Cada instante es la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No sé, a veces, si asisto al espectáculo de mi renacimiento cotidiano, al despertar un día y otro, al mirar las nubes de formas caprichosas que flotan en la profundidad de un cielo maravilloso y pleno que ofrece y promete tanto, al sentir las innumerables gotas de lluvia que me empapan y deslizan en mi piel, al descalzarme y correr en el pasto, entre árboles y helechos, o al hundir los pies en el agua del riachuelo y recibir las caricias del aire que me abraza, y percibir, así, el palpitar de la vida que fluye incesante en sus múltiples expresiones. Desconozco, en ocasiones, si presencio, de frente y puntual, la cercanía de mi funeral, al caer la tarde, al oscurecer y asomar las estrellas silenciosas y plateadas, cuando todos duermen, excepto las lechuzas, los grillos, los cometas, los enamorados y yo. Es uno tan frágil que, al creer que posee el conocimiento, la verdad, descubre otras puertas que aparecen, de improviso, con más interrogantes. Soy, simplemente, un artista, un escritor que un día, a cierta hora, saltó la cerca y eligió otro rumbo, al que sorprenden los rasgos de la vida y la muerte. Ando en el camino, asombrado por la flor mínúscula que crece entre las piedras acumuladas durante un momento de convulsiones y por la grandiosidad de los árboles que extienden sus racíces debajo de la tierra y sus troncos y follaje hacia el cielo azulado o plomado, libres, plenos, buenos, dignos, felices de vivir cada instante. Durante mis caminatas matutinas y vespertinas, inmerso en mis cavilaciones, entre un instante y otros, descubro que la vida fluye en los ríos que transitan imperturbables, en un canto a la creación infinita, mientras en ciertas orillas distingo el agua que, por alguna razón, se estancó y se pudre, acompañada de hojas pútridas y cortezas solitarias y enlamadas. Se trata, parece, del escenario de la vida y la muerte que de alguna forma se manifiesta ante mi mirada de asombro. Sonrío, agradecido y tranquilo, y me repito: “vamos. La vida invita a navegar en su corriente ondulada. Tengo la fortuna de desconocer, a esta hora, el minuto postrero de mi existencia. La vida transita frente a mí. Es momento de vivir”. Me repetí:, en silencio “libérate de culpas añejas. Perdona. No colecciones rencores pasados ni acumules otros que se sumen a la carga. Aligera el peso. Acéptate y coprende a los demás, principalmente a los que más sufren. Dedícate a hacer el bien, a enseñar a otros y a retirar escombros del camino. Da de ti lo mejor. No traiciones tus principios y evoluciona. No te olvides de ti, pero tampoco de las demás criaturas, cada una con su naturaleza y su esencia. Sé intenso. Ama. Sonríe. Practica la amabilidad y busca, cuando puedas y lo necesites, el silencio interior. Anda, ve y entrégate a la vida”. Y así es como trato de inventarme y justificar los días de mi existencia en este plano, en un mundo temporal, previo a mi despedida, en la estación, para viajar a otros rumbos. Cada instante es la vida.

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