El artista y el muchacho

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Un día, en la cabaña del bosque, un aprendiz de artista se acercó a su maestro, a quien preguntó: ¿qué letras elijo del abecedario, qué palabras armo en el cuaderno de notas, si somos, parece, hojas de papel que a cierta hora de la tarde se arrugan y se desprenden cuando el viento sopla y anuncia la noche? ¿Qué sentimientos comparto, qué ideas difundo, si todo, al principio, en medio o al final, en el camino o en el refugio, distrae y provoca amnesia? He encontrado muchos poemas rotos, incontables cartas transformadas en ceniza, páginas solitarias que alguna vez fueron confesiones y ahora exhalan tristes suspiros. ¿Qué lienzos pinto, qué colores plasmo en la tela, si antes de la hora postrera, el sol, la lluvia y el aire carcomen los matices, a la misma hora, quizá, en que el olvido los desdeña? ¿Qué rostros dibujo, qué miradas pinto, qué siluetas esculpo, si todo, en el mundo, es tan pasajero? ¿Qué signos trazo en el pentagrama, qué notas sigo en las partituras, si las cuerdas del violín revientan y nadie las escucha con atención?” El maestro, entristecido y mortificado por el pesimismo de su joven discípulo, habló: “Si Dios, en su taller, hubiera pensado en la debilidad, pequeñez y fugacidad humana, jamás habría concebido, en la inmensidad de su océano, la idea de animar con su esencia la arcilla de hombres y mujeres. Si las flores tuvieran miedo de ser cortadas por algún enamorado, antes de su final tan breve, no tendrían el encanto de regalar colores, texturas y perfumes. Si la lluvia temiera a los relámpagos y pretendiera evitar que sus gotas se dispersaran y se extraviaran, nunca aparecería y la campiña secaría, la tierra ofrecería ranuras y perderíamos la oportunidad de deleitarnos con los colores, las fragancias, los sabores y las formas de la vida”. El aprendiz mostró enfado e insatisfacción ante las palabras de su maestro, a quien replicó: “maestro, ya no hay público interesado en el arte. El artista está condenado a vivir en la pobreza. Creo que me beneficiará más fabricar sillas de paja que inviten al descanso, al reposo, que esforzarme en escribir, en pintar, en esculpir o en componer y tocar música. Con usted aprendí que el arte no es el mejor camino para obtener riqueza y poder. Hasta luego, maestro”. El hombre sonrió y dijo al muchacho: “si tu meta consiste, exclusivamente, en hacer del arte un disfraz que impresione y controle a la gente para manipularla, es preferible que te dediques a fabricar y vender sillas de paja. Si esa es tu decisión final y sientes que se trata de tu vocación,, abrázala con vehemencia, entrega lo mejor de ti y elabora las sillas más cómodas y hermosas, sin pensar, como ahora lo haces con el arte, que pudiera acontecer que ya no existan personas interesadas en ocupar un asiento agradable. Cree en lo que hagas. En cada labor, deja tu huella indeleble, la grandeza de tu ser”. El muchacho rió con mofa y se marchó; el artista continuó inmerso en su obra.

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