Rutas de un viajero. Capítulo XIII. Historia del fresco de la Virgen de Guadalupe, en Pátzcuaro

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Fotografía: Colonia Ibarra. Pátzcuaro, Michoacán. Facebook

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Uno camina embelesado por las callejuelas inclinadas y chuecas de Pátzcuaro, donde cada rincón es anecdotario, huella, relicario de historias pretéritas y consumidas ante el paso de las centurias, siglos presurosos que todo rasguñan, mientras el aliento de la teja mojada y los aromas del chocolate amargo y dulce y del pan recién horneado, escapan de las cocinas tradicionales y de los hornos de adobe.

El concierto de los pájaros y de los campanarios se mezcla e invita a que las horas de la mañana, envueltas en niebla y en llovizna, discurran apacibles como un encanto dentro de un capítulo irrepetible en el pueblo lacustre e irrepetible de Pátzcuaro

Ya en alguna banca o, quizá, en una plazuela apacible y pintoresca, mecido en el columpio de las añoranzas y los recuerdos, uno comprueba que las manecillas del reloj cumplen su jornada irrenunciable y que, por lo mismo, casi de manera imperceptible han quedado rastros de su caminata en las casas de adobe y teja con balcones y portones de madera, en los monumentos, en los espacios que pertenecierona otra gente, en los templos y en los ex conventos, surgiendo, entonces, la prisa por rescatar lo que queda de la identidad de un pueblo que ha sido uno y en el tiempo y la historia y que ahora llaman mágico.

En consecuencia, uno anota datos, leyendas y tradiciones en la libreta o toma fotografías para el álbum, hasta que coincide en una calle añeja, la de La Paz, entre la Basílica de la Virgen de la Salud y la finca que un día ya distante habitó Juana Pavón, madre de José María Morelos, héroe de la Independencia de México, en el siglo XIX, a quien la gente, en este país latinoamericano, denomina Siervo de la Nación, donde hace un paréntesis con la idea de contemplar un fragmento del ayer en el muro de una casa típica.

Resulta que en el paredón de la fachada de adobe se encuentra, a pocos centímetros del tejado, la imagen de la Virgen de Guadalupe, protegida por una puerta de madera con un orificio que apenas permite distinguir sus manos y su rostro moreno.

Narra la tradición que, en el amanecer del siglo XIX, exactamente el 8 de julio de 1814, las fuerzas realistas perpetraron un ataque contra los habitantes de Pátzcuaro, población que entonces se encontraba resguardada por un grupo de insurgentes encabezados por Felipe Arias, quien murió en un acto de arrojo que contagió a sus compañeros a protagonizar una defensa heroica.

Como consecuencia de la desventaja ante sus enemigos realistas, que eran muy numerosos y poseían mejores armas, murieron no pocos insurgentes, resultando prisioneros los sobrevivientes, a quienes los agresores ordenaron que se formaran en la entoncces calle del Prendimiento, posteriormente de La Paz, con el objetivo de fusilar a aquellos que, por desgracia, debido a su ubicación en la fila, les correspondiera el número cinco.

Uno de cada cinco insurgentes fueron fusilados; sin embargo, quienes salvaron la vida de la cruel ejecución, atribuyeron el milagro a la Virgen de Guadalupe, a quien se encomendaron y es tan venerada por los mexicacnos, por lo que, como muestra de gratitud, mandaron pintar su imagen en una piedra que posteriormente colocaron frente a la casa ya mencionada, escenario, como las otras construcciones, de la tragedia.

La imagen de la Virgen de Guadalupe permaneció intacta durante más de una centuria cual fiel testimonio de la salvación de los insurgentes, hasta que una noche del mes de octubre de 1934, amparado por las sombras, alguien intentó acabar con la obra para coadyuvar, sin duda, a renovar la lucha contra la religión de los católicos, como aconteció entre 1926 y 1929 con la denominada Guerra Cristera, derivada de la Ley Calles que pretendía, desde el Gobierno Federal, reprimir toda acción sacra.

Por tratarse de una piedra, resultó imposible destrozar la base de la imagen, procediendo el agresor, en consecuencia, a rasparle la cara y a arrojarle tinta. Ante la consternación popular, la Virgen de Guadalupe mostraba un intento de mancillación que ofendía a los mexicanos y sus creencias, especialmente a los moradores de Pátzcuaro y de los pueblos enclavados en la región.

Dos o tres días más tarde, regresó quien pretendía, definitivamente, acabar con la imagen sacra, para lo que utilizó una barreta con la intención de despedazarle el rostro. Tal era su odio hacia la Virgen de Guadalupe y las cosas sacras, que no importó al atacante ser sorprendido por la gente enardecida.

Uno de los moradores de la calle, Felipe Ochoa, mandó restaurar la imagen y ordenó colocar un nicho con una puerta de madera, que hastda la fecha presenta un orificio para que todos los católicos, y hoy los turistas nacionales y extranjeros, la miren.

Los años han transcurrido incontenibles, quedando como huella de la insurgencia la Virgen de Guadalupe pintada sobre una piedra y empotrada en una casa de adobe, asomando apenas el rostro por una pequeña ventana, desde donde parece contemplar, en silencio, el paso de los moradores y de los turistas que quedan perplejos e interrogan, en ocasiones, acerca de la historia de la imagen.

Uno camina por un rincón y por otro de Pátzcuaro, siempre con el deseo y la intención de abrir sus páginas añejas y románticas para descubrir un detalle, un espacio, un secreto, acaso una mañana nublada y fría o tal vez una tarde lluviosa, como la abuela que, nostálgica, acude a su ropeto, a su baúl, a su caja pletórica de retratos.

  • Texto publicado, inicialmente, en el año 2000, en El Sol Turístico

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