Muñeca de trapo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga y Renata Sofía Galicia Arredondo

Soy caminante incansable. Me encanta recorrer centros históricos, aldeas, callejuelas pintorescas, jardines con calzadas y fuentes, rincones insospechados y plazas, e incluso beber café en un restaurante al aire libre, asistir a museos y a teatros, entrar al cine, asistir a presentaciones de libros, disfrutar exposiciones pictóricas y comer pizza o navegar en un bote de remos con queso, pan y vino.

Eso significa que en mis correrías interminables, también he explorado otras posibilidades y conocido a la gente, a los moradores de cada lugar, en sus mercados, en sus fiestas populares, en sus expresiones, en su gastronomía, en sus diálogos, en su música, en su artesanía y en sus rostros sin maquillar.

Al deambular por avenidas y calles de urbes y pueblos mexicanos, he notado la presencia de mujeres indígenas, sentadas en las banquetas, con una tela o papel en el suelo, donde colocan las muñecas de trapo que elaboran artesanalmente, casi rogando a los transeúntes que pasan indiferentes y a veces hasta con desdén, les compren alguna pieza. Tales escenas, que se repiten cotidianamente, me asombran, entristecen y preocupan; sin embargo, más que explicar los motivos, daré libertad a una muñeca de trapo, dentro de mi imaginación, para que hable y exprese su realidad:

Soy una muñeca de trapo, símbolo del más puro mexicanismo, peinada con trenzas y moños de colores, con piel morena y vestido bordado con hilos de intensa policromía. Manos indígenas, curtidas por el sol, la tierra, el viento, la lluvia y los días repetidos, me elaboraron pacientemente, igual que a mis compañeras, con la esperanza e ilusión de comercializarnos para comer algo y sobrevivir un día más.

Desconocemos el rumor de la maquinaria que produce en serie. No sabemos lo que significa la multiplicación de un rostro y un cuerpo en material sintético, como el plástico, ni conocemos la sensación de permanecer atrapadas en el embalaje y expuestas en anaqueles de tiendas caras en las que no poca gente suele aparecer con la idea de cubrir los huecos de sus existencias y ser alguien en un mundo de aparadores, maniquíes, reflectores y espejos.

En nuestra memoria de hilo y trapo, con rasgos indígenas, conservamos el canto del quetzal y el cenzontle, y el aroma de las flores de cempasúchil, los ahuehuetes y los huizaches; pero también, en ocasiones, el perfume del maíz y los fogones, por el simple orgullo de ser mexicanas.

No obstante nuestra belleza indígena y representar símbolos y valores mexicanos, inconfundibles, formamos parte de un espectáculo denigrante y triste. Las mujeres de rasgos autóctonos -oh, hay muchas personas que desean borrar y desmantelar sus perfiles indígenas y mestizos, a pesar de tenerlos- nos acomodan en el suelo, donde la gente pasa indiferente, con la esperanza de que alguien se interese en una de nosotras y pague el valor justo.

Acostumbrados a lo ligero -si una marca lo escribe en inglés, le da mayor categoría y le abre las puertas del mercado nacional, igual que un rostro sintético que aplasta uno natural-, hombres y mujeres no se fijan en nosotras, que somos de barro y humo, comal y tierra, color y trapo. No pocos transeúntes nos miran con desdén, como si pertenecer a una raza autóctona mereciera repugnancia, y si acaso se interesan en comprarnos como pieza de folklore, regatean el precio, lo negocian, sin pensar, ante su falta de sensibilidad, que denigran a su propia raza y explotan a una persona, a una familia, a un pueblo, sometido, a través de la historia y los siglos, a los abusos, el desprecio y las injusticias.

Somos hermosas e irrepetibles las muñecas de trapo. Cómprenos. Recuerden que detrás de cada una de nosotras, existen manos artesanales, mayúsculas y minúsculas, orgullosas de ser mexicanas, con aspiraciones, sueños, necesidades e ilusiones, como todo ser humano.

Ustedes que enloquecen en los estadios al competir el equipo de su país -por cierto, a veces integrado por jugadores extranjeros- y asisten con banderas a fiestas en las que reproducen los colores de los símbolos patrios en sus caras, y comen alimentos del país y tienen rostros y linaje de gente mexicana, no desprecien su origen, valoren lo que son y lleven ese orgullo puro a todo el mundo.

Somos muñecas artesanales de trapo, elaboradas pacientemente por manos indígenas que huelen a campo, fogón y barro, orgullosamente mexicanas. No desprecien nuestro origen ni permitan que la mercancía en serie y las superficialidades aniquilen la estirpe a la que pertenecemos. Igual que ustedes, somos mexicanas, con la diferencia de que mostramos nuestros rostros naturales con el orgullo que sentimos.

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Pedro Dávalos Cotonieto, la pasión de un artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es un estilo de vida, un destino, una pasión, un delirio. La mano que escribe el poema y el relato parece tener correspondencia con la que desliza los pinceles sobre el lienzo, talla la piedra y el material yerto y pasa el arco sobre las cuerdas del violín, como si se tratara de alumbrar y dar sentido a la vida humana.

Arranca o sustrae la inspiración para adornar la estancia en el mundo. Convierte los sentimientos, las ideas y los sueños en obras que, minúsculas o mayúsculas, dejan huellas indelebles y contribuyen a marcar la diferencia entre lo primario y lo sensible y excelso. Sin arte, el mundo sería noche ausente de estrellas.

Quizá el artista auténtico -no el de poses en los cafetines y conferencias barnizadas de arrogancia- es la criatura extraña del vecindario; sin embargo, es el creador, el que aporta luces en un mundo cargado de discordia, materialismo y violencia.

El arte es entrega interminable, incesante proceso creativo que implica dar y aportar, aunque a veces, por no decir que con frecuencia, el juicio colectivo y las carencias económicas sean abrumadoras.

Resulta innegable que en cada obra hay motivos, horas y hasta años de producción e inspiración; pero también es cierto que tras el artista existen una historia, un ayer, un significado, una justificación, un mensaje.

Pedro, el artista

Tal vez sea la razón por la que Pedro no sea el Pedro ingeniero que soñaron sus padres, ni tampoco el Pedro corredor de autos y torero de los primeros años de juventud, sino el Pedro artista, el Pedro que desde la infancia arrancaba hojas a los cuadernos de sus hermanos para dibujar y pintar.

Pedro Dávalos Cotonieto recuerda, a sus 71 años de edad, sus años juveniles. En algún rincón de Tupátaro, enclavado en el municipio michoacano de Huiramba, el maestro refiere que desde hacía tres meses, introducir la llave en la cerradura y entrar a casa significaba cubrir su rostro de artista con antifaz de estudiante de Ingeniería Mecánica. Cada noche, al regresar de la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México, echaba varias paladas de tierra a su esencia de artista para que ellos, sus padres, no descubrieran su identidad, los quehaceres académicos a los que se dedicaba. Pedro, Pedro Dávalos Cotonieto, maquillaba sus rasgos con la intención de transformarse en alumno universitario, “normal” como la mayoría, no “aprendiz” de pintor y escultor que no ganaría ni para comer.

Esa noche, al entrar y prender la luz de la sala, experimentó asombro y sobresalto al descubrir las facciones endurecidas de sus padres, quienes sentados en uno de los sillones, lo cuestionaron de inmediato sobre la carrera universitaria que en realidad cursaba. Algo andaba mal. Las expresiones paternas indicaban decepción, enojo, reproches. Estaba por venir lo peor, sospechó el joven.

Como ladrón sorprendido una noche helada y oscura de lluvia, Pedro tenía en sus manos, a la vista de todos, las pruebas en su contra. Portaba cuadernos, libros, rollos de papel con dibujos y una pieza escultórica, la del Cordobés.

El padre, encolerizado, exigió que mostrara los dibujos plasmados en los rollos de papel. Pedro, quien entonces tenía 20 años de edad, desenrolló el primer pliego con delicadeza, como si se tratara de una criatura viviente, y apareció, artístico, un desnudo femenino.

Aquel dibujo significó una ofensa a sus progenitores. Les pareció que el muchacho era un degenerado que indudablemente se reunía con malvivientes y vagos con la finalidad de dibujar cuerpos de mujeres.

Cuando mostró el segundo pliego, la irritación paterna fue mayor. Se trataba de un desnudo masculino. ¿Qué clase de hombre era Pedro, que hasta dibujaba hombres sin ropa?

La pareja Dávalos Cotonieto imaginó escenarios insanos en los que seguramente se desenvolvía su hijo. Tal vez, Pedro y otros estudiantes de arte, casi convertidos en rocanroleros y hippies, se reunían en una bodega abandonada, en un departamento húmedo y pestilente, en algún sitio descuidado, con el objetivo de mirar hombres y mujeres desnudos. Quizá entre ellos, los aspirantes a artistas, habría algunos que ingirieran bebidas alcohólicas o drogas. Eran, por cierto, los primeros años de la década de los 60, en el siglo XX.

Iracundo, el señor de la casa advirtió que no toleraría esa clase de conductas, motivo por el que sentenció a Pedro, a quien dio a elegir entre su hogar y la rectificación de sus estudios: su casa y sus estudios de Ingeniería Mecánica o el arte y la calle. Esa noche tendría que tomar la decisión. Y eligió.

Pedro miró, como al inicio, los rostros desencajados de sus padres y comprendió, en consecuencia, que no entenderían su amor e inclinación por el arte porque es algo que ya se trae, un estado que forma parte de la esencia, de manera que eligió la calle, y así como llegó, salió con sus cuadernos, libros, pliegos de papel y escultura, sin posibilidad de entrar a su recámara por ropa y otras pertenencias.

Eran más de las 11 de la noche cuando, bajo la lluvia, caminó desde el rumbo de la Villa, al norte de la Ciudad de México, al centro histórico, donde hasta la fecha de localiza la Academia de San Carlos, fundada en 1781 como Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España, en la época del rey de España, Carlos III, ante la solicitud de la Casa de Moneda de dicha Colonia e inspirada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

Durante su caminata nocturna, Pedro evocó los otros días de su existencia, cuando tenía alrededor de cinco años de edad y miró a una persona que pintaba. Entonces comprendió que sería pintor. La escena del artista lo condujo a su interior, a su esencia. Desde muy pequeño dibujaba.

Cursaba primaria cuando en su escuela organizaron una visita a la Academia de San Carlos, la cual fue determinante en la ruta que seguiría durante su vida. Lo recordaba mientras caminaba; el frío lo entumía y la llovizna lo empapaba.

-San Carlos me maravilló -admite Pedro, el escultor, el pintor, el grabador, el maestro que coexiste en el pueblo michoacano de Tupátaro-. Cuando miré las copias antiguas de Moisés, de Miguel Ángel Buonarroti, y de La Victoria de Samotracia, sentí asombro y decidí que sería artista.

Desde la niñez, cuando sus padres y otras personas interrogaban a Pedro acerca de la carrera que pensaba estudiar, invariablemente contestaba que sería pintor. Tanto sus progenitores como sus familiares intentaban persuadirlo para que optara por otra clase de estudios, pero él sabía que su cita con el destino, con el arte, sería inevitable. Llegaría puntual y de frente al encuentro con el arte.

Entre los 12 y 13 años de edad, en plena adolescencia, Pedro recibió un regalo especial por parte de sus padres: una motocicleta con su carrito anexo, utilizada por los soldados nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Como notaron que Pedro continuaba con la idea de ser artista, lo indujeron a la fiesta brava, a los toros; pero después de conocer el ambiente y adquirir los conocimientos necesarios, desistió y lo motivaron a participar con los hermanos Pedro y Ricardo Rodríguez en las carreras de autos.

A los 14 años de edad, sus progenitores le regalaron un Buick 1941 y posteriormente un Cadillac 1952; sin embargo, analizó la intención de ambos obsequios, en diferentes momentos de su vida, y descubrió que eran con el propósito de desviar su atención del arte.

El matrimonio Dávalos Cotonieto deseaba que Pedro fuera médico, abogado, ingeniero o arquitecto. Cualquier estudio universitario resultaría adecuado, siempre que no fueran actividades relacionadas con el arte.

Pedro mintió a los 20 años de edad. Aseguró en su hogar que se inscribiría en la carrera de Ingeniería Mecánica, pero solicitó información en la Academia de San Carlos, donde le explicaron que disponía de tres días para registrarse. Así que entregó los documentos correspondientes y pagó la inscripción. Durante tres meses fingió estudiar una carrera ajena, como lo deseaba su familia, hasta que fue descubierto.

Caminó durante toda la noche y madrugada, hasta que a las seis de la mañana se sentó en las escalinatas del cine Teresa, donde llegó a la conclusión de que su realidad había cambiado. Tendría que trabajar si en vedad deseaba estudiar y desarrollarse como artista.

Nostálgico, pero también con sentimiento de orgullo, Pedro refiere que aquella ocasión pensó que lo que uno desea conquistar, hacer y tener, es posible obtenerlo si se esfuerza. Y eso hizo.

El alumno Pedro Dávalos Cotonieto, uno de los más destacados de la Academia de San Carlos, se dedicó a trabajar desde el momento en que entendió que no regresaría más a la casa solariega. El primer medio año, a partir de que sus padres lo corrieron del hogar, vivió en la calle.

-Había que estar atentos a las oportunidades, a los espacios, porque existía competencia en las calles entre quienes buscábamos un rincón seguro para pernoctar -advierte el artista-. En los espacios públicos del centro histórico de la Ciudad de México, éramos muchos los que andábamos en busca de un tramo de piso, protegido por algún techo o toldo, para dormir. Los quicios de las iglesias eran idóneos para pasar la noche.

Un día, después de tanto tiempo, su hermano lo buscó en la Academia de San Carlos con la finalidad de informarle que había llegado un telegrama a casa. Lo había enviado Javier Barros Sierra, quien fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, con el propósito de informarle que por ser uno de los mejores alumnos de generación, recibiría un diploma como reconocimiento.

Durante el acto, rememora el artista, recibió el diploma y una beca. Le preguntaron públicamente cómo deseaba devolver a la nación los beneficios que recibía. Respondió que por medio de la enseñanza, y lo hizo con el amor y la pasión que tiene al arte.

En determinado momento, distinguió que atrás, en una de las columnas, se encontraban sus padres, de modo que experimentó cierta incertidumbre cuando lo abrazaron las modelos profesionales y Guadalupe, una bailarina, gritó muy efusiva para felicitarlo. La mujer, henchida de euforia, lo abrazó y cargó.

Sus progenitores se aproximaron con el objetivo de felicitarlo e invitarlo a comer en casa. Su madre lloró. La familia Dávalos Cotonieto se encontraba ante el artista, el pintor, escultor y grabador. Lo invitaron a casa, pero ya había probado los ósculos y caricias de la libertad y le encantaron; mas no el libertinaje, como dice, porque jamás permitió que lo sedujeran los vicios.

Discurrían las horas postreras de la década de los 60, exactamente en 1969, cuando ingresó al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Desde hace aproximadamente cuatro décadas y media, se dedica a hacer facsímiles de importantes piezas arqueológicas, las cuales se encuentran expuestas en museos y zonas arqueológicas, e incluso han participado en intercambios para naciones europeas, asiáticas, americanas y prácticamente todo el mundo.

Lector incansable, Pedro Dávalos Cotonieto se dedica desde hace 44 años a la conservación del patrimonio cultural de México. Mucha obra se deteriora por la irresponsabilidad humana, el deterioro de capas y la contaminación, entre otras causas, por lo cual es fundamental su rescate a través de la manufactura de facsímiles.

Fue gracias a la intervención de Pedro Dávalos Cotonieto que La Venta, Tabasco, recuperó su identidad como sitio arqueológico; pero ha participado en incontables tareas de salvamento histórico. Ha reproducido piezas de casi todas las culturas de Mesoamérica y el mundo.

Pintor, escultor y grabador, Pedro dirige el Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios de la Caña de Maíz, en Tupátaro, Michoacán, donde radica desde hace varios años; además, es fundador del Centro Cultural “Antonio Trejo Osorio”, del Centro “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez” y del Jardín de la Escultura Mexicana, en la misma población, donde recibe grupos estudiantiles, turistas y toda clase de visitantes.

Gracias a su trabajo en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, que le ha dado prestigio nacional y mundial a través de los facsímiles que realiza con fósiles y piezas arqueológicas, expuestas en museos, zonas arqueológicas y diferentes foros de México y el mundo, Pedro Dávalos Cotonieto no ha tenido necesidad de comercializar sus pinturas, grabados y esculturas.

Se visualiza trabajando en sus obras hasta el instante postrero de su existencia, acaso porque el espíritu del arte siempre lo ha acompañado y se irá con él.

Una trayectoria

De 1994 a 1998, Pedro Dávalos Cotonieto participó en la restauración del frontal de caña de maíz, fechado en 1765, único en el mundo por sus características. Cabe destacar que el rescate del frontal, marcó interés de la comunidad indígena de Tupátaro para aprender, conocer y manejar la técnica de escultura de caña de maíz, perdida durante más de dos centurias en la región, lo que ocasionó que el artista fuera comisionado, a partir de 1998, como instructor de un curso sobre “Manufactura de los frontales de caña de maíz”, antecedente del actual taller para el rescate y la enseñanza de la técnica ancestral conocida como “pasta de caña de maíz”.

El artista radica en Tupátaro desde hace 18 años, donde su influencia ha sido determinante para que los habitantes de la población tengan conciencia sobre el cuidado y la protección de su acervo cultural e histórico; pero también un aprendizaje continuo dentro de la formación en la técnica de pasta de caña de maíz para que la comunidad se arraigue y cuente con la oportunidad de crear piezas que den sustento digno a las familias.

Ha influido en el rescate de los altares de muertos, la danza, el vestuario y la gastronomía de Michoacán. Esto se ha traducido en que el pueblo haya recobrado su folklore y su vocación artesanal.

Paralelamente, el artista ha impulsado, en la misma población, actividades culturales como conciertos musicales, danza moderna y contemporánea y teatro. Más allá de haber formado dos bibliotecas sobre diversos temas en el poblado que actualmente ese admirado por incontables turistas nacionales y extranjeros, el maestro Dávalos Cotonieto recorre periódicamente comunidades dentro del Faro de Bucerías, El Sabino y Capacho, en los municipios de Aquila, Uruapan y Capacho, para llevar cultura a niños y adolescentes que viven en los rincones más apartados. Su proyecto se denomina “El arte de la cañita, una alternativa cultural, educativa y de sustentabilidad en el medio rural”, respaldado por la Federación.

A nivel nacional, dentro de su carrera artística que prácticamente inició desde la infancia, el maestro, quien se ha distinguido como escultor en modelado, realizó una multiplicidad de obras relacionadas con diversas culturas del mundo -asirias, egipcias, griegas, estruscas, sumerias, africanas, chinas y romanas- para  el Museo Nacional de las Culturas; además, es pionero en México en el empleo de resina poliéster y cargas minerales, lo que le permitió crear reproducciones de monolitos de grandes dimensiones, entre los que destacan la Coyolxauhqui, el calendario solar y la maqueta del Templo Mayor.

El artista Dávalos Cotonieto participó, dentro de su carrera, en tareas de rescate, salvaguarda y difusión del patrimonio arqueológico en Monte Albán, Tula, La Venta, Palenque, Tikal, Bonampak, Yaxchilan y Uaxctun e incluso Copán, Honduras, de manera que gran número de sus facsímiles se encuentran expuestos en los museos de Antropología e Historia, el de las Culturas y el de Xochimilco, en la Ciudad de México; aunque también en el de Baja California y en el Jardín de la Escultura Mexicana, en Santiago Tupátaro. Se encuentran, igualmente, en países como Japón, precisamente para que el mundo conozca la cultura mexicana.

Docente en diferentes instituciones universitarias durante alguna etapa de su vida, actualmente lo es en el Centro de Capacitación para el Trabajo “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez”, el cual se encuentra acreditado y fundó en 2011 en Tupátaro, cuya relevancia estriba, precisamente, en la certificación de la enseñanza de las técnicas y los oficios en la escuela de caña de maíz en Michoacán.

Adicionalmente, ha participado en diversos festivales y exposiciones a nivel estatal, nacional e internacional, como el Festival del Juguete, con respaldo del Museo Papalote, para lo que recorrió Chicago, San Diego, Texas y Washington, entre 2007 y 2012.

Con sus alumnos, ha llevado artesanía, danza y gastronomía a diferentes festivales en Dallas y Lufkin, Texas. Sus alumnas han tenido una participación trascendental en el Concurso de Artesanías de Domingo de Ramos, en Uruapan, ya que de 2005 a 2016 han obtenido nueve premios en categoría de escultura de caña de maíz.

Pedro Dávalos Cotonieto refiere que cuando anda por las comunidades, con una caja de cartón, la gente le pregunta si vende algo. Sonríe y contesta que ofrece arte. Sabe que el arte cambia los rostros de los pueblos y es la razón, dice, por la que inculca en niños y jóvenes ese estilo de vida.

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Oliva, la artesana de los rebozos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Entre ciencia y arte, realidad y sueños, historia y modernidad, los rebozos han sobrevivido a través de las centurias, al grado de ser hoy signo emblemático que distingue a las mujeres mexicanas en el mundo. Es vestimenta femenina, símbolo del más puro mexicanismo.

Originaria de Aranza, poblado de origen purépecha enclavado en el municipio michoacano de Paracho, al centro occidente de México, Oliva Hernández recuerda que a los 13 años de edad solía reunirse con una señora que le enseñó a elaborar rebozos, artesanía que desde entonces abrazó con pasión. Presintió que los lienzos de tela, elaborados matemáticamente y con arte, formarían parte de su vida. Sí. Era adolescente, casi niña, cuando supo que un día, en la ancianidad, tendría una historia que contar.

“Permanecía durante horas al lado de esa señora, en total silencio, como si formara parte de los hilos, de los tintes naturales, porque me sentía atraída por el encanto y la magia de la creación”, reseña.

Otras niñas permanecían en las trojes de madera, en las casas de adobe, en la campiña, en las callejuelas o en el atrio, mientras “yo consumía m infancia en el aprendizaje, en la ansiedad de sustraer los secretos de los telares para elaborar rebozos con los diseños que ya se encontraban en mi mente”, platica Oliva.

A sus 78 años de edad, relata que todavía elabora rebozos -“ya no como antes, cuando los hacía en una semana, porque ahora necesito mes y medio para crear uno”-, y que ella crea los diseños. “Un rebozo de mi creación requiere 230 pares de hilos”, asegura la mujer, quien refiere que también teje blusas, vestidos, mantelería y servilletas, entre otras piezas artesanales que embelesan.

Cuenta los hilos antes de insertarlos en el viejo telar, pero también traza las imágenes decorativas que surgen de su imaginación, como si se tratara de una ecuación matemática al servicio del arte popular.

Oliva es uno de los personajes de Aranza, pueblo donde los rostros conservan el perfil y la esencia purépecha, terruño que huele a tradiciones, a pesar de que los aires de la modernidad intentan rasguñar y confinar al olvido las costumbres, lo que los ancestros legaron a sus descendientes uno, otro y muchos días.

Recuerda que le fascinó tanto la elaboración de rebozos que él, su marido, le exigía que renunciara a esa labor artesanal; pero “yo cumplí mi responsabilidad como madre de familia y, a la vez, rescaté la labor que casi estaba extinta en mi pueblo”.

No recuerda su edad con precisión, acaso porque los años representan un peso inútil para quien los toma en cuenta, quizá por estar distraída en contabilizar hilos, tal vez por ser lo que menos importa cuando la vida tiene un sentido mayor y pleno. Abre los expedientes de su vida y rememora, en consecuencia, los días fugaces de la infancia, cuando paseaba por la campiña, cortaba flores y mezclaba los juegos e ilusiones con las fórmulas gastronómicas de su madre y las abuelas.

En la cocina, donde se reunían las mujeres purépechas de su familia, quienes relataban historias, ella, Oliva, percibió el aroma de la leña al consumirse por el fuego, miró la lumbre abrazar las cazuelas de barro que contenían alimentos, recetas ancestrales, fórmulas naturales.

Al mirar los trozos de leña envueltos en las llamas, hasta reducirse en cenizas, entendió que las horas de la existencia son breves y hay que darles, por lo mismo, un sentido real.

Oliva tiene prestigio en Aranza, entre la comunidad purépecha, donde por generaciones ha formado tejedoras de rebozos; además, ha obtenido diversos premios y reconocimientos en el tianguis artesanal de Domingo de Ramos, en Uruapan, y en el de Pátzcuaro con motivo de las celebraciones de muertos, entre otros.

Acompañada de su hija, Genoveva Zacari Hernández, manifiesta que aunque no ha recibido reconocimiento por parte de las autoridades como cocinera tradicional purépecha, en Aranza tiene prestigio por el mole que prepara, junto con otros platillos indígenas como churipos.

La edad no es obstáculo cuando hay proyecto de vida, pues a pesar de las enfermedades, Oliva es una de las mujeres que el día 25 de diciembre de cada año participa en la elaboración de 25 cazuelas con mole, precisamente con la intención de celebrar al Niño Chichihua -Niño Chiquito-, imagen con antecedentes coloniales que anualmente transita de una familia carguera a otra.

Es reconocida por los platillos que elabora. Lamenta que las autoridades no la hayan tomado en cuenta como cocinera tradicional, a pesar de que la gente le ha comentado que esos programas no son tan auténticos porque tienen dueños y se manejan de acuerdo con intereses ajenos a los del pueblo.

Con 65 años como artesana, Oliva ha sido reconocido dentro del programa Grandes Maestros Artesanos y Artesanas, evidentemente por la calidad de los rebozos que manufactura, por ser tejedora, por sus diseños originales y por transmitir las técnicas ancestrales a una multiplicidad de generaciones.

 

Hija de un hombre que cultivaba maíz y frijol, y que poseía panales de los que extraía miel que envasaba en latas que comercializaba en los pueblos, y de una mujer que le transmitió los secretos gastronómicos de sus antepasadas, Oliva no se concibe sin sus rebozos.

 

Maneja con destreza el telar de cintura -patákua-, pero también el español de pedales; ahora da clases a tres de sus hijas y a sus nietas de 9, 11 y 13 años de edad para que igual que ella, en el taller casero, elaboren rebozos.

 

Los de ella no son rebozos de aroma o luto, piezas casi extintas que otrora utilizaba el pueblo mexicano para amortajar cadáveres. Tampoco son piezas comunes ni ayates en los que las mujeres indígenas envolvían a sus niños. Aquellos forman parte del ayer, de los otros días, de la historia. Heredó la fórmula secreta para su realización. Los que llevan su sello son auténticos, diseñados y elaborados por una mujer purépecha que mezcla técnicas ancestrales con su inspiración.

 

Sopla el viento otoñal que arrastra consigo el frío que se avecina porque eso, en verdad, son los ciclos de la vida. Oliva vive porque es mujer productiva, por estar dedicada a lo que le apasiona al lado de su familia, por conservar sus tradiciones, por aportar en vez de arrebatar, y por eso perdurará su recuerdo cuando su estancia en Aranza se convierta en historia.

Encuentro en el Jardín de la Escultura Mexicana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hablamos de arte y del México con rostro de desigualdad social que tanto nos duele. Ambos, por ser artistas -él escultor y yo escritor-, conocemos el significado del divino ocio, la inspiración y el proceso de la creación. No obstante, coincidimos en que la hora contemporánea plantea la intervención de artistas e intelectuales en las transformaciones que urgen a la nación para retirarse el maquillaje del pauperismo, las injusticias, la corrupción, la inseguridad y la falta de oportunidades reales de desarrollo, y así presentar la autenticidad de su rostro, la del México con gente buena y capaz de emprender tareas extraordinarias. Sí, hacen falta los mexicanos nobles y productivos. Es necesario que asomen y actúen otra vez. Se les extraña y necesita.

Ambos pensamos que es desde la niñez, adolescencia y juventud, y directamente en las comunidades, como influiremos en una revolución pacífica y trascendental, porque en la medida que los seres humanos abren su sensibilidad al arte y su conciencia ante los problemas ecológicos, económicos, políticos y sociales que los orillan al precipicio, están preparados para enfrentar adversidades y retos. El conocimiento bien empleado, es la luz que disipa las sombras.

Él, mi amigo Pedro Dávalos Cotonieto, artista plástico de reconocimiento mundial, es un hombre sencillo, ausente de poses, intelectual y comprometido con el proyecto llamado México. Le duele, como a mí, que las familias mexicanas se desintegren, que padezcan los estragos del hambre y las injusticias, que no tengan acceso a los servicios básicos de salud y que aquí y allá, en todas partes, les cierren las puertas de las oportunidades.

Siempre he pensado que el termómetro de una sociedad lo componen la infancia, adolescencia y juventud, de tal manera que si uno pretende saber si los habitantes de una comunidad, pueblo o ciudad son evolucionados o al contrario, miserables y negativos, habría que fijarse en las generaciones que en unos años más desplazarán a sus padres. Pedro, el artista, también lo sabe y por eso acentúa su trabajo con los menores.

Pedro Dávalos Cotonieto, artista y director del Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios de la Caña de Maíz, en Tupátaro, Michoacán, actualmente coordina el programa federal La cañita de maíz, cuyo objetivo es, precisamente, trabajar con la niñez, adolescencia y juventud de las comunidades para por medio del arte -escultura, grabado, pintura, canto, danza, teatro-, la historia local, el elaboración de artesanías y el aprovechamiento amigable e inteligente de los recursos naturales y del acervo cultural, propiciar un cambio positivo en cada sitio, conseguir que la gente renuncie a las dádivas y a los vicios y los sustituya por proyectos viables y trabajo productivo.

En la medida que las comunidades se integran y abren compuertas como las que propone Pedro Dávalos Cotonieto, las familias se unen, prosperan e insertan positivamente en la colectividad. Él, el artista, lo ha logrado en Tupátaro desde hace más de década y media, donde los purépechas que habitan el poblado se sienten orgullosos de sus orígenes y ahora protegen su patrimonio arquitectónico, cultural e histórico, simbolizado específicamente en la capilla colonial dedicada a Santiago Apóstol, relicario de obras sacras y su artesón y frontal del siglo XVIII (https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2015/07/16/la-belleza-los-tesoros-y-el-cielo-colonial-de-santiago-tupataro/).

Se han formado como artesanos de la caña de maíz. Hay que recordar que los evangelizadores españoles, al conocer esta técnica prehispánica, aprovecharon las habilidades de los nativos purépechas para que elaboraran Cristos e imágenes sacras con ese material tan ligero. Existe toda una organización dentro del taller donde se forman los habitantes de Tupátaro, al grado de que se ha convertido en eje de la vida comunitaria y en plataforma de otros proyectos colectivos; además, el artista ha sido cuidadoso al formar capacitadores que se responsabilizan de la gran tarea.

Amplio porcentaje de la población de Tupátaro, en el municipio michoacano de Huiramba, se dedica a la artesanía de pasta de caña, mientras otras familias, aprovechando la atracción de turistas por la llamada “capilla sixtina purépecha”, se dedican a la venta de alimentos típicos y bebidas como atole y chocolate. Algunos más se mantienen de la cría de aves de corral, al grado, incluso, de que personas procedentes de otras comunidades son contratadas para realizar diferentes labores.

Y si uno, como turista, queda asombrado con los tesoros coloniales que resguarda la capilla con orígenes del siglo XVI, la arquitectura típica en el centro del poblado y el taller de pasta de caña, experimenta deleite al conocer el Jardín de la Escultura Mexicana, donde el reconocido artista Pedro Dávalos Cotonieto tiene una exposición permanente de réplicas prehispánicas. Hay que recordar que el Instituto de Antropología e Historia lo ha comisionado durante muchos años para la creación de réplicas aztecas, mayas, olmecas, purépechas, teotihuacanas, toltecas y totonacas, entre otras culturas, que participan en exposiciones mundiales con motivo de los intercambios culturales.

El artista acompaña a los visitantes, les muestra y explica el sentido de las piezas, hasta que los conduce a otro taller, donde enseña la técnica y los procedimientos para elaborar piezas artesanales de pasta de caña. El paseo resulta una delicia para los sentidos y el conocimiento.

Con la encomienda de impartir el programa La cañita de maíz, Pedro Dávalos Cotonieto se traslada a las comunidades del Faro de Bucerías, en el municipio costero de Aquila, El Sabino, en Uruapan, y Capacho, en Huandacareo, donde trabaja arduamente para coadyuvar a que las familias progresen, se involucren y arraiguen en sus comunidades y sumen y multipliquen en vez de restar y dividir, porque finalmente de eso se trata, de dejar huellas indelebles para que otros, los que vienen atrás, sigan el camino e inventen otras rutas hacia horizontes plenos.

Mi querido maestro, como suelo llamarle, sirvió amablemente el chocolate que dejó preparado su esposa María Teresa Tzompantzi Reyes, mientras yo distribuí, también en la mesa de herraje que se encuentra en el jardín, el paquete con alimentos que llevé para almorzar.

La neblina matinal del sábado envolvió las montañas boscosas, mientras los pájaros, refugiados en las frondas, ofrecieron un concierto que acompañó nuestra conversación. Las rachas húmedas cobijaron nuestro encuentro, hasta convertirse, sin sospecharlo, en canto, poema, himno, acaso porque sin darnos cuenta, la plática amigable nos condujo a fronteras insospechadas, acaso por ser moradores de la casa universal del arte, quizá por la fraternidad que une a los seres dedicados a las tareas más sensibles, tal vez por la amistad de un artista plástico y un escritor.

Repasamos algunos capítulos de la historia del hombre que durante su más tierna infancia realizaba dibujos o hurtaba gises a sus maestras para tallarlos y crear figuras en miniatura, o que ya en su juventud enfrentó la disyuntiva de renunciar a sus estudios en la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México, o marcharse de la casa (https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2015/08/14/pedro-davalos-cotonieto-la-vida-de-un-artista/).

Pedro Dávalos Cotonieto es un artista auténtico, muy lejano de aquellos que calificándose de sensibles, dedican más tiempo a la presunción de sus reconocimientos que al proceso inacabable de la creación; además, es un luchador social que cotidianamente, sin armas ni violencia, promueve los cambios que requieren Michoacán y México.

Felizmente es mexicano. Quiere a su país, le lastiman las desigualdades e injusticias y se entrega al arte como aquel enamorado que no se concibe en la vida sin su amada. No todos, en el mundo, tienen el privilegio de llamarse Pedro Dávalos Cotonieto ni de ser artista y personaje de su época.

Este artista tiene mucho que aportar durante los próximos años; sin embargo, cuando un día descienda el telón de su existencia, los restos del hombre grandioso que tanto ha dado a Michoacán y México, reposarán en una tumba dentro del Jardín de la Escultura Mexicana, en un sarcófago diseñado especialmente por él y con una réplica de la cruz maya que se localiza en Chiapas, entre otros elementos prehispánicos.

Acordamos reunirnos próximamente con la intención de volver a convivir e intercambiar conocimientos y experiencias. La caminata de las horas es impostergable. Me despedí y ambos, como siempre, nos abrazamos fraternalmente. Estamos acostumbrados a zambullirnos en el océano de la inspiración y el arte. Me sentí afortunado porque no cualquiera tiene la fortuna de coincidir en la vida con un artista grandioso. Puedo afirmar con orgullo, en este y en aquel rincón del mundo, que mi gran amigo se llama Pedro Dávalos Cotonieto, a quien miré, conforme me alejaba de su casa, empequeñecer en la reja del jardín; pero al recorrer los parajes naturales y el pueblo, lo descubrí en todas partes, sí, en las artesanías de pasta de caña, en los muros de adobe, en los tejados, en los árboles, en el atrio del templo, en el artesón, en el frontal, en el nombre de Tupátaro.

Santa Clara del Cobre, su gente, su historia, su artesanía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En la fragua, el artesano sostiene las pinzas que sujetan el cazo, mientras otro hombre estimula el aliento del fuelle para que el artefacto, enrojecido e irreconocible, reciba las caricias de la lumbre; más tarde, caen pesados y en sincronía los cuatro marros que cincelan y dan forma al cobre.

El calor, la lumbre, el martilleo, la técnica artesanal que data de centurias, el diseño, la creatividad, conviven en cada taller de Santa Clara, donde nacen el adorno, la campana, el cazo, la charola, el jarrón, la joyería, el objeto de cobre brillante, cubierto de plata, con laminilla de oro o con patina.

Del taller, las piezas pasan a las salas de exhibición en Santa Clara del Cobre. Tras un objeto fascinante, están, en la fragua, las bigomias, los fuelles, los marros, los martillos, las mochas, los punzones, las tenazas y una multiplicidad de herramientas.

Y es que en Santa Clara se transforma el cobre burdo, informe, en pieza de colección. Los pobladores, en su mayoría de origen purépecha, llevan el aliento y el color del cobre en el corazón, en la piel, en la sangre. Desde hace siglos convive con ellos y ya son, desde entonces, compañeros inseparables.

Centro metalúrgico con arquitectura típica y paisajes naturales, Santa Clara del Cobre fue asentamiento prehispánico de nativos que rendían tributo de sus labores al imperio purépecha.

Hace siglos, antes de que los navíos españoles cruzaran el océano que olía a aventura, a naufragio, a piratas, los pueblos de la región estaban próximos al río Sisipucho, llamándose algunos Anticua, Churucumeo, Cuirindicho, Huitzila, Itziparachico y Taborca.

Fue en 1530 cuando fray Martín de la Coruña agrupó a los nativos en la primera doctrina de la zona, denominada Santa Clara Xacuaro. La evangelización correspondió a misioneros agustinos, encabezados por Francisco de Villafuerte. Tres años más tarde, en 1533, fue expedida la Cédula Real para la fundación del pueblo, que recibió el nombre de Santa Clara de los Cobres.

Preocupado por los nativos recién agrupados y detectando su destreza en el manejo del cobre, Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, mandó por artífices españoles con amplia experiencia, quienes les enseñaron una multiplicidad de técnicas que les permitieron trabajar el metal con verdadera maestría. Los conocimientos ibéricos se añadieron a los precolombinos.

No conforme con la incorporación de nuevas herramientas y técnicas para la elaboración del cobre, ordenó la construcción de la huatápera, que fue la primera capilla de Santa Clara, donde actualmente reposa el Señor del Laurel.

Una de las materias primas que poseía el antiguo reino purépecha era, precisamente, cobre, metal con que los nativos fabricaban agujas, anzuelos, cascabeles, instrumentos de labranza, leznas, tarecuas y otros, que innegablemente inspiraban codicia en los aztecas.

Fue allí, en minutos de la Colonia, cuando los españoles ordenaron la construcción de una gran fundición para las monjas de la Regla de Santa Clara; sin embargo, en las horas del siglo XVII, un incendio consumió la factoría y parte del convento y del poblado.

De acuerdo con documentos de la época, Santa Clara de los Cobres estaba conformada, en 1765, por dos pueblos de indios naturales: Santa María Opopeo, conocido como El Molino, y Santiago de Ario.

Santa Clara del Cobre no sólo es arquitectura típica y artesanía; también es gastronomía e historia. Sus habitantes tuvieron una intervención bastante significativa durante el movimiento independiente del siglo XIX, ya que la población formaba parte del curato del insurgente Manuel de la Torre Lloreda.

Fue en 1858 cuando la población recibió el nombre de Santa Clara de Portugal, en memoria del brigadier Cayetano de Portugal, caudillo que murió durante su lucha por la libertad de México.

También se registró en Santa Clara del Cobre el primer levantamiento de armas en apoyo al pronunciamiento de Francisco I. Madero, encabezado por Salvador Escalante el 10 de mayo de 1911.

Cabecera del municipio de Salvador Escalante, Santa Clara del Cobre, también conocido como Villa Escalante, colinda con Opopeo y Zirahuén. La población conserva parte de su arquitectura típica que consiste, entre otros elementos, en muros de adobe, puertas de madera y tejados. Situado a 75 kilómetros de Morelia, la capital de Michoacán, Santa Clara del Cobre forma parte del programa federal de Pueblos Mágicos.

El jardín principal posee kiosco con techo de cobre, pérgola, más de 50 bancas de hierro, fuentes y faroles que contrastan con los portales con postes de madera, caserío con tejas, callejuelas, dos templos añejos, huatápera y al horizonte, imponentes, montañas pobladas de árboles.

Cabe destacar que el templo más vetusto está catalogado como edificación barroca con una torre ricamente ornamentada; el segundo, en tanto, es resultado de una reconstrucción que data del siglo XIX y presenta algunos elementos decorativos de cobre. Uno de los templos está dedicado a Nuestra Señora del Sagrario y el otro a la Inmaculada Concepción; frente al segundo se localiza la huatápera.

Una casona, en el mismo centro, es sede del Museo Nacional del Cobre, en cuyas salas exhibe hermosas piezas elaboradas por artesanos del lugar. En el patio del recinto se encuentra la réplica de un taller. El portón de la finca fue labrado en cobre por distintos artesanos purépechas.

Si inútil fue la vida de Pito Pérez, llamado en realidad Jesús Pérez Gaona, se trata de un personaje que inmortalizó José Rubén Romero en su obra literaria. Contra la envidia de quienes no trascienden a pesar de dedicar toda su existencia al estudio y al trabajo, Pito Pérez o Jesús Pérez Gaona, hombre alcohólico, amargado, cínico, holgazán y poeta, es recordado en Santa Clara del Cobre y su casa modesta es en la actualidad biblioteca pública. Curioso y paradójico que la habitación que albergó a un individuo haragán y vicioso, sea recinto de conocimiento. En la biblioteca se encuentra la primera edición de “La vida inútil de Pito Pérez”, ilustrada con dibujos alusivos al personaje.

Desde la casa que habitó tan singular personaje, hoy representado en obras de teatro, se distingue la torre de la iglesia donde solía permanecer durante incontables horas, narrando al escritor José Rubén Romero sus aventuras y quizá recitando: “¿qué favor le debo al sol por haberme calentado…?”

Entumido, irreconocible, envejecido, el campanario del templo agustino de la Purísima Concepción fue escondrijo de Jesús Pérez Gaona, quien rehuía las responsabilidades y atendía, en cambio, las insinuaciones de la cantera para sentarse, descansar, beber, contemplar el caserío y arrullarse con las caricias dulces y sensuales del viento.

Tras siete años de recorrer el “mundo”, Pito Pérez regresó a Santa Clara del Cobre como un pobre desconocido. Tocó las campanas del templo con el propósito de celebrar su retorno, ya que años antes había prometido volver triunfante; mas su osadía le costó la cárcel.

Desde el campanario pulsan las evocaciones de tan peculiar hombrecillo, quien compartió el pecho de su madre con un niño huérfano, fue castigado en la escuela con azotes, bebió vino y robó limosnas del templo… Tantas aventuras en una existencia de apariencia insignificante.

En la huatápera, primer templo colonial de Santa Clara del Cobre, reposa la antigua y enigmática imagen del Salvador del Laurel, busto de Cristo al que aman y veneran los moradores de la región. Cada año, tres días antes del domingo de Ramos, las familias de los seis barrios se organizan con la finalidad de ir a la campiña, a la llanura, al cerro, donde recolectan laureles. Unos se trasladan a caballo y otros caminando. Es día de fiesta.

Dedican todo el día a la recolección de laureles. En el pueblo, algunas mujeres preparan el almuerzo y la comida en gran cantidad para toda la gente que se reúne en el campo en busca de laureles.

Ya de regreso, elaboran una corona de laurel que colocan en la cabeza de la imagen colonial. En una mano porta un laurel y en la otra una palma.

El Salvador del Laurel es bendecido durante el domingo de Ramos. Lo llevan en procesión por las principales calles adornadas por las familias, quienes reciben laureles benditos.

De acuerdo con la tradición, el Salvador del Laurel es velado el viernes santo y lo regresan el sábado de Gloria a la huatápera con cohetes y música de viento, entre la algarabía del gentío que lo adora.

Otra costumbre ancestral de los habitantes de Santa Clara del Cobre es celebrar, el viernes de Dolores, la Procesión del Silencio. Sacan la imagen del Señor de la Agonía, el Santo Entierro y La Dolorosa que junto con incontables Cristos participan en la Procesión del Silencio durante la noche del viernes. Encapuchados cargan las imágenes sacras. Caminan en silencio. Algunos llevan velas. Otros tocan maracas a un ritmo fúnebre. Es noche de duelo.

El Sagrario, templo que colinda con la plaza principal, resguarda la imagen de un Cristo café de bella manufactura y la hermosa e inigualable escultura de la Virgen de Dolores, quien vestida de negro, siempre de luto, muestra un gesto dulce, tierno y, al mismo tiempo, triste. Se notan lágrimas en su rostro.

La gastronomía de Santa Clara del Cobre consiste, principalmente, en borrego preparado de distintas formas y platillos a base de maíz, entre los que destacan corundas y uchepos. También son célebres las tortas de carne molida cocida con limón, queso de puerco y una tostada de maíz en medio.

De piel morena por el linaje purépecha, ellos, los artesanos, dejan caer, uno a uno, los marros sobre el cobre, mientras otros sostienen las tenazas que sujetan el artefacto que abraza la lumbre febrilmente, hasta que a fuerza de trabajar surge la joya que ha de embellecer a la joven turista o la pieza que quedará en algún rincón de la casa o de la oficina como fragmento de una tradición ancestral en Santa Clara.

Molcajetes y metates, de la búsqueda de piedras en el cerro a la cocina tradicional

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Al amanecer, Cecilio observa el paisaje envuelto en neblina, a veces entumido por la llovizna nocturna y las rachas de viento helado. Traza la ruta al cerro del Remolino, donde busca piedras con el objetivo de elaborar molcajetes y metates que siempre mantendrán el encanto y misterio de viajar a una cocina tradicional, a un restaurante típico, a algún rincón insospechado de México o el mundo.

Camina por el escenario montaraz, entre árboles, rocas, flores y matorrales. Sus zapatos se hunden en el barro, en la tierra humedecida, casi al mismo tiempo que el concierto de aves e insectos se mezclan con el susurro del viento y los rumores de la vida palpitante en cada expresión animal y vegetal. Deja huellas a su paso.

Busca aquí y allá, en un sitio y en otro. Una vez que localiza alguna roca, Cecilio, Cecilio Calderón Martínez, obtiene algunos trozos que sujeta en el lomo de la mula con la intención de regresar a su casa, al taller artesanal donde labra las piezas y da forma a la piedra yerta.

Como él, diferentes artesanos de San Nicolás Obispo coinciden en los parajes abruptos y desolados del Remolino, montaña colindante con el cerro del Águila, reconocido por su altura y riqueza en flora y fauna. Los hombres buscan el material pétreo más idóneo para tallar sus obras utilitarias. Cada artesano paga 100 pesos semanales para tener acceso al monte y extraer piedra de origen volcánico.

Ya en casa, Cecilio es recibido por su esposa con atole, un plato con frijoles cocinados en olla de barro, tortillas hechas a mano y salsa elaborada en molcajete. Barrenar las piedras no es sencillo. Implica bastante trabajo y riesgo. Mientras almuerza y descansa un rato, observa las piedras e imagina sus obras artesanales.

Aunque en ocasiones la gente tiene la percepción de que los molcajetes y metates, utensilios de cocina de origen prehispánico, casi son piezas extintas, objetos de museo, Cecilio sabe que todavía hay muchas personas que los adquieren porque los alimentos les parecen más deliciosos.

Y él sabe que los molcajetes y metates no pueden morir a pesar de que sean de origen prehispánico y que no pocos hombres y mujeres de la hora contemporánea los consideren caducos y desprecien. Rememora que cuando los artesanos de San Nicolás Obispo acudieron a una exposición en Cancún, Quintana Roo, fueron las primeras piezas en comercializarse; además, hace un par de días, en la capital de Michoacán, vendieron no pocos molcajetes y metates durante la Primera Muestra Artesanal Morelia y sus Tenencias. Son utensilios típicos que conservan un hechizo y seducen los sentidos.

Los artesanos de San Nicolás Obispo, como Cecilio, bromean y sonríen al recordar que algunas amas de casa y ciertos restaurantes preparan salsas en licuadora que posteriormente vierten a los molcajetes, con lo que maridos y clientes son engañados al creer que prueban sabores rústicos, molidos en piedra volcánica.

Cecilio refiere que en la tenencia moreliana de San Nicolás Obispo, coexisten entre 95 y 100 artesanos, quienes moran en los barrios Bonito, del Napiz, del Chicalote y de Los Buenos Aires, de los cuales de 45 a 50 se encuentran agrupados y organizados.

Hace cinco años, cuando el trabajo de albañilería, electricidad y plomería escaseó en Morelia como consecuencia de la crisis económica que enfrenta Michoacán, Cecilio decidió aprender la técnica artesanal que denominan lapidaria y que consiste en tallar la piedra volcánica hasta darle forma de molcajete o metate.

Fue su suegro quien le enseñó las técnicas heredadas por sus antepasados. Aprendió rápido el tallado de la piedra y decidió consagrar los días de su existencia a las artesanías que parecen objetos extraviados y despreciados “porque hoy, casi nadie desea esforzarse en preparar salsas en molcajete ni moler alimentos en el metate, quizá por falta de tiempo o tal vez por parecer anticuado”, reflexiona.

Su actividad artesanal le ha permitido, en el lapso de la última media década, pagar la educación de sus cuatro hijos, dos mujeres y dos hombres. Explica con orgullo que su hijo de 13 años de edad ya sabe fabricar molcajetes y metates, mientras el otro, el de 11 años, aprendió a tallar tejolotes, que son las piedras para moler.

Hombre sencillo y de conversación amena, explica que para no caer en monotonía cuando elabora los molcajetes, primero se dedica a hacer los huecos de media docena y posteriormente las patas. “Así no me aburro y cada pieza es única, trabajada con atención”, menciona el artesano, quien admite que “en ocasiones, cuando únicamente faltan algunos detalles para acabar un molcajete o metate, de pronto se quiebra una pata y la obra se pierde”.

Si bien la lapidaria es un trabajo artesanal que exige constancia, pasión, disciplina y creatividad para elaborar obras bellas y únicas, tiene su parte oscura, un lado que muy pocos clientes y turistas entienden, confiesa Cecilio, quien acaricia una de las piezas y señala que el polvo que se desprende con el martilleo se introduce a los ojos, a la nariz, a los oídos, a los pulmones, y eso menoscaba la salud.

“No solamente es el polvo que se introduce en uno y causa daño”, agrega, “sino los impactos de las herramientas contra las piedras que de alguna manera cimbran el organismo, los órganos, hasta menguar la salud”.

Por lo mismo, prosigue con cierta pesadumbre, “es muy triste cuando los clientes y turistas miran y tratan los molcajetes y metates con desprecio y ofrecen precios fuera de lógica, como se pretendieran aprovecharse de nuestra situación económica. Eso no lo harían en una tienda de lujo”.

Cecilio reconoce que en México la gente regatea, costumbre ya muy antigua y normal; sin embargo, resulta lamentable que haya personas que tratan a los artesanos como individuos de segunda categoría u objetos. “Somos depositarios de un legado prehispánico, de una cultura que es origen de todos los mexicanos; en consecuencia, merecemos trato digno y respetuoso”.

Así, Cecilio permanece entre molcajetes y metates de piedra volcánica, expresiones artesanales que aunque parecen objetos de colección, piezas de museo, exhalan el recuerdo de las centurias, el aroma de las cocinas tradicionales mexicanas, la imagen de familias y rostros ya muy distantes.