palabras me dejan profundamente emocionado a esta hora de la noche. Agradezco la existencia de seres como tú y otras personas, y no es por las felicitaciones, sino por la sinceridad de sus corazones, lo cual es algo muy valioso. Hay cosas que significan mucho, y reconozco las palabras que me expresas, mi amiga escritora. Tienes mi admiración y respeto. Agradezco tenerte como amiga y lectora. Eres correspondida.

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  2. Un relato estremecedor, la crueldad de algunas personas, que no merecen ser llamadas seres humanos… Pero lo que se siembra se cosecha, y tus padres fueron grandes sembradores, sabían cultivar dones, buena educación, fueron visionarios y el resultado de su cosecha: Un gran hombre llamado Santiago… Mira todo lo que has logrado y lo que vas a alcanzar.

    Le gusta a 4 personas

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