En busca de un poema

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Cómo escribir el más cautivante y bello de los textos y un poema admirable, encantador y asombroso, si no es desde la profundidad y el silencio del alma -en el cielo inimaginable-, donde el artista, entregado a su delirio e inspiración, navega inagotable y recoge letras, palabras, signos? ¿De qué manera se construyen los textos, las obras literarias, la poesía, si no es impregnando en cada pétalo la fragancia de los sentimientos y las ideas, hasta emular un jardín como los del paraíso? ¿A qué hora escribe el artista, si no es raptando instantes al reloj, deleitando a las manecillas con cantos y narraciones e invitando al tiempo a ser cómplice en el arduo y maravilloso proceso de la creación? ¿En qué momento escribe el artista, si no es en las horas y los días de su existencia, mientras las primaveras cantan y pintan los escenarios de colores, los veranos regalan las gotas diáfanas de sus tempestades, los otoños deshojan los árboles y decoran las alfombras de la naturaleza seca y los inviernos ornamentan de blanco los abetos y los techos? ¿Existe otra fórmula más eficiente, al componer un texto, un verso, que limpiar la casa, deshojar los capítulos de superficialidad y arrojarlos a la basura, con el objetivo de sustituirlos por un ambiente de bien y entrega a lo sublime? ¿Cómo traer hasta el cuaderno, la libreta o el equipo, las letras, los signos, las palabras, si no se es capaz de escalar y conquistar las escarpas y las cumbres, descender a abismos insondables, trazar rutas a cielos inconmensurables y a mundos insospechados y tender puentes a sueños y realidades? Los ladrones, tan acostumbrados a raptar obras literarias -nombres hay muchos, disfrazados en la celebridad y ocultos en el anonimato-, construyen, al entregarse a su rapiña, los barrotes y las celdas donde finalmente permanecerán encerrados, mientras aquellos que han enloquecido por lo baladí, las luces artificiales de los aparadores y la locura de las apariencias, y no equilibran su esencia y su arcilla y olvidan el bien y la verdad, desdeñan el encanto y la magia de viajar, por medio de las letras y las palabras, hasta los mares, la lluvia y la morada de Dios. Renuncian a su encuentro consigo. ¿Cómo escribe el novelista?, ¿cómo el poeta?. ¿cómo el artista? Algo hay de cielo y mundo en él, en ella, que va y viene con sus letras, con sus obras, con la intención de construir bancas, fuentes, calzadas con jardines, miradores, torres y palacios que ofrezcan un paréntesis a los caminantes con la finalidad de que recuerden que las estrellas, los granos de arena, los pétalos de las flores, las hojas de los árboles, los helechos y las gotas de los ríos y las cascadas son pedazos de historias y poesía, trozos del infinito, igual que ellos y todo lo que palpita en su interior y afuera. Es una invitación a regresar a casa, al alma, sin olvidar la vida en el mundo.

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