El encanto de las aldeas…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cada día son menos reales y más sueño, recuerdo, suspiro e ilusión

Me encantan los caseríos, aldeas, pueblos, ciudades y naciones donde la gente coexiste en armonía y se siente orgullosa de su historia, sus antepasados, su idioma, su origen, sus tradiciones y su patrimonio cultural, arquitectónico y natural. Me fascinan los sitios donde hombres y mujeres incorporan a sus actividades cotidianas las aportaciones de la modernidad, pero no se enajenan ni destruyen lo que es tan suyo desde horas ya distantes. Me atraen los rincones del mundo donde los personajes no son gente que ostenta sus riquezas ante el hambre y la miseria de la mayoría, ni políticos corruptos y mentirosos, sino el anciano que desafía al tiempo y cuenta los años e incontables historias, los artistas que crean y comparten sus obras, los niños y jóvenes que se forman con respeto y valores, los hombres y mujeres que coexisten en armonía en un ambiente de dignidad, justicia, respeto y tranquilidad. Disfruto cuando miro, en esos lugares, los talleres y negocios fundados por generaciones de antaño, donde si bien es cierto sus herederos se preparan con la idea de formarse profesionalmente, conservan en la memoria y a veces hasta en la práctica sus tradiciones familiares. Me cautivan los lugares en los que sus moradores no andan con apariencias de autos lujosos hasta para trasladarse a unos metros de sus hogares, y caminan, pasean en bicicletas y disfrutan sus rincones. Me embelesan las calles y los espacios en los que hombres y mujeres enseñan con orgullo los vestigios de quienes los antecedieron y lejos de rayar monumentos históricos y destruir su patrimonio y los elementos de la naturaleza, se interesan en su conservación y protección. Prefiero los pueblos y las urbes donde el arte, la cultura y el conocimiento son patrimonio de todos sus habitantes, quienes participan en diversas actividades y disfrutan lo que son y tienen. Lamentablemente, conforme transcurren los minutos de la hora presente, son menos las aldeas y urbes donde las personas coexisten en armonía, dignamente y con respeto, felices de sus costumbres y tradiciones, con los sentimientos y pensamientos plantados en su momento actual, preparándose para la travesía hacia el futuro. Hace algunos años, cuando realizaba excursiones y reportajes turísticos para un periódico, llegué a un pueblo que se notaba antaño fue pintoresco y rico en costumbres y tradiciones; sin embargo, la gente de mayor edad, platicaba con añoranza y melancolía que los moradores renunciaron a su dialecto, olvidaron su historia y sus tradiciones, y se avergonzaron de su linaje sanguíneo, precisamente porque al marcharse los más jóvenes a diversas ciudades y regresar con otras costumbres e ideas, optaron por derrumbar las casas típicas y construir fincas con pésimo estilo, independientemente de que los habitantes del poblado vecino se burlaban de ellos por conservar sus rasgos autóctonos. Es un deleite y una fortuna visitar un sitio donde cada rincón es un detalle, pero mayor dicha es para quienes lo habitan porque verdaderamente viven en un paraíso, en un oasis, en un paréntesis dentro de un mundo que diariamente enfrenta violencia e injusticias. Me encantan esos espacios donde uno se siente ser humano libre y pleno. Lástima que cada día son menos y se convierten en sueño, recuerdo y suspiro.

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Que nadie los impresione

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es grato el buen estilo. Agrada una buena presencia. Y si a la belleza física y al refinamiento se le agregan sencillez, autenticidad, valores y sentido común, mayor es el encanto…

Que nadie los impresione con la apariencia de su rostro ni con las formas de su cuerpo, y menos con su fortuna material o su poder. Quien pretende cautivar a otro ser humano por medio del aspecto físico, la riqueza material o el poder que ejerce en los demás, es tan miserable, fatuo y pobre que requiere apariencias y superficialidades pasajeras como modus operandi. Aquellos que se sienten atraídos y seducidos por una cara encantadora o un cuerpo hermoso y olvidan la educación, los valores, la autenticidad, los sentimientos nobles y el sentido común, condenan los días de sus existencias a permanecer al lado de gente engreída y vacía que, igual que ellos, una y otra vez asomarán al espejo para contemplar sus figuras, enamorarse de sí y sentir fascinación, hasta un día descubrir su cabello encanecido y su piel marchita cual signos de envejecimiento y caducidad. Si la belleza física no es acompañada de educación, sentimientos positivos y madurez, el hombre o la mujer con tales atributos simplemente será un maniquí, una figura de aparador, un muñeco de colección. La cáscara es bella, pero la pulpa es dulce y contiene la esencia. Es agradable y genuino que las personas se interesen en mejorar su aspecto físico, en lucir atractivas y bellas. Qué deleite es percibir la fragancia de un buen perfume o admirar la hermosura; sin embargo, si el ser humano solamente se interesa en la apariencia y no en cultivar sus sentimientos e inteligencia, quedará atrapado y se convertirá en simple envoltura desechable. Y quienes utilizan sus fortunas o su poder para atraer y seducir a otros, se encadenan a sus fantasías y soberbia, hasta que al descender el telón, descubren, si acaso tienen capacidad de reflexión, que la vida se compone de instantes y detalles y que el dinero es pútrido, igual que el estiércol, cuando no se dispersa para bien personal y de los demás. La belleza física, la opulencia y el poder son fugaces, y quienes ejercen control por medio de tales rasgos o permiten que los manipulen y utilicen, desperdician los años de sus existencias en signos que no comprarán la juventud, la salud y la vida cuando se agoten y desvanezcan. De ninguna manera soy enemigo de la belleza física, de la riqueza material o del poder; al contrario, estoy convencido de que son atributos para disfrutarse, cuando se tienen, y que valen cuando sus portadores se interesan, igualmente, en cultivar sus sentimientos, virtudes e inteligencia. Tengo amistades en diversas partes del mundo, como muchos de mis compañeros blogueros, quienes se dedican a la belleza física, a la promoción de lociones y perfumes, a la ropa, a las bolsas y al glamour, y cuentan con mi admiración y respeto. Siempre me intereso en leer sus publicaciones. Me gusta ese refinamiento. Es un deleite. Uno debe interesarse en lucir bien físicamente y es legítimo aspirar a mayores niveles de bienestar material. No obstante, lo criticable es que innumerables hombres y mujeres se deslumbren e inclinen ante las superficialidades y no se interesen en cultivar sus sentimientos nobles ni en dejar huellas indelebles durante su peregrinaje por el mundo. Y es la razón por la que insisto en que los seres humanos sean auténticos y libres, y no permitan, en ningún caso, que otros, menos inteligentes y virtuosos, se aprovechen, los usen o los exploten al impresionarlos con sus riquezas o su poder. La vida, insisto, se compone de detalles e instantes, y quienes los dedican a satisfacer sus apetitos y egoísmos, comienzan a morir desde temprano, mientras aquellos que descubren su sentido real, coinciden en el sendero pleno. Que nadie los impresione.

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No es la vida…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con esperanza, a quienes tienen miedo, a los que se inclinan ante las apariencias, a aquellos que no se atreven a ser felices, a los que juzgan y culpan a la vida de su suerte, a todos los que han perdido el sentido…

No es la vida causante de mis tristezas; soy yo quien eligió, por error, los tintes melancólicos y sombríos. No es la vida quien solicitó que escogiera y transitara por uno u otro camino porque he sido responsable de seguir la ruta que creí adecuada. No culpo a la vida de mis fracasos; simplemente, no luché con energía, valor y fe, o me equivoqué. No es la vida quien de pronto me instaló en una pocilga o en un paisaje cubierto de hojarasca; yo, a través de mis sentimientos, actos, reflexiones, ideas, costumbres y palabras me he condenado a permanecer atado a mis temores, hábitos, mediocridad, caprichos, necedades y apetitos. La vida no me retiró los privilegios; fui yo al no darle sentido, al carecer de proyecto, al pensar que siempre la tendría conmigo, al optar por la muerte. La vida no es responsable de mi felicidad o desdicha; es uno, después de todo, quien se aproxima a los estados de ánimo. La vida y el tiempo permanecen ajenos e indiferentes a lo que uno lleva a cabo en el mundo; definitivamente, lo que importa, en ese caso, es cómo se aprovechan ambos y la dirección que se les da. La vida no complicó mi existencia; yo lo provoqué con mi soberbia, necedad, ambición desmedida, indiferencia, egoísmo, estulticia, apetitos, mentiras e ignorancia. La vida no provoca dolor, angustia, enojo, enfermedad, miedo, tristeza e inseguridad; es uno quien experimenta tales sensaciones al vaciarse de sentimientos nobles, al perder el rumbo hacia un destino grandioso, al preferir la oscuridad y evitar la luz. Más allá de mi condición humana, de la memoria que ya traigo de mí y de las condiciones externas, la vida enseña y cura, no traiciona ni hiere. La vida ofrece un sí y un no, una aurora y un ocaso. Hay que entender su mensaje y experimentar cada momento y etapa con sabiduría. La vida no es adversaria ni mala; es aliada y muy buena. La vida regala oportunidades. La vida reserva claroscuros. La vida, en sus diferentes expresiones, late en mí, en ti, en nosotros, en ellos, en ustedes, en todos. La vida no concluye; aunque a veces así parezca por el viaje y el paso de una estación a otra. La vida es bella y esplendorosa. Sonríe si uno le muestra la luminosidad de su interior. La vida está aquí, es ahora. Si la disfrutas, entiendes y experimentas hoy, mañana tendrás el privilegio de disfrutarla siempre. Vive. No mueras por tu causa. La vida está presente.

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La señora

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La penumbra y el silencio de la habitación, acentuaban el sollozo asfixiante de la señora, quien agonizaba en su lecho y permanecía rodeada de sus hijos y nietos que, desconsolados y entristecidos, acariciaban su cabeza, tomaban sus manos trémulas y la observaban como aquel que sabe, al término de la jornada, que nunca más volverá a mirar a la persona amada que se aleja del puerto rumbo a otro destino. Los descendientes de la mujer preguntaron el motivo de su llanto y ella, tras una pausa desconsoladora, solicitó perdón y confesó que desperdició los días de su existencia sin dar a otros lo suficiente de sí, argumento que rechazaron al recordarle que siempre se había distinguido por haber derramado el bien a los demás. Sus sentimientos, palabras y actos siempre habían sido elevados. Abrió los ojos cubiertos de lágrimas. Asomó de nuevo a la vida, quizá por unos instantes de regalo, tal vez por el esfuerzo e interés de dejar a sus familiares un ejemplo y una herencia, y aclaró que deseaba el perdón y que lloraba por el bien que pudo hacer y no llevó a cabo. Eso le dolía mucho. Pesaba demasiado. Explicó que la vida es tan breve, que apenas alcanzan los días para cultivar amor, alegría y sentimientos nobles. Aconsejó, en consecuencia, sembrar detalles todos los días, regalar sonrisas y palabras de aliento, dar lo mejor de sí, ayudar a los que enfrentan angustias, dolores, tristezas, hambre, preocupaciones y trastornos mentales y orgánicos. Cerró los párpados y también dio vuelta a la página postrera del libro de su existencia, sonriente, callada, serena, como quien se siente en paz y se retira en armonía consigo y con quienes le rodean. Sus parientes nunca olvidarían esas palabras entrecortadas por el dolor, por la vida que se le escapaba, por la enfermedad tan tóxica, por la hora de la cuenta: “imploro perdón y lloro por el bien que pude hacer y no realicé a favor de quienes más sufren”. Recuerdo aquella historia real de mis años juveniles. Pienso que si alguien que fue de virtud modelo y dedicó su vida a hacer el bien a los demás, lloraba y sufría lo indecible por las omisiones y por creer que no dio lo mejor de sí, uno debería reaccionar y emular su ejemplo, actuar con amor y honestidad, alumbrar y disipar las sombras, dejar huellas indelebles y aliviar el dolor ajeno. Hay que evitar, en el minuto final, llorar y sufrir por el bien que se pudo hacer y no se realizó.

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A la otra orilla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Solamente hay que retirar los escollos que impiden la caminata de la felicidad. Los días de la existencia son tan breves, que pierde sentido cargar pedazos de cólera, odio, envidia, temor, venganza, ambición desmedida, tristeza y soberbia que, finalmente, al paso de los días, se transforman en angustias, enfermedades, agonía, agua pútrida que mira el paso alegre de la corriente diáfana. Hay quienes dedican sus años a coleccionar historias de apetitos sin amor, cosas lujosas e insensibles a las necesidades humanas y a los sentimientos, fortunas y poder acorazados y distantes del bien. Quien no busca la luz en todo sentido, y la derrama permanece atrapado en las sombras, en las mazmorras más oscuras del ser, y llega roto, incompleto, enfermo, a la otra orilla. Si uno desea vivir sano, feliz y en armonía y paz consigo y con los demás, resulta primordial que destierre de sí los sentimientos, palabras, acciones y pensamientos intoxicados y se incline por el vuelo pleno hacia el bien, la verdad, el respeto, la justicia, el amor, la dignidad, los sentimientos nobles y la libertad, Aquel que se preocupa e interesa más en satisfacer su ambición y sus instintos que en conquistar y fundirse en lo sublime, despilfarra los minutos de su existencia y pronto, como la mayoría, naufraga en la noche oscura, en la tempestad de un mar incierto, hasta que descubre tardíamente que la vida no es arrebatar, sino dar. Los rostros se cubren de arrugas y las manos se marchitan, de manera que la apariencia y las joyas son tan temporales como los años; pero los sentimientos nobles, el bien que se hace, las huellas que se dejan, quedan grabados y permanecen en el pulso de la vida. Esto no significa, desde luego, abandonar la apariencia ni perder la ambición legítima dentro del mundo material; sin embargo, la vida está a los lados, adelante, y se fuga. Cada instante es único e irrepetible, y es uno quien decide, en sus días y sus noches, si protagoniza una historia bella, sublime, digna e inolvidable, o si en vez de dejar huellas indelebles, hiere las flores que crecen en el camino y ensombrece el paisaje y la ruta.

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Platicar contigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Platicar contigo significa buscar el momento, los instantes, el paréntesis que las manecillas regalan a hurtadillas del tiempo a los enamorados, el minuto que se va con los recuerdos y suspiros, y no vuelve. Conversar y sentirte a mi lado, equivale a descubrir el espacio, la banca, la fuente, el jardín, el recinto, entre fragancias de orquídeas y el perfume de un amor que se intuye épico e inmortal. Dialogar contigo es un deleite cuando hablamos desde nuestras almas y descubrimos que el juego del amor es un tú y un yo fusionados, pero libres y plenos, con dos rostros y un par de nombres que coinciden en la senda para caminar inseparables a pesar de las pruebas, las tardes nubladas y las noches de tormenta. Hablar contigo es pronunciar y escuchar melodías que provienen del interior, que brotan de rutas insospechadas. Es, parece, escuchar las voces del silencio. Platicar contigo, inmersos en nuestras alegrías y tristezas, emociones y enojos, vivencias, sueños e ilusiones, con los claroscuros de la vida, es una invitación a abrir puertas y ventanas de otros mundos, explorar destinos impensables y paraísos insospechados, andar aquí y allá, viajar y descubrir, finalmente, el secreto que palpita en nosotros.

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Un día…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un día pensé que tal vez somos reflejo de nuestros sueños y espejismos, o acaso una ilusión, una fantasía, una sombra que se desvanece y no regresa más, o quizá una sucesión de recuerdos. Un día creí que en mi delirio de amarte, te había inventado. Un día, cuando el tiempo había pasado, imaginé que sólo era náufrago de mis remembranzas y que estaba, por lo mismo, en medio de mi locura. Un día, al encontrarte de nuevo, miré que la dirección de tu camino era igual al sentido de mi senda, y que ambos seguíamos la misma ruta. Un día, inesperadamente, me percaté de que ya estabas en mi morada y que jamás podría traicionarte porque no espero a alguien más. Un día, sin sospecharlo, me inspiraste y así fue como te transformaste en mi musa. Un día, al despertar, entró tu fragancia por mi ventana y me sentí envuelto en ti, hasta que el viento me llevó a tu lado y volamos juntos por el cielo y el mundo en un juego de esencia y arcilla. Un día prometí amarte y permanecer a tu lado siempre, y aquí estoy. Un día, ante la caminata de los minutos y las horas, tomé tus manos y miré tus ojos para que me sintieras real y supieras el encanto de ser tú y yo. Un día, al escribirte un poema, noté que mis manos ya conocían tu nombre y tus apellidos. Un día, al reír, sentí tu alegría. Un día, al llorar, percibí tu dolor. Un día, insisto, aprendí que en el amor, tú estás en mí y yo en ti, ausentes de contratos y grilletes, libres y unidos, rumbo a la inmortalidad que comienza en uno y se extiende hacia el infinito. Un día confesé con emoción lo tanto que te amo y me cautivas, y mira, aquí me encuentro, en ti y en mí. Un día como hoy, un día como ayer y mañana, un día como siempre, un día que se convirtió en biografía mutua, en nuestra historia, en destino compartido.

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