Incapaces de controlarse

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Los he mirado en los centros comerciales, en las tiendas de autoservicio, soberbios, prepotentes, agresivos e incapaces de dominarse a sí mismos, con jugos, rebanadas de carnes frías, galletas, lácteos, panes y refrescos que consumen antes de pagar en las cajas registradoras. Y si ellos, adultos, lo hacen sin recato ni respeto, es innegable que enseñan a sus hijos a ser débiles, a romper lineamientos y reglas de convivencia sana, a ceder a apetitos y a no controlarse, con lo que diseñan y fabrican seres humanos artificiales, endebles, egoístas, descontrolados, intolerantes y de plástico que se suman a la generación perdida, a aquellos que consumen y desechan irresponsablemente, a los que pisotean los derechos de los demás porque se creen dignos de privilegios y superiores a todos. Estamos produciendo exceso de basura. Y no me refiero a la gente que tiene hambre en las calles, sino a los que entran a las tiendas departamentales y demuestran falta de educación y respeto, incapacidad para controlar sus apetitos primarios, y los imagina uno, en la privacidad, donde nadie los mira, como descendientes de hordas, aunque vistan con elegancia, posean especialidades académicas y conduzcan automóviles de lujo. Tales conductas, que practican hombres y mujeres de distintos niveles económicos y hasta académicos -los he visto-, no son de asombrar si se toma en cuenta que, en las últimas décadas, los dueños del poder económico y político se empeñaron en acelerar la producción en serie, en transformar a la gente en rebaño, en sepultar sus valores, en saturar sus estómagos y en vaciar sus sentimientos, en apagar su capacidad de pensar, en apreciar más las superficialidades y en enseñarla a satisfacer instintos primarios que van más allá de la moderación, la dignidad, el respeto, la salud y el equilibrio. Sinplemente, anuncios comerciales, series de televisión, comentarios de locutores, telenovelas y películas, se orientan, principalmente, a consumir, a desechar, a satisfacer apetitos; pero no a cultivar el bien, adquirir mayor conocimiento y experimentar los días de la vida en armonía, con equilibrio y plenamente. Piensan, y así lo sienten, que una fiesta o una reunión no es alegre si se carece de bebidas embriagantes, que un encuentro de unas horas, en una posada, vale más que dos miradas que se funden románticas una noche estrellada. Todo lo han hecho, los miembros de una élite ambiciosa, apresurado, en serie, para engolosinar a hombres y mujeres que hoy se creen dueños de las oportunidades y de la vida. Es un proyecto ambicioso y cruel que se aplica gradualmente con cierta intencionalidad, la de quitarles a las personas el perfil humano, sepultar su esencia en mazmorras inhóspitas, pisotear su imaginación, encarcelar sus sueños e ilusiones y abrirles las compuertas a la irracionalidad, a la ausencia de sentimientos e ideas, a conductas aberrantes, a casi venerar los apetitos y denigrar y juzgar el pensamiento, la sensibilidad y los valores. Me encantaría mirar a una de esas personas egoístas, interesarse en ser las primeras en ayudar a la gente enferma, apoyar a quienes nada tienen y todo lo han perdido, aconsejar a aquellos que sufren, entregar lo mejor de sí para bien de otros. Y no, no es fácil derrumbar lo que hoy parece verdad absoluta. En contraparte, es cierto que también coexisten innumerables hombres y mujeres que anhelan un mundo más feliz y sano, a los que nos sumamos tú, yo, ustedes, nosotros, ellos; aunque con tanta frecuencia descubramos que una parte de la humanidad está rota -le faltan pedazos- porque le han hecho creer que la verdadera dicha y el sentido de la vida consisten en disfrutar irresponsablemente, responder a cualquier apetito antes que sentir, pensar, hablar y actuar con el interés de dar lo mejor de sí y evolucionar. En toda conducta, es factible detectar el rumbo y el valor de la humanidad.

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