Las rutas del silencio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una noche desolada y silenciosa, repetida y monótona como las anteriores, navego hacia mí, en un océano de profundidad insondable, tras noches de tempestad, bruma y frecuentes naufragios, con la idea de visitarme y, una vez conmigo, recorrer los recintos de la casa, hasta llegar a la hendidura que conduce al punto de encuentro, al agua etérea, al todo, al paraíso, donde el bien y el mal son energía que se transforma indistintamente y se expresa de acuerdo con los niveles de vibración de cada buscador. Antes de llegar a la morada y sentir, desde el alma, la esencia infinita, el caminante debe renunciar, en sus expediciones, a cualquier distracción artificial, y enfrentar, con sinceridad y valentía, los ambientes enrarecidos, las criaturas deformes y los monstruos terribles que aparecen durante el camino. Son las máscaras con que encubrimos nuestras deshonestidades y mentiras, las crueldades que cometemos, la ayuda que negamos, las simulaciones con que coexistimos. Es todo el mal que sembramos a nuestro paso y germina en el interior, en los sótanos y mazmorras de cada persona, como si las semillas germinaran y se multiplicaran con cardos venenosos. No todos los viajeros resisten las jornadas intensas, y es el motivo, en consecuencia, de que necesitan compañía, luces artificiales, estridencia, consumir y desechar. Evitan los encuentros consigo. Temen andar por las orillas, a un lado de desfiladeros y pantanos con reptiles, monstruos que aparecen repentinamente, entre varas y telarañas, y los asuntan, a pesar de ser ellos. Rehúsan ingresar a la galería de sus simulacros y vergüenzas. Solo aquellos que se atreven a enfrentarse a sí mismos, en la desolación, tienen el privilegio de atravesar pantanos y llegar a la otra orilla, donde inicia el resplandor de cielos y paraísos cautivantes y excelsos, hasta volverse inmortales. Se trata, en cierto sentido, del cielo y el infierno. Cada uno, en su ensimismamiento, descubre lo que busca: el místico, el bien y la receta de la inmortalidad; el artista sensible, las letras, la música, la pintura, las formas; el científico, las fórmulas; el perverso, el tirano, las estrategias para conseguir resultados en sus fines mezquinos. Innumerables artistas y científicos, sin sospecharlo, entran por ciertos portales naturales, hasta sumergirse en las profundidades del océano infinito, acaso por sus períodos de ensimismamiento y silencio que a otros, acostumbrados a la producción en serie, a la inmediatez, a consumir y desechar, les parecen desagradables y matizados de tal monotonía, que ni siquiera intentan acercarse a su interior. Desean tesoros, pero no se atreven a viajar en sí mismos. Quien conoce la ruta, sabe, en verdad, distinguir el bien del mal, la luz y la oscuridad, y no ignora, por lo mismo, las consecuencias de su elección.

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