¿En qué momento?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿En qué momento olvidé que mi estancia en el mundo es temporal? ¿A qué hora, que no recuerdo ya, me acostumbré tanto a la vida que quedé atrapado en la comodidad aparente de sus butacas y dejé de experimentarla en armonía, con equilibrio y plenamente, mientras el péndulo y las manecillas, imperturbables, continuaban su itinerario? Oh, las estaciones pasan, se suceden unas a otras y, no obstante, reconozco que traigo más cargas y liviandades en el equipaje. Parece que las cargas, por lo que significan, en ocasiones son demasiado ligeras; creo, a veces, que las levedades pesan mucho por lo que representan. ¿En qué instante olvidé que los años de la existencia son breves y que llega una fecha, en especial, en que se agotan y uno, entonces, acude puntual a su cita con el destino, en la línea del horizonte, donde se cierra la página final de la bitácora, la hoja postrera del libro? ¿En qué minuto de la mañana, de la tarde o de la noche renuncié a la alegría, a las sonrisas, a la amabilidad, y las sustituí por tristeza, enojos y aspereza? Estaba tan entretenido en los destellos y en las sombras que olvidé, supongo, las causas que provocaban los efectos. Y si uno, por el motivo que sea, se encierra en su egoísmo, en sus intereses, deja de hacer el bien y de cultivar sentimientos, ideales, esperanzas, pensamientos nobles, palabras amables, sueños y actos sublimes. Los pedazos de ayer y de vida quedaron dispersos en los caminos, en las estaciones, en rutas que ya nadie recorre. Todo va quedando a la orilla del camino, entre matorrales, piedras y escombos, acaso con la intención de que uno, al alejarse y voltear atrás, sepa que nada, excepto el bien y lo supremo, llevará al atravesar la frontera, al cruzar el umbral, al mudar de la temporalidad a un plano infinito. No quiero permanecer atado a mis ambiciones desmedidas, a mis intereses egoístas y a mis apetitos insensibles, como otros tantos lo hacen al perder su dignidad humana, al no recordar las riquezas que moran en su interior, al no reconocerse a sí mismos; deseo liberarme de la fatal caída y experimentar, en lo sucesivo, cada segundo de la vida. Prometo no olvidarme de vivir. ¿En qué momento dejé de sentir el encanto de la vida, disfrutar su prodigio y agradecer su milagro?

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