Unos y otros, en las playas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Unos llegan a las playas, los fines de semana o en vacaciones, y se apoderan de piscinas, restaurantes, escenarios naturales, bares y diversiones, acostumbrados a consumir y a desechar, a la inmediatez, a lo superficial, en una competencia sin tregua que se registra en las grandes ciudades, en los pueblos enormes, en los días de la hora contemporánea, sin importar embestir a los demás, contaminar o provocar daños. Olvidan renunciar a sus rutinas cotidianas por un rato y cargan en los equipajes sus apetitos insaciables, su voracidad, su ambición desmedida y sus costumbres insanas. Son numerosos quienes así actúan. Lo único que distingue a unos y a otros son el poder adquisitivo y el estilo; sin embargo, finalmente actúan igual, como muñecos de aparador interesados en saciar sus apetitos y en depredar. Se les acusa de contaminar los océanos y hasta de ser responsables de la acumulación de millones de toneladas de basura y plástico en el fondo marino. La gente educada y con mayor conciencia, observa, impotente, las conductas que denigran a los seres humanos y atentan contra el planeta y la vida. Otros, una minoría con poder económico capaz de manipular y corromper a autoridades, líderes, medios de comunicación masivos, legisladores, jueces e instituciones públicas y privadas, se apoderan de territorios o compran a precios ínfimos, bajo amenazas a sus propietarios originales, esteros y reservas naturales, precisamente con la intención de construir hoteles lujosos, condominios elegantes, clubes hípicos, residencias, campos de golf, casinos e infraestructura para una clase social poderosa. A los primeros les llaman basura y se les responsabiliza, incluso, del deterioro del ambiente a nivel global -uno de los temas preferidos de las grandes élites-, mientras a los segundos se les respeta como inversionistas generadores de empleos y riqueza, y nadie denuncia los grados de destrucción que hacen de selvas, lagunas y espacios naturales. Parece que vacacionar en las playas de diversos países, en el mundo, significa asistir al deprimente y funesto espectáculo de la raza humana, unos contaminando por medio de envases, bolsas, pañales desechables, latas y desperdicios orgánicos e inorgánicos, y otros, en cambio, deforestando, sustituyendo los paisajes de la naturaleza con concreto y cubriendo los poros de la tierra, con el exterminio de especies irrecuperables dentro de la fauna y la flora. Magnates y políticos se apoderan de las riquezas naturales en ciertas regiones del mundo, las mutilan, les arrebatan su autenticidad y encanto, y construyen paraísos terrenos que contribuyen a acelerar el deterioro global. Es legítimo aspirar a la elegancia, a la comodidad; pero no a cambio de empobrecer a los habitantes de un paraje ni a atentar contra el ambiente y la ecología, y menos autodefinirse salvadores de la humanidad e interesados en combatir el deterioro natural. ¿Cuándo entenderemos que es imposible destrozar el mundo y construir islotes con palacios amurallados? La belleza y la majestuosidad de las playas y de los escenarios naturales, no son propiedad exclusiva de un club de multimillonarios que creen que pueden comprar hasta la vida con su dinero y poder; el mundo es para todos y sus espacios paradisíacos deben destinarse al bien, progreso y deleite de la humanidad.

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