Cada instante que pasa

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

En cada instante descubro un paisaje de mi existencia, un pedazo de mi historia, una huella de mi caminata. En cada minuto que pasa, miro transitar los motivos de mi vida, las rutas a otros destinos, algo de lo que fui y de lo que soy, con la posibilidad, en un quizá de cristal, de lo que, finalmente, seré. En cada movimiento del péndulo, al columpiarse bajo las manecillas inquietas del reloj, observo a la gente que estuvo conmigo, a quienes aún permanecen a mi lado, y siento sus abrazos y su presencia, percibo sus fragancias, escucho sus voces y me reconozco en sus miradas. En cada día que se consume y se agrega a mi biografía, detecto los segundos, los minutos y las horas que se acumularon y se llevaron algo de mí, y así, con asombro, contemplo los años de mi existencia con sus momentos fugaces. Cada minuto, agradable o repugnante, feliz o triste, bueno o malo, integra el expediente de mi perfil, la historia que protagonizo al vivir y al soñar, de día y de noche, acompañado o solo. Noto que mi existencia no es la apariencia de mi rostro, la ropa que me cubre, el perfume que despido y las cosas materiales que pueda tener. Lo compruebo al verme a cierta hora del ayer y en otro momento más cercano a mi presente, tan distinto e irreconocible en algunos rasgos y signos. No obstante, bajo tantos escombros, en mi interior, me encuentro conmigo, me identifico, me doy cuenta de que soy yo, el que pulsa con el ritmo infinito y trasciende más allá de cada período. Una voz, afuera y dentro de mí, me invita a vivir con mis apariencias materiales y mis profundidades etéreas, con mi luz y mi textura, con mis realidades y mis sueños, con mi esencia y mi ropaje, porque cada instante, positivo o negativo, es parte de mi historia durante mi paso temporal por este mundo. Y los mismos susurros que escucho, me dicen que los días de la vida, en el mundo, son breves y que, por lo mismo, he de experimentarlos en armonía, con equilibrio, plenamente, siempre aplicado en el bien y en la verdad, en la justicia y en la dignidad, en el amor y en la libertad, si es que deseo, en verdad, conquistar la eternidad. Hay ciclos amargos y períodos dulces. Debo buscar el equilibrio, sortear abismos, derribar fronteras, destruir celdas y, por añadidura, cruzar puentes y escalar cimas, hasta trascender. Cada instante que se presenta es mío, me pertenece, entre un suspiro y uno más, como todos los que se fueron en otros tiempos de mi vida y los que están por venir. Hay que vivir ahora. Sería ocioso esperar otros días o años para recobrar la felicidad con alguna meta anhelada y soñada. El trayecto no debe quedar desierto. El navegante vive con intensidad su travesía y lo mismo se prueba durante las tempestades, en medio del mar impetuoso, que en la tranquilidad de una noche estrellada, mientras toma el timón y sigue su itinerario. Se provocan vacíos tristes y dolorosos cuando no se disfrutan los instantes por esperar una fecha grandiosa. Cada momento tiene un espacio para uno, un escenario para vivirlo. Vivamos, antes de que una tarde lluviosa o una noche desolada, lloremos desconsolados por la historia existencial que dejamos escapar.

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