Un artista solitario

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hace tiempo, conocí a un hombre bueno y sencillo, un artista solitario que pinta al óleo desde la sensibilidad de su alma, en la desolación y el silencio de su buhardilla. Plasma, en los lienzos, jardines de paraísos distantes, rostros sustraídos de algún sueño o de ciertos mundos paralelos, ambientes insospechados y paisajes encantadores, los matices de Dios, como si su encomienda fuera acercar los cielos y el infinito a la humanidad, a hombres y mujeres que andan en busca de la senda perdida. Mientras pinta, escucha música que lo envuelve y transporta, quizá, a fronteras inimaginables, a su ruta interior, a las profundidades insondables donde las fórmulas del arte y de la inmortalidad tienen parentesco. Es genial e irrepetible. Su obra pictórica cautiva, fascina, hechiza. Ha acumulado experiencia y conocimiento. Su plática es amena y siempre está dispuesto a dar un consejo, a relatar una historia, a enseñar algo bueno. Recientemente, coincidí con él, en alguna callejuela desierta de la ciudad. Lo saludé como un escritor y un pintor lo hacen tras mucho tiempo de ausencia -al fin artistas-, y, al notar sus ojos entristecidos y su semblante demacrado, callé con la idea de no perturbarlo; sin embargo, al ser tan observador y percibir el sentido real de mi silencio, confesó que sus obras, al inspirarse y crearlas, lo trasladan a destinos cercanos y recónditos, a la vez, y que su arte es un delirio, un estilo de vida, un ministerio, una locura, lo cual, admitió, lo hace intensamente feliz e integrarse a la arcilla, al mundo, y a la esencia, a la luz. Expresó que el arte es su vida. Con dolor y pesadumbre, dijo que había recibido los más bello de la vida y que, no obstante, dicho tesoro le parecía irrecuperable, totalmente inalcanzable, porque se trata, en realidad, de sus hijas, a las que tanto ama y por quienes sacrificaría hasta su vida, si así fuera necesario, las cuales. a pesar de los sentimientos tan intensos que les ha entregado, evitan hablar con él, lo rechazan y lo tratan mal. Sensible, derramó algunas lágrimas, llanto de un padre que ama y sufre por el desprecio de sus hijas, mientras los días de su existencia se consumen irremediablemente. Un día se habrá agotado el tiempo y será imposible rescatar la felicidad perdida. Se despidió. Sé que un ser humano con la sensibilidad de artista, con el don de crear obras que embelesan y tocan el alma, tiene capacidad de derramar un amor inigualable. Esta noche y las anteriores, desde aquel día, lo imagino en su taller, entre pinceles, lienzos, paletas de madera con residuos de matices y frascos y tubos con pinturas, entregado a su arte, a su pasión, envuelto en lágrimas y en música, inspirado, en su inacabable proceso de la creación, paralelamente, muriendo ante el desprecio y el sigilo de sus hijas, a quienes llamó tesoros. Asombroso, en verdad, que alguien que comparte las riquezas del alma y el infinito, a través de sus obras de arte, se encuentre tan solo. Es sorprendente que un artista de la pintura, un autor magistral que plasma de colores los lienzos y la vida, derrame tinta de melancolía en las horas de su existencia.

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Vacantes y espacios ausentes: abuelas que relataban cuentos e historias

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Apenas ayer, en mi infancia, las abuelas, amorosas, relataban cuentos e historias a sus nietos. En las tardes y en las noches de lluvia, cuando las tempestades parecían incesantes y los relámpagos incendiaban y rasgaban las nubes ennegrecidas que ocultaban la luna y las estrellas con nuestros juegos e ilusiones, ellas abrían los roperos y los baúles de sus remembranzas y extraían alguna historia, un acontecimiento registrado, quizá, en sus horas juveniles y lejanas, para narrar, pacientemente, cada detalle. Y uno, en minúscula, escuchaba atento y con mucho cariño y respeto, e imaginaba todas las escenas. Eran tan dulces que, a pesar de los años acumulados y su agotamiento, preparaban café, té o chocolate, que acompañaban con bizcochos, mientras hablaban y, orgullosas, miraban a sus descendientes saborear y disfrutar la merienda. Eran mujeres buenas y sensibles que trataban de introducir algunos mensajes positivos en sus relatos. Y si acaso en alguna fecha la ausencia de ellas, las abuelas, se sentía con profunda nostalgia en uno, las otras, las tías, ocupaban tan honroso sitio y platicaban amenamente, como quien hojea un libro decorado con el arte de las letras y las imágenes. La televisión permanecía apagada. No estaba invitada a nuestras tertulias. Era la familia, en un hogar, lo que más valía, y así, las abuelas y las tías mayores eran bien amadas, siempre con admiración y respeto. Hace tiempo partieron y muchos espacios quedaron vacantes u ocupados, en innumerables casos, no por lo mejor y selecto, sino por la más burdo y grotesco que ofrecen radio, televisión e internet. Sustituyeron a las abuelas, a las tías mayores, con la diferencia de que el amor y la sensibilidad se han perdido y abundan la grosería, el antagonismo, la falta de respeto, la violencia. Hoy, al recordarlas, rindo un especial homenaje a esas mujeres -abuelas y tías mayores- que acompañaron nuestros años infantiles y hasta juveniles con su amor incondicional y sus historias maravillosas, y qué importaba si las repetían. Se les añora.

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La vida aconsejó a un hombre que caminaba

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Se feliz e intensamente rico”, aconsejó la vida a un hombre que caminaba, reflexivo y cabizbajo, quien preguntó, asombrado, cuál es la fórmula para obtener una fortuna inmensa. La vida, sonriente, aclaró: “al invitarte a ser feliz e intensamente rico, demostraste mayor interés en el dinero, en las cosas materiales, que en tu dicha, actitud que te coloca en un estado muy primario, en el cual, por cierto, generalmente es más grande la necesidad de satisfacer apetitos, poseer todo y colocarte antifaces, que la búsqueda de amor, salud, alegría, sentimientos nobles, bien, sabiduría y valores. Quiero aclararte, además, que al expresar intensamente rico, no me referí, precisamente, a dedicar los días de tu existencia a la acumulación de dinero, mansiones y alhajas, a lo cual es legítimo y válido aspirar, principalmente cuando las fortunas sirven para aliviar necesidades humanas y mejorar el entorno, el mundo; mi idea fue, exactamente, resaltar la trascendencia de que cada ser humano, hombre o mujer, posea tal cantidad de tesoros en su interior, que tenga capacidad de sonreír y derramar, como un regalo infinito, amor y bien a los demás, que es lo que justifica su paso por la vida terrena. Alguien que tolere y no enfurezca por cualquier motivo, una persona incapaz de almacenar y procesar odio, un ser humano que no cause daño. ¿Entiendes el sentido de mi invitación? Urge, en el planeta, gente dispuesta a construir escalinatas y tender puentes, arrojar la cuerda a los que andan perdidos en abismos, retirar cardos y piedras de los caminos, abrir celdas y romper barrotes para que se liberen los que se sienten aprisionados. Vive feliz quien dedica su biografía a hacer el bien y lo reproduce aquí y allá, en cualquier lugar, a todos y más a los que mayor sufrimiento cargan. En la medida que dediques tus días y años, dentro de su fugacidad, al bien, sin olvidarte de ti y de tus necesidades humanas, serás inmensamente rico y feliz, y todo lo bueno de la creación, intangible y material, vendrá por añadidura”, explicó la vida al hombre, quien al experimentar una mezcla de enfado, coraje y vergüenza, decidió alejarse de su consejera, no sin antes pensar que no requería lecciones, sino dinero, bienes materiales, para compensar su historia de dolor, tristeza y sufrimiento. Se marchó. La vida, acostumbrada a los desdenes humanos, lo miró alejarse desafiante, molesto, en busca de felicidad que creyó descubriría en la posesión de cosas que, si es innegable son útiles y valiosas, en la práctica, por sí solas, carecen de parentesco con los sentimientos y las riquezas del alma. Al dedicarse la vida a continuar regalando invitaciones a otros hombres y mujeres, distinguió, en la siguiente esquina, a la muerte que impartía su doctrina y conseguía adeptos.

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Y llegó febrero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y llegó febrero, como se marchó un día, a cierta hora, con exactitud, puntual y sin remordimientos ni temores, a pesar de saberse el más pequeño de sus hermanos. Vino completo, sin instantes de más ni momentos con faltantes. Aquí está, con nosotros, imperturbable, en el invierno del hemisferio norte, patinando sobre la nieve, al lado de la chimenea, y en el verano del hemisferio sur, empapándose con las gotas de la lluvia y asoleándose mientras reposa en la hamaca, indiferente, como siempre, a lo que tú, yo, nosotros, ustedes, ellos y todos los hombres y mujeres, en el planeta, hagamos de nuestras existencias. Sabe que le nombramos febrero, pero realmente no le interesan las identidades ni los linajes porque sus 28 o 29 amaneceres y ocasos podrían continuar sin la presencia humana. Todo es pasajero en el mundo, en la vida terrena, y los días transcurren más allá de acontecimientos, fechas memorables y aniversarios. Febrero contempla un grupo de días que coinciden con cierta temporada, en una estación de paso, en espera del siguiente pasajero, llamado marzo. No se arraiga en ningún sitio porque de caer en la tentación de refugiarse en una cabaña, en alguna posada, como en ocasiones lo ha hecho, perturbaría a su hermano -marzo- con un clima diferente y el año parecería, simplemente, desvertebrado. Ya lo hacho. Le encanta jugar, en ocasiones, hasta salpicar a marzo. No trae regalos ni ofrece alegrías o desventuras. No promete. Es inquieto y se marcha sin despedirse. Una noche, al llegar la madrugada, simplemente ya no está en casa. Sabe, por experiencia, que los seres humanos son responsables de su destino y que, extraordinario y feliz o desventurado e infausto, solamente ellos podrán pintarlo con los colores más bellos y cautivantes o salpicarlo con los tintes de su drama, y así crear paraísos o infiernos. Llegó febrero y pronto se marchará sin anunciarlo.

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Somos más pobres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy noto mayor pobreza que antaño, cuando era niño, entre el ocaso de la década de los 60 y la aurora de los 70, en el inolvidable siglo XX, época en la que aún había mucha gente analfabeta y descalza, en el país donde viví; pero quizá más amable, tranquila, feliz y sencilla porque la mayoría no competía por presumir marcas de prestigio ni rivalizaba por estrenar un automóvil lujoso, como ahora lo hacen tantos, orgullosos de sus apariencias y presurosos de esconder sus orígenes y sus deudas. La gente consumía productos naturales y se las ingeniaba para coexistir y reparar sus cosas. El tiempo parecía más extenso, pero era el mismo que hoy. Simplemente, no se desperdiciaba en elementos tan enajenantes. Y no solamente me refiero a la pobreza material, a las desigualdades sociales que laceran al mundo, con una élite millonaria y poderosa y multitudes que carecen de agua, salud, alimentación, vivienda, seguridad y educación, sino a la miseria humana, la cual va más allá de que la gente posea fortunas o se encuentre en el pauperismo, y sin distinciones de raza, creencias y niveles de escolaridad. Percibo una peligrosa ausencia de sentimientos nobles, una evasión al bien y a los compromisos, una gran irresponsabilidad y una falta preocupante de raciocinio, sentido común y respeto. Ahora, en el siglo XXI, los seres humanos disponemos de mayores comodidades y acceso a la ciencia y la tecnología, y hasta en segundos tenemos oportunidad de comunicarnos con gente de otras regiones del planeta; no obstante, parecemos disgustados con nosotros y con la vida, estamos rotos, somos contradictorios e incapaces, en la mayoría de los casos, de construir senderos y tender puentes. Permanecemos en continua discusión y enemistad, unos con otros, dentro del tramposo juego de los opuestos. Nos utilizamos para, finalmente, desecharnos, igual que se hace con los productos en serie. La desintegración familiar, el odio, la violencia, el miedo, la inseguridad, el egoísmo y la ambición desmedida, entre otros males, forman parte de las prácticas cotidianas que aplastan y entierran el amor, la dignidad, el respeto, la tolerancia, el bien y la armonía. Volteo a mi alrededor, a los lados, adelante, atrás, en los automóviles, en el transporte público, en los centros comerciales, en los mercados, en todas partes, y descubro, tristemente, discordia, agresividad, rostros compungidos, enojo, crueldad, egoísmo. Hemos perdido el respeto a nosotros y a los demás. Pisamos los derechos y las libertades. De no ser por las cuentas bancarias, las propiedades inmobiliarias, los automóviles, las alhajas, los títulos académicos y las superficialidades que rara vez utilizamos para bien de otros, parecemos seres muy primarios. Hemos empobrecido. ¿Cómo podrá una especie, en proceso devolutivo, superar los desafíos y enfrentar los retos de la hora contemporánea? Alguien que se interesa exclusivamente en satisfacer apetitos primarios, en consumir y en desechar, en denigrar a otros con el objetivo de destacar y obtener mayores beneficios, en arrebatar oportunidades, en engañar, en ataviarse con apariencias, en ambicionar lo que no les corresponde y en reprimir y burlarse de los demás, ¿tendrá capacidad para hacer algo grandioso por la humanidad, extenderá las manos para apoyar a los que sufren, podrá derramar bien en torno suyo? ¿Dónde se encuentran los hombres y las mujeres que en un futuro próximo tendrán que intervenir con el objetivo de rescatar a la humanidad y salvarla? Hay gente buena, es cierto; pero lamentablemente, el bien y la verdad, los sentimientos y la razón, la vida y los sueños, son confinados en la desmemoria para evitar que se interpongan al plan maestro de fabricar criaturas en serie y ausentes de sí, desprovistas de creatividad e ilusiones, enajenadas y dispuestas a ser cifra, estadística, número. Hemos empobrecido.

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Y sí, tal es la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es la flor que crece y regala su perfume, su textura, su sonrisa de colores, en femenino y en masculino. Es el helecho mágico que, en minúsculas y mayúsculas, al natural, a un lado de la cascada, próximo a los abetos, en la humedad, en lo más sombrío del bosque, cautiva los sentidos. Es la abeja que vuela y posa aquí y allá, en los pétalos, en las rosas, con el interés de sustraer la dulzura de la vida, el encanto que parece manifestarse en cada expresión, en todas las criaturas. Es el delfín amigable que invita a disfrutar los momentos, las caricias del aire, las profundidades del océano. Es la gota de agua que desliza por las hojas, las piedras y los árboles, hasta retornar a los ríos, a los manantiales, y refrescar a los sedientos, a los que encuentra a su lado, durante su caminata interminable. Es el caracol marino que reproduce, en su intimidad, los sonidos y los silencios del mar, los murmullos y los sigilos de la creación. Es el viento que sopla y acaricia, sonroja y arrastra las hojas y las canciones de Dios. Es el fuego que calienta e incendia la oscuridad del cielo, envuelto en nubes plomadas, durante las horas de tempestad. Es el poema incesante, la música interminable que viene de alguna parte secreta y se manifiesta sublime y magistral en las plantas, en los granos de arena, en el agua. Es uno, sí, uno que abre el portón a su alma, a sus sentimientos, a su inteligencia, al bien incesante, a la creación. Tal es la vida.

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Cierre de negocios y afectación a la economía, a las inversiones y a los empleos, con grandes riesgos sociales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

México ocupa uno de los peores sitios, a nivel mundial, en cuanto a implementación de estrategias y acciones orientadas a enfrentar los contagios relacionados con el coronavirus. Desde el inicio de la enfermedad, autoridades y sociedad prefirieron desviar irresponsablemente su atención en asuntos baladíes, estúpidos y superficiales, que en reunirse en torno a un asunto de interés público y emergente, de tal manera que abrieron la puerta a la enfermedad y la muerte.

Ante la falta de compromiso e interés en resolver un problema de sanidad mundial, autoridades y legisladores, en toda la geografía nacional, han actuado conforme se presentan los acontecimientos, unas veces consintiendo el desorden, las aglomeraciones y el descuido, y otras, en tanto, con diferentes ocurrencias que, definitivamente, no contribuirán a eliminar contagios ni solucionarán la situación y sí, en cambio, significarán descontento social, quiebra de empresas, pérdida de empleos, mayores índices de delincuencia y caos, como ordenar el cierre parcial o total de establecimientos comerciales, de servicios e industriales.

En una nación donde los diferentes gobiernos han saqueado las riquezas y, de paso, desmantelado los sistemas de salud y seguridad, con gran cantidad de medios de comunicación más dedicados a la complicidad y a la vocación de mercenarios que a la labor de informar y orientar, y con una población que en todos sus niveles ha perdido educación, valores y cultura -aunque aleguen que cursaron la universidad y exhiban títulos con maestrías y doctorados-, muy proclive a la violencia, distraída en programas de televisión que idiotizan y en el encanto cibernético que utilizan ociosamente, a las autoridades les parece fácil tomar la decisión de ordenar el cierre de empresas, bajo la amenaza de clausurarlas e incluso sancionarlas.

Todos sabemos que el coronavirus fue creado en laboratorios y dispersado estratégicamente en diferentes regiones del mundo para su propagación inmediata, y que no cederá mientras los laboratorios no comercialicen satisfactoriamente sus miles de millones de vacunas. Necesitan muchos fallecidos para justificar la venta millonaria de vacunas, a pesar de la aparición de nuevas manifestaciones en la enfermedad. Esa información nadie la ignora.

El hecho de ordenar el cierre parcial o total de negocios, en cualquier zona del país, representa perjuicios mayores, entre los que destacan los siguientes: contracción de las actividades financieras, de servicios, comerciales e industriales, con los consecuentes riesgos de quiebra y pérdida de innumerables empleos y las inmediatas expresiones de inseguridad y efervescencia social; aglomeraciones excesivas de consumidores en mercados, tiendas y centros comerciales durante los días permitidos a las compras, lo que en los hechos contradice la intención de evitar multitudes; propiciamiento de la informalidad y del mercado negro; desolación en las calles y mayores riesgos de delincuencia; peligro constante para los giros indispensables, como farmacias, que pueden ser asaltado por quienes aprovechen el encierro de la gente.

La solución no es reprimir las actividades económicas con el gran peligro social. Gobernantes y legisladores, en todo el país, deben olvidar la comodidad de sus ingresos y sus rivalidades políticas, convocar a auténticas reuniones con todos los sectores sociales y analizar la situación nacional, llegar a acuerdos y tomar decisiones inteligentes, con castigos severos para aquellos que violen las disposiciones.

Es absurdo ordenar el cierre parcial o total de la economía y que la gente, en tanto, se reúna en alguna casa, celebre aniversarios, acuda a comidas. Eso debe supervisarse. La gente no se protege, es sucia, juega a la simulación con los protocolos sanitarios. Es algo que debe revisarse. Mucha de la gente joven, despreciativa y totalmente ensoberbecida, desdeña las indicaciones oficiales y desafía el peligro, mientras viejos ignorantes tratan de demostrar que son fuertes, vigorosos, y desatienden las medidas. Eso hay que vigilarlo. La gente sale en estampida y se concentra, irresponsablemente, en los espacios públicos, en las plazas comerciales, en las calles, en los bares, y eso hay que evitarlo en esta época. Muchas de las costumbres individuales y colectivas -en esto no importan los niveles económicos y educativos- son demasiado primarias, totalmente rebasadas por la lógica, y eso afecta a toda la nación. Es preciso efectuar un trabajo minucioso, un análisis serio, con la idea de responder a las necesidades emergentes de la hora contemporánea; pero no será, definitivamente, paralizando las actividades económicas con los consecuentes riesgos sociales.

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Las rutas del silencio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una noche desolada y silenciosa, repetida y monótona como las anteriores, navego hacia mí, en un océano de profundidad insondable, tras noches de tempestad, bruma y frecuentes naufragios, con la idea de visitarme y, una vez conmigo, recorrer los recintos de la casa, hasta llegar a la hendidura que conduce al punto de encuentro, al agua etérea, al todo, al paraíso, donde el bien y el mal son energía que se transforma indistintamente y se expresa de acuerdo con los niveles de vibración de cada buscador. Antes de llegar a la morada y sentir, desde el alma, la esencia infinita, el caminante debe renunciar, en sus expediciones, a cualquier distracción artificial, y enfrentar, con sinceridad y valentía, los ambientes enrarecidos, las criaturas deformes y los monstruos terribles que aparecen durante el camino. Son las máscaras con que encubrimos nuestras deshonestidades y mentiras, las crueldades que cometemos, la ayuda que negamos, las simulaciones con que coexistimos. Es todo el mal que sembramos a nuestro paso y germina en el interior, en los sótanos y mazmorras de cada persona, como si las semillas germinaran y se multiplicaran con cardos venenosos. No todos los viajeros resisten las jornadas intensas, y es el motivo, en consecuencia, de que necesitan compañía, luces artificiales, estridencia, consumir y desechar. Evitan los encuentros consigo. Temen andar por las orillas, a un lado de desfiladeros y pantanos con reptiles, monstruos que aparecen repentinamente, entre varas y telarañas, y los asuntan, a pesar de ser ellos. Rehúsan ingresar a la galería de sus simulacros y vergüenzas. Solo aquellos que se atreven a enfrentarse a sí mismos, en la desolación, tienen el privilegio de atravesar pantanos y llegar a la otra orilla, donde inicia el resplandor de cielos y paraísos cautivantes y excelsos, hasta volverse inmortales. Se trata, en cierto sentido, del cielo y el infierno. Cada uno, en su ensimismamiento, descubre lo que busca: el místico, el bien y la receta de la inmortalidad; el artista sensible, las letras, la música, la pintura, las formas; el científico, las fórmulas; el perverso, el tirano, las estrategias para conseguir resultados en sus fines mezquinos. Innumerables artistas y científicos, sin sospecharlo, entran por ciertos portales naturales, hasta sumergirse en las profundidades del océano infinito, acaso por sus períodos de ensimismamiento y silencio que a otros, acostumbrados a la producción en serie, a la inmediatez, a consumir y desechar, les parecen desagradables y matizados de tal monotonía, que ni siquiera intentan acercarse a su interior. Desean tesoros, pero no se atreven a viajar en sí mismos. Quien conoce la ruta, sabe, en verdad, distinguir el bien del mal, la luz y la oscuridad, y no ignora, por lo mismo, las consecuencias de su elección.

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Y se fue enero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Se marcha íntegro. Conoció el perfume de diciembre y el rostro de 2020. Es enero, enero de 2021, y se va indiferente, con el recuerdo de la humanidad, de un mundo que siente agotamiento, inseguridad y temor ante los tintes sombríos de la enfermedad y la muerte. Se irá puntual, digno, a la hora exacta, cuando febrero llegue a la estación. El furgón del tren lo llevará no se sabe a dónde, acaso con las remembranzas de su estancia en el mundo, probablemente con lo bueno y lo malo de una humanidad que aún no aprende a vivir, quizá con la indiferencia del tiempo, tal vez con todo y nada. Lo cierto es que, al despedirse enero, somos un mes más viejos, con mayor o menor conocimiento y experiencia. Lleva consigo, seguramente en su memoria o en su equipaje, el invierno del hemisferio norte y el verano del hemisferio sur, alegre o entristecido, nadie lo sabe, porque los instantes y los años carecen de sentimientos positivos y negativos. Como discípulos del tiempo, los meses son engranajes de la maquinaria, ajenos a la felicidad o al dolor humano, simplemente con la posibilidad de que su lapso sea aprovechado por cada hombre y mujer con la alegría, el bien y el milagro de la vida. Se va para no volver más. Retornará, es cierto, con otra marca, la de 2022, y, así, sucesivamente, con la señal de cada año. Habrá quienes lamenten su despedida sigilosa que llamarán despiadada e ingrata, nostálgicos por el tiempo que huye, mirándose al espejo con sus arrugas y canas inevitables, y más preocupados por el envejecimiento inevitable que por reaccionar y salvarse, mientras otros, en tanto, calcularán que enero, sumado a otros 11 períodos, todos con nombres y apellidos, conducirán hasta la consumación de 2021, y algunos más -los menos-, indudablemente tomarán la decisión de vivir en armonía, con equilibrio y plenamente, con el sí y el no de la existencia. Se va enero, y ahora somos más virtuosos, sabios y viejos, o menos buenos, jóvenes e inteligentes. Y se fue enero, enero de 2021, con 31 días, equivalentes a dos millones 678 mil 400 segundos de nuestras vidas.

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Quiero ser el amor de tu vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quiero ser el amor de tu vida cuando escribo un poema y acaricio tu alma con letras y palabras, en los momentos en que te abrazo desde mi arte, sin abandonar el deseo de pasear contigo entre las flores que Dios pintó mientras soñábamos. Quiero ser el amor de tu vida en cualquier horario, con fechas memorables y huellas de nuestro paso al reír y empaparnos cierta mañana o tarde de lluvia. Quiero ser el amor de tu vida, como dama de siempre y caballero permanente, al inventar un detalle para ti, al recibir uno tuyo, al abrazarnos y al mirarnos a los ojos, como dos pequeños que se encuentran en los jardines del paraíso. Quiero ser el amor de tu vida cuando ríes y lloras, e hilvanar los años de nuestras existencias. Quiero experimentarlo con el milagro del amor y la vida, con las ocurrencias que tenemos, con los enojos que desdibujamos y con las ilusiones que tejemos. Quiero ser el amor de tu vida en la calzada con árboles, entre las olas, en la nieve, en las tiendas con cristales enormes y reflectores, a un lado de la chimenea, en el balcón, en la terraza. Quiero ser el amor de tu vida desde ayer, hoy y mañana, y dejar en cada página un suspiro, una palabra, un detalle, un día inolvidable. Quiero ser el amor de tu vida con nuestros sueños y realidades. Quiero ser el amor de tu vida, ahora que estoy en el mundo, y después, al saltar por las estrellas, al contemplar el universo, al platicar con Dios, al reservarte un espacio en el infinito.

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