El árbol centenario

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Todos los días lo contemplo con embeleso, en las mañanas y en las tardes, desde la ventana de la oficina. Me transmite su energía, la paz de la naturaleza, su fragancia de oxígeno, la sombra que proyecta en determinadas horas, el amor que exhala en cada suspiro y sus deseos de vivir. Es el árbol, un pirul centenario, que luce su tronco rugoso, su corteza agrietada y oscura, sus hojas peculiares, el aroma de su resina y sus pequeños frutos rojizos que cuelgan en racimos. Cuando llueve o al filtrarse la mirada solar entre sus hojas y tocarlo el viento, en sus interminables caricias, sus hojas agachadas, cada una con múltiples laminillas verdes, regalan un espectáculo mágico. La gente que entra y sale se acostumbró, parece, a verlo cerca del paredón de una finca antigua; sin embargo, me cautiva y es, en secreto, refugio de mis alegrías y de mis tristezas, de mis consuelos y de mis desconsuelos, de mis ilusiones y de mis esperanzas. Entre sus rumores y sus silencios, el árbol escucha la voz de mi interior y me abraza como un padre, igual que una madre, con amor y consejo, prudente y sabio. Me habla. Entiendo su lenguaje. Ha vivido tantas décadas en el mismo lugar y sus raíces no se han apropiado de las piedras ni intentan buscar y atrapar tesoros ocultos. Por eso es que, quizá, crece pleno y libre, contento, apacible y hermoso. Cuando más desolación siento, recibe los abrazos y los besos del viento que me comparte con dulzura y encanto, a veces con un consejo, en ocasiones ausente de mensajes, para tranquilidad mía. Constantemente me recuerda que las cosas intangibles y materiales no solamente son para uno, sino para el bien que pueda derramarse a los demás, principalmente a quienes más lo necesitan. Y como vive en armonía y en equilibrio consigo, con los elementos que lo componen y con las plantas que le rodean, entiendo el valor que significa amar a la familia y a los seres que están cerca y lejos, y respetar, siempre, a todos, por insignificantes que parezcan. Nadie es superior ni inferior. Solo los estúpidos y los necios juzgan por las apariencias. El árbol es testigo del paso de hombres y mujeres sencillos y amables, pero también de personas altivas, hostiles y groseras, sin que los malos gestos, la presunción y las superficialidades perturben su paz. A todos comparte frescura, oxígeno y sombra. Sus raíces se internan en las profundidades de la tierra y obtienen los nutrientes indispensables para vivir con salud, mientras su tronco arrugado y oscuro, es vigoroso y sostiene con firmeza las ramas que se multiplican, como una enseñanza, tal vez, de que la unidad da fuerza. Lo he mirado, desde la ventana, durante las horas de tormenta, digno, resistente, majestuoso, sin caer ni darse por vencido, y eso me enseña mucho. Al admirar sus ramas con cortezas ranuradas y la espesura del verdor de sus hojas con laminillas que apenas permiten distinguir, desde el césped, la blancura de las nubes y el azul profundo del cielo, pienso que me encuentro en un pedazo de edén y siento la presencia de las almas que tanto amo, de la creación palpitante y de la Mente Infinita de bien y de luz, un Dios bondadoso que me aconseja, enseña y abraza con el amor más puro y sublime.

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7 comentarios en “El árbol centenario

  1. ¡Qué belleza contiene lo que has escrito! Santiago. Tienes un alma sensible que sabe apreciar las bondades de la naturaleza y la piedad que Dios nos tiene al dejar que vivamos en armonía con los árboles, (seres muy respetables para mí), y digo «seres» porque ellos poseen espíritu y también sienten. De eso yo fui testigo hace muchos años a través de un árbol amigo que yo tuve en mi jardín. Aquí te dejo un breve poema que le hice a aquel árbol cuyo espíritu me hablara, antes de que unas manos crueles lo talaran:

    AL ÁRBOL QUE ME HABLÓ

    Me enredo en versos tristes
    de lejano atardecer
    cuando le hablaste
    a mi espíritu,
    palabras que sólo Dios
    me ha dado a saber.

    A través de la frondosidad
    de tus hojas sedosas,
    con transparencia me dijiste
    lo que jamás imaginé.

    Palabras que aún persisten
    como el eco de un ayer.

    En lo hondo de mi alma
    susurraste aquella frase
    con el silencio de tu voz inefable.
    ¿Cómo olvidar los matices
    de aquella tarde?

    Árbol inocente y manso
    plantado en mi jardín
    de ilusiones,
    con fuertes raíces
    forjado en mi regazo.

    Hoy llenas de mi casa
    el tejado,
    y fuiste creciendo en amor,
    y aún sigue perdurando
    el misterio
    de aquella tarde de unción.

    Ingrid Zetterberg
    Derechos reservados

    Disculpa que haya llenado este espacio con uno de mis poemas, pero quise compartirlo contigo, Santiago. Así mismo te invito a leer mi reciente poema publicado, cuyo enlace aquí está debajo:
    https://tualmaylamia703616232.wordpress.com/2022/02/17/pedacito-de-cielo/ Un saludo en la distancia.

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  2. Querido Santiago, gracias por tu amorosa contemplación de los árboles. Cómo deberían ser todos como ellos: con raíces firmes en la tierra, alcanzando el cielo y formando un dosel protector de hojas, igualmente válido sobre cada uno.

    Saludos cordiales, Gisela

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  3. El árbol se considera una fuente de energía y, por lo tanto es venerado en numerosas culturas y religiones. Con el término «árbol» asociamos el crecimiento imparable, el extraordinario poder y la fuerza interior. El árbol tiene los pies en la tierra debido a sus raíces profundamente arraigadas. Las ramas alcanzan lo alto del cielo y nos dan la sensación de un futuro esperanzador.

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