Rutas de un viajero. Capítulo VIII. Isla de Janitzio, entre el lago de Pátzcuaro y las tradiciones purépechas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

A los moradores de la isla de Janitzio y en memoria de aquellos años de historias y aventuras

Asistí, una y otra vez, al espectáculo mágico de la naturaleza y de los elementos cuando enamoran y pintan sus sentimientos y pasiones de tonalidades apagadas e intensas, hasta incendiar el cielo que se refleja en el lago plomado y legendario de Pátzcuaro. Sentí las caricias del viento y hasta salpicaron en mi piel y en mi rostro gotas de agua al asomar por la embarcación y contemplar los surcos que dejaba a su paso, mirar el lirio y a las aves acuáticas y descubrir el perfil de la isla de Janitzio.

Supe lo que es trasladarse en lancha y recibir, una mañana o una tarde, incontables gotas de una tempestad; pero también, al anochecer, admiré, en pleno embeleso, las estrellas, los luceros que cuelgan en la pinacoteca celeste y guían a los viajeros, encantan e inspiran a los artistas y seducen a los enamorados.

Detalles arquitectónicos. Janitzio, Michoacán. Foto: Gobierno de México.

Viví la aventura con entusiasmo, alegre e ilusionado, como la disfruta un artista, un escritor. Y también arranqué, suavemente, insondables suspiros, historias, sabores, leyendas y tradiciones que plasmé, al repasarlas, en diversas publicaciones que ahora huelen a papel y a tinta, a encierro, a archivo, a ayer.

Resulta que trigueño, cuando el sol asoma, en la mañana y al atardecer, para mirar su cutis ardiente y rejuvenecido, o tibio y envejecido, y café o plomado, al colocar la luna y las estrellas sus cabezas sobre la almohada del anochecer, el lago de Pátzcuaro -legendario, misterioso, subyugante- acaricia, cada instante, desde hace miles de años, la piel morena de la enigmática y fascinante isla de Janitzio.

Las nubes se aglomeran y forman figuras caprichosase irrepetibles que, más tarde, con el crepúsculo postrero, se incendian y quedan retratadas, dentro de su efímera existencia, en el espejo acuático que un día añejo perteneció a otra gente, la del imperio purépecha, hasta que el viento helado y pertinaz las desvanece.

Isla de Janitzio, en el majestuoso y legendario Lago de Pátzcuaro, Michoacán.
Foto: Janitzio, Michoacán, Facebook/ Galería Xanichu. Dirección: (@janitziomichoacanmexico.
Guía de turismo/ Janitzio, Michoacán. https://www.facebook.com/JanitzioMichoacanMexico/)

De día y de noche, a una y a otra hora, los lirios naufragan, sobreviven al lago que los arrulla y mece suavemente, coexistiendo con garzas, moscos, patos silvestres y peces. Mundo lacustre que data de días lejanos, de horas ya no recordadas, de minutos inmemorables.

Los bulbos y las flores violetas emergen entre hojas y raíces que flotan, en un mundo mágico de agua y leyendas; el lirio acuático se atrae, queda seducido, hasta formar alfombras delicadas, frágiles, que ceden el paso a canoas con nativos y lanchas con viajeros.

Rodeadas de bulbos, hojas y raíces, las flores crecen alegres, solitarias, igual que doncellas del agua, maquilladas con los hechizantes cosméticos de la naturaleza. Exhiben el pulso de la vida. En la orilla lacustre, entre carrizos y pastizales, posan las garzas que presumen blancura, elegancia y refinamiento de señoritas del más rancio abolengo. Algunas emprenden el vuelo sobre la superficie de cristal acuático, extendiendo sus alas inmaculadas, siempre en busca de algún pez descuidado y solitario o de insectos que coexisten en plantas, cortezas y tierra.

Pescadores con redes. Isla de Janitzio, Michoacán.
Foto: Janitzio, Michoacán, Facebook/ Galería Xanichu. Dirección: (@janitziomichoacanmexico.
Guía de turismo/ Janitzio, Michoacán. https://www.facebook.com/JanitzioMichoacanMexico/)

Hijo de días y noches perdidos en la lejanía del tiempo, acaso fragmento de la creación o de un paraíso no recordado durante la brevedad de la jornada terrena, el lago, ya agónico -¿qué no tiende a morir en nuestra época?-, cautiva al aventurero que lo contempla desde la lancha que se dirige a una de las islas, la de Janitzio, que es altar y recinto de la sangre purépecha. Solitario o acompañado de su familia, de su pareja o de sus amigos, el viajero, que ya ha recorrido una, otra y muchas veces las arterias de Michoacán, distingue desde la embarcación las montañas azuladas a la distancia e iluminadas por el sol. La piel se vuelve tostada en esos parajes, sin duda porque el sol la envuelve con vehemencia.

El ambiente huele a agua, a lago, a vegetación. Es un paisaje pintado con los matices de la naturaleza, entre los que se distinguen, enclavados, templos añejos y caseríos de adobe y teja, desafiantes al tiempo, al aire, a las tempestades, al sol, a la modernidad.

En la embarcación, rumbo a la isla de Janitzio, en el lago de Pátzcuaro, Michoacán.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

Las islas del lago de Pátzcuaro permanecen en hilera, formadas, luciendo sus formas, su esencia y sus nombres purépechas, eco de un gran linaje indígena: Los Urandenes, Jarácuaro, Janitzio, Tecuena, Yunuén y Pacanda. Todas son pedazos de tierra en el agua, hermanas y amigas, hijas de la misma estirpe, suelo que exhala los aromas del linaje purépecha.

Conforme avanza la lancha colectiva, en la que conviven nativos purépechas con turistas mexicanos y extranjeros, con vendedores de artesanías y dulces típicos, con cantantes que arrancan melodías a las guitarras y a los acordeones, el muelle se achica, queda reducido en un paisaje de tierra y agua con embarcaciones y gente que espera, que va y viene, que coexiste en un rincón del mundo.

Cual muchachas con rostros coquetos, graciosamente maquillados, las lanchas permanecen ancladas en el muelle, presumiendo sus nombres -Eréndira, Ereri, Gloria, Guadalupe, Karina, María, Noemí, Yolanda, Yunuén-, en espera de que los ansiosos viajeros las aborden y se acomoden en sus largos asientos de madera, para nuevamente deslizarse sobre el agua y sentir en sus cuerpo de madera y hierro las caricias y la frescura del lago.

Durante el trayecto a Janitzio, algunos niños asoman e introducen sus redes artesanales de juguete al agua plomada, emulando a los pescadores, o tal vez, nadie lo sabe, imaginando que atraparán algún tesoro oculto en las profundidades; otros pequeños, no menos audaces, pretenden estirar las manos, ante el descuido o la apobación de sus padres, para desprender una flor del lirio acuático y luego, en un acto del más puro amor, regalarla a la abuela o a la madre.

La cámara fotográfica, familiar o profesional, junto con la de video, o simplemente con la del teléfono celular, intentan captar imágenes de gente y del legendario paisaje lacustre, que quedarán plasmadas para la historia y el recuerdo en un álbum que alguien hojeará o mirará en un monitor, con melancolía, hasta el fin de su existencia.

Continúa la navegación de quienes pueden convertirse en la última generación de viajeros a la isla de Janitzio, si autoridades y sociedad no actúan de inmediato para curar la agonía del enigmático y subyugante lago de Pátzcuaro. El lago se ondula con los besos y los susurros del viento; el agua se mece plácidamente, libre, sin resentimiento contra quienes diariamente la contaminan. Es la misma de centurias pasadas. Lágrimas que quizá derramaron, en la cuenca, los dioses de barro, madera y piedra antes de ser concebidos por la mano indígena, o que tal vez dejó la doncella purépecha una noche, en sus horas más difíciles, cuando iba a ser sacrificada.

El escenario lacustre evoca, al menos por algunos instantes, los días de la prehistoria, mucho tiempo antes del establecimiento de los purépechas y de la formación de su gran imperio. Los rasgos del lago, de los carrizos y de las montañas, sugieren que se trató, en la prehistoria, de un escenario agreste, irrepetible, majestuoso, con animales, árboles, flores y plantas en abundancia.

Transcurren los minutos en el lago, en la embarcación, donde el viajero presiente y sabe que en la zona lacustre se desarrolló una importante cultura -el imperio purépecha-, como lo demuestran las evidencias en Ihuatzio -“lugar de coyotes”-, en Tzintzuntzan -“lugar de colibríes”- y en Pátzcuaro -“en donde tiñen de negro”, “lugar de cimientos” o “lugar de espadañas”-, entre otros sitios que han atraído la atención de arqueólogos, estudiosos en asuntos precolombinos, historiadores y antropólogos.

Es probable que la lancha, exhibiendo con orgullo su nombre de mujer bonita y morena, encuentre a su paso otras embarcaciones con turistas que ya regresan al muelle; sin embargo, a fuerza de navegar, aparece de frente, más real, la isla de Janitzio, tan legendaria como el lago y sus alrededores.

Todavía distante de la isla, el turista comprueba que, en la parte más alta, permanece de pie, con el puño levantado, el monumento hueco, dedicado a José María Morelos, héroe de la independencia mexicana, con sus casi cuarenta y ocho metros de altura, erigido durante la vigésima centuria. Se ha convertido, a través de los años, en centinela de Janitzio y del lago, donde una hora de la insurgencia, en el siglo XIX, estuvo el auténtico José María Teclo Morelos y Pavón. A sus pies se extienden el caserío con tejados y la torre del templo dedicado a San Jerónimo, muy cercano del gran petroglifo y del cementerio donde los nativos celebran, anualmente, en noviembre, la tradicional Noche de Muertos… Minúsculas ante el gigante de piedra que se erige libre, triunfante, las casas son hogar, taller, restaurante, tienda artesanal y recinto de pescadores, y las hay todavía de adobe y teja, y otras con rasgos de ladrillo y cemento, influidas por nuestra época de plástico.

Alguna ocasión, sin duda, el viajero habrá presenciado el espectáculo de las lanchas pesqueras con sus redes cual mariposas, o las costumbres legendarias durante la celebración que los isleños organizan en memoria de sus difuntos. Antes de llegar al muelle, la embarcación rodea la isla, dando oportunidad al paseante de contemplar las cuevas, el caserío y la vegetación que trepa incontenible, montaraz, por una de las laderas. Atraído por las costumbres de los moradores, mira en la orilla una red extendida, asoleándose; pero también observa alguna canoa de madera en la que se traslada una familia, o escenas cotidianas de un pueblo que sobrevive a la vorágine de nuestros días.

Tras concluir la vuelta a la isla, el turista desciende y camina por el muelle, siempre ante el encuentro con niños purépechas, con pequeños que cantan y hablan en lengua tarasca a cambio de unas monedas. Infancia mágica con el rostro hilvanado por la sangre purépecha.

Las callejuelas, escalonadas y chuecas, con algunos descansos, conducen a los rincones más extraños, donde los purépechas comercializan artesanía y comida. En un cuadro que representa el más puro mexicanismo, resalta el colorido del papel picado, en el techo, con el de las cazuelas con albóndigas, arroz, chiles rellenos, corundas, frijoles, pescado, salsas en molcajetes y tortillas de maíz elaboradas a mano.

Transita la gente por las calles chuecas e inclinadas, admirando el juguete artesanal de madera, casi pieza de museo, que comparte espacio con la muñeca de cartón con facciones de niña antigua, también objeto cada vez más raro. Las cazuelas, los jarros y las ollas de barro permanecen junto a los metates, los molcajetes, las cucharas, los molinillos y  las palas de madera… Fragmentos, trozos, vestigios de días consumidos y de un pueblo añejo, centenario, que ha protagonizado capítulos interminables de historia.

Con nueve cuarteles distribuidos en dos barrios indígenas -el de los artesanos y el de los pescadores-, Janitzio es la isla más poblada y visitada del lago de Pátzcuaro, y, sin duda, la que mayor hechizo ejerce sobre el viajero, acaso po su gente irrepetible, quizá por el encanto y la magia del indigenismo, tal vez por los colores, los aromas y los sabores que se mezclan en un estilo de vida irrepetible.

Tras ascender por las callejuelas que forman encrucijadas, el caminante llega, al fin, a la parte más elevada de Janitzio, donde permanece de pie la figura colosal de José María Morelos, quien durante las horas más angustiantes y cruentas del movimiento insurgente, en la aurora del siglo XIX, hay que repetirlo, eligió la isla como refugio.

Allí, en Janitzio, el Siervo de la Nación y sus seguidores se refugiaron y convivieron con los isleños, con los nativos que hablaban una lengua que otrora perteneció al imperio del cazonci, pero cuyo espíritu coincidía con el anhelo de justicia y libertad.

Cuántas noches pernoctó el cura Morelos en la isla, entre los nativos, llevando en el corazón y en la mente la idea de la independencia. Llegaría muy puntual a su cita con el destino, a su encuentro con la historia. El monumento de aproximadamente cuarenta y ocho metros de altura, es hueco y exhibe, en sus paredes interiores, sesenta y tres murales relacionados con él, con José María Morelos y la lucha insurgente.

En el vestíbulo de la galería, permanece en exhibición “El Niño”, que está resguardado en una caja de cristal y fue descubierto el 13 de abril de 2000, a diecisiete metros del embarcadero de la isla,, a una profundidad de un metro cuarenta centímetros. A diferencia de los dos cañones enormes que custodian el monumento, “El Niño” es pequeño, pesa doscientos kilos y es de bronce; además, se trata de una huella, de un testimonio añejo e histórico del paso de José María Morelos y sus seguidores por la isla de Janitzio. Se le bautizó como “El Niño” en memoria, precisamente, del primer cañón que utilizó Morelos en sus batallas, el cual, por cierto, era pequeño como el descubierto cerca de la isla.

Se distinguen, en los muros interiores del monumento al héroe de la Independencia, murales que relatan hazañas de aquellas horas aciagas del siglo XIX. La espiral conduce a la parte más alta de la figura de piedra, desde donde el trotamundos puede observar el paisaje lacustre que lo embelesa, que seduce sus sentidos, que rapta los latidos de su corazón. A tal altura, el caserío con tejados bermejos y las lanchas aparecen ante los ojos cual objetos minúsculos, casi irreales, que invitan a enamorarse, a jugar, a soñar.

Junto al templo de San Jerónimo y a la Jefatura de Tenencia -casona con arcos-, se localiza un pequeño recinto que por un tiempo funcionó como museo comunitario. Entre luces y sombras, el sitio exhibía una canoa antigua de madera, molcajetes, el portón original de la iglesia, una red de “mariposa” para pescar, incensarios, metates y vestuario religioso.

Pescadores con redes. Isla de Janitzio, Michoacán.
Foto: Janitzio, Michoacán, Facebook/ Galería Xanichu. Dirección: (@janitziomichoacanmexico.
Guía de turismo/ Janitzio, Michoacán. https://www.facebook.com/JanitzioMichoacanMexico/)

A los anticuarios y a los estudiosos de la historia, les hubieran cautivado las capas sacerdotales, entre las que destacaba, de acuerdo con las tradiciones de los nativos, la que utilizó Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, cuando ofició misa, en pleno siglo XVI, en la isla; posteriormente, en la decimonovena centuria, la usó José María Morelos al visitar Janitzio.

También figuraba el vestuario purépecha, de uso diario y para fiestas que, si bien es cierto confeccionaron manos indígenas, alguna vez, en el siglo XX, utilizó la actriz y diva mexicana María Félix -María de los Ángeles Félix Güereña, si hay que ser precisos-, durante la filmación de la película “Maclovia”. Junto a los vestidos, colgaban aretes y collares purépechas que usó la diva en el rodaje, la cual, por cierto, actuó en la antigua canoa de madera que entonces, durante los noventa días de filme, era adornada con flores naturales.

Había, en la misma colección, ropa femenina para el matrimonio y los días de carnaval y de Noche de Muertos, como también un altar católico.. Es creencia popular, entre los nativos de la isla, que si una mujer se embaraza sin estar casada, al contraer matrimonio y celebrarse la fiesta, “la música no toca igual ni la comida sabe bien”. En el caso del rosario que las mujeres utilizan en el matrimonio, pieza que es una simbología, tiene determinado número de perforaciones que deben coincidir con los hijos que concebirán ellas, las indígenas purépechas.

Para sorpresa de los turistas que tuvieron oportunidad de conocer el museo local, todavía en los primeros años del siglo XXI, ellos, los miembros de la comunidad, explicaban que no se registran divorcios en la isla, los cuales, como lo indica “el fajo de tela con adornos”, con el camino del santo Santiago, “si la mujer se casa, debe soportar la cruz del matrimonio”.

Un bastón de madera, extraño, misterioso, se encontraba en la habitación, con una serie de grabados indescifrables para quienes no son eruditos en la materia purépecha. Y es que lo utilizan los jóvenes, en edad de casarse, el cual deben sujetar con firmeza, ya que si doblan el brazo izquierdo o pierden en el juego, pasan por una etapa de vergüenza y la pretendiente no les entrega el pañuelo que simboliza compromiso matrimonial.

Las cruces talladas en el bastón, significan, según los isleños, cien años de mala suerte y, finalmente, la muerte; pero también contiene los triunfos de la vida. La guitarra grabada en el bastón, representa la música. El pueblo purépecha acompaña con música los días de su existencia, sobre todo en las comidas y cuando celebra acontecimientos alegres o tristes.

En una mesa, entre varias piedras, llamaba la atención una por su forma y sus atributos mágicos y raros. La piedra fue utilizada por una bruja o partera, quien, al pasarla sobre el vientre de alguna mujer, detectaba en seguida el grado de embarazo y sabía, igualmente, si el bebé estaba “mal acomodado”. La misma piedra permitía curar algunos males, como era el caso, verbigracia, del “empacho”. No obstante, en la comunidad existen piedras para otros usos.

Una vitrina rústica encerraba tres cáliz que los purépechas de la isla siempre han supuesto fueron donados por Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán en el siglo XVI; Maximiliano de Habsburgo, emperador de México en la decimonovena centuria; y la Basílica de Guadalupe, donde los mexicanos veneran y rinden culto a la Virgen del mismo nombre, que apareció ante el indio Juan Diego, en 1531, en el cerro del Tepeyac, en la Ciudad de México, con un mensaje que debía dar al obispo fray Juan de Zumárraga para que ordenara la construcción de un templo en aquel paraje montaraz.

En el mueble reposaba la corona de la Virgen del Rosario, que antiguamente, cuando alguien se ahogaba en el lago, la comunidad la solicitaba a las autoridades porque indicaba, casi en un acto milagroso, la localización del cuerpo. Y es a la Virgen del Rosario, que se encuentra en el templo de San Jerónimo junto con otras reliquias, a la que hay que ofrecerle oraciones para que conceda, por medio de su lenguaje misterioso, que los cargueros resguarden a su Niño Jesús, de acuerdo con las tradiciones de los nativos de la isla.

Paralelamente, museo local exhibía con orgullo la imagen del Señor de la Misericordia o del Árbol, que data del siglo XVII y que es el único que los nativos adoraban en aquellos días lejanos en la isla de Janitzio. Imágenes y reliquias sacras que los moradores de Janitzio siempre han amado y sienten tan suyas.

Los ciclos marcan el inicio y el final. Todo momento llega. En Navidad, los habitantes de los nueve cuarteles que existen en la isla, conviven con entusiasmo y cada noche organizan piñatas y rosarios, sin faltar, indiscutiblemente, adornos y música.

Para algunos, Janitzio significa “flor de lluvia o de elote”; para otros, en tanto, ha modificado su nombre hasta en tres etapas diferentes. Al principio, según la creencia, se llamaba Xanichu, con la “a” al revés y con diéresis; más tarde, Janichu; finalmente, Janitzio. Significa, de acuerdo con su lengua, “cimentación de aquéllos cuantos”.

Al atardecer, el viento helado disipa las nubes y sacude los carrizos; horas más tarde, el telón de la noche duerme sobre el lago y recarga su rostro agotado, sonriente, en la isla, en el caserío misterioso que enciende sus luces de realidades y fantasías, de vivencias y de sueños.

Cual ermitaña, la isla permanece solitaria y somnolienta, compartiendo con sus moradores el ambiente lacustre y las estrellas que se reflejan, coquetas y enamoradas, en el lago oscuro, ente los rumores y los sigiles propios de las noches, en primavera y en verano, en otoño y en invierno.

Ya en la ciudad, uno repasa el paseo a Janitzio e imagina a los nativos acompañados del lago, de los carrizos y del lirio, de las garzas y de los patos, del ambiente nocturno y de las estrellas plateadas que miran su destello encantador y mágico en el agua.

En los latidos del corazón se percibe, fiel al recuerdo, el pulso de un pueblo isleño que ríe y llora, entre luces y sombras, orgulloso de descender de una raza inagotable, singular, que ha sido una en el espacio, en la historia y en el tiempo. Confieso que le dediqué algunos días, en diferentes años, y ya llevo un pedazo suyo en mi memoria y en mis sentimientos, a pesar de ser forastero en aquel terruño michoacano.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Autor del texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga. Imagen de portada: Gobierno de México. Fotografías: Gobierno de México, Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html) y Janitzio, Michoacán, Facebook/ Galería Xanichu. Dirección: (@janitziomichoacanmexico. Guía de turismo/ Janitzio, Michoacán. https://www.facebook.com/JanitzioMichoacanMexico/)

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