Y así…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Con esperanza, a quienes han olvidado vivir… Y sí, la muerte aparece cuando la vida pierde sentido

Y así, la vida se va, como el suspiro de una primavera que se añora tanto o la lluvia de un verano que despierta perfumes entre las cortezas, los helechos y las flores de un bosque encantado. Se marcha y no vuelve más, aunque se le extrañe y se le llore. Y así, llega un momento en que la mañana se vuelve tarde o noche, y el día entero se consume sin más posibilidades. No se repite, a pesar de que existan horas de apariencia idéntica, porque la vida es viajerra incansable que anda de una estación a otra. Y así, casi sin darnos cuenta, una mañana despertamos y, al descubrir nuestro semblante en el espejo, estrmecemos sin consuelo y pensamos que tal rostro irreconocible no es nuestro. Culpamos al destino, a otros, al tiempo, a los minutos y a as horas, a los días y a los años, que depilfarramos de modo impiadoso en contra propia. Y así, llega el momento, en el viaje, en que la gente sustituye las acciones, las vivencias, por los recuerdos y las nostalgias. Guarda sus caminatas, si las tuvo, en cajones empolvados, y saca, para justificación de sus tiempos y de su permanencia en el mundo, los ecos, las sombras, los pedazos rotos de sus vidas. El ayer les duele, el presente les incomoda y el mañana, el porvenir, el siguiente amanecer, les resulta incierto y los asusta. Darían sus fortunas, sus rasgos, su fama, a cambio de trozos minúsculos de salud y de vida, y de tener la dicha de salir libremente al jardín una mañana soleada o una tarde de lluvia, sentir las gotas deslizar en su textura cutánea, empaparse y saberse plenos. La vida tan bella, parece indiferente a las súplicas y no se corrompe con lisonjas ni le conmueven fortunas o rrostros bonitos. ¿Acaso le interesarían las baratijas que distraen a la humanidad, las cosas materiales y los apetitos humanos, las apariencias y los motivos? Cada persona, lo sabe la vida, define sus rutas y elige su destino. Y así, llega el período en que la aurora se convierte en ocaso, cada uno con su encanto y su desencanto, con sus fascinaciones y sus terrores, porque la vida y la creación se componen de dualidades, de cristales con el sí y el no, que la mayoría confunde con buena o con mala suerte y no comprende ni aplica para vibrar a ritmos superiores, en un sentido o en otro y desbarrancarse o irradiar la luz más herrmosa y plena. Y así, casi sin notarlo, el aliento del amanecer permanece muy cercano al del anochecer, como si el nacimiento y la muerte terrena mantuvieran un vínculo secreto e inquebrantable, un pacto incomprensible para tanta gente, cuando se trata de un lapso y de un acto pasajero fuera de casa. Y así, la inocencia de la niñez, la lozanía juvenil y el vigor de la madurez, parecen agotarse un día, a cierta hora, después de las tempestades y de la quietud, cuando el viento regresa tras su recurrente ausencia, sopla y arranca las hojas de los árboles y las flores que tiñe de matices nostálgicos, de esos tonos que uno ve al escapar la vida. Y así, casi sin percatarse, la vida escapa y llega puntual a su cita, en alguna estación, para saludar a la muerte y marcharse a otras rutas. Tal es la vida. Y así, al emprender el viaje, incontables hombres y mujeres miran atrás y descubren que el paisaje, con su gente, sus historias y sus cosas, empequeñece y se diluye, hasta que aquella realidad pierde sentido. Y así, cada viajero nota, durante el trayecto, que en su equipaje solo carga lo bueno y lo malo de sí, su biografía inalterable, como pasaporte a otros ciclos y destinos. Y así, la calidez de primavera -con sus colores y perfumes-, la lluvia de verano -mágica, sorprendente y encantadora-, al aire otoñal -tan nostálgico- y el frío del invierno -oh, esos copos que cubren abetos, montañas, paisajes y caseríos, al repetirse tanto, cubren las lápidas y sus epitafios con sus lágrimas y sus sudores, los ennegrecen y, alguna vez, por cierto, los recuerdos se vuelven olvido. Nombres, acontecimientos, fechas, todo naufraga en la desmemoria. Los amores y los desamores, los encuentros y los desencuentros, las alegrías y las tristezas, los hechos y los sueños, la abundancia y la escasez, la fama y el anonimato, la belleza y la fealdad, la sabiduría y la ignorancia, todo se vuelve parte de una historia, de una biografía, y la vida, indiferente, da vuelta a la página. Cada uno, por cierto, compone su obra magistral o sus notas discordntes.

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En un párrafo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Para usted

En un párrafo le digo que cuando me ausento de las letras que usted me inspira, me encuentro en el abecedario y en las palabras que construyo para entregarle un poema, una hoja de papel con las expresiones más sublimes y elegantes que solo manifiesta quien ha sentido la presencia de un amor en su alma y en su textura, en su esencia y en su mirada, en sus realidades y en sus sueños, en sus alegrías y en sus tristezas, en sus ideales y en sus pensamientos, como un regalo que llega del cielo, una locura que se experimenta cada instante, todos los días, con sus motivos, sus detalles y sus sentidos, o un delirio que propicia ocurrencias y risas, caminatas y aventuras, amaneceres y ocasos, a pesar de los encuentros y los desencuentros que pudieran presentarse en uno o en otro, acaso por saberse tú y yo, quizá por despertar perfumes de un paraíso infinito, tal vez por pensar que vienen de una fuente etérea, bella, prodigiosa e inmortal, donde estarán siempre.

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Cuando digo que usted da sentido a mi vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cuando digo que usted da sentido a mi vida, no me refiero, como algunos supondrían, quizá, que andaba sin rumbo en mis caminos o extraviado en rumbos y destinos inciertos; significa que es maravilloso coincidir con alguien en el mundo -un amor, un alma gemela, la otra parte de uno- y elegir, juntos, las sendas con flores, las hondonadas apacibles, los campos serpeteados por ríos de agua cristalina, sin duda en un acuerdo de sortear abismos, escalar cumbres y llegar al cielo infinito. Cuando escribo que usted ordena mi existencia, no lo hago con la intención de que algunos entiendan que realiza mis tareas cotidianas; es con la finalidad de que la gente sepa que me acompaña y permanece no atrás ni adelante de mí, sino a mi lado. Cuando manifiesto que usted es mi musa, es porque me inspira profundamente y, pregunto, ¿quién no se siente cautivado y enamorado de alguien que no tiene reemplazo? Cuando declaro que usted es una dama, sencillamente es porque a su lado me pruebo y me mido como caballero. Cuando expreso que usted es el amor de mi vida y de mi infinito, es poque ya la siento en mí, en mi alma, y no espero a alguien más.

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Enteros y fracciones en el amor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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El amor, el amor… es un entero que incluye la presencia de uno y de alguien más… El amor es el poema, la rima, el canto, la letra de una historia inolvidable y maravillosa, el delirio de una existencia y de otra. Es un entero dentro de las matemáticas y la trama de la vida. Es parece, el acto y el lenguaje de Dios, y viene de su esencia, de sus motivos, de sus detalles. No obstante, en la hora contemporánea, abundan hombres y mujeres, aquí y allá, en innumerables rincones del mundo, que, hechizados por el encanto de las superficialidades y su hondo vacío, han fraccionado y cuadriculado el amor. Ya segmentado, lo que llaman amor, en el mercado de ofertas, se desdeña o se remata, al grado de que algunos están con las personas por el dinero, la fama, los viajes, los lujos y las cosas, mientras otros, también con una porción del antiguo entero, aprisionan en las manos el placer fugaz y carente de sentimientos y destino. Hay quienes dicen que aman, pero se trata de una costumbre, manía o comodidad, porque existen otros que están con la gente por temor a la soledad. Como propiedad privada, el amor es fraccionado, ya no es entero ni integral. La gente está confundida. Muchos hombres y mujeres lo han desnudado y colocado, posteriormente, pelambre y ropaje irreconocible, hasta volverlo mercancía en serie y de desecho. Gradualmente, el amor despide esas historias románticas y conmovedoras que verdaderamente cautivaban y acercaban al paraíso. Ahora, no pocos seres humanos piensan: “estoy contigo mientras satisfagas mis apetitos, me sirvas y representes un valor utilitario”. Las coincidencias, en uno y en otro, al amarse, los forrtalecen; las diferencias, al conciliarse y no rivalizar ni resultar antagónicas, los enriquecen. Quien conserve, en el minuto presente, un amor entero, posee una bendición y una fortuna, un destino y una razón, un mundo y un paraíso, una esencia y una textura.

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¿Paraíso o infierno?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me asombra que tantos seres humanos anhelen, crean y sueñen un paraíso infinito tras su muerte física, en un ambiente de descanso y paz, al mismo tiempo que aquí, en el mundo, destruyen la naturaleza, contaminan, arrebatan, rivalizan, odian, ambicionan poder y riqueza sin fines nobles, critican, son violentos, se mofan y participan o respaldan guerras contra aquellos que no sienten ni piensan igual que ellos. Me parece contradictorio, estúpido y falso desear un cielo, un vergel, para reposo eterno del alma, mientras se colocan trampas mortales en contra de los más débiles, se les quita todo a los desposeídos y se consumen los días de la existencia con superficialidad, indiferencia al sufrimiento de otros, carencia de valores, ausencia de sentimientos nobles y estulticia. ¿Qué clase de criatura es ese porcentaje tan amplio de la humanidad que idealiza un paraíso tras su muerte física y hace de la Tierra, su único hogar temporal, un infierno? ¿Es lógico desear la vida, el bienestar, la salud y la felicidad, mientras se mata, se provocan enfermedades, se propicia el mal y se embiste a otros con dolor y tristeza? ¿Es razonable aspirar y soñar un cielo maravilloso, sublime e infinito, cuando la casa terrena es enlodada? ¿Qué clase de personas son aquellas que desean para sí un palacio y, antes de poseerlo, ensucian y destruyen la casa que habitan temporalmente?

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Confesión de humano

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Percibo, en las hojas que el viento otoñal de la tarde arranca de los árboles, los pasos y el aliento de Dios, quien las pinta de matices amarillentos, cafés, dorados, naranjas y rojizos, y las convierte en alfombras que adornan y tapizan los bosques, los remansos y los jardines. Escucho sus rumores y sus silencios con la lluvia, en cada gota que se desprende de las nubes, en un delirio de hablarle al alma, a los sentidos, y dejarles lapsos de sigilos, pausas, simplemente, creo, para que se reconcilien y convivan en armonía, con equilibrio y plenamente. Veo el milagro de la creación y de la vida en cada flor que me regala sus perfumes, sus texturas, sus encantos y sus colores. Me siento inmerso en la fuente infinita, en el universo, al despojarme de las sandalias, caminar descalzo, hundir los pies en la corriente diáfana y en la arena del fondo, y al abrazar un árbol, otro y muchos más, y descubrir sus secretos, sus deleites, sus motivos, hasta fundirme con la corteza, los helechos y el ritmo de la naturaleza, y así, con tal desnudez, entregarme al palpitar del infinito, a la esencia, al principio sin final. Oigo la conversación de Dios en el susurro del mar, en las tormentas, en los murmullos de las cascadas y en el canto de los ríos, en los truenos y en la lejanía y la soledad de los desiertos. Me reencuentro y me defino en las miradas de los niños, de los jóvenes, de los adultos, y también, no lo omito, en las de las plantas y en las de los animales. Encuentro, en el camino, abismos que me invitan a construir puentes, cimas que me llaman a escalar, profundidades que me retan a explorar.. Hay, en la senda, pétalos fragantes, policromados y de textura deliciosa, pero también abrojos y varas, para que uno, al andar, nunca olvide las luces y las sombras y decida, finalmente, la ruta y el destino. Es tanta la belleza que me rodea, que al palpar la cercanía de Dios y sentirlo en mi interior y afuera, siempre en mí, le agradezco tanta maravilla. Me responde y sonríe con las caricias del aire, con las gotas de la llovizna, con los copos nevados, con el agua que bebo, con los frutos y las legumbres que como y con las rocas y los peñascos donde reposo y desde los que contemplo, arrobado, los paisajes que tienen algo del paraíso. No obstante, al diluirse las tonalidades de la mañana y la tarde y cubrirse la pinacoteca celeste de estrellas y de otros mundos, me siento avergonzado, como ser humano, por tanta ausencia de bien, por romper el mundo, por el abuso a las criaturas más indefensas, por la ambición desmedida que arrebata todo, por las injusticias y por los que tienen hambre, por los que sufren lo indecible al enfermar, por los que han perdido a quienes tanto amaban, por la contaminación, por la estupidez, por la superficialidad, por el daño a la gente, a las plantas, a los animales, a la tierra, al aire, a todo. Me apena mucho que, no conformes con destrozar el mundo -nuestra única morada temporal-, ahora estemos interesados en conquistar otros planetas con la intención de ejercer dominio y control absoluto. Con tan poco, estamos confundidos y pensamos erróneamente que somos dioses con capacidad de destruir y modificar todo lo que nos rodea por así desearlo nuestros apetitos, intereses y ambiciones. Con la noche, la creación me obsequia el sueño, el descanso, para mañana, al amanecer, disfrutar el aire y los colores de la vida. Descansaré esta noche, como otras tantas de mi vida, con la diferencia de que siento pesar por lo que era tan nuestro y hemos roto en detrimento de innumerables seres. Dios me habla, en su código de murmullos y silencios, entre una estrella y otra. Me regala tanto y yo, pregunto con congoja, ¿qué le doy?

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Simplemente, una invitación

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Sí, simplemente es una invitación a usted

¿Y si hoy, antes de la lluvia del atardecer y de los arcoíris que el sol y las gotas suelen pintar entre el cielo y el mundo -acaso para unir la esencia con la arcilla, quizá con la intención de regalarnos momentos fugaces y eternidad, tal vez con el objetivo de recordar que estamos aquí y allá-, usted y yo arrullamos las letras, con sus acentos y sus signos, para descifrar sus sentidos y mecernos suavemente en los columpios de nuestros días y de los años temporales y dentro del palpitar del infinito que canta incesante? ¿Y si, juntos, colocamos las palabras en un remanso apacible y desentrañamos y vivimos sus significados? ¿Y si desprendemos del poemario sus sentidos, sus detalles, sus motivos, para deleite nuestro? ¿Y si este día, previo al amanecer, acordamos despertar de nuestros sueños y jugar aquí, en el mundo, ahora y mañana, al amor y a la vida, antes de retornar a paraísos sin final? ¿Y si emulamos al viento que arranca hojas de los árboles, en otoño, y usted y yo tomamos colores de las estrellas y del universo con la idea de alegrar y matizar nuestros encuentros y desencuentros, los encantos y los desencantos que compartimos? ¿Y si del arte, que es mi vida, y también la suya al ser mi Musa, sustraigo letras para componerle un poema, notas que arranquen del piano y del violín melodías sublimes, tonalidades que iluminen lo que somos, lo que es tan nuestro, lo que pulsa en usted y en mí? ¿Y si la noche nos alcanza en el camino y decidimos pernoctar en nuestros sueños y vivencias, en los minutos imparables? ¿Y si mañana, al despertar, descubre hojarasca en sus pies y en sus sandalias, percibe mi fragancia en usted y me convierto en su primer sentimiento del día, como quien amanece en la eternidad? ¿Y si, simplemente, damos un paseo?

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De pedazos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Estoy hecho de pedazos -fragmentos de cielo y trozos de barro, partes de aquí y porciones de allá, colores y fragancias de un lado y también de otro-, porque así, simplemente, es mi naturaleza. No tengo arraigo en el mundo porque conozco mi destino, mi ruta, mis detalles, mi encomienda; aunque reconozco que aquí poseo mis afectos y mis motivos, mis caminos y mis paseos, mis realidades y mis sueños, mi biografía presente y mis espisodios, mis apegos y mis relatos. Vivo en el destierro y extraño mi casa, mi origen, mi hogar, como añoro, igual, mi tierra nativa. Soy un fotastero en este plano, con fracciones de un sitio, otro y muchos más, como el reloj que exhibe en su rostro gajos de tiempo, minutos y horas disímiles, matutinas, vespertinas y nocturnas, diluidas no sé donde, o similar al navegante que trae consigo tantos mares y puertos. Con la memoria de incontables comarcas y rincones, en el mundo, ¿acaso pertenezco a un pueblo, a una ciudad, a una nación? Me es imposible negar la historia acumulada en mi memoria, en mi sangre, en el linaje que cada uno conservamos. Es imposible traicionar lo que forma parte de uno. Traigo segmentos de paraísos y de arcilla, de corriente etérea y de riachuelos, y aunque me cautiven las formas y me enamore de las cosas, sé que todo, aquí, es temporal, y que si quiero conquistar el infinito, la fuente de donde vengo, debo hacerlo, antes, conmigo. El sendero de regreso a la morada sin final, se encuentra en mí, comienza en mi alma, y se extiende al infinito, y mucho se relaciona con el bien y la verdad; pero el camino de la envoltura que traigo, con nombre y apellidos, es un viaje temporal, con sus alegrías y sus tristezas, su risa y su llanto, sus luces y sus sombras, y he de aprender, por lo mismo, a conciliar todos mis fragmentos para ser uno y llegar completo, real, auténtico, y así resplandecer al lado de quienes tanto amo. Estoy hecho de pedazos, de arcilla y de luz, de tierra y de cielo. He tenido que desmantelarme, una y otra vez, en diferentes ciclos, con la idea de volver a armar las piezas, unir las partes, y saberme completo.

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El matorral y la lluvia

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-¿Por qué insistes en formar charcos y represas? -preguntó el matorral a la lluvia.

La lluvia, sonriente, contestó:

– Contribuyo a mantener los ciclos y el ritmo de la vida. Es mi encomienda.

El matorral, cubierto de polvo, sostenido por tallos insensibles y ásperos, abundantes en espinas con veneno, tenía la costumbre de agredir, desafiar, mofarse y discutir. Criticó a la lluvia, quien explicó:

-Mira y disfruta el esplendor de la vida a tu alrededor. Los árboles, las plantas y las flores coexisten en remansos apacibles, desde los que regalan sus colores, sus fragancias, sus sabores y sus formas. Beben el agua con sus nutrientes y conviven en armonía y en equilibrio. Son plenos. Unas especies obsequian la delicia de los sabores del paraíso, mientras otras, en tanto, decoran el paisaje con sus matices y sus perfumes. Todas las criaturas dan lo mejor de sí y contribuyen a la evolución de la naturaleza y la vida, igual que la corriente diáfana del río que serpentea la comarca y las abejas, los pájaros y las mariposas que revolotean despreocupados y ufanos.

El matorral sonrió burlón, con interés de molestar e interrumpir a la lluvia que dedicaba minutos y horas en formar sus motivos, sus detalles, sus encantos. Le molestaba tanta minuciosidad.

-Pierdes tiempo en formar charcos y represas. ¿Por qué dedicar tanto esfuerzo si, finalmente, se evaporarán, las otras criaturas la beberán y se esfumará?

-No soy presuntuosa porque la sencillez me hace auténtica, libre, rica y feliz, matorral. Podría asegurar que me extrañarás durante las estaciones de mi ausencia y que, seguramente, en ciertos momentos, padecerás sed y experimentarás la sensación de la muerte; sin embargo, mi misión es contribuir a dar vida, no a maldecir. Si requiero demasiado tiempo en construir represas naturales y charcos, es porque lo extraordionario y grandioso está compuesto de detalles pequeños. Nunca lo olvides, amigo mío: la acumulación de veneno, intoxica y mata; el conjunto de obras buenas, eniquece y da vida. Todo se construye a través de la aportación paciente de detalles pequeños.

Los árboles, las plantas y las flores, agradecidos con la lluvia, permanecían callados, atentos a sus enseñanzas. Sabían que el matorral, de infausto aspecto, destilaba odio y veneno. Sus espinas rasgaban y sus hojas envenenaban.

Tras una mañana de trabajo, la lluvia, finalmente, concluyó su tarea y se retiró a otras comarcas, no sin antes hablar con el matorral que la acosaba y espiaba:

-Matorral, he terminado mi labor. Me retiraré, pero te aconsejo, amigo mío, que asomes al charco que formé junto a ti, no solo para que te nutras, sino con el objetivo de que te descubras de frente, definas tus rasgos y tu semblante, sustituyas tus gestos amargos por una apariencia feliz, dadivosa y amable de todo ser que proviene de la esencia y de la fuente infinita.

-¡No lo creo! -replicó el matorral.

-Al descubrir tu imagen, notarás en el reflejo que a tu alrededor hay otras criaturas -árboles, plantas, flores- que coexisten libres y plenas, agradecidas y justas, dispuestas a dar lo mejor de sí y a decorar el paisaje con los colores, las formas, los sabores y las fragancias del paraíso.

Irascible, el matorral contestó:

-¿He de ocuparme en dar de mí, en desprenderme de lo que soy y tengo? No, lluvia. Mi odio me impide compartir. Solamente conozco el mal y soy capaz de espinar, herir y envenenar. Alejáte de mí.

Ya convertida en llovizna fugaz, la visitante agregó:

-Y cuando te descubras dichoso en el reflejo del charco, con la decisión de eliminar tu maldad, quizá te darás cuenta de que a tu alrededor coexisten seres maravillosos y que arriba se extiende un cielo inagotable, bello y cautivante, que de día te regalará la luz, las tonalidades de la vida, mientras en la noche, en cambio, te obsequiará las estrellas como faroles y la oscuridad para que tengas oportunidad de descansar e internarte en ti, en tu ser, hasta que percibas el palpitar de la creación, te encuentres y tu esencia recuerde que el bien atrae la inmortalidad.

Y la lluvia, envuelta en su ambiente prodigioso, marchó a otras rutas.

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El encanto y la magia de las palabras

SANTIAGO GALICIA ROON SERRALLONGA

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A usted

La magia de las letras consiste, quizá, en impregnarlas con un tanto de usted y de mí, de tal manera que, en las páginas del cuaderno de notas o del libro, otros descubran y sientan, al leerlas, la locura de un amor convertido en poema. El encanto de las palabras se basa, tal vez, en resumirla a usted, con todo lo que es y significa, cuando hablo de mí, y en sintetizarme al definirla. Somos uno y otro. El encanto de los textos, impresos o no, se debe, en parte, a que se trata de vivencias y de sueños, de ilusiones y de suspiros. de pausas y de capítulos. El sortilegio de nuestros poemarios se debe, creo, a que uno o cualquiera, al leerlos, adivina el nombre de usted y el mío. Cuando trazo una letra y completo palabras, sentimientos e ideas, inspirados en usted, los signos se transforman en música que sustraigo de nuestras profundidades y del infinito, en caricias que el viento arrastra de parajes lejanos y rincones secretos, en colores y en fragancias que las orquídeas, los tulipanes, las rosas y los crisantemos regalan al mirarnos, simplemente, dichosos y sonrientes. El encanto y la magia de las palabras, al escribirlas, se fundamenta, principalmente, en que son tan fieles a usted que no están dispuestas a abandonarla ni a ir con alguien más.

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