El juego de los opuestos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mundo, en sus expresiones, es dual: vida-muerte, inicio-final, día-noche. masculino-femenino, rumor-silencio, luz-oscuridad, arriba-abajo, mayúscula-minúscula. Se trata, innegablemente, de uno y otro, distintos entre sí, que se complementan y parecen inseparables dentro de un proceso natural, principio que si la humanidad comprendiera, tendría oportunidad de hacer de su estancia terrena un paseo con mayor encanto, armonía y equilibrio, más allá de las condiciones que toda persona experimenta en temas de salud, alimentación, estado de ánimo, genética, creencias y posición socioeconómica. La dualidad es un tema complejo, digno de estudio, análisis y reflexión; no obstante, aquellos que ostentan el poder global y, por lo mismo, corrompen y manipulan gobiernos, medios de comunicación, economías y sistemas educativos y de salud, tienen el proyecto, como parte de un plan maestro y perverso, de desgarrar a los seres humanos, fraccionarlos, debilitarlos y enfrentarlos por sus diferencias, hasta romperlos y ejercer control absoluto sobre ellos y apoderarse de las riquezas del planeta. Una de sus estrategias, aplicadas gradualmente durante años, se basa, precisamente, en crear opuestos en las personas, de tal manera que, por sus diferencias, se consideren adversarios y se fracturen. Lo han conseguido. Hoy presenciamos el escenario terrible. Millones de personas, distraídas y enajenadas en asuntos baladíes, estulticia y superficialidades, consintieron irresponsablemente, desde hace décadas, que la televisión los suplantara en el hogar, en las escuelas y en todas partes, hasta convertirla en nodriza de incontables generaciones con sentimientos, conductas y pensamientos repetidos, incapaces de hacer algo grandioso, y no me refiero a las enormes e hirientes fortunas que acumulan personajes como gobernantes y políticos corruptos, sino a esos detalles que, acumulados, marcan la diferencia entre la esencia y la arcilla. La gente, sometida a las páginas cibernéticas y a las redes sociales mal utilizadas -desde luego, con cierta intencionalidad-, está vacía e incompleta, atorada en hilos que alguien maneja en el circo de marionetas, mientras otros, sus cómplices, alteran la temperatura con la idea tramposa de generar calor e incrementar el consumo de bebidas. Al mirar a nuestro alrededor, notamos con asombro y mortificación la discordia y el odio que cotidianamente se registran en hogares, escuelas, centros laborales y espacios públicos, donde rivalizan padres e hijos, maestros y alumnos, gobernantes y sociedad, patrones y empleados, jóvenes y viejos, pobres y ricos, académicos y analfabetos, élite y multitudes. Son enemigos entre sí. No están dispuestos a escuchar ni a tolerar. Unos y otros, por ser diferentes, se hieren y destrozan. Ignoran que las coincidencias fortalecen y las diferencias, en tanto, enriquecen a las personas cuando saben vivir en armonía, con paz y respeto. La sociedad ha permitido que otros, no más inteligentes, pero sí con mayor astucia y crueldad, la enfermen. Ahora, hombres y mujeres coexisten incómodos, totalmente vacíos, lastimados y, obviamente, atrapados en ideas estúpidas e insanas. Los rostros negativos de la humanidad -maldad, crimen, robo, violencia, odio, deshonestidad, violación, engaño, ambición desmedida, infidelidad- fueron normalizados paulatinamente por televisión, primero, y actualmente, a través de ciertas páginas y las redes sociales, mientras el semblante positivo, con sus valores y sentimientos, fue pisoteado, envejecido y ridiculizado, acción que ya registra consecuencias en la sociedad enferma, ignorante, primaria y mutilada que hoy vemos atrás, enfrente, a los lados, en todas partes. Nunca se ha sabido que la montaña, por rozar su cima con las nubes y mirar el paisaje desde la altura, aplaste a las flores, los ríos, los árboles y los seres que coexisten en hondonadas, barrancos y llanuras; tampoco existen noticias de que el día pelee con la noche ni que el minuto presente desee apropiarse del lapso que corresponde a su relevo, y menos que las gotas de agua, al llover, seleccionen a los seres que han de refrescar. Todo, en la naturaleza, tiene un orden y un sentido. El caos inicia cuando alguien rompe la armonía y el equilibrio. A la gente se le hace creer que la dualidad es el juego de los opuestos y que, en consecuencia, resulta perentorio enfrentarse entre sí, destruir los principios que la sostienen y atacarse, en el coliseo que replican en sus casas, escuelas, oficinas, talleres, empresas, centros laborales y espacios públicos. La dialéctica de los opuestos ha propiciado que millones de hombres y mujeres, en el planeta, sean los gladiadores de los anfiteatros contemporáneos, donde el ambiente pútrido enferma y mata.

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