De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Autor del texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico: Gerardo Torres Calderón

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Prólogo

Cuando mi padre y yo visitamos, por primera vez, la ciudad de Morelia (1), en julio de 1983, pernoctamos en una posada familiar con la idea de recorrer, al siguiente día, el centro histórico con sus palacios de cantera, sus conventos y sus templos virreinales, sus portales típicos, sus balcones románticos, sus jardines prodigiosos con fuentes y bancas de piedra o hierro, sus portones de madera y sus rincones insospechados. Morelia representaba, para nosotros, una tierra desconocida, un paréntesis dentro de nuestras existencias, la posibilidad de iniciar una historia en un terruño.

Aquel año de nuestras existencias, preferimos viajar en autobús de primera clase, lujoso y cómodo, perteneciente a la línea Tres Estrellas de Oro. No existía, entonces, la autopista México-Morelia-Guadalajara, que sería construida más tarde, durante la década de los 90, en el irrepetible siglo XX, lo que implicó que el recorrido de la Ciudad de México, entonces Distrito Federal, a la capital de Michoacán, resultara una aventura extraordinaria e inolvidable, y, sobre todo, porque iba con mi padre, ambos con el plan y la ilusión de elegir un sitio agradable para vivir, y qué mejor que el lugar del que tanto habíamos escuchado comentarios positivos.

Llegamos a la terminal de autobuses de Morelia, en aquel tiempo instalada al norte del centro histórico, frente a la colonia Industrial -el antiguo Paseo de las Lechugas-, y caminamos a esa hora de la noche -cerca de las nueve-, guiados por las respuestas de la gente que, en vez de informarnos el rumbo correcto para llegar hasta la zona donde se encuentran los portales típicos, la catedral, el Palacio de Gobierno y las fincas añejas y señoriales de cantera, nos condujeron hasta el templo colonial de El Carmen, donde coincidimos con incontables familias que celebraban las fiestas patronales del barrio. Era 16 de julio de 1983.

Cada uno con nuestra mochila de trotamundos, decidimos hospedarnos, descansar y explorar la ciudad al siguiente día. Antes de escudriñar los rincones insospechados de la ciudad, entonces apacible y envuelta en un ambiente provinciano, como era México, acordamos desayunar ensalada de frutas, jugo de naranja, café con leche, bizcochos y chilaquiles (2) en un restaurante que operaba en los portales, donde colgaba un letrero con el título El Paraíso, desde el que admiramos, enfrente, la catedral barroca, iniciada en 1660 y concluida hasta 1744, y escuchamos, arrobados, los tañidos de los campanarios vetustos del centro moreliano y el concierto de los pájaros que se reunían en los árboles de la Plaza de Armas, al recibir las primeras caricias del sol, entre el kiosco, las fuentes y las bancas.

Sonreímos y desayunamos, cautivados por el paisaje soberbio de cantera que parecía ofrecer un mundo mágico. Ambos comentamos que se trataba de un rincón mexicano muy hermoso y tranquilo, adecuado para vivir. Felices e ilusionados, dijimos que hasta estábamos desayunando en El Paraíso, acaso sin imaginar que 37 años después, en 2020, tendría oportunidad de escribir la historia del recinto donde convivimos aquella mañana nebulosa y fría, y no precisamente sobre el restaurante que atendió a tanta gente, sino por las remembranzas y tradiciones de otros días, los de atrás, entre los del siglo XIX y las primeras décadas de la vigésima centuria, que quedaron en sus muros y techos, en su memoria y en su pulso.

Elegimos Morelia. Nos encantó. De forasteros, establecimos la casa en tan hermoso lugar, fundado el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, como Ciudad de Mechuacan, nombre que perduró hasta 1545, cuando fue sustituido por el de Valladolid, y, posteriormente, en 1828, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, héroe de la Independencia que inició en México en 1810, por el de Morelia. Sin antecedentes familiares en esa ciudad, mi padre, mi madre, mis hermanos y yo protagonizamos una historia y fuimos bien recibidos. Desde muy joven me interesé en el pasado, en los otros días del ayer, y de esa manera me involucré, también, en la historia de Morelia, al grado de que mientras escribía mis obras y publicaba mis trabajos periodísticos en diferentes medios de comunicación, me dediqué a la actividad turística y disfruté guiar a los visitantes nacionales y extranjeros por las rutas cautivantes de esa ciudad y del estado de Michoacán.

Al estudiar y conocer la historia moreliana, aprendí que El Paraíso, donde mi padre y yo desayunamos alguna vez, no era el nombre del restaurante. Simplemente, el letrero quedó en el muro de cantera, en los portales, cual náufrago de otras horas, las del siglo XIX y la vigésima centuria, lapso en que El Paraíso, fundado en 1840 por el campanero de la catedral barroca, Marcial Martínez, funcionó en ese lugar con la venta de dulces y una variedad de productos que la negociación elaboraba y comercializaba.

Me interesé en la historia y en la tradición de esa firma dulcera, la de El Paraíso, sobre todo por los recuerdos que el local representaba para mí, al lado de mi padre, y por la trascendencia del sitio; sin embargo, fue hasta 2018 y 2019, cuando al investigar y escribir la historia de la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado y prestamista Ramón Ramírez Núñez, descubrí otros datos e información que me condujeron, obviamente, a la Calle Real y su Museo del Dulce, donde encontré respuestas a mis interrogantes.

Conocí a su propietario, Gerardo Torres Calderón, quien fundó Calle Real como un eslabón de El Paraíso, con toda su historia, sus tradiciones y su experiencia, y con el encanto de insertar el ayer a la hora contemporánea. Entablamos comunicación y de un encuentro y otros más, surgió una amistad que hoy se traduce en un apunte, en un libro breve que reseña la historia de una empresa que inició como un sueño y se convirtió en realidad y símbolo de la dulcería auténtica de Morelia y México.

Gerardo Torres Calderón es un rescatista de la tradición dulcera moreliana y mexicana. Ha dedicado muchos años al estudio y a la investigación del tema, e incluso ha viajado a diferentes países de Europa y a regiones lejanas, en su interés de conocer más. Paralelamente, ha reunido apuntes, libretas y recetarios de dulces, repostería y postres morelianos y mexicanos.

Ahora, al revisar su tarea infatigable, descubro a un ser humano extraordinario que ha consagrado su vida al rescate de la historia y las tradiciones de la dulcería y la repostería de Morelia y México para entregar bocados a quienes aman la calidad y el buen estilo. Ha dejado huella, constancia de su paso, y merece, en consecuencia, un reconocimiento público por su aportación al acervo cultural y gastronómico.

Cuando me desempeñaba como reportero de la fuente económica en periódicos locales como El Sol de Morelia, La Voz de Michoacán, Buen Día, Nuevo Michoacán, Cambio de Michoacán, La Jornada Michoacán y Provincia, entre otros, tuve oportunidad de conocer al padre de Gerardo Torres Calderón -Luis Torres Villicaña-, quien, en su juventud, en 1938, a los 21 años de edad, compró El Paraíso con dinero que con honestidad, valor y firmeza solicitó prestado al empresario reconocido, en aquella época, Máximo Díez.

Luis Torres Villicaña, a quien conocí entre postrimerías de la década de los 80 y la aurora de la de los 90, fue, en el pasado, en 1957, un presidente muy querido de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, ya que aportó mucho a la institución y compró, a base de esfuerzo y talento, la casona que actualmente es sede de esa institución.

Tenía fama de hombre disciplinado y honorable. De él, relataban anécdotas, capítulos e historias interminables quienes tuvieron oportunidad de conocerlo. Mostraba congruencia entre lo que sentía y pensaba con sus actos y palabras. Era, como dicen, hombre de una sola pieza.

Durante mis diálogos y visitas a Gerardo Torres Calderón, en Calle Real, las delicias del chocolate semiamargo y del panqué, las galletas, el pan y los pasteles elaborados con tanto esmero, acompañaron nuestras tertulias, en las que tuve oportunidad de conocer más sobre la empresa y los padres de mi amigo -Luis Torres Villicaña y Soledad Torres Calderón-; además, aumentó mi interés en profundizar en el tema apasionante de la dulcería típica moreliana y mexicana.

Me di cuenta de que él, Gerardo, es un estudioso del tema y lo ha rescatado a través de la adquisición y conservación de recetarios antiguos, fórmulas caseras de hace una centuria o más tiempo, con la noticia de que cada una la ha elaborado personalmente y, en su caso, adecuado a la época contemporánea, desde luego sin perder calidad y originalidad.

Recorrí el Museo del Dulce y la fábrica de la Calle Real, donde cada sala está dedicada a la producción artesanal de piezas que resultan un deleite a los sentidos. Los dulces típicos y la repostería de esa marca no son productos industrializados con colorantes, materias primas y saborizantes artificiales. Cada dulce, pan, chocolate, café y pastel contienen la esencia y el secreto de las mujeres de antaño, cuando las familias disfrutaban sabores y aromas que cautivaban los sentidos.

Como artista y escritor, confieso que me sentí atraído y cautivado por la historia de El Paraíso y su rostro actual reflejado en Calle Real, con la estación intermedia de La Estrella Dorada, y de un documento con la reseña de la firma empresarial, una de las más antiguas de México, caí en la tentación de crear una obra breve y amena, basada en datos, cifras, documentos, fotografías y publicidad reales, paralelamente a la tradición oral, con el interés de contribuir al enriquecimiento y a la conservación de la dulcería moreliana y mexicana.

La aportación documental y oral de Gerardo Torres Calderón, tesoro invaluable al que ha dedicado su vida, resultó útil para la realización de la presente obra. Justo es, creo, que aparezca mi nombre como autor de la obra, pero también incluir el del propietario de Calle Real, cuya información hubiera exigido mucho tiempo de investigación.

Esta obra es pequeña en cuanto a número de páginas. Contiene la historia de un período registrado en 1840, y que, en 2020, fecha de su redacción, marca 180 años de trayectoria de una firma comercial, de servicios e industrial, con la promesa de continuar en el liderazgo de su ramo, más allá del tiempo y del espacio. Es un libro peculiar, una guía, la reseña de una historia real y ejemplar.

Curiosamente, los tres personajes más importantes al frente de esta historia -Ignacio Martínez Maciel, Luis Torres Villicaña y Gerardo Torres Calderón-, iniciaron actividades a los 21 años de edad, y dieron, cada uno en su momento, lo mejor de sí para colocar a la industria dulcera de Morelia en el liderazgo y en el gusto de los paladares más refinados.

Generalmente, el tránsito de una generación a otra y a muchas más, implica, paralelamente, que incontables nombres y apellidos, historias y tradiciones naufraguen en la desmemoria y se pierdan definitivamente; sin embargo, me parece loable rescatar los pedazos de antaño, reunirlos y ofrecer, en un libro diferente, el eco de algo que fue real y dio sentido a lo que hoy somos.

Más allá de la edad, las generaciones del minuto presente transitaremos a la historia por ser las que enfrentamos las adversidades, los desafíos, los obstáculos, los problemas y los retos derivados de conflictos globales y de la sombra que se proyecta sobre la humanidad con el Coronavirus y otros temas preocupantes, en una hora en que la continuidad de un planeta sano está en duda; no obstante, cada uno demostraremos lo que somos capaces de llevar a cabo en nuestras vidas, en lo individual y en lo colectivo, por medio de los sentimientos, las ideas, los actos y las palabras que expresemos y por las huellas que dejemos a nuestro paso.

En este sentido, Gerardo Torres Calderón -el amigo, el empresario, el amante de la historia y las tradiciones- y yo, Santiago Galicia Rojon Serrallonga -el artista, el escritor, el periodista-, optamos por aprovechar estos días con la convicción de que la vida es un suspiro y apenas alcanza para hacer algo bueno, aportar lo mejor de sí y dejar huellas indelebles.

La presente obra incluye, al final, un apartado cuyo título es “Calle Real, un apunte para la historia”, documento menos literario que sintetiza el presente escrito, dirigido a aquellos que les interese el tema y que, por alguna causa, no dispongan de tiempo y opten, en consecuencia, por la lectura rápida.

De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones, es la obra que hoy se suma al compendio de la antigua dulcería moreliana y mexicana, tan celosamente guardada por las mujeres de antaño. Es un libro especial y pequeño, breve en su lectura y profundo e intenso en el devenir de los años.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

La historia

y una distinción

La historia se conoce, protege y conserva por medio de documentos, arquitectura, obras, vestigios y objetos; se recuerda cuando transita, en la memoria colectiva, de una generación a otra; se rescata a través de excavaciones, descubrimientos e investigaciones; y también se inventa, a veces, con la responsabilidad implícita de quienes recurren a tales prácticas, en ocasiones con la idea de rellenar los acontecimientos simples con detalles obvios y así tender puentes que eviten el naufragio, la confusión, el olvido y la mentira, y en determinados casos, en cambio, con el objetivo de desfigurar los hechos y engañar, manipular y controlar. Hay, incluso, quienes la rasguñan, la esconden y la destruyen.

En el caso de El Paraíso, establecimiento fundado en 1840 -año en que fue sustituida la nomenclatura vieja por una que se consideró más adecuada, lo cual implicó que el Ayuntamiento local destinara gran cantidad de dinero en la construcción, transporte y colocación de los azulejos correspondientes- y que es antecedente de La Calle Real, firma actual de la tradición dulcera y pastelera de Morelia, posee historia documentada y oral, coyuntura que la anota en la lista de las empresas que operan con mayor antigüedad en México.

Innegablemente, es la dulcería que actualmente tiene mayor antigüedad en la República Mexicana, rasgo que, junto con otros elementos relevantes, propició que, en 2010, la marca Calle Real recibiera un reconocimiento por el entonces mandatario nacional, Felipe Calderón Hinojosa, dentro de las celebraciones que se llevaron a cabo con motivo del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.

Durante el acto conmemorativo que encabezó el presidente de México, al que asistieron funcionarios públicos, intelectuales, artistas, empresarios, periodistas, académicos y propietarios de las firmas comerciales e industriales más antiguas del país, el director general de Calle Real, Gerardo Torres Calderón, recibió el reconocimiento oficial.

Paralelamente al reconocimiento, le fue entregado el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, lujosamente impreso y encuadernado, que consta de 212 páginas e ilustra con fotografías, documentos y textos los antecedentes de los negocios que han enfrentado y superado las diferentes etapas económicas, sociales y políticas del país, con sus vicisitudes y sus luces y sombras.

Portada del libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas.

En la obra, respaldada por la Secretaría de Economía y ProMéxico, aparece en las páginas 32 y 33, entre los perfiles de un centenar de negocios y bajo el título De la Calle Real, un paraíso que sabe a México, la reseña de tan tradicional empresa. Relata, grosso modo, la trayectoria de la dulcería con mayor cantidad de años de operar en la geografía nacional.

Obtener la distinción del Gobierno Federal y aparecer en el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, implicó que Gerardo Torres Calderón, su familia y su equipo de trabajo reunieran pruebas, documentos, fotografías, anuncios, publicaciones y evidencias correspondientes a distintas épocas, que testimoniaran, efectivamente, los antecedentes y la trayectoria que ha tenido su marca. Resultaba indispensable poseer el respaldo que evidenciara y validara la continuidad del negocio de 1840 al año 2010, fecha en que, como quedó asentado, el mandatario nacional entregó los reconocimientos y los ejemplares del libro a los dueños y representantes de los negocios más antiguos que en esa época operaban en el país.

Hoy, el reconocimiento cuelga orgullosamente en uno de los muros de Calle Real, entre litografías, pinturas y fotografías antiguas; el libro conmemorativo, en tanto, forma parte del acervo cultural y de los archivos y estantes de la firma empresarial.

El principio

Calle Real ofrece fragancias y sabores de historia y tradición centenaria, ausentes de matices artificiales, porque su esencia es genuina y conserva, por lo mismo, las delicias y el encanto de las fórmulas y recetas de antaño, celosamente guardadas por las familias, las cuales transitaron a una e incontables generaciones.

Aquellas familias que poseían cocinas pletóricas de cazuelas, utensilios de madera y vajillas, con estufas de leña, de donde surgían manjares y postres que atraían y enamoraban por sus aromas, sus sabores y sus texturas, se reunían en sus comedores lujosos y, entre conversaciones amenas e interminables, diluían sus horas, sus días, sus años.

Los desayunos, acompañados de chocolate, leche o café con bizcochos y otros platillos, junto con las comidas suculentas y las cenas deliciosas, contaban con algún dulce casero, un pan horneado y, a veces, si la ocasión lo ameritaba, un pastel.

Celosamente, las mujeres, las madres, las hijas, las abuelas, las nietas, las tías, guardaban sus recetarios, libretas en las que un día, alguna tarde o cierta noche, a una hora y otra, anotaban fórmulas gastronómicas, indicaciones para elaborar dulces de leche y frutas naturales, y su contenido solo era conocido por las herederas de tan preciados apuntes.

Así se fue la vida. Transcurrieron los años, las décadas y el paso de una centuria a otra, con rostros y linajes distintos, en épocas cruentas y disímiles que hoy se estudian en los libros, en los colegios, en los documentos resguardados en archivos.

Calle Real posee, en sus archivos y biblioteca, los recetarios con letras que parecen moldes y dibujos artísticos de colecciones y de museos, y son, precisamente, la congregación de sabores que ofrece en sus dulces y postres, en sus bocadillos y pasteles.

En consecuencia, una firma que vende calidad, atención, servicio, experiencia, tradición, buen estilo, aromas, sabores, fórmulas y recetas originales, necesariamente debe agregar los encantos de su historia, rasgos que siempre, aquí y allá, en cualquier estación de la vida, la harán agradable, mágica e irrepetible.

Llama la atención, al ingresar al Museo del Dulce, a la cafetería y a las tiendas de Calle Real, el vestuario del personal, a la moda porfiriana (3). Hombres y mujeres atienden al público y sirven en las mesas, entre litografías, adornos, pinturas y muebles que exhalan suspiros por los muchos instantes del ayer y evocan las décadas del siglo XIX y las primeras de la vigésima centuria.

Uno, al ingresar a la Calle Real y a su museo, ya se siente entre dos épocas, la que le corresponde y la otra, la del pasado, la que pertenece al ayer y a la historia, con sabores y fragancias de antaño al gusto y las necesidades de la gente de la hora contemporánea. Es un estilo de vida y lo llevan consigo quienes disfrutan sus tesoros culinarios.

Calle Real y Museo del Dulce, en Morelia, Michoacán, al centro-occidente de México. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Se abre el libro de la historia

Las páginas amarillentas y empolvadas de la historia se abren, una vez más, con el perfume de otra gente y de horas que cada día parecen muy distantes. Cada hoja quebradiza, exhala el soplo de la tinta y de los recuerdos, hasta transportar al lector a las rutas del ayer, a los otros días, a los de 1840, cuando Marcial Martínez era campanero oficial de la catedral barroca de Morelia, capital del estado de Michoacán, al centro-occidente de México.

La ciudad fue fundada el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, con el nombre de Ciudad de Mechuacan. En 1545, cambió por Valladolid, para más tarde, en 1828, denominarse Morelia, en honor del héroe de la Independencia del país, en 1810, José María Morelos, quien nació en ese lugar.

El tañido de las campanas se sumaba a los de otros templos coloniales que también sonaban y envolvían la pequeña ciudad palaciega en un ambiente provinciano y apacible, a pesar de lo convulsivo que resultaba el siglo XIX, y él, Marcial Martínez, se sabía autor de ese concierto en una y en otra torre, concluida en 1742 la del lado poniente y en 1744 la del oriente, desde donde contemplaba la Calle Real, los portales, las casonas, la campiña y el Paseo de las Lechugas con su zona pantanosa y agreste, al norte.

Imagen antigua de la Catedral barroca de Morelia. Colección: Rosalía Sumano Márquez.

Morelia era ciudad señorial, donde coexistían familias acaudaladas y linajudas de españoles y criollos, establecidas en mansiones de cantera, herraje y madera, localizadas en el centro, y mestizos, indígenas, negros y mulatos, entre otras razas, que habitaban barrios aledaños.

Cuando Marcial jalaba las cuerdas con el objetivo de provocar el tañido de las campanas de bronce que colgaban de vigas macizas de madera, hacía un paréntesis entre una actividad y otra, y de inmediato colocaba sus dulces artesanales en los barandales de piedra, en las torres, en las cúpulas y en las azoteas catedralicias con la idea de que recibieran los abrazos del sol y las caricias del viento, y a eso sabían, a los matices y perfumes de la ciudad rodeada de montañas y campo.

Quizá ignoraba que el autor de quien realizó la traza de la catedral de Valladolid, en 1660, fue el arquitecto italiano Vicenzo Baroccio de la Escayola, quien, finalmente, pasó a llamarse, en ese lugar, Vicente Barroso de la Escayola. Ese hombre se entregó a la obra.

Los indígenas purépechas, que se contaban por miles, tallaban la cantera, arrastraban bloques enormes y pesados, construían muros, aplanaban y cincelaban. Los rumores de las herramientas contra las piedras se mezclaban con los murmullos de los peones que trabajaban en condiciones precarias y cantaban y hablaban en su lengua.

Vicenzo Baroccio de la Escayola murió en la aurora del siglo XVIII, en 1704, y la majestuosa obra quedó inconclusa durante algún tiempo, hasta que surgió otro personaje interesado en terminarla, Pedro de Guedea, quien la continuó hasta 1716. Fue Juan de Medina el hombre que se responsabilizó de concluir la obra catedralicia, junto con las fachadas y las torres. En 1744, la catedral estaba concluida y aparecía hermosa y magistral entre fincas palaciegas.

Antes de 1840, Marcial miraba, desde lo alto, el paso airoso de damas, caballeros y familias elegantes y aristócratas que asistían a la primera misa y a los siguientes oficios, mientras los carruajes y los jinetes transitaban libremente a diversas rutas, hasta que los arrieros y carretoneros irrumpían el paisaje tranquilo, embistiendo y salpicando de agua y lodo a los infortunados que encontraban a su paso y gritando improperios a las bestias de trabajo, cargadas de costales con productos frescos y mercancías que provenían de otras regiones.

Vista antigua de la Calle Real, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Los comerciantes se aglomeraban en los portales y en la plaza, donde realizaban transacciones. Los consumidores se acercaban, preguntaban y regateaban precios. Había mercancía procedente de otras regiones de Michoacán y la Nueva España, y hasta de Europa y China.

De las cocinas, en las fincas con corredores y columnas de piedra, escapaban los perfumes de las fórmulas y las recetas familiares, guardadas sigilosamente, que preparaban las mujeres con mucho amor y orgullo, para posteriormente servir, en las mesas de los comedores, chocolate espumoso, café, pan, rebanadas de algún pastel, fruta y una multiplicidad de platillos.

Hacía apenas 19 años -en 1821- que otro vallisoletano, Agustín de Iturbide y Arámburu, había consumado la Independencia de México que inició en 1810, para coronarse, en 1822, emperador. Apenas ayer, antes del movimiento insurgente, esas calles sintieron el paso de Miguel Hidalgo, llamado padre de la patria, quien era rector del Colegio de San Nicolás, al lado de sus colaboradores y alumnos, muchos de los cuales se sumaron a una causa, en lo que indudablemente fue una de las primeras muestras de nacionalismo, y acudieron, por lo mismo, puntuales y de frente a los abismos del destino y la historia.

Todo estaba tan cerca y lejos, al mismo tiempo, que Marcial, sin duda, recordaba y analizaba su vida y repasaba sus sueños y proyectos, entre los rumores y los silencios de las torres, desde las que escuchaba el órgano magistral del recinto catedralicio. A cierta hora de la mañana, puntual, colocaba sobre las azoteas y los espacios de cantera de la catedral, los ates y los dulces que preparaba en su hogar, al lado de su esposa Benita Maciel, instalado en la parte posterior del señorial monumento religioso, con la idea de que el sol brillante que suele aparecer en el cielo moreliano, mezclado con el viento suave, contribuyera a darles un sabor especial.

Así, Marcial mezcló hábilmente las recetas tradicionales con las caricias y las miradas del viento, el sol y los elementos de la naturaleza, hasta que sus dulces adquirían los perfumes y los sabores de las estaciones y de su terruño moreliano.

Entrada a El Paraíso

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Inicialmente, en la fiesta de los Fieles Difuntos y en otras celebraciones, el matrimonio Martínez Maciel se instalaba a un costado de la catedral, donde vendía sus ates y dulces a las familias que habitaban Morelia y a los comerciantes que llegaban de tierras distantes, quienes disfrutaban su esencia y sus sabores; aunque también le compraban, por antojo o recomendación, algunos personajes y visitantes mexicanos y extranjeros, lo que gradualmente dio prestigio a la familia. La calidad de aquellas recetas conservadas celosamente desde hacía varias generaciones, la amabilidad de Marcial y el buen servicio, lo motivaron a soñar y pensar en el tránsito de un negocio con nombre propio.

Enfrente de la catedral se encontraban los portales con sus mansiones señoriales. El Portal Iturbide -hoy Galeana-, era transitado, como los otros adyacentes, por personas que los convirtieron en centro de sus reuniones, en eje de sus encuentros sociales, en motivo de sus operaciones comerciales y paseos.

Fue en aquel portal donde el consumador de la Independencia y otrora primer emperador de México, Agustín de Iturbide y Arámburu, fusilado en 1824, tuvo su residencia, motivo por el que el sitio fue denominado con su primer apellido. En el Portal Iturbide se encontraba la casa marcada con el número 10, espacio que pronto se convertiría en sede de El Paraíso.

Quizá la influencia religiosa que cotidianamente recibieron Marcial y la familia Martínez Maciel, quienes trabajaban y vivían en la catedral, propició el nombre de la dulcería -El Paraíso-, independientemente de que Morelia parecía, entonces, trozo de cielo, y sus manjares, en tanto, deleite del vergel.

La familia Martínez Maciel acudió con exactitud y de frente a su cita con el destino y fundó, sin sospecharlo, una negociación que daría fama y tradición a la dulcería moreliana y mexicana a través de las décadas, hasta convertirse, en la hora contemporánea, en la empresa más antigua de su género en el país. Ahora es, innegablemente, la dulcería de los siglos XIX, XX y XXI.

El hijo

Ignacio Martínez Maciel

Marcial Martínez trabajó arduamente al lado de su esposa Benita Maciel. Posteriormente, ya con una visión de industrial y comerciante, su hijo Ignacio, quien nació en 1844, aprovechó las recetas que sus padres recibieron de sus antepasados, junto con la experiencia y la trayectoria acumulada, para consolidar el negocio que iniciaron en 1840.

Refiere la historia que Ignacio Martínez Maciel, hijo mayor de Marcial y Benita, aprendió el oficio de comerciante al trabajar, desde los años juveniles de su existencia, en la tienda de Octaviano Ortiz, un abarrotero reconocido en Morelia, quien poseía extenso surtido de mercancía, como lo eran, en aquella época, los negocios que ofrecían de todo a sus clientes.

La familia Martínez Maciel dedicó un día, otro y muchos más a la industrialización casera y a la comercialización de dulces típicos, hasta que Marcial, el campanero oficial de catedral, heredó a su hijo Ignacio sus recetas, sus sueños y su negocio.

Con una visión más empresarial, acaso por la experiencia adquirida en la tienda de abarrotes, Ignacio reestructuró el negocio familiar y, en 1865, a los 21 años de edad, dio un semblante de empresa de prestigio a El Paraíso.

Fortaleció la empresa y multiplicó la variedad de dulces, motivo por el que la tercera generación -nietos del fundador Marcial e hijos del consolidador Ignacio-, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, continuaron con las actividades de la empresa familiar.

En aquellos minutos de la decimonovena centuria, ya en la etapa porfiriana, el Portal Iturbide fue conocido popularmente como “de las dulceras”. Cotidianamente, los fabricantes y comerciantes de dulces típicos se instalaban en el portal. Principalmente, eran mujeres quienes llegaban con los dulces resguardados en carretillas de madera que abrían cuidadosamente y se transformaban en mesas que exponían los productos recién elaborados, obviamente con la competencia de El Paraíso, que entonces era un negocio formal, acreditado y reconocido.

Los fabricantes de dulces aprovechaban la fertilidad del campo michoacano, incomparable productor de fruta e incluso con ingenios de azúcar instalados en algunas regiones. El clima favorecía mucho. Tradicionalmente, desde los minutos virreinales, algunas órdenes religiosas contaban con huertos en sus monasterios y preparaban dulces, pastas y frutas en almíbar, como también las mujeres, en diferentes familias, las elaboraban en sus cocinas.

Un paseo a los otros días

Para tener idea de la Morelia que los autores, hombres de negocios y visitantes conocieron durante el siglo XIX, hay que consultar a Juan de la Torre, autor del Bosquejo histórico y estadístico de estado de Michoacán de Ocampo. Quien recurra a los anales de la historia, descubrirá que, en 1883, año en que llegó el ferrocarril a Morelia, la ciudad estaba dividida en cuatro cuarteles, dos barrios -San Juan y Guadalupe- y 216 manzanas. En 1856 había 30 calles, de las cuales 18 eran laterales y 12 longitudinales, hasta que en 1873 sumaron 99, 55 y 44 en el orden referido. La apertura de la calle de San Agustín se registró en 1856, mientras las de San Francisco, Las Monjas y El Carmen fueron abiertas entre 1859 y 1860. En la segunda mitad del siglo XIX, se distribuían en la ciudad 14 plazas y plazuelas.

Y si el ferrocarril llegó a Morelia el 12 de septiembre de 1883, década y media antes, en 1868, se establecieron en la ciudad algunas de las primeras fábricas. En 1870 se inauguró la primera línea telegráfica de la entidad. En 1888, fue instalado el alumbrado eléctrico en las principales calles de la urbe.

En la década de los 80, en el mismo siglo XIX, Morelia contaba con 103 abogados, 52 sacerdotes, 23 médicos y 22 farmacéuticos; además, el autor citado mencionaba que el consumo de artículos de primera necesidad se calculaba en la matanza, cada mes, de 600 cabezas de ganado vacuno y mil 800 cerdos. Estos últimos eran sacrificados en diversos sitios por no existir un espacio ex profeso. Paralelamente, en la capital de Michoacán se consumían, al mes, alrededor de nueve mil fanegas de maíz, y mil 800 cargas de harina; también se requerían 300 arrobas diarias de leche, entre junio y octubre, y 150 durante la llamada estación de secas. El consumo de arroz, azúcar, camote, frijol, garbanzo y piloncillo, entre otros productos, era considerable y muy difícil de calcular, citaba el autor.

El entorno incluía 21 templos y capillas, tres colegios -el Seminario, el de San Ignacio y el de Infantes-, nueve escuelas públicas -con matrícula para 339 niños y 331 alumnas-, y otra para adultos, dos hospitales -el Civil y el del Corazón de Jesús-, dos hospicios -el de hombres y el de mujeres-, una biblioteca pública, el Monte de Piedad que abrió al público el 22 de marzo de 1881, dos cárceles -la de hombres, en la Alhóndiga, y la de mujeres, a un costado del templo de La Cruz, donde antiguamente funcionó un colegio de niñas-, dos cementerios -el de San Juan y el de Los Urdiales-, dos teatros -el de Ocampo, construido en un terreno que perteneció a la Cofradía de la Sangre de Cristo, ocupado hasta antes de la edificación, entre 1828 y 1829, por varios jacales, y el mal llamado Hipódromo, establecido en un predio que se compró a los agustinos, a un lado de su convento, hecho a base de madera, con cubierta de forma cónica, y destinado más a peleas de gallos que a la dramaturgia-, una plaza de toros -una de las más notables de México, según analistas de la época, circular, totalmente de piedra, con galería y columnas, con capacidad para tres mil personas, establecida en el Barrio de San Juan-, sitios de paseo -Calzada de Guadalupe, en el barrio del mismo nombre, donde se establecieron fincas de familias acaudaladas, con terminación en la Alameda; el Bosque de San Pedro, actualmente conocido como Cuauhtémoc; Las Lechugas, en la llanura de Los Urdiales-, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, junto con 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia, e incluso cuatro para caballos. El inventario incluía el Colegio de San Nicolás y lamentaba la ausencia de escuelas normales a la altura de la época.

La actividad industrial, al inicio de la década de los 80, en el siglo XIX, era incipiente. Entre las fábricas, destacaban la de La Paz, cuyo proyecto fue concebido en 1865 e inaugurado en 1868 por Félix Alva, quien compartió la idea con los hermanos Macouzet y Francisco Grande, los cuales adquirieron la maquinaria correspondiente en Inglaterra, que, a pesar de las vicisitudes de la época, llegó a Morelia y empezó a funcionar el 1º de marzo de 1868. El establecimiento fabril inició con dos mil 500 malacates y 68 telares, con capacidad para producir de mil a mil 100 piezas de manta a la semana, en horarios completos de día y noche, con la ocupación de 180 a 200 trabajadores en cada uno de los dos turnos. La fábrica estimuló el cultivo de algodón y contribuyó a la generación de riqueza.

En 1871, el inagotable Félix Alva emprendió otro proyecto industrial de hilados y tejidos de algodón, que estableció en la plazuela de Guadalupe, en la casa que alguna vez ocupó la Empresa de la Seda. Formó la fábrica con Francisco Grande y Pablo Torres Arroyo. La fábrica inició actividades en octubre de 1873, con mil 800 malacates y 36 telares, que daban empleo a un centenar de operadores.

La otra compañía que se formó con el nombre de Empresa de la Seda, en 1842, se instaló en la finca que ocupaba la fábrica La Unión, a la que se le compró la maquinaria. La escasez de seda provocó la caída del negocio. Al respecto, Luis G. Sámano y Dámaso López conservaron en aquellos días la industria de la seda en la célebre Hacienda de Guadalupe, en Tarímbaro.

Junto con esas industrias, funcionaban las de dulces, cerillos, catres metálicos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera y fideo, entre otras de menor importancia. El autor de la obra, lamentaba que Morelia no fuera ciudad de grandes industrias; aunque reconocía que gran número de familias se dedicaban a la producción de guayabate y otros dulces, giro que estaba adquiriendo prestigio en el país y del cual dependían amplio porcentaje de personas.

Premios mundiales

Los calendarios clásicos

Bajo la conducción de Ignacio Martínez, El Paraíso escaló peldaños de calidad y prestigio social, hasta que, en la época porfiriana, obtuvo diversos premios y reconocimientos locales, nacionales y mundiales, entre los que destacaron, de acuerdo con las menciones inscritas en los calendarios clásicos que la empresa obsequiaba anualmente a sus clientes, los que a continuación se enumeran:

Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días.

Calendario de El Paraíso, 1901. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Indiscutiblemente, los premios y reconocimientos que obtuvo El Paraíso, influyeron de manera determinante en la internacionalización del dulce típico moreliano y mexicano, coyuntura que abrió fronteras y mercados, con nuevas oportunidades de negocios. Los ates y los dulces morelianos llegaron a diferentes mesas, a otra gente, que los probaron, se deleitaron y se enamoraron de sus sabores.

Portada del calendario de El Paraíso, en 1902. Colección: Gerardo Torres Calderón.
Colección: Gerardo Torres Calderon.

Libros

Publicaciones antiguas

El Paraíso fue célebre en México y en el mundo. Su propietario, Ignacio Martínez Maciel, destinó recursos económicos a la difusión del establecimiento, en libros, periódicos y calendarios, documentos que hoy son fuente de consulta y respaldan la existencia del negocio y sus premios obtenidos a nivel local, nacional y mundial.

Anuncio antiguo de El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón

Bajo el título Reseña histórica, estadística y comercial de México y sus estados, editado en 1895, R. O´Farril y Compañía, relataba erróneamente que Morelia “es esencialmente industrial”, cuando la ciudad era comercial, primordialmente, con ausencia de fábricas; aunque no se equivocaba al informar que “se hacen primores en animalitos de pluma copiados del natural; muñecos, juguetes caprichosos, dulces exquisitos de todas clases, siendo verdaderamente una especialidad las conservas y pastas de guayabate, membrillo, durazno, chabacano, etc.; jaleas de todas las frutas y multitud de estas conservas tan renombradas y estimadas en toda la República, y aun en el extranjero, a donde se exportan en gran cantidad”. Citaba, entre “los más ricos importadores que garantizan la legitimidad de las mercancías”, a “D. Ignacio Martínez, que tiene además una excelente dulcería”.

Dos años antes, en 1893, Juan de la Torre, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y autor del libro Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, dio a conocer que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requiere para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”.

Innegablemente, Juan de la Torre se refería, especialmente a El Paraíso, negocio que aparece publicado en una página completa de su obra Historia y descripción del ferrocarril central mexicano, editada en 1888, que difundía “gran dulcería moreliana, establecida en 1860. Única premiada con medalla de primera clase en la Exposición de 1877. Especialidad en los guayabates y demás dulces batidos y cubiertos. Variado surtido de frutas de pasta de almendra, frutas garapiñadas, secas y prensadas. Depósito de aves artificiales de pluma. Excelente chocolate, diversas clases. Primorosas bateas. Legítimo café de Uruapan. Morelia. Portal de Iturbide. Letra Y. Ignacio Martínez”.

En tanto, las páginas del libro Morelia en 1873, su historia, su tipografía y su estadística, escrito por Justo Sierra y publicado en la capital de Michoacán, en la imprenta de Octaviano Ortiz, que se encontraba en Villalongín No. 2, plantean que “de desearse sería que la industria en Morelia estuviese a la altura que reclaman su civilización y especialmente sus necesidades… El trabajo que puede llamarse manual, por el que se producen artefactos en que principalmente se ocupa la clase pobre, apenas puede mencionarse. No hay en Morelia, como en otras poblaciones, una producción especial o un artefacto de ella, porque los tejidos de hilo y lana que en otro tiempo tuvieron algún valor, hoy puede decirse que se hallan en decadencia. Hay, sin embargo, una industria que primero comenzó en las familias, y que a la fecha ha llegado a tener alguna importancia, y es la fabricación de una pasta de dulce llamada guayabate. De ella se hacen algunas exportaciones para México, y es un elemento de subsistencia para muchísimas personas”. Desde luego, entre esa “industria que primero comenzó en las familias”, estaba incluido, por su prestigio, El Paraíso.

Las obras citadas, demuestran que El Paraíso y la dulcería tradicional no solamente estuvieron presentes en los comedores y platillos como deleite de las familias morelianas del siglo XIX, sino se volvieron, con el paso del tiempo, en industria, en medio de vida para incontables personas que se organizaron, promovieron y comercializaron sus productos naturales a distintas regiones de la geografía mexicana.

En una de las páginas del Primer Almanaque Michoacano, publicado por A. Mier en 1882, aparece un anuncio de la empresa: “El Paraíso. Gran Dulcería y chocolatería. Letra Y. Portal de Iturbide. Letra Y. Morelia El dueño de esta acreditada casa, no omite gasto para elaborar con el mayor esmero y limpieza, el magnífico chocolate que expende por mayor y menor, y emplea los mejores cacaos y azúcares. De acuerdo con las principales fábricas de México, se encuentra un abundante y variado surtido de cigarros de Tolú, Brea, Venado, Aztecas, Niña, César, Profeta y legítimos Habanos de la Honradez. Aquí no hay falsificaciones en los artículos que se expenden”.

Y los calendarios y anuncios publicitarios, difundidos en periódicos, entre el ocaso del siglo XIX y la aurora de la vigésima centuria, convertidos ahora en piezas de colección y de museo, dan idea de las especialidades de El Paraíso, como ates, frutas secas y cubiertas, dulces de leche, de almendra y de nuez, piloncillo, confites, garapiñados, caramelos, chocolate de metate, colaciones y pastillas de menta, por citar algunos. Ya en el inicio del siglo XX, El Paraíso contaba con maquinaria.

Durante la administración de tres generaciones de la familia Martínez -principalmente en la de Ignacio Martínez Maciel-, El Paraíso se transformó en una de las empresas dulceras de mayor prestigio en Morelia y México del siglo XIX y los primeros años de la vigésima centuria, e incluso se fortaleció, registró crecimiento, se acopló a la modernidad y sobrevivió a las vicisitudes de una época convulsiva e inestable.

Ya en 1902, en uno de sus calendarios tradicionales, “obsequio de la dulcería”, siempre con diseños especiales, creativos y originales, El Paraíso, en su página de enero, presumía sus reconocimientos y premios internacionales, y anunciaba su “especialidad en artículos propios del ramo, preparados en casa”, junto con su “espléndido surtido de frutas secas: higos, pasas, ciruelas, manzanas, dátiles, chabacanos, peras, duraznos, etc.” Refería, así, que se trataba de “la casa mejor surtida en esta capital”, la de Morelia, y todavía firmaba Ignacio Martínez, quien ese año cumplió 58 de edad.

Al siguiente año, en 1903, según consta en archivos hemerográficos, El Paraíso, empresa que supo aprovechar los medios de comunicación de cada época para difundir la calidad y el surtido de sus dulces y productos, aunados a sus premios y a su antigüedad y tradición, que siempre fue motivo de orgullo para sus propietarios, daba a conocer que “últimamente, con fecha 30 del que acaba de pasar” -mayo-, “se inauguró en la referida casa un elegante salón para familias, en el que se sirven refrescos, pasteles, sodas heladas y otras especialidades”.

Y continúa el texto de la publicación periodística -El Pueblo-, al plantear que “el crédito que en tanto año ha sostenido la casa, la mejora que se le acaba de hacer y la finura de su propietario, Sr. D Ignacio Martínez, para con todos sus parroquianos, son otros tantos motivos para que la casa comercial de que tratamos, se vea constantemente concurrida”.

Para tener idea de lo que significaba este negocio tan prestigioso, habría que viajar, otra vez, hasta las muchas horas del ayer, a las del 19 de febrero de 1910, meses antes del inicio de la Revolución Mexicana, que fue el 20 de noviembre de ese año, cuando el periódico El Pueblo publicó, entre otras noticias, un anuncio enmarcado que informaba: “Gran Dulcería El Paraíso. Participo a mis numerosos consumidores que acabo de recibir, para la presente temporada de cuaresma, un abundante y variado surtido de conservas alimenticias, francesas y españolas: pescado salado, bacalao con o sin espinas, atún en escabeche, por kilos, en latas y al menudeo; chiles jalapeños rellenos. Todos los viernes, camarones, ostiones y huauchinango frescos. Empanadas y pasteles. Completo surtido de vinos españoles y franceses. Ignacio Martínez. Portal Hidalgo 40. Morelia, Michoacán”.

Y si en época de cuaresma, Ignacio Martínez difundía, a través de los medios de comunicación, los productos tradicionales para dicha temporada, también promovía, entre el tránsito de un año a otro, la mercancía que interesaba al público, como lo demuestra un anuncio del periódico El Diario de la Tarde, ejemplar que costaba dos centavos al iniciar 1910: “Gran Dulcería el Paraíso, Portal Iturbide 10. Esta casa participa a sus numerosos consumidores que acaba de recibir en abundancia y variado surtido de juguetes para posadas y año nuevo. Bombones y chocolates. Confeti, serpentinas. Servilletas japonesas. Velitas para pasteles. Almacén de abarrotes extranjeros y del país. Ventas por mayor y menor. Precios sin competencia. Ignacio Martínez. Morelia. Apartado 62. Teléfonos Comerciales, 101. Empresa Telefónica, 100”.

El salón para familias

Cuando Ignacio Martínez Maciel inauguró, en 1903, el grandioso y espectacular salón para familias, pronto fue concurrido por gente de nombre y apellidos, personajes reconocidos en el arte, el pensamiento, las empresas, las profesiones y la política.

Proclives a las modas francesas, los morelianos del porfiriato, como ciertas clases sociales de México, vestían con elegancia y portaban bombines, trajes, vestidos, bastones, abanicos, perfumes, bolsos, paraguas y sombreros con plumas, entre otros accesorios que adquirían, generalmente, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred, fue uno de los almacenes que frecuentaba la sociedad porfiriana de Morelia. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.
Almacén Puerto de Liverpool. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.

Fue el salón de El Paraíso punto de encuentro, eje de los acontecimientos sociales de Morelia, sitio de reunión, espacio para deleitar los sentidos por medio de aromas, sabores y texturas. Convivieron las familias y los amigos, y repentinamente, acompañados por alguien, los enamorados. Allí se establecieron pactos, ceremonias, acuerdos, y hasta se diseñaron proyectos de vida y destinos. El chocolate, los refrescos, la nieve, el café y los pasteles deleitaban a aquellos visitantes que convivían, dialogaban, reían, callaban, entre los rumores y silencios de sus vidas, hasta que un día, el destino y la historia llegaron puntuales a Morelia y a la República Mexicana.

Los días turbulentos

Si en 1903, El Paraíso inauguró su elegante salón familiar en el que se servían sodas heladas, pasteles, refrescos y otras especialidades de la casa, según lo hizo constar el diario La Libertad, en un ambiente porfiriano, durante el movimiento revolucionario de México, que inició el 20 de noviembre de 1910, el establecimiento fue testigo, junto con otros negocios e instituciones de la época que operaban en locales situados en esquinas de calles céntricas, como Palacio de Justicia, Puerto de Liverpool, Correos, Administración del Timbre, La Cruz y las farmacias Elizarrarás, Reynoso y La Equitativa, de las trincheras que diversos hombres y militares cavaron con el objetivo de enfrentar a los enemigos.

Las fuerzas de resistencia ocuparon templos -catedral, San Agustín, San Francisco, Capuchinas, Las Monjas, Lourdes, Santuario de Guadalupe, San Juan, San José, El Carmen, Las Rosas y La Merced-, como paralelamente lo hicieron en el Colegio Salesiano, Escuela de Artes, Palacio de Gobierno. Antigua Cárcel de San Agustín, Palacio Municipal, Plaza de Toros e Inspección General de Policía. Existían noticias referentes a la cercanía de los enemigos.

La Calle Real, en la que se erigían los principales palacios y fincas de las familias acaudaladas, los portales típicos, la catedral, los templos virreinales de Las Monjas, La Cruz y La Merced, la Plaza San Juan de Dios y la de Armas, y no pocos de los comercios más prósperos, transformó su rostro ante el riesgo del estallido social.

A Morelia llegaban noticias, por los diarios o por medio de algunas personas, acerca de las irrupciones de los revolucionarios en ciertas poblaciones estratégicas. Ellos, los comerciantes más acaudalados, pagaban por la información e incluso contrataban a algunos hombres que estaban al tanto de la presencia enemiga, cerca de la ciudad, para así prevenirse, cerrar sus establecimientos, esconder a las mujeres y sus objetos de valor.

A pesar de los días y los años de amargura, El Paraíso siguió endulzando las mesas y los paladares. No desfalleció. Resistió con la misma energía y valentía de su fundador, y sobrevivió a los estragos que dejan las revoluciones al desdibujar muchos detalles del tejido social.

En las mesas y en los paladares

Dueño de su prestigio, El Paraíso resguardó, en su esencia, en su memoria y en su práctica, los sabores, fórmulas, recetas, tradiciones y aromas que lo hicieron célebre. El establecimiento dulcero enfrentó la turbulencia de las últimas seis décadas del siglo XIX, y nadie duda, por su calidad y por la costumbre que tienen los mexicanos de obsequiar algo típico y clásico de su terruño a sus visitantes, que los ates y otras presentaciones de productos se hayan ofrecido a personajes célebres de cada época, lo que innegablemente, al tratarse de la mejor fábrica y tienda de dulces típicos de Morelia, fue el elegido para cautivar el gusto de cada hombre y mujer.

Cambio generacional

El otro dueño

Agustín Ortiz García

Con las luces y sombras de un México convulsivo, parado entre las laderas y los abismos de sus desafíos, su historia y su destino, El Paraíso continuó al frente de la especialidad dulcera de Morelia, con la tercera generación de la familia Martínez, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, quienes, finalmente, en 1928, época que aún segregaba los olores del reciente movimiento revolucionario del país que inició en 1910, la lucha y las traiciones de los generales y la persecución cristera -movimiento que empezó en 1928 con el conflicto entre las autoridades mexicanas con laicos y religiosos que se oponían a la Ley Calles, la cual pretendía controlar y reprimir el culto y la práctica católica en el territorio nacional-, vendieron el establecimiento a otro inversionista, Agustín Ortiz García.

De ese año y de la década de los 30, pertenecientes al inolvidable siglo XX, Agustín Ortiz García hizo de El Paraíso, eje de la vida cotidiana de Morelia. Era su negocio, su casa, su vida. En una historia familiar y citadina, que inició en 1928 y concluyó en 1938, la familia Ortiz hizo de El Paraíso una leyenda, un destino, una costumbre y un deleite para los paladares. Fue punto de encuentro de familias, amigos y hasta de enamorados, quienes dejaron la amenidad de sus pláticas en aquellos rincones de los portales típicos de Morelia.

El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ni el desequilibrio económico ni la inestabilidad social impidieron que Agustín Ortiz García, viviera su ilusión y entregara una década de existencia a un negocio que formaba parte de la historia de los morelianos. La gente asistía. Era la negociación en la que compraban y convivían sus antepasados, las otras generaciones -bisabuelos, abuelos, tíos y padres-, y donde celebraban reuniones familiares y sociales. En El Paraíso se encontraban fragmentos de su historia. Y asistían las generaciones de esa época. La marca y el lugar tenían un significado especial. La gente buscaba y valoraba lo que era tan suyo.

Luis Torres Villicaña,

la historia

A los 21 años de edad, en 1938, Luis Torres Villicaña (1917-2014) se atrevió a golpear con la aldaba de hierro el antiguo y pesado portón de madera de la casona de Máximo Díez, hombre de negocios respetable, acaudalado y reconocido en Morelia y en diversas poblaciones y ciudades de Michoacán y la República Mexicana, con el objetivo de hablar con él, de frente, y solicitarle crédito para comprar El Paraíso, afamado establecimiento dulcero que su dueño, Agustín Ortiz García, había perdido a una hora infausta, en una apuesta.

Máximo Díez, acostumbrado a los negocios, a las ganancias, al trato con comerciantes, hacendados, industriales e inversionistas, quedó sorprendido al mirar y escuchar los argumentos del muchacho, quien no únicamente se sentía motivado por la adquisición de una empresa acreditada, de la que ya conocía, en la parte dulcera, la dinámica, sino por sus convicciones y proyectos.

Escuchó el hombre de negocios al joven. Percibió sus rasgos de sinceridad y conoció las observaciones, los análisis y los estudios que había realizado. El joven no era improvisado. Tenía deseos de triunfar. Sabía lo que deseaba en la vida. Luis lo convenció por medio de argumentos bien planteados. Con asombro ante la visión empresarial y las convicciones del muchacho, a quien escuchó y al que formuló preguntas con la idea de comprobar la autenticidad de aquellas palabras juveniles y de los valores nobles que irradiaba, Máximo Díez sintió confianza y le prestó, finalmente, el dinero requerido

Máximo Díez, quien participó activamente en la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, de la que frecuentemente era comisionado, por su capacidad, experiencia y conocimiento, para analizar y dar su opinión respecto a temas de relevancia municipal, estatal y nacional, fue un hombre de negocios exitoso y reconocido, con amplia experiencia en el trato humano, y no dudó en el plan que le expuso el joven.

Colección: Gerardo Torres Calderón.

De él, la publicidad contratada en la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930, detalla que “en el cruzamiento de las calles Morelos Sur y Allende, se halla esta importante negociación mercantil, ampliamente conocida por la amplitud de sus transacciones comerciales”.

Y asegura que “el señor Máximo Díez es concesionario de la Pierce Oil Company, S.A., cuyos productos conocidos son: petróleo, gasolina, parafina, aceites y grasas lubricantes, y gas oil para toda clase de motores”.

Máximo Díez diversificó sus negocios, de acuerdo con la reseña del documento dedicado al presidente de la República Mexicana, Pascual Ortiz Rubio, de manera que fue “agente de la Cervecería Moctezuma, S.A., de Orizaba, Ver., de la que distribuye sus exquisitas cervezas XX, XXX y Superior”.

Paralelamente, fue “representante de La Tolteca, Cía. de Cemento Portland, S,A,”, y también, por su amplia experiencia, “agente de El Buen Tono, S.A., disponiendo de todas sus acreditadas marcas de cigarros”, y, por añadidura, “tiene una existencia constante de todos los productos de la región”.

En cuanto al moreliano Pascual Ortiz Rubio, cuya familia fue propietaria de la Hacienda del Rincón, en la capital de Michoacán, asumió la presidencia de México en febrero de 1930, con el hecho de que, tras tomar posesión del mandato y disponerse a viajar al Palacio Nacional, fue acribillado por un tipo de nombre Daniel Flores González. El mandatario nacional permaneció dos meses en convalecencia. Fue a él quien Agustín Vega dedicó el libro citado, el cual tuvo el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, entonces liderada por Bernardino F. Perraldí Carranza, propietario, con su hermano Santiago, de La Esmeralda, una de las tiendas mejor surtidas de la época, que fundaron en 1900. Por cierto, los hermanos Perraldí Carranza eran sobrinos directos del otrora constitucionalista y presidente Venustiano Carranza Garza.

La Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930 por Agustín Vega, con el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Industria y Agricultura de Morelia, fue dedicada al presidente Pascual Ortiz Rubio.

La hacienda, los recuerdos y el inicio

Mientras el entonces joven Luis Torres Villicaña esperaba, impaciente, la fecha acordada para comprar El Paraíso, repasaba las horas de su niñez y adolescencia diluidas en la Hacienda El Tigre, y en la casa solariega, en el pueblo de Quiroga, en tiempos prehispánicos denominado Cocupao, paso forzoso de quienes viajaban de la Ciudad de México a Zacapu, Zamora y Guadalajara, y viceversa, y reflexionaba también en los acontecimientos que, inesperadamente, de un día a otro, despojaron a su familia de sus propiedades y medios de producción.

Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con el proceso de expropiación de tierras que llevó a cabo el presidente Lázaro Cárdenas del Río durante su gestión, entre 1934 y 1936, al transformar los otrora latifundios y haciendas en ejidos y cuadricular el campo con la finalidad, principalmente, de arraigar a la gente y evitar levantamientos armados y desórdenes sociales, más allá de las causas revolucionarias, la supuesta justicia social y las promesas gubernamentales de tantos generales que se traicionaron en la lucha por el poder, los integrantes de la familia Torres, como otras, de pronto fueron despojados.

Propietarios de la Hacienda El Tigre desde 1730, los miembros de la familia Torres se encontraron repentinamente entre el destino, la historia, el pasado esplendoroso, el presente inseguro y el futuro incierto. Las tierras hacendarias fueron repartidas por el mandatario nacional, y años más tarde, Luis Torres Villicaña cedió unos terrenos aledaños a las familias que moraban en el lugar, con el consejo de que establecieran restaurantes para los viajeros que transitaban aquella carretera rumbo a Quiroga, Santa Fe de la Laguna, Zacapu, Zamora y Guadalajara, y así lo hicieron desde entonces con el atractivo y el éxito que han obtenido.

Antepasados de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los integrantes de la familia Torres y Torres y sus descendientes se mudaron a Morelia. Establecieron su casa al poniente de la ciudad, a la orilla, donde aún olía a campo, río y tierra. No era fácil coexistir en el destierro, en un lugar que siempre se caracterizó por la ausencia de grandes industrias y la abundancia de comercios dedicados a diferentes giros: abarrotes, calzado, cervezas, ropa, tabaco.

Padre, madre y hermanos de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ya el autor de la obra Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, editada en 1883 por la Imprenta de Ignacio Cumplido, Juan de la Torre, criticaba en sus páginas, específicamente en el capítulo denominado Industria y Comercio, que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requieren para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”. Hay que aclarar que el término exportar, en aquella época y todavía en la década de los 30, en el siglo XX, no necesariamente se utilizaba para definir la comercialización y el traslado de mercancía al extranjero, sino a otras poblaciones, regiones y entidades de la República Mexicana.

El escritor, quien era miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, sabía que los dueños de los capitales, en Morelia, eran hacendados, prestamistas, arrendadores, mineros y comerciantes, en su mayoría, porque la industria se encontraba en un estado muy incipiente. Expresaba en su libro que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces, etc…” Y finalizó, en el breve capítulo, que “el comercio consiste en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

La expropiación de la hacienda y los bienes de la familia Torres, los colocó en una situación de quebranto económico, igual que a tantas familias que de improviso perdieron todo. La madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a quienes tenían oportunidad de probarlos y que, ante la adversidad, decidió elaborar con el objetivo de comercializarlos y contribuir al alivio de las necesidades económicas.

Elaboración de laminillas. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Al ser hijo primogénito del matrimonio Torres Villicaña, Luis se sumó al trabajo productivo de la familia, con tal madurez que orientó su atención en la actividad dulcera de Morelia. Dedicó tiempo a observar y analizar el mercado de los ates, las conservas y los dulces, hasta que una vez con la certeza de que poseía elementos suficientes para dirigir una empresa del ramo, decidió comprar, a los 21 años, El Paraíso.

Luis Torres Villicaña, en su juventud. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Entre los rasgos favorables que Luis detectó en El Paraíso, destacaron su antigüedad y tradición en Morelia -en esa fecha, la de 1938, la empresa cumplió 98 años-; la ubicación del establecimiento en uno de los portales típicos, conocido popularmente, por sus actividades cotidianas, con el término “de las dulceras”; la llegada y salida de camiones, en esa zona, frente a la catedral y cerca de los principales comercios y oficinas públicas. De pronto, con la adquisición de El Paraíso, a Luis Torres Villicaña le llegó toda la tradición dulcera de Morelia.

Tres familias

El negocio

Con la incursión de Luis en el giro, El Paraíso cumplió, entonces, tres etapas importantes con el mismo número de propietarios: 1840, fundación de la empresa por parte de Marcial Martínez, con la incorporación posterior de su hijo, Ignacio Martínez Maciel, quien fortaleció, modernizó, internacionalizó y formalizó el negocio y finalmente lo heredó a sus descendientes, Ignacio y José Martínez Uribe; 1928, aparición en el escenario de Agustín Ortiz García, que continuó con la firma que era industria y comercio, a la que convirtió en eje de su vida y de su círculo familiar y social; 1938, los apellidos Torres Villicaña llegaron para reconocer su historia y su tradición, y darle prestigio, coronar la firma con la experiencia, la calidad, el servicio y la atención que siempre la han caracterizado.

La memoria y los registros de la historia lo confirman: Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad, con el recuerdo de una niñez y una adolescencia felices, en medio de las condiciones en que la política, la economía y la dinámica social de México de aquella hora, los colocaron a él y a su familia en una situación emergente de luchar para no caer y sí, al contrario, fortalecerse y crecer, y con la confianza y el dinero que le prestó el empresario Máximo Díez, llegó a El Paraíso, lo compró, con el sueño y la idea de hacer realidad el concepto del nombre tanto en los dulces y mercancía que fabricaba y comercializaba como en su existencia y en la gente que tanto amó. Y conquistó El Paraíso.

De El Paraíso había que hacer el mundo y el cielo, y así, con tal idea, Luis se entregó a la empresa, a la que se sumó, dos años más tarde, al contraer matrimonio, su esposa, María Soledad Calderón Orozco, pieza clave en el fortalecimiento de la empresa, ya que se dedicó a atender las labores de la casa, a su marido y a los 16 hijos que procrearon.

María Soledad Calderón Orozco. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los empleados de la dulcería atendían al público en el Portal Galeana, esquina Benito Juárez, frente a la catedral moreliana, que una centuria antes recorrió, una y otra vez, el campanero Marcial Martínez, quien soñaba en que los productos que elaboraba con la ayuda de su esposa Benita, resultaran una delicia y le abrieran paso a la prosperidad. Desde los campanarios contemplaba el paisaje urbano con esqueleto de cantera y piel de cal pintada de colores, y con esencia capaz de mover a México.

El inquieto Luis Torres Villicaña, atendió la fábrica de dulces que desde tiempo atrás se localizaba en la calle Serapio Rendón, detrás del templo virreinal de San José, construido en el siglo XVIII, cuyas dos torres fueron añadidas entre 1943 y 1945, en la vigésima centuria. La industria, la búsqueda de clientes y las negociaciones para la distribución de los dulces y la contabilidad, cada día requerían mayor atención y tiempo por parte de su dueño, quien, por otra parte, confiaba en el amor y la responsabilidad que, como madre y esposa, caracterizaban a Soledad, descendiente, por cierto, de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los encomenderos españoles que fundaron la Ciudad de Mechuacan el 18 de mayo de 1541, con respaldo del Virrey Antonio de Mendoza.

Nadie imaginaba que, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los fundadores de Valladolid -hoy Morelia- en 1541, con autorización del Virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, la familia Torres, propietaria de la Hacienda El Tigre desde 1730, pronto aparecería en el escenario dulcero de El Paraíso.

Las habitaciones de la casona vetusta, en la calle Serapio Rendón, permanecían repletas de colaciones, dulces y confitería, mientras el rumor de la maquinaria anunciaba, en su lenguaje mecánico, el trabajo constante y disciplinado de aquel hombre que desde temprana edad aprendió a dirigir una empresa dividida en industria, comercio y servicio al público.

Elaboración de dulces. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Pronto devolvió a Máximo Díez el préstamo que le concedió, y se lo agradeció con la caballerosidad de antaño, siempre con el reconocimiento de la confianza y el apoyo que recibió, a pesar de no conocerlo y de su juventud e inexperiencia; sin embargo, algo inquietaba a Luis. El mundo enfrentaba la sombra de una guerra amenazante, México se reacomodaba tras el período de los generales revolucionarios que ambicionaban el poder, El Paraíso crecía tanto industrial como mercantilmente y la familia Torres Calderón aumentaba en cantidad de integrantes y, a la vez, en necesidades.

Tras minutos y horas que anhelaban madurar y convertirse en días, y días que se volvieron semanas, Luis tomó la decisión de fortalecer la industrialización de dulces, como una rama importante de El Paraíso, y cerrar el establecimiento comercial y de servicio al público que acostumbraba reunirse en su salón, y así lo hizo, con todo lo que implicaba. Fue aconsejado por Soledad, su esposa, mujer que dispuso de tiempo para atenderlo, educar 16 hijos y aconsejarlo, como lo hacía, con sabiduría.

El Paraíso, con su dulcería y su salón de convivencia social, donde los morelianos solían compartir sus horas y sus días, y consumir pasteles, refrescos y otras delicias como chocolate de metate, frutas cubiertas, rompope, jamoncillos de leche, morelianas y cajetas, cerró sus puertas en los portales típicos. Dio vuelta a la página de la historia con la intención de proseguir otros capítulos, y la tienda, el salón de reuniones sociales y las recetas irrepetibles, quedaron en la memoria colectiva.

El letrero

La mudanza trasladó el mobiliario a la casa marcada con el número 42 de la calle Miguel Silva, en el centro moreliano, donde se cambiaron la fábrica y las bodegas; no obstante, como si se sintiera aferrado a su origen, a su historia, a su linaje, a su tradición, al recuerdo de tantos años y décadas, a los murmullos y sigilos de una centuria y otra -XIX y XX-, el letrero de El Paraíso quedó olvidado en el muro, dentro de aquel portal con tanta historia e incontables tradiciones, cual testimonio, quizá, de que en ese rincón del mundo, en la capital de Michoacán, hubo sabores, fragancias, suspiros, colores y formas de recetas guardadas en la memoria de otras familias y mujeres, igual que se conserva el más bello de los secretos. Quedó un trozo de El Paraíso.

Todavía los primeros años de la década de los 90, antes de que expirara el siglo XX, el letrero permanecía en los portales y las generaciones de esa hora lo miraban un día, otro y muchos más con la creencia de que se trataba del nombre de un restaurante con cafetería al que todos llamaban El Paraíso.

Y si el nombre de la Dulcería El Paraíso perduró, a través de las décadas, Luis continuó trabajando en la fábrica que fundó, con el recuerdo, probablemente, de sus padres y sus hermanos, quienes al llegar a Morelia se unieron y solidarizaron en los instantes más críticos de sus existencias.

La época moderna

Recordaba Luis, en sus instantes de añoranzas y lucha, a su tío Alfredo Torres y Torres, fundador, entonces, de un negocio tradicional en Morelia, El Hortelano, quien, adicionalmente a las actividades de las semillas, los jardines, las flores y las plantas, elaboraba ates y los comercializaba, a través de su hermano Manuel, en una tienda de dulces en la estación del ferrocarril, en el antiguo Paseo de las Lechugas que posteriormente se convirtió en la colonia Industrial, inmersa en la ruta de los molinos de harina y las fábricas de las primeras décadas del siglo XX.

Antigua estación de ferrocarril, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Alfredo Torres y Torres involucró a sus sobrinos en el negocio de dulces. El hombre no tenía hijos y era muy hábil para los negocios. Finalmente, estableció alianzas con Luis y su hermano Fernando, y uno de los primos, Eduardo Torres Mier, quien radicaba en la Ciudad de México, coyuntura que los formó e impulsó en ese giro.

Ya en la década de los 50, los hermanos Luis y Fernando Torres Villicaña se independizaron y fundaron La Estrella, fábrica que tenía antecedentes por parte de su tío Manuel Torres y Torres, quien en los días convulsivos de 1917 la estableció en su primera versión, mientras su primo Eduardo Torres Mier, por su parte, se dedicó a la producción de ates enlatados, a través de la industria que inició con el nombre La Colmena.

La Estrella. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Tales recuerdos animaban y fortalecían a Luis durante sus lapsos de lucha consigo y con las realidades de un mundo cambiante. En la casa que compró en Miguel Silva, al oriente del centro de Morelia, donde instaló a su familia y estableció una dulcería, eslabón de lo que fue El Paraíso, integró su negocio a la fábrica que inició su tío Manuel Torres y Torres, La Estrella. La familia requería solidaridad. Establecieron alianzas. Eran tiempos de unidad y trabajo.

En la calle Antonio Alzate. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con la industrialización más moderna de la época, Luis introdujo maquinaria de cobre que funcionaba con vapor, y orientó sus esfuerzos en la fabricación de jaleas, ates y laminillas. Redujo costos, intensificó la producción en serie y abrió nuevos mercados, con la conveniencia de que encontró distribuidores que le compraban grandes volúmenes de mercancía. Dos mayoristas nacionales de La Mereced, en la Ciudad de México, adquirían casi toda la producción de dulces.

La Estrella Dorada

Luis y su hermano Fernando eran socios de La Estrella, hasta que, en la misma década de los 50, tomaron la decisión de separarse. Cada uno siguió su camino en los negocios. Con el tesón que aplicó desde que adquirió El Paraíso, Luis denominó dedicó lo mejor a su fábrica, La Estrella Dorada.

Con una familia numerosa que cada día requería mayor atención y espacio, Luis adquirió varios terrenos al oriente de la ciudad, metros adelante del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, que más tarde heredó a sus descendientes.

Trabajó arduamente. No ignoraba que tenía cita con el destino y con la historia. Repartió los días de su existencia en La Estrella Dorada, fábrica especializada en la producción de jaleas, ates y laminillas, en esa etapa dedicada a atender la demanda del mercado popular, como ferias y mayoristas.

En calzada Madero. Colección: Gerardo Torres Calderón.

La Cámara de Comercio, la Cámara de la Industria de la Transformación y la Cruz Roja

Quienes tienen la misión de aportar y dejar huellas insondables, valoran el tiempo, las horas de sus existencias, y no desperdician los minutos y los días en superficialidades. A Luis Torres Villicaña le alcanzó el tiempo para engrandecer el negocio dulcero y convertirlo en tradición de Morelia, educar a su familia con ayuda de su inolvidable Soledad Calderón Orozco y alcanzar la presidencia en la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y otros empresarios, y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado Ramón Ramírez Núñez y algunos hombres de negocios.

Refiere la tradición que la Cámara de Comercio de Morelia pagaba renta para contar con instalaciones dignas. Compartió espacios con su Academia en la ostentosa mansión construida por el ingeniero belga Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, y en las casonas ubicadas en las calles 4ª de Morelos, Benito Juárez e Ignacio Zaragoza, como también efectuó, en el pasado, algunas reuniones en la Casa de Cristal o en los despachos y domicilios de ciertos presidentes y consejeros.

Antigua Casa de Cristal, en Morelia, donde innumerables ocasiones sesionaron los consejeros de la Cámara de Comercio e Industria de Morelia. Colección: La Página Noticias.
Palacio que construyó el ingeniero belga, Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, en Morelia. Colección: Santiago Galicia Rojon Serrallonga.

Habían transcurrido 72 años desde la fundación de la Cámara de Comercio de Morelia, en 1895, la cual, a pesar de su trascendencia local, estatal y nacional, carecía de sede propia. Fue ese año, el de 1957, cuando el empresario Luis Torres Villicaña presentó su iniciativa para comprar la finca que actualmente ocupa la institución, en la antigua calle del Olvido, marcada entonces con el número 11, y que más tarde se llamó Segunda de Guerrero, para finalmente ostentar el nombre 20 de Noviembre, y cambiar al 55. Las escrituras fueron signadas el 31 de diciembre de 1957. Un año después, en 1958, la agrupación empresarial y su institución educativa poseían domicilio propio. La iniciativa y el esfuerzo de Luis Torres Villicaña, se concretaron en una finca digna y majestuosa para tan tradicional institución.

No conforme con su gestión en la Cámara de Comercio de Morelia, que todavía es recordada, Luis fue presidente estatal de la Cruz Roja y posteriormente delegado regional y nacional, institución a la que entregó lo mejor de sí por los beneficios que sabía representa para la sociedad; además, participó activamente en la Cámara de la Industria de Transformación de la ciudad, como fabricante de dulces.

En la Cámara de Comercio de Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Orgullo familiar

Templo de Fátima

El cortejo fúnebre resultó imponente. Los sentimientos se desbordaron. Al concluir la homilía, en el tradicional templo de Fátima, donde antiguamente existió una capilla virreinal, familiares, amigos, trabajadores y gente que conoció y trató a Luis Torres Villicaña, impidieron que el ataúd fuera colocado en la carroza, y así, a pie, lo trasladaron hasta el Panteón Municipal de Morelia. Discurrían, entonces, los días de 2014.

La gente despedía al industrial del dulce con agradecimiento, lágrimas y emoción. Dejaba recuerdos, huellas, trozos de sí en cada persona. Influyó positivamente en mucha gente. El dulce sabor de sus productos quedaba entre hombres y mujeres que tuvieron la fortuna de conocerlo y tratarlo.

Nadie olvidaba, en ese momento, que Luis Torres Villicaña era benefactor del templo de Fátima, y que, con sus recursos y su tiempo, había contribuido a la obra tan querida por los morelianos. La gente platicaba que cada semana reunía dinero con la intención de pagar la nómina a albañiles y personal que trabajaba en la construcción del recinto sacro. Y la obra fue concluida. Luis cumplió. El templo de Fátima, en la colonia Cuauhtémoc de Morelia, con la antigua cruz atrial a un costado, aparece bello, espacioso y rico en detalles, tan grandioso y sencillo, a la vez, que no se olvida, quizá cual testimonio de que los dulces que un hombre y su equipo produjeron no solamente endulzaron a una y diversas generaciones, sino como prueba de que el bien puede derramarse en beneficio colectivo.

Templo de Fátima, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Época contemporánea

Calle Real

Con el hijo menor de Luis Torres Villicaña y Soledad Calderón Orozco -Gerardo Torres Calderón-, inició otra etapa dentro del eslabón de El Paraíso. Reunió el acervo documental y fotográfico, la historia y las tradiciones, las fragancias y los sabores, los recetarios y la experiencia, y ya de regreso del pasado, miró a sus lados, al frente, con la certeza de que el mundo es otro y se encuentra inmerso en una competencia acentuada que desgarra a quienes no se preparan y son débiles, y, en cambio, favorece a aquellos que se encuentran fortalecidos.

Cada época tiene sus propios rostros, sus biografías y sus motivos, y si hay quienes maquillan su historia, existen otros que la recuerdan, conservan y rescatan con el propósito de atesorarla y compartir su encanto y majestuosidad a aquellos de mayor sensibilidad.

Tal es el caso de la Calle Real y sus ancestros de linaje, El Paraíso y La Estrella Dorada, cuyos propietarios, en cada etapa, siempre se distinguieron por dar lo mejor de sí para ofrecer calidad, atención y servicio, y quedar en la preferencia de sus clientes, en su memoria y en sus paladares.

En 1999, entre el ocaso del siglo XX y la aurora de la vigésima centuria, con el tránsito de un milenio a otro, Gerardo fundó la Calle Real. Arquitecto, investigador y amante de la historia y las tradiciones, sin perder de vista la modernidad, Gerardo dialogó con su padre, una y otra vez, como quien prepara una expedición a tierras prodigiosas e inexploradas, con la determinación de convencerlo de que era momento oportuno de cerrar la etapa de producción en serie y la distribución de jaleas, ates y laminillas en el mercado popular, en las ferias, porque no resultaba justo ni lógico perder las fórmulas y recetas heredadas y plasmadas en libretas y páginas amarillentas.

Náufrago de otra época, Luis se sentía conmovido al escuchar los argumentos que cada mañana, tarde y noche, a toda hora, le presentaba su hijo Gerardo; aunque le expresaba continuamente que se trataba de una aventura y una locura. Luis, ya retirado y con una canasta enorme de conocimientos y experiencias, escuchaba los argumentos de su hijo menor, quien explicaba que no sería conveniente ni lógico perder tantas fórmulas, recetas, historia, tradición y experiencia, y menos abandonarlas en un baúl o en la desmemoria.

Inauguración de Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

En las palabras y expresiones de su hijo, el empresario retornó a sus horas primaverales, en 1938, cuando a los 21 años de edad, sin más armas y escudos que su iniciativa, empuje, honestidad e interés, se atrevió a hablar con Máximo Díez, quien, sin conocerlo, le dio oportunidad de hacer realidad su sueño y entrar, triunfante, a El Paraíso.

Luis Reflexionaba y en su hijo Gerardo se miraba 61 años atrás, seguro de sí, dispuesto a emprender una hazaña grandiosa, una epopeya, la aventura y la historia de su vida, como en otras etapas, a partir de 1840, lo fue para todos sus propietarios, que dieron al negocio un sabor, una forma, un perfume.

Inauguración de Calle Real, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Hábil en los negocios, Luis colocó diques en las pláticas con Gerardo; no obstante, el joven sorteó los obstáculos y, finalmente, argumentó que entre los rasgos y signos de la hora contemporánea, destacaba el hecho de que, a diferencia con las décadas de antaño, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en México y a nivel mundial, cuentan con estudios universitarios, paralelamente a que sus empleos, cargos, profesiones y negocios, aunados a la dinámica social y económica, los mantienen ocupados. Se trata, dijo, de personas que legítimamente aspiran a mantenerse en niveles socioeconómicos estables, progresar, consumir productos y contratar servicios de mayor calidad, estatus que Calle Real podría ofrecerles inicialmente en Morelia.

Orgulloso de Gerardo, su hijo, Luis le dio libertad de concretar el proyecto, con un estilo especial, como descendiente de El Paraíso, quizá sin imaginar que Calle Real sería la coronación de su historia, su esfuerzo y su vida. Durante los últimos 15 años de su existencia, Luis Torres Villicaña disfrutó Calle Real, con todo su significado.

Fundado por Gerardo Torres Calderón, Calle Real fue la coronación al esfuerzo, trabajo y legado de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Si en su juventud conquistó El Paraíso, en su ancianidad se coronó y entró dignamente a la Calle Real, donde tuvo oportunidad y tiempo de mirarse reflejado y reconocerse por medio de lo que forjó y su hijo le mostraba. Recordaba Luis que Gerardo, el menor de sus hijos, se había incorporado al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir sus estudios universitarios en Arquitectura.

La calidad, los sabores, las formas y los perfumes extraídos de recetarios de antaño, probados una y otra vez y adecuados a los gustos, realidad y necesidades de las generaciones modernas, retornaron a las vitrinas y a las mesas con el encanto de deleitar los sentidos. Calle Real es un reencuentro con el buen gusto y el estilo.

Innegable es que la idea de fundar el Museo del Dulce, al interior de una casona del centro histórico de Morelia, como un apartado de la tienda de la Calle Real, propició el rescate de fórmulas y recetas antiguas, elaboradas y guardadas celosamente por amas de casa, junto con los cazos, fotografías, procesos, herramientas y maquinaria. Contribuyó a salvar la dulcería moreliana y mexicana del naufragio y el olvido. Es una aportación gastronómica, cultural e histórica que permanece cual legado para la presente y las futuras generaciones.

Cuando Calle Real y su Museo del Dulce fueron inaugurados, Luis Torres Villicaña se notaba asombrado e intensamente feliz. Innegablemente, sabía que se trataba, en su caso, de la culminación de una vida de esfuerzo, llena de historia e inscrita con huellas indelebles, y la permanencia de una historia familiar y moreliana.

Acompañado de su esposa y de sus hijos, nietos y bisnietos, se sabía, internamente, personaje central de algo que no era teatro ni fantasía, de una historia inolvidable, esplendorosa e irrepetible. Familiares, amigos, empresarios, turistas y funcionarios públicos asistieron a la inauguración de la Calle Real y el Museo del Dulce, atendido por hombres y mujeres vestidos a la moda porfiriana.

Gerardo Torres Calderón, que entonces había viajado alrededor del mundo en su pasión e interés de conocer y estudiar distintos esquemas de negocios tradicionales, rescató y preservó la dulcería moreliana y mexicana de antaño a través de la Calle Real.

Una anécdota

Alguna vez, ya retirado, Luis Torres Villicaña comentó a Gerardo, su hijo, que le encantaría regresar a las actividades productivas e incorporarse a la Calle Real. Estaba acostumbrado a los negocios, a la productividad, y a esa hora de su existencia -más de 90 años- consideraba que podría aportar a la empresa y ganar algunos recursos económicos, motivo por el que su hijo lo complació y ordenó la fabricación de un carro pintoresco con equipo para elaborar algodones de azúcar.

Inicialmente, Luis se instaló en el patio final de la tienda y del Museo del Dulce, donde los turistas y visitantes pasaban con el objetivo de reiniciar sus paseos en el tranvía. Los niños y enamorados le compraban algodones, golosinas cargadas de colores y sabores que indudablemente le recordaban los muchos instantes del ayer, cuando era joven y ya estaba en El Paraíso para trabajar y cumplir sus sueños, hasta que, al cabo de unas semanas, volvió a hablar con su hijo con la intención de confesarle que en realidad la venta de algodones, en Calle Real y el Museo del Dulce, no era atractiva para los visitantes y, por lo mismo, no resultaba tan buen negocio, motivo por el que renunciaba al pequeño carro.

La marca

Calle Real es una marca, una firma empresarial; pero también un estilo, un concepto de vida. Va más allá de modas, apariencias, producciones en serie y negocios del momento. Es, simplemente, una empresa que fabrica dulces artesanales, repostería con aroma y sabor a recetas del hogar, un crisol de fórmulas de antaño. incorporados a los gustos de un mundo globalizado, exigente y moderno.

Todos los detalles, en Calle Real y el Museo del Dulce, tienen un encanto, poseen un detalle, y ofrecen un deleite. El Museo del Dulce, establecido en una finca antigua del centro histórico de Morelia, es el recorrido a otros años, a épocas distantes. Rescata de la desmemoria, del tiempo, de la historia y de las tradiciones, las fórmulas y recetas de la dulcería típica moreliana y mexicana, la repostería que tanto se extraña. El recinto y la idea valen por lo que contienen y presentan. Simplemente, el rescate, la exhibición y la conservación de la dulcería y la repostería antigua de Morelia.

La fábrica de dulces y repostería de Calle Real, expuesta al público en la sucursal de avenida Acueducto, al oriente de la ciudad, se encuentra separada por áreas y muestra los procesos artesanales de producción y la calidad con que es elaborada cada pieza. Nada es fabricado en serie porque la gente, el buen gusto, los dulces y la repostería no son moda pasajera ni número. Los sabores, las fragancias, los colores y las formas carecen de maquillajes, son auténticos, con esencia tradicional e histórica de otras generaciones para las personas de hoy.

Es importante destacar que la cafetería se encuentra envuelta en un ambiente porfiriano, acompañada del encanto de la época contemporánea. Une a las familias, a los enamorados, a los amigos, a los solitarios. El mobiliario, la mantelería, los cuadros, las pinturas y los elementos arquitectónicos y decorativos cautivan, atraen, enamoran, y más cuando la atención, el servicio y la calidad son atributos y virtudes.

La tienda de Calle Real significa disfrutar y vivir la experiencia de mirar, percibir fragancias, deleitarse y elegir dulces y repostería genuinos, extraídos de su colección de recetarios, fórmulas que datan de las décadas del siglo XIX y la primera mitad de la vigésima centuria. Son historia y tradición, pero rompen el concepto del tiempo y el espacio para deleitar a mujeres y hombres de esta época y trasladarlos hasta El Paraíso.

Inició la tradición en la antigua Calle Real de Morelia, la principal de su centro virreinal, con una entrada a El Paraíso, en uno de los portales típicos, hasta volverse un lucero. Todo es, ahora, Calle Real, digno descendiente de aquel linaje.

Autor del texto e investigación: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico, e investigación: Gerardo Torres Calderón

Notas                    

  • Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana. La Ciudad de Mechuacan fue fundada en Guayangareo, el 18 de mayo de 1541, hasta que en 1545 cambió su nombre por el de Valladolid, y en 1828 por el de Morelia, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, personaje de la Independencia de México, movimiento insurgente que inicio la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Los mexicanos lo consideran el Siervo de la Nación
  • Chilaquiles. Es un platillo mexicano, elaborado a base de trozos de tortilla de maíz, que se fríen, a los que se les agrega salsa verde o roja, hasta que obtienen su condimento natural. Se sirven con queso y cebolla picada. Hay quienes los desayunan con carne de pollo deshebrada o con huevo. Su origen no es preciso, aunque algunos autores mencionan que se trata de un vocablo que proviene del náhuat, chilli, que significa chile, más aquilli, que es “metido en”, es decir metido en chile. Existen varios significados.
  • Época Porfiriana o Porfiriato se le denomina al período comprendido de 1876 a 1911, en que el General Porfirio Díaz Mori fue presidente de México. La Revolución Mexicana inició el 20 de noviembre de 1910.

Calle Real

Un apunte para la historia

Los antecedentes de Calle Real, datan de 1840, en el siglo XIX, cuando Marcial Martínez, campanero oficial de la catedral barroca y colonial de Morelia -iniciada en 1660 y concluida en 1744-, inició, junto con Benita Maciel, su esposa, la elaboración de ates y dulces que colocaba pacientemente en las azoteas, en las torres y en las cúpulas del monumento sacro con la intención de que recibieran las caricias del viento y la mirada del sol, y reposaran, hasta obtener bocadillos deliciosos que comercializaba.

Aún olía a años de insurgencia -los que principiaron en 1810- y a días monárquicos, con la presencia, en la historia nacional, del consumador de la Independencia, en 1821, y primer emperador de México, en el período del 21 de julio de 1822 al 19 de marzo de 1823, Agustín de Iturbide y Arámburu, nacido en Valladolid -hoy Morelia-, cuando los colores y sabores naturales de los llamados guayabates y otros dulces típicos, dignos de las cocinas más refinadas, cautivaban y atraían al negocio de Marcial Martínez.

En verdad, apenas hacía unos años en que el llamado Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla, junto con el Siervo de la Nación, José María Morelos y Pavón, y otros personajes de la historia mexicana, habían transitado las calles de la ciudad, con la sustitución posterior, en 1828, del nombre de Valladolid por el de Morelia. Morelia es toponimia del apellido Morelos.

Diariamente, el campanero admiraba, desde las torres, el paisaje urbano, con el anhelo de un día, a cierta hora, independizarse y dedicar los años de su existencia al negocio dulcero que su esposa y él iniciaron con tanta ilusión a un lado de la catedral monumental, donde la gente compraba sus productos caseros, sustraídos de recetarios con fórmulas que resultaban un deleite al gusto y a los sentidos por ser tan naturales y genuinos.

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Pasaron los años y la familia Martínez Maciel creció. Pronto, el hijo mayor, Ignacio, quien nació en 1844, demostró capacidad y talento en los negocios, e hizo del comercio de sus padres un paraíso y un imperio en el ámbito dulcero.

Hombre que desde la adolescencia adquirió experiencia y habilidad en los negocios de abarrotes, Ignacio Martínez Maciel -hijo de Marcial y de Benita- se incorporó por completo al ámbito dulcero, a los 21 años de edad, en 1865, y dio mayor forma y sentido a El Paraíso, empresa que fortaleció a base de disciplina, constancia, esfuerzo, dedicación y trabajo, precisamente en uno de los portales típicos de Morelia -el de Iturbide-, en la Calle Real, que era la vía principal dentro del trazo urbano, donde se encontraban los palacios señoriales de la ciudad, fundada el 18 de mayo de 1541.

Durante el siglo XIX, Morelia fue visitada por diversos personajes, como el emperador de México, Maximiliano de Habsburgo, en 1864, y otros más, quienes, sin duda, al recorrer los principales espacios públicos de la ciudad, rodeados de conventos, templos, jardines y fincas palaciegas, miraron El Paraíso, cuyos dulces y pasteles, quizá, probaron, sobre todo si se toman en cuenta las tradiciones y costumbres mexicanas de obsequiar productos regionales y típicos a quienes llegan de otros sitios.

A partir de la incorporación y participación de Ignacio Martínez Maciel en El Paraíso, a las siguientes décadas de la decimonovena centuria se añadieron premios y reconocimientos estatales, nacionales y mundiales, con los que el prestigio de los dulces típicos del establecimiento se acrecentó y abrió, en consecuencia, las puertas a otros mercados, en la geografía mexicana, en Estados Unidos de Norteamérica y en Europa. La dulcería moreliana, conservada con mucho celo en la memoria y en los recetarios de las damas de la antigua Valladolid, resultó un deleite a los sentidos en mesas nacionales y extranjeras.

Entre los premios, menciones y reconocimientos, El Paraíso obtuvo los siguientes: Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días; sin embargo, El Paraíso llegó de frente y puntual a su cita con el destino y la historia, y ocupó un sitio preponderante dentro de la dulcería típica, en México y en el mundo.

Tan prestigioso era, en esa época, El Paraíso, que el portal donde se encontraba instalado fue llamado “de las dulceras”. El negocio establecido, ya acreditado a nivel nacional y con presencia en las principales ciudades estadounidenses y europeas, abrió, por medio de sus premios y reconocimientos sustentados en la calidad, los sabores y las fragancias naturales, posibilidades de comercio en la geografía nacional y en diversas regiones del mundo, a pesar de las distancias y los conflictos, adversidades y problemas mundiales.

Durante el Porfiriato, la familia Martínez Maciel introdujo vinos y productos nacionales y europeos de calidad, que se sumaron a la excelencia y tradición dulcera de Morelia, para lo que la negociación contaba, en esa época, con herramientas, equipo y maquinaria para la elaboración de sus productos.

Al principiar el siglo XX -específicamente, en 1903-, El Paraíso inauguró un salón, anexo a la tienda, donde los habitantes de la ciudad y los visitantes, en un ambiente familiar y amigable, al estilo parisino, convivían, organizaban reuniones y disfrutaban chocolate, helados, café, pasteles y refrescos que ahí se servían con atención y esmero.

El salón familiar, pronto se convirtió en sitio de reunión, en punto de encuentro de familias y personajes con ropa, sombreros, abanicos, paraguas, bolsos y accesorios a la moda afrancesada, que generalmente adquirían, en el caso de Morelia, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

De aquel período, datan algunas fotografías en las que aparecen Ignacio Martínez Maciel, sus hijos -Ignacio y José- y diversos personajes, en el exterior del negocio, entre las columnas de los portales, y con el tradicional letrero que indicaba el nombre del establecimiento -Dulcería El Paraíso-, colgado a la entrada.

En su tercera generación, integrada por Ignacio y José Martínez Uribe, El Paraíso ya estaba consolidado como empresa que deleitaba los paladares más exigentes, con calidad y tradición, donde la atención y el servicio eran parte del negocio. Era una empresa que, como otras de la época, enfrentaron y superaron los retos, problemas y vicisitudes del turbulento siglo XIX y de las primeras décadas de la vigésima centuria.

Transitó El Paraíso por el Porfiriato, el movimiento revolucionario de 1910 y los sucesivos períodos de efervescencia política, social y económica en México, con la sombra de una guerra mundial, crisis financiera y epidemias, lo que fortaleció a la empresa que contaba con maquinaria competitiva y moderna, hasta que, en 1928, la negociación fue adquirida por Agustín Ortiz García, quien la hizo centro de su vida y de no pocas de las convivencias familiares y sociales de Morelia.

Una mala partida, de la que se arrepintió toda su vida, fue la causa de que Agustín Ortiz García perdiera El Paraíso, el cual fue adquirido, en 1938, por Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad. Hijo, sobrino y nieto de los dueños de la Hacienda El Tigre, próxima a Quiroga, asentamiento que se encuentra a la orilla del Lago de Pátzcuaro, el joven, nacido en 1917, obtuvo un préstamo del entonces reconocido hombre de negocios, Máximo Díez, quien creyó en el proyecto que le mostró con tanto entusiasmo.

Desde entonces, Luis Torres Villicaña, quien contrajo matrimonio. dos años más tarde, con Soledad Calderón Orozco, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco -uno de los encomenderos españoles que en 1541, con apoyo del virrey Antonio de Mendoza, fundaron, en Guayangareo, la Ciudad de Mechuacan, nombre que permaneció hasta 1545, cuando cambió al de Valladolid-, dedicó todo su esfuerzo a fortalecer El Paraíso, negocio que dio paso, en un proceso de transformación acorde a la época, a los gustos y a las necesidades de las generaciones de entonces, a fundar La Estrella Dorada.

El Paraíso terminó su ciclo en el llamado “portal de las dulceras”, para adquirir otro nombre y apellido, el de La Estrella Dorada, que, con la participación activa de Luis Torres Villicaña, Soledad Calderón Orozco al cuidado de los hijos y el compromiso irrestricto del equipo de trabajo, orientó su fabricación a los ates, las laminillas y las jaleas de frutas, acordes a la demanda de las ferias y los mercados populares del país. Los productos elaborados en la fábrica, endulzaron a múltiples generaciones de niños, adolescentes y jóvenes de México.

Con la fábrica, los productos de la familia Torres Villicaña conquistaron a incontables consumidores locales y nacionales, y fueron competitivos durante varias décadas. Tales dulces transitaron por los mercados, las tiendas y las ferias, cuando México era tan pintoresco, y así quedaron sus sabores, sus formas y sus colores en los gustos y en los paladares de una generación, otra y muchas más.

Años antes, la madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a aquellos que tenían oportunidad de probarlos, los cuales fueron incorporados en la producción de la fábrica.

El trabajo disciplinado, apoyado en el orden, la honestidad, la constancia, los valores y la lucha incansable por ser los mejores dentro de su género, dio resultados favorables a Luis Torres Villicaña, como se encuentra acreditado en la historia dulcera de Morelia, del estado de Michoacán y de la República Mexicana, mientras Soledad Calderón Orozco, mujer culta y reflexiva, al cuidado de sus hijos y del hogar, aconsejaba a su marido, al padre, al industrial, al comerciante, al hombre que, no obstante las horas cotidianas de esfuerzo y retos, tuvo tiempo para disfrutar su hogar y legar a sus descendientes el ejemplo de entrega, rectitud, compromiso y responsabilidad.

La coronación de tantos años de esfuerzo, llegó a Luis Torres Villicaña y a su esposa, Soledad Calderón Orozco, en 1999, cuando su hijo -el menor de 16 hermanos-, Gerardo Torres Calderón, inauguró, en el centro histórico de Morelia, la tienda Calle Real y el tradicional Museo del Dulce, como una aportación al acervo cultural de la capital de Michoacán y México, dentro de un mundo globalizado que plantea grandes desafíos y retos.

Gerardo Torres Calderón, depositario de la tradición y de las marcas empresariales que sus padres dirigieron con acierto y orgullo, se incorporó al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir su carrera profesional de Arquitectura. Dedicó muchos años al estudio e investigación de los dulces típicos. Buscó, rescató y experimentó las recetas escritas con tanto cuidado y celo por mujeres de antaño, quienes elaboraban dulces y repostería que en verdad resultaban un deleite a los paladares. Viajó a distintas regiones del mundo, investigó negociaciones añejas y tradicionales, conoció el rostro de la dulcería y la repostería y decidió, con apoyo de su padre y consejo de su madre, fundar, como descendiente linajudo y digno de El Paraíso, Calle Real, con todo lo que es y significa, con su rostro, su experiencia y su tradición e historia, y con el paso firme en el presente para caminar con seguridad hacia el futuro sin perder su esencia.

Calle Real es dulcería, gastronomía y repostería tradicional y fina, preparada minuciosamente y con calidad, lejos de fabricaciones en serie, para gente con estilo, interesada en el embeleso de sus sentidos a través de las fragancias, los sabores y las formas.

Inmersos en la dinámica de la hora contemporánea, una generación y otra no disponen de tiempo para elaborar dulces y postres tradicionales en sus respectivos hogares. Las recetas naufragan, generalmente, en rutas inciertas que conducen al olvido, mientras no pocas de las marcas de productos comerciales, en su mayoría, están desprovistas de calidad; no obstante, se trata de un segmento de mercado muy significativo que se interesa en la calidad, en lo genuino, en el rescate de aromas y sabores perdidos. A esa clase de gente están dirigidos los bienes y servicios que proporciona Calle Real en su cafetería y en sus tiendas.

El mobiliario de la cafetería y las tiendas, denotan el estilo y la buena clase de la época del Porfiriato. Los dulces son fabricados con ingredientes auténticos y naturales, bajo estrictas medidas de calidad e higiene, ausentes de producciones en serie. La repostería, en tanto, procede de fórmulas exquisitas de antaño, adaptadas al gusto y a los protocolos del minuto presente.

Los empaques, la mantelería, los detalles arquitectónicos, las vajillas, los utensilios, el mobiliario, la decoración y el vestuario del equipo profesional de colaboradores, forman parte de una colección de elementos que necesariamente llevan a la excelencia, a la tradición y a la experiencia que fue acumulada desde la apertura, en 1840, de El Paraíso, y que hoy, en el siglo XXI, en la modernidad, ofrece Calle Real.

En 2010, al celebrarse el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana, Calle Real obtuvo un reconocimiento por parte del Gobierno Federal, y fue el presidente de la República, en ese momento, Felipe Calderón Hinojosa, quien lo entregó a Gerardo Torres Calderón en un acto público al que asistieron empresarios, intelectuales, artistas y funcionarios públicos.

Como empresa descendiente de El Paraíso, Calle Real aparece en las páginas, lujosamente impresas y encuadernadas, de la obra 100 empresas, cien años, La historia de México a través de sus empresas, editado por el Gobierno Federal, por medio de la Secretaría de Economía y de ProMéxico. Su título es “De la Calle Real, un Paraíso que sabe a México”.

La marca Calle Real es resultado, en consecuencia, de los sabores, la tradición, los aromas, la experiencia y el conocimiento acumulados desde los instantes de 1840, atesorados y practicados por una firma que ya cuenta con un espacio y un nombre en la historia de los dulces y la repostería de Morelia y México, consolidada y preparada para afrontar los retos que plantea el mundo globalizado de la hora contemporánea.

Tranvía turístico del Museo del Dulce y Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

Otoño de 2020

Bibliografía

100 empresas, cien años, La historia de México a través de sus empresas. (2010). México. Secretaría de Economía/ ProMéxico

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Hemerografía

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“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. La Libertad. 1903

“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. La Libertad. 1903

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“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. 1910

“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. 1910

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GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. “Museo del Dulce, empresa moreliana que apoya la cultura y el turismo”. Cambio de Michoacán. 2008

Otras fuentes

Calendario obsequio de la Dulcería El Paraíso. Morelia, Michoacán. 1902

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

10 comentarios en “De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones

    • Gracias a ti, Marie. Realmente es una historia muy interesante. Calle Real tiene un museo sobre la historia del dulce típico. Sus establecimientos comercializan productos típicos de calidad, libres de colorantes y saborizantes. Su repostería es deliciosa. Tiene cafetería y su mobiliario es acorde a su historia.

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  1. Qué artículo más interesante, El recorrido por la tradición dulcera Moreliana me fascinó. Me tomó varios días leerlo, pero lo he disfrutado grandemente. He aprendido cosas nuevas de Morelia que desconocía.

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    • Mónica, Calle Real es, como bien leíste, el desenlace de El Paraíso. He tenido oportunidad de recorrer las instalaciones destinadas a la producción y realmente son impresionantes la higiene y la calidad de las materias primas que utilizan. Te recomiendo que visites la cafetería, desde luego el día que tengan oportunidad de visitar esa ciudad de Michoacán.

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