Ingenuidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cansados de sí mismos, entre barrotes que los separan de su interior, muchos hombres y mujeres, en el planeta, anhelan y pretenden salir a las calles no con el propósito de sonreír a otros seres humanos, y menos con la idea de vivir plenamente, sino con el objetivo de consumir y que la gente que conocen -familiares, amigos, vecinos, compañeros- los miren en las tiendas de lujo, en los restaurantes, en los gimnasios, tras gruesos cristales que ahora exhiben a las personas igual que muñecos de aparador, porque lamentablemente aprendieron a ser maniquíes de temporada, con bromas, sentimientos, conversaciones, ideas y acciones desechables, ligeras y de moda, dictados por los dueños del poder a través de la televisión, las redes sociales y otros medios. Incapaces de convivir en familia -esquema ya roto, adulterado y pisoteado-, no pocos seres humanos -en femenino y en masculino-suspiran, en el encierro, por las reuniones en bares y cantinas, en posadas de unas horas, en tertulias interminables y sin sentido, similares a los colores amontonados y a las notas musicales discordantes acaso porque las minúsculas, sus hijos, les cansan, los fastidian, y les parece, en consecuencia, más grato disfrutar la compañía de otras personas que convivir y participar con quienes llevan su sangre. Tan distraídos están, que ni siquiera notan que el mundo, en diversas regiones, avanza hacia el odio racial, el totalitarismo y la violencia, con algunos personajes que se sienten elegidos -los nuevos mesías de la hora contemporánea- y pronostican calamidades globales, informan y prometen soluciones, con el control absoluto de las situaciones, como acontece ahora, tras la puerta y las ventanas, en época del coronavirus creado y dispersado perversamente con cierta intencionalidad. Previo a este mal que la élite poderosa intenta convertir en pandemia con el objetivo de justificar y llevar a cabo sus planes, se les hizo sentir a millones de personas, a nivel internacional, que son basura, escoria de la creación, y así se les ha enseñado a sentir, pensar y actuar. En un lapso breve, les presentaron, uno tras otro, daños ocasionados por el plástico en los océanos, erupciones volcánicas, incendios en el Amazonas y en Australia, deshielo en los polos, contaminación, proximidad de asteroides, animales en peligro de extinción, ruidos extraños en el ambiente y hasta aparición de abejas, y ahora se les domestica y se les prepara para un nuevo orden mundial. Ingenuamente, creí que tras la primera etapa de aislamiento, muchos aprovecharíamos la oportunidad para reencontrarnos con nosotros y nuestras familias, valorar lo que somos y tenemos, diferenciar los sentimientos, los ideales y los pensamientos de las apariencias y las superficialidades y decidir, finalmente, una vida auténtica, libre y plena. Tristemente, al andar por las calles, en los espacios públicos, en los jardines colectivos, en las plazas, descubro que, efectivamente, algunas personas tomaron la decisión de crecer y trascender; pero la mayoría continúa obstinada en sus asuntos baladíes, sus apetitos, su estulticia, su ambición desmedida, su egoísmo, su superficialidad, su ignorancia y su agresividad. Y no se trata de cambiar a la humanidad de acuerdo con las convicciones que uno tiene, sino de despertar, sentir y reaccionar, con transformaciones reales y sustanciales que generen armonía, respeto, tolerancia, libertad, paz, bien, justicia y dignidad. Creí, torpemente, que seríamos hermanos o, al menos, amigables y buenos; pero miro a una colectividad ansiosa de lucirse, consumir y dedicar los días de sus existencias a esas cosas insignificantes, superficiales e intrascendentes que, acumuladas, arrebatan la vida y la opción de ser felices y plenos.

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La ruta que sigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Retiro bloques de piedra y materiales de las fronteras y los muros que encuentro en el camino y los acomodo, pacientemente, con la idea de construir puentes que sorteen abismos profundos, desfiladeros de apariencia insalvable, y que acerquen a parajes bellos y cautivantes, donde los rostros sean orquídeas y helechos amigables y sonrientes. Trato de dejar huellas y señales cuando descubro rutas seguras, con la intención de que otros, los que vienen atrás, las sigan y transiten alegres y confiados, igual que hermanos. Me hace muy feliz convidar mis viandas a los pájaros y a las ardillas que esperan mi paso, a los niños que juegan y a los ancianos que relatan las mismas historias. Intento convencer a otros, a los que me siguen y a los que se quedan, que la dirección más esplendorosa es la que conduce a destinos de amor, bien, verdad, respeto, nobleza de sentimientos, ideales, dignidad, justicia, sueños, ilusiones, actos positivos, armonía, paz y libertad. Reconozco que la existencia plantea que cada ser humano -mujer y hombre- se pruebe y se mida en diferentes circunstancias, para así evolucionar o precipitarse; sin embargo, mi intención es, al paso de los días, construir albergues que enseñen a dar de sí, plantar árboles y sembrar plantas que expresen el milagro de la vida, alumbrar durante las noches más oscuras, regalar amor y sonrisas donde todo parece estéril, marcar el sentido de la felicidad, sepultar el mal y las tristezas que deforman y hieren mortalmente a la gente, volver a ser hermanos y parte de un todo que palpita sin tregua, más allá de distancias, tiempo y rasgos, y se siente en uno, en lo que está en el interior y se encuentra afuera, porque solamente de esa manera es posible abrir la puerta y regresar a la morada, donde fluye una corriente etérea que envuelve en una gasa infinita.

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Herramientas anticuadas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si uno descubre que una persona fabrica o repara algo con herramientas de hace un siglo o mayor antigüedad, de inmediato surge la idea de que su raciocinio es precario, le faltan creatividad e iniciativa, es conformista y mediocre, vive en alguna región aislada de la civilización o definitivamente carece de medios económicos para acceder a equipo y maquinaria acordes a la hora contemporánea. En temas actuales y prácticos, ese hombre o mujer estaría desfasado, fuera de la época, atrapado en una realidad primaria que lo hará incompetente para crecer, desarrollarse, competir, aportar y evolucionar. Y si tal individuo, como todos los de su aldea, ignorara los renglones de la ciencia y la tecnología, y existiera, además, una frontera, un muro, entre él y el conocimiento, y tuviera en sus manos armas poderosas, quizá aportadas por mercenarios a cambio de sus riquezas naturales y minerales, el asombro, la preocupación y el riesgo serían mayores. Por increíble que parezca, amplio porcentaje de seres humanos, pertenecientes a la generación del minuto actual, aún se encuentran en escalas primarias. Su nivel de conciencia, sus mecanismos de aprendizaje, su solidaridad a los demás, sus sistemas de enseñanza, sus sentimientos, sus compromisos y sus responsabilidades, su pensamiento, su educación, su ética y sus conductas se encuentran estancados y tienen más parentesco, según parece, con apetitos, reacciones e impulsos primitivos. Y todos los días somos testigos de la denigración humana en el mundo, en los hogares, en las escuelas, en los centros laborales, en las calles, en los espacios públicos, donde los más fuertes y poderosos aplastan y destruyen a los débiles. La deshumanización no solamente es un barniz que deforma los rostros y los maquilla con falsedad; es un martillo y un cincel que esculpen el perfil de la gente, personas que no aportan y sí, en cambio, tienen capacidad de aniquilar y consumir con voracidad. Hay tanto odio y violencia, como superficialidad, estupidez, egoísmo, apetitos fugaces y ambición desmedida. Millones de hombres y mujeres, en nuestros días, creen que los sentimientos nobles, la verdad, los ideales, la justicia y los valores son modas añejas, basura que estorba para vivir y gozar. Alguien, con pretensiones ambiciosas y perversas de aplicar ciertos planes, de acuerdo con la ley de la gradualidad, les regaló la idea de la inmediatez y la vida carente de sentido y valor. Todo es desechable y ligero, ausente de compromiso y responsabilidad. La mayoría desea flores, pero es incapaz de conocer las hojas y el tallo, y formarse con el conocimiento y la experiencia que dejan las heridas de las espinas. Parecemos, en consecuencia, el salvaje que utiliza herramientas y utensilios de hace mil años y mata a quienes encuentra a su paso, seres humanos, animales o plantas. Hoy, en el tercer milenio de nuestra era, la ciencia y la tecnología ofrecen grandes adelantos que son desproporcionados a los niveles de conciencia, sentimientos, valores, conductas y pensamientos humanos. La televisión es la nodriza de innumerables generaciones. Entró a las casas, se apoderó de los corazones y las mentes, y su plan gradual ha funcionado. Denigra. Se ha encargado de criticar, mofarse y ridiculizar a las familias, el bien, la verdad, los sentimientos y la capacidad de raciocinio, a cambio de difundir, en amplio porcentaje, estupideces, violencia, hipocresía, superficialidades, falsedad y devoción a las formas, a los vicios, a los apetitos, al afán de poseer sin sentido. Se ha dedicado a normalizar el mal, las infidelidades, el odio, la corrupción, los vicios, la mentira. El internet, en tanto, es ambivalente, tiene dos caras; pero la condición humana, tan poco evolucionada, prefiere, en amplio porcentaje, lo burdo y pasajero. Solo hay que salir de viaje, a cualquier hora, por las rutas cibernéticas y las redes sociales para comprobar, una vez más, el nivel evolutivo en que muchos nos encontramos. Algo acontece en los hogares, en la academia, en los centros laborales, en todas partes, que se siente una terrible ausencia de sentimientos nobles, conciencia, madurez, inteligencia, bien, verdad, justicia, ideales, sueños, dignidad, actos grandiosos y libertad. ¿Dónde estamos? ¿Qué hicimos de nosotros? ´¿A qué hora nos perdimos y renunciamos a lo que era tan nuestro? ¿No acaso estamos trabajando con ciencia y tecnología sorprendentes, en un estado de barbarie, con más reacciones negativas que aportaciones positivas? ¿A qué hora ocuparemos el sitio que nos corresponde?

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Comenzar a vivir

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando todos te cierren las puertas y las ventanas por no coincidir con sus sentimientos, ideas, apetitos, costumbres, sueños e intereses, y sientas desolación y tristeza, asoma a tu interior y descubre la luz que irradia en tu alma, en tu esencia, donde se encuentran el principio y la fórmula de la inmortalidad. Entonces, comenzarás a vivir.

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¿Salvador de la humanidad?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Inquieta, preocupa y enoja que un hombre, por ser uno de los más acaudalados del mundo, aparezca con rasgos histriónicos ante un auditorio ignorante y masificado que lo cree vidente, científico y humanista. Ante el temor y la pasividad de millones de personas y el silencio de la comunidad científica -atemorizada, oculta, mezquina, cómplice, mercenaria, debilitada o amenazada-, este hombre se ha convertido, arbitrariamente, en especialista del coronavirus, al grado de que cualquier declaración que haga, es considerada verdad absoluta, como si se tratara de una eminencia en el tema. ¿Tal poder da el dinero acumulado y multiplicado? La ciencia, como el arte, requieren que uno les dedique toda la vida, y aún así el tiempo no es suficiente para alcanzar la plenitud y la maestría. ¿Cómo es posible, entonces, que un hombre se atreva a pronosticar y hablar de un tema tan delicado, perteneciente a la ciencia, igual que lo haría el más reconocido de los especialistas? Sin duda, posee una fortuna que le permite comprar la información, lo cual no es sinónimo, para nada, de sapiencia. El hombre predice, anuncia y habla. Ha seducido a millones de seres humanos que permanecen callados, sumisos, temerosos. Tanto vacío, superficialidad y estulticia humana le han entregado la licencia para que vaticine, hable como el más brillante de los científicos y genere confianza global. Si tiene capacidad de pronosticar las desgracias mundiales y posteriormente aconseja y ofrece soluciones, es porque tiene acceso a información privilegiada y restringida, y habría que investigar, en consecuencia, los objetivos que persigue. ¿Qué hemos hecho de nosotros? ¿Dónde estamos? ¿Nos sentimos tan rotos que, confundidos, en muletas y ciegos, somos tan conformistas que recogemos los pedazos hediondos que creemos nuestros? ¿Cómo es posible que un hombre aparezca como salvador de la humanidad? ¿A qué hora nos convertimos en la Caperucita Roja y permitimos que el otro individuo, el lobo feroz, aceche nuestras vidas? Si uno está equivocado en la interpretación de los signos y este magnate demuestra que, efectivamente, tiene como prioridad el rescate de la humanidad, entonces su nombre quedará grabado en la historia. Admiro la capacidad de la gente que dedica los días y los años de sus existencias a un proyecto especial y consigue la grandeza en lo espiritual, lo intelectual o lo material. Son personas que definen sus proyectos de vida y plantean retos, conquistas, y logran trascender en el arte, la ciencia, el pensamiento, los negocios, los deportes o cualquier otra disciplina humana. En ese sentido, este hombre, Bill Gates, tiene mi reconocimiento por su visión para convertirse en uno de los hombres más acaudalados del planeta y poseer tanta influencia entre millones de seres humanos; sin embargo, me encantaría comprobar que mis argumentos son infundados cuando pienso que algo extraño y preocupante existe detrás de quien predice acontecimientos perjudiciales para millones de personas en el mundo, habla como si fuera científico y ofrece opiniones y respuestas orientadas a resolver el problema masivo. Ojalá me equivoque.

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¿Y si hoy cambiamos el mundo?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si hoy cambiamos el mundo? ¿Y si, al amanecer, sonreímos amablemente y saludamos a la gente que coincida en nuestros caminos? ¿Y si al despertar, sentir las caricias de la vida y percibir las fragancias de la naturaleza, agradecemos un día más y, contagiados de alegría y emoción, plantamos un árbol, sembramos plantas y admiramos la policromía de las flores? ¿Y si retornamos a la inocencia perdida? ¿Y si abrimos paréntesis con la idea de dar lo mejor de nosotros a quienes más lo necesitan? ¿Y si entendemos que la riqueza material, encadenada y presa tras barrotes y celdas, es pútrida si carece de proyecto humanitario? ¿Y si aprendemos que los sentimientos, las cosas, las palabras, los pensamientos y las acciones no solo son de uno, sino para el bien que se pueda hacer a los demás? ¿Y si llegamos a la orilla, al final del camino, no con los dedos de las manos repletos de anillos de brillantes y oro, sino desgarrados por haber salvado a otros de morir en el fango, rescatar a aquellos que estaban atorados en pantanos y alumbrar a los que permanecían extraviados en parajes oscuros? ¿Y si multiplicamos las tareas nobles? ¿Y si somos buenos? ¿Y si sepultamos la envidia, el odio, la soberbia, el miedo, la falsedad, el enojo, la ambición desmedida, el mal y las superficialidades? ¿Y si rescatamos la verdad, el bien y la justicia? ¿Y si nos atrevemos a volar libres y plenos? ¿Y si, por fin, reconocemos que el principio de la inmortalidad se encuentra en nosotros y en la luz que irradiemos y no en la oscuridad que proyectemos?

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Te escribo en otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te escribo en otoño, cuando hay tanta hoja acumulada y dispersa en el bosque, el jardín y el parque, cual alfombra amarilla, dorada, naranja, rosada y rojiza que invita a correr, jugar, reír, saltar y rodar contigo en el suelo, hasta descubrir nuestros cuerpos y rostros cubiertos de la textura de los árboles. Te escribo en otoño, antes de los días invernales, con la idea de que prepares tu equipaje y permanezcas conmigo, al lado de la chimenea, con una taza de café o de té, cada uno, y un canasto pletórico de recuerdos y otro vacío, a la espera de la siguiente primavera y el próximo verano, con nuestros planes, sueños e ilusiones. Te escribo en otoño, cuando agoniza el año y hemos dejado la infancia y aprendido, olvidado, ganado y perdido tanto. Te escribo en otoño, estación en la que muchos lloran al creer que sus romances quedaron desolados, como los pasajeros que empequeñecen y se desvanecen al alejarse los furgones. Te escribo en otoño, fiel a ti y a mí, en el minuto en que coloco el amor del primer día en la hora presente y en los años que están por venir, para continuar con la misma emoción y tender un puente a la inmortalidad. Te escribo en otoño, una mañana, una tarde o una noche -qué importa, después de todo, la hora-, para que sepas que eres mi musa, a pesar de que el ferrocarril en que viajamos casi ha descarrilado por la historia y la realidad de nuestro tiempo. Te escribo en otoño una carta, un poema, un texto, las letras que dibujo y pinto con mis sentimientos e ideas, con este amor tan mío que por ti se convierte en un delirio, en una pasión, en un ministerio. Te escribo en otoño y mis palabras quedan cual testimonio de que también te amo entre las ráfagas de aire que arrancan hojas y flores y rasgan nubes. Te escribo en otoño, cuando por la ventana de mi buhardilla me visitan las fragancias de tu perfume que el viento dispersa. Te escribo en otoño, cuando poseemos tanta historia y aún faltan los capítulos más bellos y prodigiosos. Te escribo en otoño, cuando mis poemas y textos retratan la locura de este amor.

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Caricias de otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cada hoja otoñal es una página con cierta historia que el viento lee y arranca una tarde de nubes rasgadas. Cada nube es un filamento, un sueño que el aire arrastra y desvanece, ya deshilachado, entre el cielo y la tierra. Cada pétalo es un romance, una ilusión, un poema, un recuerdo que suspira mientras las ráfagas otoñales lo dispersan y lo arrastran en remolinos, acompañado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que las pisadas desbaratan al pasar distraídas. Cada beso y caricia otoñal son un rasguño que anticipa la presencia del invierno en la otra estación. Cada golpe que el aire de otoño da al portón y a los ventanales, es el anuncio de que se acerca a casa, a la vida, y que las horas, en el mundo, se agotan.

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Los incompletos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Somos agua y tierra, cáscara y semilla, nube y lluvia, bien y mal, luz y sombra, vida y muerte, temporalidad e infinito, barro y esencia. Durante nuestra jornada terrena, no hemos aprendido a conciliar los opuestos ni a equilibrar, separar y complementarnos, de tal manera que deambulamos en muletas, en pedazos, enojados e inconformes, mutilados, ausentes de nosotros. Creemos, con frecuencia, que somos las figuras reflejadas en los estanques, en los espejos, en los retratos, y así andamos, envueltos en fantasías y maquillajes que inventamos con el objetivo de presentarnos ante los demás con un disfraz, otro y muchos más; algunas veces, en cambio, permanecemos desnudos al suponer que pertenecemos a un gajo y no a todo el fruto. Parecemos ignorantes de nuestra identidad. Olvidamos que porciones nuestras se encuentran implícitas a la realidad mundana, a la inmediatez, y otras, al contrario, son el principio, el cielo -no el concebido por los seres humanos, sino algo superior, un plano de luz-, el infinito, el hogar. Mientras hombres y mujeres continúen deshilvanados, irreconciliables con sus formas y esencias, fuera de sí, se arrastrarán y se sentirán confundidos en el extravío. Quienes entiendan el mensaje que transmite la vida, entre sus voces y sus pausas, comenzarán a descubrir las huellas y la ruta a la fórmula de la inmortalidad, y sus días en el mundo, previos a su paso a otro plano, resultarán un paseo esplendoroso e inolvidable. Somos arcilla, nube, tierra, noche y tiempo, y también, no lo olvidemos, agua, cielo, día, infinito y alma.

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Una ecuación

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Por causas naturales, con frecuencia hay un dolor al nacer y otro al morir; pero no se trata del anticipo de una existencia infeliz ni de la despedida infausta al abordar el último furgón y abandonar la estación. La vida, en el mundo, es, parece, una ecuación con repetidos e incontables sí y no, multiformes y policromados, que se presentan repentinamente o que la gente, en el lapso de su caminata, propicia, y que, por lo mismo, es preciso equilibrar con la idea de que el resultado sea favorable. Quienes suman y multiplican bien, alegría, amor, sentimientos nobles, conocimiento, justicia, pensamientos positivos, libertad, sueños y detalles, ya se encuentran en un jardín bello, cautivante y supremo, aunque a veces haya espinas; aquellos que, al contrario, son títeres de apetitos, debilidades y maldad, se encontrarán entre cardos y plantas amargas y venenosas, a pesar de que se crean y sientan dueños del paraíso. Hombres y mujeres construyen la historia de sus instantes, minutos, horas, días y años. Esculpen y pintan sus rostros cotidianamente y definen las rutas de su destino. No es que la vida sea injusta. Es que cada uno diseña y construye sus sueños, sus realidades, sus capítulos, sus ascensos, sus tropiezos, sus conquistas, sus fracasos. Al final, cuando desciende el telón de la existencia, cada ser humano descubre si actuó dignamente y con libertad, auténtico y pleno, o si fue marioneta de sus caprichos, egoísmos y fechorías. Cada momento significa la oportunidad de anotar signos en el pentagrama, elementos que formarán parte de una sinfonía magistral y suprema o de un concierto discordante y pobre. Los aplausos o el rechazo, en el teatro, reconocerán o desaprobarán al actor; pero el mayor premio será, indudablemente, la satisfacción de haber probado una vida dedicada al bien, a la búsqueda de la verdad, al cultivo de detalles y sentimientos nobles, al pensamiento positivo, a la justicia, a la libertad plena, al trabajo productivo.

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