La joven aburrida y los granos de arena

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-Otro día más -pensó la joven, enfadada, al sentir las caricias del sol que asomaba por el ventanal de su habitación.

Intentó dormir más con la idea de permanecer despierta menos tiempo y así, inmersa en su ocio y en sus sueños, evitar la monotonía de sus días repetidos; pero los colores, las fragancias, los rumores y los silencios de la vida le impidieron regresar a los mundos de quimeras. La noche había partido. La mañana alumbraba otra fecha, un episodio más en su biografía, en su edad, en la historia de todo cuanto le rodeaba.

Salió a caminar y sentarse, como todos los días, al amanecer, en la playa solitaria, en algún paraje donde las olas jade y turquesa, llegaban a la arena que besaban y mojaban, para de inmediato escurrir y retornar, espumosas, a su inmensidad como un detalle, un motivo, un engranaje del océano.

Hastiada, agarró una vara que despedazó. La resquebrajó en pequeños fragmentos, como consumía, igualmente, los minutos de su existencia que se iban y desvanecían irremediablemente. Aquel período vacacional, en la playa, le pareció injusto, a pesar de que la mansión veraniega, propiedad de su familia, le ofrecía innumerables alternativas para disfrutar los instantes pasajeros: las calzadas jardinadas, los balcones dispuestos arquitectónicamente para descansar y contemplar el mar, la biblioteca, la sala de arte, el yate, la tabla de surfing, la caña de pescar.

Emilia, sin sospecharlo, acudió a su encuentro con ella. Admiró el oleaje en su incansable ir y venir, pliegues azulados y verdosos que refrescaban la orilla arenosa, la playa desolada, y dejaban trozos de las profundidades marítimas -estrellas, hipocampos, caracoles, conchas, piedras, botellas de vidrio, huesos y otros objetos naturales y sintéticos-, que, casi de inmediato, volvían a llevarse.

Las olas impetuosas, en una mezcla sinfónica de murmullos y sigilos, provocaron en ella un sopor que le pareció extraño y que se acentuó al admirar, en el horizonte, la unión del océano y el cielo, el matrimonio de uno y otro, en sus azules mágicos, en espera de otra tarde para prender el espacio y la superficie acuática de amarillo, dorado, naranja, rojizo y violeta.

El graznido de gaviotas y pelícanos, disuelto en el lenguaje del mar, en los sonidos y en las pausas del viento, en los truenos que a veces se propagan entre las nubes que mutan de blanquecino a tonos plomados y al embate de millones de gotas de agua contra los riscos imperturbables y desafiantes al tiempo y a los elementos naturales, envolvió a Emilia, la arrastró, cual náufrago, a parajes desfigurados y tétricos -los de su existencia con sus errores, fracasos y omisiones, con lo bueno y lo malo, con sus alegrías y sus triunfos-, donde enfrentó sus propios fantasmas y miedos, sus máscaras y vestuarios, hasta que, inesperadamente, despertó de su letargo, reflejada en una luz que le permitió disginguir un paisaje matizado y perfumes, exquisito en formas y susurros.

Concentró su atención en la playa, donde apreció, mejor que antes, los granos minúsculos de arena, acumulados por millones, tan diferentes unos de otros. Imposible contarlos. Cada uno poseía un motivo, una forma, un destino, una particularidad.

Hundió sus manos en la arena y dejó caer, suavemente, los granos que la brisa dispersó al natural. Cada grano era diferente, peculiar, libre y, a la vez, parte de una familia, integrante de un grupo evolutivo, y, sin perder identidad, all unirse, formaban el paisaje más bello y sublime, un pedazo de cielo, un trozo de paraíso, simplemente una playa en un rincón terreno.

Emocionada, la joven respiró hondamente y sintió el pulso de la vida. Entendió que cada grano de arena, poseedor de una forma y una identidad, cumplía un encargo, una misión, y que unido con los demás, por miles de millones, componía, en el lienzo natural, una playa.

Reflexionó. Sonriente, Emilia recibió la brisa y pensó que los granos de arena, en las playas, tienen similitud con la gente, con los hombres y las mujeres que deambulan en el mundo, cada uno con una esencia y una identidad, en el cumplimiento de una misión y en busca de una evolución y un destino grandioso.

Los granos de arena, reunidos a la orilla del mar y sobre la tierra, en la playa, se mantenían en torno a un proyecto común y servían al mundo, a la gente, a los animales, a los cocoteros, a las palmeras, a los árboles y a las plantas que crecían exuberantes.

No supo Emilia cuántas horas permaneció sentada en la playa, a la orilla del mar -o quizá minutos, acaso días, probablemente siempre, tal vez nunca-; sin embargo, al reaccionar ante el encuentro fugaz, como son, en realidad, las citas de cada tarde del sol y el océano, entre crepúsculos mágicos, comprendió que ya era otra, y que la vida es rica en detalles y motivos, que ningún instante es igual, que los momentos son irrepetibles y que existe, en cada ser, una encomienda, una labor, un motivo. No hay, en consecuencia, razón para aburrirse en el mundo. Sonrió, cerró los párpados y supo, a partir de entonces, que cada despertar, al amanecer, significaría recibir la vida en abundancia y cumplir su misión con alegría.

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