La moneda

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Amanezco en la bóveda fría y desolada del banco, entre billetes y monedas silenciosos e indiferentes, vigilados por cámaras y contabilizados una y otra vez por funcionarios especializados en el dinero, en las finanzas, en los negocios.

Mientras permanecemos, billetes y monedas, reclusos en este sitio, somos intocables. Es imposible que alguien, en la institución bancaria, pretenda apoderarse de nosotros sin autorización. Las instalaciones cuentan con sistemas de protección, seguridad y vigilancia.

Estamos en espera de que un ejecutivo o alguna cajera, sustraiga parte del dinero resguardado con el objetivo de que circule en los negocios, en las transacciones mercantiles, entre la gente que compra y vende, en las calles, en las tiendas, en los mercados. Tal vez me corresponderá salir del banco.

Desde que me acuñaron, he andado aquí y allá, en innumerables jornadas y con una multiplicidad de historias cotidianas, tantas como dueños temporales me han conservado temporalmente en sus carteras, monederos y bolsas, igual que una amante silenciosa, resignada y sometida a caprichos, tentaciones, bienvenidas, despedidas e impulsos.

Es increíble que en un día experimente tantas sensaciones. Al salir del banco, mi destino es incierto y sigo incontables rutas. Transito y lo mismo me poseen el empresario acaudalado, el político ávido de poder y riqueza, el artista, el científico y el intelectual que el estudiante, el pordiosero, el ama de casa, el académico, el sacerdote, el campesino, la prostituta, el aventurero, el ladrón, el humanista, el albañil, el obrero, el asesino, el cargador y el viajero.

Alguien me deposita en una alcancía, la de casa, en los ahorros familiares, o la de un templo religioso, o me entrega a la infancia sonriente, a la adolescencia inquieta, a la juventud intrépida, a la madurez o a la ancianidad, y puedo caer, como me ha sucedido, al suelo, entre el césped o sobre el concreto, en alguna rendija o en la cañería que de inmediato acosa con su hediondez y sus ácidos.

Si soy escasa, rara o defectuosa, un coleccionista puede andar detrás de mí, espiarme y, finalmente, apropiarse de mí y colocarme en un exhibidor, en una vitrina o en un álbum.

Mucha gente se encadena con lo que represento -simple dinero-, mientras yo, paradójicamente, soy libre, ando en todos los ambientes, con buenos y malos, más allá de creencias, razas y situación económica. No pocos hombres y mujeres me ambicionan, pero no todos me cuidan. Algunos me atesoran; otros, en cambio, me derrochan.

Como yo, existen miles o millones de réplicas. Soy una moneda, una simple aleación acuñada con cierto valor, respaldada en cada época con el criterio que los dueños del poder económico y político dan al dinero.

Por mí, y eso me duele, millones de personas, en el mundo, son capaces de sepultar o traicionar su amor, sus valores, su alegría, sus sentimientos nobles, sus convicciones, su salud, su familia, sus ideales, sus pensamientos y todo lo bello, sublime y grandioso de la vida.

Creen que la riqueza material enlaza a la felicidad, y es así como consagran los días de sus existencias a acumular dinero, a arrebatar bienes, a intoxicarse con la ambición desmedida, e incluso hay quienes matan, roban, engañan y violan a otros en su afán de enriquecerse.

Tristemente, en las horas y los minutos postreros de sus existencias, descubren que si el dinero y la riqueza somos legítimos, solamente representamos un medio para vivir dignamente, satisfacer necesidades, comprar, planear diversiones, ahorrar e invertir; pero no un fin, y que los verdaderos tesoros se encuentran en las profundidades del ser y se relacionan más con los sentimientos nobles, los ideales, los sueños, los detalles, el bien y la verdad.

Soy ambivalente y, por lo mismo, sirvo para el bien y el mal. Puedo aliviar una necesidad, un dolor, un anhelo, o contribuir a la abundancia y hasta salvar una vida; pero también me es factible corromper y causar mucho daño. Realmente me comporto con indiferencia. No elijo el camino. Quienes toman las decisiones, finalmente, son aquellos que me poseen. Ellos son responsables del bien o del mal que derraman.

Un día, con todo el poder que represento en unión con otros billetes y monedas similares a mí, perderé vigencia y las autoridades financieras me retirarán de circulación, y quizá hasta me fundirán y me destinarán a la chatarra, o tendré otro semblante dentro de la numismática. Antes de ingresar al horno de fundición, pensaré, quizá, que por mí la gente protagonizó millones de historias buenas y malas.

¿Un consejo? ¿Qué puede aconsejar el dinero? Me concretaré a explicar que la vida humana es breve y que la verdadera riqueza yace en el interior de cada hombre y mujer. Si el dinero, la fortuna y los bienes materiales somos legítimos, servimos para generar bienestar, anhelos y necesidades, aliviar dolores y cumplir proyectos, ilusiones y sueños, independientemente de construir progreso; pero no representamos el fin de la existencia, el eje de la vida, porque quienes basan su felicidad y su porvenir en nosotros, ausentes de proyectos humanos, respaldados en el amor y la nobleza de sentimientos, por el hecho de poseer riqueza y gozar las cosas superficialmente y con egoísmo, nunca serán felices y destinarán sus días a acumular algo que no se llevarán al morir.

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