Murió de tristeza…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Murió de tristeza -dijo la gente-. Su muerte se desencadenó al extraviar su misal en la iglesia. No cabe duda que era una vieja atada a las cosas materiales. Es estúpido morir por algo tan ridículo y tonto.

-¿Cómo es posible que una persona muera por la simple pérdida de un libro de oraciones -preguntaron algunos con cierta mofa, quienes criticaron severamente-: Era una anciana, una mujer de edad avanzada, con más de 100 años, y se comportó como niña al perder, por descuido e irresponsabilidad, su misal. En los niños es natural que haya angustia y desesperación cuando pierden algún juguete, una muñeca, un soldado, una pelota; pero en los ancianos resulta vergonzoso actuar infantilmente.

-Qué conducta tan patética la suya… Cierto, en la iglesia solía platicar que tenía 109 años de edad.

-No, en realidad tenía 111 años, lo recuerdo muy bien.

-No entiendo el motivo por el que la gente, al envejecer, se vuelve tan mezquina y necia… Me parece estúpido morir por algo tan insignificante.

La gente murmuraba y juzgaba sin piedad. Hombres y mujeres opinaban, criticaban, bromeaban y condenaban a la mujer. Ante la falta de historias existenciales, grandiosas y con un sentido auténtico y pleno, dedicaban el tiempo a hablar mal de la anciana del misal, acaso sin recordar que los segundos y los minutos anhelan transitar a las horas y que estas, a la vez, ambicionan volverse días, semanas, años, hasta reír triunfantes de la ignorancia humana que termina derrotada e interrumpida al morir en una llanura infértil.

-Creo que también le entristeció la respuesta del sacerdote, quien, molesto por la necedad de la vieja que diariamente le preguntaba si alguien habría devuelto el libro de oraciones, enojó y le advirtió que no disponía de tiempo para atender caprichos y tonterías, que pidiera a sus parientes que le compraran un misal actualizado y que no molestara -explicaron algunos.

-¡Vieja miserable y avariciosa!

-Era un misal tan viejo como ella.

-Qué despreciable agonizar por la pérdida de papeles viejos y rotos.

-Rotos como ella y sus ideas anticuadas.

Lamentablemente, esta historia fue real. Hay episodios que duelen. Tuve la dicha y fortuna de conocer a esa mujer, la anciana del misal, quien nació en el siglo XIX y me relataba historias tan interesantes y lejanas como los años que naufragaban en su mirada cansada y en su piel ranurada.

Cuando me era posible, la visitaba. No pertenecía a mi familia, pero tengo la certeza de que mi presencia le alegraba, sobre todo porque le representaba un motivo para llenar huecos. Recordar, ayuda a resanar, cubre ausencias y alivia. Le entregaba, a hurtadillas, un chocolate que ella saboreaba al refugiarse en su habitación o en la sala, cuando pensaba que sus parientes estaban distraídos u ocupados. Evidentemente, yo contaba con la autorización de sus descendientes para entregarle la golosina en cada visita.

Me abrazaba con emoción en cuanto me miraba. Le entregaba el chocolate prometido, que escondía entre su ropa, y dialogábamos un rato. Aprendí tanto de ella que hoy la recuerdo con agradecimiento y cariño. Era una mujer agradable, buena, amable y feliz. Atribuía su longevidad y salud a una alimentación natural y equilibrada, dormir las horas necesarias sin robar tiempo a las actividades productivas, caminar o ejercitar el cuerpo, cultivar sentimientos nobles y pensamientos buenos, no hablar mal de los demás ni pepenar biografías ajenas, dedicarse al bien y, principalmente, sentir a Dios en el interior y en todas las expresiones de la vida.

Aseguraba que no consumía golosinas ni productos industrializados, pero cómo disfrutaba y saboreaba los chocolates que le entregaba con tanto cariño, ilusión y sigilo. Fuimos cómplices de un secreto inocente. Su familia lo aprobaba y callaba porque después de todo, en los días postreros de la existencia de una persona, resultaría perverso e injusto castigarla y fabricarle barrotes y celdas. ¿Tiene caso exigir una dieta estricta a quien tiene más de 100 años de edad y no padece enfermedades? Hay que regalar alas, detalles, momentos, sonrisas.

Por vivir tanto, poseía una colección impresionante de recuerdos e historias, y de pronto, tras algunos instantes de silencio, parecía abrir el libro de su existencia y explorar sus páginas, hacer un paréntesis en determinado capítulo, subrayarlo y relatarme un episodio, una de tantas anécdotas que fueron olvidadas o quedaron en el desprecio o en los tinteros de quienes escribieron los acontecimientos del ayer en páginas y capítulos acartonados.

Yo era, entonces, adolescente. Sabía que algún día, en el lapso de mi paseo existencial, valoraría la oportunidad de conocer y dialogar con personas del siglo XIX, náufragas de otras fechas, casi extintas, cual pedazos de historia perdida en la desmemoria.

Aprendí, finalmente, a sentir los abrazos, escuchar las palabras y experimentar el cariño de una mujer del siglo XIX, una anciana que a los 15 años de edad, en plena adolescencia, caminaba por las callejuelas de su aldea y de pronto sintió que alguien, un hombre mayor, abrazó su cintura, la levantó y la colocó en el caballo que montaba, y se la llevó para, juntos, compartir un destino, una historia, con sus risas y lágrimas, sus luces y sombras. Y lo agradecí y lo valoré mucho, igual que cuando uno tiene, entre una hora y otra de la vida, un tesoro.

No murió por avariciosa ni por mezquina, ni tampoco por aferrarse a un libro centenario de oraciones, como aseguró la gente en aquella época. Sufrió lo indecible porque se trataba de un misal que le regaló su madre, a quien tanto amó y de la que un hombre, al raptarla, la separó. La pequeña obra de páginas amarillentas y quebradizas, atrapadas en pastas duras, oscuras y troqueladas con adornos, que segregaba fragancias a historia y a tiempo, significaba un puente -el único, aparte de sus descendientes y las remembranzas que cada instante se apagaban y huían- entre ella y su madre, su familia, su niñez y su adolescencia, su madurez y su biografía. Papel impreso que la acompañó toda su vida.

La gente y el religioso -Abraham-, no tuvieron capacidad de entender el significado de aquel misal viejo y sucio, como lo calificaron, que era, en verdad, el único medio tangible que mantenía unida a la anciana con lo que tanto amó y vivió. Con la pérdida del libro, se le fue la vida.

Estoy convencido de que las personas que cotidianamente asistían a la iglesia, en las mañanas, la creyeron rehén de demencia senil y aferrada a cosas materiales y superficialidades, tan monstruosas como la imaginación y las murmuraciones colectivas se desbordaron, mientras el otro, el presbítero, supuestamente dedicado a asuntos piadosos, desdeñó el sufrimiento de una mujer centenario. No pudo dedicarle cinco minutos. Recuerdo que el hombre era proclive a las reuniones sociales en una sala anexa al templo; sin embargo, canceló la oportunidad de platicar con la anciana y apaciguar su sufrimiento.

Comprendo que el extravío del libro de oraciones significó, para aquella anciana, transformar su realidad apacible de entonces en pedazos confusos e inciertos, colocarla entre un tejido deshilachado, ridiculizarla y abandonarla en un paisaje desconocido, en un terreno irreconocible y hostil.

La pérdida del viejo misal equivalió a desalojar los recuerdos de la memoria, desactivar las funciones orgánicas, olvidar la historia consumida con tanto orgullo, cerrar la biografía con decepción y tristeza, recibir la crítica lapidaria de la gente, colocar una lápida antes de dar el último suspiro. Las burlas, los regaños, las críticas y los juicios que recibió por parte de las personas y el religioso, la arrojaron al destierro, a la vergüenza, al escarnio, a la disolución de su existencia.

Me dolió y entristeció su drama, pero más me indignaron los comentarios burlones y negativos de las personas y la actitud inhumana del religioso, quienes no tuvieron capacidad de entender que una persona mayor de 100 años es débil y le afectan situaciones que a otros les parecen cotidianas, ridículas y tontas. Ya probaba, al final de su vida, el sabor amargo que le provocaban otros seres humanos, y los chocolates que yo le regalaba con tanto cariño, seguramente endulzaron sus momentos, pero no curaron las heridas.

Aquella mujer, la de los chocolates, no murió por necedad ni por permanecer encadenada a asuntos y cosas materiales, pasajeros y superficiales; falleció por el dolor y la tristeza que le causaron los desprecios, la indiferencia, los comentarios mal intencionados y las mofas de gente transformada en número y serie, indiferente a las necesidades y a los sentimientos de los demás. Murió de tristeza. Todos contribuyeron a su muerte. Como que los seres humanos olvidamos interesarnos en las necesidades de los demás, sobre de todo de aquellos que son débiles y más sufren.

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15 comentarios en “Murió de tristeza…

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