Rutas de un viajero. Capítulo VII. Ihuatzio… la noche

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Al pueblo de Ihuatzio

Es la otra hora, la noche, el espectáculo de las estrellas, en la oscuridad y lo infinito del cielo, o en la neblina que flota y se mezcla, en una añeja y tradicional alianza, con el humo que exhalan el copal, las fogatas, el incienso, las veladoras y los cirios. Son instantes nocturnos, envueltos con el prodigio de la vida y el retorno de los muertos, de acuerdo con la concepción purépecha, en su tierra nativa, en Ihuatzio.

Hay una fecha, en especial, en que las familias purépechas, reunidas en el cementerio, entre los altares con flores de cempasúchil y otros elementos indígenas, esperan a las ánimas, a sus difuntos, a la gente que a una hora y a otra, un día y muchos más, coexistió a su lado y protagonizó capítulos de una historia sin final.

Es la fiesta de los vivos para los muertos. La muerte abre paréntesis, espacios, honduras, con autorización de la vida. Bajo los sepulcros, reposan nombres y apellidos ya sin uso oficial, restos de hombres y mujeres que rieron y lloraron, gente que alguna vez asomó a los espejos y a los charcos después de las tempestades.

Semanas antes del encuentro mágico entre vivos y muertos, en aquel rincón lacustre, los sepulcros indígenas, húmedos y cubiertos de flores marchitas y hojarasca que aliento otoñal arrastra y reúne en montones, ocultan historias, recuerdos, perfiles, rostros. Exhiben nombres y fechas en cruces de madera que el aire, la lluvia, el tiempo, la polilla y el sol carcomen.

El viento es un viejo coleccionista que junta, con esmero y pasión, las flores descoloridas e inertes, y las hojas secas y quebradizas, que, finalmente, al paso de las horas, se consumen igual que gente que yace en las tumbas. Reposan los muertos de Ihuatzio en la profundidad, entre piedras y tierra, donde moran gusanos y raíces, muy cerca de ídolos y templos que pertenecieron a sus antepasados.

El cementerio es otro pueblo, morada de incontables murmullos y silencios, penumbra y soledad, donde los habitantes -al menos sus cuerpos- duermen profundamente, hasta que se desmoronan y convierten en parte del polvo, de la tierra que un día y otro, en primavera y en verano, exhibe su manto de flores aromáticas y de intensa policromía.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Un abejorro zumba entre los sepulcros, como los caracoles se arrastran en las lápidas o las lombrices se refugian en la intimidad de la tierra; pero ellos, los difuntos, permanecen dormidos e inmersos en el gran silencio, un sigilo que a veces habla. Allí, en el cementerio, se han de encontrar, al fin, padres e hijos, abuelos y nietos, parientes y amigos, hombres y mujeres que se amaron y otros que se odiaron, que escribieron, sin saberlo, la historia y el rumbo de su pueblo. Personas, después de todo, que compartieron un camino y un destino en cierto momento y paraje mundano.

Los juegos y las rondas infantiles, las palabras de amor, una mirada y otra, las tertulias, la felicidad y la tristeza, un acto heroico, las conversaciones, el trabajo en la campiña, las preocupaciones, los sueños, el éxito, todo se agota en el panteón. Cada sepulcro, desde el más modesto, que es un montón de tierra con una cruz de lámina o madera, hasta el suntuoso, es hogar, refugio de un cuerpo y de una historia callada, de una identidad con anécdotas -buenas y malas- que se desvanecen en el discurrir de los minutos inagotables y naufragan, inciertas, sobre el oleaje de la desmemoria, de la amnesia.

A un costado del otro pueblo, del que pertenece a los vivos -San Francisco Ihuatzio-, se erige, imperturbable, el de los muertos –necrópolis-, y es allí, precisamente, a donde los moradores purépechas se dirigen, primero, el 1 y el 2 de noviembre de cada año, y luego, a la siguente semana, a lo que llaman la octava, cuando los muertos retornan al más allá, según la creencia popular en ese rincón indígena.

Costumbre es, en Ihuatzio, acudir al cementerio, la mañana del 1 de noviembre, con intención de llevarles ofrendas a los niños, a los pequeños que murieron, a los que llaman angelitos. Les llevan agua, flores, fruta, pan y veladoras, que colocan en las tumbas, para posteriormente orarles y recordarlos como eran en este mundo, alegres, risueños, o acaso huraños o traviesos, pero al fin niños.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Quizá por el amor tan intenso que sintieron por ellos o tal vez porque fueron parte de sus corazones y de sus vivencias, hay quienes todavía acostumbran llevar calabazas, chayotes, dulces, pan en forma de conejos y gelatinas a los pequeños difuntos. Otros colocan juguetes en las criptas infantiles. Dejan las canicas, el carrito, el soldado, o la muñeca, la pelota, la estufa y las tazas minúsculas de barro, para que ellos, los niños que murieron, se diviertan, como antes, cuando los matices campo se reflejaban en sus ojos y el sabor de las golosinas deleitaba sus paladares.

Muñecas, pelotas, sonajas, para que la algarabía infantil se hospede en el hueco de algún corazón que llora la ausencia de un hijo, de una hija, que un día o una noche, a cierta hora, se retiraron de la cuna, del campo, de la escuela, para arrullarse con el canto de la muerte tan coqueta e insinuante. Quien asiste al funeral de un hijo, se siente roto y jamás recupera los pedazos ausentes. Y si la ofrenda tiene o carece de una fotografía del pequeño difunto, ¿qué importa, si los familiares y padrinos lo recuerdan con amor y le dedican plegarias? Lo llevan en su interior.

Fundado en 1525 por misioneros franciscanos, Ihuatzio es pueblo de costumbres, fiestas y tradiciones; en consecuencia, cuando las pinceladas de la tarde tiñen el cielo, anunciando el ocaso del día, los moradores se reúnen en el templo con la finalidad de dirigirse al cementerio, en procesión.. Al caminar por las callejuelas chuecas, por donde otrora transitaron sus difuntos, ellos, los de la procesión, cantan y oran, entre sus silencios, hasta que llegan a su destino, al cementerio, a las tumbas.

Paralelamente, otras personas dedican la tarde del 1 de noviembre a instalar arcos con calabazas, flores de cempasúchil y ciertos motivos en los espacios del pueblo que cada año destinan a ceremonias y danzas. Durante la agonía de la tarde, el crepúsculo contagia las nubes que se reflejan en el agónico y legendario lago de Pátzcuaro, exhibiendo un maquillaje fugaz e idéntico al de las flores de cempasúchil y al de la vida que se consume cada instante. Es la hora de la nostalgia. Duele la falta de vida, lastiman los espacios de los ausentes, hieren los huecos de los que ya no están.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

A las doce de la noche, el paisaje nocturno de Ihuatzio, siempre acompañado de montañas que esconden vestigios prehispánicos de los purépechas, se incendia con incontables fogatas, velas, cirios y veladoras que proyectan siluetas de gente, sepulcros y arcos con flores.

Huele a vida y a muerte. Es la hora de los recuerdos. Los nativos conversan alrededor de los sepulcros. Todos ofrendan a sus familiares fallecidos; unos colocan, esa noche, agua, comida y bebidas embriagantes que más agradaban a los que se fueron y regresan, según sus creencias.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

No sólo hay ofrendas en Ihuatzio; también presentan la danza de los Moros y la otra, la del Viejo y las Huapanas, que es típica del poblado. La madrugada del 2 de noviembre y la noche de los ocho días posteriores, los habitantes de Ihuatzio, nuevamente llevan ofrendas hasta las tumbas.

Durante la octava, ellos, amigos, familiares y padrinos de los difuntos, colocan ofrendas con el propósito de que éstos, los que vinieron de visita de ultratumba, se marchen con provisiones necesarias. Si el ser querido tiene menos de un año de muerto, sus parientes colocan un arco de carrizo cubierto con flores de cempasúchil, que adornan, con frecuencia, con angelitos. Oran y piden por su eterno descanso.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

La noche de muertos y la octava, son dos fechas especiales en Ihuatzio, que los moradores, los que todavía viven, aprovechan para recordar a los que emprendieron la marcha a otras rutas, a sendas insospechadas, a los que traspasaron la línea de la existencia, la frontera de este mundo.

Ihuatzio pertenece al municipio de Tzintzuntzan y se encuentra entre esta población y las de Cucuchucho y Tzurumútaro. Se localiza a cinco kilómetros de Pátzcuaro. Algo palpita en esta tierra. ¿El pasado, con sus vestigios de barro y piedra enterrados, ocultos? ¿Los purépechas difuntos, atrapados en sepulcros, en tumbas cubiertas de flores, hojas y cera? ¿El paisaje lacustre? En algún rincón de Ihuatzio, el aventurero convivirá con los indígenas, con los nativos que recuerdan a sus muertos, quienes indudablemente le invitarán pan con forma de conejo y atole, y mientras el día agoniza y se apaga en el horizonte, en el reflejo efímero y plomado del lago d Pátzcuaro, las luces de los cirios y de las veladoras iluminarán la noche y proyectarán siluetas de gente, sombras de árboles y tumbas. Serán, después de todo, la vida y la muerte en sus noches de convivencia.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Protegido del viento helado con chamarra y acaso con una mochila sobre la espalda, el viajero caminará entre sepulcros que exhalan aroma de cera y flores, pensando en la vida y en la muerte, en el recuerdo y en el olvido. ¿Cuál tiene mayor fortaleza? La muerte se siente invicta, suprema, intocable; pero el recuerdo sobrevive y el olvido, al final, lo consume todo. No obstante, el consuelo es que la vida es ciclo y se renueva cada instante… Las flamas de las veladoras se apagarán en Ihuatzio; pero otro día, quizá al siguiente año, volverán a encenderse, como las flores cuando se marchitan y mueren con el anhelo y la esperanza de renacer en la campiña. Tras un ocaso, siempre hay una aurora.

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