Los colores y los lápices grises

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En el morral del artista, cuando pinta sus lienzos, conviven la armonía, el equilibrio, la mezcla adecuada, la profundidad, el dominio de la técnica, la destreza, el estilo, la originalidad, los espacios, el ritmo, la creatividad, los colores, la inspiración, los detalles, las pausas y los compases, elementos que se abrazan fraternalmente y se hermanan con el amor que no desperdician y que se comparten siempre, hasta componer una obra bella y magistral, un cuadro sublime. Los pinceles deslizan, aplican y mezclan la pintura sobre la tela. Los colores son tan prodigiosos y encantadores, que, juntos, forman parte de la obra maestra que cautiva. Lo mismo acontece, en realidad, cuando los seres humanos destierran sus enojos, intereses egoístas, odio, rivalidades y diferencias para sumar y multiplicar el bien, debilitar la ignorancia y fortalecer la convivencia armónica y el progreso integral. La ecuación es sencilla y los resultados, en tanto, grandiosos. No obstante, entre las élites privilegiadas a nivel global, dueñas del poder y de fortunas incalculables, aferradas en aniquilar a millones de seres humanos y enajenar, controlar y dominar a quienes sobrevivan, para así apropiarse del mundo y de sus riquezas, existe la tentación perversa de separar los colores y enfrentarlos por las diferencias de sus tonalidades. Así, azul, verde, amarillo, rojo, café, rosa, naranja, violeta, morado, crema y los demás tonos, ya no se acompañan, se aborrecen, se traicionan, se matan. Abandonaron la misión de crear. Confundieron su encomienda. Están cegados y se odian. Con el respaldo de gobernantes corruptos, militares incapaces de sentir y pensar, científicos, intelectuales y medios de comunicación mercenarios, a los que se suman aquellos que manipulan las redes sociales como instrumentos de distracción, control y enajenación, esa clase dominante -no son numerosos y sí, en cambio, abominables y peligrosos- está separando los colores y provocando, en cada uno, antagonismo, competencia desleal, odio, rivalidad. Están quitando el encanto de los colores para producir, en serie, lápices grises con puntas quebradizas. ¿Quién impedirá que desaparezcan los colores, tus creencias y las mías, los gustos y las preferencias de cada uno, la naturaleza individual y el sentido colectivo, la creatividad, el encanto de las sonrisas y la magia de los sueños y la imaginación, los sentimientos nobles y la inteligencia, los valores, la familia y todo lo que sentimos tan nuestro?

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Rutas de un Viajero. Capítulo XII. El encanto, la historia y los enigmas de la Pila del Torito, en Pátzcuaro de ayer

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Fotografía en blanco y negro: Pátzcuaro de Antaño. Facebook (@Patzcuaroantano  · Tienda de antigüedades) Imagen a color: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Andábamos en las calles inclinadas y chuecas de Pátzcuaro, con aroma a teja, a lago, a adobe, a madera, cuando descubrimos, arrobados, la legendaria Pila del Torito, con su historia recóndita y sus muchos suspiros atrapados en la piedra.

Éramos inagotables. En cada rincón, coincidíamos con un detalle, con un encanto, con un pedazo de ayer que coleccionábamos en nuestra memoria, en los recuerdos, en las fotografías. Portones de madera tallada, muros y fachadas de adobe con balcones románticos, templos y ex conventos de piedra de los que escapaban los perfumes del incienso, de las flores, del copal y de las veladoras que alumbraban las imágenes sacras de la Colonia, con rostros entristecidos, estofados o elaborados bajo la técnica prehispánica de pasta de caña.

Fue en la antigua calle Las Campanitas -hoy Iturbe-, esquina con la plaza Gertrudis Bocanegra, donde miramos la Pila del Torito, imperturbable, desafiante al tiempo, a la lluvia, al son, al viento, al humo y a la gente, de la que relata la leyenda un episodio que quedó grabado en la historia del pueblo michoacano que cautiva por su arquitectura.

Según la leyenda, no pocas de las personas que durante los segundos de la Colonia se encontraban en la plazuela y en la entonces calle de Las Campanitas, presenciaron con gran horror y sobresalto la carrera desbocada de un caballo que provenía de la plaza Mayor -hoy Vasco de Quiroga-, montado por un personaje del ejército español, quien luchaba desesperadamente por dominar al animal.

El caballo, totalmente enloquecido en su carrera, no cedía; pero el jinete, acostumbrado a las aventuras y a los peligros, intentaba recuperar la calma, al grado, incluso, de que pretendió parar al equino en la fuente conocida popularmente como del Torito. Dirigió al animal hacia la fuente famosa por el toro esculpido en piedra.

Raudo e irracional, como era, el animal pasó entre la pared y la fuente. Azotó al desventurado jinete contra la torre de la fuente. El hombre, como era de esperarse, murió de inmediato, horrorizando a los testigos. Fue un acontecimiento fatídico que quedó registrado en los anales de Pátzcuaro.

Nos relataron los ancianos de Pátzcuaro, a quienes sus antepasados les narraban innumerables historias, que la misma tradición indica que las autoridades de aquel rincón michoacano, totalmente indignadas, acusaron a la fuente de homicidio, iniciando así un proceso en su contra, consistente, en primer término, en la suspensión del agua y, posteriormente, en un juicio extenuante y prolongado, para lo que se requirió, incluso, la declaración de cada testigo.

Con su toro tallado en una piedra, la fuente se encontraba en un problema serio. Por curioso, inverosímil o ridículo que parezca, estaba en líos con la justicia, con las autoridades encolerizadas, quienes injustamente la acusaban porque el culpable, en realidad, era el caballo desbocado.

La tristemente Fuente del Torito, recibió su sentencia: fue condenada a perder su lugar original, el que ocupaba en la calle Las Campanitas, para ser trasladada a otro sitio, metros más adelante, con la intención de evitar, en lo sucesivo, que causara daño.

Según las pruebas que datan de aquella época, se tomó en consideración su función de dar vida a través del agua que contenía. Los jueces ordenaron, por lo mismo, cambiarla de ubicación, sin derribarla, añadirle o quitarle cualquier elemento original, con lo que pretendieron hacerle padecer por entero el escarmiento acordado.

Creíble o no la historia, era del conocimiento común, de acuerdo con las versions de la gente de antaño, que cuando fue pavimentada la calle Iturbe, los trabajadores de la obra descubrieron cimientos de la fuente en el espacio que supuestamente ocupaba originalmente.

Hay quienes relatan una historia diferente y refieren, al mirar el relieve de piedra con la inscripción del año 1837, que un jinete corría por la calle Iturbe, enlace entre la plaza principal y la de San Agustín, cuando, inesperadamente, casi al llegar a la esquina de la segunda, estampó contra un toro, acontecimiento en cuya memoria la fuente recibió el título que ostenta en la actualidad, quizá con la incrustación, entonces, de la pequeña talla en piedra.

Antigua Pila del Torito, en Pátzcuaro.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://mansioniturbe.blogspot.com/)

En cuanto a la fecha, aseguran algunos que no se sabe si data de la época en que se registró el suceso o si indica el año de la colocación del relieve con la cabeza del toro. Desconocen, incluso, si la piedra tallada es la original; sin embargo, coinciden en que el estilo de la escultura corresponde al de la fecha inscrita.

La fuente del Torito, en el pueblo mágico de Pátzcuaro, forma parte de la colección de antigüedades de Michoacán, del inventario de rincones pintorescos y legendarios. Su arquitectura original fue diseñada para que los moradores del poblado tomaran el agua que requerían, mientras en la parte más baja, cuya función fue de abrevadero, los animales podían beberla. El hidrante se erige a mayor altura que las casas de adobe y tejados bermejos. Quien visite Pátzcuaro, de inmediato reconocerá, en la plaza Gertrudis Bocanegra, la fuente del Torito, que es un testimonio más de la historia y, al mismo tiempo, de las narraciones populares de la Colonia y de las épocas que le sucedieron.

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Fotografía en blanco y negro: Pátzcuaro de Antaño. Facebook (@Patzcuaroantano  · Tienda de antigüedades) Imagen a color: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Definición de artista

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Definición de artista? Es el segador que retira abrojos de las páginas y de los cuadernos en los que ha de escribir sus historias interminables, sus novelas magistrales y sus poemas emotivos; es el jornalero que, previo a su encuentro con las musas, con los dictados de cielos insospechados, corta espinas y mala hierba con la idea de pintar los rostros, los jardines y las cosas del mundo y del paraíso, de la realidad y de los sueños; es el caminante original e inagotable, creativo y ocurrente, que perfuma los pentagramas en los ha de anotar los signos y las melodías más sublines que cautivarán a las almas y los sentidos; es el peón de Dios que prepara los materiales yertos que ha de esculpir. Es el diseñador, el artífice, el decorador de los senderos y las rutas para llegar al destino, a lo sublime, a lo que pulsa en la esencia y en el barro. Es el jardinero que cultiva flores, plantas, árboles y frutos, en la tierra nativa, durante el viaje, y quien una mañana o una tarde mágica, o quizá hasta una noche prodigiosa -de esas que no se olvidan por su significado tan especial-, anticipa, en fragmentos, el edén infinito, con el objetivo de que hombres y mujeres comprendan y sientan que no son marionetas, sino algo más, tan majestuoso e inmortal como lo es el infinito. Es el creador, el que aporta, el que fabrica y decora estrellas que alguien, el maestro de los artistas, coloca en la oscuridad de la noche para alumbrar el universo y recordar que somos luz.

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Y es que el arte, parece, es eso

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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…Y es que el arte es el lenguaje de Dios, su oficio, su esencia y su forma, la expresión magistral y sublime de su creación. Es un artista que crea. Es, parece, la primera flor que cultivó, alguna vez, en los jardines de un paraíso infinito. Siempre elige a algunos hombres y mujeres con la intención de que recorran el mundo y regalen flores transformadas en letras, poemas, matices, formas, notas, y, así, recordarles a las almas que forman parte de la más hermosa y magistral de sus obras… Creo, por lo mismo, que no solamente se trata de sembrar flores que decoren espacios fugazmente. Es importante enriquecer la tierra, removerla, depositar las semillas con amor y cuidado, proporcionar el agua y los nutrientes indispensables, multiplicar para bien, y, una vez que las plantas brotan y las flores expresan sus más exquisitos y ricos perfumes, texturas y colores, hay que acariciarlas, hablarles dulcemente, cuidarlas, escuchar sus rumores y sus sigilos, acaso por ser manifestación de Dios, quizá por tratarse de criaturas que sienten y sonríen, tal vez por los enigmas que trae la vida. El jardinero cuida las flores y hasta aporta sus habilidades para que tengan un sentido real. Lo mismo ocurre con el artista, quien no únicamente recibe la encomienda de escribir, pintar, esculpir o componer y ejecutar música o crear la obra más grandiosa; también comparte la responsabilidad de sumar a su estética, a las fórmulas de los sentimientos, la belleza y la razón, un mensaje, un código que, como el viento al agitar las flores, los dientes de león y el follaje, remueva conciencias, despierte a la arcilla empeñada en permanecer en mazmorras lóbregas e invite a participar en la luz, sí, en el bien y en la verdad, para así trascender y fundirse con el polvo estelar.

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En la buhardilla

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Refugiado en la soledad de mi habitación, en mi destierro voluntario, entre naufragios de épocas pasadas, recuerdos, caídas, períodos de esplendor, itinerarios y planes de viaje a otras rutas, al lado de los rumores y de los silencios de mi existencia, acompañado de mis luces y de mis sombras, de lo que soy en medio de estaciones desoladas ante tanta ausencia, lloro, a veces, en el desconsuelo canoro de los instantes que huyen y de las notas supremas de piano o violín, mientras pienso que definí mi destino desde la infancia, cuando me enamoré, irremediablemente, de arte, de las letras del abecedario y de las palabras que pertenecen a un idioma que me envuelve y deleita. Escribo, inagotable, en compañía del arte, el arte que es letra, el arte que es pintura, el arte que es escultura, el arte que es música, el arte que es, para mí, motivo, vida, rumbo y destino. Escucho el lenguaje de mi alma, en mi interior y afuera, con las voces del arte, los rumores de la vida, los susurros de mi historia. Y no significa, tal condición de escritor, que desdeñe el paseo por la vida que me fascina tanto; al contrario, cada momento tiene algo de mí, pedazos de mi biografía, fragmentos de mi perfume, las huellas que he dejado un día, otro y muchos más al caminar y al detenerme. En ocasiones, la gente pregunta si no me agota y fastidia escribir diariamente, permanecer atrapado en el encierro, en mi taller, entre la inspiración y la creación, planteamiento al que respondo, casi de inmediato y sonriente, que las letras, impregnadas de arte, de sentimientos y de razón, de esencia y de arcilla, de cielo y de mundo, son mi pasión, mi encomienda, mi ministerio, mi destino, y que, sin renunciar a su proceso, también experimento los instantes y los años de mi existencia con mi propio estilo. Nadie entendería, quizá, que renuncio a innumerables asuntos cotidianos y hasta superficiales con la idea de dedicar el tiempo a escribir, evidentemente sin olvidar que la epopeya que ofrece la vida merece experimentarse plenamente. Aquí estoy, en mi buhardilla, en mi ambiente de letras y palabras, con la música que me arrebata lágrimas que vienen de la emoción, el asombro y la inspiración, dispuesto a interpretar el lenguaje de Dios y los códigos de la naturaleza y de la creación. Solo soy eso, un modesto escritor que plasma letras y palabras con aroma a sentimientos e ideas, con la esperanza de que a alguien inviten a leerlas e interpretar sus mensajes. Aquí estoy, en mi taller de artista.

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Y si eso es el arte, ¿qué es la vida?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y sí, el arte tiene mucho de esencia y es algo prodigioso que se lleva dentro por ser un regalo de Dios. Es un estilo de vida, un ministerio, una locura, un motivo -siempre lo he pensado así y lo repito aquí y allá-, acaso porque un artista es la criatura a la que Dios encomienda prender estrellas y faroles en el cielo y en el mundo para que la gente siga la ruta a sus paraisos cautivantes e insospechados, probablemente por tratarse de una pasión que no muere con la arcilla, quizá por ser el leitmotiv de la vida de los creadores, tal vez por tantas razones ignoradas y presentidas, al mismo tiempo. Y si uno, en el arte, escribe las palabras del cielo, los poemas de la vida, en el lenguaje que Dios dicta, o si pinta y esculpe los colores y las formas del paraíso, o si compone y reproduce las notas de la creación, que millones de hombres y mujeres, pertenecientes, en el mundo, a una generación y a otra, disfrutan tanto, ¿qué es la existencia? Más allá de los deleites y del encanto del arte, corresponde a todos vivir plenamente, en armonía y con equilibrio. Los minutos y los años de la vida son páginas en blanco para patinar sobre su textura, dibujar formas, plasmar colores y escribir historias cotidianas, no hojas cuadriculadas que es preciso llenar, ante la prisa, la locura y las presiones de las manecillas del reloj o la estulticia de las superficialidades, el mal y la ignorancia, con cifras, datos y números insensibles, tan lejanos e indiferentes al bien, a la verdad, al amor, a la nobleza. El artista suele regalar tesoros que enaltecen al ser y lo llevan a rumbos supremos, aunque a veces esconda sus angustias y dolores en la intimidad de su biografía, seguramente por ser el mensajero de Dios que, al socavar, al horadar, al buscar las manifestaciones etéreas en las cumbres y en las profundidades, muchas veces retorna desgarrado y roto; sin embargo, a los otros, a los hombres y a las mujeres que coexisten en el planeta, en un mundo que fue edén y transita a estados inferiores, toca enmendarse, restaurar su condición y aprender a vivir con el lenguaje más bello y puro -el del amor, el de la felicidad, el del bien, el de la verdad, el de los sentimientos, el de la razón-, con los matices de mayor hermosura y plenitud y con los acordes armoniosos que evitan pedazos de temporalidad e insignificancia y sí, al contrario, son puente a una existencia dichosa e infinita.

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El artista y el muchacho

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Un día, en la cabaña del bosque, un aprendiz de artista se acercó a su maestro, a quien preguntó: ¿qué letras elijo del abecedario, qué palabras armo en el cuaderno de notas, si somos, parece, hojas de papel que a cierta hora de la tarde se arrugan y se desprenden cuando el viento sopla y anuncia la noche? ¿Qué sentimientos comparto, qué ideas difundo, si todo, al principio, en medio o al final, en el camino o en el refugio, distrae y provoca amnesia? He encontrado muchos poemas rotos, incontables cartas transformadas en ceniza, páginas solitarias que alguna vez fueron confesiones y ahora exhalan tristes suspiros. ¿Qué lienzos pinto, qué colores plasmo en la tela, si antes de la hora postrera, el sol, la lluvia y el aire carcomen los matices, a la misma hora, quizá, en que el olvido los desdeña? ¿Qué rostros dibujo, qué miradas pinto, qué siluetas esculpo, si todo, en el mundo, es tan pasajero? ¿Qué signos trazo en el pentagrama, qué notas sigo en las partituras, si las cuerdas del violín revientan y nadie las escucha con atención?” El maestro, entristecido y mortificado por el pesimismo de su joven discípulo, habló: “Si Dios, en su taller, hubiera pensado en la debilidad, pequeñez y fugacidad humana, jamás habría concebido, en la inmensidad de su océano, la idea de animar con su esencia la arcilla de hombres y mujeres. Si las flores tuvieran miedo de ser cortadas por algún enamorado, antes de su final tan breve, no tendrían el encanto de regalar colores, texturas y perfumes. Si la lluvia temiera a los relámpagos y pretendiera evitar que sus gotas se dispersaran y se extraviaran, nunca aparecería y la campiña secaría, la tierra ofrecería ranuras y perderíamos la oportunidad de deleitarnos con los colores, las fragancias, los sabores y las formas de la vida”. El aprendiz mostró enfado e insatisfacción ante las palabras de su maestro, a quien replicó: “maestro, ya no hay público interesado en el arte. El artista está condenado a vivir en la pobreza. Creo que me beneficiará más fabricar sillas de paja que inviten al descanso, al reposo, que esforzarme en escribir, en pintar, en esculpir o en componer y tocar música. Con usted aprendí que el arte no es el mejor camino para obtener riqueza y poder. Hasta luego, maestro”. El hombre sonrió y dijo al muchacho: “si tu meta consiste, exclusivamente, en hacer del arte un disfraz que impresione y controle a la gente para manipularla, es preferible que te dediques a fabricar y vender sillas de paja. Si esa es tu decisión final y sientes que se trata de tu vocación,, abrázala con vehemencia, entrega lo mejor de ti y elabora las sillas más cómodas y hermosas, sin pensar, como ahora lo haces con el arte, que pudiera acontecer que ya no existan personas interesadas en ocupar un asiento agradable. Cree en lo que hagas. En cada labor, deja tu huella indeleble, la grandeza de tu ser”. El muchacho rió con mofa y se marchó; el artista continuó inmerso en su obra.

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Rutas de un viajero. Capítulo V. Zona arqueológica de Ihuatzio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Imagen de portada: Secretaría de Cultura/INAH. Fotografías: Hotel Mansión Iturbe (Pátzcuaro, Michoacán)

Piedras acumuladas desde hace centurias, con un lenguaje oculto, talladas por otra gente. Material pétreo, inerte y frío, que la hojarasca, las raíces y la tierra cubrieron insaciables, hasta que ciertos días, en distintas fechas, fueron descubiertos sus rostros, sus perfiles, sus rasgos, y alguien escuchó con atención sus voces y sus silencios.

Cuando enmudecen los murmullos de la infancia y quedan sepultados los rumores y los silencios de hombres y mujeres, en un rincón y en otro más, son las piedras las que despiertan de su letargo para que otros, los que llegan posteriormente, las descubran y descifren sus signos, su lenguaje, su historia.

Un día no recordado, antes de que los conquistadores y misioneros españoles emprendieran su aventura en estos parajes, esas piedras se convirtieron en seres vivientes porque una mano, otra y muchas más las arrancaron de las montañas y de los barrancos, para darles forma, sentido, significado mientras cantaban y hablaban en su pequeño mundo, en un rincón que era tan suyo.

Las rocas insensibles y salvajes se transformaron en adoratorios, escalinatas, ídolos, murallas, basamentos,, calzadas, observatorios y templos de una raza que conocía otras ciencias, se comunicaba con sus dioses y estaba en armonía y equilibrio con la naturaleza.

Raza, la purépecha, que convirtió el paisaje agreste en pueblo, en hogar, en templo, en pequeño mundo. Morada de indígenas que convivieron con las criaturas del lago y de las montañas. Del barro y de la cantera hizo deidades. Vivió su epopeya al lado del manto acuífero de Pátzcuaro.

Zona arqueológica de Ihuatzio. Foto: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

El aventurero, acostumbrado a desentrañar misterios, a experimentar intensamente cada momento de la existencia, emprenderá la caminata hacia la zona arqueológica. Por ser más emocionante caminar y sentir los besos y las caricias del calor primaveral, de la lluvia veraniega, del aire otoñal o del viento invernal, o quizá todavía en un paisaje húmedo por las lluvias vespertinas y nocturnas, seguramente preferirá dejar su automóvil en el pueblo -Francisco Ihuatzio- y andar como lo que es, un explorador, un trotamundos, un ser humano acostumbrado a enlodarse, admirar el prodigio natural y humano y asolearse.

Tal vez, durante su ascenso por un camino solitario, coincidirá con el hombre anciano, agotado, con un burro cargado de leña, o con niños y mujeres que regresan de la campiña, o con pastores que guían a sus rebaños a la montaña, a otras praderas. Escuchará, al mismo tiempo, el canto de pájaros, el murmullo de insectos y el susurro de árboles y maizales al ser tocados por el viento. Oirá, con suerte, el cascabel de una víbora que se asolea sobre una piedra. Un himno suave, armónico, permanente, llegará a sus oídos, el de la vida, el de la creación…

Percibirá el trotamundos, en consecuencia, los perfumes, los rumores, los silencios y el maquillaje de flores, hierba, bosque, lago y montañas; pero también, es innegable, se sentirá en medio y de frente con la historia, las leyendas y pasado.

Quizá, el viajero descubrirá, a su paso entre matorrales y piedras, al reptil silencioso, acechante, a la víbora de cascabel que seduce y aterra a la vez. Astutas, las serpientes de cascabel se arrastran y la tonalidad de sus pieles se confunde con las piedras, con la tierra. Parece como si adormecieran a sus enemigos, al aventurero que las descubre y mira fijamente con su encanto y terror. Próximos a las serpientes de cascabel, hay otros animales que comparten el terruño, las hendiduras de la tierra. Ihuatzio es mundo de aves, insectos y reptiles; aunque también es escenario de árboles, flores y matorrales.

Durante la mañana, las corrientes de aire, dueñas de su tiempo, se dedicarán, como artistas, a moldear figuras caprichosas con las nubes coquetas y risueñas, o las desfigurará en un momento irascible, o sencillamente consentirá que se aglomeren y, grisáceas, derramen la lluvia y las rasguen en determinados momentos los rayos.

El lago de Pátzcuaro, el pueblo, las montañas y la zona arqueológica, cada uno atrapado en su realidad, conviven cotidianamente y ofrecen al viajero su aroma, esencia, formas y policromía. Es lienzo natural que subyuga a quien desentraña sus secretos.

Cautivado, el turista sabe que la zona arqueológica se localiza a aproximadamente un kilómetro del pueblo de Ihuatzio, que en lengua purépecha significa “lugar de coyotes”, “donde los coyotes bajan a beber agua” o “en casa del coyote”. Durante su trayecto, recordará que los especialistas calculan que la zona arqueológica comprende una extensión aproximada de ciento cincuenta hectáreas, de las que infortunadamente una mínima parte se encuentra explorada y abierta al público. Ya durante su caminata, el visitante detectará, en la lejanía, la presencia de montículos cubiertos de vegetación, donde yacen vestigios de una civilización antigua.

En consecuencia, al llegar a la zona arqueológica, sentirá emoción al descubrir la denominada Plaza de Armas, en la que se distinguen majestuosas, soberbias, una plataforma rectangular y dos estructuras piramidales donde supuestamente los nativos llevaban a cabo actividades de carácter ceremonial. Aparecerá, ante su mirada, la zona cívico-militar.

Zona arqueológica de Ihuatzio. Foto: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

Precisamente en una de las áreas restringidas, aún sin explorar, se aprecian unas yácatas de proporciones similares a las de Tzintzuntzan. En la misma zona cerrada se encuentran la Calzada del Rey, el muro-calzada y El Mirador, parajes que reservan información y cosas insospechadas a futuros arqueólogos y exploradores.

Refiere la historia que cuando murió Tariacuri, el poder político y religioso que concentraba, fue dividido en tres señoríos -Pátzcuaro, Ihuatzio y Tzintzuntzan-, quedando como personajes principales su hijo menor, Huiquingaje, y sus sobrinos Hiripan y Tanganxoan, respectivamente.

Aparentemente relacionado con Tula en sus inicios, Ihuatzio creció considerablemente durante el reinado purépecha, edificándose, entonces, la extraordinaria plaza abierta, sobre la que se erigió el conjunto de tres yácatas conocidas localmente como Tres Marías; los huatziris; el muro-calzada; la estructura circular, considerada observatorio estelar.

Durante su estancia en la zona arqueológica de Ihuatzio, enclavada en el municipio michoacano de Tzintzuntzan, él, ella, ambos, quienes tienen por afición los viajes, la aventura, se enterarán de que los huatziris eran construcciones alargadas, con altura de hasta cinco metros, compuestas por cuerpos escalonados, los cuales, por cierto, también delimitaban las diferentes áreas.

Los especialistas consideran que tales construcciones eran utilizadas como caminos. En Ihuatzio, el cazonci era transportado del centro ceremonial a diversos lugares por tales caminos; por eso se le conoce como Calzada del Rey. También hubo huatziris que tuvieron funciones defensivas, siendo un ejemplo los muros que rodean al sitio.

Al sur de la zona arqueológica, se localiza una base circular. De forma casi cilíndrica, al parecer fue observatorio de los purépechas, de acuerdo con deducciones de los investigadores, quienes han descubierto evidencias al respecto. Actualmente, el visitante puede recorrer la gran plaza y las dos estructuras de planta rectangular y cuerpos escalonados, donde quedará maravillado ante la traza exacta.

Las yácatas y la mayor parte de los huatziris que existen en la zona arqueológica, todavía no han sido estudiados ni restaurados por completo por los especialistas en la materia. Todavía se requieren años de exploraciones para conocer los secretos de Ihuatzio. Bien es sabido que en las aproximadamente ciento cincuenta hectáreas que ocupó Ihuatzio, se han identificado 84 estructuras, de las cuales únicamente siete son accesibles a los visitantes. Innegablemente, existe mayor cantidad de basamentos sepultados.

Cuentan que si bien es cierto que Ihuatzio significa “lugar de coyotes”, “donde los coyotes bajan a beber agua” o “en casa del coyote”, no se trata exclusivamente del animal astuto, carnívoro, montaraz, que aúlla y acecha desde su escondite a las gallinas y que “avienta vaho”, provocando un encantamiento, un hechizo irresistible, como aseguran los moradores del lugr, sino del ser intenso, profundo, que mira al más allá.

En las horas prehispánicas, los indígenas admiraban y reconocían los atributos del coyote; en los días contemporáneos, ya transformado el ser humano en criatura de concreto, plástico y petróleo, lo apedrea y lo mata Algo se fragmentó entre tan enigmática criatura y el hombre, quien se convirtió, a través de los siglos, en negación de la naturaleza y de la vida. Es el ser humano, no el coyote, quien depreda.

Ihuatzio, pueblo indígena, costumbrista y lacustre, se localiza a cinco kilómetros de la carretera Pátzcuaro-Tzintzuntzan. Las ruinas arqueológicas se ubican a aproximadamente mil metros de distancia del poblado, por un camino desolado con paisaje silvestre, y a alrededor de 65 kilómetros de Morelia, capital del estado de Michoacán.

De acuerdo con arqueólogos e historiadores, Ihuatzio presentó dos períodos, el que comprende del siglo X al XII, con pobladores de origen náhuatl que, incluso, se establecieron a la orilla del lago de Pátzcuaro y en sus islas, y el de mayor esplendor, el de los purépechas, del año 1200 a 1530 después de Cristo. Hay que recordar que la caída de los aztecas, en la Gran Tenochtitlan, se registró el 21 de agosto de 1521, mientras la conquista de Michoacán, en tanto, inició en los días de 1522.

Zona arqueológica de Ihuatzio. Foto: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

Narran las tradiciones que, antiguamente, Ihuatzio contaba con nueve barrios, entre los que destacaban Tzanduri, Tzitzique y Uscuti; mas un día, los habitantes del lugar se trasladaron a lo que hoy es el pueblo, dejando así, para siempre, la otrora morada esplendorosa que se palpa en las ruinas arqueológicas. El paraje, con sus montículos, era conocido como Yacatécharo.

El cambio de residencia, la mudanza de los barrios prehispánicos al poblado, se escenifica, se evoca, se rescata de la memoria colectiva por medio de la Huapana, danza que deja entrever, igualmente, al coyote que cuidaba a las mujeres. La campana suena en los momentos más dramáticos de la danza, para que ellas, las mujeres, no se pierdan. La Huapana es una de las danzas más antiguas que habla, en lenguaje corporal, del traslado de un pueblo del Ihuatzio viejo al Ihuatzio nuevo.

Las piedras son criaturas inertes y frías que la hojarasca, las raíces y la tierra cubren, ocultan, y que un día cobran vida para contar, a quien sepa interpretar su lenguaje, sus signos, las cosas y la historia de la gente de horas añejas. Como mujer que cubre sus rasgos cautivantes y hermosos con maquillaje y tras un velo oscuro, la tierra y la hierba envuelven las piedras gélidas, talladas, que desean hablar, decir otras cosas -las del pretérito-, para que las generaciones de hoy se reencuentren con sus antepasados, con su esencia, y comprendan su origen y el sentido de la vida, y amen su tierra nativa.

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Texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga. Imagen de portada: Secretaría de Cultura. Fotografías: Hotel Mansión Iturbe (Pátzcuaro, Michoacán. https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

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Rutas de un viajero: Capítulo I. Zona arqueológica de Tzintzuntzan

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Fotografía: Lázaro Alejandre Gutiérrez

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Al pueblo de Michoacán y, en especial, a los purépechas de Tzintzuntzan

Las flores amarillas brotan diminutas, cautivantes, risueñas, en la tierra que un día, otro y muchos más se ha acumulado entre las piedras, sobre la ciudad legendaria y sagrada de los antiguos purépechas, quienes antes de la llegada de los conquistadores y evangelizadores españoles, en el siglo XVI, dominaron Michoacán.

Hierba y flores con pétalos de textura fragante y policromada, brotan incontenibles, plenas e insaciables; exhalan aromas silvestres y suspiros que parecen provenir de algún lugar secreto de las entrañas de la tierra, acaso repitiendo el eco de una cultura enterrada, perdida durante un atardecer prehispánico, una mañana incierta, un día colonial. Un día, todo cambió para ese pueblo.

El sol ardiente se filtra entre las nubes rasgadas por el viento e incendia el lago plomado que refleja, cual espejo, las montañas azuladas que se distinguen en el horizonte, en la lejanía, como moles apocalípticas que han atestiguado la historia de un pueblo y que bien podrían narrar lo indecible, lo que aconteció antes de que llegara el ser humano a esas tierras. El escenario lacustre permanece imperturbable en ciertos rincones y en otros, en tanto, padece las deformaciones que le han dado las centurias y presentan el lenguaje de los seres humanos.

Aparece, ante la mirada, el lago de Pátzcuaro, irrepetible, con signos aún de su antigua majestuosidad. Acaricia y refresca la orilla de Tzintzuntzan, lugar donde se erigió, en las horas prehispánicas, el imperio de los purépechas. Las calzadas de piedra, entonces, conducían al lago agónico que todavía ofrece su belleza.

El rostro de Tzintzuntzan, antiquísimo, asoma al lago que cada instante se aleja de la orilla -acaso por los siglos y milenios acumulados, quizá por la depredación humana, tal vez por eso y más-, como intentando recobrar el esplendor de antaño, porque al despertar sus piedras de un sueño prolongado, al salir del velo de la tierra que las mantuvo cautivas, buscan a sus arquitectos, a sus moradores, a sus reyes y a sus sacerdotes, quienes ya no se encuentran presentes y yacen, igual, en parajes abruptos y lacustres.

Las yácatas, singulares en Michoacán, semejan una doncella morena de piedra, luciendo formas hermosas e indígenas, al pie de la montaña que oculta otros palacios precolombinos. Son pirámides distintas a las que existen en otras regiones de Mesoaméreica, y se les distingue por su enorme plataforma rectangular sobre la que se erigen basamentos semicirculares.

Tras las ruinas, el cerro repleto de maleza se extiende abrupto, misterioso, guardando con celo los montículos, los dioses, los vestigios del antiguo imperio purépecha. El paraje montaraz custodia entierros con ofrendas, basamentos, figurillas, restos de la civilización que fue una en el tiempo y el espacio.

Los colibríes, ya escasos, vuelan ligeramente; se acercan a las ruinas, a las flores pequeñas que crrecen entre las losas, y extraen el néctar de la vida, el sabor de la naturaleza. Compiten, al natural, con libélulas, mariposas y abejas que revolotean.

En la antigüedad, cuando el imperio purépecha tenía su sede en Tzintzuntzan, abundaban los colibríes de bello plumaje que, junto con otras aves exóticas, casi extintas, emitían cantos, murmullos hoy perdidos en el eco del ayer. Era paisaje edénico e inimaginable, escenario majestuoso con seres humanos, lago, montañas, cielo, animales, árboles y plantas.

Por algo, la lengua purépecha bautizó el sitio como Tzintzuntzan, que significa “lugar de colibríes”. Había muchas aves; no obstante, hay que comprender su significado, relacionado con signos y conceptos profundos que iban más allá de la especie de los colibríes.

Los purépechas definieron su ruta existencial; pero también, es cierto, concibieron dioses de piedra, diseñaron formas e inventaron su ciudad diferente a las que entonces existían en Mesoamérica. Las yácatas demuestran la genialidad arquitectónica de esa civilización. Tan distinta fue su arquitectura, su concepción del mundo, que hoy, varias centurias después de su esplendor, las ruinas asombran a quienes las recorren. Son peculiares.

Vista parcial de las yácatas, en Tzintzuntzan, Michoacán. Foto: Lázaro Alejandre Gutiérrez.

Quien conozca Chichén Itzá, Uxmal, Palenque, Cholula, El Tajín, Mitla, Monte Albán, Teotihuacan, Tula o Xochicalco, seguramente descifrará en cada complejo arqueológico un lenguaje, un signo particular, como lo percibirá, también, en los rincones de Tzintzuntzan, con sus formas, sus siluetas que no se comparten en otra parte, porque se trata de una doncella morena, una princesa de piedra, celosa, inigualable, que hunde sus pies de barro en el agua plomada del lago.

Lo que en la actualidad se conoce como yácatas, se compone de cinco construcciones de planta mixta rectangular y circular, con cuerpos escalonados que descansan sobre una gran plataforma. De acuerdo con investigaciones arqueológicas, las yácatas cumplían doble función: eran recinto de los dioses purépechas y tumbas de los señores principales del reino. Ciertamente, las yácatas se distinguen de otras construcciones precolombinas por su planta rectangular-circular, característica de la región lacustre de Pátzcuaro. Fueron morada de los dioses y también de los grandes señores.

Digno de mencionar es que las cinco yácatas que se encuentran descubiertas, fueron edificadas a base de piedra laja de basalto, sin cementante, recubierta con grandes bloques de tezontle. Mucho del material pétreo, tallado por los antiguos purépechas, fueron trasladados, ya en la Colonia, a partir del siglo XVI, hasta otra zona de Tzintzuntzan, para construir el convento franciscano y los templos, en los que se notan, incluso, algunas piezas con petroglifos.

Las yácatas reposan sobre una gran plataforma, cuyas dimensiones alcanzan cuatrocientos metros de largo por ciento ochenta de ancho, con esquinas redondeadas. Frente al muro mayor de contención de la denominada gran plataforma, se distinguen nivelaciones menores que, junto con algunas escaleras, sirvieron de rampa de acceso a la parte superior. Comunicaban directamente con el centro ceremonial, con el lago y con los caminos que conducían a diversos sitios de la cuenca.

Al contemplar el escenario, uno imagina que la imagen de la ciudad prehispánica de Tzintzuntzan, debió ser majestuosa e impresionante desde el lago. El conjunto de nivelaciones, según investigaciones arqueológicas, conducía al embarcadero. Los árboles han crecido y proyectan sus sombras jaspeadas en la llanura que separa la parte postrera de las yácatas de una estructura conocida como El Palacio, conjunto localizado en el extremo noreste de la gran plataforma y que consta de un patio rodeado de habitaciones.

El Palacio, en Tzintzuntzan, Michoacán. Foto: Lázaro Alejandre Gutiérrez.

Quien sepa interpretar el lenguaje pétreo, los signos de las piedras antiguas, entenderá que allí se encontraban los cimientos de las columnas sobre las que descansaba el techo de madera y paja, ya consumido por la lluvia, el sol, el tiempo y el viento.

Durante las excavaciones, los investigadores descubrieron restos humanos, hallazgo que indica se trataba de un recinto con funciones similares a las de los tzompantlis de los aztecas. Era un elemento ritual característico de los asentamientos mexicas; allí se concentraban las cabezas de los enemigos derrotados durante las contiendas. En el exterior de El Palacio, los arqueólogos descubrieron vestigios de un altar, no visible en la actualidad.

También en la parte posterior de las yácatas, a varios metros de distancia de El Palacio, aparece, en el suelo, un círculo de piedras enterradas, el cual delata días y noches de hace centurias, cuando ellos, los nativos purépechas, realizaban ceremonias y rituales.

Desde tales construcciones, el visitante admira el lago de Pátzcuaro y las montañas que se extienden en la lejanía, resguardando pueblos purépechas que permanecen arrullados; también siente en su rostro las caricias del viento fresco, helado, que desciende de la montaña, y escucha, arrobado, el roce del follaje que parece exhalar murmullos, suspiros, palabras incomprensibles, la lengua indígena de otros tiempos que habla y calla.

Cuán grato caminar entre las yácatas y la orilla de la gran plataforma, admirando el paisaje lacustre, con el caserío de tejado bermejo a poca distancia, sus edificaciones coloniales, su kiosco y sus árboles enormes, frondosos, cerca del lago. En las casas de adobe y teja, a las que se han sumado otras de piedra y ladrillo, coexisten los descendientes de aquellos hombres y mujeres que hace cientos de años tuvieron una historia, un motivo, y que un día, de improviso, fueron conquistados por la espada y el crucifijo.

Dignos de conocerse son, igualmente, los petroglifos que se encuentran en algunas de las losas y lajas; aunque es innegable que no pocas de las piedras que pertenecieron a las construcciones indígenas, permanecen atrapadas en el ex convento y parte del complejo franciscano que se encuenra en el pueblo.

Al caminar, el trotamundos llega hasta una subestructura que se encuentra entre la cuarta y la quinta yácatas. En realidad se trata de un pozo de sondeo, desde el que se observa parte de uno de los muros de contención de la gran plataforma, perteneciente a una etapa anterior a las yácatas. La generación de la hora contemporánea tiene el privilegio de observar, en tal pozo de prueba, parte de un muro que los últimos purépechas prehispánicos no conocieron. Es un sitio de mayor antigüedad.

El pueblo purépecha estableció su capital en Huitzitzilan, traduciendo el nombre a su lengua como Tzintzuntzan, que significa “lugar de colibríes” o “lugar del colibrí mensajero”, porque estaba dedicado a Huitzilopochtli o Tzintzuuquixu, “el colibrí del sur”.

Hay que recordar que el imperio purépecha se fortaleció con las conquistas de grandes extensiones de territorio, recibiendo su capital -Tzintzuntzan- un tributo impresionante; en consecuencia, el rey de Michoacán era llamado caltzontzin por los aztecas, o sea “señor de las innumerables casas o pueblos”.

Enemiga tradicional de los aztecas, la cultura purépecha surgió alrededor del año 1350 después de Cristo, abarcando en su momento de mayor apogeo más de setenta y cinco mil kilómetros cuadrados de superficie. Según las excavaciones e investigaciones arqueológicas, emprendidas a partir de 1930, se concluye que cuando llegaron los españoles a tierras michoacanas, en 1522, Tzintzuntzan era una ciudad próspera con alrededor de treinta y cinco mil habitantes que vivían en una extensión calculada en siete kilómetros cuadrados, entre el lago de Pátzcuaro y las faldas de dos cerros volcánicos.

Vista parcial del pueblo de Tzintzuntzan y del lago de Pátzcuaro. Foto: Lázaro Alejandre Gutiérrez.

Hay evidencias de que en el territorio que comprende Tzintzuntzan, existían áreas residenciales -destinadas exclusivamente a la alta nobleza- y otras zonas, en tanto, dedicadas a las clases bajas; además, había talleres en los que se producían objetos de barro, cobre, obsidiana y piedra para los rituales o de uso común.

Por cierto, frente a la zona arqueológica que resguarda el Instituto Nacional de Antropología e Historia, tras caminar por algunas cañadas totalmente erosionadas, yacen, semienterradas, varias estructuras arqueológicas que delatan la majestuosidad y las dimensiones que debió tener aquella urbe en sus momentos de esplendor.

Ya cubierta por la hierba, existe una plataforma de grandes dimensiones, cuyas laderas revelan la presencia de basamentos prehispánicos, indicativo de la importancia que debió tener el sitio. Incluso, los arqueólogos cubrieron con malla un cuerpo piramidal, con lo que evitaron su deterioro y saqueo.

Las yácatas estaban dedicadas a la deidad purépecha del sol, Curicaueri, y a sus cuatro hermanos, los Tiripeme. La plataforma principal presenta evidencias de que contenía varias cámaras funerarias de la élite purépecha, de manera que se han extraído alrededor de sesenta entierros.

Cuando moría el cazonci, su cuerpo era ataviado con mantas, plumaje y joyas; además, colocaban sus armas a un lado. Era sacrificada parte de su servidumbre, la gente que se dedicaba a diferentes oficios, la cual lo acompañaba al más allá, según las creencias purépechas de entonces.

De acuerdo con algunos autores, los purépechas que aparecieron durante el siglo XII de nuestra era, pertenecieron a un grupo procedente de la zona ecuatoriana o peruana; no obstante, existen diferentes teorías respecto a su origen. Zacapu, en la región de Michoacán, es considerado cuna de los purépechas, pero Tzintzuntzan fue sede del imperio.

Si bien es cierto que la zona arqueológica de Tzintzuntzan se distribuye en una superficie de aproximadamente ciento ochenta hectáreas, la ciudad era mayor, incluyendo los cerros Yahuarato y Tariacuri. En la zona arqueológica de Tzintzuntzan se encuentra un museo, en cuya sala son exhibidas algunas de las piezas de cerámica, cobre, obsidiana y piedra descubiertas durante las excavaciones efectuadas en el lugar, colección que, por cierto, no corresponde en cantidad e importancia a los hallazgos registrados en la zona. Es un museo muy raquítico para la grandeza de la zona arqueológica.

Tzintzuntzan, centro político y religioso de los purépechas que en días precolombinos controlaron gran parte de lo que en la actualidad forma parte de Michoacán y lugares importantes de Guanajuato, Guerrero, Jalisco, Querétaro y México, esconde incontables enigmas bajo la tierra, entre las piedras, tras la maleza; pero su mirada actual y su rostro de princesa purépecha seducen e invitan a conocerle, a experimentar su palpitar en los poros de la piel. Es para llevarse un pedazo en la memoria y en las fotografías.

Texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga/ Fotografía: Lázaro Alejandre Gutiérrez

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

                    

Rutas de un viajero: Presentación

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Presentación

Rutas de un viajero es la obra que no publiqué. Y no lo hice porque contiene 207 capítulos que suman alrededor de dos millones 500 mil caracteres. Es un libro demasiado extenso, derivado, en amplio porcentaje, de los reportajes que semanalmente publiqué en un suplemento turístico de circulación estatal en Michoacán.

Inicialmente, su título era Cartas y estampas de viaje a la provincia de Michoacán; sin embargo, me pareció que requería otro nombre y decidí, en consecuencia, que fuera Rutas de un viajero, igual que el programa turístico que conduje en la web del ya extinto diario Cambio de Michoacán.

El Sol Turístico era un suplemento de ocho a 12 páginas, semanal, inserto en el periódico El Sol de Morelia, perteneciente a la cadena de Organización Editorial Mexicana. Un día, los directivos del periódico me citaron con el objetivo de informar: “a partir de hoy, serás coordinador de El Sol Turístico, lo que implica que cada semana viajarás a diversos sitios de la geografía michoacana. Planearás y organizarás los viajes, escribirás y, por añadidura, diseñarás la edición conforme a los lineamientos de El Sol de Morelia”.

Un compañero me aconsejó no esforzarme, es decir, solicitar información de diversos lugares de Michoacán a la Secretaría de Turismo -boletines y fotografías- y publicarla cada semana, puntualmente; no obstante, me pareció fallta de ética, exceso de mediocridad y ausencia de profesionalismo, independientemente de que me negaría la oportunidad de recorrer los rincones de una provincia mexicana tan hermosa como es Michoacán.

Tomé la decisión de explorar el estado y protagonizar una aventura intensa, bella e inolvidable, y, obviamente, compartir mis experiencias con el público, con los lectores que cada semana buscaban el suplemento turístico. Me encantaba recorrer veredas, introducirme a cuevas, descubrir ruinas y conocer los paisajes naturales, los pueblos pintorescos, la arqueología, el folklore, la gastronomía, la arquitectura típica, las artesanías, las fiestas, las leyendas, la historia y las tradiciones. Promoví, incluso, pueblos y rincones que ni siquiera figuraban en los planes de difusión de las dependencias públicas y de las instituciones privadas. Me enlodé, respiré la emoción de lo inesperado y disfruté mis viajes y escribir plenamente.

Detrás de cada reportaje, hubo una historia, un motivo, una serie de anécdotas, todo concentrado en el tintero y en espera, quizá, de que algún día las recuerde y las plasme en incontables hojas, en páginas que relaten las aventuras de un viajero inagotable. Y sí, viví cada experiencia sin poses ni actitudes protagónicas. Simplemente, lo viví.

Sin ser terruño de mis antepasados ni mío, Michoacán y sus habitantes me recibieron cálidamente, con respeto, y, por lo mismo, conservo un grato recuerdo de mi estancia en esa provincia con tanta riqueza natural y mineral, folklore, historia, tradiciones y leyendas. Michoacán figura en la ruta de mi existencia.

La presente obra no es un tratado académico. Simplemente es, como expliqué, resultado de aquellas jornadas periodísticas que llevé a cabo entre postrimerías de la inolvidable vigésima centuria y la aurora del siglo XXI, en una estancia de varios años en la provincia de Michoacán, en el centro-occidente de la República Mexicana.

Hoy, desde mi destierro, quiero ofrecer a mis lectores la publicación regular de los capítulos de Rutas de un viajero, con la aclaración de que no pocas de las historias relatadas, provinieron de la tradición oral, la cual, obviamente, suele variar de una generación a otra. Mi intención, al escribir la obra, fue presentar la historia de frente, sin maquillajes, con un estilo menos frío, más próximo a la gente., con el deseo de que hombres y mujeres amen y se arraiguen dignamente a su tierra nativa y que los otros, los turistas nacionales y extranjeros, conozcan tan bella y maravillosa entidad.

Después de todo, Rutas de un viajero contiene, en sus páginas, la narración de lo que mi compañero fotógrafo y yo encontramos in situ, en cada destino, en todos los paseos. Lo vivimos y hoy lo recordamos con el cariño a un estado mexicano, el de Michoacán, que alguna vez nos recibió.

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Catedral barroca de Morelia, iniciada en el siglo XVII y concluida en la decimoctava centuria.