Julio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Apenas ayer iniciaba el año, con tantos anhelos y temores, con las páginas en blanco para dibujar y escribir nuestras historias, al lado de envolturas, regalos e ilusiones que quedaron a un lado ante el paso de las horas y de los días, y hoy, sorprendidos, vemos que es julio, mes que, en su madurez, sabe que es una estación de paso y que, alguna vez, en cierta fecha, se marchará sin voltear atrás. Permanece en sus silencios, en su caminata si tregua, en esos sigilos que poseen un lenguaje que casi nadie comprende. Si no es invención humana para medir y ordenar sus existencias y sus actividades, el tiempo, dicen, transcurre inevitablemente, cuando se trata, parece, de una sucesión de ciclos. Son luces y sombras vinculadas, materialmente, a lo que la gente llama nacimiento y muerte, lozanía y envejecimiento, porque, después de todo, las estaciones retornan, una y otra vez, desapegadas a afectos, romances y enamoramientos. No les es permitido quedarse. Notamos que los minutos, los días y los años marcan nuestros rostros y encanecen el cabello, y suponemos, en consecuencia, que es el tiempo. Y realmente son las estaciones de la vida, los ciclos de la existencia, la experiencia que tenemos, el paso por un mundo de temporalidades, que ofrece la alternativa de perderse y caer en hondos vacíos o descubrir el sendero hacia rutas y destinos esplendorosos e infinitos. Así que ya es julio y no es que el año envejezca y se aproxime a su inevitable agonía; somos nosotros quienes llegamos, alguna vez, a un mundo pasajero que prueba nuestra evolución y del que, generalmente, queremos arrancar y atesorar pedazos, apoderarnos de sus bellezas y de sus cosas, a pesar de saber que todo se quedará al partir. Culpamos al tiempo de la vejez, de los descalabros, de las enfermedades, sin percatarnos de que somos nosotros los responsables de lo que sufrimos o gozarnos, de acuerdo con la frercuencia y los niveles con que vibramos durante la vida. Es julio y se marchará. No es que se acabe el año; somos nosotros quienes navegamos, casi imperceptiblemente, hacia la otra orilla. Hay que saltar la cerca de la amargura, el enojo, la frustración, la ignorancia, el mal, el miedo, el resentimiento y la tristeza, para disfrutar, una vez liberados, la alegría, el amor, el bien, la salud, la verdad y la vida armónica, equilibrada y plena. Julio se irá. Quienes permanezcamos otro rato en el mundo -instantes, horas, días, años-, no debemos esperar el retorno de lo que se fue, de lo que quedó en el ayer; al contrario, tenemos el reto de incorporarnos de la banca en la que estamos sentados e ir al encuentro de un destino grandioso.

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