Tal es la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Tal es la vida. Viajamos en un tren y con frecuencia permanecemos tan inmersos en los asuntos y problemas que se registran en los furgones, que perdemos la capacidad de abrir las ventanillas, sentir el aire fresco y admirar el paisaje que pasamos y que tan rápido queda atrás. Y así transcurren los instantes y los años de nuestras existencias, en un paseo que un día concluye en alguna de las estaciones. Tal es la vida, insisto. Vemos pasar los escenarios vertiginosamente. Olvidamos contemplar y disfrutar los detalles, los crepúsculos, los amaneceres y los anocheceres, las gotas de lluvia, los copos de nieve, la brillantez del sol, el encanto de la campiña serpenteada por ríos diáfanos y alfombrada de flores policromadas y fragantes, el prodigio de los luceros y la belleza de los árboles que proyectan sus sombras jaspeadas en un juego interminable de luces y sombras, acaso porque nos preocupan los apetitos, las superficialidades, las ganancias en exceso, y así competimos por ser los más atractivos físicamente, los dueños del poder y de la riqueza, los genios de la clase, los de mayor éxito e inteligencia en el empleo o en la profesión que desempeñamos, los personajes célebres, hasta confundir la ambición genuina y normal con un traje monstruoso y deforme, confeccionado con materiales antinaturales. Pronosticamos que seremos felices y nos sentiremos realizados cuando obtengamos una residencia, conquistemos un mercado y consigamos lo que anhelamos, lo cual es válido; pero omitimos, entonces, los períodos del viaje que transcurren como si estuvieran envueltos en una nube grisácea que arranca los colores de la vida y se los lleva. Parece interesarnos más la cáscara del fruto que su pulpa. Renunciamos, sin darnos cuenta, a lo hermoso y grandioso. Creemos, al actuar con tanta altanería y superioridad ante los demás, que estamos atentos a nosotros; pero no es verdad porque nuestras conductas acusan falta de amor propio, un culto enfermizo a las superficialidades y un olvido imperdonable al bien, a la verdad y a la justicia. El viaje continúa mientras envejecemos. La infancia, la adolescencia y la juventud se desmoronan y aparece la madurez que también se quebanta. No hay tregua. Las estaciones quedan atrás, extraviadas en el ayer y en la distancia, con pedazos de nosotros que mueren irremediablemente. Tal es la vida. Cuando llegamos a la última estación, descubrimos sin aliento que el secreto de la felicidad y la plenitud consistía en disfrutar en armonía y con equilibrio cada instante y detalle de la travesía. Si la aprovechamos o la desperdiciamos, la vida se consume indiferente. Viajamos en alguno de los furgones. Quizá estamos tan acostumbrados al ambiente que prevalece a nuestro alrededor, que olvidamos que la vida es un milagro y un regalo, preámbulo a otras fronteras, a planos y fuentes que palpitan en nosotros y a veces no percibimos por estar tan distraídos. El viaje continúa. Tal es la vida.

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