La gente se va

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

A los que ya no están

Y así se vacían las casas, hasta que un día se desvanecen aquellos rostros de familias, sonrientes, dichosas, sí, personas acompañadas y solitarias que se convierten en pedazos, en evocaciones, en ecos y sigilos. Uno, al paso de los años, regresa a las calles de su infancia, a los rumbos de su adolescencia, a los domicilios de su juventud, donde las fachadas tienen otros colores y apariencias, idénticos a sus nuevos moradores, tan distintos a los de antaño, a los de apenas hace algunos años. Algo se llevó los juegos y las rondas infantiles, los sueños de la adolescencia, las ilusiones y las locuras juveniles, los proyectos de la madurez y los recuerdos, las historias y los relatos de los ancianos. Envejece todo. La gente va y viene. Los cuneros permanecen repletos de nuevas caras, con otros nombres y apellidos, mientras en los hospitales se aferran algunas identidades a no marcharse, a no renunciar a la arcilla, hasta que la esencia se libera y quedan barro y cenizas en las tumbas con datos de hombres y mujeres ausentes, entre suspiros y remembranzas. Amigos, enemigos, aliados, arversarios, todos coinciden en un destino que parece incierto, aunque se presientan y sospechen paraísos. Todo, al final, parece irreconocible. Y así se vacían las casas -hasta mansiones y pocilgas, en casos extremos-,, en un desalojo impregnado de enigmas. Al tocar a la puerta, aparece gente insensible a las añoranzas que uno siente, inflieles a cualquier nostalgia, que asegura no reconocer los nombres enumerados, las características de otra gente, los perfiles tan buscados. Se rompen los eslabones, los lazos de cada generación, y las historias calladas se olvidan, se deshacen, algo -quizá el tiempo, tal vez los actuales moradores- las desdibuja. Aún no cruzo el umbral a la ancianidad; no obstante, ya percibo, aquí y allá, ausencias y listas de nuevas presencias, nombres que duermen y otros que despiertan. Insisto. No los encuentro. Permanecí distraído tantos años en mis historias, entre mis aventuras y desventuras, que aquella gente de mi niñez, adolescencia y juventud quedó recluida en mi memoria, en mis sentimientos, y nunca más volví a hablarles. La vida continuó indiferente, con sus luces y sus sombras, entre sus murmullos y sus silencios. Ahora, en un verano intenso que asoma por la ventanilla del furgón y descubre que en toda vida están cercanas las estaciones del otoño y del invierno, añoro tanto la primavera y descubro, una vez más, que todo es ciclo y que lo que no se experimenta en su momento, bien o mal, difícilmente regresa. Cuántas oportunidades perdidas. Hubo oportunidad de buscar a aquellos rostros con nombres y apellidos, tan reales, entonces, como uno, compañeros de generación e historia, con la simple intención de abrazarlos, preguntar por su salud, conocer los rumbos y destinos de sus caminatas, repasar los encuentros y desencuentros, reír y llorar, otorgar el perdón y solicitarlo en caso de viejas ofensas, renovarse y descubrir que el amor, el bien y la verdad se pueden sumar y multiplicar cuando son auténticos. Ya no están. Son otras identidades, caras distintas, las que habitan los antiguos rumbos donde uno, en un viaje al ayer, podría reconocerse al lado de la gente que tanto amó, entregado a juegos infantiles, a rebeldías y sueños de adolescentes, a hazañas e ilusiones juveniles. Todo pasa. Nada, en el mundo, es permanente. Hoy recuerdo a aquella gente y sé, tras visitar rumbos añejos y tocar a las puertas que alguna vez fueron tan familiares y amigables, que las casas quedaron vacías ante las ausencias El mundo es otro. ¿Perderé más instantes de vida terrena en estulticia y superficialidades, olvidaré expresar amor a quienes me rodean, evitaré tender las manos, enlodarme y rasgar mi piel y mi ropa al hacer el bien a otros? Si los domicilios de antaño contienen hondos vacíos y ausencias que se extrañan, con listas de presencias actuales y desconocidas, ¿seré capaz de no expresar a los que quedan que los amo y perderé, por la seducción de las apariencias, la luz que siento en mi interior? No me gustaría asomar en mí y descubrir, con horror, que descuidé al maravilloso y resplandeciente inquilino -mi ser interno-, como si se tratara de una de tantas casas vacías.

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8 comentarios en “La gente se va

  1. Qué bonita reflexión, Santiago. Un relato contado con tanta serenidad, tanto conocimiento y tanta sensatez. Sabes describir y analizar las realidades como nadie y abrir los ojos a tantas verdades. Gracias por compartirlo con nosotros.

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