En la casa de mi abuela paterna

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En la casa de mi abuela paterna -Clarita, como le llamaba cariñosamente-, existía una calzada angosta entre una construcción y otra, que conducía a un recinto antiguo que siempre permanecía cerrado y a un terreno con un árbol frutal de granada y una jacaranda. El cuartito, como le llamábamos en diminutivo mis hermanos y yo, nos parecía enigmático, cautivaba nuestra atención y despertaba la curiosidad y el interés de explorarlo.

Una y otra vez, a hurtadillas, asomábamos por las rendijas de la puerta de madera o por las dos ventanas pequeñas. Creo que mirábamos más dentro de nuestra imaginación que al interior del cuartito, donde la penumbra envolvía todo lo que, desde hacía años, se encontraba secretamente atesorado.

Mi abuelita Clarita -así, con ese amor y el recuerdo que siempre le he tenido- vivía con mi tía Magdalena, su única hija mujer, hermana de mi padre. Las dos conservaban, en la memoria y en las habitaciones, pedazos del ayer, remembranzas, fragmentos y suspiros de gente y trozos de historias.

Fue tras la muerte de mi abuelita Clarita, cuando mi padre y mi tía Magdalena autorizaron, finalmente, que mis hermanos y yo entráramos al recinto clausurado durante tantos años, con aroma a pasado, a días y años distantes, desde luego con la presencia de alguno de ellos.

Olía a papel y a madera. Había un mueble de puertas corredizas, fabricado por mi padre en sus años juveniles, que albergaba una colección enorme e interesante de libros, tesoro de letras impresas que de inmediato atrapó mi atención. Cada obra formaba parte de la biblioteca familiar que teníamos en nuestra casa. Había libros de arte, cultura, historia y todas las ciencias. Parecía que el conocimiento, la fantasía, el aprendizaje, los sueños, la experiencia se encontraban reunidos en las páginas impresas de las obras y que pronto regresarían al lado de los otros libros, sus compañeros y hermanos de anaqueles durante tantos años.

Próximas a las obras, se encontraban, como piezas de museo, las esculturas de madera que mi padre había elaborado artísticamente, en los años de su juventud, al lado de objetos antiguos, fotografías de nuestros antepasados y hasta el portafolio de madera que perteneció a mi tío Juan, quien falleció durante la adolescencia, el cual, por cierto, todavía contenía sus cuadernos, lápices, tintero y libros. Era el hermano menor de mi padre. Nació el mismo día que yo, el 30 de marzo, pero muchos años antes, igual que mis antepasados Jean y María Antonieta.

Al descubrir el contenido del portafolio de madera -una joya para nuestros días-, mi padre suspiró profundamente y no pudo evitar que algunas lágrimas amargas y silenciosas deslizaran por sus mejillas, mientras nosotros, sus hijos -mis hermanos y yo-, mostrábamos asombro. No había, entonces, celulares ni redes sociales; en consecuencia, éramos auténticos, naturales, y todo nos sorprendía.

Entre la penumbra del recinto que ventilamos al abrir las dos ventanas pequeñas y la puerta, descubrimos en otra área una cantidad impresionante de hormas, molduras y herramientas antiguas para fabricar zapatos, las cuales utilizaron, en la primavera de sus existencias, mi padre y su socio. Tenían una industria de calzado en Coyoacán, en la Ciudad de México.

Había, también, un fonógrafo, discos de 78 revoluciones por minuto y radios con cubiertas de madera y bulbos, fragmentos de otra época. Simbolizaban la música de horas y años lejanos, tiempo que se había marchado igual que un hondo suspiro. Lo increíble es que los aparatos todavía funcionaban y los discos, aunque maltrataban las agujas de las consolas, ofrecían canciones y música que fueron moda en un instante del pasado.

Emocionados, descubrimos juguetes de una infancia ya consumida y extraviada en cierta fecha de antaño, con sus ecos de fantasías e ilusiones y sus pedazos de niñez añorada. Intactos, los experimentos de mi padre, con sus cuadernos en los que abundaban fórmulas y anotaciones, esperaban a que continuara con su invención del Movimiento continuo.

Una familia con historia y un pasado intenso, guarda, en el desván de su memoria o de su casa, pedazos que dan testimonio de su paso por el mundo, fragmentos de su existencia, trozos de vida que quedan y palpitan un día, otro y muchos más. Y así fue con mi padre y sus antecesores.

Fue en aquella habitación antigua donde vimos, asombrados, vajillas de fechas distantes e históricas, quizá con el destello de las reuniones familiares, las fiestas, los días de convivencias, con sus alegrías y tristezas, envueltas en noticias gratas y en desesperanzas, como suele presentarse la comedia humana.

Cajas de madera, juguetes, canicas, libros, cuadernos, herramienta, discos, aparatos, documentos, relojes, vajillas, retratos amarillentos e innumerables piezas que databan de los muchos instantes de antaño, merecían someterse a un proceso de limpieza, orden y resguardo. Y así participamos todos, mientras mi madre y mi tía Magdalena, conversaban en la sala de la casa o preparaban la comida y las bebidas que tanto disfrutábamos.

Los libros se sumaron a la colección de nuestra biblioteca familiar. La mayoría de los otros objetos permanecieron en casa de mi tía Magdalena, hasta que un mal día, en nuestra adolescencia, ella rentó una de las dos casas y los inquilinos, deshonestos, sustrajeron las cosas familiares. Se perdió mucho, pero esa es otra historia.

El cuarto era de adobe. Informaban, quienes vendieron los terrenos a mi abuela, a mi tía y a mi padre, que antiguamente había funcionado como cocina y que ya existía entre el siglo XVIII y el XIX. Por eso, al construir las dos casas, mi padre ordenó conservar la habitación de adobe, a la que llegábamos por la calzada que separaba las dos fincas y conducía, igualmente, a un bello terreno.

Transcurrieron los años. Mi tía vendió las propiedades y se perdieron muchas cosas interesantes, como las docenas de baldosas de piedra negra y roja que mi padre conservaba y que databan de un convento del siglo XVI. Yo era muy joven cuando las reclamé al dueño del lugar, quien había prometido devolverlas y no cumplió. Es parte de la historia y de la gente.

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