Entre montañas y pueblos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es un lienzo, una sinfonía, un poemario. Es, para los seres humanos, el regalo de la vida, el arte de Dios transformado en mural de intensa policromía, en poema y en formas, en canto y en notas magistrales, en fragancias y en texturas.

De pronto, el escenario natural se convierte, ante la mirada, en trozos de cielo, en fragancias y en suspiros del paraíso. Todo rima y es verso en la naturaleza, concierto y pintura que cautivan, forma y lenguaje que uno siente en sí y alrededor.

Abrazar un árbol, mezclar los pies con el barro y hundirlos en un riachuelo, equivale a fundirse con la creación, sentir el pulso de la naturaleza, experimentar las caricias de Dios y de la vida, escuchar sus voces y sus sigilos, ser uno con el todo.

Hemos caminado, el equipo de expedición y yo, durante horas, un día y otros más, entre bosques de coníferas, donde los abrazos y las caricias del viento helado sonrojan la cara, y uno, al encontrarse en la cima de alguna montaña, contempla los pliegues del escenario, como si alguien, al moldear el paisaje, hubiera creado figuras y siluetas caprichosas.

El espectáculo resulta imponente. A cierta hora, el cielo arde y se decora con tonalidades amarillas, doradas, naranjas y rojizas, como al inicio, mientras las aves, en parvadas, retornan a sus nidos, a sus refugios, en las frondas de los árboles y en los acantilados.

También hemos sentido la mirada del sol ardiente que, mezclado con las ráfagas de aire, impregnan en nuestros rostros y manos fragmentos de tierra y polvo, compañeros inseparables de huisaches, nopaleras, magueyes y cactus.

Las entrañas de la tierra, con sus hendiduras y salientes, aparecen con paredones rocosos y arrugados, donde se ocultan murciélagos y otras especies, e invitan a horadar y explorar las profundidades que nadie sospecha, donde los colores se desdibujan y se tornan negros y el oxígeno se confunde con gases.

Uno admira el paisaje y camina entre árboles, piedras, manantiales y hierba, al lado de lagos, con la mochila a la espalda y una canasta pletórica de aventuras e historias, porque si la existencia, por sí misma, es grandiosa e irrepetible, andar en las profundidades de los barrancos, escalar paredones escarpados de piedra, hundir los pies en el barro y en los ríos, llegar hasta la cima, descubrir parajes insospechados, observar la belleza de las flores minúsculas y de los helechos e introducirse a las entrañas de la tierra, regala el placer de adelantar, en pedazos, la hermosura y el prodigio de otros paraísos.

Estos días, he andado entre cumbres y desfiladeros, con los brazos, las manos y el rostro maquillados por el sol y rasguñados por ramas, insectos y varas. He retornado a parajes naturales, como lo hice en la niñez y en la adolescencia, e igual en los años juveniles, con la pasión de escribir y protagonizar capítulos intensos y agregarlos a la historia de mi vida.

Y si me es tan apasionante andar entre piedras, desfiladeros, hondonadas, cumbres, lagos, cascadas, bosques y riachuelos, o contemplar los amaneceres con sus fragancias y policromía, y, por añadidura, las horas del anochecer, bajo la pinacoteca celeste decorada con la luna e innumerables luceros, también me encanta andar en los pueblos, en las aldeas, en los caseríos, y entrar a las casas de adobe con tejabanes, a las cocinas con hornos rústicos y cazuelas de barro en las paredes, al lado de gente de campo, con sus historias, costumbres, leyendas y tradiciones.

Me encanta la gente de las montañas En las aldeas, mientras las mujeres elaboran platillos al más puro mexicanismo -en molcajetes, cazuelas y ollas de barro, metates y comales-, uno escucha, ausentes de superficialidades, pláticas amenas e historias legendarias, costumbres y remembranzas que los dibujan y retratan.

No soy magnate ni dispongo de tiempo ante la cantidad de proyectos y tareas que debo cumplir durante los años de mi existencia; al contrario, alguna vez perdí todo lo material y cada día enfrento el reto de inventar mi vida.

Por diferentes motivos, mi biografía contiene lapsos que me alejan de la estridencia, los aparadores y las luces de las ciudades, pautas que me llevan a parajes recónditos, escenarios insospechados, donde me refugio voluntariamente y experimento una e incontables aventuras.

Estos días me he ausentado y, por lo mismo, no he publicado los textos de mi autoría, que ahora escribo en mi cuaderno de notas, en hojas sueltas, en páginas que enumero; pero no olvido mis obras, mi arte, ni tampoco a mis lectores queridos.

Tengo la encomienda de escribir un libro turístico sobre algunos pueblos y ciertas regiones naturales, y necesito entregarme, en consecuencia, a esa responsabilidad y tarea,

Siempre, cuando exploro e investigo, regreso a los lugares, al lado de su gente y su naturaleza, con sus colores y fragancias, y más tarde, al concluir mi labor, me voy, busco el aislamiento, el silencio, acaso por ser hombre subterráneo y tratarse de mi esencia, probablemente por la necesidad y urgencia de reconstruirme, quizá por el anhelo de reencontrarme conmigo, tal vez por todo y por nada.

Me han acompañado dos fotógrafos excelentes y un amigo que ha dedicado los años de su vida al turismo; pero también he viajado aparte, acompañado de mi mochila e itinerario de trotamundos incansable.

Hoy, desde algún rincón de la ciudad, en mi destierro voluntario, asomo por una de las ventanas y, al contemplar las montañas azuladas por la lejanía, me parece escuchar el crujido de la hojarasca al pisarla, los rumores y los silencios de la fauna y la flora y el concierto de la vida incesante en cascadas, ríos, lagos, helechos, flores, hojas, cortezas, hongos y orquídeas.

Y aquí estoy, con mis letras y mi vida, entre recuerdos y vivencias, dispuesto a continuar con mi arte y mi historia, a pesar de las ruinas de una sociedad deshumanizada y los despojos de maldad, odio, tristeza y violencia que descubro en las calles, con personas distraídas en aparatos que sustituyen la compañía, los sentimientos y las ideas reales, más felices de ver un automóvil de lujo o una joya tras los cristales de un aparador, que la hoja dorada y seca que el viento arranca y mece suavemente hasta la alfombra amarilla, naranja, rosada y rojiza que, más tarde, a cierta hora, dispersa aquí y allá.

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Texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fotografía: Lázaro Alejandre Gutiérrez

Mujeres de siempre: Rosemarie Schade, de “niña de guerra” a dama de viajes y de bien a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles… Rosemarie Schade

El mapa del mundo estaba cuadriculado y roto. Tenía círculos, anotaciones, fechas, signos. Olía a miedo, bombardeos, destrucción, muerte, desolación. El presente era un hoy fragmentado y resultaba aterrador, aplastante, digno de un paisaje surrealista, mientras el futuro, el amanecer del siguiente día y las auroras y los ocasos que le sucederían implacables e indiferentes, parecían inciertos. Cada instante llevaba consigo la repetición del miedo, la réplica de la incertidumbre que provocaba la guerra. La crueldad, el odio y la rivalidad entre personas y naciones, desconocen fronteras, inocencia, sonrisas, sentimientos nobles e ilusiones, y destruyen ciegamente muros y puentes, rompen las cadenas de la coexistencia armónica, aniquilan vidas. Todo queda fracturado en una guerra.

Uno, en una guerra, se siente muerto y solo. El hambre, el miedo, el ruido incesante de la artillería, la sangre, los gritos desgarradores y sus silencios repentinos, ahogan, y más al contar las ausencias en la lista de familiares y seres amados, al notar las faltas de nombres y apellidos en la vida desmaquillada, al contemplar las escuelas derruidas, al descubrir los hospitales improvisados en incesante lucha por rescatar el aliento de los moribundos, al probar el cáliz de la amargura, el pánico y la incertidumbre.

Los pedazos de muñecas y juguetes -eco de una infancia mancillada e interrumpida-, las puertas y los muros perforados por las balas, los cristales rotos, el humo que escapa de las casas derruidas, las cosas y los papeles dispersos en las calles pletóricas de escombros, las fotografías incompletas, los hogares ultrajados, la ropa manchada de sangre y mugre, los residuos humanos y sociales, todo se vuelve ruina, recuerdo, locura, amnesia. Las pesadillas escapan de los sueños y aparecen, cual fantasmas, en la realidad. La noche se vuelve día. El día se hace noche.

Aquella generación de adultos, con sus llamados “niños de guerra”, vivió lo indecible. Unos eran náufragos de acontecimientos como la Primera Guerra Mundial, registrada entre 1914 y 1918; otros venían de orillas cada vez más distantes, las de las últimas décadas del siglo XIX, y algunos más eran demasiado jóvenes. Vivieron una de las pesadillas de la vigésima centuria. Un día, al amanecer, despertaron y el panorama mundial era diferente al que conocían, amenazante y mortal, y cayeron unos y se levantaron otros, hasta que hubo un final con la posibilidad de un inicio.

Incontables hombres y mujeres intentaban disimular ante sus hijos los rostros de la Segunda Guerra Mundial y les presentaban, en la medida de lo posible, lecturas, juegos e historias, distracciones que parecían máscaras endebles que pronto caían al aparecer, de improviso, escenas inevitables, sangrientas y aterradoras, mientras otros, en tanto, les hablaban directamente sobre la realidad de aquel período. ¿De qué sirve, entonces, saberse parte de la historia global, si la vida se siente amenazada y cada instante se desmorona ante el riesgo de la muerte?

Quizá, una noche silenciosa, tras una mañana y una tarde de bombardeos, invite a evocar los días de un ayer reciente, a repasar los nombres y rostros familiares y amados, a recordar historias y vivencias, y a reflexionar acerca del sentido de la existencia humana y sus cosas. Llora la gente por lo perdido, por la interrupción abrupta de su historia y sus planes. Y todos preguntan, sin duda, por qué los seres humanos, si somos hermanos, nos odiamos tanto y causamos daño.

En diciembre de 1944, la niña Rosemarie, quien nació en Königsberg -hoy Kaliningrad, Rusia-, capital de Prusia Oriental a partir de la denominada Baja Edad Media, hasta 1945, al ser tomada la ciudad por los soviéticos, cerca del río Pregolia que se fundía en la laguna del Vistula y próxima a las hermosas playas del Mar Báltico, desconocía que el mundo se deformaba por el odio de la humanidad transformado en guerra.

Rosemarie era, hasta entonces, una niña muy feliz, educada en un ambiente familiar de cariño, atenciones y consentimiento. Su madre y su niñera le dedicaban la mayor parte de su tiempo y se esmeraban en que su infancia fuera dichosa e inolvidable.

Su padre, Alfred Heine, era profesor de Matemáticas, Física y Química. Impartía clases en una escuela secundaria, en Wuppertal, Rheinland, a aproximadamente 50 kilómetros de Colonia. En ese lugar, sus padres tenían una fábrica de cartón que fue destruida, años más tarde, por los bombardeos.

No obstante, en 1936, el profesor Alfred Heine fue obligado por los nazis a abandonar su ciudad materna con la idea de trabajar a unos mil kilómetros de distancia, en Prusia, con la intención de sumarse a la enseñanza y fortalecer la educación ante la escasez de maestros.

Fue allá, en Prusia, donde el maestro conoció a Gerda Bisler, la mujer de la que se enamoró y con quien tuvo tres hijos: Lore, Bernd y Rosemarie. Evidentemente, Rosemarie era la más pequeña. Su madre era maestra de párvulos, motivo por el que la pareja contrató una niñera.

Los días infantiles de Rosemarie discurrían felices y parecían, por lo mismo, inagotables, hasta que aquel invierno, en diciembre de 1944, la familia acudió puntual a su cita con el destino y se miró de frente ante los desfiladeros de la historia y la realidad. El ambiente enrareció en casa y en el entorno. La pequeña miraba a su madre callada y nerviosa. Preparaba equipaje con apresuración. Una vez con las maletas, la mujer se trasladó con sus tres hijos a la estación del tren, rumbo a Praga, sin proporcionarles explicaciones.

Silenciosos, en un ambiente de apresuramiento y temor, la maestra de párvulos y sus tres hijos fueron acompañados por el profesor, a quien resultó imposible ir con ellos en el furgón porque debía retornar a la compañía militar, donde entonces se desempeñaba como telegrafista, función que le ayudó a obtener información acerca de la proximidad del Ejército Rojo que pronto llegaría a Prusia.

El viaje en ferrocarril parecía lento. Las ruedas de hierro pasaban una y otra vez sobre los rieles, como midiendo y calculando sus vueltas, al mismo tiempo que el vapor escapaba de la locomotora y se perdía al recibir las caricias del viento, mientras ellos, los pasajeros, miraban los escenarios desde las ventanillas con la esperanza y la urgencia de llegar pronto y a salvo a sus destinos.

Gerda intentaba mantenerse serena con la intención de no transmitir miedo y nerviosismo a sus hijos; pero cada parada, retroceso, cambio de velocidad o recorrido del supervisor de la línea ferroviaria, la inquietaba. Sentimientos tan inexplicables y poderosos se hospedaban en ella y, por lo mismo, le resultaba complicado hablar y sonreír. Estaba distraída en sus pensamientos, en ese estado extraño al que resbalan quienes viven situaciones inimaginables.

Una vez en Praga, la familia del profesor Alfred Heine abordó otro tren. La mujer y sus hijos viajaron hasta Austria, donde se instalaron en la habitación modesta de una villa antigua, la cual fue bombardeada y destruida por artillería norteamericana.

Aterrorizada por los bombardeos y las ráfagas de balas, entre gritos de personas, estallido de cristales y derrumbe de construcciones, Rosemarie, la pequeña Rosemarie, escondió debajo de las escaleras, donde permaneció refugiada durante varias horas, hasta que Gerda y sus hijos la encontraron.

Ella misma lo describe en alemán: “desafortunadamente, no hay paraíso en la tierra, pero tal vez sea algo bueno. De esta manera, apreciamos aún más lo positivo que tenemos. En realidad, permanecí enterrada horas después del colapso en la villa vieja de Austria. Mi hermana, que es mayor, me lo relató hace algunos años. Esa es, probablemente, la razón por la que tengo miedo a las habitaciones cerradas e incluso a las tormentas eléctricas fuertes. He aprendido a vivir con eso… Mi madre, en sus últimos años, se arrastraba debajo de la cama cuando había tormentas. Pienso en las muchas personas en zonas de guerra a las que nadie ayuda”.

La casa y la villa estaban desfiguradas. Aquí y allá, en un espacio y en otro, el rostro y la historia de una aldea antigua fueron alterados por las bombas, el fuego, las balas y la muerte. Fue, sin duda, el primer encuentro de Rosemarie con la guerra. Allí aprendió, sin duda, que la vida no significaba jugar con muñecas y soñar en un mundo de fantasía; la realidad parecía algo más serio y grave, tan ácido como el odio con que disparaban los militares.

El chalet donde vivía la familia Heine fue destruido por una bomba norteamericana. La misma Rosemarie aparece en una fotografía, montada en un burro, días antes de que la bomba destruyera la construcción. Atrás de ella se distingue la edificación antigua. Era muy pequeña. Ella misma cita: “solamente fueron unas pocas semanas felices en el bello chalet viejo situado a orillas del Zeller See, en Austria. Poco después, una bomba de los norteamericanos destruyó completamente el chalet y mi madre tuvo que buscar otra vez una habitación para nosotros”.

Gerda se probó a si misma. Era responsable de proteger a sus tres hijos. Consiguió una habitación en la alta montaña, cuyo dueño, paisano de la familia, tuvo compasión. La otrora maestra de párvulos tricotaba y laboraba en el campo y en el establo.

Hay momentos, en la vida, en que los seres humanos enfrentan los desafíos y los obstáculos del destino y tienen oportunidad de medirse y crecer o caer, y ella, Gerda, demostró de qué material estaba hecha al asumir los riesgos de un conflicto armado a nivel mundial, trabajar arduamente en la campiña y en el establo y atender, cuidar y educar a sus hijos Lore, Bernd y Rosemarie.

Tras el fin de la guerra, todos los alemanes, como ellos, salieron inmediatamente de Austria. Gerda y sus hijos se hospedaron en una habitación en Bavaria, mientras Alfred Heine, quien abandonó la base militar, no encontró empleo como profesor, situación que lo motivó a conseguirlo en Leverkusen, Rheinland, su región materna.

El profesor Alfred Heine no encontró en Leverkusen un departamento para alojar a su familia, la cual permaneció en Bavaria. Se sufre después de los conflictos bélicos. Quienes no mueren por la artillería, se encuentran de pronto frente a sí, desprovistos de presente y con un porvenir incierto, con un destino y un paisaje desfigurados que retan a luchar y armar los pedazos dispersos e incompletos.

Alfred Heine visitaba a su esposa y a sus tres hijos durante los períodos vacacionales. Para Gerda y sus hijos resultaba un período tranquilo, feliz y extraordinario la ausencia del profesor, quien solía gritar y pegar sin motivo en determinadas ocasiones. De pronto, se volvía un hombre severo.

La familia de Rosemarie era pobre, pero a cambio se desarrollaba en un ambiente apacible e inmersa en un paisaje hermoso, con un lago donde la pequeña aprendió a nadar. Su madre la inscribió en una escuela local y pronto consiguió una amiga con quien diluyó las horas infantiles y compartió juegos, pláticas, recuerdos, momentos.

Gerda experimentaba dolor y tristeza. Había perdido todo, a sus padres y amigos, los lugares en los que se desarrollaron su niñez y adolescencia, su empleo como profesora de párvulos y el dinero ahorrado e invertido. Añoraba con nostalgia los otros años, los del ayer, cuando vivía en Prusia, en excelentes condiciones económicas. Al parecer, su padre murió durante la guerra. Una e incontables veces se preguntaba por el destino de su progenitor. No tenía a su madre a su lado, y menos a su hermana con seis hijos, quien moraba cerca de Stuttgart. Desde la profundidad de su ser, la mujer deseaba que nunca más volviera a registrarse otra guerra.

En la hora actual de su existencia, Rosemarie abre las páginas de su memoria y suavemente da vuelta a las hojas, hasta que evoca el episodio en que durante el bombardeo, perdió su pequeña liebre de tela, extravío que le causó mucho dolor y tristeza.

Días más tarde, la pequeña Rosemarie notó la presencia de una mujer que subió hasta la habitación familiar, en la alta montaña, quien le entregó gentilmente su querida liebre, compañera de tantos juegos, imaginación e historias infantiles durante las horas más cruentas de su existencia. Se sintió agradecida e intensamente feliz, y descubrió que hasta en los momentos menos afortunados, existe la posibilidad de encontrar un destello.

Rosemarie estudió en Colonia. Se formó profesionalmente en Ciencias Económicas y en Español; mas no consiguió empleo adecuado porque en 1967 había gran cantidad de suspensiones en las actividades productivas de Alemania. Solamente una empresa que fabricaba armas y municiones, con contactos de negocios en Sudamérica, le dio oportunidad de desarrollarse laboralmente como traductora del alemán al español. Definitivamente, el proyecto existencial de la ya entonces joven Rosemarie era superior a permanecer siempre en una fábrica de armas. Nuevamente ingresó a la escuela con la idea de estudiar y convertirse, a través de los años, en profesora de Matemáticas y Español.

Retorna a su período infantil en Bavaria y asegura que se sentía inmensamente dichosa cuando su padre no se encontraba en casa. Todos, en el ambiente apacible del hogar, tenían libertad de jugar con objetos que encontraban en el suelo e ir a los alrededores y nadar en el lago.

Y así, entre una hora y otra, la infancia se diluía con sus luces y sombras, con el sí y el no de la vida. Como toda mujer que ha sufrido los estragos y la persecución de la guerra, soñaba y le ilusionaba la idea de no padecer más hambre y tener mayor espacio en su casa. Por cierto, “cuando recibíamos la visita de mi padre, éramos cinco personas las que ocupábamos la habitación, más un ganso y tres conejos que planeábamos comer un día”, evoca con la nostalgia y la sabiduría de quien ha vivido intensamente.

Y reconoce: “mi juventud no fue muy feliz. Mis padres y mis profesores eran demasiado autoritarios. En la escuela a la que asistía, había muchas chicas de familias ricas, mientras yo no podía comprar los libros y las cosas necesarias. Tenía que trabajar para ganar dinero y así estudiar. No vivía libre de las amonestaciones por parte de mi padre y de los profesores, y, a la vez, soñaba con ser independiente y poder marcharme a cualquier sitio con mi madre y mis hermanos. Leía mucho y deseaba irme a los países citados en los libros”.

Hace un paréntesis con la finalidad de relatar: “tenía una pasión que de cierta manera daba sentido a mi vida, y era tocar el piano con excelencia, virtud que me acercó a una banda de Jazz, cuyos integrantes éramos cinco muchachos y yo, la única mujer. Tocábamos en discotecas y en diversos espacios”.

La pasión por los viajes, agrega Rosemarie, “surgió por la lectura de obras que describían otras naciones y paisajes. Como no existían la televisión ni los videos sobre viajes, leía muchos libros, por ejemplo, del escritor Karl May, autor de “A orillas del río de la Plata”, y de exploradores como Alexander Von Humboldt. Imaginaba que algún día, por mí misma, podría visitar esos países”.

Y continúa: “tomé la decisión de independizarme de mi familia cuando trabajaba en Bayer Leverkusen AG. Miré un pequeño libro con todas las direcciones de las representaciones de Bayer Leverkusen en el mundo. En ese momento, tuve la idea de escribir a la representación de México y de Argentina. La oficina de Buenos Aires me contestó inmediatamente, mientras la de México lo hizo meses después. Era demasiado tarde. Viajé en barco a Sudamérica”.

Retrocede a otras páginas de su existencia y menciona que debía trabajar durante su período estudiantil para ganarse la vida. Fue entonces cuando “un día leí un cartel en la universidad, el cual invitaba a alumnos interesados en ser guías de viajes de estudiantes. Cursé un seminario con duración de una semana y presenté un examen. Como mujer, no fue fácil abrirme paso en ese medio; pero hablaba cuatro idiomas extranjeros y tenía experiencias en viajes. Fui aceptada como guía de estudiantes”.

Rosemarie conoció a su marido, Werner Schade, durante un viaje que realizó a Mallorca, en las Islas Baleares, cuando era guía para estudiantes. Su esposo era miembro del grupo estudiantil. En aquella época no tenían interés uno del otro, pero transcurrió casi un año para descubrir que entre ellos había algo más que simpatía”.

A partir de entonces, ha viajado a diversos países de los cinco continentes. Algunos los ha recorrido varias ocasiones. Tiene amigos entrañables en determinadas naciones. Participa, además, en un proyecto de ayuda a orfanatos. Tales acciones las lleva a cabo en Myanmar.

Reconoce que lo que más le agrada de los viajes son las obras de arte, la naturaleza con su flora y fauna y, principalmente, la gente. Le interesa mucho el estilo de vida de las personas sencillas y cómo influyen en ellas la religión, las tradiciones y el sistema político. Igualmente, le atraen temas relacionados con las condiciones en que viven las personas y las alternativas que existen para ayudarles a superar su crisis.

Dueña de sí misma, Rosemarie explica: “yo sé que mi vida no siempre resultó fácil. Ahora tengo mucha suerte porque puedo vivir sin padecer hambre y asisto al médico cuando estoy enferma. Los viajes me han dejado la enseñanza de que muchas personas viven en malas condiciones y que yo tengo la posibilidad de ayudarlas por lo menos un poco. De hecho, pertenezco a Myanmar Kinderhilfe, que apoya orfanatos, y también a Talita Kumi de Ecuador, que ayuda a chicas que viven en malas condiciones. Respaldo, paralelamente, un hospital para niños en Kambodscha, e integro diversas organizaciones”.

Rosemarie es creadora de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, donde publica artículos referentes a sus experiencias de viaje. Aclara: “mi página sólo tiene ese nombre porque mi idea es expresar que su autora no es joven. Su contenido se dirige a hombres y mujeres de todas las edades. La persona más joven que lee mis artículos, tiene 15 años de edad y vive en Inglaterra”.

“Los viajes significan mucho en mi vida. Me encanta admirar las bellezas naturales, arquitectónicas y artísticas que existen en el mundo; pero también me interesa conocer los problemas que hay en cada región del planeta y no concretarme exclusivamente a lo que presentan y ofrecen los diarios y la televisión. Es muy importante para mí hablar con la gente, conocer lo que sienten”, revela Rosemarie con el encanto de quien siente la pasión de vivir, dar de sí y tratar de mejorar el mundo y las condiciones de las personas que menos oportunidades de desarrollo tienen.

Confiesa que no pretende escribir un libro acerca de sus viajes porque cada uno es diferente; pero planea redactar artículos sobre ciertos países y temas. “He empezado a escribir un libro acerca de mi vida”, anuncia con la sencillez de quien verdaderamente es auténtico, libre, pleno y magistral, y confirma que la obra tratará de manera especial el tema de lo que fue durante su infancia, “una niña de guerra”, porque los jóvenes de la hora presente “no pueden imaginar cómo eran los días en esa época”.

El tiempo es una embarcación que, finalmente, llega a un puerto y a otro, donde la tripulación se queda con sus vivencias y recuerdos, con sus soles, lunas y estrellas, con su esencia, con lo que fue y con lo que es, cada uno con una historia, con pasos que dejaron huellas y rutas con diferentes significados, y ella, Rosemarie Schade, es un ser extraordinario, dedicada a lo que le encanta -los viajes-, y también al conocimiento y al bien. Como mujer de siempre, deja trozos de sí a los demás, fragmentos que germinan en los corazones y se reproducen para multiplicar el bien y dibujar alegría y esperanza en otros rostros.

Habla pausadamente: “el mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles…”

Se despide como es, grandiosa, sencilla, extraordinaria, con sus recuerdos y vivencias. Tiene proyecto existencial. Valora cada instante de su vida. Es la otrora “niña de guerra” que superó las adversidades, la pobreza, el hambre, y se preparó, trabajó y cumplió sus aspiraciones. Es y será mujer de siempre.

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Enlace de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, de Rosemarie Schade:

Capacho, rincón de la zona lacustre de Cuitzeo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Está en las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, pero también entre el lago, las ruinas arqueológicas de Huandacareo y el monumental ex convento agustino y colonial de Santa María Magdalena, en Cuitzeo.

No lo han borrado las centurias ni el viento. Cuando en determinados ciclos renace el lago de Cuitzeo y maquilla su rostro con el crepúsculo dorado del amanecer y amarillo, naranja y rojizo de los minutos postreros de la tarde o refleja la caminata pasajera de las nubes, la profundidad del cielo y los carrizos, árboles, nopaleras, cactus y plantas que crecen en la orilla, las luces y siluetas del caserío asoman en las noches.

El de Cuitzeo es un lago de ciclos. Cuando el nivel del agua es suficiente, se transforma en espejo enorme, en mundo de garzas, patos y aves que hunden sus picos para atrapar a los peces. El viento riza el manto acuático.

Tras la somnolencia de la noche y la madrugada, Capacho, asentamiento de origen purépecha que en lengua indígena significa “tierra de juncos” o “pueblo que se cambió”, despierta ante el trinar de las aves que se refugian en el follaje de los árboles, el tañido del campanario y los rumores del aire.

Las callejuelas desoladas y silenciosas, acostumbradas al paso de generaciones, despiertan y reciben la algarabía de los niños que juegan e inventan su mundo, de los hombres que se dedican a la labranza, de las mujeres que acuden al amasijo, al nixtamal, a la tienda.

En otras horas, la orilla del lago, entre Cuitzeo y Huandacareo, estuvo poblada por indígenas que adoraban ídolos y construían pirámides. Es allá, en un rincón añejo de la loma de Capacho, donde asoma el templo fechado en 1722, relicario del Señor de la Expiración, en su ambiente de veladoras, incienso, copal y oraciones que fluyen en el ambiente de un pueblo lacustre.

Relata la tradición, atrapada en los días virreinales, que El Señor de la Expiración o de Capacho, como le denominan los moradores del poblado, fue descubierto en un monte, en un paraje abrupto y desolado, que se encontraba resguardado por una pilq de piedras.

Las autoridades eclesiásticas de aquellos años, los de la Colonia, decidieron trasladar la imagen a Cuitzeo tras pensar que aparecería el dueño de la imagen para reclamarla. Transcurrieron los días, las semanas, sin que alguien se acreditara como propietario de la escultura.

Otra versión, dentro de la tradición oral, narra que durante las horas ya distantes de la Colonia, dos personas, una de Capacho y otra de Cuitzeo, descubrieron la imagen en el paraje mencionado y acordaron que cierto período del año permanecería resguardada en el primer pueblo y la otra, en tanto, en el segundo.

No obstante, en sus conversaciones, algunos ancianos coinciden en que no fueron dos personas quienes descubrieron al Señor de la Expiración o de Capacho en el paraje montaraz, sino tres. Dos de ellos eran originarios de Capacho y el otro, en tanto, de Cuitzeo. Esto originó que se tomará la decisión de que la imagen permanezca la mayor parte del tiempo en Capacho y menor período en Cuitzeo.

A partir de entonces, quedó establecida la tradición popular de despedir al Señor de la Expiración o de Capacho en su recinto, en el pueblo, para conducirlo, un día después de la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, en junio, a Cuitzeo.

Se trata de una gran festividad. Los moradores se unen a la procesión y caminan bajo el sol, entre la campiña y el lago, en medio de oraciones, juegos pirotécnicos y música de banda de viento. Llevan la imagen a Cuitzeo. La fiesta dura ocho días. El Señor de la Expiración es devuelto a Capacho el 17 de octubre, donde la multitud lo espera y recibe con intensa devoción y júbilo.

Tal vez uno de los detalles más cautivantes y enigmáticos de Capacho es el bloque donde reposa la cruz atrial. Es un relieve peculiar e irrepetible que desde hace más de dos siglos exhibe tres rostros que aluden a la Santísima Trinidad.

El efecto fue creado por un artista anónimo. De nombre desconocido, el escultor indígena talló en la cantera cuatro cejas y el mismo número de ojos, unidos a tres narices e igual cantidad de bocas y barbas que forman tres rostros.

Tan extraordinario e inigualable relieve de manufactura indígena, da la espalda a la fachada parroquial y atisba tres árboles que, paradójicamente, permanecen en lazados como los rostros donde reposa la cruz atrial.

Quien admire la talla colonial, descubrirá que en el centro de la cruz de piedra, precisamente donde se unen los ejes horizontal y vertical, se encuentra el rostro de un Cristo de facciones indígenas con una corona de espinas, distribuyéndose a los lados del mismo las pinzas y el martillo, que rematan, en los extremos, con manos ensangrentadas.

Adicionalmente, existen otras cruces de piedra que llaman la atención, como la que se localiza a un costado del templo, cerca de la torre, y la que se encuentra en la barda perimetral, ambas náufragas de minutos virreinales.

Tras la incansable travesía de las horas y las nubes -hermanas, al fin, que comparten similar destino al desvanecerse-, uno comprende que en Michoacán existen incontables historias por desentrañar, y que pueblos como el de Capacho, a la orilla del legendario lago de Cuitzeo, merecen un recorrido turístico.

Capacho se sitúa a mil 849 metros sobre el nivel del mar y se localiza en el municipio michoacano de Huandacareo. El recorrido de Morelia a Capacho, consta de 40.5 kilómetros, es decir un viaje de alrededor de 41 minutos. Una vez que el automovilista llegue a Cuitzeo, tendrá que tomar la dirección a Huandacareo para llegar a Capacho.

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La Alberca, en el cerro de Los Espinos, trozo paradisíaco

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas veraniegas, el aire dispersa los aromas a tierra mojada, hierbas y flores silvestres. Los senderos conducen a parajes intrincados, donde los insectos se refugian. El ascenso entre árboles, piedras y matorrales es lento. El calor húmedo acaricia la piel y sonroja los rostros de los caminantes.

Los rumores de la naturaleza se mezclan con el crujido de las varas al ser pisadas por los viajeros, quienes contemplan la llanura de lo que otrora fue la ciénaga de Zacapu, circundada por montañas que se abrazan en un ciclo imperturbable de auroras y ocasos, primaveras y veranos, otoños e inviernos.

En determinados parajes, las mariposas revolotean y posan, frágiles, sobre las flores ufanas y policromadas, mientras los pájaros hurtan las semillas, pican los frutos, atrapan insectos o vuelan raudos a las frondas de intenso verdor.

Parece como si todo, en la naturaleza, tuviera una correspondencia, de tal manera que las hojas que desprende el viento, la flor que coexiste imperceptible entre la intensidad del verdor y las gotas de lluvia, mantienen relación con las tonalidades de los arcoíris y el color del barro que salpica ante la caminata.

Cuando uno llega, finalmente, a la cima del cerro de Los Espinos, en el municipio michoacano de Jiménez, siente embeleso al contemplar el cono natural que contiene un espejo acuático, ondulado por los ósculos del aire, que refleja las siluetas del bosque y el coqueteo de las nubes de efímera existencia.

El paisaje lacustre es imponente. Cautiva. Al admirar la vegetación y el manto acuífero, uno tiene la sensación de encontrarse en un mundo mágico, en un rincón escondido entre lo abrupto de la naturaleza, a salvo de las fauces de la modernidad.

A una hora y otra, en la mañana y la tarde, las pinceladas de la naturaleza tiñen el escenario lacustre con matices que cambian del azulado o cristalino al morado o al verde, e invitan a contemplar el paisaje o caminar y correr por las veredas.

Durante las mañanas nebulosas y frías o las tardes cálidas o lluviosas, el aire húmedo se introduce al cráter, donde el agua responde a las caricias con un oleaje rizado, apacible y rítmico.

Unas veces grises, plomadas, y otras, en cambio, blancas, rizadas, las nubes asoman al lago atrapado en el cráter de Los Espinos, que recibe la mirada del sol. Con la mochila sobre la espalda, uno admira el cráter, la hondonada, la vegetación, y distingue el proceso de mutación en el maquillaje acuático. Respira el caminante una y otra vez, hasta percibir el aroma de la campiña, la fragancia de las flores, el perfume de la hierba, la hoja, la tierra mojada. Inesperadamente, distingue alguna corriente, un remolino, en el agua.

Existen algunos espacios con asadores para organizar reuniones, comer y admirar el paisaje natural; también, para quien lo desea, los senderos invitan a rodear el cono imponente.

Ya en aquella cima de origen volcánico, el turista desciende al cráter por un sendero chueco y empinado, entre árboles, arbustos y matorrales que de inmediato, al rozarlos, desprenden su fragancia agreste, su perfume montaraz.

Es, para el viajero, la excursión de los sentidos y, adicionalmente, el reencuentro consigo, con la naturaleza. Percibe el palpitar de la vida en cada rincón. El turista siente el aire húmedo en su rostro sonrojado y las caricias de la hierba en sus brazos y manos.

Los gemidos de la hojarasca y las varas al quebrarse, al ser trozadas por los pies del caminante, no son ajenos al murmullo de árboles balanceados por el viento ni al trinar de los pájaros, porque todo parece nota del mismo concierto.

Unas cosas presentan aromas y otras cantos, policromía y sabores; pero todas son hermanas, parientes, y permanecen mezcladas en el lienzo de la naturaleza. Formas, perfumes, sonidos, tonalidades.

Durante su descenso, el trotamundos repasa, como siempre, las páginas empolvadas de la historia, para recordar que discurrían los años precortesianos cuando los indígenas creían que allí, en el cráter, moraban fuerzas malignas.

Relata la tradición que ellos, los nativos, realizaban sacrificios humanos con intención de apaciguar los males que consideraban existían en aquel paraje de rasgos lacustres y volcánicos.

Ya en los días coloniales, las mujeres que descendían con la intención de bañarse y lavar ropa, eran asustadas por el diablo que allí se refugiaba, según la leyenda, de manera que su enojo era tanto que provocaba remolinos y que el agua se agitara hasta impactarse contra la orilla.

Las mujeres corrían despavoridas por la escarpa para huir de aquel fenómeno. Quienes volteaban, descubrían aterradas el rostro del demonio asomado en medio del lago. Algunas murieron ahogadas o se accidentaban durante las huidas.

Fue, por lo mismo, que en las horas juveniles de la Colonia, en el siglo XVI, los naturales solicitaron a un personaje enigmático y tan querido por ellos, fray Jacobo Daciano, que bendijera el cráter y ahuyentara, en consecuencia, los males que allí se alojaban. Y así lo hizo.

El religioso acudió al cráter, acompañado de la comunidad indígena, donde expulsó al demonio, quien provocó un enorme e imponente remolino de agua antes de marcharse. Tras la agitación del lago, prevalecieron la calma y el silencio.

Ya en ese momento, próximo a la orilla del lago, el visitante no olvida que fray Jacobo Daciano o de Dacia, quien nació entre 1482 y 1484 y fue hijo de los reyes Juan y Cristina de Dinamarca, llegó a la Nueva España en 1542 tras haberse entrevistado con el emperador Carlos V y recibir su autorización para zarpar, cuando el mar olía a aventura, peligro y piratas, hacia América.

A diferencia de la mayor parte de los europeos que en aquellas horas coloniales llegaron a la Nueva España en busca de aventura y fortuna, él, fray Jacobo Daciano, amó a los indígenas y se preocupó por ellos, quienes lo consideraban su benefactor y hombre prodigioso y santo.

Fray Jacobo Daciano fue el evangelizador franciscano del que los indios aseguraban poseía facultades extrasensoriales como aparecer en varios lugares al mismo tiempo y levitar. Fundó diversas poblaciones, como Zacapu. Tal fue el amor que por él experimentaron los purépechas, que al morir en Tarecuato, Michoacán, su última morada, y ser sepultado, éstos, los nativos, extrajeron su cuerpo de la tumba y lo colocaron en un nicho del templo, tras el retablo del altar mayor. El cuerpo no se corrompía. Cada cuatro o cinco años, los purépechas le cambiaban hábito; conservaban los anteriores como reliquias muy veneradas.

Acaso esas son las cavilaciones, las remembranzas históricas del turista, quien de pronto, a fuerza de caminar y resbalar por el sendero silvestre, se descubre ante el lago verdoso y en ocasiones azulado o morado.

Sentado en una piedra o quizá en un tronco enlamado o musgoso, permanece largo tiempo en aquella hondonada lacustre y volcánica, observando un escenario de la historia y de la naturaleza.

En ocasiones, el graznido y el trinar de las aves distrae su atención y a veces, en cambio, la mudez que suele demostrar la naturaleza a los hombres y mujeres de soledad, se manifiesta extraordinaria. Da la impresión de que el silencio empieza a hablar, a musitar desde todos los rincones.

Libre como la hoja que se desprende del árbol y es mecida suavemente por el aire, hasta caer al agua y navegar en un delicioso arrullo, el viajero rompe las ataduras y se siente pleno y libre.

Ausente de lo cotidiano, de lo rutinario, enriquece su existencia y quizá hasta se atreve a abrazar un árbol o introducir sus pies en el agua, en el lago, para percibir, al menos unos instantes, el pulso de la naturaleza y la vida.

Cuando hace algunos años, investigadores franceses exploraron La Alberca, en el cerro Los Espinos, que realmente pertenece al municipio de Jiménez y no, como muchos creen, al de Zacapu, concluyeron que el lago no está contaminado. Mundo de peces, el lago presenta sal a cierta profundidad, de acuerdo con los resultados de los investigadores europeos. No detectaron fácilmente el fondo en determinadas áreas, seguramente por sus conexiones en las entrañas de la tierra, pero la profundidad máxima es de 32.5 metros.

Al cerro de Los Espinos, donde abundan huizaches, matorrales y piedras, también se le conoce como volcán de Santa Teresa, o sencillamente La Alberca. Cada año, en octubre, la comunidad de Los Espinos celebra a Santa Teresa, su patrona, con ascenso al cerro, donde el sacerdote oficia misa y la gente, henchida de euforia, lleva banda de música de viento, mariachi y juegos pirotécnicos.

Hay que recordar que ya en las horas porfirianas, e incluso en los días de Reforma, entre el siglo XIX y hasta la aurora del XX, se emprendió la absurda tarea de secar la ciénaga de Zacapu, que era rica e inmensa.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, se impulsó la absurda desecación de la ciénaga de Zacapu. Tanta culpa tuvo la administración de Benito Juárez García con su proyecto general de desagüe, como la de Porfirio Díaz Mori, quien calificó las ciénagas, junto con su equipo de “científicos”, de insalubres, carentes de producción y generadoras de una actividad económica miserable.

Los resultados siguen a la vista: miseria y desequilibrio ecológico. Mentalidad aquella, como la de hoy, irracional: destruir lo insustituible a cambio del enriquecimiento de una minoría. Ya en el siglo XXI corresponde a las generaciones contemporáneas el rescate y la protección de sus recursos naturales.

En los días del siglo XVII, fray Alonso de la Rea anotaba que “debajo de este cerro -el de Los Espinos- cae la ciénaga de Zacapu, donde hay lagunas profundísimas con infinito pescado. De esta ciénaga tiene su nacimiento el río Angulo, que discurriendo hacia el norte… se precipita de un cerro muy alto con tanta violencia que abajo, entre el golpe del agua y el peñasco, se pasa a pie enjuto. En esta ciénaga hay infinita caza de patos, y así veremos que toda esta provincia no tiene palmo que no sea fértil y abundante, así de caza como de pescados”.

Uno, al concluir el día entre los parajes abruptos del volcán de Santa Teresa -La Alberca, en el cerro de Los Espinos-, desciende cautivado por los encantos de la naturaleza, con el sentimiento y la alegría de llevar en la mochila de trotamundos un fragmento del paraíso, un trozo del poema de la vida. Vivencias y fotografías para el recuerdo.

De acuerdo con datos oficiales, el lago tiene forma semicircular. Los especialistas calculan que se trata de 370 metros de diámetro en una superficie de 11 hectáreas; además, la máxima profundidad es de aproximadamente 32.5 metros.

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Este texto fue publicado en el portal de Quadratín Michoacán: https://www.quadratin.com.mx/principal/la-alberca-los-espinos-paraje-natural-embelesa/

Encuentro en el Jardín de la Escultura Mexicana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hablamos de arte y del México con rostro de desigualdad social que tanto nos duele. Ambos, por ser artistas -él escultor y yo escritor-, conocemos el significado del divino ocio, la inspiración y el proceso de la creación. No obstante, coincidimos en que la hora contemporánea plantea la intervención de artistas e intelectuales en las transformaciones que urgen a la nación para retirarse el maquillaje del pauperismo, las injusticias, la corrupción, la inseguridad y la falta de oportunidades reales de desarrollo, y así presentar la autenticidad de su rostro, la del México con gente buena y capaz de emprender tareas extraordinarias. Sí, hacen falta los mexicanos nobles y productivos. Es necesario que asomen y actúen otra vez. Se les extraña y necesita.

Ambos pensamos que es desde la niñez, adolescencia y juventud, y directamente en las comunidades, como influiremos en una revolución pacífica y trascendental, porque en la medida que los seres humanos abren su sensibilidad al arte y su conciencia ante los problemas ecológicos, económicos, políticos y sociales que los orillan al precipicio, están preparados para enfrentar adversidades y retos. El conocimiento bien empleado, es la luz que disipa las sombras.

Él, mi amigo Pedro Dávalos Cotonieto, artista plástico de reconocimiento mundial, es un hombre sencillo, ausente de poses, intelectual y comprometido con el proyecto llamado México. Le duele, como a mí, que las familias mexicanas se desintegren, que padezcan los estragos del hambre y las injusticias, que no tengan acceso a los servicios básicos de salud y que aquí y allá, en todas partes, les cierren las puertas de las oportunidades.

Siempre he pensado que el termómetro de una sociedad lo componen la infancia, adolescencia y juventud, de tal manera que si uno pretende saber si los habitantes de una comunidad, pueblo o ciudad son evolucionados o al contrario, miserables y negativos, habría que fijarse en las generaciones que en unos años más desplazarán a sus padres. Pedro, el artista, también lo sabe y por eso acentúa su trabajo con los menores.

Pedro Dávalos Cotonieto, artista y director del Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios de la Caña de Maíz, en Tupátaro, Michoacán, actualmente coordina el programa federal La cañita de maíz, cuyo objetivo es, precisamente, trabajar con la niñez, adolescencia y juventud de las comunidades para por medio del arte -escultura, grabado, pintura, canto, danza, teatro-, la historia local, el elaboración de artesanías y el aprovechamiento amigable e inteligente de los recursos naturales y del acervo cultural, propiciar un cambio positivo en cada sitio, conseguir que la gente renuncie a las dádivas y a los vicios y los sustituya por proyectos viables y trabajo productivo.

En la medida que las comunidades se integran y abren compuertas como las que propone Pedro Dávalos Cotonieto, las familias se unen, prosperan e insertan positivamente en la colectividad. Él, el artista, lo ha logrado en Tupátaro desde hace más de década y media, donde los purépechas que habitan el poblado se sienten orgullosos de sus orígenes y ahora protegen su patrimonio arquitectónico, cultural e histórico, simbolizado específicamente en la capilla colonial dedicada a Santiago Apóstol, relicario de obras sacras y su artesón y frontal del siglo XVIII (https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2015/07/16/la-belleza-los-tesoros-y-el-cielo-colonial-de-santiago-tupataro/).

Se han formado como artesanos de la caña de maíz. Hay que recordar que los evangelizadores españoles, al conocer esta técnica prehispánica, aprovecharon las habilidades de los nativos purépechas para que elaboraran Cristos e imágenes sacras con ese material tan ligero. Existe toda una organización dentro del taller donde se forman los habitantes de Tupátaro, al grado de que se ha convertido en eje de la vida comunitaria y en plataforma de otros proyectos colectivos; además, el artista ha sido cuidadoso al formar capacitadores que se responsabilizan de la gran tarea.

Amplio porcentaje de la población de Tupátaro, en el municipio michoacano de Huiramba, se dedica a la artesanía de pasta de caña, mientras otras familias, aprovechando la atracción de turistas por la llamada “capilla sixtina purépecha”, se dedican a la venta de alimentos típicos y bebidas como atole y chocolate. Algunos más se mantienen de la cría de aves de corral, al grado, incluso, de que personas procedentes de otras comunidades son contratadas para realizar diferentes labores.

Y si uno, como turista, queda asombrado con los tesoros coloniales que resguarda la capilla con orígenes del siglo XVI, la arquitectura típica en el centro del poblado y el taller de pasta de caña, experimenta deleite al conocer el Jardín de la Escultura Mexicana, donde el reconocido artista Pedro Dávalos Cotonieto tiene una exposición permanente de réplicas prehispánicas. Hay que recordar que el Instituto de Antropología e Historia lo ha comisionado durante muchos años para la creación de réplicas aztecas, mayas, olmecas, purépechas, teotihuacanas, toltecas y totonacas, entre otras culturas, que participan en exposiciones mundiales con motivo de los intercambios culturales.

El artista acompaña a los visitantes, les muestra y explica el sentido de las piezas, hasta que los conduce a otro taller, donde enseña la técnica y los procedimientos para elaborar piezas artesanales de pasta de caña. El paseo resulta una delicia para los sentidos y el conocimiento.

Con la encomienda de impartir el programa La cañita de maíz, Pedro Dávalos Cotonieto se traslada a las comunidades del Faro de Bucerías, en el municipio costero de Aquila, El Sabino, en Uruapan, y Capacho, en Huandacareo, donde trabaja arduamente para coadyuvar a que las familias progresen, se involucren y arraiguen en sus comunidades y sumen y multipliquen en vez de restar y dividir, porque finalmente de eso se trata, de dejar huellas indelebles para que otros, los que vienen atrás, sigan el camino e inventen otras rutas hacia horizontes plenos.

Mi querido maestro, como suelo llamarle, sirvió amablemente el chocolate que dejó preparado su esposa María Teresa Tzompantzi Reyes, mientras yo distribuí, también en la mesa de herraje que se encuentra en el jardín, el paquete con alimentos que llevé para almorzar.

La neblina matinal del sábado envolvió las montañas boscosas, mientras los pájaros, refugiados en las frondas, ofrecieron un concierto que acompañó nuestra conversación. Las rachas húmedas cobijaron nuestro encuentro, hasta convertirse, sin sospecharlo, en canto, poema, himno, acaso porque sin darnos cuenta, la plática amigable nos condujo a fronteras insospechadas, acaso por ser moradores de la casa universal del arte, quizá por la fraternidad que une a los seres dedicados a las tareas más sensibles, tal vez por la amistad de un artista plástico y un escritor.

Repasamos algunos capítulos de la historia del hombre que durante su más tierna infancia realizaba dibujos o hurtaba gises a sus maestras para tallarlos y crear figuras en miniatura, o que ya en su juventud enfrentó la disyuntiva de renunciar a sus estudios en la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México, o marcharse de la casa (https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2015/08/14/pedro-davalos-cotonieto-la-vida-de-un-artista/).

Pedro Dávalos Cotonieto es un artista auténtico, muy lejano de aquellos que calificándose de sensibles, dedican más tiempo a la presunción de sus reconocimientos que al proceso inacabable de la creación; además, es un luchador social que cotidianamente, sin armas ni violencia, promueve los cambios que requieren Michoacán y México.

Felizmente es mexicano. Quiere a su país, le lastiman las desigualdades e injusticias y se entrega al arte como aquel enamorado que no se concibe en la vida sin su amada. No todos, en el mundo, tienen el privilegio de llamarse Pedro Dávalos Cotonieto ni de ser artista y personaje de su época.

Este artista tiene mucho que aportar durante los próximos años; sin embargo, cuando un día descienda el telón de su existencia, los restos del hombre grandioso que tanto ha dado a Michoacán y México, reposarán en una tumba dentro del Jardín de la Escultura Mexicana, en un sarcófago diseñado especialmente por él y con una réplica de la cruz maya que se localiza en Chiapas, entre otros elementos prehispánicos.

Acordamos reunirnos próximamente con la intención de volver a convivir e intercambiar conocimientos y experiencias. La caminata de las horas es impostergable. Me despedí y ambos, como siempre, nos abrazamos fraternalmente. Estamos acostumbrados a zambullirnos en el océano de la inspiración y el arte. Me sentí afortunado porque no cualquiera tiene la fortuna de coincidir en la vida con un artista grandioso. Puedo afirmar con orgullo, en este y en aquel rincón del mundo, que mi gran amigo se llama Pedro Dávalos Cotonieto, a quien miré, conforme me alejaba de su casa, empequeñecer en la reja del jardín; pero al recorrer los parajes naturales y el pueblo, lo descubrí en todas partes, sí, en las artesanías de pasta de caña, en los muros de adobe, en los tejados, en los árboles, en el atrio del templo, en el artesón, en el frontal, en el nombre de Tupátaro.

Santa Clara del Cobre, su gente, su historia, su artesanía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En la fragua, el artesano sostiene las pinzas que sujetan el cazo, mientras otro hombre estimula el aliento del fuelle para que el artefacto, enrojecido e irreconocible, reciba las caricias de la lumbre; más tarde, caen pesados y en sincronía los cuatro marros que cincelan y dan forma al cobre.

El calor, la lumbre, el martilleo, la técnica artesanal que data de centurias, el diseño, la creatividad, conviven en cada taller de Santa Clara, donde nacen el adorno, la campana, el cazo, la charola, el jarrón, la joyería, el objeto de cobre brillante, cubierto de plata, con laminilla de oro o con patina.

Del taller, las piezas pasan a las salas de exhibición en Santa Clara del Cobre. Tras un objeto fascinante, están, en la fragua, las bigomias, los fuelles, los marros, los martillos, las mochas, los punzones, las tenazas y una multiplicidad de herramientas.

Y es que en Santa Clara se transforma el cobre burdo, informe, en pieza de colección. Los pobladores, en su mayoría de origen purépecha, llevan el aliento y el color del cobre en el corazón, en la piel, en la sangre. Desde hace siglos convive con ellos y ya son, desde entonces, compañeros inseparables.

Centro metalúrgico con arquitectura típica y paisajes naturales, Santa Clara del Cobre fue asentamiento prehispánico de nativos que rendían tributo de sus labores al imperio purépecha.

Hace siglos, antes de que los navíos españoles cruzaran el océano que olía a aventura, a naufragio, a piratas, los pueblos de la región estaban próximos al río Sisipucho, llamándose algunos Anticua, Churucumeo, Cuirindicho, Huitzila, Itziparachico y Taborca.

Fue en 1530 cuando fray Martín de la Coruña agrupó a los nativos en la primera doctrina de la zona, denominada Santa Clara Xacuaro. La evangelización correspondió a misioneros agustinos, encabezados por Francisco de Villafuerte. Tres años más tarde, en 1533, fue expedida la Cédula Real para la fundación del pueblo, que recibió el nombre de Santa Clara de los Cobres.

Preocupado por los nativos recién agrupados y detectando su destreza en el manejo del cobre, Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, mandó por artífices españoles con amplia experiencia, quienes les enseñaron una multiplicidad de técnicas que les permitieron trabajar el metal con verdadera maestría. Los conocimientos ibéricos se añadieron a los precolombinos.

No conforme con la incorporación de nuevas herramientas y técnicas para la elaboración del cobre, ordenó la construcción de la huatápera, que fue la primera capilla de Santa Clara, donde actualmente reposa el Señor del Laurel.

Una de las materias primas que poseía el antiguo reino purépecha era, precisamente, cobre, metal con que los nativos fabricaban agujas, anzuelos, cascabeles, instrumentos de labranza, leznas, tarecuas y otros, que innegablemente inspiraban codicia en los aztecas.

Fue allí, en minutos de la Colonia, cuando los españoles ordenaron la construcción de una gran fundición para las monjas de la Regla de Santa Clara; sin embargo, en las horas del siglo XVII, un incendio consumió la factoría y parte del convento y del poblado.

De acuerdo con documentos de la época, Santa Clara de los Cobres estaba conformada, en 1765, por dos pueblos de indios naturales: Santa María Opopeo, conocido como El Molino, y Santiago de Ario.

Santa Clara del Cobre no sólo es arquitectura típica y artesanía; también es gastronomía e historia. Sus habitantes tuvieron una intervención bastante significativa durante el movimiento independiente del siglo XIX, ya que la población formaba parte del curato del insurgente Manuel de la Torre Lloreda.

Fue en 1858 cuando la población recibió el nombre de Santa Clara de Portugal, en memoria del brigadier Cayetano de Portugal, caudillo que murió durante su lucha por la libertad de México.

También se registró en Santa Clara del Cobre el primer levantamiento de armas en apoyo al pronunciamiento de Francisco I. Madero, encabezado por Salvador Escalante el 10 de mayo de 1911.

Cabecera del municipio de Salvador Escalante, Santa Clara del Cobre, también conocido como Villa Escalante, colinda con Opopeo y Zirahuén. La población conserva parte de su arquitectura típica que consiste, entre otros elementos, en muros de adobe, puertas de madera y tejados. Situado a 75 kilómetros de Morelia, la capital de Michoacán, Santa Clara del Cobre forma parte del programa federal de Pueblos Mágicos.

El jardín principal posee kiosco con techo de cobre, pérgola, más de 50 bancas de hierro, fuentes y faroles que contrastan con los portales con postes de madera, caserío con tejas, callejuelas, dos templos añejos, huatápera y al horizonte, imponentes, montañas pobladas de árboles.

Cabe destacar que el templo más vetusto está catalogado como edificación barroca con una torre ricamente ornamentada; el segundo, en tanto, es resultado de una reconstrucción que data del siglo XIX y presenta algunos elementos decorativos de cobre. Uno de los templos está dedicado a Nuestra Señora del Sagrario y el otro a la Inmaculada Concepción; frente al segundo se localiza la huatápera.

Una casona, en el mismo centro, es sede del Museo Nacional del Cobre, en cuyas salas exhibe hermosas piezas elaboradas por artesanos del lugar. En el patio del recinto se encuentra la réplica de un taller. El portón de la finca fue labrado en cobre por distintos artesanos purépechas.

Si inútil fue la vida de Pito Pérez, llamado en realidad Jesús Pérez Gaona, se trata de un personaje que inmortalizó José Rubén Romero en su obra literaria. Contra la envidia de quienes no trascienden a pesar de dedicar toda su existencia al estudio y al trabajo, Pito Pérez o Jesús Pérez Gaona, hombre alcohólico, amargado, cínico, holgazán y poeta, es recordado en Santa Clara del Cobre y su casa modesta es en la actualidad biblioteca pública. Curioso y paradójico que la habitación que albergó a un individuo haragán y vicioso, sea recinto de conocimiento. En la biblioteca se encuentra la primera edición de “La vida inútil de Pito Pérez”, ilustrada con dibujos alusivos al personaje.

Desde la casa que habitó tan singular personaje, hoy representado en obras de teatro, se distingue la torre de la iglesia donde solía permanecer durante incontables horas, narrando al escritor José Rubén Romero sus aventuras y quizá recitando: “¿qué favor le debo al sol por haberme calentado…?”

Entumido, irreconocible, envejecido, el campanario del templo agustino de la Purísima Concepción fue escondrijo de Jesús Pérez Gaona, quien rehuía las responsabilidades y atendía, en cambio, las insinuaciones de la cantera para sentarse, descansar, beber, contemplar el caserío y arrullarse con las caricias dulces y sensuales del viento.

Tras siete años de recorrer el “mundo”, Pito Pérez regresó a Santa Clara del Cobre como un pobre desconocido. Tocó las campanas del templo con el propósito de celebrar su retorno, ya que años antes había prometido volver triunfante; mas su osadía le costó la cárcel.

Desde el campanario pulsan las evocaciones de tan peculiar hombrecillo, quien compartió el pecho de su madre con un niño huérfano, fue castigado en la escuela con azotes, bebió vino y robó limosnas del templo… Tantas aventuras en una existencia de apariencia insignificante.

En la huatápera, primer templo colonial de Santa Clara del Cobre, reposa la antigua y enigmática imagen del Salvador del Laurel, busto de Cristo al que aman y veneran los moradores de la región. Cada año, tres días antes del domingo de Ramos, las familias de los seis barrios se organizan con la finalidad de ir a la campiña, a la llanura, al cerro, donde recolectan laureles. Unos se trasladan a caballo y otros caminando. Es día de fiesta.

Dedican todo el día a la recolección de laureles. En el pueblo, algunas mujeres preparan el almuerzo y la comida en gran cantidad para toda la gente que se reúne en el campo en busca de laureles.

Ya de regreso, elaboran una corona de laurel que colocan en la cabeza de la imagen colonial. En una mano porta un laurel y en la otra una palma.

El Salvador del Laurel es bendecido durante el domingo de Ramos. Lo llevan en procesión por las principales calles adornadas por las familias, quienes reciben laureles benditos.

De acuerdo con la tradición, el Salvador del Laurel es velado el viernes santo y lo regresan el sábado de Gloria a la huatápera con cohetes y música de viento, entre la algarabía del gentío que lo adora.

Otra costumbre ancestral de los habitantes de Santa Clara del Cobre es celebrar, el viernes de Dolores, la Procesión del Silencio. Sacan la imagen del Señor de la Agonía, el Santo Entierro y La Dolorosa que junto con incontables Cristos participan en la Procesión del Silencio durante la noche del viernes. Encapuchados cargan las imágenes sacras. Caminan en silencio. Algunos llevan velas. Otros tocan maracas a un ritmo fúnebre. Es noche de duelo.

El Sagrario, templo que colinda con la plaza principal, resguarda la imagen de un Cristo café de bella manufactura y la hermosa e inigualable escultura de la Virgen de Dolores, quien vestida de negro, siempre de luto, muestra un gesto dulce, tierno y, al mismo tiempo, triste. Se notan lágrimas en su rostro.

La gastronomía de Santa Clara del Cobre consiste, principalmente, en borrego preparado de distintas formas y platillos a base de maíz, entre los que destacan corundas y uchepos. También son célebres las tortas de carne molida cocida con limón, queso de puerco y una tostada de maíz en medio.

De piel morena por el linaje purépecha, ellos, los artesanos, dejan caer, uno a uno, los marros sobre el cobre, mientras otros sostienen las tenazas que sujetan el artefacto que abraza la lumbre febrilmente, hasta que a fuerza de trabajar surge la joya que ha de embellecer a la joven turista o la pieza que quedará en algún rincón de la casa o de la oficina como fragmento de una tradición ancestral en Santa Clara.

Tiripetío y su aroma a centurias e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cual fantasma o sombra que se repite una y otra noche, el silbato del ferrocarril irrumpe, sobresalta al caserío somnoliento, a la gente que se arrulla en un sueño apacible, a las manecillas acostumbradas a su ruta cotidiana, a las aves que anidan en las frondas, a los muros coloniales que cuentan la historia y las centurias.

Llega desfasado no sólo con la hora que corre, con el momento presente; algo le sucedió en el camino, en el devenir del siglo pasado. No llegó puntual a la modernidad; quedó atrapado en algún capítulo del ayer.

Igual que un rumor que arrastra el viento, el canto del silbato y el roce de las ruedas de acero sobre los rieles, las vías que reposan en durmientes ancianos y agónicos, evocan imágenes desvanecidas, viejos recuerdos, sentimientos consumidos. Como que forman parte de estampas añejas que provocan nostalgia.

Las noches serenas y silenciosas, en Tiripetío, con su escenario estelar, se desasosiegan ante el paso lento y pesado del ferrocarril que provoca rechinidos, ruidos que parecen eco de otros días. Avisa con anticipación su paso por el pueblo.

Es un evento que se repite. A una hora de la noche y a otra de la mañana o de la tarde, cuando el calor sofoca el aliento, la lluvia humedece la campiña o el frío entume el campo, se presenta con su aspecto de abuelo caduco, desfasado, olvidadizo. Camina fatigado, lentamente, irreconocible.

Cuando se disipa su voz de fantasma u olvida, por su edad, deslizarse por las vías, la noche parece otra; entonces, hasta se escucha el murmullo de los grillos, de los insectos nocturnos, y casi se adivina el roce áspero y misterioso de la milpa al ser acariciada por el aire.

Vagan las sombras del pasado en ese pueblo minúsculo de Michoacán, estado mexicano que se localiza al centro occidente del país. Es pequeño rincón del mundo donde funcionó, en minutos coloniales, lo que se consideró la primera casa de altos estudios de América. La fundaron los otros, los de entonces, los misioneros agustinos.

Allí reposa, junto al ex convento, el templo dedicado a San Juan Bautista, con su órgano vetusto sobre el coro. Sus flautas, pequeñas y grandes, un día de antaño unieron sus tonos, sus voces, para convertirse en concierto místico, en música sacra que se dispersó y envolvió el ambiente religioso del templo, cautivando a los feligreses, quienes devotos y absolutamente ensimismados, contemplaban la mirada de algún santo o escuchaban, atentos, el sermón del sacerdote.

El órgano fue fabricado en Pátzcuaro, Michoacán, el año de 1849, por Genaro Barrera. Reposa, abandonado y cubierto de polvo, sobre los tablones endebles del coro, en la parte alta del templo de San Juan Bautista, en Tiripetío, desde donde se contemplan, a través de los barrotes, el altar y los nichos que albergan a los santos.

Allí, entre los nichos y las reliquias, permanecen Cristo, con sus heridas, redimiendo a la humanidad; pero también la Virgen de los Prodigios, compasiva, y San Juan Bautista, como consuelo para quienes llegan a orar, a suplicar, con una veladora o desprovistos de todo, incluso de fe. Eso es, parece, el encanto y la magia de quienes siguen la religión católica.

En el templo fueron depositados los restos del encomendero Juan de Alvarado, quien falleció en 1551, exactamente diez años después de la fundación de Valladolid, la actual ciudad de Morelia; de fray Diego de Chávez y Alvarado, obispo electo de la provincia de Michoacán, que murió en 1573, cuando esperaba las bulas de su consagración; y de fray Juan de Ultrera, el mismo que construyó, en 1555, el majestuoso convento de Ucareo y que dio el último suspiro en los días de 1585, época en que era prior.

Ya desde la distancia, el templo de San Juan Bautista, construcción del siglo XVI, se distingue majestuoso, monumental, desafiante a los elementos, al ser humano, al tiempo, y compartiendo espacio con el ex convento del mismo nombre, que fue, por cierto, recinto de lo que se considera la primera Casa de Altos Estudios Mayores de América.

En 1538, los agustinos iniciaron la construcción de una majestuosa iglesia de mampostería que de acuerdo con las crónicas virreinales, contaba con fachada tan hermosa que en todo el siglo XVI no se edificó otra similar en Michoacán.

De acuerdo con documentos de la época colonial, el artesón del templo causaba admiración. La iglesia contaba con tres altares y, al frente, con tres retablos pintados al temple sobre el muro.

El templo tiene historia y tradiciones porque otra gente, en días ya lejanos, dejó sus costumbres, su fe, sus huellas, su estilo de vida. Cada generación aporta algo bueno o malo y lo hereda a quienes le siguen.

Una bula papal autorizaba, en aquellos años virreinales, que cada vez que se oficiara en el recinto una ceremonia litúrgica, una misa, se sacara un ánima del purgatorio. Tal era la importancia que concedían al templo de San Juan Bautista, en Tiripetío.

El coro, donde ahora se hunde en su soledad el órgano enfermo y manco, albergaba una diversidad de instrumentos musicales que daban mayor realce a las ceremonias religiosas.

Desde el pintoresco jardín, que exhala un aroma a planta fresca, a libertad, a tierra húmeda, donde los pájaros anidan y se persiguen en presuroso vuelo, ya se presiente la grandeza del templo, antecedido, desde luego, por su cruz atrial de piedra.

El portón de madera, vetusto, entre dos nichos con sus respectivas esculturas de piedra, ofrece una serie de retablos tallados que aunque el sol, la lluvia, el viento y los años se han encargado de alterar, todavía permiten definir contornos de figuras religiosas.

A la izquierda, apenas protegido por una puerta de madera, se localiza la monolítica pila bautismal, artísticamente tallada, fiel testigo de la conversión de indígenas de antaño a la religión católica y también, en nuestros días, de felices e inolvidables celebraciones, porque el pueblo mexicano hace una fiesta y un ritual de todo.

Prevalen el silencio y la oscuridad. El antiguo confesionario de madera, desolado, se localiza cerca de una puerta clausurada que conducía a lo que hoy son muros y ruinas conventuales.

Alguien entra al templo. Golpea, en un descuido, una de las bancas; el ruido se propaga en el recinto como la voz de un fantasma. Es una mujer con un niño. Se hincan. Lo persigna. Ocupan uno de los asientos de madera. Más adelante, una anciana apenas susurra una oración. Forman parte viviente del pueblo. Tienen costumbres y creencias inculcadas por los agustinos que se establecieron en el lugar el 12 de junio de 1537, cuatro años antes de la fundación de Valladolid.

Con apoyo de Juan de Alvarado, encomendero de Tiripetío, quien fue antecedido en el cargo por Hernán Cortés, primero, y posteriormente por el contador real Rodrigo de Albornoz, los agustinos emprendieron la tarea evangelizadora, para lo que erigieron un enorme jacal de adobe, donde oficiaron sus primeras misas.

El mismo año de su establecimiento, comenzaron a erigir un pequeño convento de piedra, en cuya planta baja se localizaban cocina, despensa, refectorio y salas de estudios y profundis; en el segundo nivel, en tanto, se distribuían más de una docena de celdas.

La construcción, concluida a fines de 1539, poseía, además, un hospital y una escuela de primeras letras, artes y oficios. El convento primitivo estaba techado, según referencias históricas, por una cubierta de madera.

De tal construcción, únicamente quedan algunos vestigios, contiguos a la sacristía y en el huerto del convento; en cambio, se desconoce la ubicación que tenía el antiguo hospital agustino.

Quien dé vuelta a esta y a aquella página caduca y amarillenta de la historia, repasará que cuando el encomendero Juan de Alvarado se enteró de que los otros, los agustinos, pretendían evangelizar la tierra caliente de Michoacán, solicitó al virrey Antonio de Mendoza su intervención para que los misioneros también lo hicieran en Tiripetío y sus alrededores, prometiendo ayudarles, a cambio, con la construcción del templo y el convento ya referidos.

Fueron Juan de San Román y fray Diego de Chávez y Alvarado, sobrino del encomendero, quienes tuvieron bajo su responsabilidad la tarea evangelizadora entre los naturales de la región.

Llegaron a Tiripetío el 12 de junio de 1537, dedicándose por completo a impartir la doctrina católica, organizar a la gente y, al mismo tiempo, aprender la lengua de los indígenas, quienes por primera vez recibieron el bautizo el 2 de febrero de 1538.

Así, la gente que otrora se encontraba dispersa en los parajes de lo que actualmente se conoce como cerro del Águila, participó con los misioneros y se involucró en las tareas orientadas a la construcción del pueblo, recibiendo asesoría de oficiales españoles que les enseñaron cantería y herrería.

Como contados pueblos en la Nueva España, Tiripetío poseía con todas las obras en un período constructivo, lo que lo convertía en modelo y, además, le propició el auge que registró durante las primeras décadas de la Colonia.

En aquella época, la del siglo XVI, Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, descansaba de sus tareas episcopales en el convento de Tiripetío, en una celda que los otros, los agustinos, le asignaban especialmente.

Ocupado por purépechas en los días prehispánicos, Tiripetío, que significa “lugar de oro” o “lugar amarillo”, fue aprovechado por los agustinos, en las horas coloniales, para organizar el trabajo de los indígenas, trazar calles y caminos y enseñarles nuevas técnicas de cultivos, hasta que en 1540, un año antes de la fundación de Valladolid, la actual Morelia, establecieron la primera Casa de Estudios Mayores de América, bajo dirección de fray Alonso de la Vera Cruz. Esa escuela fue trasladada, en 1545, a Tacámbaro.

El turista que visite el templo y el ex convento de San Juan Bautista, debe saber de antemano que Tiripetío fue uno de los principales centros artesanales de la región, siendo sus obras reconocidas en la misma España; pues en la población moraban canteros, escultores de madera y pasta de caña, carpinteros, herreros, pintores, plumajeros y sastres, entre otros.

A tal grado llegó el desarrollo en Tiripetío, que los músicos del lugar alcanzaron indiscutible prestigio por su virtuosismo en las catedrales de Valladolid y la ciudad de México.

Si bien es cierto que fue hasta 1548 cuando concluyó la ampliación del convento, una centuria más tarde, en 1640, un incendio consumió la mayor parte del templo, acabando así con su riqueza y sus exquisitos y finos acabados. La otrora fastuosa y soberbia construcción, perdió su decoración, siendo reedificada y logrando un aspecto como el que hoy pueden apreciar los visitantes.

Con la emoción que significa trasladarse al pasado, a la historia, a través de los vestigios, el paseante tiene oportunidad de ingresar al ex convento agustino, totalmente restaurado.

Administrado dos siglos y medio por los agustinos, el convento de Tiripetío fue entregado, en 1802, al clero secular, sufriendo un paulatino pero ininterrumpido proceso de deterioro, hasta que en 1940 el entonces presidente de la República Mexicana, Lázaro Cárdenas del Río, ordenó su rescate y restauración, incorporándolo como patrimonio de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Hoy, el ex convento de Tiripetío es museo y cuenta con un importante acervo de documentos microfilmados del Virreinato, abierto a investigadores. Imprime obras, ofrece cursos y talleres y es recinto de conciertos, conferencias, exposiciones y presentaciones de libros.

Los gruesos paredones del ex convento parecen suspirar al hacer una remembranza del discurrir de 1540, cuando ellos, los agustinos, organizaron en la ciudad de México su capítulo provincial, decidiendo fundar en Tiripetío, que entonces era modelo sobre la constitución de un pueblo y la evangelización de los nativos, un Centro de Estudios Mayores de Artes y Teología.

Para nadie es desconocido que los estudios que se impartieron en Tiripetío, eran similares a los que se ofrecían en las universidades de mayor prestigio de España. Allí fue electo el maestro que sería lector de Artes y Teología, correspondiendo el honor a fray Alonso de la Vera Cruz, considerado entonces el hombre más sabio de la Nueva España.

Los agustinos conservaron el convento y predicaron la fe durante 265 años, hasta que en 1802, antes del ocaso virreinal, la doctrina fue entregada al clero secular. Si bien los agustinos se resistieron a la entrega de Tiripetío por considerar que su convento era modelo y origen de muchas de sus obras, factores como las necesidades económicas y el decaimiento del poblado los motivaron a encauzarse al monasterio de Yuriria, que entonces era rico.

Por lo demás, el jardín anexo al templo y al ex convento de San Juan Bautista de Tiripetío, en el municipio de Morelia, es bastante amplio y pintoresco, con el rumor incansable de las aves que anidan en los árboles, con un kiosco, una fuente, una escultura de fray Alonso de la Vera Cruz y bancas que invitan a la convivencia, al descanso y a la reflexión.

Desde el pequeño huerto que actualmente se conserva en la parte posterior del ex convento, los visitantes distinguen los muros en ruinas de otra parte del complejo virreinal, como si exhalaran suspiros e historias ya no recordadas.

En el otro extremo del pueblo se localizan los restos que pertenecieron a la Hacienda de Coapa, actualmente ocupados por estudiantes normalistas. Esa es una historia aparte.

De acuerdo con la Relación de Michoacán, fue precisamente en las horas del siglo XIV cuando ellos, Hirepan y Tangaxoan, sobrinos del entonces poderoso Tariacuri, conquistaron Tiripetío y su región, agregándolo así al poderoso imperio purépecha.

Se cierran las páginas amarillentas y quebradizas de la historia de Tiripetío, y desciende, como siempre, el telón de la noche; pero el rumor del ferrocarril desasosiega, inquieta, acaso porque también, igual que las cosas del ayer, comienza a diluirse y a quedar su otrora imagen romántica en estampas amarillentas y quebradizas.

Hay cosas que mueren cuando la primavera multicolor y perfumada anuncia su nacimiento, y cuánta nostalgia provoca recordar, en cualquier rincón del mundo, lo que se ha vivido, lo que quedó atrás, como muy bien lo simbolizan los muros derruidos a un lado del templo y el ex convento dedicados a San Juan Bautista.

Magia, tradición y sincretismo en la noche de muertos de la zona lacustre de Pátzcuaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Permanecen desolados y silenciosos, igual que un libro abandonado y viejo que resguarda identidades, fechas e historias. Tan melancólicos como los sepulcros, los árboles inclinan sus ramas balanceadas por el viento. Las tumbas también contienen nombres anónimos, datos y hasta epitafios de quienes un día, una tarde o una noche, acaso sorprendidos por la fugacidad de la existencia, concluyeron la jornada, se retiraron del camino y abandonaron sus proyectos, juegos e ilusiones, con los claroscuros que significa la trama de la vida.

Todas las noches, cuando la bóveda celeste exhibe y presume el más magistral de los escenarios con incontables luceros que alumbran y estimulan a sentir la fuerza del universo, el frío envuelve las sepulturas en la zona lacustre de Pátzcuaro, mientras la neblina gravita como para cubrir la ausencia de quienes partieron a otro plano y se convirtieron en ayer, en recuerdo, en olvido.

El ambiente sideral se modifica la noche del 31 de octubre y las madrugadas del 1 y 2 de noviembre de cada año, cuando las estrellas plateadas comparten su luminosidad con velas, cirios y veladoras que de pronto, en los cementerios de los pueblos indígenas que rodean al lago de Pátzcuaro, son prendidas por quienes aún permanecen en el mundo y aguardan el retorno de las ánimas de sus familiares y amigos.

Nadie como el pueblo purépecha, especialmente en la zona lacustre de Pátzcuaro, en el estado mexicano de Michoacán, para celebrar la Animeecheri k´uinchekua o “fiesta de las ánimas”, o la Animecha kejtzitakua u “ofrenda de las ánimas”. En un sincretismo de la cultura prehispánica y las doctrinas evangelizadoras que los misioneros españoles emprendieron a partir del siglo XVI, la noche de muertos resulta emotiva, irrepetible y mágica.

De la oscuridad y desolación nocturna, en los cementerios purépechas, brotan los colores amarillo y naranja de las flores de cempasúchil, alumbradas por las flamas de velas y veladoras, como si la vida se empeñara, a pesar de las sombras de la muerte, en reaparecer, en manifestarse una y otra vez en un paraje que definitivamente pertenece a quienes se ausentaron del mundo.

Entre las sombras nocturnas y las llamas amarillas, azuladas, naranjas y violetas, surgen, apenas visibles, los rasgos indígenas de los purépechas que velan en los cementerios, el 1 de noviembre, a los “angelitos”, a los niños que renunciaron a los días de su existencia, a los juguetes, a la escuela, a la oportunidad de probarse como seres humanos, y el 2, en tanto, a los adultos, a quienes también se apartaron del camino por alguna causa, por una enfermedad, un accidente o de manera natural, y dejaron, en consecuencia, las páginas en blanco.

Fieles a sus costumbres y tradiciones ancestrales, los nativos acuden puntuales, cada año, a su cita con los muertos, a quienes colocan ofrendas con flores, agua, alimentos, panes, retratos, bebidas alcohólicas y objetos que identifican a quienes ya se marcharon y retornan una vez al año.

En un ambiente de misticismo, casi mágico e incluso de festividad, los purépechas esperan la visita de sus muertos con oraciones y ofrendas que les servirán para regresar a lo que definen como más allá.

Los arcos cubiertos de flores de cempasúchil, colocados devotamente en las tumbas, recuerdan un año o menos del fallecimiento de las personas, hombres y mujeres que alguna vez, en sus mejores días, también acudieron al cementerio con la intención de velar y esperar a sus muertos.

Ellos, los purépechas, preparan los altares en sus casas, con ofrendas y hasta con los retratos de sus seres amados, como lo hacen, igualmente, en los panteones. En el caso de los angelitos, de los pequeños que siguieron rutas diferentes y opuestas a las de la vida plena, sus familiares colocan en las ofrendas los objetos que les pertenecieron, los juguetes que los alegraron, las cosas que les gustaron, la comida y las golosinas que los deleitaron.

Quizá la velación más célebre en el mundo es la de la noche del 1 y la madrugada del 2 de noviembre, cuando los indígenas esperan el regreso de las ánimas. La noche de muertos ha sido declarada Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Encuentro de dos culturas, la indígena, la purépecha, y la europea, la española. Sincretismo de dos civilizaciones, de dos estilos y creencias diferentes. La fiesta de muertos, en los pueblos de la región de Pátzcuaro, es digna de admirarse.

Y la mejor forma de conocer y disfrutar esa celebración indígena no es, como anualmente sucede en Pátzcuaro y Janitzio, arrojando basura, consumiendo bebidas alcohólicas y alterando el orden, sino recorriendo los altares y las ofrendas con respeto, dialogar con los purépechas, conocer sus costumbres y tradiciones, explorar las fiestas de los nativos, observar los altares y las ofrendas y divertirse con la alegría de la vida que se consume cada instante, igual que la noche y la cera de las veladoras atrapadas en bolsas blancas que con tanto esmero depositan las autoridades eclesiásticas en el vetusto e imponente atrio de Tzintzuntzan.

Uno puede recorrer gran cantidad de pueblos purépechas, alrededor del lago de Pátzcuaro, para encontrarse de frente con la noche de muertos y contemplar el paisaje lacustre.

Cuán bello, verbigracia, resulta trasladarse al mirador, entre Cucuchucho y Ucasanástacua, para contemplar el ambiente sidéreo, la profundidad de un cielo incendiado por incontables estrellas, y admirar, a la vez, las luces que provienen de los caseríos de las islas de Janitzio, Yunuén y La Pacanda y de otros poblados indígenas, reflejados en el manto acuático, ennegrecido por la noche helada que parece susurrar al oído los ecos de los campanarios y las voces purépechas, reunidas en los cementerios, para repetir “vive, vive, vive”.

OTRA VERSIÓN

¿Qué es una flor, si no un suspiro fugaz? ¿Qué la vida, si no una sucesión de capítulos y eventualidades que forman una historia, un libreto, una comedia que al final concluye y queda cual recuerdo y posteriormente, al descender el telón del tiempo, se extravía en el olvido?

Vida. Muerte. Recuerdo. Olvido. Día y noche. Risa y llanto. Alegría y tristeza. Claroscuros de la vida. Igual que las flamas de las velas que parecen danzar al recibir las ráfagas de viento helado y se extinguen ante la cabalgata de las horas, los hombres y las mujeres purépechas, en la zona lacustre de Pátzcuaro, escriben las tramas de sus existencias desde el cunero hasta el sepulcro.

Parece que conforme transcurren las horas, los días, los años, los difuntos pretendieran refugiarse en los corazones y no desvanecerse de la memoria de quienes aún conservan el aliento de la existencia.

Y es que en las tumbas, entre flores de cempasúchil y nombres y apellidos de personajes anónimos, todo parece tan efímero como el cielo nocturno cubierto de estrellas o el hálito del aire que barre la hojarasca y la dispersa en las calzadas rústicas custodiadas por sepulturas indígenas.

Cada sepulcro esconde una identidad, un rostro, una trama, una fecha, un proyecto de vida que en algún instante del ayer quedó trunco y que luego, cada 1 y 2 de noviembre, ellos, los nativos de los pueblos lacustres, recuerdan y honran con oraciones y ofrendas.

Carcomidas por las caricias del aire y la lluvia, por la visita de la polilla y el sol, u oxidadas por la acumulación de los minutos inexorables, las cruces de madera y de hierro asoman inclinadas y melancólicas en los montículos de tierra, compartiendo silencio y soledad con residuos de cera y flores marchitas, y acentuando su humildad, su sencillez, ante criptas de mayor fortaleza y ostentosidad.

Los árboles desgajados y las ramas agachadas, cual fantasmas atormentados, hunden sus raíces en la intimidad de la tierra sin importarles compartir el espacio con cuerpos carentes de porvenir, con hombres y mujeres, con niños, jóvenes, adultos y ancianos que duermen profundamente, ajenos al palpitar de la vida en el mundo.

Sopla el aire helado. Es un viejo coleccionista, un avaro que reúne apasionada y esmeradamente, como el infante sus estampas, los pétalos y las hojas que caen y se secan, hasta fragmentarse y quedar consumidas, compartir el mismo destino de la gente.

Aquí y allá reposan los difuntos en la profundidad, entre piedras y tierra, indiferentes a la luz y a la noche, próximos a caracoles, gusanos y raíces. No desconocían, en vida, que tal sería su suerte. Así quedaron sus antecesores, hace siglos, sepultados con sus ídolos.

Con rostro oculto y diferente, es el otro pueblo. Hay colonias y secciones en los cementerios. Moran los indígenas que otrora, ayer o anteayer, eran habitantes de los poblados. Comparten territorio amigos, familiares y adversarios. Todos están juntos. Es su nueva población. Es morada de murmullos, penumbra y soledad. Son huéspedes. Los cuerpos duermen, permanecen quietos, hasta que se desmoronan y fusionan con el polvo, con la tierra, en un incesante palpitar.

Los caracoles se arrastran en los montículos, en las lápidas, en las calzadas sombrías de tierra; las lombrices se introducen a agujeros, se esconden entre raíces y hierba; los abejorros zumban, manosean cruces y sepulcros sin recato. Las flores silvestres y los matorrales crecen y cubren las tumbas olvidadas durante el año. Pululan los insectos ante la indiferencia de los muertos, pequeños y grandes, que yacen en el gran silencio y cuya esencia grandiosa reposa en planos superiores.

Finalmente, porque todo ciclo se cumple, han de coincidir la familia y los amigos, todas las generaciones. Habrán de estar juntos padres e hijos, abuelos y nietos, amigos y adversarios, parientes, hombres y mujeres que se amaron y otros, igualmente, que se odiaron, que escribieron anónimamente, sin sospecharlo, las historias de sus pueblos, compartiendo un destino, un sendero, en determinado lugar e instante. Quedaron cerca de su pueblo, donde las casas son de adobe y la lengua una dulce melodía que tiene similitud con las voces de los ríos, del aire y de la lluvia.

Las palabras de amor, las rondas infantiles, las miradas de ternura y odio, la felicidad y la tristeza, el nacimiento y la agonía, la esperanza y la desilusión, las tertulias, los proyectos, las jornadas en la campiña, todo se agota, se consume, se reduce en las tumbas. Nada queda. Desde el humilde y modesto sepulcro -montículo de tierra con cruz de madera o lámina-, hasta el más suntuoso -el de mármol-, es hogar, refugio, escondrijo de un cuerpo ausente de futuro, de una historia irrepetible, de una identidad con anécdotas y claroscuros.

Inseparables, acaso porque no se concibe uno sin el otro, el pueblo de los vivos y el de los muertos -necrópolis- comparten alegrías y tristezas. Ellos, los purépechas que aún moran en los poblados lacustres, acuden puntuales a su cita, a su encuentro, el 1 de noviembre de cada año, al cementerio, a las tumbas donde reposan los pequeños, los “angelitos”, como les llaman, para acercarles ofrendas, orarles y recordarlos con gran amor.
Sus padres, hermanos, abuelos, tíos, padrinos, todos los que sintieron amor por ellos, les llevan agua, flores, fruta, pan, juguetes y veladoras, que colocan en las tumbas recién lavadas, para posteriormente, muchas veces entre lágrimas, orarles y recordarlos como eran en el mundo, alegres, risueños, o tal vez huraños, tímidos, traviesos. Esa, al parecer, la trama de la vida.

Motivados por el amor tan intenso que sintieron por ellos y quizá porque ya palpitan en sus corazones, algunas comunidades indígenas, como la de Cucuchucho, acostumbran llevar calabazas, chayotes, dulces y gelatinas a los pequeños difuntos.

No obstante, hay quienes depositan juguetes en las criptas infantiles. Colocan las canicas, el carrito, el soldado, la muñeca, la estufa, los jarritos, la pelota y las tazas minúsculas, para que ellos, los pequeños que murieron e interrumpieron los capítulos de sus existencias, se diviertan como antes, cuando el colorido de la campiña se retrataba en sus pupilas, el sabor de las golosinas deleitaba sus paladares y las ilusiones y risas eran su pasión. Suspendieron, por alguna causa, sus actividades mundanas. Concluyeron la jornada muy temprano.

Muñecas, pelotas, sonajas, objetos para un mundo minúsculo, dedicados a la memoria infantil, a las siluetas diminutas, casi desvanecidas, que se hospedan en la memoria, en los corazones, y provocan amargura y dolor. Llanto ante la ausencia del niño, de la niña, que una mañana nebulosa y fría o una noche desconsoladora y tempestuosa, se retiraron de la cuna, del juego, del campo, de la escuela, de las sillas que les correspondían, para arrullarse con el canto de la muerte coqueta, hechizante, seductora. Se fugaron de sus lugares. Dejaron espacios ausentes en los corazones, en las familias, en las escuelas, en las comunidades. Melancolía. Evocaciones. Incontables flamas de velas y veladoras en el ambiente nocturno. Oraciones. Llanto. Ofrendas. Risa. Añoranzas.

Fundados en el discurrir del siglo XVI, en el amanecer de la Colonia, los pueblos de linaje purépecha son costumbristas, fieles a sus festividades y tradiciones; por lo mismo, cuando las pinceladas de la tarde tiñen el celaje, anunciando el ocaso, los moradores caminan por las mismas callejuelas que otrora, hace un día, una semana, un año o una centuria, transitaron sus difuntos. Caminan al cementerio, a las tumbas, a lo que en esos lugares suelen llamar “campo santo”. Es un ritual mágico.

Esa tarde, la del 1 de noviembre, al percibirse el aire frío que acompaña a las sombras, las familias llegan a los altares y ofrendas que previamente colocaron para sus difuntos. Los arreglos tienen flores de cempasúchil, calabazas, cirios, veladoras y otros motivos. Si el ser querido tiene un año o menos de haber fallecido, instalan en su sepulcro un arco de carrizo con flores de cempasúchil, que es la de los muertos.

Los altares, invadidos de flores amarillas y naranjas, reciben ofrendas, entre las que destacan calabazas, panes, cigarros, fotografías de los difuntos, fruta, agua para el regreso, e incluso la comida y el vino que acostumbraban consumir.

Tal es la vida, con su eterna dualidad, el día y la noche, la risa y el llanto, la alegría y la tristeza, el cunero y el ataúd. La noche de muertos es de tradición añeja, pero motiva a reflexionar sobre la estancia en el mundo.

EN CUCUCHUCHO

“Las tradiciones del pueblo purépecha son hermosas y profundas. Nuestros abuelos legaron una historia bella y grandiosa. Hoy, como cada año, esperamos con emoción el regreso de las ánimas de nuestros familiares, y por eso estamos reunidos aquí, en el cementerio de Santa Catarina, en Cucuchucho, con altares y ofrendas”, refiere Margarita Silvestre Santiago.

Envuelta en su rebozo y su vestuario autóctono, la mujer de 85 años de edad, acompañada de su esposo José Bernardino Pablo Villegas, con 94 años, arreglaron la tumba de la familia, la limpiaron, retiraron la hierba que invadía los bordes y colocaron un altar con flores de cempasúchil, velas, veladoras, panes, bebidas y alimentos como los que agradaban a sus parientes fallecidos.

Margarita ha cumplido, no le ha fallado a su suegra, Catarina Villegas Ramos, quien falleció hace 38 años. “A diferencia de antes, ahora ya no podemos cocinarle su platillo favorito porque se extinguieron los patos que vivían en el lago. Le encantaba el caldo de pato con guajillo colorado”, aclara e indica que le llevaron sus cigarros Faros.

Conforme las horas caminan imperturbables, los descendientes de Margarita y José Bernardino llegan al cementerio. Ponen canastas con pan en forma de animales, pero también tamales, naranjas, chayotes, calabazas y elotes. La mujer lo mencionó en purépecha: curunda, purú, capopo, tiriapo, y aclaró: “si usted hablara purépecha, podría narrarle tantas historias para que conociera la belleza y profundidad de nuestro pueblo, lo que significan para nosotros la vida y la muerte”.

Margarita sabe que el tiempo huye y la vida se consume. Habla pausadamente y recuerda que sólo un año no acudió al cementerio porque se sintió enferma. Se quedó en casa a dormir, pero en un sueño febril apareció ella, su suegra, quien le pidió que se levantara de cama y se trasladara al panteón a velarla.

“Es que ellos, nuestros muertos, regresan a las 12 de la noche y parten de nuevo alrededor de las seis de la mañana”, aclara Margarita, quien explica que les preparan comida con mucho gusto y los esperan para estar en contacto una vez al año.

En otra zona del cementerio de Santa Catarina, muy próximo a la orilla del lago de Pátzcuaro, permanece solitario Carlos de Jesús, quien vela a sus hijas, a sus niñas que un día sellaron sus ojos y se entregaron al sueño de la muerte. Sólo él conoce su dolor.

Carlos de Jesús gastó más de mil 500 pesos en el altar y la ofrenda que dedicó a sus hijas. Reconoce que en Cucuchucho, como en muchos pueblos, es alto el índice de mortandad entre la población infantil y juvenil.

Cerca de la barda perimetral del cementerio de Santa Catarina, la familia Hipólito convive. Horas antes, en el lapso del día, rezaron cuatro rosarios en casa, donde también instalaron un altar y ofrendas.

Reunidos alrededor de la tumba de sus antepasados, dialogan y hasta bromean. El altar y las ofrendas representan un valor de cinco mil pesos, sí, cinco mil pesos en un país donde el salario mínimo es de 70 pesos diarios.

La familia Hipólito disfruta el altar con sus ofrendas y espera la llegada de las ánimas de sus antepasados. Colocan algunos objetos y alguien asegura con risa: “eso no se pone en la cabeza, sino en el corazón”.

LA TUMBA SOLITARIA

Los óleos de la vida y la muerte se reúnen y funden esas noches y madrugadas de noviembre para plasmar las costumbres y tradiciones ancestrales del pueblo purépecha. Las familias, reunidas alrededor de los sepulcros con altares y ofrendas, esperan a sus muertos; pero hay algo que trae congoja y son, precisamente, las tumbas abandonadas, solitarias, olvidadas por quienes alguna vez, sin duda, derramaron lágrimas ante la partida de sus seres amados. Por diversos motivos, los sepulcros permanecen solos, con mayor melancolía que otras noches, quizá porque uno siente, al mirarlos, que la trayectoria existencial puede ser tan bella y grandiosa que al final quede como legado una historia inolvidable que alumbre los caminos de los demás, o al contario, tan opaca y triste que deambule perdida en la oscuridad del olvido y la tristeza.

Rincones naturales en la Barranca del Cupatitzio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde el gusano y los insectos que se arrastran lentamente entre las hojas recién desprendidas de los árboles, hasta los pájaros que posan en las ramas, uno percibe el aliento de la vida, las expresiones de la naturaleza, el palpitar del universo, sensaciones que se acentúan cuando las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra revientan y salpican antes de fundirse en la corriente.

La espuma blanca e incendiada por el sol que asoma entre las frondas de los árboles y las hojas de los platanares, cubre fugazmente las tonalidades jade y turquesa de la corriente turbulenta que se ondula y derrama en vertederos que humedecen los helechos, las cortezas musgosas, los cafetales, la maleza y las rocas abrazadas por raíces de ceibas añejas y corpulentas que se balancean al recibir las insinuaciones del viento.

A partir de La Rodilla del Diablo y la cascada El Gólgota, el agua diáfana y helada es expulsada por los poros de la tierra. Como concierto que encanta los sentidos, el rumor de las cascadas, de las fuentes y del río ofrece, en unión con el trinar de las aves y el susurro del viento que acaricia los árboles, uno de los espectáculos más bellos, acaso porque sus rincones parecen fragmento del paraíso, de un sitio insospechado que sólo aparece en los sueños y que al conocerle, al palparlo, invita a desentrañar sus misteriosos atractivos.

Aquí y allá, en todos los escondrijos, por las calzadas y los puentes, entre la corriente y las cascadas intoxicadas por la fragancia de la naturaleza, por el aliento que despide el bosque fresco y sombrío, el aventurero, el caminante, el que se atreve a convertir la vida en algo más que una rueda vertiginosa que ata a lo cotidiano, a las modas y a la televisión, a la rutina, descubre los rasgos de la creación y siente, al fin, que forma parte de un todo que pulsa en el universo.

Acariciado por el clima benévolo de Uruapan, el trotamundos acude puntual a su cita con la naturaleza, en el Parque Nacional “Eduardo Ruiz”, en la Barranca del Cupatitzio, para percibir, al caminar por los senderos, los aromas, el sonido, las tonalidades de la libertad y la plenitud.

Mientras anda por las rutas y veredas diseñadas para admirar la fauna y la flora, el río, las cascadas, las fuentes y los pequeños vertederos, el turista recibe el abrazo de la vida.

Desciende escalinatas o las sube, cruza puentes, detiene su marcha ante una cascada o frente a las tonalidades azuladas, blanquecinas y verdosas de la corriente turbulenta, para comprobar que allí, en algunos lugares de la barranca, brota el agua que forma el río Cupatitzio. Es un espectáculo mágico, hechizante, maravilloso. El paisaje subyuga.

El terruño que otrora, entre postrimerías del siglo XIX y la aurora del XX, perteneció a la familia Ruiz y estaba dedicado al cultivo de café, junto con otros árboles frutales y de ornato, es el extraordinario y paradisíaco Parque Nacional “Eduardo Ruiz”. Cupatitzio significa, en lengua indígena, la purépecha, “en el agua”.

Todo posee nombre. Cada rincón es identificado por algo en especial. Las cascadas se llaman Las Camelinas, Cola de Caballo, El Gólgota, Manantial La Yerbabuena, Manantial El Pescadito, Manantial Rodilla del Diablo.

Las fuentes, en tanto, fueron bautizadas como Cutzi, Xipácata, Eréndira, Cola de Pavorreal, Velo de Novia, Los Espejos, Flor de Lluvia, Uriata y El Tornillo. Los puentes son Recién Casados, Los Enamorados, Del Recuerdo, La Yerbabuena y El Gólgota.

Adicionalmente, la Barranca del Cupatitzio resguarda 84 especies de hongos, 213 de vertebrados terrestres, 495 de plantas nativas, dos de anfibios, tres de reptiles, 14 de aves, cinco de mamíferos, cuatro de orquídeas y 28 endémicas.

¿Quién que es no siente fascinación al recorrer los rincones de Barranca del Cupatitzio? Aquí y allá crecen aguacates, ahuehuetes, bambú, cedros, chirimoyas, encinos, eucaliptos, fresnos, guayabas, helechos, higueras, hongos, tzirandas, laureles de la India, mangos, musgo, pinos, platanares y tulipanes, entre otras especies donde coexisten ardillas, codornices, colibríes, comadrejas, golondrinas, mapaches, murciélagos, palomas, tecolotes, tejones, tlacuaches y zorrillos.

Conocida por los indígenas purépechas desde horas inmemorables, la Barranca del Cupatitzio posee un paraje, el de la Rodilla del Diablo, que conserva una misteriosa leyenda que data de la Colonia.

Refiere la tradición que en los días en que Uruapan olía a conquista, a evangelización, a misiones, en el siglo XVI, fray Juan de San Miguel estaba dedicado a organizar a los indios, cuando éstos, asustados y preocupados, aseguraron que el agua tan abundante en la región, escaseaba y no disponían ni para preparar sus alimentos.

El calor abrazaba y acariciaba frenéticamente la región, provocando sed, desesperación y sequía. Algo estaba ocurriendo. El clima ardiente desgarraba los poros de la naturaleza, agrietaba la tierra, hundía sus garras.

Agotados por la búsqueda infructuosa de agua, ellos, los nativos, recurrieron a la magia, a ritos de adivinos y brujos; pero todo intento resultó, igualmente, ineficaz. No resolvían el problema que crecía conforme avanzaban los minutos, las horas, los días, las semanas.

La comunidad indígena decidió ir al convento franciscano donde moraba fray Juan de San Miguel, quien indicó, preocupado, que al siguiente día, en la madrugada, todo el pueblo tendría que acudir a misa para posteriormente ir en procesión hasta el río.

Místico, el fraile inició su oración a la orilla del Cupatitzio. Su voz se propagó en la barranca. Dijo que era el maligno, el diablo, quien envidioso por la conversión del pueblo a la religión católica, había secado el manantial.

Tras dar su explicación, el misionero franciscano recurrió a la oración, a los incensarios, al agua bendita, para llamar al demonio perverso y ordenarle su partida del venero.

Las últimas palabras del fraile -“…demonio perverso, que te retires”- resultaron sofocadas por un estruendo ensordecedor, diabólico, y una hediondez que lastimó los sentidos de los testigos.

Indefenso ante el conjuro del religioso, él, el diablo, huyó furioso, precipitado, en una nube de humo; pero resbaló en el peñasco al mismo tiempo que sus maldiciones se propagaron por todos los rincones del barranco.

Estupefactos, los nativos reaccionaron minutos más tarde al notar que brotaba, como antes, el agua, quedando en el peñasco las huellas que dejó el diablo al caer y golpear su rodilla. Fray Juan de San Miguel hizo el milagro.

Hoy, los visitantes aprecian, en su recorrido, la peña denominada Rodilla del Diablo. Es un sitio, un rincón popular, donde se desborda la fantasía de los mexicanos.

Excelso, el Parque Nacional “Eduardo Ruiz” cuenta, además, con espacios para senderismo y observación de aves. Es refugio de quienes aman la ecología. Rincón terreno para que discurran las horas placenteras.

A la orilla de Uruapan, en la Barranca del Cupatitzio, el Parque Nacional “Eduardo Ruiz” recibe los ósculos de un clima que mece las hojas de los platanares y la vegetación que la corriente caudalosa e inquieta refresca una y otra vez, mientras el rumor de la naturaleza abrupta y libre pulsa en cada rincón.

La Huatápera de Uruapan, signo de las horas coloniales en Michoacán

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como el ropero de la abuela que exhala aromas del pasado, sus muros añejos encierran el eco de otros días, el murmullo de gente que una hora y muchas más de la Colonia escribió su historia en Uruapan, ciudad enclavada en el estado mexicano de Michoacán.

Quien camina por el corredor con columnas de madera y asoma por las ventanas con marcos de piedra que recuerdan el estilo mudéjar, descubre en La Huatápera fragmentos del siglo XVI, huellas impregnadas por los misioneros franciscanos durante su paso por esa tierra tan fértil.

El patio de La Huatápera, localizada entre el ex convento de San Francisco y el templo de la Inmaculada Concepción, es amplio, empedrado y con una cruz atrial, también de la Colonia, que realza la arquitectura típica de lo que fue el hospital y albergue de indios.

Un fresco del siglo XVI permanece en uno de los muros de lo que fue la capilla de La Huatápera, donde indudablemente se celebraron incontables ceremonias religiosas para los indios purépechas. La Huatápera, considerada, sin duda, el primer hospital para indios en la Nueva España, tuvo una capilla que fue conocida como del Santo Sepulcro.

En los frescos se distinguen ángeles con instrumentos musicales y abajo, a unos centímetros, jerarcas de la Iglesia Católica. El arco de la capilla presenta un alfiz ornamentado con relieves. Incluso, sobre la puerta se distinguen un par de escudos pertenecientes a la Orden Franciscana y una escultura de San Francisco.

Los postes que forman parte del corredor de La Huatápera de Uruapan, son de madera, mientras los marcos de piedra de las pequeñas ventanas disponen de una decoración relacionada con motivos vegetales, muy similares al estilo mudéjar.

Y es que La Huatápera, primera edificación colonial en Uruapan, fue fundada por fray Juan de San Miguel en el discurrir de 1533 con la intención de que los indígenas purépechas contaran, al menos, con un hospital que funcionara, adicionalmente, como posada y sitio de reunión y aprendizaje.

La Huatápera, que en lengua purépecha significa “lugar de reunión” o “sitio donde se puede llegar”, recibió, al inicio, a todos los nativos agonizantes, enfermos y heridos que fueron rescatados de barrancos y cuevas que les servían de refugio ante el temor que les inspiraban los conquistadores españoles, quienes arrasaban todo lo que encontraban a su paso en la antigua provincia de Michoacán.

Primero fue un techo endeble y posteriormente una construcción más firme; pero siempre, con la presencia benévola de fray Juan de San Miguel, los indios recibieron alimentación, curaciones, hospedaje y enseñanza.

Contemporánea a la fundación hispana de Uruapan en 1533, La Huatápera fue anterior, incluso, a los hospitales creados por Vasco de Quiroga en Santa Fe de la Laguna, en la ribera de Pátzcuaro, y en Santa Fe del Río, cerca de Numarán, con uno y dos años de diferencia, respectivamente.

Al morir fray Juan de San Miguel, fundador de Uruapan y de otros pueblos, La Huatápera, que entonces ocupaba mayor extensión, quedó en manos de los nueve barrios que en el siglo XVI pertenecían a la ciudad; no obstante, fue allí, en el hospital franciscano, donde Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán y otrora oidor de la Segunda Audiencia, por mandato del rey Carlos V, moró los últimos días de su existencia, hasta que falleció en 1565. Era originario de Madrigal de las Altas Torres, España. Nació en 1470.

La barbarie prevaleciente en todas las centurias, provocó la mutilación paulatina de una porción muy importante de La Huatápera; sin embargo, el antiguo hospital franciscano funciona hoy como Museo de Arte y Tradición Indígenas, independientemente de que es, cada año, espacio dedicado al Concurso y al Tianguis Artesanal de Semana Santa, reconocido mundialmente.

Celdas otrora silenciosas, oscuras, solitarias, hoy alumbradas por los reflectores del museo, de las que se desprende el aliento de horas ya consumidas y atrapadas en las páginas de la historia, como el ropero de la abuela que tiene tantas cosas que despiertan la admiración cuando uno es niño.