Mujeres de siempre: Olivia Kroth, escritora y periodista — Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Alan Revueltas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga “Yo diría a las mujeres: sé tú misma. No te dejes definir por otros. No aceptes juicios negativos sobre tu personalidad; de todos modos son prejuicios injustificados. Si los hombres te humillan, están tratando de ser autoritarios y superiores. Si las mujeres te menosprecian, sucederá principalmente por envidia. Tienes algo que […]

Mujeres de siempre: Olivia Kroth, escritora y periodista — Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Felices e inolvidables fiestas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mis familiares, amigos, lectores y seguidores, les deseo felices e inolvidables fiestas decembrinas. Agradezco y valoro mucho su atención e interés en mis publicaciones, las cuales escribo con pasión de artista y les comparto con gusto. Gracias por estar presentes y ser parte de mi historia. Les deseo lo mejor de la vida. Merecemos ser felices. Es justo hacer un paréntesis en nuestras actividades cotidianas con la intención de convivir en familia, enriquecer nuestros capítulos existenciales y compartir momentos irrepetibles y bellos. Los invito a hacer el milagro del amor, la paz, el respeto, la armonía y los sentimientos nobles. De nosotros depende, en gran porcentaje, matizar el planeta con los colores de la vida. Traigamos un pedazo de cielo a este mundo Reciban un abrazo y un saludo con todo mi afecto, gratitud y amistad.

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Marionetas ciegas y sordas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ahora que volteo a los lados, atrás y adelante, y descubro pueblos y naciones sometidos al capricho y a los intereses de sus legisladores, políticos y gobernantes, me pregunto en qué momento las sociedades conceden tantos privilegios a una minoría corrupta, ociosa, cruel e injusta. La clase gobernante, en tales lugares, suele convertirse en un grupúsculo que domina a millones de personas, desde campesinos, estudiantes, obreros y amas de casa, hasta profesionistas, empleados, intelectuales, académicos, artistas y empresarios, a quienes pisotea a través de la policía y el ejército, dos corporaciones monstruosas que se han vuelto no defensoras de los países y sus habitantes, sino sus carceleros y represores. Gradualmente, distraen a la población, la masifican y la transforman en número de serie para así manipular los escenarios y controlarla. La tendencia global se orienta a la unificación de los seres humanos con el objetivo de idiotizarlos, someterlos y apoderarse de las riquezas del planeta. Quien no lo crea, que se fije en las conductas, los hábitos, las bromas, las conversaciones y los pensamientos e ideales de millones de personas. Son iguales. Únicamente cambian los estilos. Los pueblos aceptaron, voluntariamente, las humillaciones, la explotación y el yugo. Tales políticos cuentan con el respaldo de medios de comunicación masiva, instituciones y líderes mezquinos, perversos y mercenarios, quienes, a la vez, siguen las reglas de una élite mundial que dicta las reglas del juego, siempre con trampa. Cuando uno intenta sacudir a la gente, hacerle entender el rumbo erróneo que llevamos como individuos y sociedad, resaltar los signos que delatan los planes sucios y crueles, muchos hombres y mujeres reaccionan con desprecio y prefieren mirar sus programas de televisión -madre de tantas generaciones a las que ha masificado y barnizado con los tintes de la estulticia, la superficialidad y la ausencia de valores nobles-, hablar sandeces, consumir, desechar y satisfacer apetitos pasajeros. La mayor parte de la gente asegura no disponer de tiempo para hablar sobre temas tan delicados y preocupantes, pero sí para moverse de acuerdo con los hilos que manejan los titiriteros. Triste realidad: las sociedades entregan el privilegio de gobernar a quienes se supone deberían servirles con honestidad, compromiso, responsabilidad, hechos y trabajo, y, contrariamente, se apoderan de los recursos públicos para enriquecerse, ejercen control absoluto e invierten los papeles al convertir a las personas en marionetas ciegas y sordas, ausentes de sí, vacías de todo, a las que manejan en el teatro que les han fabricado, haciéndoles creer que hoy pertenecen a la generación de la libertad y las oportunidades históricas.

Alegres y bellas fiestas decembrinas a todos mis amigos, seguidores y lectores. Gracias por estar presentes.

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Y me quedé

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y me quedé aquella noche, cuando me descubrí retratado en tu mirada. Supe, entonces, que había encontrado la ruta a mi destino, y ya no fui a la estación del ferrocarril en busca de un asiento en el furgón, ni tampoco al muelle, donde, cuentan, acuden quienes lloran y suspiran, mientras la luna, nostálgica y con sonrisa de columpio, les recuerda antiguos idilios. Agradecí a mi equipaje la compañía de muchos años. Mi fiel acompañante, en verdad. Conservaba, adheridas, las etiquetas de tantas aduanas; pero también, calladamente, nuestros secretos y el aroma de mis perfumes cuando los derramaba, Tendría que olvidar los recorridos nocturnos de una ciudad a otra y en cada pueblo, donde te busqué incontables veces. Entendí que en ti tendría un tú con mucho de mí. Me quedé. Renuncié a mi caminata. Me despedí de mi mochila de trotamundos. Y aquí estoy, contigo, en nuestras vidas y en los sueños, en las mañanas y en las tardes, en las noches y en las madrugadas, tan parecidos al oleaje y a la arena de la playa cuando, libres y plenos, se besan en la aurora y en el ocaso. Aún con aroma a fogatas en medio del bosque de abetos, estaciones y trenes, puertos, tormentas, pueblos, chimeneas y posadas, me quedé y tengo para ti, en cada detalle, una flor, un poema, una sonrisa. Decidí quedarme, acaso sin sospechar que la locura de este amor me empujaría al crisol de las letras, al abecedario, a los sentimientos, a las ideas, con el objetivo de escribir para ti con polvo de estrellas, como lo hacemos los artistas cuando enamoramos de alguien. Dije, al renunciar a otros caminos y destinos, que cubriría los minutos y los días de tu existencia con pétalos de flores, y aquí permanezco, fiel y dichoso por la oportunidad de saberte la musa de mi amor y mis poemas. Al asomar a tu mirada, alguien en ti -tú- me llamó por mi nombre, acarició mi rostro y prometió, a mi lado, jugar y reír, cantar y bailar, saltar y correr, hablar y callar. Ahora sé que cuando uno y otro más, un tú y un yo, coinciden en un rincón del mundo, a cierta hora y en alguna fecha, ya tienen un pedazo de cielo.

A todos mis amigos, contactos, lectores y seguidores, les deseo felices e inolvidables fiestas navideñas. Cuídense mucho, por favor. Y gracias por estar presentes,

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Cualquier día

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una mañana, al despertar, al retornar de los sueños, o una noche, antes de dormir, alguien asoma al espejo y descubre su aspecto, los ojos tristes y apagados que miran, sorprendidos, el cabello encanecido, la piel arrugada y ausente de lozanía, presagio de un final no tan distante, Los años transcurrieron implacables, casi imperceptibles, hasta cincelar y pintar el rostro con los tonos otoñales o de invierno. El hombre o la mujer, ante su imagen, totalmente irreconocible, se descubre por primera vez, acaso sin sospechar que ya los años desdibujan la estabilidad de su organismo, probablemente envuelto en los temores que surgen al comprobar, en uno, la caducidad de la existencia, la improbabilidad de un porvenir grandioso, o quizá acosado por una, otra y muchas dudas, o tal vez por todo y nada o por la angustia de definir las siluetas, el pulso y las sombras de la hora postrera. Si tal persona se encuentra inmersa en lo baladí y lo superficial, llorará, sufrirá y de inmediato tomará la decisión de rejuvenecer artificialmente, esconder su edad e incluso adquirir ropa diseñada para otras estaciones; pero si ha evolucionado y, por lo mismo, asimilado las lecciones, entenderá que si la apariencia física, como el arreglo, es importante, más lo es hacer un paréntesis para efectuar un balance y reconstruirse, enmendar el mal y seguir y aplicar el bien, perdonar a los demás y a sí mismo, sonreír, amar y siempre, a pesar de todo, desbordar lo mejor para bien suyo y de la gente que le rodea y encuentra a su alrededor. Nunca es tarde, en verdad, mientras exista la posibilidad de comenzar de nuevo. Los días de la existencia son tan breves, por increíble que parezca, que escapan de un instante a otro, entre un suspiro y alguno más que ya no llega. Y no se trata, como actualmente lo inculcan quienes suelen invitar a la gente, a las multitudes, a derrochar los años de la existencia en conductas aberrantes y de desecho, en estupideces y superficialidades. Hoy, al voltear a nuestro alrededor, notamos que las sociedades, en el mundo, incluyen a pobres y acaudalados, profesionistas y analfabetos, en un juego perverso, demasiado tramposo, en el que se comportan igual, casi con las mismas tendencias, irracionalmente, a excepción de los estilos que implican las posibilidades económicas. Alguien, con poder e influencia en el mundo, desde hace tiempo, acorde con sus planes crueles, los ha aplicado gradualmente y con cierta intencionalidad, y así regaló a gran parte de la humanidad la idea de que la vida es una y hay que vivirla irresponsablemente, para lo que volvió a las multitudes en consumidoras de lo desechable, en criaturas de plástico, en hombres y mujeres de apariencias, en muñecos que el titiritero controla de acuerdo con sus intereses y caprichos, en seres humanos de uso rápido igual que cualquier producto que se come y se arroja su envoltura a la calle o al basurero, en personas egoístas y ausentes de sí, transformadas en más arcilla que en esencia. Desequilibraron a millones de personas que hoy transitan confundidas, atrapadas en apetitos que se tiran una vez que son satisfechos. Y desde hace años, las generaciones de la hora presente -jóvenes, adultos de edad madura y ancianos- creen que el suyo es el período más pleno dentro de la historia y la trayectoria de la humanidad, seguramente sin percibir que alguien abrió los corrales con el objetivo de que todos, agotados por la miseria de otros días, consuman, se endeuden, pierdan sus valores y se desboquen enloquecidos, hasta precipitarse al abismo, vacíos y miserables. El cabello encanecido, las arrugas y la mirada cansada, deben estimular otra clase de vida. Son válidos la apariencia personal, el arreglo y la buena presencia, en la medida de lo posible; sin embargo, si alguien desea trascender y, en consecuencia, ser pleno, feliz, auténtico, digno y libre, debe buscarse a sí mismo, no en los reflejos de los aparadores, sino en su interior, donde reposan incalculables riquezas. La gente joven que suele criticar, burlarse y odiar a los ancianos y que alguna vez, a cierta hora, en una fecha no lejana, si acaso sus días se alargan con salud, llegarán a tal edad, están a tiempo de enmendar el camino y ser personas inolvidables, grandiosas e irrepetibles. Y quienes hoy, al despertar, o antes de dormir y entregarse a los sueños, descubrieron que el tiempo y la vida tallaron los primeros jeroglíficos de su paso, sin duda tienen oportunidad de descender en alguna estación y buscar un destino con verdadero sentido existencial. Nunca es tarde para cambiar y evolucionar, aunque se trate del último día en la vida.

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Y así se va la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y así se va la vida, igual que las hojas que caen en otoño y el sol al morir la tarde y nacer la noche, entre un suspiro y otro. Y así huye la vida, como los minutos al convertirse en horas y los días que se transforman en años, mientras la gente ríe y llora e inventa su historia pasajera. Y así se desvanece la vida, al multiplicarse la edad, al disfrutar el paseo terreno o al pasar inadvertido. Y así escapa la vida, mientras la gente habla, produce, da, sueña, ama o pelea, discute, arrebata, odia y destruye. Y así se diluye la vida, cual poema que alguna vez, enamorado, uno pronuncia con emoción, y luego, casi de inmediato, al volverse el hoy un mañana incierto, solo escucha los ecos que se propagan entre las ruinas. Y así se esfuma la vida, entre la obsesión de disfrazar el envejecimiento con maquillajes de juventud y olvidar disfrutarla cada instante, con sus luces y sombras. Y así se fuga la vida, con su sí y su no, en reflectores, apariencias, superficialidades y cosas baladíes. Y así se marcha la vida, igual que un pasajero sin equipaje ni compañía, en la estación desolada del ferrocarril, ausente de abrazos y despedidas. Y así se apaga la vida, con aplausos o en silencio, con risas o con llanto, en la salud o en la enfermedad. Y así se desvanece la vida, al dejar huellas indelebles y retirar las piedras y las enramadas del camino, en la construcción de senderos y en el tendido de puentes. Y así se despide la vida, sin avisar, desdeñando fortunas, celebridad, nombres y apellidos. Y así se va la vida, lo mismo para los que hacen el bien que para los que permanecen atrapados en las celdas del mal, cada uno con su luz o con su oscuridad, rumbo a otros planos. Y así escapa la vida, casi sin darnos cuenta. Y así se traslada la vida a otras fronteras, indiferente, silenciosa, sin interesarle si uno evolucionó y fue virtuoso e hizo el bien, o si se desmoronó e idolatró los fantasmas de su maldad, estulticia, ambición desmedida y superficialidad. Y así se va la vida, tirando en el camino nombres y apellidos, fortunas, títulos académicos, fama, apetitos fugaces, razas, creencias y hasta retratos con dedicatorias, que se pierden en el naufragio de la desmemoria. Y así, al marcharse la vida, anuncia, una y otra vez, que es breve e irrepetible, hermosa para quienes la abrazan y entienden, inolvidable para quienes aman, construyen, dan lo mejor de sí y sonríen. Y así se va la vida.

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Los “sin mascarilla”

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Irracionales, necios, irresponsables, cínicos, desafiantes e irrespetuosos, pertenecen a una casta recién formada. Se encuentran aquí y allá, en todas partes, igual que microbios que pululan en un ambiente pútrido. Los descubre uno en automóviles, transporte público, ascensores, escaleras eléctricas, salas de espera, cines, plazas comerciales, cantinas, restaurantes y espacios públicos. Se trata de una clase social recién surgida que aglutina a hombres y mujeres de todas edades -niños, adolescentes, jóvenes, adultos en edad madura, ancianos-, diferentes creencias y razas, distintos niveles económicos -alto, medio y bajo- y lo mismo con un título universitario que con estudios inconclusos. Son los “sin mascarillas”. Se han convertido, al paso de los días, las semanas y los meses, en seres humanos deleznables. Más allá de la trampa perversa del Coronavirus, las vacunas y el ambiente mundial enrarecido artificialmente, es innegable que la enfermedad afecta a las personas, las rompe, las mata. Se requieren, por lo mismo, acciones y medidas sanitarias perentorias, que eviten o, al menos, contrarresten ese tipo de contagios. Esta gente, los “sin mascarillas”, es prófuga de la sensibilidad, el respeto, la inteligencia y el sentido común. Se han transformado en la escoria de las sociedades, en el mundo, y parece que, gradualmente, provocan enojo en la gente que se cuida y protege. Son productos desechables, escombros, cifras y estadísticas de una sociedad de consumo, ligera, artificial y vacía. Son los parias de nuestros días, aunque muchos tengan dinero y preparación académica. En cierto grado, muchos de los contagios vienen de ellos. Ante la complicidad, en algunos casos, y la pasividad, en otros, de los gobiernos, en ciertas regiones del mundo, parece que será la gente, la sociedad organizada, quien emprenda manifestaciones severas de rechazo contra la nueva generación de jóvenes, adultos y ancianos que, por diferentes motivos, rehúsan utilizar mascarillas y seguir protocolos de higiene y seguridad, con los consecuentes problemas, conflictos y fracturas que acentuarán el odio y la violencia. ¿No resultaría más prudente que las autoridades sancionaran con energía a los “sin mascarilla” y a los que irresponsablemente andan desbocados y contribuyen a multiplicar la gravedad que propicia el Coronavirus? Merecen escarmientos fuertes. La necedad, el capricho, la ignorancia, el desafío y la estupidez no pueden, en ningún caso, permanecer encima del respeto, la salud colectiva, la razón y la vida.

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Pedazo de cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De un pedazo de cielo, se compone un poema y se escribe una historia o una canción; también se pinta un lienzo y se arrancan notas al violín, al arpa, al clarinete y al piano. De un trozo de paraíso, aparecen el amor y las ilusiones, los sueños y la vida. De un fragmento de edén, desprendo tu nombre, contemplo tu mirada de niña ocurrente y traviesa y descubro el amor. Una fracción de cielo, eres tú cuando me amas, son tus palabras dulces al pronunciarlas, es tu nombre al unirse al mío. Un pedazo de cielo, lo incluyen las letras al escribir el poema, y se le salva, así, de perderse en el naufragio de la desmemoria. Un trozo de paraíso, es perdurable mientras se transforme en un amor de esos que no se olvidan, en el detalle de cada momento, en ilusiones y realidades. que solo disfrutan los seres privilegiados. Una porción de vergel, es el refugio que tú y yo, al amarnos, descubrimos en nosotros por tener mucho de uno y de otro y compartir una historia. Un destello edénico, únicamente lo miran quienes se enamoran un día y muchos más, incluidas las noches y las madrugadas con sus horas desiertas o en sus instantes de concierto. Un pedazo de cielo eres tú, al amarme, al reír, al abrazarme, al sentirte yo y saberme con mucho de ti. Y un amor que se compone de piezas de cielo y de mundo, no muere nunca porque se le construye con la esencia y la arcilla que hay en uno, y comparte, por lo mismo, la temporalidad y el infinito. Un trozo de paraíso, insisto, lo traen tu mirada y su sonrisa al amarme. Lo descubro en tu nombre al fundirse en el mío.

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La otra mascarilla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tristemente, hoy queda demostrada la fragilidad humana. La miseria, atada a los barrotes de la ignorancia, facilita la enajenación, el control absoluto, la manipulación, el engaño, la masificación, la más cruel de las explotaciones; aunque es común, en la hora contemporánea, igualmente, mirar el paso de reclusos con formación académica, presos con fortunas incalculables, prisioneros que tienen privilegios materiales, todos ellos enflaquecidos, débiles y temerosos. Todos son iguales. La única diferencia, parece, es la posición socioeconómica con sus estilos. Desmaquillados, lucen irreconocibles y desmejorados. Parece, de improviso, que las naciones y las personas construyeron apariencias e imágenes, fantasías y sueños, cimientos endebles, fronteras absurdas, mundos flotantes, más que bases sólidas, puentes y realidades. Hoy, a unos días del ocaso de 2020 y de la aurora de 2021, una parte significativa de hombres y mujeres, en el mundo -en unas naciones más que en otras-, demuestran su estado primario, su falta de evolución, que barnizaron engañosamente con maquillajes artificiales. Si apenas ayer ocultaron sus apetitos, debilidades y mediocridad, junto con su individualismo, su falta de compromiso, su carencia de valores y su confusión existencial, y los sepultaron bajo el asfalto, el plástico y el concreto que tanto los emocionó, ahora esconden sus rostros de alegría, sus expresiones y su sonrisa tras mascarillas que significan algo más que protegerse de un virus mortal, suelto y desbocado por los dueños del circo. Muchos se creyeron -y así lo presumieron- totalmente poderosos por el hecho de poseer cuentas bancarias, automóviles, negocios y fincas, o por viajar y hospedarse en sitios paradisíacos y de lujo -por cierto, arruinados y deformados en su entorno natural por la ambición desmedida-, y ahora, en medio de acontecimientos inauditos y mortales como el Coronavirus que, más allá de las teorías y pruebas de conspiración por parte de una élite perversa, demuestran su pobreza y ausencia de sentido existencial. La gente se engañó a sí misma. Construyó palacios sobre terrenos fangosos que ahora se hunden irremediablemente. Ante las pruebas, hasta ahora las más complejas de las generaciones del minuto presente, incontables personas de todas edades demuestran lo que son en realidad, y mientras permanecen encarcelados en sus estilos absurdos y estúpidos de vivir, salen desesperados a las calles, a los espacios públicos, a los restaurantes, a los centros y a las plazas comerciales, a cualquier lugar, despreocupados e irresponsables de las aglomeraciones y sus fatales consecuencia, carentes de respeto a sí mismos y a los demás, tan artificiales como antes, agresivos e inhumanos. La estulticia, el odio, la violencia, el egoísmo, la deshumanización y el mal se acentúan entre un amanecer y un anochecer. Casi todos huyen del silencio interior, de los paréntesis que a veces impone de la vida, y prefieren, en consecuencia, liberarse de sí mismos y salir a las calles, a los aparadores, donde los miren los demás, con mascarillas que esconden sus rasgos, de las que pronto se desharán, aunque la luz y su voz interior continúen amordazadas. Incapaces de convivir en familia y fortalecer sus relaciones, prefieren la estridencia y los reflectores de los espacios públicos. Aunque un día, quizá, la humanidad supere la etapa actual de caos y muerte, continuará bloqueada con la mascarilla que voluntariamente se ha colocado al reprimir sus sentimientos nobles, creatividad, inteligencia, sueños e ideales.

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Hoy, las flores amanecieron más contentas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy, las flores amanecieron más contentas y sus colores parecen menos tristes que ayer. Platiqué con las orquídeas, los tulipanes, las gerberas y las rosas, en el jardín, con la idea de compartirles un secreto que mis letras, cuando en las noches las acaricio y convierto en arte, conocen desde hace tiempo. Entienden que un día y muchos más, a cierta hora, he prometido cubrir tu existencia con sus pétalos fragantes y de intensa policromía. Ya saben, a partir de esta mañana, que deseo que su textura fina sea alfombra en los caminos que recorras. También invité a los claveles, dalias, lirios, margaritas, narcisos, hortensias y crisantemos, y lo mejor de todo es que aceptaron destilar sus aromas, plasmar sus matices y dispersar sus pétalos en alegrías y detalles, en pedazos de cielo e ilusiones, en realidades y sueños, en un día feliz y tantos más plenos e inolvidables. Hoy, las flores del jardín y de los bosques, forman parte de la historia que tú y yo protagonizamos cada día. Prometieron, y sé que cumplirán, perfumar tus días, maquillarlos con los colores que traen en su memoria y recuerdan paraísos bellos y prodigiosos. Y a las flores se sumaron, también, las gotas de lluvia, las ráfagas de aire y las hojas de los árboles. Hoy, con ayuda de la naturaleza, he firmado un pacto y ya tengo, por lo mismo, el poema más cautivante y hermoso, el lienzo sublime, el concierto magistral, el cielo y el mundo, las nubes y el mar, mis letras y tu mirada. Hoy, mis letras ya no permanecerán solitarias en las páginas desiertas de mi libreta. Tendrán la compañía de la lluvia que desliza en tu rostro, en tus manos, en tu piel; del viento que juega, incesante, con tu cabello; del sol que alumbra tu mirada de niña bonita; de la luna, con su sonrisa de columpio, que te invita a mecerte conmigo todas las noches; de las estrellas que se cuentan por millones y quieren alumbrar tu camino al paraíso; de los copos de nieve que se extienden en el bosque, en los parques, con el objetivo de que patines y cumplas tu anhelo de la infancia; de las flores que desprenderán sus pétalos con la intención de regalarte cada día la belleza e inocencia de sus colores, el deleite de sus perfumes y la delicadeza de su textura, hasta unirse a los rumores y silencios de nuestras almas al abrazarnos, en detalles, en sueños que ilusionan y realidades que emocionan. Hoy, simplemente, es lo que te ofrezco.

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