La miras desde tu ventana

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Miras, desde la ventana, el paso de la hojarasca que arrastra el viento; piensas, tal vez, que los instantes huyen en cada hoja seca, igual que un suspiro que se va y no vuelve. Y seguramente, no lo sé, en otro tiempo hiciste lo mismo al observar la belleza y el encanto de las gotas de lluvia y su fugacidad asombrosa y enigmática. Crees, probablemente, como pasajero desorientado, que son las estaciones las que pasan efímeras ante tu mirada y que regresarán iguales, algún día, a cierta hora, cuando de nuevo asomes por la ventana. No sabes que podría llegar un momento en el que ni tú te reconozcas. El pasajero, en el mundo, eres tú, no la vida. Siempre anhelas y esperas el siguiente día, el próximo año, para vivir plenamente y ser feliz, y así llegan los otros meses, las fechas que marcaste, y olvidas que la existencia se compone de pedazos de tiempo. Piensas que serás muy dichoso al llegar determinado momento y al conseguir un amor, un viaje, una casa, un automóvil, una cuenta bancaria. Olvidas disfrutar el recorrido. Quieres conquistar la montaña imponente sin tener la humildad de fijarte en los pequeños detalles. Justificas tus ausencias ante tus hijos, con tu familia, con el argumento de que trabajas para darles lo mejor. Te desmienten los lapsos que desperdicias cruelmente en asuntos baladíes. Fácilmente abandonas tu esencia, renuncias a tus ideales, te pesa razonar y te hincas ante las superficialidades y el brillo de la inmediatez. A ti, que quizá asomas desde tu ventana -la de tu ser, la de tu casa, la de tu mente-, te recuerdo que una noche dormirás agotado e irreconocible y, al siguiente día, en la mañana, al despertar de tus sueños, descubrirás que ya no hay tiempo para vivir. Entonces lamentarás tu arrogancia y tu desdén hacia la vida. La vida mora en ti. Ábrele la puerta. No la mires pasar desde una ventana con cristales opacos que te impiden experimentarla, sentir sus caricias, disfrutar sus encantos y aprender de sus desencuentros. No esperes los días postreros de tu existencia para revisar tu biografía y acomodar las piezas empolvadas que te harán deplorar el tiempo perdido. Recíbela con lo que es y con todo lo que significa. Quien no aprende a vivir en la temporalidad, en el mundo, no está preparado para el infinito.

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Y muere la gente…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y muere la gente y se desbaratan las genealogías familiares. Los recuerdos de antaño quedan sepultados en la desmemoria y en sepulcros fríos y desiertos. Y muere la gente y uno, al final, se siente desolado, entre ausencias enormes y listas presentes. Unos se van y otros llegan. Y muere la gente, y unos y otros quedamos sin abuelos, tíos y padres, y pensamos que a nuestro lado o atrás se encuentran los hermanos, los hijos, los nietos, los bisnietos y todos los descendientes que también partirán. Se acaban los nombres y los apellidos que nos parecían tan familiares durante la niñez, la adolescencia y la juventud. Y muere la gente, se consumen las generaciones previas a nosotros, y recorremos los peldaños con la sospecha de que, quizá, seremos los próximos pasajeros. Y muere la gente y quedamos con cargas y livianidades, con alegrías y tristezas, con remembranzas y olvidos, con dolores y remordimientos. Y muere la gente y ya no dimos abrazos prometidos ni pronunciamos palabras de amor, ni tampoco regalamos detalles ni solicitamos perdón. Y muere la gente y los silencios hablan y los rumores callan. Y muere la gente tan cercana y lejana y comenzamos a añorar, a sentirnos completamente solos, a sabernos insignificantes. Y muere la gente y sospechamos que pronto corresponderá el turno a nosotros. Y muere la gente y entendemos que pertenecemos a una generación que se desvanece. Y muere la gente sin habernos dado la oportunidad de amarla, hacerle el bien, ofrecerle detalles y dedicarle atención y tiempo. Y muere la gente y lloramos desconsolados, con flores que nunca antes dimos y sentimientos que jamás expresamos. Y muere la gente y ahí se quedan las cosas y todo lo que formaba parte de sus vidas. Nada, en el mundo, es permanente. Y muere la gente y a veces no reaccionamos ni intentamos evolucionar, hacer el bien, amar, reír y dar lo mejor de nosotros. Y muere la gente, hasta que una tarde otoñal o una noche invernal, cercana a la madrugada, descubrimos que somos los próximos en cruzar el umbral a otro plano. Y muere la gente y yo, modesto artista de las letras, te invito a vivir en armonía y plenamente, a reír más, a amar con intensidad, a mostrarte con sencillez, a entregar lo mejor que hay en ti, a hacer el bien, a perdonar, a cultivar alegría y esperanza, a soñar y a entregarte a la realidad, a entender que el ropaje y las sandalias únicamente te servirán durante el camino y que tu esencia debe prevalecer si en verdad deseas trascender. Vive, ahora que estás en el mundo. Y muere la gente…

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Y uno piensa…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y uno piensa, al mirar las hojas que el viento otoñal desprende y los copos de nieve que, en invierno, cubren los abetos, las montañas y los caseríos, que los días y los años se consumen entre un suspiro y otro; pero las estaciones, al transitar, se repiten indiferentes tras sus ausencias y sus apariciones, con las páginas, los lienzos y los pentagramas que ofrecen para hacer de cada biografía una obra magistral o algo mediocre e insulso. Y uno piensa, al transcurrir los minutos, que es el tiempo el que se acaba, cuando se trata de la aproximación, cada instante, al final de la jornada terrena, al término de la estancia y del viaje por el mundo de arcilla y texturas. Y uno piensa, al morir la tarde y nacer la noche, que habrá otro día, un amanecer; sin embargo, llegará el momento en que la cuenta se agote y ya no existan más auroras. Y uno piensa, al transitar las estaciones, que habrá otras, acaso sin recordar que la vida no se basa en contratos que aseguren un período determinado; se trata de experimentarla en armonía, con equilibrio, plenamente, y dedicarla al amor, al bien, a la verdad, a la justicia, a la oportunidad de evolucionar, al desarrollo integral. Y uno piensa, por encontrarse tan distraído en las apariencias del barro y en otras ambiciones y superficialidades, que no es necesario navegar, sentir la experiencia de la travesía y asimilar las lecciones, sino llegar pronto a la orilla, al puerto, sin aprendizaje, porque lo que interesa, a algunos, es gozar y poseer sin regalarse la oportunidad de coexistir, probarse y crecer ante la calma y las tempestades. Y uno piensa, entre un ciclo y otro, que habrá, al concluir la jornada, un infinito, un porvenir eterno, sin prepararse, quizá por permanecer tan disperso en otros asuntos cotidianos, para ganarse el palacio. Y uno piensa y se dedica a temas baladíes y se olvida de vivir todos los días, con lo bueno y lo malo, con la risa y el llanto, con la alegría y la tristeza, con las realidades y los sueños. Y uno piensa, en ocasiones, que falta mucho para renunciar a las delicias del mundo, las cuales, aunque sean abundantes y legítimas, se agotan en cierta fecha. Y uno piensa en satisfacer sus ambiciones desmedidas y sus apetitos descontrolados, y olvida -oh, qué dolor- disfrutar cada instante como un milagro que regala la vida. Y uno piensa, y hasta despilfarra el tiempo, que la comedia humana se basa en estulticia, en libertinajes, en competir y en despreciar a los demás, probablemente sin darse cuenta de que tales motivos construyen barrotes y celdas, edifican fronteras y destruyen puentes. Y uno piensa, quizá, que el destino le recompensará en algún momento o que la felicidad y las cosas tocarán a su puerta y asomarán por la ventana, y en esa espera se consumen los días y los años y no vive feliz ni pleno. Y uno piensa tanto en sus desvaríos e intereses, que olvida vivir, realizarse integralmente y dejar huellas indelebles a su paso. Y uno piensa, insisto, en que los días de la existencia se marchan, en el envejecimiento inevitable, y omite vivir. Despertemos de tal letargo y empecemos a vivir. Lo merecemos. No importa que tengamos cinco, diez, quince, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta o noventa años. Estamos aquí, en el mundo, con lo que somos, con nuestra esencia y también con el ropaje que nos cubre. Vivamos. La vida está aquí. Y uno piensa…

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Algo tiene el arte

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Algo tiene el arte. Me recuerda, cuando lo escribo, los poemas y los textos de un paraíso que siento en mí y percibo aquí y allá, en el mundo y en el universo, en el barro y en la esencia. Leo sus razones y sus delirios en las hojas que se desprenden de los árboles al sentir las caricias del viento y en las gotas de lluvia que forman charcos y reflejan la profundidad azul del cielo. Algo tiene el arte. Sus formas y su policromía son, parece, trozos que flotan para que uno, al mirarlos, no olvide que existe lo tangible y lo etéreo. Algo tiene el arte. Al escucharlo, creo, y estoy seguro de que así es, que tiene mucho de la voz de Dios y del lenguaje de la creación. Algo tiene el arte. Cuando me inspiro y escribo, me transformo en flor y en helecho, en estrella y en oleaje, en tierra y en viento. Algo tiene el arte. Me recuerda a Dios cuando escribe sus guiones, al pintar y al decorar sus creaciones y sus formas, y al darles sonidos, pausas y silencios. Algo tiene el arte. Cuando escribo, sé que emulo, en pequeño, la inmensa tarea de la creación. Algo tiene el arte. Es la encomienda que traigo conmigo, mi razón, mi sentido, mi motivo. Algo tiene el arte. Enamora, cautiva, encanta. Eleva y lleva al bien, a la realización, a la plenitud, a la textura y a la fuente infinita. Algo tiene el arte. Es una forma de definir y expresar el mundo, el cielo y el infierno, la temporalidad y la eternidad, las cargas y las livianidades, los sueños y las realidades. Algo tiene el arte. Obsequia pedazos de vida. Algo tiene el arte. Abre las puertas de mi interior y descubro a los del ayer, a los del pretérito, a los de hoy, a los de mañana, en un palpitar con múltiples rostros que describo y vuelvo letras que dicen tanto y callan todo. Algo tiene el arte. Lo descubro en mí y no puedo renunciar a su linaje, a la encomienda de escribirlo, a la alegría de compartirlo. Algo tiene el arte.

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Estoy hecho de enteros y de pedazos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Estoy hecho de enteros y de pedazos. Me sé completo y con faltantes. Es la hora de mi balance. Soy una ecuación con planteamientos, incógnitas y resultados. Estoy hecho de polvo de estrellas y de tierra. Soy esencia y luz que pulsan con la fuerza infinita que fluye y da vida. Me siento y me reconozco en mí, en mis profundidades y en mis silencios más insondables, donde los rumores callan y los sigilos hablan. Estoy hecho de trozos. Soy razón e idea, pensamiento y estructura mental. Estoy hecho de arcilla. Soy apariencia y textura, barro y piel. Estoy hecho de fragmentos. Soy bien y mal, acierto y desacierto, ayer y mañana, hoy y siempre. Estoy inmerso en la temporalidad y pertenezco al infinito. Soy enorme y pequeño, grandioso e insifnificante. Conozco mis luces y mis sombras, y he probado la dulzura y la hiel. Estoy hecho de corriente etérea, de gotas diáfanas, de luz inextinguible; sin embargo, en un descuido y en otro, también cargo pelaje que esconde mi esencia, un ropaje que, quizá, en algunos momentos, al enamorarse de su apariencia, se cree superior a la fuerza que da vida. He sido amo y esclavo, príncipe y mendigo. Estoy hecho de ecos y de reflejos. Traigo las imágenes de otros tiempos y de pulsos futuros. Fui, soy y seré. No estoy roto por malicia ni travesura de un destino inciereto o de un guión preparado; al contrario, los pedazos que hoy recojo forman parte de mí y, en mucho, de la ruta que he elegido. He dejado jirones de mí, en un lugar y en otro, aquí y allá, y hoy -si acaso existe el tiempo más allá de este terruño-, los recolecto con la idea de complementarme y viajar completo, con lo bueno y lo útil, con lo trascendente y lo necesario, y despojarme de los antifaces, las máscaras y los disfraces superfluos. Estoy hecho de enteros y de pedazos, no lo niego tras vivir tanto, una y otra vez, y pasar por innumerables pruebas e historias, por crisoles y moldes, por libertades y barrotes. Ahora, en algún paraje de la senda, hago un paréntesis con la idea de rescatarme y volver a la fuente, al manantial, pleno y libre, sin olvidar el encanto de la travesía.

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Entre las letras que escribo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Entre las letras y las palabras que escribo, hay sentimientos e ideas, sueños y esperanzas, razones y sentidos, porque el artista, al inspirarse, reúne esencias y arcillas, fogatas y cenizas. Entre los textos que escribo, abundan los susurros, los rumores, y aparecen los silencios, las pausas. Entre la prosa y los poemas que construyo, hay gotas de lluvia, brisa de mar y granos de arena, reunidos en un intento de crear paraísos y mundos. Entre las historias y los relatos que hilvano, aparecen recuerdos y olvidos, intenciones y descuidos, guiños y suspiros, labores y descansos. Entre las letras, los signos, las puntuaciones y los acentos que armo, existen fantasías y realidades, celdas y libertades, encuentros y desencuentros. Entre la prosa que invento, quedan pedazos de mi vida y mi aliento, destellos de mi esencia y trozos de mi barro. Entre mis escritos, me descubro y, a la vez, encuentro a ti y a ustedes, a ellos, a todos, a los de entonces, a los de hoy y a los de mañana, en un palpitar con múltiples rostros. Entre las obras que escribo, dejo algo de mí para ti, ustedes y ellos. Entre las letras que escribo, permanezco en espera de ustedes para abrazarlos y partir a las expediciones de nuestros sueños y realidades. Sí, entre las palabras que trazo.

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El pasado me solicitó no olvidarlo, pero me invitó a disfrutar y a vivir mi hora presente

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En mi infancia definí lo que tanto me encantaba. Recorro las estaciones del ayer, hasta llegar a la de mi niñez, cuando disfrutaba mis juguetes, correr, saltar y divertirme en la inmensidad del jardín y en los escondrijos y rincones de la casa, que entonces me parecían enigmáticos y grandiosos, quizá porque los consideraba -y así fue- mi hogar, mi mundo, mi escenario.

Jugaba intensamente con mis hermanos y con los pocos amigos que tenía -Geli y Lolín, quienes deben vivir en algún lugar de España, o Martha, Fabio, José y Antonio-, y si muchas ocasiones reíamos, otras, en tanto, como todo ser humano durante su niñez, reñíamos y volvíamos a convivir en paz. Inventábamos nuestras historias. De los sueños, de la imaginación, hacíamos juegos y realidades.

Fuimos personas, en diminuto, en masculino y en femenino, que lo mismo jugábamos a la maestra y los alumnos, al hogar o a un día de campo. Nos convertimos en gladidores, viajeros, navegantes, deportistas, soldados, exploradores, astronautas, príncipes, jardineros y constructores. Reímos y lloramos. Fuimos personajes de nuestros guiones improvisados de la infancia. De esa manera construimos nuestros días.

En contraste con tanta alegría y libertad, con frecuencia sentía necesidad de recluirme,, explorar, buscarme y descubrirme en mí, y también escribir y leer. No buscaba tanto la vida de religioso, como podría suponerse, sino la de místico, la de anacoreta, y así me volví, inclinación que combiné con mi pasión por la tinta y el papel, con mi urgencia de horadar, explorar, descubrir y analizar todo.

Me resultaba un deleite, en las reuniones familiares y en las fiestas, permanecer cerca de las personas de mayor edad y oír sus historias interminables. Escuchaba relatos acerca de mis antepasados, e imaginaba cada detalle de la epopeya que protagonizaron. Me sentía orgulloso. Necesitaba saber más.

En ocasiones, las personas a las que me acercaba, decían que era muy niño o adolescente, que no me aburriera con sus conversaciones, y me invitaban, por lo mismo, a que me integrara con otros menores de mi edad, con la intención de disfrutar sus juegos, sus bailes, sus competencias y sus diversiones; pero mi respuesta era que me agradaba escuchar las narraciones sobre mis antepasados y otras personas porque así aprendía mucho. Memorizaba los nombres, las fechas, los acontecimientos, que posteriormente anotaba.

Y así transcurrieron los años. Me acostumbré a explorar, lo mismo en caverrnas y en ruinas, que en barrancos y en montañas, en desiertos y en selvas, en ríos y en mares, independientemente de mi búsqueda interior. He consultado libros de páginas amarillentas y quebradizas, documentos empolvados, lápidas tristes y olvidadas, anotaciones. Conozco el perfume de la desolación, del pasado y de las cosas que quedaron atoradas en estaciones lejanas. No me son extraños los epitafios, las incógnitas, los signos, los rumores y los silencios del pretérito.

Durante los paseos y las convivencias familiares, en mis viajes, en mi historia, siempre busqué, como hoy, respuestas a tantas interrogantes. Todo me asombraba y, en consecuencia, necesitaba escudriñar y conocer sus orígenes y sus finales, sus motivos y sus destinos.

Hace días, mientras consultaba y estudiaba copias de documentos del siglo XIX, relacionados con mi libro Columpio de remembranzas, no solamente descubrí que, a pesar de tantos años que he dedicado al tema, la investigación me abría demasiadas puertas a rutas inexploradas -algo natural en esta clase de tareas-; sentí, adicionalmente, una soledad abrumadora al darme cuenta de que estaba entre gente y asuntos que ya nadie recuerda y que, quizá, interesan a escaso número de personas.

Leí nombres y apellidos, fechas, datos, países, acontecimientos. Nunca antes había experimentado tal sensación. Fue como si la gente de antaño -mis antepasados y otros personajes- me agradeciera y reconociera la labor que realizo, con la diferencia de que parecía gritar que también viviera, que no olvidara disfrutar cada instante de mi existencia, en el mundo, con sus luces y sus sombras, porque todo pasa, lo que es hoy se vuelve mañana y las personas y las cosas -al menos sus historias- quedan en viejas estaciones, en baúles sellados, disueltas por la amnesia, rotas ante la desmemoria y la caminata del tiempo.

Esa noche, mortificado por tantas interrogantes, no dormí; además, me despertaron los sigilos y los susurros del pasado que me invitaba a no olvidar mi obra, pero tampoco a evadir mi responsabilidad humana de disfrutar la vida en armonía, con equilibrio y plenamente, recomendación que nunca he descuidado. Solicitó, el pretérito, que rescatara sus pedazos dispersos como homenaje a sus personajes, a los de entonces, en un servicio a las generaciones de la hora contemporánea y de los días que están por venir, con la idea de que conozcan las historias que fueron olvidadas, con la asimilación de las lecciones; sin embargo, tuvo la gentileza de exhortarme a vivir, a no morir con quienes, anticipadamente, en otra centura, lo hicieron al acudir, puntuales, a su cita con el destino.

Y tiene razón el pasado, no es sano quedar atrapado entre sus escombros y sus sombras. Más allá de que uno, como escritor, se dedique a la investigación de temas de antaño, es recomendable admirar y disfrutar los amaneceres y los ocasos, el ir y el venir del oleaje de matices esmeralda y jade, la profundidad del cielo y sus nubes pasajeras de formas caprichosas, las gotas de la lluvia y las hojas que el viento desprende de los árboles, los copos de nieve y la arena, las cascadas y los ríos, los colores y los perfumes de la naturaleza, el encanto humano, los signos cautivantes de la creación. Es fundamental expresarse plenamente como la esencia infinita y la arcilla temporal que es uno, y trascender. Uno merece consumir cada instante con el sí y el no de la vida, siempre en busca de trascender. La vida invita a ser su amiga, su compañera, su aliada. Mi gratitud al pasado que me invitó a asomar a la vida y a disfrutarla en el presente.

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Si el ayer se volviera hoy

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A veces, mientras camino reflexivo por las calzadas afombradas de hojarasca, pienso en los muchos ayeres de mi existencia que desearía convertir en hoy, en ahora, con la intención de volver a vivir los capítulos que se desvanecieron, repetir los momentos dichosos y reparar las oportunidades desperdiciadas para hacer el bien, corregir los errores, restaurar el amor y la paz con la gente que forma parte de mi historia, aprovechar los instantes perdidos y enmendar las páginas de mi biografía. En ocasiones, al sentarme, muy temprano, en la banca de hierro y sentir las rachas de viento helado que desprenden las hojas doradas y quebradizas de los árboles, recuerdo las páginas impresas del almanaque, las de antaño, con el deseo de regresar a cada fecha, a toda hora, y así solicitar la comprensión y el perdón de quienes, sin darme cuenta, ofendí o lastimé; pero también con el objetivo de sonreír más, tener mayor cantidad de detalles y convertirme en alguien grandioso e inolvidable. Si existiera una fórmula para regresar a los otros días, a los del pretérito, medito al contemplar la arboleda que cambia de piel, no desperdiciaría ni un momento en asuntos baladíes, ni tampoco en superficialidades, y menos en arrogancias y en maldad. Si pudiera volver a los otros años, me preocuparía más por la autenticidad y la pureza de mis sentimientos, por la sinceridad y la nobleza de mis pensamientos, por la intención buena y razonable de mis palabras, por el sentido de mis actos. Me angustiaría y me mortificaría menos por las apariencias, los compromisos innecesarios, la competencia insana con otros y los apetitos sin razón. Viviría en armonía conmigo, con la creación, con todos los seres humanos y con las criaturas en sus diferentes expresiones; tendría mayor equilibrio y trataría de no resbalar a los abismos, a los extremos radicales, para no comportarme como marioneta ni propiciar espectáculos de bufón; buscaría la plenitud en todo lo bello, en el bien y en la verdad. Sería justo y libre. Veo, ante mis pies, las calzadas y los jardines tapizados de hojas amarillas, doradas, naranjas, rosadas, moradas y rojizas que crujen al pisarlas, y me pregunto, en los minutos de mis cavilaciones, por qué somos tan complejos los seres humanos, e incapaces de atrevernos a protagonizar una odisea, actos de amor y de bien. Ni siquiera, ya adultos, somos capaces de asimilar experiencias o de jugar, divertirnos y reír como niños. Si el ayer se volviera hoy, correría hacia mi familia, abrazaría a todos y les expresaría mi amor y mi gratitud, palabras que también manifestaría a mis amigos, a mis compañeros, a la gente que estuvo cerca y lejos de mí. No desperdiciaría el tiempo en pegar y unir trozos de porcelana; lo dedicaría a tender puentes con la idea de acercar a las almas, a la gente, a la arcilla, en una verdadera hermandad. Y así viviría cada día, feliz, libre, pleno, genuino, con proyectos, rico en sentimientos y en pensamientos, con ilusiones y suspiros, con realidades y sueños, indiferente al mal y a las superficialidades. Si fuera posible volver a la otra época, desmantelaría muchas cosas y mejoraría todo, y sin duda tendría mayor evolución y trascendencia, y más salud, razón y abundancia. Estaría rodeado de la gente tan amada y la vida, con su sí y su no, con sus luces y sus sombras, resultaría más armónica, equilibrada y plena. No me arrepiento de mi historia, con las decisiones y los rumbos que tomé, con los sentimientos que derramé, con el raciocionio que destilé; pero si de alguna manera los días y los años de entonces volvieran, los experimentaría por completo, como un niño feliz disfruta su juguete preferido desde que despierta, en la mañana, hasta que duerme, al anochecer. Reflexiono profundamente mientras recibo las caricias del viento, hasta que, asombrado y presuroso, me incorporo de la banca de hierro, decidido a encontrarme con el hoy, con la vida que aún fluye en mí, en este ciclo. Atrás dejo las hojas secas, preámbulos de algunos fríos, y me dirijo a otras primaveras, pletóricas de matices alegres y de perfumes deliciosos, y a lluvias con gotas de cristal, encantadoras y prodigiosas, y no me importará asolearme, enlodar mi ropa, sentir el agua en mi textura y en mi calzado. Seré quien maneje el timón de mi vida hacia un destino maravilloso, y disfrutaré la travesía, con sus mañanas soleadas y sus tempestades nocturnas. La vida está presente. Hay que abrazarla, sentirla, experimentarla, porque cada instante es irrepetible y no retorna más.

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Somos artistas, escritores, poetas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Somos de papel y de tinta, de letras y de palabras; pero también, no lo olvidemos, de sentimientos y de ideas, de sueños y de realidades. Traemos el lenguaje del paraíso y del infierno, de la temporalidad y del infinito, para describirlos en una novela, en un cuento, en un poema, en un texto, que nuestros lectores recolectan con sus sentires y sus pensamientos, con sus motivos y sus razones, en la búsqueda de sí mismos y de las cosas que no podrían explicarse de otra manera. Hablamos con Dios, con el bien y con el mal, con la sonrisa y con el enojo, con la alegría y con la tristeza, con los seres humanos -los de antes, los de entonces, los de hoy y los de mañana-, con personajes reales y ficticios, con las luces y con las sombras, con todas las criaturas, para deleite de nuestro público, dentro de lo que la gente llama tiempo y espacio. Bebemos agua del manantial; a veces, al contemplar el mundo, padecemos sed. Vivimos y morimos para enseñar a otros el prodigio de existir. Relatamos. Somos coleccionistas y relatores de historias. Artistas, escritores, poetas, eso somos felizmente. Entramos a la morada de Dios, a la fuente de luz infinita, a los recintos más desolados y sombríos, a las hogares de la gente, a las casas de todos los seres de la creación, con el respeto que nosotros, los artistas, recibimos. Somos monarcas y pueblo, libres y esclavos, aire y tierra. Experimentamos todo con la intención de sentirlo y transmitirlo a la gente, a los lectores, con vibración intensa. Miramos, al caminar por el mundo y al final de la jornada, a la gente que parte con sus cargas y sus livianidades, con lo bueno y con lo malo, mientras nosotros, los artistas, los escritores, los poetas, comprobamos, por añadidura, el cumplimiento de nuestra encomienda. Y es que sin nuestros delirios, parece, no habría estrellas. Somos de papel y de tinta, de esencia que fluye y de textura arcillosa, de agua y de arena, de cristal y de piedra. Somos eso, artistas, escritores, poetas.

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Un hombre enloquecido

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Una persona que, ante cualquier circunstancia, pierde el control de sí, demuestra su nula evolución y sus debilidades. Es un ser humano que si tiene poder económico, muscular o político, es capaz de someter a otros hombres y mujeres, causarles daño y convertirse en tirano y en asesino.

Hace aproximadamente dos meses, en domingo de motocicleta, tuve oportunidad de enfrentar a un hombre iracundo que me amenazó, simplemente porque coincidimos en un espacio donde es fundamental conducir despacio por tratarse del ingreso a un centro comercial. Por respeto a sí mismo y los demás, es preciso disminuir la velocidad en ese tipo de áreas. Es algo elemental que practican las personas educadas y respetuosas. Él no lo hizo y, por lo mismo, casi me embistió con su camioneta lujosa, color plata.

Generalmente, no ando en motocicleta. Ese día lo hice porque a veces me resulta grato manejarla y sentir el aire y la sensación de libertad. No manejo rápido en la ciudad porque la mayoría de los automovilistas y de los opreadores del transporte público, en la urbe donde vivo, no respetan a los transeúntes, ciclistas y motociclistas.

Manejaba despacio, disfrutando el paseo, en la calle lateral de una avenida que rodea la ciudad, la cual, por cierto, se une con el estacionamiento de un centro comercial. El hombre de la camioneta ingresó al área de estacionamiento por la avenida y, sin precaución, siguió de frente. Una sola vez toqué la bocina de la motocicleta con la intención de que reaccionara.

Enloquecido, frenó violentamente. Casi provocó que me impactara contra su camioneta. Afortunadamente, me ayudaron mis reflejos y la baja velocidad con que transitaba. Maniobré y frené, hasta que quedé recargado en la parte trasera de la camioneta, sin golpearla ni rayarla.

Fuera de sí, el hombre, relativamente joven -mayor de 30 años y menor de 40, según mis cálculos-, bajó de la camioneta, gritó y me amenazó. Exigía que descendiera de la motocicleta y lo enfrentara. Su actitud fue demasiado primitiva, tosca y burda. Él fue responsable de lo que pudo ser un accidente y resultar fatal para mí. Al tratarse de una persona reactiva e irracional, su respuesta fue la agresión.

Lo miré. Gritaba enfurecido que bajara de la motocicleta. No supe si iría acompañado de otras personas, si estaría armado con alguna pistola o si pretendía, como suele acontecer, provocar un daño aparente con el propósito de extorsionar. No soy hombre violento. Evito toda clase de problemas. Su camioneta estaba intacta.

Continuó amenazándome a gritos, hasta que corrió hacia mí. Aceleré la motocicleta, me introduje a la avenida y, entre un carril y otro, transité a toda prisa con la finalidad de evitar la violencia de aquel hombre iracundo. Me desvié por una y otra calle, precisamente con la finalidad de alejarme. Supuse que si por un acto de irresponsabilidad suya, era capaz de enfurecer, casi provocar que me impactara contra su camioneta, descender del vehículo y amenazarme a muerte, realmente, dentro de su locura, podría agredir o asesinar.

Pienso en cómo será la vida de ese hombre, de su familia y de sus amigos. ¿Todos serán tan groseros, primitivos, violentos y reactivos como él? ¿Cuál será su ambiente? ¿A qué se dedicará? Desconozco si la camioneta le pertenece o no, si se dedica a actos ilícitos o si se trata de un barbaján que no vale nada y que, como expresaba mi padre, es de la gente que aborda un automóvil y de inmediato transforma su concta, como si un vehículo lo hiciera superior.

Es lamentable que esa clase de personas anden sueltas, como parte de una jauría enloquecida, incontrolable y primaria, insanciable y capaz de destrozar y matar. Es una experiencia desagradable, propiciada por un hombre agresivo y deleznable. Hoy comparto ese incidente como antecedente y constancia de lo que me ocurrió y para prevenir a mis lectores e invitarlos a que eviten involucrarse en cualquier situación conflictiva, sobre todo porque abundan hombres y mujeres cada día más agresivos e inhumanos, capaces de provocar daño.

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