Rutas de un viajero. Capítulo X. Pátzcuaro, el encanto de un pueblo. Recuerdos inolvidables. Don Francisco Arriaga Iturbe. Capilla colonial El Calvario

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Fotografías: Portada y capilla El Calvario, Hotel Mansión Iturbe. Pátzcuaro (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html).

Imágenes coloniales en pasta de caña: Colección El Sol Turístico

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Era una mañana de verano, envuelta en neblina, de esos momentos que uno, al ser tan joven, siente que le pertenecen y los disfruta tanto, casi idénticos a las páginas de un libro con relatos mágicos. Llovía. Los tejados berrmejos y los muros de adobe, centenarios, daban al caserío una imagen pintoresca e irrepetible. Los portones, labrados en horas pasadas, con aldabas y postigos, y los balcones vetustos de madera, daban a la arquitectura un rostro bello y diferente.

Me parecía, el espectáculo típico, el encuentro afortunado, tras mucho buscar, con un pueblo que, definitivamente, imaginaba sustraído de un cuento o de un sueño recurrente, y que apaciguaba, por lo mismo, el desgaste de mi caminata sin tregua en un rumbo y en otro. Por fin lo había encontrado. Y tenía nombre: Pátzcuaro.

Junto con mi padre, en aquel primer recorrido por la geografía michoacana, y, posteriormente, en otra época, con mi madre y nuestros familiares y amigos, me sentía, al transitar por sus callejuelas chuecas e inclinadas y sus plazas jardinadas con fuentes y bancas de piedra, en un ambiente que, aunque no era mi tierra nativa ni el rincón de nuestros antepasados, me parecía formar parte de mí en algún momento.

Y lo disfruté mucho. Dejé de ser forastero desde la primera vez que me reconocí en sus detalles, en sus motivos, en su arquitectura, en su historia. También incluí a Pátzcuaro en mi ruta turística, y le dediqué múltiples artículos y reportajes. Me sentí fascinado con su encanto. Sospechaba que había descubierto, finalmente, el pueblo tan anhelado para diluir los años de mi existencia.

Bello, cautivante e inspirador, Pátzcuaro significa, en lengua purépecha, “en donde tiñen de negro”, “lugar de cimientos o de asientos para templos” o “lugar de espadañas”, de acuerdo con las definiciones y traducciones de diferentes autores. Su escudo de armas fue concedido por el Rey de España, Carlos V, el 21 de julio de 1553, en pleno siglo XVI. Según la ordenanza real, las instrucciones se orientaban a que el escudo contemplara una laguna con una iglesia sobre un peñal, advocación de San Pedro y San Pablo. Próximo a la laguna e iglesia, debía aparecer la catedral.

En la relación que fue entregada, en el siglo XVI, al primer virrey de la Nueva España en el período de 1535 a 1550, Antonio de Mendoza, la información contempla que los caciques chichimecas, Páracume y Vápeani, segundos hijos de Curátame, costruyeron basamentosen en Pátzcuaro, precisamente en un sitio donde existían cuatro rocas juntas, que representaban los puntos cardinales y las estrellas de la constelación Cruz del Sur. Dicha civilización inició, de acuerdo con la tradición, en Zacapu, de donde sus integrantes emigraron. Algunos especialistas e historiadores calculan que la fundación de Pátzcuaro data de aproximadamente 1324, en el siglo XIV.

Con tales antecedentes y otros más, porque el Pátzcuaro prehispánico y el Pátzcuaro colonial son ricos e intensos, me interesé en recorrer sus espacios y sentirloos propios. Los viví y disfruté como si fuera uno de sus moradores, y así lo consideré, hasta que transcurrieron los años y un día, después de tantas aventuras e historia, partí a otros destinos.

Dentro de Rutas de un viajero, dedicaré varios capítulos a Pátzcuaro, con sus luces y sombras, en un intento de promoverlo, rendirle el homenaje que merece, defender su patrimonio y tratar de rescatarlo, a pesar de las inercias, la necedad, la ambición despedida, la ignorancia y los intereses egoístas de la hora contemporánea, que lo están destruyendo.

Tuve la fortuna de conocer, un día de tantos, a los propietarios de Mansión Iturbe, un hotel establecido en una casona de adobe, piedra, madera y teja, con antecedentes que datan de 1790, en postrimerías del siglo XVIII, donde comí y me hospedé algunas ocasiones en sus amplias habitaciones.

En honor a ese lugar, iniciaré este capítulo con un relato especial, referente a las exequias de uno de los antiguos dueños y moradores de tan majestuosa y soberbia finca, don Francisco Arriaga Iturbe.

DON FRANCISCO ARRIAGA ITURBE, EL FINAL

La noche anterior, la del 1° de noviembre de 1891, las ruedas de los carruajes giraban lentas, solemnes, casi al mismo ritmo del repique que provenía de los campanarios y se propagaba, fúnebre, en las callejuelas chuecas y en declive del pueblo de adobe, madera, piedra y teja. Entonces, las campanas de bronce poseían un lenguaje, un significado, y las había dedicadas especialmente para los momentos de luto.

Eran personajes elegantes -hombres y mujeres- quienes descendían de los carros tirados por corceles finos, tras haber recorrido, no como otros días, las calles con fincas que presumían balcones, portones y tejados. Eran mansiones fastuosas y cautivantes.

Cerca del ocaso del otoño, aquella noche ofrecía un espectáculo estelar, mágico. El viento helado y pertinaz descendía de las montañas y acariciaba las frondas de los árboles, hasta desprender las hojas que se unían a otras, ya secas, que cubrían las baldosas húmedas.

El paso de los caballos y de las carretas quebraban la hojarasca dorada, acumulada en las calles, como los años, las historias y las leyendas del poblado. Se trozaban y crujían ante el paso lento de los carros. Tal era el silencio, a esa hora de la noche.

Totalmente enlutados, atrapados en trajes y vestidos negros, los personajes entraban a la casona donde permanecía el ataúd de don Francisco Arriaga Iturbe, descendiente de don Francisco de Iturbe y de don Francisco de Arriaga y Peralta, gente ilustre de Pátzcuaro.

Allí, cerca del féretro, permanecían los familiares, los amigos, la gente que lo quería, las cosas que siempre le habían rodeado y eran tan suyas, y que, no obstante, dejaba. Cuánto duele decir adiós a lo que tanto se quiere. Cómo lastiman las despedidas, cuando la gente no regresará a la estación.

El crepitar de los cirios y las veladoras, el murmullo de los asistentes, el llanto, las oraciones pronunciadas devotamente, el aroma de la cera y de las flores, todo contrastaba en aquella casona elegante, suntuosa, cuyos ecos de comidas, fiestas y tertulias añejas todavía se percibían en cada recinto, en los espacios que sentían la ausencia de su propietario, en los instantes fugaces que no volverían más.

Discurrían las horas porfirianas. Las familias eran acaudaladas o miserables; pero todas amaban sus costumbres, sus pueblos, sus tradiciones. El pueblo era, entonces, hogar, casa, pequeño mundo, rincón querido, punto de encuentro. La gente sentía orgullo de sus orígenes y de su tierra nativa.

Mansión elegante la de don Francisco Arriaga Iturbe. Pronto, en unas horas más, cambiaría su morada y tan acaudalado señor sería sepultado en la capilla virreinal El Calvario, balcón que todos los días mira hacia el caserío de Pátzcuaro.

Siempre le había encantado la capilla, concluida en 1666. en pleno siglo XVII, acaso porque desde allí, en lo alto de la colina, distinguía las casas con muros de adobe y tejados bermejos, pintorescos, que hechizaban a los amantes de la naturaleza y de la vida. Seguramente, en su infancia fue una y otra vez a ese sitio, o, tal vez, ya en la juventud, al lado de su amada, vivió a su lado parte de los días más bellos e intensos de su existencia. Solo él sabía lo que entonces significaba El Calvarrio en su vida.

Capilla colonial El Calvario. Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

Él, don Francisco Arriaga Iturbe, tuvo el privilegio, como pocos, de vivir con todas las comodidades en el pueblo hermoso e inigualable de Pátzcuaro que, incluso hoy, se antoja para destinar los días de la existencia en alguna de sus moradas de adobe y teja, con balcones y portones de madera, y llevaba consigo esos secretos, tales vivencias a las que no se renuncia, ni siquiera en el minuto postrero de la vida

Pátzcuaro era, entonces, poblado bonito y típico, diseñado, como el paraíso, para disfrutars una hora y muchas más de la vida. Escasos pueblos, en México y en otros países, se le igualaban. Es un destino que se anhela, un paseo que se repite, una estancia que no se olvida.

Quizá, don Francisco Arriaga Iturbe y su familia, como tantas que habitaron Pátzcuaro, conocían la tradición referente a que, en ese paraje, donde se erige la cailla El Calvario, se encontraba un basamento prehispánico, una yácata en la que se supone reposaban los restos de otro personaje -Tariácuri-, quien fue jerarca de los purépechas.

Simultáneamente al velorio de tan linajudo personaje, en otros poblados de la zona lacustre de Pátzcuaro, que entonces eran pintorescos y estaban rodeados de naturaleza exuberante, los indígenas purépechas recordaban a sus muertos, y, quizá, por el amor y la gratitud que le tenían, a Tariácuri, quien fue, por añadidura, reconstructor de la población en 1372.

Los cirios, las fogatas y las veladoras, dispersos, esa noche, en los cementerios indígenas de la zona lacustre, alumbraban el cielo ennegrecido, cubierto de nubes espesas y plomadas que derramaban incontables gotas de lluvia, en espera, ellos, de sus difuntos, según su creencia y sus tradiciones.

Todo es ciclo. La aurora, tdavía incipiente, desvaneció las sombras postreras de la noche del 1| de noviembre de 1891. Envueltos en neblina, los campanarios iniciaron su desasiego, propagándose el repique fúnebre por callejuelas, jardines, plazas, portales y rincones. Anunciaban, tristemente, el deceso de Francisco Arriaga Iturbe, personaje muy querido.

El cortejo partió de la casona, aquella mañana nebulosa y fría, hacia la capilla El Calvario. Transitando por las calles principales de Pátzcuaro, los dolientes, con los rostros carmesíes por las caricias del aire, trasladaron a don Francisco Arriaga Iturbe hasta su tumba. En aquella época, la gente experimentaba con mayor intensidad todos los acontecimientos de la existencia. Se vivía, en verdad, y se saboreaba lo dulce y lo amargo de la existencia.

Las floes de intensos aromas y policromía, cubrieron el féretro de madera, simbolizando el amor que se le tenía al hombre y apaciguando, por lo mismo, el dolor que provocaba su transición. El llanto, las oraciones y los recuerdos se mezclaban en un idioma que era el mismo.

Desde entonces, la lápida sella el sepulcro de don Francisco Arriaga Iturbe. Hoy se distinguen siete lápidas antiguas en el atrio; los entierros que se encontraban en el interior, bajo los tablones del piso de la capilla, desapareciern hace algunos años, en el siglo XX, cuando un honbre de apellido Cerda propuso, tontamente, cambiar la madera por mosaicos. Son “innovadores” que actúan de acuerdo con sus emociones e intereses y convencen a otros tantos, ignorantes, hasta que acaban con el patrimonio arquitectónico y cultural de los pueblos.

No obstante que hace algunos años fueron robados los óleos que colgaban de los antiguos paredones. El Calvario conserva reliquias coloniales. Se traata, en verdad, de un recinto del siglo XVII, construido por instrucciones de Marcos Ramírez de Prado, obispo de Michoacán, que resguarda imágenes de pasta de caña.

Mientras el turista camina por el inteior de la capilla El Calvario -si acaso corre con suerte de encontrarla abierta-, se enterará de la pérdida del piso de tablones, donde estaban sepultados algunos personajes sobresalientes del Pátzcuaro de la antigüedad.

Tras contemplar, asombrado, al Nazareno, imagen de pasta de caña de la época colonial, y las hermosas esculturas que yacen en el altar, entre las que destacan la de Cristo y la Virgen, las cuales, por cierto, en varias ocasiones han sufrido intento de robo por parte de saqueadores, descumbre, en lo que aparentemente fue un huerto, dos bloques de piedra empotradas en el muro exterior de la capilla, representando, el primero, conforme a la crerencia popular, un croquis de la región lacustre de Pátzcuaro.

Imágenes coloniales, elaboradas en pasta de caña. Capilla El Calvario. Pátzcuaro, Michoacán.
Foto: Colección El Sol Turístico.

Desde el atrio de la capilla El Calvario, el turista contempla el paisaje urbano de Pátzcuaro, del que todavía sobresalen, hermosos y señoriales, los tejados y los templos Queda embelesado ante la belleza de tan digna y señorial población que desafía la caminata de los almanaques y las manecillas del reloj, los rasguños del aire, las caricias de la lluvia los ósculos del sol y, principalmente, la ambición desmedida, la irresponsabilidad individual y colectiva, las tendencias superficiales del minuto presente, la mediocridad, la corrupción de algunos y la ignorancia.

Pátzcuaro es color, perfume, sabor; es pueblo hechizante, irrepetible, mágico. Quien lo conoce y recorre sus rincones, siempre lleva su recuerdo en la memoria y su esencia y sus siluetas en cada latido del corazón, como lo sentí tantas veces, incluyendo las noches que pernocté en Mansión Iturbe, la antigua casa de Comercio y Arriería que perteneció, entre otros personajes, a don Francisco Arriaga Iturbe.

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