Niños, Adolescentes, Jóvenes: Renata Sofía, la artista*

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es artista. Trae consigo la esencia de la creación, el estilo y la inspiración, la sensibilidad, el amor y la pasión por el arte. Dibuja, pinta y da forma y vida a los materiales yertos.

Escucha la música que tanto le gusta; aunque, en ocasiones, flota en su estudio ese ambiente de rumores y silencios que se percibe en los talleres de los artistas, y hasta a ella se le nota reflexiva, inmersa en sí, entregada a su creación.

Traza figuras y líneas sobre las hojas de papel o en el lienzo, y lo disfruta tanto, que traslada sus esbozos a otras fronteras, a sus sueños, mientras duerme, y a sus mañanas, tardes y noches, entre una hora y otra, porque el artista lleva sus obras en su ser. No renuncia a su arte.

Una vez concluido el dibujo, lo escudriña minuciosamente, lo revisa, lo observa desde diferentes ángulos, y lo perfecciona, si es necesario, hasta que desliza los pinceles, aquí y allá, con la destreza y seguridad de quien se fusiona en su obra, a la que entrega parte de su vida, un trozo de su ser, un semblante de sí, la magia del proceso creativo que emula a Dios y a la naturaleza.

Ella, Renata Sofía, quien a sus 14 de edad ya posee su firma artística que plasma en cada dibujo, pintura y objeto plástico, conserva a su lado, entre libros y papeles de su escuela -la secundaria-, el caballete que su padre mandó fabricar, hace años, a un carpintero, y le regaló un sábado con la idea de estimular su creatividad y talento.

Un día, entre un juego y otro, alguna película y una más, su padre la invitó a pasear y la llevó cargada hasta la carpintería, donde, emocionada, descubrió, a sus tres años de edad, el caballete tan anhelado, el cual, desde entonces, forma parte de sus cosas tan queridas, en su habitación pletórica de muñecas, recuerdos, pinceles, fotografías y libros.

Y los siguientes años de su infancia, supo mezclar los juegos, las tareas, las diversiones, los paseos y el estudio con su pasión innata al arte. Dibujar y pintar son, para ella, prioridad, un gusto, una necesidad, un delirio, la llave que abre la puerta a un cielo infinito.

A los 11 años de edad, por actividades inherentes a la escuela, ya había participado en los teatros de su ciudad natal, a través de las artes escénicas; sin embargo, el dibujo, la pintura y la escultura fluyen en sus arterias, en su linaje, en su alma, en sus sentimientos, en su vida, en sus sueños, en sus ideales y en sus pensamientos.

Su madre y su padre le compran y regalan cuadernos de dibujo, lienzos, pinceles, espátulas, pinturas y materiales con la idea de que prosiga con su trabajo creativo, con sus obras de arte de adolescente.

Renata Sofía, realiza estudios secundarios y aprende Tae Kwon Do, en su país de origen, donde sueña y vive como adolescente, con el anhelo, cada día, de dedicar unas horas al arte, al dibujo, a la pintura, a la plástica.

Sabe que la grandeza consiste en la suma y multiplicación de detalles. Busca soluciones y respuestas favorables a los desafíos, los problemas y las adversidades, y aprovecha la corriente a su favor para crecer y evolucionar. No desconoce que los abismos, barrotes, fantasmas, muros y sombras existen en quienes no se atreven a ser ellos mismos ni a escalar la cumbre para trascender.

El artista es un ser cautivante, prodigioso y especial que conoce la entrada al paraíso y su retorno al mundo, al cual alumbra y guía con su arte que viene de su interior y del cielo sin final. Es un enviado de Dios, una estrella, que anticipa la belleza y los tesoros del infinito. Y Renata Sofía, como artista, promete algo grandioso.

* Niños, Adolescentes, Jóvenes, es una sección de este blog, basada en personajes e historias reales. Es un reconocimiento a las minúsculas que un día serán mayúsculas, a la infancia, a la adolescencia y a la juventud de todo el mundo. Por tratarse de menores de edad, en el texto se omiten apellidos y pueblos, ciudades y naciones de origen.

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La visita a un amigo de mi abuelo y sus recuerdos del 2 de octubre de 1968

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue una amistad que perduró y rompió fronteras impuestas por el tiempo, la ausencia y el espacio. Comprobé que para algunas personas, la amistad es algo más que un encuentro fortuito o un saludo casual; se trata, parece, de una historia de capítulos mutuos, instantes y años compartidos, convivencia irrepetible.

Aquella tarde, a mis 23 años de edad, llegué hasta su consultorio, instalado lujosamente en un edificio de la colonia Roma, en la Ciudad de México. Proporcioné mi nombre a la recepcionista, quien anunció al médico militar, al doctor Abelardo Zertuche Rodríguez, que yo, el nieto de su antiguo amigo Gonzalo Rojon, me encontraba en la sala de espera.

Con la alegría y emoción de identificar y recordar, en la profundidad de mi mirada, a su antiguo amigo, al compañero de sus correrías juveniles y sus proyectos en la etapa de madurez -a mi abuelo-, salió el hombre de su consultorio, quien por cierto nació el 14 de febrero de 1906. Me saludó amablemente, pasó su brazo sobre mi hombro y me invitó a platicar en su gabinete.

Me encontraba frente al amigo de mi abuelo. Por fin, tenía oportunidad de conocerlo, dialogar con él y comprobar, una vez más, que los personajes y las historias que relataba mi madre desde mi niñez, eran verídicas.

Contento y sonriente, me dedicó parte de aquella tarde, y narró anécdotas relacionadas con mi abuelo materno, sobre todo cuando le platiqué que algún día escribiría un libro referente a familias de antaño, incluida la mía. Desde la infancia he recolectado esa clase de historias y quizá, algún día, las escribiré y publicaré.

El hombre conversó con amenidad. Recordó historias que parecían extraviadas en los días de antaño, náufragas de otros momentos, y me lo agradeció al admitir que mi presencia le había alegrado la tarde, con el encanto de retornar a épocas pasadas de su existencia.

Abelardo Zertuche Rodríguez era un médico célebre. En su historial como profesionista, contaba entre sus pacientes a Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes, mejor conocido en México y en el mundo, a través de sus películas, como Mario Moreno “Cantinflas”. Él le operó los ojos. El mimo fue su paciente durante muchos años.

También dialogó acerca de la Revolución Mexicana que inició el 20 de noviembre de 1910, cuando él apenas tenía cuatro años de edad, y todo lo que vivió, en su niñez, adolescencia y juventud, en un México convulsivo que buscaba encontrarse a sí mismo, a pesar de sus contrastes y de los encuentros y desencuentros de sus protagonistas.

Me marchaba del consultorio, agradecido y feliz, cuando detuvo mi marcha. Calló unos instantes, me miró reflexivo y advirtió que deseaba compartirme un tema que le parecía importante. Argumentó que al escucharme tan entusiasmado en mi proyecto de escribir libros -le entregué el que publiqué a los 20 años de edad. Oh, pecado de juventud-, pensó que tal vez me resultaría útil un dato ajeno a nuestra conversación, el cual, al paso de los años, indudablemente podría comentar públicamente.

Lo escuché. Habló pausadamente y con firmeza, y dijo que él había operado, años atrás, en 1968, al entonces presidente de la República Mexicana, Gustavo Díaz Ordaz, el cual, al registrarse la matanza de estudiantes en Tlatelolco, Ciudad de México, el 2 de octubre, permanecía en cama y en reposo, convaleciente de una operación que le practicó en los ojos, fecha en que su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, quien se convertiría en el siguiente mandatario nacional para mal del país, ordenó la embestida brutal contra los jóvenes que se manifestaban en la Plaza de las Tres Culturas.

Antes de concluir, se preguntó que quién más iba a saber las condiciones en que se encontraba el presidente Gustavo Díaz Ordaz, si él fue su médico y lo había operado en aquel período. El abuso de poder y la matanza, agregó, no fue ordenada por él, sino por el otro, quien abusó y se excedió con el pretexto de que las Olimpiadas, que se inaugurarían en el país el 12 de octubre de 1968, requerían, para su desarrollo, proyectar una imagen ordenada y pacífica de México. Gustavo Díaz Ordaz se responsabilizó a sí mismo de los acontecimientos, pero la mayoría ignora que el hombre se encontraba en proceso de recuperación tras la cirugía, completó el médico.

Añadió el galeno que tan enloquecido por el poder estaba Luis Echeverría Álvarez que, el jueves de Corpus Christi -10 de junio de 1971., ordenó otra embestida criminal contra estudiantes. Alguien tan cobarde, que no asume su responsabilidad públicamente y permite que un mandatario nacional se cumple totalmente de hechos tan reprobables, cuando en realidad estaba en cama, y posteriormente, ya con el poder absoluto en las manos, repite los asesinatos, ya como presidente de México, no merece credibilidad y sí, en cambio, el peso de las leyes y la condena histórica, recalcó.

El doctor Abelardo Zertuche Rodríguez confió en mí. Me dejó la encomienda de un día, cualquiera de mi vida, transmitir lo que él sabía acerca de la matanza de Tlatelolco, fecha que desde entonces, hasta el minuto presente, es motivo de marchas estudiantiles, cada 2 de octubre, en la Ciudad de México y en las principales urbes del territorio nacional.

Aclaro que, en lo personal, no simpatizo con la clase política mexicana que ha abusado del poder para beneficiarse en lo individual y favorecer a los grupos a los que pertenecen, siempre en perjuicio de la nación y de sus habitantes; sin embargo, hoy he escrito la información que me proporcionó el doctor Abelardo Zertuche Rodríguez, quien tenía un escenario más amplio sobre las condiciones de salud en que se encontraba al mandatario nacional, Gustavo Díaz Ordaz, en octubre de 1968.

Hoy, varios años después, cumplo la petición del amigo de mi abuelo materno, quien una tarde de mi juventud me regaló algunas horas de plática amena y me relató historias que contribuyeron a enriquecer mi anecdotario familiar.

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Mujeres de siempre: Ana de Lacalle Fernández, la vida de una escritora y filósofa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hilvanó sus días, su historia, su vida. Los primeros años primaverales -entre los 10 y los 12, los de la niñez y el preámbulo de la adolescencia-, transcurrieron entre las paredes del hogar, en la casa, donde sus únicos amigos fueron sus tres hermanos, y sus maestros, en tanto, su padre y su madre.

Como única mujer al lado de tres hermanos, porque la otra, la niña, nacería seis años después, Ana -Ana de Lacalle Fernández- aprendió juegos que entonces, los de alguna década de los 60 del inolvidable e irrepetible siglo XX, eran exclusivos para hombres. Para las niñas eran las muñecas, las casitas, los trastes, las pelotas con dibujos de princesas, soles y estrellas sonrientes, y los juegos de belleza; los niños, por su parte, se entretenían con soldados, carros y balones.

Enclaustrados en casa, ella y sus tres hermanos establecieron un vínculo estrecho que los hizo compañeros de juegos y de una historia familiar y una realidad que, acaso inconscientemente, evadieron; sin embargo, su madre, perteneciente a una familia acaudalada de Madrid, los reunía con la idea de enseñarles lengua castellana, mientras su padre les impartía clases de matemáticas. No estaban escolarizados.

Ana y sus hermanos nacieron en Madrid, capital de España, en “un barrio tan castizo como el de Chamberí”, habitado en los siglos XIX y XX por familias elegantes y refinadas, actualmente atractivo turístico por su arquitectura, historia, museos, gastronomía, teatros y actividades artísticas y culturales; aunque ella admite con una sonrisa: “el rastro que queda de mi origen debe ser mínimo”.

En ocasiones, el álbum y el cajón de las remembranzas permanecen empolvados, en un paréntesis que se llama olvido; pero ella, Ana de Lacalle Fernández, abre sus páginas y sus puertas secretas, y extrae trozos de aquí y de allá, pedazos que quizá naufragan con sus interrogantes y esperan respuestas, como acontece con cada ser humano que recorre los pasillos de su biografía.

Ana describe a su padre y a su madre. Reseña que “mi padre, de profesión marino mercante, fue una persona de carácter contundente y, a la vez, con mucho sentido del humor. Deambuló de trabajo en trabajo, provocando inestabilidad económica y situaciones negativas, hasta que tuvo la fortuna de ingresar a RENFE como interventor”.

Y continúa con la narración: “mi padre nos enseñó matemáticas en casa, ya que nuestra escolarización fue tardía. Mi madre, procedente de familia de alto poder adquisitivo en Madrid, asumió su rol de ama de casa con bastante desventura porque no estaba acostumbrada a pasar estrecheces económicas y eso deterioró bastante su matrimonio que acabó en divorcio cuando yo contaba con 22 años de edad”.

Admite, por lo mismo, que en su hogar vivieron “momentos duros, y estrategias no demasiado conscientes del grupo de hermanos por evadirnos de la situación familiar. No poseo, por lo tanto, esa noción idealizada de lo que fue la infancia como etapa de ingenuidad y felicidad; al contrario, más bien un tropezar continuo con la dura realidad”.

En un ambiente familiar amurallado y acosado por carencias y problemas, ¿es posible sentir y vivir como niño? No entraban otros rostros ni historias por las puertas de la casa porque el mundo eran ellos, el padre, la madre y los hijos. Si los hay, ¿cómo son los sueños, cuáles las ilusiones, qué los ideales?

Ana es quien responde: “soñaba con ser un chico, porque pronto me apercibí de las ventajas que eso suponía y de las oportunidades que te abría en el mundo. De hecho, siempre me “colaba” en las clases de matemáticas que mi padre impartía a mis hermanos para poder ser como ellos, en el sentido de tener acceso a todo lo que podía aspirar el sexo masculino. Jugaba con mis hermanos, niños, sobre todo; sentía repulsión por el supuesto rol que debía asumir como niña y me infiltré también en las partidas de ajedrez entre los hombres de la casa. Algo debía intuir de que mi potencial intelectual era lo único que me podía permitir llevar una vida opuesta a la que nuestros padres nos daban”

Y en esa época, “más que escribir, en el sentido creativo, pasaba muchas horas copiando a mano, de libros, biografías de personajes célebres que me sirvieron para ejercitar mi comprensión lectora y lingüística”, explica.

Si a la niñez no la acompañaron las burbujas de cristal, jabón y agua que quedan grabadas en la memoria, en los sentimientos, en la biografía, ¿cómo fue el tránsito a la otra estación, a las horas y los años de la adolescencia?, pregunta uno al repasar la historia de Ana, al mirar a los seres humanos, y es su voz la que surge: “la adolescencia, como muchas, fue convulsa. Adquirí más conciencia de la situación de precariedad en la que habíamos vivido, entiendo que por malas artes de mis padres, y además empecé a comprender que había que estar atenta a las relaciones que establecías, de quién te fiabas y, finalmente, un sentimiento profundo de soledad ante una existencia que debía reconvertir en algo mucho más estimulante a partir de mi esfuerzo”.

De esa manera, tras un lapso de silencio, como quien horada en su ser para encontrar respuestas, argumenta: “compatibilicé estudios de bachillerato con dar muchas clases particulares para cubrir mis gastos y la carrera de Filosofía con una jornada laboral de 40 horas. Mi objetivo era labrarme el tipo de vida que creía me podía resultar estimulante, y estudiar Filosofía fue mi primera opción que orientó ese futuro, y la docencia durante 24 años una actividad vocacional y profesional de la que aprendí mucho”.

Añade que “sobre lo que me gustaba hacer, en un sentido de ocio, no me planteaba escribir, porque además del trabajo y el estudio hacía de voluntaria como monitora con adolescentes -¡dos años menores que yo!, ¡eran otros tiempos!- en un centro de educación de tiempo libre de mi barrio en L’Hospitalet -Barcelona- La verdad es que, paradójicamente, no tenía tiempo libre”.

Tras escuchar la historia de una infancia enclaustrada, en un mundo pequeño en el que los protagonistas fueron el padre, la madre y los hermanos, con limitaciones económicas y conflictos, uno imagina la experiencias y sensaciones que vivió una mujer al ingresar a la sociedad con sus luces y sombras, con sus sentidos y contradicciones.

Ana de Lacalle Fernández dice: “inicié mis estudios en lo que ahora equivale a 5º de primaria en una escuela pública, 6º y medio 7º en una de monjas… medio curso de séptimo, yo en mi casa, y 8º en otro colegio de monjas de L’Hospitalet. De hecho, cuando nos mudamos a Cataluña, fue cuando nos escolarizamos. El bachillerato -antiguo BUP y COU- en el Instituto Juan Boscán de Barcelona -los mejores años para mí- y Filosofía en la Universidad Central de Barcelona”.

Con tantos contratiempos, encrucijadas y ocupaciones, uno pregunta, sorprendido, ¿a qué hora de su existencia sintió la pasión de escribir? ¿Cómo germinó en ella la pasión por las letras? Fue en la adolescencia, reseña, “sobre todo la poesía que he cultivado siempre en el terreno de la privacidad. También relatos y posteriormente borradores de ensayos filosóficos; aunque no fue hasta los 49 años de edad que tuve oportunidad de dedicarme con más intensidad a este aspecto que entiendo como totalmente complementario de la docencia. Si tú no lees y te vas replanteando cuestiones, si no tienes una vida interior en movimiento, es imposible transmitir pasión a los alumnos por lo que intentas aproximarles que, en mi caso, era la Filosofía”.

Analítica, reflexiva, observadora, Ana manifiesta que para ella resultaron “muy estimulantes las profesoras que tuve de lengua castellana, tanto en 8º como durante el bachillerato, y el hecho de haber conseguido un reconocimiento por un relato en el Instituto, me hizo plantearme que tal vez, leyendo mucho más, podría llegar a aprender a escribir razonablemente bien. Aunque no tuviese demasiado margen para leer novela, sí intenté leer lo que pude durante la carrera. Sabía que era un previo imprescindible para poder llegar a crear algo propio”.

La autora de Aforismos y Existo para vivir, recalca que le es preciso aclarar que Filosofía del reconocimiento, disquisiciones desde el abismo es el nombre de su blog. Desde que lo inicié, antes con otro nombre, creo que podría hacer un recopilatorio de artículos para más de un libro. Así, además de las obras mencionadas, he publicado un opúsculo con Bubok en formato digital y en papel, cuando la plataforma era gratuita, que es una reflexión sobre el uso de las TIC y el irrenunciable liderazgo del profesor para que se produzca un proceso de aprendizaje. Se titula El príncipe destronado. El liderazgo del profesor, y en este momento se puede descargar gratuitamente desde mi blog. Tras esto, colaboré en una antología junto con profesores universitarios y de institutos en defensa de la enseñanza de la Filosofía y en general de las Humanidades, como una urgencia que si se menosprecia, nos inducirá a deshumanizar aún más el mundo. Lleva por título Huérfanos de Sofía, y fue publicado por Ed Fórcola, en Madrid, en 2015. Una novela que es una autobiografía ficcionada, Híbrido, respaldada por Editorial Adarve, en 2018, y una antología de relatos y poesía colectiva titulada Tren sin parada, en Letras&Poesía, en 2019. Además de las dos últimas obras mencionadas por ti, Aforismos y Existo para vivir, colaboro en diversos blogs y revistas, donde publico periódicamente”.

El primer libro que Ana de Lacalle Fernández publicó es El príncipe destronado, el liderazgo del profesor, por Editorial Bubok. Le fascina escribir “relatos breves y largos, novelas, siempre en un intento de fusionar estos géneros con la reflexión filosófica. Lo primero que publiqué fueron ensayos y no descarto volver en algún momento”.

Le interesa dirigir sus obras “al público en general que obviamente tenga interés por las temáticas que se abordan, que son siempre desde una perspectiva filosófica, pero para su lectura no se requieren conocimientos filosóficos en el sentido académico. De momento”.

Se considera una autora afortunada, a quien han ofrecido colaborar en antologías “o me han propuesto publicar algo que tuviera escrito. Aunque las cosas no funcionan así normalmente. La única vez que presenté un libro a dos editoriales, ambas me dijeron que sí. Quiero dejar claro que no pago por publicar, no hago ni autopublicación -excepto el primer opúsculo que fue gratuito- ni coedición. Aunque también debo dejar claro que no me quedo con las regalías de mis libros; las cedo, según las circunstancias”.

Escribir “es un trabajo duro, porque exige mucha disciplina, lectura y no siempre se trasluce en el resultado el esfuerzo y la dedicación que has puesto en ello. No lo entiendo tampoco como una experiencia por definición catártica. A menudo, durante la escritura de un libro, la identificación con situaciones o personajes te altera la sensibilidad y duermes peor, sientes una cierta insatisfacción de no acabar de encontrar aquello que haga relevante la obra y estimula mucho más la actividad intelectual y, por tanto, emocional. Pero es inevitable, como pensar, analizar, escudriñar…”

Como escritora, ¿cuál es tu fórmula, Ana?, le pregunto, también como artista y autor de libros, y contesta: “no sé si entiendo bien la pregunta, pero escribo sobre lo que espontáneamente me hierve en el interior y siento la necesidad de ordenar y darle forma para ahondar en ello y alcanzar una comprensión mayor”.

Me interesa conocer más sobre sus obras y le pregunto si tiene otros proyectos literarios. “Una novela -responde-, con la que llevo un año y creo que aún no he hallado ese rasgo relevante del que hablaba antes. Un par de antologías para las que mandé los relatos y que desconozco en qué punto se hallan, Y hacer una incursión en el ensayo filosófico, aunque este proyecto es el menos hilado, pero tal vez es lo que más fluye de mi interior… esa espontaneidad de la que hablaba anteriormente”

Los artículos y textos de Ana son ampliamente leídos en su blog, que fundó “a raíz del movimiento 15M, porque desde la situación en la que me hallaba, me pareció que era la única aportación que podía hacer: denuncia y crítica de las sociedades deshumanizadas. Aunque posteriormente he ido incorporando otros géneros, es un tema recurrente en mi obra. El proyecto era el blog en sí mismo, aunque a partir de ahí se me abrió todo un mundo de posibilidades”.

Se autodefine en ciertos rasgos: me considero la eterna finalista que siempre tiende a desviarse algo de la ortodoxia y que impide premio exclusivo. Aunque sí obtuve el de la escritora más leída del año 2019 del colectivo Letras& Poesía. La verdad es que tampoco me presento a concursos, excepto si alguien, por lo que sea, me pide explícitamente que lo haga. La edición la tengo resuelta y el dinero no me interesa, tengo de sobra para vivir -aunque esto siempre es subjetivo-“, aclara.

Quienes venimos de otros años, de minutos y días en los que tener un libro en las manos y hojearlo, leerlo, resultaba una aventura, saborear el arte y el conocimiento, tenemos capacidad de adaptarnos a los medios de la hora contemporánea, como las obras digitales; sin embargo, entre aquella añoranza que uno experimenta, le pregunto si encuentra diferencia: “Ufffff… obviamente el formato, pero personalmente soy incapaz de leerme un libro digital, como mucho algún artículo. La magia de tener y palpar un libro en papel y las palabras con las manos, es para mí, insustituible”.

Ana de Lacalle Fernández, la escritora, la filósofa, envía un mensaje a las mujeres del mundo. Las invita a “que no se coarten ellas mismas por el hecho de ser mujeres. Que confíen en su capacidad y potencial y luchen por aquello que consideran valioso para ellas”.

Y agrega que para tener éxito, ser feliz y dejar huella en la vida es preciso “ser buena persona, es decir tener una voluntad, un querer bueno indisociable de que somos nosotros en relación con los otros, con la alteridad y que solo así podemos edificarnos como humanos. La palabra éxito la eliminé de mi diccionario hace tiempo porque está asociada al triunfo socioeconómico en un sistema capitalista, y eso es un fulgor engañoso”.

Como siempre, un minuto sustituye a otro y a muchos más y se transforman en horas. Ana y yo casi terminamos el diálogo, la breve entrevista para conocer su historia, su perfil, su biografía, sus rasgos de mujer de siempre. Evita retroceder a los días de antaño para rescatar alguna anécdota. Advierte, segura de sí: “la verdad es que tengo la mala suerte de olvidar fácilmente lo anecdótico, tal vez porque solo es eso, anécdota, algo circunstancial e irrelevante”.

Termina con la siguiente reflexión: “quizá, si no hubiera ejercido como profesora durante tantos años, mis obras serían muy diferentes, ya que la voluntad de sostener un diálogo socrático para que de él emerjan las propias verdades -este subjetivismo no es nada socrático, pero si el método, el espíritu didáctico-, me acompañaron y proporcionaron un sentido”. Ella es Ana de Lacalle Fernández, con su historia, su filosofía y sus obras, una mujer de siempre.

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Blog de Ana de Lacalle Fernández: https://filosofiadelreconocimiento.com/

De nombre y apellidos. Luis Navarro García: Morelia nos toca

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es algo más que un eslogan, una llave política, una máscara, un truco, una ocurrencia o una moda; se trata, en realidad, de un estilo de vida, un anhelo, una y muchas acciones más por objetivos comunes, un compromiso, una realidad. Morelia nos toca, es un deseo legítimo de transformar el entorno, agregarle lo mejor de sí y multiplicarlo para bien de los habitantes de la capital de Michoacán* y las poblaciones aledañas.

Creador de esta iniciativa ciudadana, Luis Navarro García, empresario en el ramo mueblero, explica que Morelia nos toca presenta dos ángulos, el de su clima, sus paisajes naturales, su inigualable arquitectura colonial, su historia y sus tradiciones, que cautivan y enamoran a quienes tienen la fortuna de conocer ese rostro y sentirse envueltos en un ambiente privilegiado que a veces se siente, por lo que es, pedazo de terruño, rincón del mundo irrepetible, hermoso e inolvidable.

Morelia, agrega el empresario, abraza y envuelve con sus atributos, con lo que es en esencia y forma, siempre con algo bueno para quienes moran en su geografía y, desde luego, para aquellos que la visitan y recorren fascinados por sus atractivos.

En ese sentido, Morelia es vida y naturaleza, musa e inspiración, abrigo y diversión, estudio y trabajo, hogar y paseo, ambiente familiar y social, hogar y poema, escenario de múltiples expresiones que cada instante escriben la historia de hombres y mujeres que la habitan o la conocen y exploran. Morelia es cuna, principio y fin, punto de encuentro, y toca a todos con su encanto.

La otra vertiente de Morelia nos toca, argumenta el exfuncionario público y expresidente de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de la capital de Michoacán, consiste en lo que a cada morador, hombre o mujer, corresponde entregar lo mejor de sí a favor de la ciudad y las poblaciones rurales que forman parte del municipio.

Existe una multiplicidad de alternativas para hacer algo positivo e importante por Morelia, sin olvidar que al llevarlo a cabo, el efecto resultará grandioso y favorecerá a la generación de la hora contemporánea, desde niños hasta personas de mayor edad, y a quienes se sumen después a las familias, a las comunidades, a la sociedad, argumenta Luis..

Dentro de su proyecto ciudadano, diariamente suma y multiplica el número de personas que se sienten atraídas por su propuesta, ya que la perciben como es, ausente de rufianes políticos, abierta a iniciativas orientadas al bien, al progreso integral y sostenido.

Evidentemente, este hombre -empresario, expresidente de la agrupación de comerciantes más antigua y de mayor tradición en Michoacán y exfuncionario municipal, estatal y federal en materia económica-, quien nació en una familia tradicional y ha radicado en Morelia por el amor que le tiene a su cuna, a lo que es tan de uno cuando se nace con el orgullo de un lugar, es concertador y respetuoso, dispuesto a escuchar, diseñar estrategias, desafiar obstáculos, enfrentar problemas y presentar resultados positivos.

Resulta entendible que la gente, en México, se sienta defraudada de la clase política, con una carga impositiva voraz e irracional que embiste y desnuda y no corresponde a la capacidad y a las respuestas gubernamentales, y el peso de una burocracia lenta e ineficiente, en un entorno de caos general, salpicado de desempleo, devaluación, carencia de inversiones productivas, inseguridad, desmantelamiento de la educación y la salud versus los mercenarios que están aprovechando esa crisis, desigualdad social, inflación, atropellos, injusticias y deshonestidad.

Ante tal escenario, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en la geografía nacional, siente repugnancia por los mismos rostros cínicos que cambian de partido político de acuerdo con su conveniencia e intereses, como si mudarse de institución y abanderar otros colores influyera en la rectitud de las personas.

Aclaro, por surgen críticas o dudas, que Luis no es oportunista ni alguien que pretenda resurgir de sus cenizas, como existen algunos casos muy evidentes en la Morelia que toca a sus moradores. Me consta que es hombre independientemente, libre de grupos políticos, amigo y conocido de todos, cuyo interés se basa, exclusivamente, en contribuir al progreso y la tranquilidad de la ciudad donde nació.

No acostumbro, en mis artículos, adular a la gente. Jamás lo he hecho, y cuando me lo solicitaron en los medios de comunicación, me molestó demasiado recibir instrucciones para actuar como farsante y mercenario. No recibo dinero ni favores a cambio de publicarle a alguien un texto elaborado entre los maquillajes de un tocador cargado fotografías, teclas y letras encantadoras, motivo por el que tal vez me encuentro desterrado de grupos que se apropian de las oportunidades laborales y profesionales; sin embargo, ese rasgo da la certeza, también, de que si, como escritor y periodista, hablo de una persona, es con autenticidad, y hoy, al mencionar el nombre de Luis Navarro García, lo hago en reconocimiento a la labor ciudadana que realiza con la idea de aportar algo positivo a Morelia Y claro, lo escribí correctamente, tocador. En eso se convierten los escritorios cuando alguien maquilla y publica historias y perfiles lejanas de la realidad.

Evitaré relatar las historias que él y yo, como amigos, hemos compartido, unas veces en la oficina con alguna responsabilidad y otras, por ejemplo la oportunidad que me dio de escribir y publicar el libro 123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, cuando fue presidente de esa agrupación, y me concretaré a exponer que tiempo atrás, al tener la responsabilidad de desempeñar el cargo de secretario municipal de Fomento Económico, respaldó otra iniciativa, en conjunto con empresarios y consumidores, denominada Haz Barrio, la cual, por cierto, ausente de banderas políticas, contó con el respaldo de incontables ciudadanos interesados en favorecer el consumo local y fortalecer los negocios familiares y pequeños.

Coordinó el proyecto con agrupaciones productivas de Morelia -Comerciantes y Vecinos del Centro Histórico, Chapultered y Cámara Nacional de la Industria Restaurantera y Alimentos Condimentados de Michoacán, por citar algunas-, y tal esfuerzo conjunto llevó a que incontables familias tuvieran mayor conciencia de destinar parte de sus compras en tiendas locales con la consecuente reinversión y circulación del dinero, acción que coadyuvó a fortalecer los negocios familiares y pequeños y conservar el autoempleo y diversas fuentes laborales. Fue un programa exitoso que, lamentablemente, en la administración municipal que le sucedió no recibió el apoyo ni la importancia que merecía por sus resultados favorables, actitud caprichosa y necia que no es de extrañar en un gobierno que derrochó recursos en construir un andador con pista, juegos y mesas y bancas de concreto a la orilla de un canal de desagüe y en clausurar vialidades en el centro histórico, como quien gasta su presupuesto en comprar adornos antes de restaurar y ordenar su casa.

Tras el breve paréntesis, es prioritario informar que la propuesta que Luis Navarro García diseñó y promueve, está abierta, según explicó, a la aportación de iniciativas ciudadanas, aplicables y realistas, que sumen y multipliquen progreso, igualdad, respeto, justicia y cambios estructurales y de beneficio colectivo en temas relacionados con empresas, inversiones productivas, compra local, generación de empleos, educación, seguridad, mejoría de los servicios públicos y salud, entre otros.

Recientemente, tras varios meses de ausencia, coincidí con Luis Navarro García, a quien acompañé a una entrevista con otro amigo mutuo, mi colega Víctor Armando López Landeros, director general de La Página Noticias. La entrevista, transmitida en vivo a través de la web del portal de noticioso, consistió, básicamente, en la iniciativa Morelia nos toca.

Al escuchar los planteamientos de Luis, quien ahora tiene 42 años de edad, me pareció mirar al hombre emprendedor, inagotable y entusiasta, tiempo atrás, en su etapa de secretario municipal de Fomento Económico, con quien un fin de semana, otro y muchos más salíamos a las avenidas y calles de Morelia a promover la iniciativa Haz Barrio. Con el equipo de trabajo que tenía en aquellos días, aprovechábamos los semáforos en rojo con el propósito de convencer a los automovilistas del programa ciudadano Haz Barrio y pegar calcomanías en los cristales; pero también recorrimos mercados y calles, siempre motivados por el liderazgo, la energía y el optimismo que le caracterizan.

He mirado su imagen en múltiples espectaculares instalados estratégicamente en la capital de Michoacán, indicativo de que cada día mayor cantidad de personas se adhieren a la iniciativa ciudadana Morelia nos toca, indudablemente porque es más la gente que desea aportar y construir que arrebatar y destruir.

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*Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Morelia fue fundada el 18 de mayo de 1541

Mensaje del empresario Luis Navarro García sobre su iniciativa Morelia nos toca
Entrevista a Luis Navarro García, en La Página Noticias

Murió de tristeza…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Murió de tristeza -dijo la gente-. Su muerte se desencadenó al extraviar su misal en la iglesia. No cabe duda que era una vieja atada a las cosas materiales. Es estúpido morir por algo tan ridículo y tonto.

-¿Cómo es posible que una persona muera por la simple pérdida de un libro de oraciones -preguntaron algunos con cierta mofa, quienes criticaron severamente-: Era una anciana, una mujer de edad avanzada, con más de 100 años, y se comportó como niña al perder, por descuido e irresponsabilidad, su misal. En los niños es natural que haya angustia y desesperación cuando pierden algún juguete, una muñeca, un soldado, una pelota; pero en los ancianos resulta vergonzoso actuar infantilmente.

-Qué conducta tan patética la suya… Cierto, en la iglesia solía platicar que tenía 109 años de edad.

-No, en realidad tenía 111 años, lo recuerdo muy bien.

-No entiendo el motivo por el que la gente, al envejecer, se vuelve tan mezquina y necia… Me parece estúpido morir por algo tan insignificante.

La gente murmuraba y juzgaba sin piedad. Hombres y mujeres opinaban, criticaban, bromeaban y condenaban a la mujer. Ante la falta de historias existenciales, grandiosas y con un sentido auténtico y pleno, dedicaban el tiempo a hablar mal de la anciana del misal, acaso sin recordar que los segundos y los minutos anhelan transitar a las horas y que estas, a la vez, ambicionan volverse días, semanas, años, hasta reír triunfantes de la ignorancia humana que termina derrotada e interrumpida al morir en una llanura infértil.

-Creo que también le entristeció la respuesta del sacerdote, quien, molesto por la necedad de la vieja que diariamente le preguntaba si alguien habría devuelto el libro de oraciones, enojó y le advirtió que no disponía de tiempo para atender caprichos y tonterías, que pidiera a sus parientes que le compraran un misal actualizado y que no molestara -explicaron algunos.

-¡Vieja miserable y avariciosa!

-Era un misal tan viejo como ella.

-Qué despreciable agonizar por la pérdida de papeles viejos y rotos.

-Rotos como ella y sus ideas anticuadas.

Lamentablemente, esta historia fue real. Hay episodios que duelen. Tuve la dicha y fortuna de conocer a esa mujer, la anciana del misal, quien nació en el siglo XIX y me relataba historias tan interesantes y lejanas como los años que naufragaban en su mirada cansada y en su piel ranurada.

Cuando me era posible, la visitaba. No pertenecía a mi familia, pero tengo la certeza de que mi presencia le alegraba, sobre todo porque le representaba un motivo para llenar huecos. Recordar, ayuda a resanar, cubre ausencias y alivia. Le entregaba, a hurtadillas, un chocolate que ella saboreaba al refugiarse en su habitación o en la sala, cuando pensaba que sus parientes estaban distraídos u ocupados. Evidentemente, yo contaba con la autorización de sus descendientes para entregarle la golosina en cada visita.

Me abrazaba con emoción en cuanto me miraba. Le entregaba el chocolate prometido, que escondía entre su ropa, y dialogábamos un rato. Aprendí tanto de ella que hoy la recuerdo con agradecimiento y cariño. Era una mujer agradable, buena, amable y feliz. Atribuía su longevidad y salud a una alimentación natural y equilibrada, dormir las horas necesarias sin robar tiempo a las actividades productivas, caminar o ejercitar el cuerpo, cultivar sentimientos nobles y pensamientos buenos, no hablar mal de los demás ni pepenar biografías ajenas, dedicarse al bien y, principalmente, sentir a Dios en el interior y en todas las expresiones de la vida.

Aseguraba que no consumía golosinas ni productos industrializados, pero cómo disfrutaba y saboreaba los chocolates que le entregaba con tanto cariño, ilusión y sigilo. Fuimos cómplices de un secreto inocente. Su familia lo aprobaba y callaba porque después de todo, en los días postreros de la existencia de una persona, resultaría perverso e injusto castigarla y fabricarle barrotes y celdas. ¿Tiene caso exigir una dieta estricta a quien tiene más de 100 años de edad y no padece enfermedades? Hay que regalar alas, detalles, momentos, sonrisas.

Por vivir tanto, poseía una colección impresionante de recuerdos e historias, y de pronto, tras algunos instantes de silencio, parecía abrir el libro de su existencia y explorar sus páginas, hacer un paréntesis en determinado capítulo, subrayarlo y relatarme un episodio, una de tantas anécdotas que fueron olvidadas o quedaron en el desprecio o en los tinteros de quienes escribieron los acontecimientos del ayer en páginas y capítulos acartonados.

Yo era, entonces, adolescente. Sabía que algún día, en el lapso de mi paseo existencial, valoraría la oportunidad de conocer y dialogar con personas del siglo XIX, náufragas de otras fechas, casi extintas, cual pedazos de historia perdida en la desmemoria.

Aprendí, finalmente, a sentir los abrazos, escuchar las palabras y experimentar el cariño de una mujer del siglo XIX, una anciana que a los 15 años de edad, en plena adolescencia, caminaba por las callejuelas de su aldea y de pronto sintió que alguien, un hombre mayor, abrazó su cintura, la levantó y la colocó en el caballo que montaba, y se la llevó para, juntos, compartir un destino, una historia, con sus risas y lágrimas, sus luces y sombras. Y lo agradecí y lo valoré mucho, igual que cuando uno tiene, entre una hora y otra de la vida, un tesoro.

No murió por avariciosa ni por mezquina, ni tampoco por aferrarse a un libro centenario de oraciones, como aseguró la gente en aquella época. Sufrió lo indecible porque se trataba de un misal que le regaló su madre, a quien tanto amó y de la que un hombre, al raptarla, la separó. La pequeña obra de páginas amarillentas y quebradizas, atrapadas en pastas duras, oscuras y troqueladas con adornos, que segregaba fragancias a historia y a tiempo, significaba un puente -el único, aparte de sus descendientes y las remembranzas que cada instante se apagaban y huían- entre ella y su madre, su familia, su niñez y su adolescencia, su madurez y su biografía. Papel impreso que la acompañó toda su vida.

La gente y el religioso -Abraham-, no tuvieron capacidad de entender el significado de aquel misal viejo y sucio, como lo calificaron, que era, en verdad, el único medio tangible que mantenía unida a la anciana con lo que tanto amó y vivió. Con la pérdida del libro, se le fue la vida.

Estoy convencido de que las personas que cotidianamente asistían a la iglesia, en las mañanas, la creyeron rehén de demencia senil y aferrada a cosas materiales y superficialidades, tan monstruosas como la imaginación y las murmuraciones colectivas se desbordaron, mientras el otro, el presbítero, supuestamente dedicado a asuntos piadosos, desdeñó el sufrimiento de una mujer centenario. No pudo dedicarle cinco minutos. Recuerdo que el hombre era proclive a las reuniones sociales en una sala anexa al templo; sin embargo, canceló la oportunidad de platicar con la anciana y apaciguar su sufrimiento.

Comprendo que el extravío del libro de oraciones significó, para aquella anciana, transformar su realidad apacible de entonces en pedazos confusos e inciertos, colocarla entre un tejido deshilachado, ridiculizarla y abandonarla en un paisaje desconocido, en un terreno irreconocible y hostil.

La pérdida del viejo misal equivalió a desalojar los recuerdos de la memoria, desactivar las funciones orgánicas, olvidar la historia consumida con tanto orgullo, cerrar la biografía con decepción y tristeza, recibir la crítica lapidaria de la gente, colocar una lápida antes de dar el último suspiro. Las burlas, los regaños, las críticas y los juicios que recibió por parte de las personas y el religioso, la arrojaron al destierro, a la vergüenza, al escarnio, a la disolución de su existencia.

Me dolió y entristeció su drama, pero más me indignaron los comentarios burlones y negativos de las personas y la actitud inhumana del religioso, quienes no tuvieron capacidad de entender que una persona mayor de 100 años es débil y le afectan situaciones que a otros les parecen cotidianas, ridículas y tontas. Ya probaba, al final de su vida, el sabor amargo que le provocaban otros seres humanos, y los chocolates que yo le regalaba con tanto cariño, seguramente endulzaron sus momentos, pero no curaron las heridas.

Aquella mujer, la de los chocolates, no murió por necedad ni por permanecer encadenada a asuntos y cosas materiales, pasajeros y superficiales; falleció por el dolor y la tristeza que le causaron los desprecios, la indiferencia, los comentarios mal intencionados y las mofas de gente transformada en número y serie, indiferente a las necesidades y a los sentimientos de los demás. Murió de tristeza. Todos contribuyeron a su muerte. Como que los seres humanos olvidamos interesarnos en las necesidades de los demás, sobre de todo de aquellos que son débiles y más sufren.

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No tiene caso tocar a las puertas de sus sepulcros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cursaba tercer año de primaria -educación básica- con la ilusión y los sueños infantiles de aprender gran cantidad de lecciones -Aritmética y Geometría, Ciencias Naturales, Historia, Civismo y Geografía, entre otras materias-; lucir, cada lunes, mi uniforme de gala -pantalón, camisa blanca, corbata de moño y chaleco-; leer incontables libros en la biblioteca escolar, divertirme y jugar con mis compañeros de aula, destacar en los ejercicios físicos y obtener, al final del curso, una medalla por mi conducta -era un niño bueno e ingenuo- y otra por mi aprovechamiento en clases. Sentí emoción al ir con mis padres al colegio, mirar mis documentos de reinscripción y percibir, en la papelería escolar, el aroma del papel y la tinta concentrado en los libros, el olor a madera de los lápices y colores y el perfume de los cuadernos, gises y crayones. Me parecía un mundo bello y mágico.

En el hogar -mi amado y pequeño mundo- existía un ambiente propicio para ser intensamente feliz. Mi padre y mi madre, siempre tan amorosos y dedicados a nosotros, me parecían seres humanos irrepetibles y extraordinarios, e incluso, a veces suponía que sus huellas eran tan profundas que nadie podría sustituirlos. Mis hermanos, en tanto, eran mis compañeros de aventuras y juegos, y si nos abrazábamos o reñíamos, finalmente sabíamos que existía un amor indestructible entre nosotros.

Tras las vacaciones, llegué de nuevo al colegio religioso, con sus corredores, pasillos y rincones que me cautivaban. Y ocupé mi pupitre, con la mochila repleta de útiles escolares, una cantimplora con agua, una manzana y un baguete elaborado por las manos maternas.

Algo complejo acontece con nosotros, los que pertenecemos a las minorías por diferentes motivos -creencias, ideologías, razas, conducta, esencia-, al grado de que la masa colectiva siente repulsión, antipatía y reacciones negativas por cualquier individuo, hombre o mujer, que sea diferente a sus modelos en serie.

Sentí una opresión terrible en el pecho. Ninguno de mis compañeros respondió mi saludo amistoso e ingenuo. Algo andaba mal. Eso no funcionaría. Me pareció inexplicable, a esa edad, que tratándose de un colegio religioso, los alumnos se comportaran igual que las hordas que se odian y se matan.

En mi vocabulario no existían palabras obscenas ni vulgares. Mi padre era un caballero que siempre corregía, en casa, nuestro lenguaje, y mi madre, una dama a la que la gente llamaba “señora amable”. Me sentí desarmado ante el compañero del pupitre contiguo, quien hizo señas desagradables con las manos y me amenazó, y sentí lo mismo con el que se encontraba detrás de mí, quien golpeaba mi espalda para que volteara y escuchara sus majaderías.

Me asusté. Todos parecían ser amigos de otros tiempos y aventuras mutuas. Compartían hábitos y conductas similares. Sentí miedo, nerviosismo, desolación y terror. Estaba en tierra hostil e insegura, rodeado de personas capaces de lastimar.

Inesperadamente, la puerta del salón de clases fue abierta por la profesora, mujer de baja estatura, vestida de negro, obesa y de gesto desagradable y adusto. El grupo calló y ella, ensoberbecida, caminó hasta el escritorio. No saludó. Escudriñó al grupo, como los generales que revisan hasta la limpieza de los zapatos de los soldados que minutos más tarde se enlodarán en la guerra y morirán, y advirtió que sería un curso demasiado complicado, y que ella, la maestra Teresa, era muy estricta e intolerante, y que, por lo mismo, no tendría piedad de aquellos alumnos que no se adaptaran a su estilo de impartir clases.

Recorrió los pasillos que formaban entre sí las hileras de pupitres, y revisó en cada alumno las uñas, el cabello, la ropa, el peinado. Sentí, de pronto, que era una sombra que se aproximaba a mí con la amenaza de entristecer y herir mis días. Llevaba una regla de madera en la mano derecha y una lista y un bolígrafo en la izquierda. Anotaba en el documento y reprendía a todos.

Todo momento llega, y así, la profesora Teresa abrió el campo de batalla al mirarme fijamente y advertir que no le agradaba y que no dudaba, en consecuencia, que ambos tendríamos problemas. La guerra estaba declarada por alguien mayor que yo. Mayúscula se empeñaría en aplastar a minúscula, respaldada en su autoridad de profesora, en su formación académica, en sus años de experiencia y en su volumen físico. ¿Qué podía hacer un niño inocente al recibir amenazas de una mujer amargada e intolerante?

Por algún motivo que hasta la fecha me parece complejo dentro de mi raciocinio infantil, decidí callar aquel capítulo y fingir ante mis padres y mis hermanos que todo marchaba bien en la escuela. Esculpí, con mi silencio, las injusticias que mis compañeros y la maestra Teresa cometieron contra mí. Fabriqué mi celda y les permití entrar. Me convertí en aliado y cómplice de golpes, insultos, castigos y gritos contra mí. Fui mi carcelero y verdugo.

La maestra Teresa, quien años después fue nombrada directora de la secundaria del mismo colegio, no me permitía ir al baño, y ella lo disfrutaba, se alimentaba con mi desesperación y malestar. Al final, orinaba los pantalones azul marino del uniforme o el de gala que al inicio del ciclo escolar me había impulsado a soñarme elegante y de esa manera presentarme orgulloso ante mi madre con la idea de explicarle que me sentía refinado como las imágenes que rescataba del ayer al relatarme la historia de su padre y sus antepasados.

Hace algunos años, cuando el reconocido urólogo Francisco Javier Valencia, analizó los resultados de mis estudios médicos y me informó que presentaba un pequeño y viejo daño en la vejiga, precisamente ocasionado por las retenciones urinarias de mi infancia, recordé la perversidad de la maestra Teresa. ¿Y cómo reacciona uno? ¿Odio o perdono? Imposible y tonto sería buscar a una mujer que, si vive, tendrá 90 años de edad o más, y muy ilógico sería tocar a la puerta de su tumba con el objetivo de reclamarle. No me quedo con espinas que en algún momento pueden rasgar mi alma. Prefiero el amor y la luz. Ella fue responsable de sus actos crueles e igual que cada ser humano, lleva una carga con lo bueno y lo malo que hizo. Lo que debo hacer es dar a conocer esta situación y prevenir a hombres y mujeres para que impidan crueldades e injusticias en perjuicio de sus hijos. Callé el martirio que viví, y en cierto fui corresponsable al ser aliado de los tormentos que una mujer desquiciada me impuso. Bastaba con denunciarla para exhibirla y vencer; pero adivinaba que no tenía amigos y que no me atrevería a confesarlo a mis padres.

Todos los días, al impedirme acudir al baño, orinaba los pantalones y era exhibido, con otros niños, hombres y mujeres, en el portón de la escuela, poco antes de que nuestros padres acudieran por nosotros. Permanecíamos expuestos a las miradas burlonas de nuestros compañeros, como monstruos horripilantes o criminales sentenciados a cárcel o a la horca que la gente mira aterrada y con mofa.

Los castigos se basaban en colocarnos hincados frente al pizarrón y estirar las manos hacia arriba o a los lados, con la amenaza de recibir golpes en las manos con el borrador o con la regla; pero también escribir en los cuadernos “debo portarme bien”, lo cual me parecía contradictorio y estúpido porque mi conducta era intachable. Los golpes en las manos o en las pantorrillas resultaban dolorosos.

En la medida que uno aprueba y permite abusos por parte de otras personas, tales seres crecen y se fortalecen, hasta convertirse en fantasmas, en tiranos, en forajidos. Es necesario denunciarlos de frente y con valor. No lo hice.

Los planes de la maestra Teresa parecían funcionar de acuerdo con su maldad y el odio que le inspiraba, y claro, estaba mal con ella, con los demás y con la vida. Una de tantas veces, me llevó con la directora general del colegio, llamada igual que ella, Teresa, una religiosa, quien sin interrogarme, me trató con asco al verme con los pantalones orinados y los ojos enrojecidos por el llanto que me provocaron los gritos, amenazas y golpes de la profesora de ropa oscura.

Nervioso y temeroso, pellizqué mis piernas, y minutos después reí y enmudecí. ¿Cómo explicar a la monja enfurecida que la profesora era un monstruo estúpido y mezquino que abusaba de mí solo por su autoridad en la enseñanza, su edad y su tamaño? ¿Y cómo hacerle entender que si orinaba los pantalones era porque ella, la maestra Teresa, me negaba los permisos para ir al baño? ¿Quién era más cruel e ignorante, la maestra que me atormentaba y contribuía a mi daño orgánico, o yo, un niño ingenuo, sin experiencia e inocente que callaba por miedo al escarnio y a la vergüenza, y que prefería la armonía, el amor y la paz? También deseaba aclararle algunos errores en los métodos de enseñanza, como el sistema en las restas, pero sentí que algo me aplastaba.

La mujer, que portaba ropa de su orden religiosa, marcó el teléfono y preguntó por mi padre, con quien de inmediato se quejó de mí, como si yo fuera un reo peligroso. Al hablar por teléfono con él, me acusó: “en este momento su hijo se burla de mí con una risa sarcástica”. Evidentemente, mi risa era provocada por el nerviosismo de encontrarme en un juicio severo e irracional.

Permanecí castigado en la oficina de la directora, hasta que mi padre llegó mortificado. Influida por la maestra Teresa, la religiosa desdibujó mi figura infantil y tejió la imagen de un delincuente. Advirtió, paralelamente, que la maestra y ella tenían idea de que yo era un retrasado mental, un niño que requería otra clase de atención, y que quizá, como ambas lo auguraban, mi capacidad mental me impediría concluir la educación primaria de seis grados. Cursaba tercer grado y mi incapacidad me impedía progresar, manifestó la mujer encolerizada, quien en ningún momento se atrevió a mirarme a los ojos.

Tras escuchar, mi padre ofreció revisar los argumentos de la reunión improvisada y, en todos los casos, reaccionar conforme lo ameritara mi condición humana y la realidad. Él y yo salimos ese día del colegio, silenciosos, inmersos en nuestros sentimientos e ideas. Abordamos el automóvil y llegamos a casa.

Mi padre y mi madre dialogaron. Ambos establecieron el compromiso de darme mayor atención de la que recibía amorosamente de ellos, y así lo hicieron. Mi padre aseguró, molesto, que las actitudes y los comentarios de la religiosa no habían sido de su agrado ni de su aprobación, y que demostraría que yo, su hijo, no estaba condenado, como anticipó, al subdesarrollo mental. Mi madre compartió su opinión y ambos diseñaron y aplicaron un programa integral para mí.

Un acontecimiento lleva a otro, y más si las personas reaccionan correctamente y con oportunidad y emprenden acciones y protagonizan sus propias historias. Mi padre y mi madre, que eran tan observadores y analíticos, no tardaron mucho tiempo en definir mis rasgos y establecer que yo, su hijo primogénito, al que en el colegio molestaban y creían retrasado mental, tenía capacidad y talento de artista, y al probar con las letras, me reencontré conmigo y con la vida.

Él, mi padre, cotidianamente me relataba algún episodio de su imaginación, y yo, su hijo, lo asimilaba y posteriormente lo escribía con mi estilo y mis ideas. Más tarde lo revisaba y me aconsejaba sabiamente y con amor. Ella, mi madre, al conocer mi pasión e interés por el ayer y sus historias, me narraba capítulos relacionados con sus antepasados, y de esa manera aprendí a amarlos y a emular su ejemplo, hasta que me formé como adulto.

La vida es una corriente que fluye inagotable. El agua cristalina avanza infatigable, mientras la que permanece estancada en la orilla, se enturbia y pudre. Crecí. Viví. Contra los pronósticos de la monja y la profesora, concluí todos los grados de primaria y continúe estudiando y formándome, desde luego sin renunciar al arte que llevo dentro de mí y sin el cual no me concibo.

Hace años, cuando publiqué mi primer libro, mi madre me aconsejó que dedicara un ejemplar a la directora del colegio. Escribí la dedicatoria y lo conservo en mi biblioteca. Reflexioné y llegué a la conclusión de que no necesitaba demostrar a quien me humilló, despreció y maltrató que no solamente había concluido mi formación escolar, sino que podía escribir y publicar obras. Y no se lo entregué. Es a mí a quien necesito demostrar que puedo cumplir mis sueños, ilusiones y proyectos si trabajo arduamente y con inteligencia para conseguirlos.

Pienso a esta hora de mi existencia que más allá de la crueldad, ignorancia y amargura de tantas personas, es posible, si uno lo decide, hacer un cielo sobre tantos infiernos. Mi padre y mi madre lo hicieron conmigo, y lejos de atormentarme más y hundirme con reclamos, críticas y regaños, me ofrecieron su amor, sus consejos y su apoyo. Me inculcaron valores, seguridad y amor, y también cultivaron mi pasión y encuentro conmigo y con el arte. Qué vale la escoria de algunos seres humanos, cuando hay otros que dan lo mejor de sí y ayudan a que uno encuentre la luz, disipe las sombras y trascienda. No tiene caso tocar a las puertas de los sepulcros de la religiosa y la profesora que intentaron hacer de mi existencia un martirio. La vida es superior y no merece desperdiciarse en seres que ya están muertos desde que nacen. Mis padres me ayudaron a descubrirme. Gracias, en verdad.

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De nombre y apellidos: José Guadalupe Muñoz Márquez, el hombre de Radio Ranchito

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La vida escapa, huye, se consume entre un suspiro y otro. Nada es permanente. Todo queda en la memoria, en las huellas que dejamos, en lo que un día y otro hacemos por nosotros y por los demás, en la historia, buena o mala, que escribimos…

Lo conocí en 1989, hace 31 años, cuando en mis días juveniles iniciaba mi carrera periodística y laboraba en un diario, El Sol de Morelia*, con la responsabilidad de cubrir la fuente económica y empresarial. Una vez al mes, él y sus compañeros se reunían, en aquella época, en uno de los salones adyacentes al Centro de Convenciones de la capital de Michoacán*, con la idea de convivir, escuchar a algún conferencista y cenar.

José Guadalupe Muñoz Márquez era, entonces, gerente de Radio Ranchito, radiodifusora perteneciente al grupo de la familia Zorrilla. Formaba parte de la asociación Ejecutivos de Ventas y Mercadotecnia de Morelia y asistía puntualmente a las reuniones. Se sentaba, generalmente, al lado de Raymundo Rodríguez Macías, gerente de Grupo Acir, un grupo de radiodifusoras en la misma ciudad de Morelia, a quien sus amigos llamaban “Topo Gigio”, seguramente por el parecido que tenía, según algunos, con aquel personaje creado por la italiana María Perego y que Raúl Astor acompañó en diferentes series de televisión.

Las bromas de ambos gerentes de radiodifusoras eran fuertes y yo, que era muy joven y siempre portaba algún manuscrito y un libro al lado de mi libreta de reportero, prefería saludarlos con alegría y respeto. Evidentemente, asistían otros empresarios conocidos en Morelia, entre los que destacaban Julio Pacheco Aguilar, uno de los mejores sastres de México; Manuel Garrido Mejía, distribuidor automotriz; Juan Jaubert Jauffred, entonces propietario del almacén centenario El Puerto de Liverpool, en la ciudad, y cónsul honorario de Francia en la capital michoacana; Jaime Rafael Rodríguez Chávez, distribuidor de Pinturas Comex, fábrica que pertenecía a la familia Achar; Rubén Molina Almonte, dedicado al ramo zapatero.

Algunas veces, al evocar las horas y los días de antaño, José Guadalupe Muñoz Márquez explicaba que su familia había llegado a Morelia al escapar del movimiento cristero que afectó a México, principalmente, entre 1926 y 1929, ciudad donde más tarde, en sus años juveniles, se dedicó al negocio de la ropa e incluso, agregaba, a la venta de colchas y cobijas que vendía a crédito, como los antiguos aboneros.

Dos años antes, mi hermano Francisco Javier, locutor, había ingresado, demasiado joven, a Radio Ranchito, coyuntura que me permitió conocer, por referencia, a ese hombre de carácter bromista con sus amigos y enérgico en los negocios y en el ambiente laboral, aunque con grandes sentimientos y dispuesto a escuchar y aconsejar.

Años después, tuve oportunidad de tratarlo y convivir con él, y soy testigo, en verdad, de su carácter enérgico cuando se requería y de su amabilidad, sonrisa y bromas en otros momentos informales, con los amigos, o su rasgo de hombre caritativo.

Todos los días, al caminar, entonces, por los portales típicos de Morelia, construidos durante el Virreinato, donde se establecen diversas cafeterías y restaurantes, desde los que se contemplan la catedral barroca y algunos palacios centenarios de cantera, miraba al hombre con sus amigos, quien hacía un paréntesis dentro de sus actividades para disfrutar un rato de plática y convivencia.

Acontece que los días transcurren implacables, hasta formar años, tiempo que a veces da pautas con la intención de que uno conozca a la gente, y me parece que él, el señor Muñoz, combinó, en Radio Ranchito, la fórmula perfecta, igual que una ecuación precisa, al ofrecer música apropiada al perfil de la estación y del público numeroso que la escuchaba, radionovelas de personajes populares -Kalimán, el hombre increíble; Porfirio Cadena, “el ojo de vidrio”; La Tremenda Corte, con Tres Patines; y Pedro Infante, por citar tres ejemplos, y anuncios innovadores, casi diseñados y grabados a la medida y las necesidades de la gente, en las comunidades y en las colonias proletarias, antes de la llegada de los teléfonos celulares, desde vacas y animales mostrencos, perdidos o recuperados por los jefes de Tenencia, hasta mensajes sobre fallecimientos, horario de velación y sepultura, cancelación de alguna cita o reunión, los cuales, por cierto, resultaban muy sui géneris y propios de una época y diferentes generaciones.

Ese hombre de cabello encanecido, totalmente blanco, quien alguna ocasión fue presidente de la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión en Michoacán y que solía concluir muchas de sus pláticas con la expresión “Radio Ranchito me gusta más, tan tan”, ayudaba generosamente a otras personas con necesidades económicas, enfermas o con hambre. Buscaba su cartera, de la que sustraía uno o varios billetes, acto que demostró siempre, el de su caridad, que si bien es cierto que con su carácter enérgico y su disciplina fortalecía su autoridad, era un ser humano con sentimientos nobles, dispuesto a aliviar el dolor de la gente menos favorecida.

Muchas veces lo miré en las calles del centro histórico de Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, con un pequeño portafolio con documentos de cobranza. Fue gerente de la empresa, pero también gran vendedor de anuncios comerciales y cobrador. Respetaba y valoraba la empresa denominada Radio Ranchito, e igual al público, y la prueba está en que no le agradaba mezclar problemas en la programación. Aseguraba que la gente tenía mortificaciones y problemas como para sumar más conflictos en los programas de la estación.

El señor Muñoz, don José Guadalupe Muñoz Márquez, manifestaba, cuando alguna plática o determinado asunto le parecían baladíes e ilógicos, “estas son mafufadas”. En México, mafufo es una persona que fuma marihuana o que es loca y disparatada.

Murió el jueves 3 de septiembre de 2020, quizá con la memoria de su historia, acaso con los ecos de la música ranchera, los anuncios peculiares y las radionovelas de Radio Ranchito, probablemente con el recuerdo de los cafés al aire libre en los portales típicos de Morelia, tal vez con todo lo que significó su vida productiva. Supongo que las generaciones que en determinados instantes de sus vidas escucharon Radio Ranchito, lo han de recordar con cariño en aquella ciudad y sus alrededores.

Comparto algo de lo que escribió mi hermano, Francisco Javier Galicia Rojon, sobre el otrora gerente de Radio Ranchito, un gran personaje dentro de la radio comercial de Morelia y México, hombre él que se formó a base de disciplina, trabajo, honestidad y respeto. Perteneció a la generación de personas que se forjaron en la práctica e hicieron de la radio una pasión, un deleite, una profesión hermosa:

“Con profundo dolor comparto la triste noticia del fallecimiento de mi exjefe, el señor José Guadalupe Muñoz Márquez. Para su familia, mi más sentido pésame. El señor Muñoz fue el hombre, en la gerencia, que mantuvo, durante décadas, en los primeros lugares a Radio Ranchito de Morelia, en el 1240 de A.M. Salía todos los días a vender publicidad; monitoreaba a su competencia, hacía sus propias mediciones con radio en mano, creaba conceptos aparentemente sencillos que tenían éxito, sabía dirigir a su personal; era el hombre que nos daba consejos de vida y que nos enseñaba sobre radio. Creó un sistema de trabajo y una línea a seguir que resultó en el gusto del oyente. Supo cómo llegarle a la gente de los ranchos, los pueblos y la ciudad; Radio Ranchito era la estación querida, potente y que más se escuchaba”.

En su relato menciona lo siguiente: “entrabas a un mercado, al transporte, a los comercios, a la central de autobuses, e ibas a algún puesto de periódicos, a bolear los zapatos, y en todos lados estaba prendido un radio en el 1240. El señor de las canas era de carácter fuerte, pero de buen corazón, bromista en algunas reuniones, conocedor del medio. Fue conocido por muchas personas de la audiencia por ser quien, junto con sus secretarias, atendía en la oficina a los cientos o miles de personas que llegaron durante todos esos años para poner un anuncio, de aquellos que le llamábamos “comunico”, característicos de la estación y que se usaban mucho en un tiempo en el que no todos disponían de teléfono para informar algo importante”.

Y expone: “creó un personaje conocido como el gangosito que atendía a algunas personas que salían al aire para ganarse un premio o simplemente a aquellos que llamaban de Estados Unidos de Norteamérica y querían saludar a sus familiares; él los atendía al aire. Muchas anécdotas y mucho conocimiento de la radio con el famoso “güero”, como le decían sus amigos”.

“En la estación que dirigió, formó a varios locutores que fueron a trabajar a otras empresas. Fue un centro de enseñanza porque, además, llegaron de otros lugares del país y del extranjero a aprender radio con él. Querían saber su exitosa fórmula. Hacía anuncios, a veces sencillos, que resultaban atractivos y exitosos por alguna frase que se le ocurría, como aquel que quedó en la memoria colectiva de Morelia: Con Muebles del Centro, el pueblo está contento”. Francisco Javier Galicia Rojon.

Tras recordar que con el paso de los años, algunos amigos comentaban a José Guadalupe Muñoz Márquez su parecido físico con el Papa Juan Pablo II, lo cual aparentemente no le molestaba, mi hermano y yo, junto con quienes tuvieron el privilegio de conocerlo, damos la vuelta a la página y llevamos su recuerdo en la memoria porque afuera, en la calle, entre los rumores de las ciudades, los pueblos y el campo, los días de la vida continúan, y quizá, en aquella ciudad de Morelia, Radio Ranchito continúa en la preferencia de ciertos sectores de la sociedad.

  • Morelia es la capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Morelia fue fundada el 18 de mayo de 1541

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Fotografía tomada del archivo familiar, en Facebook, del señor José Guadalupe Muñoz Márquez

Mujeres de siempre: Olivia Kroth, la escritora

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El lector de libros es un aventurero infatigable que navega a una ruta y a otra del arte y el conocimiento. Es un caminante inquieto, un pasajero que se sumerge en las profundidades insospechadas de las páginas, en la tinta, en el papel, en las letras, y explora sentimientos e ideas que alimentan su alma, su cerebro, su ser.

Entra, el lector, a sueños grandiosos e inesperados, abre las puertas de la sabiduría, derrama sobre sí el arte. Descubre, al leer, senderos inimaginables que creía, por lo mismo, inexistentes, y dan sentido real a sus días, a su búsqueda, a su evolución, a su vida. Se recrea con cada libro que repasa y así, al cabo de las mañanas, las tardes y las noches, ya vivió mil existencias en una sola y justifica su paso por el mundo.

Quien escribe libros, es eso y más. Es el autor, es el artista, es el personaje, es el intelectual, y eso lo vuelve irrepetible. Es el hombre y la mujer, la mujer y el hombre, alguien que ha trascendido y desliza el bolígrafo sobre las hojas de papel u oprime las teclas de la computadora con la intención de plasmar ideas, reflexiones, sentimientos, experiencia, sueños y realidades.

El escritor, hombre o mujer, posee el encanto y la magia de crear historias, regalar burbujas de sentimientos, ofrecer sueños e ilusiones, acercar otros cielos y mundos a la comprensión humana. Como que el autor posee las llaves de paraísos e infiernos y es, al mismo tiempo, explorador de la vida y la muerte, de lo tangible y lo intangible, de la esencia y de la arcilla.

De linaje alemán y ruso, con residencia actual en Moscú, la escritora Olivia Kroth es autora de cuatro libros, y es ella quien relata la historia de sus obras y su entrega a las letras, al arte y al conocimiento.

Elegante, culta, distinguida, como la han definido los lectores de las dos entrevistas previas a la actual -https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/06/15/mujeres-de-siempre-olivia-kroth-escritora-y-periodista/ y https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/07/16/mujeres-de-siempre-entrevista-a-olivia-kroth-recuerdos-de-los-juegos-olimpicos-de-verano-de-1972-en-munich-alemania/)-, Olivia Kroth es una mujer con apertura al diálogo. Es respetuosa. Actúa de manera natural, auténtica, con la sencillez de aquellos seres humanos que han alcanzado la grandeza y la maestría en la vida, y saben, por añadidura, que cada instante es una oportunidad para aprender, dar lo mejor de sí, evolucionar y dejar huellas indelebles. Responde con precisión a las preguntas formuladas:

Autora de cuatro libros publicados, se refiere específicamente a sus tres primeras obras y anticipa que “se orientaron a un tipo de audiencia específica, a los lectores de las montañas Taunus y del área de Rhein-Main, región hermosa que se localiza alrededor de Frankfurt am Main, donde se encuentra, precisamente, la editorial Societäts-Verlag, empresa dedicada a la publicación de títulos locales”.

Esa editorial, agrega, obtiene su principal ingreso económico a través de la impresión de periódicos. “Producen grandes volúmenes de impresiones, principalmente del Frankfurter Allgemeine, un conocido medio de comunicación de tipo conservador que es leído en toda Alemania”.

Y prosigue: “miré el catálogo de libros publicados por la editorial y establecí contacto con sus directivos. Me atreví a hacerlo porque era mi deseo y mi sueño escribir y publicar. Aceptaron mi planteamiento inicial para la edición del primer libro, respuesta que evidentemente me motivó a escribir la obra y publicarla en 2001. Su título es Castillos de hadas y residencias de poetas en las montañas Taunus.

“Mi siguiente libro, Viajes en el tiempo en las montañas Taunus, fue publicado un año más tarde, en 2002. Posteriormente, en 2004, fue editada mi tercer obra bajo el título En la corriente temporal del río principal“, explica la autora.

Reflexiva, abre el cajón de los recuerdos, y expresa, al citar su cuarto libro publicado –Tote tanzen nicht/ Los muertos no bailan-, que en realidad “no hubo ningún acontecimiento especial que me motivara a incursionar en la novela, solo el deseo de escribir y probar algo diferente. Después de haber escrito tres libros de no ficción, me incliné por la novela, acaso por ser una ávida lectora de thrillers, es decir de obras de suspenso e intriga. Pensé que podría escribir una novela. Para mí, representó un nuevo tipo de escritura, desde luego con una historia de ficción situada en las montañas Taunus y en Frankfurt am Main, situación favorable para que Societäts-Verlag lo publicara por tratarse de literatura regional”.

En aquella época, cuando escribía la novela, rememora Olivia, “vivía en un pueblo llamado Köppern. Hay una clínica psiquiátrica, oculta en el bosque, cerca de la estación del trenKöpperner Tal. Cuando viajaba a Frankfurt, abordaba ese tren; además, todas las mañanas solía caminar por el Valle de Köppern para llegar hasta la escuela donde impartía clases de literatura inglesa y alemana”.

Con qué emoción y sencillez recuerda Olivia aquellos años y el valle que le encantaba y era apacible y hermoso a toda hora, en cualquier estación, en primavera, verano, otoño e invierno. Arrobada por el paisaje mágico y ensimismada en sus cavilaciones, diseñó una historia situada en el valle, en torno a la clínica psiquiátrica de Köppern.

Informa que su novela inicia a principio de otoño y concluye en postrimerías de invierno, de manera que “escribí múltiples escenas de ambas estaciones en el bosque. El trágico final ocurre en Fastnacht, precisamente en febrero, época del carnaval en Alemania”.

Cita la autora que “hacia atrás, Köppern tiene una historia oscura y trágica. Los lugareños guardan silencio al respecto, probablemente porque están avergonzados. Esta clínica solía ser de exterminio durante la época nazi. Los pacientes con enfermedades mentales murieron. Les aplicaban inyecciones de veneno letal. Cada vez que pasaba por esta clínica, tenía una sensación tan extraña, como si los muertos no estuvieran realmente muertos, como si me susurraran. Así fue como se me ocurrió la idea de elegir a una enferma mental de la clínica como heroína principal de mi libro”.

No obstante, “la novela está ambientada en el siglo XXI. Es una novela moderna. No me atreví a mencionar ningún hecho histórico sobre la clínica, porque vivía en el pueblo de Köppern y no quería convertir a los aldeanos en mis enemigos. Además, mi editor me advirtió que no mencionara en absoluto la época nazi. Por supuesto que no lo hice. Quería ver mi libro publicado. Esto era importante para mí”.

Considera que su obra “es un thriller, una novela familiar y un retrato de la sociedad. El personaje principal es Olga, una paciente de día en la clínica psiquiátrica de Köppern. Vive en la ciudad vecina de Bad Homburg y viaja tres veces a la semana en tren a la clínica psiquiátrica de Köppern para recibir terapia. Es una mujer pobre que vive en muy malas circunstancias. Los últimos 100 metros, desde la estación de tren hasta la clínica, tiene que caminar por el Valle de Köppern”.

De camino a la clínica, “pasa por la villa de una pareja rica, Peter e Ingrid Gessmann. Olga siente envidia por la buena vida y el lujo de la pareja. Peter es un consultor empresarial próspero y rico. Su segunda esposa, Ingrid, es joven, atractiva y le encanta llevar una buena vida. Ella engaña a su marido, mientras él está en el trabajo. El hombre no sabe nada de su doble vida. Ella cree que la única decepción de él es Harald, el hijo de su primer matrimonio. Harald es un estudiante perpetuo en la Universidad de Frankfurt am Main. En lugar de estudiar economía para hacerse cargo del negocio de consultoría de su padre, Harald prefiere pasar sus noches en un círculo celta, donde baila y canta canciones con un druida celta. La cuarta persona que vive en la hermosa villa, además de Peter, Ingrid y Harald, es la anciana y silenciosa ama de llaves, Hermine, quien guarda su propio secreto oscuro”.

Al referirse a Hermine, el ama de llaves, Olivia menciona la declaración de la mujer tras asesinar a su padre enfermo, quien se encontraba en un lecho: “incluso en la muerte sigues pareciendo estúpido. No me mires así”. Lo asfixió con una almohada. Y aclara la escritora que “lo odiaba porque había abusado de ella sexualmente, cuando era una niña”.

Y así, “la envidiosa y loca paciente mental, Olga, encuentra la manera de entrar a la villa, haciéndose amiga del ama de llaves. Roba una llave de repuesto y joyas a espaldas. de la mujer. Cuando Hermine se entera de la falta de la llave y las joyas, ya no deja que Olga vaya a visitarla a la villa. Olga está furiosa”, relata Olivia, quien destaca que la demente diseña un plan diabólico para asesinar a todos, “a esos bastardos que viven en la villa”, y pretende llevar a cabo su proyecto “durante la noche de Fastnacht, que es de carnaval”.

De improviso, Olivia hace un paréntesis en su narración y declara que debe detenerse en ese punto porque resulta preferible no revelar más detalles acerca del final de la obra. Piensa que la curiosidad y la tensión que genera la historia debe continuar, hasta motivar al público a comprar el libro y leerlo.

Reconoce que para su gran sorpresa, “las reacciones de los críticos fueron excelentes. De hecho, muchos periódicos de la zona publicaron reportajes positivos sobre mi thriller”. En el Frankfurt Live, por ejemplo, leyó lo siguiente: “su felicidad parece perfecta cuando Peter e Ingrid Gessmann se mudan a una villa solitaria en Taunus. El anciano consultor de gestión quiere disfrutar el lujo que tanto le costó ganar con su joven esposa en el idílico pueblo de Köppern. Ya está planeando su jubilación. Se pueden encontrar soluciones para todos los problemas, piensa. Pero el idilio es frágil. Se verá arrastrado a un vórtice de mentiras”.

En tanto, el crítico de Main-Post, escribió: “Olivia Kroth despierta curiosidad por su primera novela. Escribe sobre deseos ocultos y tendencias criminales con consecuencias fatales para las víctimas y los perpetradores. La autora presenta figuras y escenas de forma visual. Las ubicaciones del thriller regional son auténticas: Köppern y Bad Homburg en las montañas Taunus y la metrópolis de Frankfurt Rhein-Main. La novela se basa en una investigación exhaustiva en varios lugares. La escritora, incluso, habló con profesionales de la salud y un asesor fiscal local”.

Höchster Kreisblatt, publicó esto: “el lector es un invitado a lugares donde a la gente demsiado rica y chic le gusta pasar el tiempo. Los eventos, registrados en un hermoso lenguaje, tienen lugar en el Valle de Köppern, el Taunus Spa de Bad Homburg, el Palm Garden, el Covered Market y otros lugares conocidos de Frankfurt am Main”.

El crítico de Bad Vilbel New Press, comentó que “los personajes principales están meticulosamente elaborados. Cada uno de ellos es complejo. Crees que los conoces a todos: el anciano y exitoso hombre de negocios con una segunda esposa demasiado joven, el hijo inepto de su primer matrimonio y la engañosa pareja menor, el ama de llaves silenciosa con su oscuro secreto, el druida autoproclamado, un gurú bienvenido en una época en gran parte sin sentido”.

Al crítico de Wetterauer Zeitung, “también le gustó mi caracterización de las personas”, y hasta mencionó que “la autora traza el destino y los caminos de la vida de los personajes de la novela de una manera muy sensible y con mucho amor por la psicología. La acción de este emocionante thriller psicológico está incrustada en la región entre Rhein y Main”.

Wiesbadener Kurier, elogió la caracterización realista: “la autora Olivia Kroth convence con sus finas habilidades de observación. Ella representa las figuras completamente contrarias de una manera extremadamente realista. Estos estudios ingeniosamente entrelazados sobre la atmósfera y el medio ambiente son tan interesantes que el lector apenas notará que se acerca el desastre final. Solo notará la catástrofe en el último segundo, al igual que todas las figuras involucradas”.

Frankfurt New Press, por su parte, enfatizó la psicología de la novela al indicar que con Tote tanzen nicht, ella, Olivia Kroth, “pinta el cuadro psicológico de una familia que vive en su propio cosmos. Incrustados en la atmósfera rural de los Taunus, sus esperanzas y sueños terminan en una red mortal de amor, lujuria y ambición. Todos buscan la felicidad a su manera, pero la danza, en la que quedan atrapados, termina fatalmente”.

Frankfurter Rundschau, destacó el estilo narrativo: “Olivia Kroth sabe cómo hilar ingeniosamente los hilos de su telaraña. Es particularmente fascinante cómo los aprieta cada vez más, hasta que los protagonistas quedan atrapados en él. Al final, ya no pueden bailar, a menos que sea una danza de muerte”.

En Vilbeler Anzeiger, Olivia leyó este artículo: “¡no temas a la muerte! Tantos ya están muertos, usted también puede morir. Todo el mundo ha podido morir hasta ahora, incluso un idiota como tú, como yo, puede morir si tiene que hacerlo”. Y explica que Olivia Kroth colocó esta cita de la novela Codicia, de la ganadora del Premio Nobel, la escritora austríaca Elfriede Jelinek (2004), como lema en la primera página de su thriller: Tote tanzen nicht. “Con más pasajes humorísticos, la autora le da a su obra una nota trágico-cómica”, señala el medio.

El crítico de Babenhäuser Zeitungm, señaló: “la autora Olivia Kroth ha convertido su ciudad natal en las montañas Taunus en una escena de crimen. Así sigue el rastro de su famosa colega Donna Leon, que vive y escribe en Venecia”.

Tras citar algunas de las reseñas que hicieron los críticos acerca de su novela, la autora da a conocer que presentó sus obras, cada año, en la Feria del Libro de Frankfurt, “en el stand de Societäts-Verlag, entre 2001 y 2007. Fue una experiencia extraordinaria. Me encanta el ambiente de las ferias del libro. Es muy emocionante conocer a vendedores y compradores de libros, lectores y agentes. Me senté en el puesto, bebiendo té con mi editor o deambulando entre los puestos de otras editoriales. Había muchos libros nuevos por descubrir y gente interesante por conocer”.

Completa la idea al decir que también “presenté mis libros en las lecturas. Tuvieron lugar en muchos lugares diferentes de la región de Rhein-Main: en librerías, cafés, bibliotecas, escuelas y ayuntamientos. Los lugares más exóticos eran un antiguo molino reconvertido en restaurante y una estación vetusta de tren, que se había convertido en centro cultural. Algunos de los organizadores fueron muy amables. Ofrecieron bebidas y bocadillos gratis al público y, por supuesto, a mí, durante el intervalo o después de la lectura”.

“Normalmente leo 50 minutos; luego respondo las preguntas de los lectores y firmo libros. Mi tarifa, en ese momento, era de 200 euros por lectura. El número de audiencia varió. El mínimo era de seis personas, el máximo de 120. El promedio habitual se situaba entre 40 y 60 asistentes. Me encantaron estas presentaciones de libros. Hablar con los lectores siempre es interesante. Aprendí mucho de ellos, escuché lo que les gustaba y lo que no les gustaba de mis libros. Era motivo de reflexión”, responde Olivia.

Evoca que un anciano dijo “¡na, endlich passiert ja mal estaba en dem Buch!”, lo que significa “¡así que finalmente algo está sucediendo en este libro!”. Ese hombre “era un fanático de la acción rápida y no apreciaba mis descripciones de la naturaleza o los lugares. Los encontró largos y tediosos. Sin embargo, al finalizar la lectura, compró un libro y me pidió que lo firmara. Encontré esto asombroso. Siempre recordaré su exclamación e intentaré propulsar la acción a un ritmo más rápido en mi próximo thriller”.

Opina la autora: “definitivamente quiero llegar a un mayor número de lectores, e incluso al público internacional, en el futuro. Sin embargo, no creo que se reimpriman los tres primeros libros. Estas guías culturales solo son leídas por lectores locales. Con la novela es diferente. Los personajes, sus problemas y sus vidas son de interés general, ya que forman parte de la humanidad. Todos encontramos el éxito y el fracaso, el amor y el engaño, la felicidad y la tristeza, en el curso de nuestras vidas. Como señaló mi gran colega de Austria”, ganadora del Premio Nobel de Literatura, Elfriede Jelinek, “todos moriremos. Algunos mueren antes, otros más tarde, según su estilo de vida y las circunstancias que encuentren. Pero la muerte es algo seguro que nos espera”. Y esto “es tan evidente, que decidí colocar su famoso bonmot al comienzo de mi novela”.

Añade la escritora: “siempre comencé las presentaciones de libros con esta cita. Hizo reír a mi público, aunque la novela Tote tanzen nicht no es tan divertida, tiene un final triste y trágico. Sin embargo, las partes pueden entenderse como una especie de baile macabro, y puedes reír o llorar, como desees. Probablemente tengo un temperamento satírico. Quizás debería incorporar la sátira nuevamente en mis trabajos futuros. Me queda bien, ya que siempre trato de ver el lado cómico de la vida, no solo las tragedias, pequeñas o grandes, que todos encontramos. Dado que estoy en proceso de mudarme a Rusia de forma permanente, quiero reimprimir mi novela Tote tanzen nicht en ruso. Con la ayuda de un agente literario internacional, me gustaría vender el libro en diferentes idiomas y ediciones extranjeras. Este es un proyecto nuevo y emocionante para mí. Estoy trabajando en eso”.

Como artista e intelectual, confiesa: “sigo escribiendo. Soy escritora, no puedo vivir sin escribir a diario. Desde 2014, he estado escribiendo artículos periodísticos sobre Rusia para varios medios de internet. Quiero publicarlos en un libro, en 2024, con el título Rusia espléndida bajo el presidente Vladimir Putin”, y con el subtítulo Una crónica de la década 2014-2024. “Esta será una colección de mi trabajo periodístico, no ficción”.

Adelanta que tiene planes de escribir y publicar más obras de ficción. “Quiero escribir cuentos y otra novela en Rusia. Se colocarán en un entorno ruso. Ya tengo algunas ideas, pero sería demasiado prematuro hablar ahora de tales proyectos. Prefiero presentar los libros cuando se publican, no hablar de su contenido con anticipación. Además, las ideas cambian a menudo en el transcurso de la escritura. Suceden cosas imprevistas con bastante frecuencia”.

Auténtica y clara, la escritora asegura: “valoro mucho los libros impresos. No me gusta leer ediciones digitales. Es cuestión de gusto personal. Creo que los libros impresos y las ediciones digitales se adaptan a una diversidad de gustos, a diferentes lectores, y ambos seguirán existiendo. Seguramente escribiré el texto tipográfico en mi computadora, ya que ahorra tiempo y es mejor para leer. Mi letra es bastante jeroglífica. Además, puedo cambiar pasajes fácilmente en la computadora, mover capítulos hacia adelante o hacia atrás, según sea necesario. Todo este trabajo es mucho más difícil en manuscritos. Sin embargo, me encanta tener un libro publicado en mi mano, mirar la foto de la portada. A menudo, las ediciones impresas son bastante artísticas. Amo las portadas de mis cuatro libros. Creo que Societäts-Verlag hizo un muy buen trabajo profesional. Además, deseo ver las filas de mis libros en los estantes de libros, en mi propio estante de libros en casa, así como en los estantes de libros de bibliotecas y librerías. Me da este sentimiento muy especial… ¡Ah, lo has logrado, estás ahí!”

Reflexiona en el sentido de que “los libros pueden enriquecer las vidas de las personas de muchas formas. Son entretenidos, pasamos el rato en buena compañía con la obra de un autor que nos gusta. Los libros también pueden ser educativos, podemos aprender con los libros. Estoy usando libros en ruso para estudiar ruso. También me gusta leer cuentos, thrillers, novelas históricas y autobiografías en mi tiempo libre. Los libros son mi medio favorito. Otras personas prefieren el cine o el teatro. Yo no. Me gusta quedarme en casa y relajarme en el sofá con un buen libro, o me siento en mi escritorio y estudio el vocabulario y la gramática rusa con un manual. Además, leer un buen libro aporta un cierto beneficio para la salud. La lectura ejercita el cerebro. Tiene un efecto positivo a largo plazo y ayuda a prevenir la enfermedad de Alzheimer. También amplía nuestro vocabulario y el uso de estructuras de oraciones complejas. Me gusta leer a autores que escriben oraciones largas: Heinrich von Kleist, Thomas Mann, Lev Tolstoi y otros. Me enseñan a estructurar frases elegantes y largas, sin perderme en el laberinto del lenguaje. Esto es de especial interés para mí como escritora”.

Destaca que para ella, “el secreto para escribir una novela es llegar hasta el final. Esto no es tan fácil como parece. Algunos escritores se quedan atrapados en algún punto intermedio y se rinden. O descubren que lo que han escrito es un completo desastre. Algunos escritores dicen que escriben sin un plan, prefieren seguir la corriente. ¡Yo no! Soy una persona muy ordenada y estructurada. Necesito una trama y un plan ordenados y estructurados. Mientras escribo, puede ocurrir que me desvíe aquí y allá. Al principio, sin embargo, la estructura es de suma importancia para mí”.

De esta manera, “cuando escribo un thriller, pienso primero en el último capítulo. Decido cómo terminará esta novela. ¿Quién morirá, quién sobrevivirá? ¿Cómo y por qué? Esta es la parte más importante de la trama. El segundo aspecto más importante es cómo llegar desde el principio hasta el final sin que los lectores sepan lo que les espera en la última página. Debería ser una completa sorpresa. Te guardas el secreto para ti. Juegas tus cartas cerca del pecho. Nunca divulgues demasiada información en el capítulo que estás escribiendo. Lo mínimo es lo mejor, lo suficiente para impulsar la trama hacia el siguiente capítulo. Otro aspecto importante es la caracterización. El héroe o la heroína debe ser un ser humano, ni un superhombre ni una supermujer. Me parece más convincente si tienen virtudes, además de defectos. Los otros personajes deben agruparse en torno al protagonista, ya sea que estén de su lado o en su contra. Intento no introducir demasiados personajes al principio. En mi opinión, es mejor insertarlos lentamente, uno tras otro, con intervalos entre ellos. En mi thriller Tote tanzen nicht, todos los personajes no son ángeles ni villanos. Olga está enferma y frustrada, pero no es realmente una mala persona, aunque al final se convierte en una asesina. Peter Gessmann tiene éxito en su negocio, pero es bastante ingenuo en asuntos privados, especialmente en el amor. Su joven esposa Ingrid es una persona superficial y voluble. Sin embargo, esquía bien y se ve bien, si quieres contar esto como ventaja. Harald es un estudiante perpetuo porque no es un intelectual, sino un místico. Su padre realmente no lo comprende. Hermine, el ama de llaves, asesinó a su padre, pero tenía una buena razón para hacerlo. Al menos, lo hace con discreción, y él no sufre por mucho tiempo”.

Convida parte de su fórmula al exponer que “para cada personaje de mi novela, tengo una hoja informativa. En el lado izquierdo escribo las buenas cualidades, en el lado derecho los defectos. Intento equilibrar ambos lados. Esto es realista, ninguna persona es solo buena o solo mala. Las buenas cualidades pueden, incluso, estar enterradas en los corazones de los asesinos, lo crea o no. Así que no representé a Hermine y Olga como villanos. Son mujeres con problemas: mala salud, falta de dinero, frustración, enfado, envidia, porque se sienten maltratadas y no pueden vivir del lado soleado de la vida. No apruebo el asesinato. Lo hago plausible por la forma en que escribo. Hay más aspectos a tener en cuenta al escribir una novela: atmósfera y entorno, escenario, tiempo y ritmo, lenguaje y estilo. Algunos escritores famosos dan talleres online en los que explican el arte del oficio. Vale la pena mirar estos videos. Debo admitir que me encantan los escritores originales con ideas y temas inusuales, lenguaje y tratamiento de personajes inusuales. No quiero seguir el camino trillado yo misma. Mis próximos libros traerán cambios. Ciertamente, nunca escribiré fantasía o ciencia ficción. Lo que sí quiero probar son historias y una novela histórica sobre una gran personalidad rusa. No les diré a quién me refiero. Seguirá siendo un secreto por ahora”, y completa al decir que aparte de eso, cree en el lema de Voltaire (1694-1778): “se permite todo tipo de escritura, excepto la aburrida”.

Sonríe contenta, sencilla, profunda, como se muestra alguien que ha hecho de la vida algo extraordinario y valioso. Tiene planes literarios. Nadie duda de su éxito porque ha trabajado para lograrlo. Es una mujer que no se ha distraído en asuntos baladíes ni en cosas superficiales. Sabe que la vida apenas alcanza para trascender o perderse, y ella, la inolvidable Olivia Kroth, ha elegido la ruta hacia la cumbre. Sin duda es una mujer de siempre y uno puede aprender mucho de ella.

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Olivia Kroth, periodista y autora de cuatro libros, vive en Rusia. Su blog: https://olivia2010kroth.wordpress.com

De nombre y apellidos: Gasparini Fabiano, el niño que se enamoró de la cocina

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Del menú que le ofreció la vida, eligió el de la gastronomía. Desde temprana edad, supo que los colores, las formas y los sabores, cuando se mezclan con alegría, creatividad, pasión y originalidad, se convierten en platillos deliciosos, en ensaladas exquisitas, en postres magistrales.

Le fascina la cocina, acaso por el encanto que le provoca la mezcla de condimentos y sabores, probablemente por recordar sazones familiares, quizá por tratarse de su arte y su vida, tal vez por todo. Como que ya lo traía en su memoria, en su forma de ser. La gastronomía lo ha acompañado día y noche, la mayor parte de su vida, y es parte de su historia.

Gasparini Fabiano es originario de un pueblo enclavado en la provincia italiana de Treviso, llamado Sala D´Istrana. Nació en las horas postreras de 1978, precisamente el 13 de diciembre -día de Santa Lucía-, en un hogar humilde, donde ellos, sus padres -Gasparini Emiliano y Baldan Lucilla-, tuvieron cinco hijos, “dos chicos y dos chicas, en el lapso de nueve años. Fui el tercer hijo y el segundo niño de la casa”.

Sabe, por experiencia, que cada alimento natural trae consigo el aroma y el sabor del  huerto, de la campiña, de la hortaliza, y es, en consecuencia, la suma de los canales de riego, de la lluvia, del sol, del viento y de todos los nutrientes de la tierra, igual que un poema se compone de las letras y los signos del abecedario sin que algo le falte o le sobre.

Y entre la magia de las bebidas y la comida, aparecen las fórmulas, los platos, las recetas, los sabores y las fragancias que llegan hasta los comensales, desde gente anónima hasta personajes célebres, y todos, en un idioma global, se deleitan en una mesa y en otra, a cierta hora, como si se tratara de un paréntesis agradable y tranquilo, un lapso de la vida para convivir y disfrutar.

Gasparini es un hombre amable, conversador y sincero, alejado de apariencias. Es él quien habla de frente al abrir los baúles de sus recuerdos, la historia de su vida: “sinceramente, no me agradaba asistir a la escuela ni estudiar, y así, a los 11 años de edad, de pronto sentí inclinación por la cocina al ayudar a mi madre a preparar una salsa de tomate casera. Corté las verduras y me enamoré de la cocina”.

Reconoce que algo especial y prodigioso aconteció aquel día de su vida, al cortar verduras y participar en la elaboración de la salsa de tomate  Rescata del naufragio aquel capítulo infantil y recalca que a la edad de 13 años, decidió cursar en una escuela de gastronomía, de manera que su primer platillo, que no se elaboraba ni comía en casa, consistió en Macarrones Amatriciana.

Sonriente y emocionado, como quien repasa los momentos inolvidables de su existencia y se sabe vencedor y exitoso, Gasparini relata: “mi padre, mi madre y mis hermanos, sentados a la mesa, probaron con alegría y sorpresa los Macarrones Amatriciana que preparé en el colegio, y les encantaron tanto que, motivado, seguí elaborando otras recetas. Obtuve la aprobación familiar y eso es importante para caminar con mayor seguridad por las rutas de la vida”.

Un minuto se enlazó al siguiente y el otro formó una y muchas más, hasta transformarse en días, “y yo, entre las prácticas escolares y el hogar, estudié y también aprendí de mis padres algo más que cocina”, revela el hombre, quien se siente orgulloso de una profesión que es su estilo de vida.

Nostálgico, confiesa que su infancia fue regular, “no bien, no mal. Al ser el tercer hijo y el segundo niño de la casa, vestía la ropa que utilizaba mi hermano mayor. Recuerdo que durante la temporada de fiestas, como Navidad y Reyes, mis padres obsequiaban un solo regalo para todos porque resultaba preciso ahorrar dinero”.

Uno imagina al pequeño Gasparini, en la aldea italiana, con la ropa de su hermano mayor y compartiendo los juguetes y las cosas en casa. Ante la falta de recursos económicos, todo se volvió de uso común entre él y sus hermanos.

Ya en la adolescencia, salía con su hermano, mayor que él 21 meses. Eso significa que Gasparini era el más pequeño del grupo de amigos y, en consecuencia, ingresaba a discotecas donde estaba prohibido el acceso  a menores de 18 edad. “Recién cumplidos 13 años de edad, bebí cerveza por primera vez. A los 15 años de edad, fumé mi primer cigarrillo…”

Entre aquellas carencias, sus estudios y sus correrías juveniles, Gasparini deseaba materializar su sueño de fundar un restaurante antes de cumplir 30 años de edad, “y como todos los chicos de aquella época, reunir dinero para comprar lo que tanto deseaba”.

Y agrega: “no tenía un plan concreto. Y si tuvo aciertos en la cocina, también hubo momentos complicados, como aquella ocasión, cuando en la escuela participó en la preparación de un flan, al cual le correspondió añadirle la gelatina. Tiré la gelatina y mi reacción fue agregarle el agua que permaneció en el recipiente. Pensé que el agua conservaría la esencia de la gelatina e intenté salvar la dificultad. El resultado desencadenó la risa de mis compañeros y el regaño del profesor”.

Como Gasparini creyó fielmente en su sueño y fue constante en el trabajo, finalmente, al cumplir el período 1992-1997, se graduó en la escuela de gastronomía; aunque reconoce que al no ser buen estudiante, su calificación resultó con un promedio de los más bajos, con 66/100, en Treviso”.

Nunca olvidará, quizá, que mientras asistió a la escuela, laboró durante temporadas de verano en tres hoteles diferentes de playa, como ayudante de cocinero, donde tuvo un despertar como ser humano y adquirió, paralelamente, agilidad en sus actividades y sensatez en sus asuntos. “Conocí gente amable que me enseñó y ayudo en el empleo. A los 15 años de edad, cobré mi primer cheque por la cantidad de 850 euros, equivalente a aproximadamente un millón 600 mil liras italianas”.

Estudió y participó en el servicio militar, hasta que incursionó en su profesión: ayudante de cocina, cocinero, chef y dueño de dos restaurantes. “En mi carrera gastronómica, he intentado variar mi experiencia y he participado en diferentes ramos, como spaghettería, restaurante de pescado, chiringuito, catering, hoteles, comida italiana con máquina para elaborar pasta fresca, pizzería, trattoria. Fui responsable de un negocio”.

Él, Gasparini, soñó y pensó que algún día podría disponer de tiempo suficiente para escribir y publicar un libro de recetas; sin embargo, al descubrir la cantidad de personas que lo hacen y las promueven en youtube, a través de videos que cotizan, y notando lo fácil que es buscarlas en google, pensó que no valdría la pena. Se requieren bastante tiempo y demasiado trabajo. “Es impresionante la cantidad de personas que graban y publican recetas. Abundan en internet”.

Así es Gasparini, original, inquieto, creativo, innovador. Habla acerca de su estilo de vida, de lo que lo motiva a cocinar, de sus detalles. “Soy inquieto. Me gusta experimentar platillos con ingredientes variados. Unas veces, al crearlos, resultan deliciosos y otras, en cambio, en eso quedan, en pruebas. Siempre lo intento hasta obtener una comida exquisita. También incluyo, en ocasiones, ingredientes raros como pasta fresca al cacao con salsa de langostino, por ejemplo”.

Refiere que al principio, cuando los clientes escuchaban sus explicaciones y recomendaciones gastronómicas, quedaban perplejos; pero al probar los platillos, se sentían asombrados y les encantaban. No desconoce que uno de los secretos de la gastronomía consiste en la mezcla perfecta de los ingredientes, como si todos se tomaran de las manos para cumplir su misión en cuanto a sabor, aroma y presentación; sin embargo, tiene presente que la entrega, el amor, la pasión, el entusiasmo, la creatividad y la alegría, en el momento de cocinar, son, en verdad, la combinación que da un toque especial a cada receta, igual que el creador de arte deja las huellas de su estilo en cada obra que produce. A la cocina hay que llegar contento e inspirado, siempre con la idea de dar gusto a los sentidos de los comensales.

Sonríe nuevamente. Rescata de las evocaciones su primer año de estancia en España. Sabe que el aprendizaje tiene un costo, y en verdad protagonizó una experiencia complicada y graciosa, al mismo tiempo, cuando debía elaborar un pedido de comida y solicitó al proveedor de lácteos le surtiera burro, expresión que dejó perplejo al hombre. Gasparini insistía: “necesito burro. Me urge”. El agente, incrédulo y fuera de sí, escuchaba al cocinero italiano y no comprendía lo que en verdad deseaba, al grado que le parecía una locura utilizar un burro en la elaboración de las recetas de cocina. ¿En qué se relacionaba un animal de carga con la preparación y condimentación de alimentos? Definitivamente, no entendía al cocinero, hasta que se acercó el dueño del restaurante y aclaró la confusión. Explicó al proveedor de lácteos que mantequilla en italiano se define burro, y Gasparini, por su lado, aprendió la lección; aunque confiesa que todos sus compañeros, en la cocina, rieron por el incidente”.

Gasparini Fabiano hace un paréntesis, respira profundamente y expresa: “por el momento me siento demasiado feliz y satisfecho con mi vida. Poseo todo lo que una persona común puede anhelar: una familia, una casa propia, dos automóviles. Si no fuera por mi estado de salud, mi vida sería perfecta; pero no me quejo, soy y tengo mucho más de lo que esperaba”.

“Sé que todo se arreglará. Mi hija, mi huerto urbano, mi blog y mi afición por las redes sociales, me mantienen ocupado todo el día. Así permanezco entretenido, transcurre el tiempo y no pienso en asuntos negativos. En estos tiempos tan raros, es fundamental estar cerca de la gente que queremos e intentar vivir felices y plenos, como si cada día fuera una oportunidad nueva para realizarnos y se encontrara lleno de esperanza, sin mirar atrás”, plantea el gastrónomo italiano que radica en España.

Admite que tiene el proyecto de retornar a sus actividades una vez que sea operado de la espalda. Se encuentra en casa. Es un hombre activo y sabe, por lo mismo, que la cocina lo espera con el deleite de siempre.

Hace algunos años, fundó el blog Cocinaitaly, un espacio que ha resultado exitoso y referencia de la gastronomía italiana. Es un hombre que comparte su experiencia y conocimiento en materia culinaria. Tiene miles de seguidores y la página recibe innumerables visitas y comentarios positivos. Cada publicación refleja su amor y pasión por la cocina.

Habla Gasparini: “a la gente que tiene bien definido un proyecto, una ilusión, un sueño, y se siente segura de sí, le aconsejo que se atreva a realizarlo. La vida es una y si las personas no se atreven a protagonizar su historia, a cumplir sus sueños, tal vez mañana resulte demasiado tarde y se arrepienta. Si uno considera que no le va bien, habrá que buscar una solución, otras alternativas y rutas, pero al menos lo intentó. Nunca hay que darse por vencidos. Con buenos deseos y con voluntad, existen posibilidades de triunfar, evidentemente siempre que el entorno se encuentre integrado de gente positiva y honesta”.

Reflexiona y aconseja con el conocimiento y la experiencia que le han concedido los años de análisis: “pienso que el trabajo es importante, pero no es todo. Hay que experimentar la vida con equilibrio y de la mejor forma. Mira, he trabajado desde hace 25 años -un cuarto de siglo-, un promedio de 10 horas diarias, y sentirme enfermo a los 41 años de edad y sin poder realizar las actividades que me gustan, como el deporte, cocinar, la jardinería, pasear, convivir con mi esposa y jugar con mi hija sin padecer dolores, no es grato. Es necesario alcanzar el equilibrio, disfrutar cada día, descubrir lo bello en lo sencillo y ser feliz con lo que uno ama…”

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Fotografía de la colección de Gasparini Fabiano

 

Mujeres de siempre: Cynthia Angélica Ayala Jiménez, una historia de ilusiones, sueños y realidades

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“…cuando tomé la decisión de realizar el examen, lo recuerdo muy bien, me dije que era lo mejor que podía hacer para vencer todos mis miedos”. Cynthia Angélica Ayala Jiménez

“Ese fue mi principal motivo: quería transformarme en una mujer segura, independiente, valiente…” Cynthia Angélica Ayala Jiménez

“Toda mujer debe saber y tener claro que no tiene por qué estar en un espacio y con personas que no la tratan bien, o más aún, que la violentan física o psicológicamente. Lo más importante en la vida de una mujer, es atreverse a ser y hacer aquello en lo que se sienta plena, realizada”. Cynthia Angélica Ayala Jiménez

Un día, en 1994, salió de la oficina del director del periódico, con la alegría juvenil y la ilusión de una universitaria recién egresada de abrirse paso en la vida y realizarse como mujer, profesionista y ser humano.

El director del periódico El Sol de Morelia, Armando Palomino Morales -don Armando, como le llamábamos cariñosamente-, me confesó alguna vez que aquella joven, Cynthia Angélica Ayala Jiménez, le había inspirado confianza y que un rasgo que le agradó fue, precisamente, la amabilidad, la sencillez, el respeto y los deseos de trabajar y progresar de aquella muchacha sonriente, honesta y soñadora. Así la definió al confiarme que esperaba mucho de ella como periodista.

No se equivocó el hombre que entonces tendría alrededor de 63 años de edad. Le autorizó una plaza como reportera y confió plenamente en ella, como lo hizo conmigo, años antes, sin conocerme. Y nunca traicionamos la confianza que aquel señor tuvo en nosotros. Actuamos siempre con honestidad y profesionalismo, fieles a nosotros mismos y a nuestros principios.

Aquella joven soñadora, “amable, bien intencionada y de mirada transparente”, como una vez alguien -otra mujer- la definió en la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, se entregó por completo al quehacer periodístico, profesión riesgosa, poco redituable económicamente y demasiado absorbente en tiempo; sin embargo, siempre llamó mi atención el hecho de que sabía lo que anhelaba en la vida y su mayor tesoro era, como lo es aún, su familia.

Me parece, en consecuencia, una persona que ha dejado huella, digna de ejemplo. Es una mujer de siempre. Es ella, Cynthia Angélica, quien ha respondido mis preguntas por escrito y de diferente modo, a través de lo cual percibo la misma emoción, alegría e ilusión de aquella joven que conocí en las horas de 1994:

“Nací el 18 de febrero de 1971, en Morelia, capital del estado de Michoacán, en el centro-occidente de México. Una ciudad colonial que desde muy temprana edad conquistó mis sentidos y mi corazón. Hablo de aquella ciudad de provincia, en la que aun siendo niños podíamos jugar y andar tranquilamente en la calle”.

Y provoca silencio, nostalgia y reflexión cuando completa la idea: “aquí, en Morelia, transcurrió mi infancia, tranquila y feliz, acaso con los vaivenes que en la época habría de enfrentar toda familia de clase media, pero en la que, ante todo, siempre se buscó inculcar valores y una educación tradicional”.

Es la misma de antaño. Sus palabras e ideales la descubren. Habla con firmeza, valor y seguridad acerca de sus principios, y eso da valor a una persona, a una mujer, a un hombre, a todo ser humano, la congruencia entre sus sentimientos, ideas, palabras y actos. Es el encanto de vivir. Se trata de la pasión de una existencia.

Prosigue con el relato de su vida: “soy la tercera de 6 hijos, llegados alternadamente -mujer-hombre, mujer-hombre, mujer-hombre-, lo cual hizo de la mía una infancia feliz, con acompañamiento constante -entre risas, pleitos infantiles, espacios, aficiones y juegos compartidos-, que bajo la guía de nuestros padres nos hizo crecer como hermanos muy unidos, como nos hemos mantenido hasta la fecha”.

De hecho, Cynthia, a quien desde los 13 años de edad le apasiona tomar fotografías de paisajes naturales, animales, personas y sitios de interés, siente especial amor hacia sus 11 sobrinos. “El vínculo con mis sobrinos, los hijos de mis hermanos, es tan grande que los amo tanto y los considero parte esencial de mí, como si fueran mis hijos”.

Y continúa con la emoción y el orgullo de quien ha tuvo la dicha de disfrutar su hogar e infancia: “hijos de padres trabajadores, desde pequeños aprendimos -principalmente por mi madre- la importancia de colaborar en casa y ser autosuficientes a temprana edad”.

Abre las páginas de su biografía, busca entre los minutos y los días que permanecen en el naufragio del tiempo, horada en sus recuerdos y explica que “en medio de la presencia de mis papás y cinco hermanos, y con un carácter extremadamente tímido, pensaba mucho, pero hablaba poco. Jugaba, sí, pero también observaba, analizaba situaciones que se daban a mi alrededor; percibía actitudes de adultos, que llamaban mi atención e internamente las cuestionaba y hacía conjeturas”.

¿Qué es el tiempo? ¿Cómo se registran los cambios sociales de manera casi imperceptible? No hace tantos años que el rostro del mundo era otro, y ahora aquella época pertenece al ayer, a otras horas, y es historia, recuerdo, historia y recuerdos que se añoran y motiva a preguntar en qué momento se perdieron las familias, la educación, el respeto, la alegría, los hogares.

Cynthia expresa: “mi infancia transcurrió en la época de los juegos de calle, juegos de mesa, muñecas, triciclos, y en una Morelia que aún nos permitía correr por las calles sin los peligros de hoy en día. Regresábamos del colegio -ubicado en el centro histórico de la ciudad- caminando hasta llegar a casa, sin ningún riesgo aparente”.

Refiere que “a pesar de no contar con una situación económica holgada, mi madre siempre se empeñó en que asistiéramos a colegios católicos -tal como su mamá hizo con ella y sus hermanos-, lo que aseguraba que recibiéramos la mejor educación -en esa época y en una ciudad de provincia, éstos eran una garantía -. Así, cursé los primeros 15 años de mi formación escolar con las madres salesianas. Ahí se sentaron en gran medida las bases de mi educación, que venían a complementar y/o reforzar la recibida en el hogar”.

“No obstante, y si bien fueron grandes los momentos, las enseñanzas y los recuerdos que me generó estar en un colegio de monjas, al que asistíamos solamente niñas, también me permitió conocer de manera muy cruda la diferencia de clases sociales y prejuicios raciales que en aquel entonces era muy marcada en la conservadora sociedad de Morelia”, admite.

Confiesa que el hecho de “no pertenecer a una élite predominante en el colegio, lo cual se reflejaba no solo en el color de la piel, sino en la apariencia, los accesorios escolares, el lunch y hasta el auto en que te recogían al salir del colegio -si no es que te tocaba regresar a casa caminado o en transporte público-, marcó sin duda mi vida. Yo estaba en el lado de la minoría, con escasos recursos económicos -en comparación con la mayoría de las compañeras-, y una piel morena que fue motivo de burlas, señalamientos y exclusión, hechos que limitaron mi desarrollo social, haciéndome una niña y luego adolescente extremadamente retraída. Insisto, pensaba mucho, observaba mucho, anticipaba reacciones, a veces en mi mente respondía las preguntas que hacían los maestros, pero nunca me atrevía a hablar ante mi grupo”.

Sus palabras, nuevamente motivan a la reflexión, y uno se pregunta cómo es posible que en una ciudad fundada en 1541, con tantos acontecimientos sociales e históricos en sus rincones, en sus plazas, en sus calles, donde coexistieron diferentes castas, la gente no haya aprendido que las apariencias y las superficialidades son burbujas frágiles y de efímera existencia, tendencia, por cierto, ampliamente practicada en diversas regiones de México y promovida, sobre todo, por las televisoras privadas del país.

Es, parece, mujer analítica: “y, sin embargo, el espíritu que rige a la congregación salesiana, en palabras de su fundador, San Juan Bosco, es “estar siempre alegres”. Y sin duda, es algo que las religiosas -la mayoría- y maestras, podían conseguir en sus colegios gracias al sistema pedagógico que ahí se les inculcaba. Lograba, con el reducido grupo de amigas, o acaso la amiga del momento, estar alegre, disfrutar a mi manera y tener ratos muy buenos, que son los que más grabados están en mi memoria”.

Y cuando uno le pregunta cuáles fueron sus sueños e ilusiones durante su niñez y adolescencia, hace una pausa y anticipa: “tal vez no podría hablar mucho de sueños e ilusiones en la primera infancia, porque solo estaba dedicada a jugar, a vivir. Tal vez fue en la adolescencia, cuando comencé a ser consciente de carencias económicas, que mis sueños e ilusiones se fueron conformando, pero básicamente en el sentido de algún día tener trabajo y dinero para compartir con mi familia. Si acaso, desde muy temprana edad, soñé con aprender a manejar y tener un auto”.

Admite: “no sé si fue el modelo de profesoras que tuve, o mi afición ya desde niña, por los más pequeños, lo que me hizo ir albergando desde muy pronto la que por muchos años fue mi gran ilusión en términos profesionales: ser maestra”.

“Primero con mis hermanos y primos, después con niños vecinos, o con hijos de las amigas de mi mamá, siempre tuve mucha facilidad para relacionarme con los más pequeños. Ensayaba entonces cómo sería maestra cuando grande. Esos fueron en muchos momentos mis juegos, entre los que destacaba preparar presentaciones infantiles para la familia en las festividades (día de la madre, día del padre, etcétera), en lo que una de mis tías -quien fue como mi segunda madre- me apoyaba, ayudándome a confeccionar los atuendos para dicho fin, o cualquier otra cosa que yo creyera necesitar; improvisaba el salón de clases, con un pizarrón que nos habían comprado para coordinar una agenda familiar -lo cual ocurrió muy poco tiempo, y después se quedó como un juguete-; y por supuesto los regaños y los recreos eran parte importante de esos juegos”, similar a una profesora real.

De tal manera, “me visualizaba enseñando a niños, principalmente de preescolar. Este hecho solo cambió cuando en el tercer año de preparatoria -en el bachillerato general con área pedagógica- llevamos la materia de Ciencias de la Comunicación, impartida además por uno de los maestros más reconocidos en Morelia, por su rectitud, fineza, capacidad, rigidez y calidad humana: Gustavo Ernesto Tena Orozco. Era un hombre mayor, que siempre, a cada una nos llamaba por nuestro apellido; de porte distinguido, cabello cano, siempre luciendo impecable, de expresión fina y, sobre todo, siempre exigiendo lo mejor de cada quien”.

Reconoce, tras la sabiduría y experiencia que transmitió aquel maestro: “la materia me conquistó, y el cambio de dirección fue motivado, además, por una prueba vocacional que nos aplicaron en ese periodo, donde me señalaba como áreas de interés y capacidades, la de los medios de comunicación”.

“Debo decir que, para ese entonces, si bien continuaba en el mismo colegio de religiosas, el entorno ya era diferente: grupos reducidos, mayor diversidad socio-cultural, lo que me generó la confianza que en niveles anteriores no había tenido, y me llevó a desenvolverme con mayor facilidad: estudiaba, hablaba, analizaba, me relacionaba, obtenía buenas calificaciones, y a veces no tan buenas; comencé a tener cierto discreto y sutil liderazgo, o eso sentía yo”.

Una vez abierto el libro de las remembranzas, las ideas llegan en tropel y ella las ordena, les da sentido: “tal vez una difícil situación económica, fue el hecho que influyó en mi vida en aquella época. La separación de mis papás, cuando yo tenía 17 años, derivó en desequilibrio económico para mi mamá, y del emocional y psicológico que a mí me ocasionó, solo pude ser consciente muchos años después. En ese momento, nos volvimos pragmáticos, y debimos hacer frente a una difícil realidad: nuestra economía. Mis dos hermanos mayores se convirtieron en el apoyo toral de mi mamá, quien debía hacer frente a la responsabilidad de sostener a la familia. Y yo, ahora lo veo, primero distraje mi atención en asuntos propios de la juventud, sin dar importancia a ese hecho, hasta que comencé a advertir las limitaciones económicas que enfrentábamos, y el impacto que había causado en cada miembro de la familia, comenzando por mí”.

“Desde muy pronto sentí también la inquietud de ser productiva. Quería trabajar, ganar dinero, por lo menos para mis propios gastos. Cuando se presentó la oportunidad, no dudé en aceptar el trabajo que me ofreció mi tía para trabajar en una dulcería grande e innovadora que tuvo una excelente época en Morelia. Tal vez mi modesto sueldo no daba para apoyar entonces al sustento familiar, pero era un gran alivio -de vez en cuando- poder invitarles una hamburguesa o algún otro antojo a mi mamá y hermanos, o simple y sencillamente cubrir mis propios gastos de transporte y escuela. Yo continuaba en el colegio de monjas gracias a una beca que mi mamá gestionó para que pudiera concluir ahí la preparatoria. Trabajar en la dulcería, como dependienta, me dejó grandes aprendizajes, y disfrutaba desde asear el local y acomodar mercancía, hasta decorar con motivos infantiles, de acuerdo a la temporada del año, los ventanales que daban a la calle y atraían a los transeúntes”.

Reconoce que “cuando la carga de trabajo académico fue más pesada en el segundo año del bachillerato, dejé el empleo de la dulcería, pero extrañaba sentirme productiva. Al concluir esa etapa escolar, y ante la incertidumbre de mi ingreso a la universidad, tuve oportunidad de trabajar por casi tres meses en una de las compañías gaseras más grandes del estado de Michoacán en ese entonces. Fui la recepcionista que atendía llamadas para pedidos de gas en Morelia, los organizaba por rutas, los distribuía entre los repartidores, recibía cuentas de éstos, y apoyaba a mi jefe en la preparación de los pagos de cada semana al personal. Dentro de mis funciones, además de recibir los regaños de los usuarios que se quedaban sin gas, porque no se los surtían inmediatamente, estaba el realizar depósitos bancarios, lo que me llevó a observar mucho la dinámica en un banco, y llegar a considerarlo como opción de trabajo”.

Y es que, “al terminar la preparatoria, ya convencida de que no sería educadora, corroboré que aquí en Morelia no había ninguna institución en la que se impartiera la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Con mi mamá, estuvimos al pendiente de la convocatoria para ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM por sus siglas -en aquella época la publicaban en los periódicos más importantes del país-, e hicimos todos los trámites necesarios para aplicar el examen. Fuimos a la Ciudad de México en dos ocasiones: una para sacar la ficha y otra para realizar el examen. Los resultados, según nos informaron, llegarían al domicilio particular, a través del correo terrestre”.

Y así, “llegó septiembre, y nada pasó; siguió octubre y tampoco; mientras, yo continuaba trabajando en la compañía gasera. Pero ante la posibilidad de quedarme sin estudiar, pues no había considerado un plan B, me propuse buscar otro tipo de trabajo, y fue cuando llevé una solicitud a un banco, pero nunca supe si me habrían llamado”.

“Eran casi mediados de noviembre -según recuerdo- cuando ya inesperadamente llegó la carta de la UNAM, felicitándome y dándome la bienvenida, al ser aceptada para cursar la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Fue el 20 de noviembre de 1989 cuando dejaba Morelia para trasladarme a la Ciudad de México”.

Cynthia se interna a sus años juveniles, al momento de su prueba, y admite que “una vez recibida la noticia de que había sido aceptada en la UNAM, sentí pavor. Pero cuando tomé la decisión de realizar el examen, lo recuerdo muy bien, me dije que era lo mejor que podía hacer para vencer todos mis miedos. Ese fue mi principal motivo: quería transformarme en una mujer segura, independiente, valiente, lo cual entonces creía que estaba muy lejos de ser. Hubo ciertas dudas respecto a irme, porque además para ese momento una universidad privada estaba por empezar a impartir esa carrera”.

“Mi análisis me dijo, sin embargo, que no se podría comparar estudiar en una institución que apenas comenzaba a impartirla, con una universidad pública que ya tenía años de experiencia -la más grande del país- y en la que yo ya tenía una matrícula. Y con todo el apoyo y respaldo de mi mamá, tanto emocional como material, tomé la decisión de irme. Una amiga de la familia materna, que vivía allá, generosamente nos ofreció su departamento para que yo viviera con ella durante mis estudios”.

Respira profundamente al evocar aquella prueba de su vida y asegura que “fue así que, de un día para otro, me vi llegando a la Ciudad de México. Me llevó mi mamá en compañía de uno de mis hermanos. Debo reconocer lo contradictorio que puede parecer vivir aquel momento de la separación como uno de los voluntariamente más doloroso de mi vida. Nunca me había separado de ellos, de mi mamá, de mis hermanos. Recuerdo que lloré mucho, tuve mucho miedo, pánico, al verme sola -sin mi familia- en aquel monstruo de ciudad”.

Uno entiende los sentimientos de pánico que experimentó aquella muchacha con sueños e ilusiones enormes y una vida consumida en un ambiente familiar, en una provincia otrora apacible; sin embargo, como ella declara, “afortunadamente, tanto la persona con la que llegué a vivir, una señorita ya mayor, que vivía sola, y su cuñada, que vivía en un departamento del mismo edificio con su hija de 15 años, me acogieron como familia. Debo decir que este apoyo fue fundamental, porque si bien extrañaba inmensamente a mi mamá, hermanos, y todas las personas que formaban parte de mi entorno en Morelia, no me sentía sola. Ellas se convirtieron entonces en mi familia, con lo que se reforzó un lazo de amistad y familiaridad que data desde dos generaciones anteriores, y que hasta el día de hoy se mantiene”.

“Así, y afrontando el dolor que nunca dejó de ocasionarme la distancia de mi familia -confieso que lloré mucho, durante muchos días seguidos-, a quienes veía en promedio cada mes, que venía a Morelia, concluí la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Y por lo mismo, siempre tuve claro que, al terminar, quería volver a Morelia, a mi ciudad, con mi mamá y hermanos, con mi familia, y trabajar aquí”.

Hace el recuento: “fueron cuatro años y medio los que viví en la capital de México, suficientes para enamorarme de la ciudad, con todos sus contrastes, de la grandeza y riqueza histórica y cultural que encierra la gran urbe, y sobre todo de la muy breve pero entrañable historia que ahí construí. Adopté entonces al Distrito Federal como mi segunda ciudad favorita, y le estoy infinitamente agradecida porque en medio del pánico me empujó a sacar la osadía de hacer y vivir, de aprender a valerme por mí misma, que tal vez en otras circunstancias me hubiera costado más trabajo sacar”.

Es agradecida. Reconoce el esfuerzo de su familia, de la gente que la ama, y es por eso, quizá, que menciona que “estudiar en la Ciudad de México sin duda fue una de las mejores experiencias y oportunidades que agradezco infinitamente a mi mamá, a mi familia, y a la vida. Me cambió la visión del mundo. Me permitió descubrirme a mí misma”.

Surge, entonces, el espíritu de quienes han cursado alguna carrera profesional en la Universidad Nacional Autónoma de México, una de las instituciones más grandiosas que han encumbrado el nombre del país: “tal vez son unos cuantos los amigos que conservo de la universidad, pero con cada persona que conviví, compañeros, personal administrativo, de las bibliotecas, etcétera, aprendí la grandeza de una universidad que te hermana aún con el que no conoces”.

Recuerda con la alegría, el orgullo y la satisfacción de quien se ha atrevido a vivir episodios que parecían inalcanzables: “caminar por la explanada principal de la UNAM, admirar los murales de la biblioteca central, la torre de Rectoría, y la facultad de Medicina, solo por mencionar algunos de los espacios del campus, era un aliciente cuando me sentía sola y a punto de flaquear. A pesar de sentirme pequeña en aquella inmensa ciudad universitaria, y aquel mundo de estudiantes, me reconocía afortunada por estar ahí, y tener acceso a esas inmensas bibliotecas, hemerotecas, y, sobre todo, a grandes maestros”.

No omite que “sin duda la mayoría de profesores, cada uno a su manera, influyeron en mí. Lourdes Quintanilla, Javier Oliva Posada, Leopoldo Borrás Sánchez, Carmen Avilés Solís, Carmen Sanz, son los nombres que vienen a mi mente, como excelentes profesores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales”.

Recorre, como una viajera con experiencia en las muchas rutas de su vida, que “para la realización de un trabajo escolar, tuve oportunidad de entrevistar, como simple estudiante, al periodista Miguel Ángel Granados Chapa, a quien fui a buscar a las oficinas de la radiodifusora Grupo Radio Mil, y donde me dio una cita para visitarlo en su despacho. Encantada en una oficina en aparente desorden, de papeles, documentos y libros, me habló sobre el periodismo, su trayectoria y su renuncia -que estaba muy reciente- al periódico La Jornada”.

Recalca, segura de sí: “pero quien llegó a marcar mi vida de manera contundente, tanto en lo profesional como en lo personal, fue el maestro -así, en toda la extensión de la palabra- don Henrique (si, con H) González Casanova. Sus clases eran esperadas con gran placer, porque siempre, aun cuando por llamar la atención a algún compañero se saliera del tema, nos daba grandes lecciones. Un caballero, en toda la extensión de la palabra, de excelente educación y fineza, de porte elegante, siempre vestido de traje; nos exigía hablar correctamente, con propiedad. Siempre con un voto de confianza en la juventud, se acercaba a algunos de sus estudiantes para ofrecer algún tipo de apoyo, dependiendo de las cualidades que viera. Por alguna razón se acercó a mí, al igual que a otras compañeras y compañeros. Al advertir mi gusto por la lectura, me regaló libros que aún conservo, nos invitaba a tomar un café, nos llevó a conocer su casa en la colonia Florida, y en ella su inmensa biblioteca, y en cada encuentro eran interesantes charlas sobre literatura, sobre personajes de la vida pública, del arte, de las letras, con quienes había convivido, pero, sobre todo, nos daba grandes lecciones de periodismo, de comunicación y de la vida”.

Ya en la última etapa de estudios, “y al percatarse de una condición económica limitada, me otorgó una beca estudiantil con la que apoyé un poco mi manutención; esto, y un negocio informal que comencé entonces, me ayudaban a hacer menos pesada la carga monetaria para mi mamá. Era una época en que se comenzaba a usar bisutería de fantasía muy vistosa y económica, que yo compraba en el centro de la Ciudad de México y vendía cada vez que venía a Morelia entre amistades, vecinas y compañeras de trabajo de mi mamá y hermana”.

Es lectora de libros. “Mi gusto por la lectura en la infancia y adolescencia, se fue dando en una de las recámaras de mi casa, donde había todo un librero lleno. En muchos casos, mientras mis hermanos jugaban o veían televisión, o hacían otras cosas, yo me sentaba a la orilla de la cama que estaba junto al librero, y recorría todos los títulos, sus nombres, autores, y si acaso alguno llamaba mi atención, lo sacaba, lo ojeaba y tal vez hasta lo leía. Hubo un momento en que, me atrevo a decir, tenía un inventario mental de la bibliografía que ahí concentraban mis papás: literatura universal, superación personal, buenos modales, colecciones, enciclopedias, psicología, técnicos, etcétera. Creo que a ellos debo mi fuerte inclinación y gusto por la lectura. Son personas muy preparadas e inteligentes, a quienes admiro y respeto profundamente, más allá del infinito amor y gratitud que les tengo”.

Uno de los libros que “llamó grandemente mi atención en la adolescencia, fue La Noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Después de leerlo comencé a documentarme y conocer su trayectoria y a interesarme por su literatura. Ya en la universidad mi maestro don Henrique se enteró de mi gusto por la obra de la escritora que además fue su amiga personal, y me regaló Hasta no verte Jesús mío, y Tinísima (dedicado por él: “Para Cynthia, este retrato que hizo Elena de Tina, y la fotografía que Tina hizo de la azucena, hoy que viene vestida de blanco, con el agradecimiento y la amistad de Enrique G. C.”)”.

De esta forma, “comenzaba mi colección de obras de la autora, a quien he tratado de seguir de cerca, y si bien no he leído su obra completa, sí una gran mayoría. Entre mis favoritas, Dos veces única, que narra la vida de Guadalupe Marín, y Las siete cabritas, donde retrata a siete mujeres destacadas en el arte en México”.

Estas primeras lecturas, “y por supuesto mi formación periodística, me fueron haciendo una aficionada a la literatura que tiene como base la realidad: la novela histórica, periodística o biográfica. Entre mis autores favoritos, Mario Vargas Llosa, a quien tuve la oportunidad de ver y escuchar en una conferencia en el Centro Cultural Universitario de la UNAM, donde presentó su libro El pez en el agua, apenas unas semanas después de que declarara que México era la dictadura perfecta; Gabriel García Márquez, Francisco Marín Moreno, Julio Sherer, por mencionar algunos, y por mucho tiempo fui asidua lectora del Mar de historias que publicaba cada ocho días Cristina Pacheco en el periódico La Jornada. Además de los ya mencionados, puedo pasar largos ratos en una librería, analizando títulos y si alguno llama mi atención, simplemente me doy la oportunidad de conocer nuevos autores”

Nunca olvidará, quizá que “muchos de mis tiempos libres en la Ciudad de México, fines de semana que no venía a Morelia, para no sentirme sola y nostálgica, me iba a las grandes librerías, Gandhi, El Sótano, donde podía pasar horas viendo libros, aunque no comprara, porque generalmente no tenía dinero”-

Agrega: “también me he ido haciendo aficionada de libros, artículos o entrevistas relacionados con educación y psicología, temas que siempre han llamado poderosamente mi atención, y sobre los cuales busco documentarme de manera constante”.

Detiene su conversación, hace una pausa como para ordenar sus recuerdos, hasta que habla de nuevo: “como estudiante de periodismo recibí la oportunidad, primero, en un periodo vacacional, de asistir un par de semanas al periódico La Voz de Michoacán, tan solo para conocer cómo era la dinámica en un diario, y donde me permitieron realizar algunas notas periodísticas. Seguramente para ellos pasé inadvertida, pero estaban en la redacción periodistas que hoy gozan de toda una trayectoria y todo mi respeto y admiración profesional, era el inicio de la década de los 90”.

Todo, parece, tiene un inicio y un final. Un día, de pronto se levantan las cortinas del escenario, y otro, en cambio, descienden, y puede ser que el escenario ofrezca la oportunidad de reaparecer con otro capítulo, y así aconteció con Cynthia:  “a mi regreso a Morelia, una vez concluidos mis estudios y el servicio social, el cual realicé en la misma Facultad, como adjunto de profesor, el compañero periodista a quien le habían asignado orientarme y asignarme tareas en La Voz de Michoacán, me pasó el dato de que se acababa de irse un reportero en El Sol de Morelia, por lo que tal vez habría una oportunidad para mí. Decidida fui a llevar mi currículum, y a los pocos días me llamaron de parte del director para que fuera a una entrevista”.

“Aún recuerdo, con mucha gratitud, mi nerviosismo ante el señor Armando Palomino, quien hizo notar que, si bien no tenía experiencia, era justo dar oportunidad a quienes apenas comienzan. Sin duda, empezar a trabajar después de los estudios universitarios, considero, es el verdadero principio del aprendizaje; es cierto que se llega con un bagaje de conocimientos, pero que sin la práctica difícilmente pueden cobrar sentido y considerarse completos”.

Detalla que “fueron dos años y medio -de gran aprendizaje- los que me desempeñé como reportera en El Sol de Morelia, primero dando cobertura a la información relacionada con el ayuntamiento local, y al poco tiempo se me asignó de manera especial todo lo relacionado con economía y empresarios”.

Posteriormente, “en la búsqueda de otro tipo de actividades, que me permitieran compaginar mi etapa de maternidad, desempeñé actividades de oficina y como docente. Áreas de relaciones públicas, oficinas de prensa, y la oportunidad de dar clases, fueron durante los primeros años como mamá, lo que me permitió dedicar lo que yo consideraba tiempo de calidad para mi hija, que hoy tiene 23 años de edad”.

Discurrían los días del año 2000, “cuando formé parte de la plantilla de corresponsales del que fuera el primer periódico por internet, llamado MexisTo2. Fui a la Ciudad de México a recibir capacitación, ya que entonces no se tenía como ahora el conocimiento generalizado del manejo de correo electrónico; más aún, era toda una hazaña tener un modem alámbrico y lograr conectar, sobre todo en una ciudad de provincia, como la nuestra, donde la tecnología siempre tarda un poco más en llegar que en la capital del país”.

“Fue poco el tiempo que duró el proyecto como tal, ya que la empresa se enfocó más a la prestación del servicio de internet, que a la generación de contenidos, por lo que terminó mi contrato, pero dejándome grandes aprendizajes”.

Tras navegar por su existencia, Cynthia informa que “después de algunas breves participaciones en radio, mi trayectoria periodística debió hacer una pausa, por voluntad propia. La tarea de ser mamá me representó una prioridad, quise permitirme hacerla lo mejor posible y disfrutarla; estar presente en los momentos importantes de mi hija: llevarla a la escuela, recogerla, ayudarla con tareas, asistir a sus festivales, acompañarla en actividades extraescolares, estar presente los fines de semana, etcétera. Así, y al contar con todo el respaldo económico y moral de mi esposo, me ausenté de los medios de comunicación, y me enfoqué en la actividad docente, que también disfruté plenamente, pero con la bondad de que se reducía a solo algunas horas a la semana; todo lo que implicaba, preparación de clases y procesos de evaluación, los podía hacer en casa”.

Como académica, “tuve a cargo materias enfocadas a los géneros periodísticos en las instituciones privadas que entonces ya impartían la carrera: Universidad de Morelia, Instituto de Estudios Superiores de la Comunicación -que posteriormente desapareció-, Universidad Vasco de Quiroga y Universidad Latina de América. Sin duda hasta la fecha sigue siendo una gran satisfacción esa etapa, al encontrar en pleno y exitoso ejercicio de su carrera a algunos de aquellos jóvenes que fueron alumnos, y que aún me dispensan una grata sonrisa al verme, un afecto manifiesto, y que aún me llaman maestra”.

Inquieta, resume que “como emprendedora, en tres ocasiones participé en el impulso de proyectos editoriales, específicamente revistas especializadas, que no trascendieron por no contar con el respaldo económico que entonces todavía se requería, al no existir las plataformas digitales y requerir grandes inversiones para impresión”.

“Durante el tiempo que dejé de trabajar en los medios, busqué actividades alternativas, como trabajos independientes de redacción y corrección de textos -libros, tesis, manuales, discursos, proyectos especializados-, y comencé un pequeño negocio informal de venta de perfumes, que, sin ser mi principal actividad, hasta la fecha conservo”.

Recuerda que cuando su hija “estuvo un poco más grande, tuve la oportunidad y decidí regresar a los medios de comunicación. Arrancaba el proyecto del periódico La Jornada Michoacán, y formé parte del equipo de reporteros con que inició este diario. Volví a ser asignada a la fuente económica de manera prioritaria. Debo asumir que reencontrarme con el periodismo, me revitalizó profesionalmente hablando, y disfruté plenamente los dos años y medio que participé de este medio”.

Da vuelta a otra página de su existencia y menciona que “después vinieron un par de campañas políticas, en área de comunicación social, y nuevamente la pausa, el trabajo independiente, desde casa, que me permitía estar presente y acompañar a mi hija adolescente”.

Y, sin embargo, “nunca me solté de los medios de comunicación, que me seguían atrayendo. En 2013, la entonces directora multimedia de Cambio de Michoacán, y mi ex alumna en la Universidad de Morelia, la licenciada Lety Florián, me invitó a participar en la generación de contenidos audiovisuales para el portal de internet del periódico. Volví a integrarme al medio, aunque de manera moderada”.

Los proyectos Cambio en el Debate, primero, con entrevistas a empresarios michoacanos, más tarde Mujeres de Cambio, y luego EducarT, impulsados desde la dirección mencionada, “me permitieron encontrar una nueva forma de hacer y decir periodísticamente, sobre aquellos temas de interés social. En cada tema o problemática abordada, confirmaba la importancia de la comunicación como paso fundamental para generar los cambios que tanto necesitamos como sociedad, pero sobre todo y ante todo, de la educación, de la cual depende en gran medida lo que somos y de donde derivan muchos de los problemas que padecemos”.

Argumenta que “concluir mi participación en Cambio de Michoacán, dejó en mí sembrada la semilla para ahondar, ahora sí, en temas que siempre me habían sido de especial interés: educación, psicología y mujeres, de donde nacieron algunos proyectos de comunicación personales, independientes, haciendo uso de las plataformas digitales, para difundir toda una diversidad de información sobre los mismos. Uno de ellos, ya en marcha, aunque enfrentando la compleja tarea de emprender en tiempos de pandemia, EducarT, medio de comunicación digital, especializado en educación, arte y cultura. Y otros más, aún en proceso”.

Opina: “y es que el ejercicio del periodismo enfrenta un momento por demás complejo, en el que el acceso a la información a un solo click, la aparición de la figura del periodismo ciudadano, nos ha impuesto nuevos retos, pero también pone a la ciudadanía ante un riesgo -aún mayor que antes- de ser víctima de la desinformación, la rumorología y la manipulación masiva”.

“Grandes y prestigiadas empresas periodísticas han sucumbido a la realidad tecnológica que las rebasa y les deja sin mayores herramientas para sostenerse”, añade, “mientras los reporteros, conductores, comentaristas y líderes de opinión ya no dependen de ellas, pues con sus solos nombres dan continuidad a su labor informativa y de opinión en las plataformas digitales, siguiendo sus propias líneas editoriales, de acuerdo a convicciones, criterios o intereses personales”.

Sin embargo, “no todos tienen la visión, las posibilidades o habilidades para incursionar en esta nueva era del periodismo, del periodismo digital, lo que ha dejado a un importante número de periodistas sin otra posibilidad que la de acercarse a trabajar para las instituciones que tal vez en ejercicio cuestionaron o denunciaron, convirtiéndose en parte de ellas, o en la necesidad de trabajar en otras áreas que nada tienen que ver con la comunicación”.

Mujer que ha acumulado conocimiento y experiencia a través de los años, quizá con tropiezos como acontece a las personas grandiosas, tal vez con períodos de triunfos, acepta que al parecer “se está gestando un nuevo modelo de empresas periodísticas, que busca responder a la época actual, y tenemos la obligación de actualizarnos y avanzar al ritmo de la tecnología, con la responsabilidad social que ello implica. Hay muchas de las empresas de tradición que supieron adecuarse y llevaron muy bien su transición, y otras nuevas que están llegando con gran empuje. Pero siempre, y ante todo, debemos pugnar por rescatar y dignificar al periodismo como una actividad profesional, especializada y de alto sentido social”.

La pregunta está dirigida a un punto deficiente en el sistema educativo mexicano y su aplicación en la realidad, y se refiere, específicamente, a si existen congruencia y vinculación entre la universidad y el ámbito profesional: “considero que en la mayoría de las profesiones, existe una marcada distancia entre la universidad, los contenidos, la realidad que pintan los profesores, o aquella que los estudiantes -como estudiantes- alcanzan a percibir cuando salen a realizar investigación, trabajo de campo o prácticas, y aquella a la que se han de enfrentar ya como profesionistas. Con mucho gusto he podido atestiguar que las universidades locales se han preocupado por actualizar sus planes y programas de estudio, para hacerlos cada vez más congruentes con la realidad en la que se verán inmersos sus egresados. Sin embargo, considero que es una cuestión de madurez: la congruencia total entre una y otra difícilmente se va a alcanzar, porque es la experiencia, la práctica, sin duda, la mejor y más contundente maestra para los profesionistas. Por eso, es importante que las universidades sigan haciendo su mayor esfuerzo para ofrecer profesionistas lo mejor preparados posible, con lo que les estarán haciendo menos difícil dichos aprendizajes en la etapa de su inmersión al mercado laboral; que muy pronto los empiecen a vincular con empresas e instituciones donde se habrán de desempeñar, para que al concluir sus estudios no siga ocurriendo lo que a muchos, que llegan sin tener la menor idea de cómo es la realidad”.

Sabe, por lo que ha experimentado, que la vida es dinámica y que uno, si en verdad pretende dejar huellas indelebles y constancia de su paso, no debe perder el tiempo en asuntos baladíes ni en pasatiempos estériles, y es la razón, sin duda, por la que tiene proyectos, de manera que “actualmente trabajo en el ya mencionado, EducarT, medio de comunicación especializado en educación, arte y cultura. Se trata de un sitio web, educart.mx que ofrece información escrita, audiovisual y gráfica sobre las diferentes opciones educativas que hay en el estado; entrevistas sobre temas relacionados con el proceso educativo, y en los que, por supuesto se contempla el arte, como elemento fundamental en la educación; análisis sobre las problemáticas y aspectos relacionados con el tema; así como la integración de un directorio escolar y agenda de eventos culturales”.

Por otra parte, “el haberme alejado durante algunos años de la práctica periodística, me llevó a obligarme a la actualización constante. Tomé algunos cursos sobre periodismo digital, periodismo creativo, gestión de redes sociales, por mencionar algunos, lo cual me ha permitido desarrollar algunas actividades adicionales de manera independiente. Así, de forma conjunta con mi esposo, que es diseñador gráfico y con quien hacemos un buen equipo, ofrecemos el servicio de páginas web, imagen, fotografía y manejo de redes sociales para empresas”.

Adicionalmente, “tengo un blog en el que no he escrito tanto como quisiera, pero en el que puedo verter ideas sobre toda una diversidad de temas, de interés social, educativos, literarios, hasta los muy personales que me permiten proyectar sentimientos y emociones, lo encuentras como cynthiaayalaj.wordpress.com”. En facebook tengo una página denominada Mis creaciones, en la que presento mis trabajos y pinturas sobre madera”.

Felizmente, como madre realizada que es, refuerza su deseo de agregar que “con mi hija Vania Jocelyn, compartimos el gusto por la literatura, los libros, la poesía, la palabra, y este año comenzamos –- iniciativa de ella- el proyecto Declamador_es, enfocado única y exclusivamente a leer en voz alta y con ello promover esta forma de arte. Es una página de Instagram, @declamador_es, y un canal de YouTube, Declamador Es, en donde quienes comparten como nosotros el gusto por la declamación, están participando gustosos. Es un proyecto, reitero, sin fines de lucro, solo por el gusto de promover la poesía, los cuentos, y todo aquello que tiene que ver con el arte de la palabra. Seguidores y suscriptores, y no otra cosa, será nuestra ganancia en este proyecto, porque al ver y escuchar nuestros videos, al escuchar poesía, narraciones o cuentos, y tal vez sentir la inquietud por leer más, por declamar, sabremos que estamos logrando algo muy bueno”.

Las condiciones, los retos, los intereses y los escenarios de la hora contemporánea son preocupantes y riesgosos; no obstante, Cynthia asegura que uno de sus intereses es “la educación, sin duda alguna, porque es donde está la base de muchos de los grandes problemas que como sociedad estamos enfrentando. Entre los más severos, la violencia intrafamiliar, hacia las mujeres y los niños, la violencia y agresiones en las escuelas”.

Hace un año, “participé en el Congreso Nacional de Bibliotecarios, y uno de los compañeros panelistas, quien representaba a una universidad virtual, hacía notar que la educación ya no está en manos de los padres o la familia, que ahora nuestros niños se tienen que educar a través de internet o de otros medios electrónicos, y que estos son ahora los responsables de educar a los niños y jóvenes, lo cual me pareció por demás descabellado”.

“Creo que debemos hacer un arduo trabajo para que las nuevas generaciones rescaten la integración familiar, sea cual sea su composición, para que los niños reciban en casa aquellos cimientos que les permitan salir y hacer frente al mundo, a la sociedad, con actitud empática, de respeto, tolerancia y ante todo con un sentido humano. Debemos encontrar el equilibrio entre el trabajo, el esparcimiento, y la responsabilidad que conlleva ser padres o tutores de los menores, quienes sin duda solo pueden encontrar en el amor de los adultos que les rodean, en su ejemplo, una guía para hacerse hombres o mujeres íntegros, y con la suficiente fuerza para defenderse a sí mismos y aquello en lo que creen”.

El tiempo camina implacable. Las manecillas recorren la carátula del reloj una y otra vez, inagotables, demasiado acordes a su misión y fieles al tiempo. Cynthia lo sabe y aprovecha los lapsos de la entrevista con la idea de declarar que “lo más importante en la vida de una mujer es ser consciente que tiene tanto valor, capacidades y derechos, como los de un hombre. Ante todo, tener siempre claro que es un ser independiente, libre, con tantas obligaciones como derechos. Toda mujer debe saber y tener claro que no tiene por qué estar en un espacio y con personas que no la tratan bien, o más aún, que la violentan física o psicológicamente. Lo más importante en la vida de una mujer, es atreverse a ser y hacer aquello en lo que se sienta plena, realizada”.

Excelente oradora, apasionada de la fotografía y entusiasta pintora sobre madera, plantea que “como seres humanos tenemos un poder superior que nos permite lograr aquello que deseamos, pero hemos sido alienados por instituciones y grupos de poder, para creer que tenemos límites, que el sufrimiento y las carencias son virtud que será compensada algún día, tal vez cuando ya no estemos en este mundo”.

“Uno de los grandes aprendizajes que me ha dado la vida, poniéndome siempre a los mensajeros en el camino, la intuición, las lecturas adecuadas, es que nuestra mente es muy poderosa, y tenemos la capacidad de crear nuestras propias circunstancias, si rompemos con viejos esquemas heredados de generaciones anteriores, para alcanzar un estado de bienestar”, expone.

Y responde: “como mujer, debo decir, he vivido el amor hasta su máxima expresión y también sufrí el dolor de las rupturas, la decepción, el desengaño en relaciones de pareja, pero un día tuve el deseo con toda mi fuerza de compartir mi vida con alguien, y ese alguien llegó. Hoy vivo en una relación plena, con un hombre que camina conmigo, a mi lado, como compañero de vida y con quien compartimos alegrías, preocupaciones, tristezas, actividades domésticas, ¡todo!”

Como quien ha navegado y recorrido el mapa de la vida, Cynthia -la mujer, la periodista, la hija, la hermana, la madre, la sobrina, la tía, la esposa, la lectora de libros, la fotógrafa, la oradora, la artista de la pintura sobre madera-, expresa: “hoy puedo ver que las decisiones que he tomado en el camino profesional, en función de mi vida personal, han sido las adecuadas, y me hace inmensamente feliz seguir acompañando a mi hija mientras se sigue forjando como una gran mujer y profesionista en el ámbito de la medicina”.

“He aprendido que la verdadera felicidad se encuentra en ser aquello que verdaderamente deseamos, aunque no siempre vaya en concordancia con lo que dictan los cánones y estereotipos sociales, y que, si bien podemos ser muy cuestionados por ser o hacer las cosas de manera diferente a la mayoría, debemos confiar en que somos capaces de llegar a nuestras metas”.

Detalla que “de ahí, la importancia además de ser congruentes entre el decir y el hacer. Si partimos de la congruencia en nuestras relaciones personales, sociales, laborales, estaremos en el camino adecuado. Si ya no sientes esa confianza en el camino que estás siguiendo, ya no lo sigas; si no te sientes contento con esa persona, aléjate; si no es eso lo que deseas para tu vida, déjalo, y por el contrario, si es lo que anhelas, lucha y trabaja por lograrlo. No hables de honestidad, lealtad, respeto, tolerancia, o cualquier otro valor, ¡vívelo y pregónalo con el ejemplo!”.

Serena, contesta la pregunta “la familia parece un modelo desgarrado en estos días. ¿Qué opinas?” Responde firme: “durante mi infancia, adolescencia y juventud, escuchaba las críticas que se hacían a la televisión, por ser un factor de desintegración familiar. Sin duda ha sido un medio de enajenación extrema. Pero creímos que nada más grave podía pasar, porque no imaginábamos a donde llegaría la tecnología. Mientras la televisión tal vez distraía y alienaba a la sociedad, con contenidos superfluos y vanos, todavía permitía cierto grado de interacción familiar al disfrutar algún programa, comentarlo, o hasta en las discusiones y acuerdos sobre los contenidos o tiempos de que cada quien dispondría para verla. No sucede así ahora. Hoy asistimos a una época contradictoriamente globalizada, pero por demás individualizada; podemos estar en contacto con alguien que está del otro lado del mundo, pero demasiado lejos de quien está sentado a nuestro lado, así sea padre, madre, hijo, hermano, abuelos o tíos. La tecnología nos ha aislado, y tal vez ha sido el mayor disruptor de la estructura familiar. Hemos permitido que los aparatos inteligentes nos absorban y reemplacen la interacción familiar, las charlas anecdóticas, la posibilidad de compartir preocupaciones y alegrías con nuestra familia, y más aún, el proceso de educación de nuestros hijos. Me parece muy grave ver en la calle, en restaurantes o lugares de esparcimiento, a las parejas jóvenes que les dan a sus bebés, de apenas 8 meses, uno o dos años de edad, un teléfono celular para que jueguen y no distraigan sus comidas o su convivencia con amigos”.

Argumenta que “bajo la muy socorrida idea de no querer que los hijos padezcan las carencias o limitaciones que nosotros tuvimos, los padres estamos siendo en exceso permisivos, dejando de lado las enseñanzas más importantes para los menores: a ser respetuosos con el prójimo, tolerantes, y a esforzarse para conseguir lo que quieren”.

“Aquí hay una importante tarea para educadores, padres de familia y medios de comunicación, que aprovechando precisamente la tecnología y sus alcances, podemos difundir y promover la vuelta a esa convivencia familiar en la que se encuentran los mayores aprendizajes; a la comunicación al interior del hogar, a los juegos, a las charlas, a la integración familiar que permita a las nuevas generaciones llegar a la edad adulta con la fortaleza y valores que tanto se requiere para lograr mejorar al mundo”.

Respecto a sus proyectos, responde: “efectivamente, siempre están llegando ideas a mi cabeza. Hay proyectos enfocados en la comunicación. Uno de ellos es dar continuidad a un espacio dedicado a información relacionada con mujeres; otros más a escribir… escribir, escribir y escribir, porque -creo- “siempre hay algo que decir”.

Asegura que desea escribir de manera más sistemática, “y de ahí dar el salto y ahondar en temas específicos de educación, psicología y cultura, y uno que otro biográfico, aprovechando las plataformas digitales que hoy están al alcance de todos”.

Envía un mensaje a las mujeres, antes de concluir la entrevista: “que crean en sí mismas, que busquen hasta descubrirse como seres únicos e irrepetibles, y sobre todo, con todo el derecho a la realización plena; a amar y ser amadas, con equilibrio y respeto. Que hagan conciencia de que la vida es un constante comenzar. Que siempre, siempre hay la posibilidad de volver a empezar. Aunque a veces parezca que las fuerzas decaen, aunque a veces sentimos dolor en el alma, desánimo, siempre habrá un nuevo comienzo. Que las mujeres somos tan frágiles y nos podemos romper, pero igualmente tan fuertes que nos podemos reconstruir y resurgir como el ave Fénix. Se puede ir una pareja, alejarse la que considerabas una gran amiga, podemos perder un trabajo, un proyecto, pero siempre podemos y tenemos la obligación de volver a empezar, porque hay una fuerza interior que nunca se pierde”

Hace una recomendación: “y algo muy importante, que confíen en su instinto, porque en efecto, las mujeres hemos sido dotadas de la magia, intuición femenina, sexto sentido, o como quieran llamarle, y tenemos la capacidad de identificar cuando algo en nuestra vida o en nuestras relaciones no está bien. Si todas hiciéramos caso a esa voz interior que nos alerta, habría menos casos de violencia, de abusos, muchas más mujeres realizadas, plenas y felices, y en consecuencia mejores seres humanos educados por ellas”.

Cynthia, quien una vez regresó a su ciudad natal después de enfrentar y vencer sus miedos y debilidades, y apareció joven, feliz y sonriente en los pasillos añejos del periódico El Sol de Morelia, aún no concluye su historia. Sabe que la grandeza espiritual y humana se construye cada momento de la vida, y así lo hace diariamente, convencida de que al mundo uno viene a aprender, dar amor y lo mejor de sí.

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