Mientras caminan los instantes

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Esta tarde, como otras tantas de mi existencia, miro los instantes que caminan puntuales e indiferentes, repetidos e incansables, entre manecillas y engranajes, sin darse oportunidad al descanso ni ancariñarse con los minutos y las horas que les siguen y se transforman en días y en años. Caminan los momentos, desolados y silenciosos, como todos los días, a una hora y a otra, entre la vida y la muerte, sin que la gente comprenda su significado. Incontables hombres y mujeres quisieran capturar al tiempo, detener el apresuramiento de sus manecillas, otorgarle algún lapso de descanso, perderlo en algún sendero confuso y repleto de bifurcaciones o despedirlo para que no vuelva más, y, quizá, hasta juzgarlo y llevarlo al patíbulo, simplemente porque lo responsabilizan de esperas prolongadas o breves y de envejecimiento y finales indeseados. Transitan los pedazos de un tiempo que parece real e imaginario, maravilloso y aterrador, bueno y malo, al que se culpa de derrotas y fracasos, de arrugas y de vejez, de dolor y de finitud. Tiempo desaprovechado. Y por eso la gente suspira, piensa y sueña en la eternidad, en el infinito, en la inmortalidad. Millones de seres humanos anhelan un paraíso infinito; no obstante, si son incapaces de vivir plenos y felices, con el bien y la verdad, en el plano de la temporalidad, si egoistamente ambicionan poder y riquezas dentro de la brevedad de sus existencias terrenas y si se agotan, causan daño, se aburren y prefieren satisfacer apetitos como prioridad y estilo, ¿cuál es, entonces, el interés y la prisa de ansiar una vida eterna? ¿Por qué lloran tanto, igual que el niño que despreciaba su paleta de dulce y más tarde, al perderla, sufre inconsolable porque ya no la tiene? Si uno desea, en verdad, una existencia infinitita, primero hay que superar las pruebas de la temporalidad… Y aquí me encuentro, igual que otras tardes, en mis cavilaciones, mientras los instantes caminan frente a mí.

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Enfrentan a los opuestos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Los gobernantes con tendencias absolutistas y dictatoriales, suelen recurrir a la tentación y a la práctica de debilitar, fracturar y enfrentar a la sociedad. Saben que la gente y los pueblos débiles, enfermos, ignorantes y empobrecidos, carentes de identidad y de proyecto común e integral, son proclives a la enajenación y a la manipulación, y resultan más violentos y reactivos. Con el apoyo de medios de comunicación mercenarios, tales gobernantes y políticos optan por aprovechar y explotar la carga negativa de la sociedad y aplicar, entre otras estrategias, la lucha radical, agresiva e irracional entre los opuestos, es decir, fomentan adversidades, enfrentamientos y contradicciones en hogares, escuelas, centros laborales, espacios públicos e instituciones. Convierten en enemigos a los opuestos: ancianos-jóvenes, padres-hijos, hombres-mujeres, académicos-analfabetos, patrones-trabajadores, magnates-pobres, religiosos-ateos, morenos-blancos. Una sociedad que se odia y agrede por diferencias religiosas, culturales, económicas, raciales y políticas, definitivamente está rota y, lejos de coincidir en armonía, respeto y libertad, permanecerá condenada al resentimiento, a la miseria, a la destrucción y al sometimiento. Los gobernantes y los políticos de la hora contemporánea, aquí y allá, en diversas regiones del mundo, están fomentando resquebrajamiento en las estructuras sociales, falta de credibilidad en las instituciones, vacío existencial, ausencia de valores, exceso de burocracia, entornos de desequilibrio y temor, desconfianza, superficialidad, consumismo irresponsable, temor y enajenación, condiciones propicias para desbaratar a los individuos, a las familias, a las comunidades, a los pueblos. Una vez que prevalezcan el desorden colectivo, la ilegalidad, la confusión, el antagonismo acrecentado, los propios gobernantes justificarán la intervención de la fuerza pública con la intención de apoderarse de las garantías, los derechos y las libertades, y así ejercer el control absoluto, el dominio de los rebaños humanos que hoy se creen dueños de oportunidades históricas y no se percatan de la etapa próxima del nuevo oscurantismo. La fórmula más eficaz para evitar el desastre social que hoy presenciamos, es por medio de los valores y la educación en las familias, en las instituciones educativas y en los espacios donde todavía coexisten hombres y mujeres interesados en el bien, en la verdad y en rescatar la esencia humana. Se trata de sectores que estorban a los poderosos, a quienes ambicionan el control absoluto de las sociedades. La disyuntiva es permanecer indiferentes y pasivos a las pretensiones de aquellos que ostentan el poder, hasta resbalar y quedar atrapados en sus trampas despiadadas e infaustas, o reaccionar oportunamente, recuperar la dignidad y los valores perdidos, exigir respeto y legalidad, sumar y multiplicar en vez de restar y dividir.

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Y una mañana, al despertar…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Y una mañana, al despertar, la vida saluda con sus formas, sus colores, sus fragancias y sus sabores, y una tarde o una noche, a cualquier hora, envía a la tempestad y al viento, desafiantes, que tocan a la puerta y los cristales de las ventanas, simplemente con el objetivo de recordar que los instantes son breves y que las estaciones no perduran. Y una mañana o al mediodía, uno admira, en el espejo, la belleza y la juventud de su semblante y la fortaleza de sus músculos; pero una tarde o una noche, las imágenes son otras, con manchas y ranuras, totalmente envejecidas. Y un día, al amanecer, después de tanto vivir -intesamente o algo tan insulso-, uno empieza a sospechar que, tal vez, no se presente el anochecer o no haya más auroras. Y un día, uno abre un paréntesis y reflexiona, probablemente con la idea de que aún no ha cumplido su encomienda y, en consecuencia, faltan detalles de amor, proezas de bien, o, al contrario, con la necedad de que no importan la nobleza del ser ni la luminosidad de la esencia, y concluye la estancia y el paseo por el mundo. Y una mañana o una noche, cualquiera que sea, no importa la edad, uno voltea atrás y descubre rastros de su biografía -buena o mala- y llora y lamenta los minutos y los años perdidos en mentiras, simulaciones y estulticia, con la convicción, acaso tardía, de que apenas alcanza la vida para reír o llorar, gozar o sufrir, trascender o morir.

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Colores del amanecer

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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¿Sabe usted que las mañanas, al asomar el sol en el horizonte, regalan colores y fragancias de belleza mágica? ¿Le he dicho que temprano, a cierta hora, los murmullos y los silencios de la vida son notas sinfónicas y cantos que entran por las ventanas y deleitan los sentidos? ¿Alguna vez, al escribir mis letras y compartirlas con usted, le he platicado que despierto con emoción, alegría e ilusión por el encanto de descubrirla en cada perfume y silueta? ¿Qué significa sentirla al despertar? Simplemente, definirla en las fragancias y en los matices de las orquídeas y los tulipanes , en las gotas de la llovizna, en las hojas de los árboles y en la sonrisa del cielo. El aire me trae su voz, sus caricias, sus besos, mientras las pausas de la naturaleza, en cada estación, me recuerdan que usted es mi otra identidad, la cara y la esencia que no había explorado, es decir, aquella sonrisa que modifica mi semblante al enojar, la alegría que ahuyenta y sepulta mis tristezas y los sentimientos, las ideas y los actos de su pulso. Y si me encuentro en su mirada y la siento en mí, ¿cree que sería capaz de traicionarla e irme lejos? Nunca lo haría porque la llevo en mí y usted ya es yo. No podría romperme. Ya no la descubriría, cada amanecer, en los colores de la vida, ni más adelante, a mediodía, en la tarde y en la noche, percibiría sus aromas, sus perfiles y su encanto. La miro en los colores de la vida, al amanecer y en la noche, al mediodía y en la tarde, quizá por tener usted un tanto de mí.

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¿En qué ruta abandoné al niño que fui?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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¿En qué ruta abandoné al niño que fui? ¿A qué hora, exactamente, y en qué sitio renuncié a mi infancia tan querida y creí, erróneamente, que la capacidad de asombro, las preguntas interminables, el amor, la esperanza, los sueños, la inocencia, los detalles, los juegos y las ilusiones son rasgos exclusivos de los primeros años de vida de un ser humano? ¿Cómo permití, en algún momento, que la alegría se maquillara de tristeza, la sencillez se volviera presuntuosa y murieran las fantasías y la esperanza? ¿Volveré a ser niño para oler los perfumes de las flores, trepar árboles, revolcarme en la tierra y soñar que habrá un amanecer grandioso, o, ya adulto, en mi estación presente, comprenderé que la vida es maravillosa y se trata un regalo bello y especial que hay que admirar y disfrutar cada momento, más allá de edades y de sus luces y sombras?

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Muñecos de historietas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Somos muñecos de historietas pasajeras, redactadas de prisa, sin esmero ni detalles; marionetas débiles, maquilladas y vestidas en serie, ausentes de cuidados y ternura, que los titiriteros manipulan en las carpas, mientras los otros, sus patrones, contabilizan los boletos vendidos en las taquillas y las ganancias que les reditúa divertir y entretener a ociosos espirituales y mentales; siluetas, apenas visibles, en masculino y femenino, en mayúsculas y en minúsculas, que alguien pretende desdibujar, romper y alterar en su cuaderno de dibujo. Somos criaturas débiles, de enorme fragilidad y destino incierto, a las que faltan sentimientos, capacidad de asombro, laboriosidad, sueños, ilusiones, creatividad e inteligencia que desdeñamos y, quizá sin danor cuenta, desechamos y cambiamos por simples formas, apetitos y cosas inertes. Ya no somos protagonistas de odiseas ni tenemos capacidad de emprender hazañas. Nuestros héroes dejaron de ser reales. Los preferimos en pantallas, virtuales, engañosos, como los alimentos y las bebidas que consumimos o los abrazos y los besos que enviamos en mensajes. Somos espectadores agotados, público aburrido de su propia historia, gente que mira transitar su vida de acuerdo con los intereses y el agrado de quienes se convirtieron, sin percatarnos, en directores de nuestras biografías. Somos ropa deshilachada que cubre despojos de lo que alguna vez, a otra hora, fuimos. ¿En qué momento consentimos perdernos y sepultar lo más valioso que teníamos? ¿Por qué preferimos ceder nuestra riqueza, los sentimientos nobles, la luz, y los pensamientos, las ideas y los valores a quienes pagaron tan poco? ¿En qué minuto del día, la tarde o la noche, incluso de la madrugada, confundimos el sendero con el calzado y así renunciamos al itinerario, a la ruta? ¿A qué hora entregamos lo que éramos, lo que teníamos, lo que resplandecía en nosotros? ¿Dónde estamos? ¿Quién aplicó pegamento en nuestros sentimientos nobles, en los pensamientos, en la felicidad? ¿Fuimos nosotros? ¿Fueron ellos? ¿Fuimos ambos? Conforme transcurren los minutos, las horas, los días, y los meses, los dueños del poder económico, social y político nos despojan y dejan nuestro interior con ausencias, completamente desolados y vacíos, para rellenarnos de estulticia, maldad e indiferencia que venden como la mejor oferta de todas las épocas. ¿Reaccionaremos antes del amanecer o despertaremos, ya sin privilegios, ante las molestias de los grilletes que hasta del agua natural y del oxígeno -regalos de la vida- han hecho mercancía y transformarán en motivos de guerra y muerte? ¿Por qué optamos por el engaño y la prisión y no por la verdad y la libertad plena del ser?

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Miro los retratos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Miro las fotografías impresas en papel -unas en sepia y algunas en blanco y negro y a color-, como piezas de colección de anticuarios, museos y archivos, constancia de otros días y recuerdo de rostros con nombres y apellidos que gradualmente se ausentan. Examino los retratos de mis antepasados, las imágenes de mi niñez, las fotografías de la gente que ha estado presente en mi historia. Se trata del resumen humano, del recuerdo de ciertas generaciones, del eco cada vez más distante de hombres y mujeres que caminaron por el mundo hacia múltiples destinos. Descubro en cada fotografía un motivo, un detalle, un pedazo de mi vida y de las existencias de otros. Las imágenes revelan secretos, la alegría y la sencillez de la gente que amaba a sus abuelos, a los ancianos, a sus padres y hermanos. Veo, al introducirme a los muchos ayeres consumidos, sentimientos, ideas, sueños, alegrías, tristezas, ilusiones, vivencias. Comidas familiares, días de campo, encuentros inesperados, paseos, fiestas, viajes, convivencias, todo aparece en los retratos, cada uno tomado con los equipos de diferentes épocas. Existían la inquietud, la expectativa, la sorpresa y la espera de lo que reservaba cada rollo fotográfico tras llevarlo al laboratorio y solicitar su revelado e impresión. Había que esperar. Se trataba de un sí y un no, con la alternativa de obtener fotografías o, simplemente, perderlas. Era una aventura maravillosa reunirse en familia, con los amigos o con los compañeros, para mirar, una por una, las fotografías que raptaban instantes consumidos, momentos fugaces. Y uno, emocionado, solicitaba copias de aquellas imágenes. Algunos, coleccionaban los retratos entre las páginas de los libros, en ciertas libretas, en baúles, en cajas de madera o de cartón, o los acomodaban pacientemente en álbumes muy queridos. Había quienes tenían la amabilidad de dedicarlos al reverso. Otras personas colgaban enmarcaban las fotografías que colgaban en las paredes de sus hogares. Era como decir al mundo, a la humanidad, a la creación: “aquí estoy. Un día y muchos más viví en este plano. Quiero que sepan que existí, que tuve una identidad y una historia”. Pertenezco a la generación que emocionaba con aquellas fotografías y que, paralelamente, guardaba con celo y orgullo los retratos de los antepasados y de la familia como algo muy amado, con la oportunidad de conocer y manejar la tecnología de la hora presente, en la que tomar imágenes es algo cotidiano, muchas veces sin aquel encanto, asombro y emoción que sentíamos y daba un sentido a nuestras existencias. Cada generación vive sus procesos y escribe su historia. Hoy, simplemente, miro las fotografías que conservo, al lado de negativos, rollos que por alguna causa no mandé revelar e invitaciones a diversas celebraciones. Aquí estoy, con incontables retratos que significan, sin duda, pedazos de mi historia y de mi vida.

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Lista de anhelos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Quiero que esta tierra sea pródiga con usted, tanto que le regale muchas flores todos los días, fragantes y maquilladas como los perfumes y los colores del paraíso, para que así, cuando yo ya no me encuentre en este mundo, sepa que cumplí mi promesa de cubrir la senda de su existencia con pétalos de hermosa textura. Deseo que la lluvia la empape, una mañana y una tarde, o quizá hasta una noche fría y nebulosa, mientras corre por el césped, entre los árboles y el riachuelo, para que nunca olvide nuestros paseos y sepa que en otras fronteras la esperaré con la emoción y la ilusión de excursionar a rutas insospechadas. Anhelo que el oleaje moje sus pies y que, tras caminar en la playa, voltee atrás y descubra sus huellas acompañadas de las mías, para que compruebe que un amor como el nuestro jamás muere ni depende de ausencias y presencias. Pretendo que un día, a cierta hora, navegue al horizonte, donde el cielo y el océano suelen asistir a sus citas idílicas, con la idea de que corrobore que el amor es infinito y natural, y que si durante un amanecer y un atardecer se registran encuentros venturosos, nosotros, usted y yo, los de siempre, acudiremos muy puntuales en algún remanso bello y secreto. Quiero decirle que me gusta inspirarme en usted para escribir y transformar el arte, las letras, en un sueño de amor, en una vida de enamoramiento, en una eternidad de romance. Entre mis sueños y realidades, deseo que las estrellas asomen a su ventana y le entreguen, anticipadamente, los poemas y los textos que usted me inspira, mientras me columpio en la diadema de un amor sin final. Quiero que mire el cielo, la tierra, el mar, y sienta las caricias de la brisa, del viento, de la nieve y de la lluvia, porque algo tienen de usted y de mí.

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Un padre amoroso y el hijo roto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Su hijo, lo entiendo así, es retrasado mental. Lamento darle la noticia. En el colegio, los otros niños, sus compañeros, se mantienen alejados de él porque lo consideran diferente. No les gusta. No creo que sea capaz de terminar sus estudios básicos; al menos no en este colegio, donde el nivel de preparación de los estudiantes se orienta a la excelencia académica y al desarrollo integral. Su hijo está herido e incompleto. No encaja en el salón de clase ni con sus compañeros, ni tampoco, creo, en la sociedad. Necesita atención médica y, tal vez, psiquiátrica. Estos trastornos no siempre se corrigen. Son errores de la vida. Tengo reportes de las maestras y de algunos de sus compañeros, respecto a su personalidad extraña. Se distrae en clases. Mientras la profesora expone algún tema, él, su hijo, se pierde en su mundo interior, en los árboles y en las flores que mira a través del cristal, en sus apuntes y en sus dibujos. No habla. Es silencioso. Tampoco juega. Sus lecturas son aterradoras. Hemos descubierto, en su mochila, desde libros referentes a dinosaurios, fósiles y arqueología, hasta obras literarias, filosóficas y esotéricas. Lee, a hurtadillas, tratados acerca de diversas religiones, e incluso sobre los lamas, lo cual es inadmisible en una institución educativa que se rige por normas estrictas y una doctrina pura. Lee libros de arte e historia, al mismo tiempo que no ha aprobado sus asignaturas. Cuando la maestra habló a los niños acerca de los señores feudales, en Europa, su hijo estremeció y tuvo un lapso extraño, como si se hubiera ausentado más de lo que generalmente acostumbra. Oculta, entre sus libros y cuadernos, una libreta con apuntes y dibujos indescifrables. Crea historietas fantasiosas con textos y dibujos. que ya le hemos descubierto. Es inconcebible que produzca historias sobre viajes a Marte y otros planetas, cuando apenas la humanidad a pisado la Luna. Y en sus escritos menciona estupideces y ocurrencias como el hecho de que si se explorara el interior de la Luna, los científicos obtendrían información que los asombraría; pero el niño va más allá al asegurar que mayor sería la sorpresa si la gente se internara en su ruta interior, donde encontraría la conexión con el universo, la vida y la creación. Habla de un Dios diferente al que nosotras, en el colegio, enseñamos a los alumnos a través de nuestra doctrina. No es un niño normal. ¿Qué opinión tendría de un niño que dibuja líneas diagonales con escaleras y números que se deslizan al vacío? Traza espirales, formas geométricas y estrellas repletas de números, letras y signos. ¿Qué sentimientos e ideas tendrá un alumno ensimismado que dibuja laberintos y pasadizos subterráneos debajo de castillos, fortalezas, monasterios e iglesias? Hace rato, cuando le llamé por teléfono a su oficina, su hijo, enmudecido, me miraba sonriente y burlón. Es majadero. Recomiendo que lo inscriba en una institución especializada en atención de problemas de lento aprendizaje. Si no recibe atención, este niño será una carga más, una persona dependiente e inútil, un ser humano de desecho con necesidades biológicas. Es todo lo que puedo decirle. Examine las calificaciones escolares de su hijo. Es evidente que algo no está bien”, informó la religiosa, directora del colegio, al padre del niño acusado, quien escuchó atento y silencioso las palabras ansiosas y precipitadas de la mujer.

Era hombre educado, tolerante, respetuoso. Sabía escuchar sin alterarse ni perder el control de sí. Aquella mañana, la monja denunció la incapacidad mental del alumno -y seguramente hasta espiritual y motriz- y recomendó la cancelación inmediata de la matrícula escolar. Ella, al recibir al padre del niño, se enredó en el tropel de sus palabras. Presentó al monstruo horrible que tenía como alumno del colegio, al enano mental que diariamente orinaba los pantalones del uniforme, al error de la naturaleza, símbolo del mal, la ineptitud y la mediocridad, que solía fijar su mirada en las hojas de los árboles, en las plantas y en las flores, en las mariposas y en los pájaros que volaban libres y plenos.

Aquella voz chillante, ofrecía al hombre la descripción de un hijo roto e irreconocible, distinto al que conocía en el hogar, un despojo humano, idiota y silencioso, un hombrecillo en minúsculas, una aberración de la naturaleza al que solamente le faltaba babear, arrastrarse y balbucear.

El padre, mortificado por su hijo, interrogó a la directora; sin embargo, ella, trastornada por el enojo, no escuchaba. Le dolía, en verdad, que un menor de edad se hubiera mofado de ella con esa risa tan estúpida y un silencio repugnante. Estaba atrapada en su blusa blanca y en su hábito gris. Una cruz metálica reposaba en su pecho disimulado. Resultaba imposible dialogar con ella. Se sentía ofendida por un monstruo, una deformidad de la creación, un error de la vida.

Respetuoso y silencioso, el hombre tomó la mano derecha de su hijo, quien se incorporó de la silla inmediatamente, con el alivio de aquel que se libera de un juicio al que va a ser condenado sin piedad para posteriormente sufrir el martirio del castigo en el patíbulo y la vergüenza del escarnio. Antes de marcharse, el señor habló pausadamente, con la idea de solicitar a la religiosa que consintiera que el pequeño continuara asistiendo a clase, con la promesa de que entre él y su esposa se responsabilizarían de ayudarlo a corregir su atraso en clases. El plazo, dijo, sería ese ciclo escolar.

La mujer, encolerizada, asintió con la cabeza e hizo una señal de despedida con la mano. Una vez que salieron de la institución educativa, el hombre abrió la portezuela delantera del automóvil para que el niño se acomodara en el asiento del lado derecho. Arrancó el motor del vehículo y marcharon a casa.

Durante el trayecto, el señor relató al hijo fragmentado algunas historias con ciertos mensajes ocultos, precisamente con el objetivo de enseñarle, a través de ejemplos y metáforas, que los seres humanos más grandiosos, alguna vez enfrentaron problemas, adversidades y desafíos que los tambalearon y los motivaron a luchar y ser superiores a las circunstancias.

En cuanto llegaron a casa, el niño abrazó a su madre -la señora amable, como le llamaba la gente- y le dio un beso en cada mejilla, para correr de inmediato al lado de sus hermanos, mientras el hombre relató a la mujer el encuentro con la monja y la situación del pequeño en el colegio, quien realmente, por lo que percibían, se encontraba ante enemigos que podrían destruirlo.

La mujer lloró al escuchar la narración de su marido e imaginar el sufrimiento de su hijo primogénito. Ambos, el padre amoroso y la señora amable, asomaron por la ventana y descubrieron a sus hijos en la inmensidad del jardín, felices y plenos. El mayor de ellos -el niño roto del colegio-, reía, saltaba, y parecía tan contento, que contradecía los argumentos de la religiosa y los reportes y las acusaciones de la profesora.

Pactaron reconstruir al hijo mutilado, al alumno deleznable del colegio de monjas, a quien sus compañeros descalificaban por lo extraño de su vida y ellas, las religiosas y las profesoras, aplastaban con órdenes irracionales, castigos despiadados e inexplicables y el peso de su autoridad y su tamaño.

La señora amable, ofreció a su hijo un cielo prodigioso, un hogar maravilloso, y le enseñó a amar la vida por medio de las flores, las plantas y los árboles, que cotidianamente regaban, al mismo tiempo que ella nombraba cada especie y explicaba su importancia para mantener el equilibrio y la salud del planeta. Y así, el niño amó la naturaleza, desde las gotas del agua que entonces brotaba en abundancia, hasta los pinos que proyectaban sus sombras al recibir los abrazos y la mirada del sol. Hasta plantó, al lado de su madre y sus hermanos, un árbol que compró su padre.

Y fue la propia madre quien platicó a su hijo tantas historias del ayer, la epopeya de sus antepasados, con sus luces y sombras, hasta que despertó en el pequeño el interés en explorar e investigar su antiguo linaje; pero también lo educó con valores espirituales y con la elegancia de los modales franceses que recibió de algunas parientes. El niño mutilado del colegio, aprendió arte, ciencia, negocios, espiritualidad y todos los conocimientos que más tarde, en otra época y ante diferentes circunstancias, aplicaría en su vida.

El señor amoroso y educado, reforzó la sensibilidad, el talento y la creatividad del pequeño artista, a quien introdujo, además, en temas arqueológicos y en el conocimiento, siempre en una línea de rectitud y valores. El hombre poseía amplio conocimiento y experiencia. Lo mismo permaneció, como monje, en un convento, que voló aviones de dos alas y participó en la incursión del desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, el alumno fragmentado del colegio nunca se atrevió a revelar los castigos a que era sometido por las maestras, principalmente una que lo aborrecía, quien le negaba permisos para ir al sanitario, obligándolo, irresponsablemente, a no contener sus necesidades fisiológicas y orinar los pantalones del uniforme. Le ordenaba que pasara al frente y que, hincado y con los brazos estirados hacia arriba, a un lado del pizarrón, quedara en silencio e inmóvil, ante la mofa de sus compañeros, para, finalmente, otorgarle el perdón y enviarlo a su pupitre, no sin antes golpearlo con una regla de madera, impactos que recibía en las yemas de los dedos, en las palmas de las manos y en las pantorrillas. El menor temía que sus padres reclamaran y que ellas, la profesora del tercer grado de primaria y la directora, se vengaran de él. Y calló.

En ese colegio, el niño solamente confió en otro pequeño, hijo de un joyero alemán, en cuya casa, también con jardines amplios, la familia poseía aves exóticas, pavorreales, guacamayas, tortugas, perros y hasta un mono araña. El compañero, a quien, igualmente, le fascinaba el tema de los dinosaurios -ambos disfrutaban la colección Panorama Cultural, publicado por Novaro Editores, a cargo de Antonio M. Carneiro-, visitó diversas ocasiones al pequeño roto, al que alguna vez preguntó la razón por la que era tan diferente en la libertad de su casa, donde corría, platicaba, reía, gritaba y jugaba alegre y plenamente.

“Tú no estás enfermo, como aseguran la maestra y la directora -expresó a su pequeño amigo-. Tú eres más grande de lo que suponemos. Eres diferente a la mayoría. No pronuncias groserías, eres correcto al hablar y sabes escuchar, observar y respetar. Eres un niño educado. Me consta. Tu mundo interior y exterior es distinto al de la mayoría de nuestros compañeros. Ahora entiendo lo mucho que vales. Ni siquiera tu aspecto es como el de la mayoría. Te sucede lo mismo que a mí, pero no me molestan nuestros compañeros, y menos las autoridades educativas, porque siempre llevo dinero a la escuela y complazco a todos, hasta a la profesora que es feliz con la manzana que le regalo todos los días. Mi padre me ha enseñado que toda la gente, por monstruosa que sea, tiene un precio, y mira a la mujer amargada y tirana que es nuestra maestra, se doblega y me respeta por una simple manzana que diariamente coloco en su escritorio. No me alejo. Si llevo libros de dinosaurios al colegio, invito a mis amigos a observar cada página, y al deleitarse con lo que tanto nos gusta, me consideran amigable y poderoso. Eso es todo, amigo”.

El colegio era inmenso. Tenía, incluso, capilla e internado en otra sección. Había un comedor para quienes estaban inscritos como “medio internos”. El niño fracturado asistía a clases regulares, pero muchas ocasiones, ella, la profesora, lo mantuvo, igual que un rehén, en el aula, castigado por supuestos errores y travesuras que le atribuían, o lo enviaba, junto con otros menores, a permanecer cerca del portón, donde la comunidad escolar los miraba con desprecio y repugnancia, con los pantalones empapados de orines. Eran, por llamarles así, los pequeños delincuentes del colegio.

No pocas noches, el niño roto, acosado por fiebre y miedo, lloró inconsolable. Suplicaba a sus padres que ya no lo enviaran a la escuela. Algo le impedía explicar el terror que sentía. Su madre acariciaba su frente con el amor más puro y le narraba alguna historia dulce y tierna, o su padre le enseñaba a dominarse y le relataba capítulos de seres humanos extraordinarios.

Transcurrieron los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, como se consumen la vida y los sueños. El niño roto aprobó el curso y, felizmente, pasó al cuarto grado de primaria. Un año más tarde, su padre y su madre decidieron inscribirlo en otra institución educativa, lejos de aquel escenario tan pútrido que generaban la directora y algunas profesoras, como el personaje siniestro que tuvo como maestra en el tercer curso de primaria; pero esa ya es otra historia que quizá, algún día, haya que relatar.

No me avergüenza confesar que aquel niño despedazado del colegio, fui yo. El amor, la entrega, los valores, la disciplina, el ejemplo, la firmeza, el respeto y la enseñanza de mis padres fue determinante, al menos, para demostrarme, principalmente, que no estaba atrofiado espiritual, física y mentalmente, como aseguraban la directora y la maestra. Simplemente, fui víctima silenciosa, como tantos casos existen en el mundo, del abuso de autoridad, la burla, la injusticia y la crueldad que intoxica a ciertos seres humanos.

Por cierto, aquella “risa burlona” que denunció la directora, fue por varios motivos: me parecía ridículo que una mujer adulta, perteneciente a una doctrina religiosa de amor, respeto y tolerancia, hubiera perdido el control de sí, al grado de interrumpir a mi padre, en horario laboral, a través de una llamada telefónica, como absurdo y estúpido era que le asustaran mis pantalones empapados de orines, cuando la maestra no me permitía acudir al sanitario, basada en la irracionalidad de su autoridad, su tamaño y su poder.

No tengo resentimiento. Simplemente, ambas mujeres eran débiles y estaban intoxicadas por la amargura, la mediocridad, los temores, las debilidades y la fragilidad que caracterizan a algunos seres humanos, incapaces de ser maestros de sí mismos. Al contrario, su estulticia y maldad generaron el ambiente propicio para que ellos, mi padre y mi madre, orientaran mayor atención de la que ya me daban.

Soy un artista sencillo, un escritor que pretende tocar a las puertas de cada ser humano -en minúsculas y en mayúsculas, en femenino y en masculino- con el objetivo de compartirles sentimientos e ideas que descubro entre los murmullos y los silencios de mi interior, en el pulso de la naturaleza, en las estrellas, en la lluvia, en las cortezas enlamadas de los árboles, en los helechos.

Me siento profundamente agradecido y orgulloso de mi padre y de mi madre, quienes me regalaron un cielo extraordinario y maravilloso, contrario al infierno que cotidianamente me ofrecían la directora del colegio, la profesora y muchos de mis compañeros. Me rescataron de aquel pantano y, claro, me encantó el arte, me enamoré de las letras que hoy, humildemente, trato de obsequiar a mis lectores.

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Me pregunto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto demasiado cuando la miro callada, inmersa en sus cavilaciones, acaso porque me encantaría adivinar que pertenezco a su mundo de ideas y sentimientos, a sus rutas internas, a sus notas musicales, y que soy, en consecuencia, quien la distrae, es decir, su huésped, el yo al que su tú esperó siempre. Me interrogo tanto cuando percibo su alegría y su sonrisa, que hasta creo que sus juegos y sus ocurrencias son por mi causa. Imagino, por lo mismo, que me contempla en el espejo al mirarse, peinar su cabello y maquillar la belleza de su rostro. Me planteo, a cierta hora de la mañana, al despertar, si me descubrió en sus sueños, en sus quimeras, o si, al menos, encontró, en su almohada, el tulipán fragante que le envié en la noche, al pensar en usted y abrazar su alma. Me respondo, entonces, que quizá leyó el poema que escribí mientras usted dormía o tal vez escuchó el soneto que le compuse el otro día. Y vuelvo a inquirir si habrá coincidido, en algún instante del día, con los pinceles, el lienzo, las pinturas y el caballete que preparé con el objetivo de que ambos pintemos nuestra historia, la alegoría de un amor convertido en locura, en ministerio, en colores. Y reflexiono mucho porque hoy, simplemente, deseo saber si usted está dispuesta a seguir el mismo destino conmigo, y, por añadidura, quisiera preguntarle si ya le confesé que la amo.

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