Cierre de negocios y afectación a la economía, a las inversiones y a los empleos, con grandes riesgos sociales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

México ocupa uno de los peores sitios, a nivel mundial, en cuanto a implementación de estrategias y acciones orientadas a enfrentar los contagios relacionados con el coronavirus. Desde el inicio de la enfermedad, autoridades y sociedad prefirieron desviar irresponsablemente su atención en asuntos baladíes, estúpidos y superficiales, que en reunirse en torno a un asunto de interés público y emergente, de tal manera que abrieron la puerta a la enfermedad y la muerte.

Ante la falta de compromiso e interés en resolver un problema de sanidad mundial, autoridades y legisladores, en toda la geografía nacional, han actuado conforme se presentan los acontecimientos, unas veces consintiendo el desorden, las aglomeraciones y el descuido, y otras, en tanto, con diferentes ocurrencias que, definitivamente, no contribuirán a eliminar contagios ni solucionarán la situación y sí, en cambio, significarán descontento social, quiebra de empresas, pérdida de empleos, mayores índices de delincuencia y caos, como ordenar el cierre parcial o total de establecimientos comerciales, de servicios e industriales.

En una nación donde los diferentes gobiernos han saqueado las riquezas y, de paso, desmantelado los sistemas de salud y seguridad, con gran cantidad de medios de comunicación más dedicados a la complicidad y a la vocación de mercenarios que a la labor de informar y orientar, y con una población que en todos sus niveles ha perdido educación, valores y cultura -aunque aleguen que cursaron la universidad y exhiban títulos con maestrías y doctorados-, muy proclive a la violencia, distraída en programas de televisión que idiotizan y en el encanto cibernético que utilizan ociosamente, a las autoridades les parece fácil tomar la decisión de ordenar el cierre de empresas, bajo la amenaza de clausurarlas e incluso sancionarlas.

Todos sabemos que el coronavirus fue creado en laboratorios y dispersado estratégicamente en diferentes regiones del mundo para su propagación inmediata, y que no cederá mientras los laboratorios no comercialicen satisfactoriamente sus miles de millones de vacunas. Necesitan muchos fallecidos para justificar la venta millonaria de vacunas, a pesar de la aparición de nuevas manifestaciones en la enfermedad. Esa información nadie la ignora.

El hecho de ordenar el cierre parcial o total de negocios, en cualquier zona del país, representa perjuicios mayores, entre los que destacan los siguientes: contracción de las actividades financieras, de servicios, comerciales e industriales, con los consecuentes riesgos de quiebra y pérdida de innumerables empleos y las inmediatas expresiones de inseguridad y efervescencia social; aglomeraciones excesivas de consumidores en mercados, tiendas y centros comerciales durante los días permitidos a las compras, lo que en los hechos contradice la intención de evitar multitudes; propiciamiento de la informalidad y del mercado negro; desolación en las calles y mayores riesgos de delincuencia; peligro constante para los giros indispensables, como farmacias, que pueden ser asaltado por quienes aprovechen el encierro de la gente.

La solución no es reprimir las actividades económicas con el gran peligro social. Gobernantes y legisladores, en todo el país, deben olvidar la comodidad de sus ingresos y sus rivalidades políticas, convocar a auténticas reuniones con todos los sectores sociales y analizar la situación nacional, llegar a acuerdos y tomar decisiones inteligentes, con castigos severos para aquellos que violen las disposiciones.

Es absurdo ordenar el cierre parcial o total de la economía y que la gente, en tanto, se reúna en alguna casa, celebre aniversarios, acuda a comidas. Eso debe supervisarse. La gente no se protege, es sucia, juega a la simulación con los protocolos sanitarios. Es algo que debe revisarse. Mucha de la gente joven, despreciativa y totalmente ensoberbecida, desdeña las indicaciones oficiales y desafía el peligro, mientras viejos ignorantes tratan de demostrar que son fuertes, vigorosos, y desatienden las medidas. Eso hay que vigilarlo. La gente sale en estampida y se concentra, irresponsablemente, en los espacios públicos, en las plazas comerciales, en las calles, en los bares, y eso hay que evitarlo en esta época. Muchas de las costumbres individuales y colectivas -en esto no importan los niveles económicos y educativos- son demasiado primarias, totalmente rebasadas por la lógica, y eso afecta a toda la nación. Es preciso efectuar un trabajo minucioso, un análisis serio, con la idea de responder a las necesidades emergentes de la hora contemporánea; pero no será, definitivamente, paralizando las actividades económicas con los consecuentes riesgos sociales.

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