Apenas fue ayer

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Apenas fue ayer cuando todos, los de entonces, los de aquellos minutos y días, permanecíamos en casa, alrededor de una televisión en blanco y negro o, más modernos y con mayor nivel económico, a color, en ambos casos con botones adheridos a los muebles que enmarcaban y sostenían las pantallas, siempre en familia, y a veces hasta con horarios. Atrás de los televisores, existía un mundo de fantasía para unos y de tecnología para otros, con bulbos, soldadura, cables y cosas que nos prohibían tocar. Fue hace poco, recuerdo, cuando los radios de transistores desplazaron a los que tenían los abuelos, también de bulbos, encerrados en cubiertas de madera y más tarde de plástico, mientras los tocadiscos, las consolas, desde Stromberg Carlson hasta los más modestos y los portátiles, que hacían tocar los discos de acetato, en sus presentaciones de 33 y 45 revoluciones por minuto, miraron su destitución y gradual desaparición ante la incursión de grabadoras y casetes. Toda una época en la que las familias coexistíamos dichosas y unidas. Apenas fue ayer cuando las películas y las series de televisión jugaban con las computadoras y la tecnología de tiempos que esperábamos con alegría e ilusión, acaso sin sospechar que su mal uso aislaría a unos de otros, indiferentes, casi inhumanos, y empezaríamos a destruirnos. Fue ayer, no lo olvido, cuando los niños y adolescentes jugaban libremente en las calles y en los parques, los jóvenes tenían horarios para asistir a fiestas y retornar a casa y las familias se reunían con los abuelos y los tíos mayores u organizaban días de campo. Apenas ayer, los automóviles parecían solucionar problemas de transporte y llevar a las familias, a los amigos, a la gente, a sus hogares, a los sitios de reunión, a sus paseos, quizá sin imaginar que al amanecer se transformarían en muletas de incontables personas que evitan caminar unos metros y creen que las marcas y los modelos son sinónimo de dinero y poder. Apenas hace unos días, ayudábamos al anciano a atravesar la calle, escuchábamos a quien necesitaba desahogar sus dolores y tristezas, compartíamos nuestros alimentos a los que tenían hambre, dábamos la firmeza de las manos a los débiles, aconsejábamos, nunca traicionábamos. pronunciábamos las palabras madre y padre con amor y respeto, y disponíamos de tiempo suficiente para escuchar las manecillas y los péndulos de los relojes Fue ayer, sí, apenas ayer, lo recuerdo muy bien, cuando sonreíamos y en verdad nos enamorábamos. Apenas hace unos días, los adultos amaban tanto a sus hijos, que no cambiaban la convivencia con ellos por unas horas en el bar, en la cantina, en las tiendas, en las superficialidades. Ayer, ausentes de teléfonos celulares y de internet, un padre, una madre, ambos, sabían lo que hacían sus hijos, quiénes eran sus amigos y dónde estaban, a diferencia de hoy, que con los avances científicos y tecnológicos desconocen hasta los anhelos y las necesidades de sus descendientes. Ayer, lo sé, cuidábamos nuestras palabras y modales. Apenas ayer, nosotros, los de aquella hora, esperábamos el nuevo amanecer sin saber que éramos tan felices, y hoy, que despertamos en el día de nuestros sueños de antaño, sentimos las ausencias y la incomodidad en un ambiente que no es tan humano ni libre. ¿Dónde quedamos? Algo anda mal. Volteo atrás, a los muchos días del ayer, y descubro pedazos de historias en el camino, trozos de gente que ya no está o se deformó, escombros de lo que alguna vez fuimos. Huele a plástico y a superficialidad, a dignidad extraviada, a miedo, a barrotes y cadenas, a odio y violencia, a dolor e incomprensión, a multitud informe y a falta de amor y sentimientos, a inmediatez, a control absoluto. Apenas ayer soñábamos con las burbujas que de pronto reventaron. Nuestros rostros eran auténticos, reales, con sus luces y sombras, lejos de ser máscaras carentes de expresiones, sentimientos e ideas.

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