Mujeres de siempre. Tania Brito Melo, de niña soñadora e ingenua a poeta inolvidable y creativa

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

“Que las mujeres siempre levanten la cabeza dignamente y no dejen caer la corona. Somos princesas de Dios y tenemos derecho de ser lo que queramos. Que nunca admitan violencia física, patrimonial, verbal o de otro tipo. Que sean firmes en sus convicciones y denuncien cualquier forma de horror… Sean persistentes, libres, y sostengan su corona. Nacimos para brillar en el mundo. Traten siempre de leer buenos libros. Luchen por un mundo mejor”. Tania Brito Melo

Tejía historias, cosía quimeras, hilvanaba sueños, y también escuchaba relatos aquellas noches de su infancia y hasta los leía en los libros, en las palabras, en las letras impresas en las páginas que olían a tinta, en las hojas con aroma a papel, en un mundo bello, libre y mágico. Era una niñez dulce e inocente que, en las noches, antes de dormir, sentía el amor profundo de su madre y escuchaba las narraciones de su padre, hasta que se entregaba al sueño más profundo, al que solo tienen acceso los artistas y las musas.

Su padre y su madre fueron sus primeros maestros. Sabían que con el ejemplo, la pequeña aprendería a ser una persona con sentimientos nobles, pensamientos libres e ideales supremos. La motivaban cotidianamente al aprendizaje, al estudio, al conocimiento, a ensayar la vida una y otra vez, sin temor a equivocarse, porque de eso se trata, de esculpirse a sí mismo.

Tania, Tania María de Jesús Brito de Melo, quien nació en la ciudad de Taguatinga, en el Distrito Federal de Brasil, y que años más tarde, ya como escritora, utilizaría el seudónimo Tania Melo o Tania Brito Melo, fue una niña “llena de inspiración y sueños”, e incluso “las bromas y las competencias entre amigos eran mis pasatiempos favoritos”.

Al mirar atrás, a los otros años, a la época dorada, Tania, la poeta, manifiesta que “tenía una gran familia, integrada por 12 hermanos, e incontables amigos. Había un juego que denominábamos Estatua y conistía en que todos los niños corrían, mientras otro pequeño daba la orden de que paráramos, lo que significaba que debíamos permanecer inmóviles. Quienes se movían, eran expulsados del juego. Había otras competencias, entre las que destacaban las de atrapar-esconderse y dónde está el anillo. Jugábamos a la pelota”.

Entre sus palabras y sus sielencios, Tania confiesa que siempre le gustó escribir. De hecho, “comencé a escribir poesía a los 12 años de edad. Me encantaba leer buenos libros, admirar las puestas de sol y observar los matices de la naturaleza…”

Habla, calla y suspira como poeta, y en verdad lo es esta artista de las letras, quien, sonriente y, a la vez nostálgica, asegura que registró todo lo que le fascinaba y motivaba, en un cuaderno. Utilizaba un lápiz. Paisajes, motivos, detalles, cosas, gente, todo quedó plasmado en aquellas páginas que de alguna manera ponían a prueba su capacidad y su talento de artista.

Artista e intelectual, Tania Brito Melo hace pausas con laa intención de extraer historias y recuerdos de su memoria, acontecimientos y capítulos que naufragan en el ayer y en las remembranzas. Emocionada, platica sobre los instantes y los años que fueron tan suyos: “creí en las hadas y en las reinas, en los hombres del saco, en la cigüeña que voló en el cielo para traer a mis hermanos, en Santa Claus, en una varita mágica, en brujas, en duendes de un bosque encantado. Me gustaba jugar con Topo Gigio, un juguete de mi época primaveral. Bebí refresco Crusch y formulé innumerables preguntas, como ¿dónde está el brazo de la silla?, ¿dónde estará la cabeza del alfiler?, ¿dónde está la leche, la leche del diente de leche? Me gustaban los cacahuates, los dulces y el rompe barbillas. Pregunté: ¿dónde está el pie del niño?, ¿dónde está la barbilla rota? Interrogué sobre todo lo que deseaba saber”.

Es la misma Tania quien evoca a su padre, al que preguntó si el maíz tenía cabello porque él solía llamarle “pelo de elote”. Ella era muy rubia. Incluso, ganó pimer lugar en un concurso para Miss Brasil. Sonríe y confiesa que fue comparada con Miss Brasil Marta Rocha.

Y siguió la primavera existencial, como el vuelo de una mariposa, la elegancia y el perfume de una flor y la sencillez de un helecho. Encantada de repasar su biografía, las páginas que una vez que transcurren los años quedan almacenadas en el desván de la memoria, Tania expresa que “fue un período lleno de alegrías, inspiraciones y logros. Estudié mucho, pero me encantaron los programas de televisión “La bruja”, “Jeanne es un genio” y ” Capitán América”; adicionalmente, leí revistas y novelas, y miré películas como “La Cenicienta”. Tuve gran cantidad de amigos. Yo era como la mujer gato”.

Estudió Administración de Empresasa, Bibliotecología y Pedagogía; sin embargo, el amor y la pasión por el arte germinaron en ella desde que era niña. Deshilvana el ayer, su historia, su biografía, antes de aclarar: “siempre fui muy creativa y original. Creaba artesanías de crochet, con hilos y bolsos de costura, y muchos complementos de moda como calzado, sombreros, collares y otros. Más allá de dedicarme a la poesía, escribí relatos románticos, cuentos y canciones. Era una creadora incansable que exploraba todas las rutas del arte”.

Tras reconocer que uno de los obstáculos más grandes que enfrentan los autores son, precisamente, los altos costos en la impresión de libros, situación que es un problema a nivel global, Tania refiere que es madre de tres hijos, los cuales, por cierto “son mis mejores trabajos”.

Orgullosa de su familia -la de ayer y la de hoy-, la escritora menciona que en 2014, Editorial Semear publicó su libro infantil El cantante Leonardo y su granja, sin omitir que tiene obras terminadas, entre las que destacan A jornada de um Cancango, Alfabeto do amor, A Estrelinha Dourada, O grande painter, Sonhos de crianca, Poemas arrebatados, Poems para amor, El señor Dios de los vientos, El hada mariazinha, Marquinho donante de amor, El nuño pez, Camila comilona juguetona, Quedo en tu amor, Mundo feliz, La biblioteca parlante, Ilumunar, Pueblo de papirus, Construcciones técnicas de literatura infantil, Poemas al amor, Poemas de aninales y Brasil de la inspiración.

Alegre, conversadora, amable, creativa y ocurrente, la escritora y poeta brasileña escucha atenta y responde la pregunta relacionada con los espacios y foros donde publica sus obras. Enumera: Editorial: Semar-Brasil; Darda Editora: EHS Editora; Brincando com poesías; Coletâneas Darda Editora; Editora Sucesso; UNY Editora; Editora issu en Portugal; Editora Assis; Revista Internacional de Literatura y Arte, con poetas y escritores españoles, italianos y portugueses; Universo Poético, con Drugot Letras y otras participaciones con poetas y escritores en antologías: Editor de EHS, Flor da Manhã; Jugando con la poesía, Darda Editora; Antologías Poesía sin fronteras; Brasil Poética, Preses y oraciones. Y también en Editorial Vivendo Criança II UNY. Dardo editor de refloración. Un sueño para todos. Esencia poética, Acuarela de emociones. Antologías navideñas con José Sepulveda en Portugal. Ebooks, y con encuentro de poetas y amistades con Sandra Galante. Escribo para periódicos y revistas: Revista eisfluencias da Fênix, para 32 países, con Carmo Vasconcelos y Henrique Lacerda, de Lisboa; participo en la Revista Arte Toscano, de Colombia, apoyando a Nelson Ortega; Revista Universe Poetic, Revista América sin Fronteras.

Rodeada de apuntes y libros, la escritora y poeta que ha sabido ganar la simpatía del público lector, expone que también publica en los siguientes sitios: Blogs pot meuspoemascomarte. com, página Caneta Criativa Poemas de Tânia Brito Melo, página Agulha Criativa de Tânia Brito Melo artes e espetáculos, grupo Aldeia de Papirus de Tânia Brito Melo e amigos, CPP-Casa do Poeta e da Poesia recanto das Letras Oficial Facebook / Tânia Brito Melo Instagam, Tânia Brito Melo Revista América sin fronteira, Academia Mundial de Cultura e Letras. Brasil Academia Literária música e arte. Academia Internacional de União Cultural, La Academia Nacional e Internacional de la poesia SMGE Sede Tulancinto.

A una mujer tan extraordinaria, hay que preguntarle cuáles son sus proyectos como artista e intelectual. Sonríe. Calla durante algunos segundos. Bebe agua y expresa: “mi mayor proyecto es llevar la lectura y la poesía por todo el mundo y cultivar la paz para la humanidad. Soy embajadora cultural del Foro Mundial por la Paz y la Humanía (Derechos) y embajadora del Colectivo Cultural Internacional de la Utopía Poética Universal, de los poetas más grandes del mundo. Asimismo, soy directora de la Revista América Sin Frontier, con sede en Brasil. He transformado el poema y la música en la ciudad de Portugal, con Antônio Teixeira, maestro, músico y compositor de Cabeceira de Basto.

La plática llega a un tema especia: el de hoy es un mundo complicado. ¿Qué consejos darías a las mujeres que aún no se atreven a dar los primeros pasos y a realizarse plenamente? Escucha, asimila el sentido de la interrogante, mantiene silencio por un rato y aconseja: “que siempre levanten la cabeza dignamente y no dejen caer la corona. Somos princesas de Dios y tenemos derecho de ser lo que queramos. Que nunca admitan violencia física, patrimonial, verbal o de otro tipo. Que sean firmes en sus convicciones y denuncien cualquier forma de horror”.

Y agrega, dirigiéndose especialmente a las mujeres de aquí y de allá, en minúsculas y en mayúsculas, en todo el mundo: “sean persistentes, libres, y sostengan su corona. Nacimos para brillar en el mundo. Traten siempre de leer buenos libros. Luchen por un mundo mejor”.

Tanto la pregunta como la respuesta conducen, naturalmente, a otra interregante: ¿hay esperanza de ser felices y vivir dignamente en un mundo que parece roto? Contesta, segura de sí, sencilla, inteligente, sensata: “creo que la vida es un regalo divino. Con las oportunidades que tenemos, adquirimos capacidad. Vivimos horas felices y horas tristes. Al caer, es necesario levantarnos, reacción que dependerá, en gran medida, de nuestra propia perseverancia. Cuando aprendemos mucho de los errores y aciertos, notamos que la vida es única y maravillosa. La existencia pasa rápido, pero con Dios en nuestro camino, siempre llegaremos a la meta con la victoria”.

Tania, Tania Brito Melo, es agradable, quizá una de esas artistas e intelectuales que resplandecen por ser extraordinarias y, a la vez, sencillas en su estilo de vida, al hablar con otras personas, al responder, al diluir los minutos y los días de la vida. Habla acerca de su trayectoria poética y literaria, dentro de su vida de artista e intelectual, es decir, desde publicaciones, presentaciones, responsabilidades profesionales, organización de eventos, etcétera. Y habla: “participo en veladas literarias presenciales y virtuales, concursos literários, e incluso, alguna vez, formé parte del Comité de Jueces de Poemas. Escribo cuentos para estudiantes en escueuelas. Colaboro en talleres artesanales. Imparto conferencias sobre lecturas y en teatro con mis poemas. Entrevisto a poetas y escritores, entre otras actividades”.

Cuán breves son los momentos de la existencia. La vida parece un poema que se escribe y se diluye, paralelamente, mientras el artista recoge, inagotable, las letras del abecedario, que enlaza en un romance sin final, inspirado en los dictados de Dios, en las confesiones del universo, en el palpitar de la creación.

Antes de cerrar las puertas y las ventanas de las remembranzas, Tania María de Jesús Brito de Melo, la poeta, la intelectual, la mujer, la escritora, declara: “soy yo misma. A veces no soy yo. Puedo compararme con un deseo. O una gran esperanza. Insecto volador de color verde. Una melodía motivadora. Un deseo de búsqueda. De los caminos de las nubes. Gran descubrimiento como el cielo azul. De tal perfección. En el movimiento del tiempo levanto el camino a las estrellas. A veces no soy yo. Me pongo en la piel de los demás, en un inexplicable deseo, del encuentro con el hermoso día. A veces soy como una rosa. Bailo contra el viento. Y siento mi raíz firme. Soy como un gato dulce y busco regazo. Me correspondo con mis abrazos. Soy como un pájaro. Libre para volar alto. Y trato de cuidar mi nido. Soy como una oveja, suelta en el paso sin rumbo, pero fuerte en mi mente todavía. Soy como mariposa, que se renueva cada día. O incluso un simple capullo. Olor a hierba. Cuando me siento sola, enmedio del mundo, miro la naturaleza y renuevo mis fuerzas, en vibración con el Creador. Subo al arcoíris y siento una gran alegría de ser convertida en amor. Enronces me siento yo misma”.

Se marcha Tania, como llegó, contenta, igual que esos seres humanos que resultan bellos, irrepetibles, extraordinarios e inolvidables, una poeta grandiosa, una mujer de siempre.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

A continuación, uno de los poemas de Tania Brito Melo:

Una noche lluviosa, mientras dormía…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Una noche lluviosa, mientras dormía, me interné en las rutas de mi biografía. Caminé entre los escombros de mi historia, al lado de tablas apolilladas y carcomidas, cristales rotos, objetos enmohecidos, herrajes dispersos y cubiertos de herrumbre, muros derruidos y salitrosos. Miré, asombrado, que el tiempo es un caminante inagotable y que rasguña a la gente y las cosas que encuentra durante su paso. Acampé en las ruinas de mi ayer, entre una estación y otra, inconforme con los fragmentos dispersos aquí y allá, inquietud que me motivó a andar hacia adelante y a los lados y descubrir, también, los palacios, las fortalezas, los puentes y las murallas que construí. Estaba en medio de mis debilidades y de mis fortalezas, entre la cordura y la demencia, la abundancia y la pobreza, lo bajo y lo grande que fui hasta ese momento de mi existencia presente. Encontré mis alas desgarradas e incompletas por tanto vuelo y, al voltear atrás, descubrí múltiples huellas, pisadas que di, una y otra vez, durante mis jornadas cotidianas, unas ocasiones solitario y otras, en cambio, acompañado. Distinguí las mías y las sandalias que utilicé. Los escombros de mi vida, con sus alegrías y sus tristezas, sus triunfos y sus fracasos, sus sueños y sus realidades, permacecían dispersos, entre silencios y rumores que me enseñaron que la jornada terrena es un paseo con luces y sombras, y que si hay estaciones -infancia, adolescencia, juventud, madurez, ancianidad- y ciertas escalas -nacimiento, hogar, educación, trabajo, salud, enfermedades, opulencia, mediocridad, pobreza, viajes, premios, castigos, muerte-, alguna vez concluye, en este plano, para continuar y probarse de nuevo, renovarse o transitar a otras fronteras. Llegué hasta una bifurcación que me ofreció diferentes alternativas: permanecer entre los vestigios de mi existencia, con la añoranza de la gente que ya no está y la ausencia de las historias que protagonizamos, compartimos y se diluyeron, y, por añadidura, con remordimientos por el bien que pude hacer y no llevé a cabo, por los momentos desperdiciados y por la fugacidad; dirigirme hasta los palacios que construí y quedarme atrapado en espejismos, en glorias de antaño, en grandezas de todo tipo y sin continuidad ni vigencia; seguir el camino hacia las superficialidades, la estulticia, la satisfacción de apetitos como prioridad, la ignorancia, la perversidad y la indiferencia; y, finalmente, escoger la senda a la luz, a la realización integral del ser, a la plenitud, al equilibrio, a la armonía, a la dicha, a los sentimientos y a los pensamientos bellos, nobles e infinitos. Volví de mi sueño. Amaneció. Desperté con la sensación de que cada instante resulta irrepetible y forma parte de la vida. Ahora, con el tiempo que me queda en la existencia actual -poco, regular o mucho-, estoy dispuesto a seguir la ruta, un itinerario que verdaderamente me ayude a resplandecer y convidar a otros, a los que están conmigo, a los que se encuentran lejos -a todos-, el sentido de la vida.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Rutas de un viajero. Capítulo XI. Antigua Casa de Comercio y Arriería. Casa del Conspirador José María Abarca. Mansión Iturbe

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Después de andar aquí y allá, en embarcaciones que navegan mares impetuosos e interminables, en pueblos pintorescos con tradiciones e historias, en lugares cosmopolitas, en caseríos rurales, en parajes con tempestades, en escenarios naturales de incomparable encanto y en silencios y en rumores, en aglomeraciones y en soledades, uno hace un paréntesis en alguna banca de la añoranza para hojear el álbum de fotogafías y la libreta de anotaciones, justificando así los días de la existencia consumidos en uno e incontables rincones del mundo.

Al mirar las páginas de las evocaciones, el corazón palpita con mayor emoción y la memoria se recrea en cuanto aparecen los capítulos dedicados a Pátzcuaro, pueblo legendario y mágico con casas y rincones pintorescos. Es irrepetible y uno de los pueblos más hermosos de México. Se localiza en el estado de Michoacán, al centro-occidente de la República Mexicana.

Igual que la fuente con la escultura de Vasco de Quiroga -primer obispo de Michoacán, en el siglo XVI-, al centro, en el jardín principal de Pátzcuaro, cuya agua trémula por las caricias del viento intenta atrapar las fachadas de las casonas de adobe y teja con portales, uno recurre a la memoria que ofrece imágenes un tanto difusas, pero auténticas, para revivir las horas consumidas en el inigualable pueblo lacustre.

De los recuerdos gratos que naufragan en la memoria, indudablemente surgen los que uno compartió con las personas amadas, en el Hotel Mansión Iturbe, finca con antecedentes del siglo XVII, considerada por especialistas en arquitectura novohismana, una de las mejor conservadas y de las más bellas de América en su género.

Y si en ocasiones el olvido parece más fuerte y temible que el recuerdo, quizá porque al final todo se consume uno rememora el Hotel Mansión Iturbe no solo por su belleza y majestuosidad, sino por el hecho de que, pernoctar en sus habitaciones centenarias con enormes paredes de adobe, andar por sus corredores, sentir la presencia casi intacta del pasado y observar sus escondrijos coloniales, resulta una gran aventura y una experiencia inolvidable.

En el recinto, donde uno duerme y convive, hace siglos se desarrollaron escenas e historias coloniales, protagonizadas, obviamente, por personajes de apellidos linajudos como Iturbe y Heriz, Arriaga y Peralta. En la parte superior de la finca virreinal, moraban ellos, los miembros de las familias ya mencionadas, representantes de la Casa de Comercio y Arriería Iturbe e Iraeta.

Personajes de la época virreinal, relacionados con Mansión Iturbe.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

La de Pátzcuaro, fue la segunda Casa de Comercio y Arriería que se estableció en la Nueva España, durante la Colonia. Registó una gran epopeya porque Pátzcuaro formaba parte de la ruta que seguían los productos que transportaba, por mar, la Nao de China, conocida, también, como Galeón de Manila o de Acapulco. El trayecto incluía Acapulco, Pátzcuaro, Valladolid, Ciudad de México y Veracruz, entre otros destinos.

Refiere la tadición que la casona data del siglo XVII y que perteneció a don Francisco de Iturbe y Heriz, quien llegó a la Nueva España como administrador de la Real Hacienda y alferez de la Reina. Adquirió la propiedad a fines de la decimoctava centuria, en 1790, para continuar el negocio de comercio y arriería, convirtiéndose en uno de los hombres más influyentes de Pátzcuaro gracias a la ruta de la Nao de China.

Don Francisco de Iturbe y Heriz, fue representante, en la población lacustre de Pátzcuaro, de la Casa de Arriería, perteneciente a su tío, el coronel Emeterio de Iturbe, quien radicaba en la Ciudad de México. Sus actividades comerciales en la Ciudad de México, la región del Bajío, Valladolid -hoy Morelia- y Acapulco, propiciaron su enriquecimiento y la importancia que tuvo entre los hombres prósperos y de negocios del siglo XVIII.

Nació en Vergara, provincia de Vascongada, el 20 de septiembre de 1768. En 1784, a los 26 años de edad, zarpó de España a América, cuando el mar olía a aventura, a conquista, a piratas. Contrajo matrimonio con doña Josefa Anciola y del Solar y Pérez Santoyo. Tuvieron cinco hijos: Francisco de María, María Ignacia, Jesusa, Victoriano y Francisca de Iturbe y Anciola, conocida como doña Paca, quien en el discurrir de 1830, en la juventud del siglo XIX, recibió la mansión en calidad de dote al casar con don Francisco Arriaga y Peralta.

De los hijos del matrimonio Iturbe y Anciola, los archivos familiares refieren que Francisco María fue constituyente, en 1856, en la Ciudad de México, y tambien ocupó, entre otros, cargos como alcalde de Tacubaya, ministro de Hacienda y caballero de la Orden de Guadalupe. Su hermana María Ignacia, contrajo nupcias con don Fernando de Miranda y Septién, brigadier de los Reales Ejércitos, mientras Jesusa, en tanto, optó por dedicarse a la religión y fue monja capuchina, supereiora del Convento de las Bernardas, en la Ciudad de México. Victoriano, quien murió en la Batalla de Churubosco, en la Ciiudad de México, en 1847, fue capitán de la Guardia de Lanceros. Finalmente, Francisca casó en 1830 con don Francisco de Arriaga y Peralta, descendiente del conquistador don Antón de Arriaga, quien llegó a Michoacán en 1524 con la Encomienda de Tlazazalca.

Antigua finca virreinal, sede de la Casa de Comercio y Arriería Iturbe e Iraeta,
hoy Hotel Mansión Iturbe. Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://www.mansioniturbe.com/es/index.html).

Otra referencia histórica, indica que durante los días de la decimoséptima centuria, Lorenzo Pérez de Mendoza compró, a través de un remate, las fincas establecidas en una de las esquinas de la plaza principal de Pátzcuaro, las cuales heredó, posteriormente, a su hijo, el presbítero Diego Pérez de Mendoza, quien falleció en el amanececr del siglo XVIII, exactamente en 1700.

Fue el campitán Francisco García de Valdez, regidor y alcalde de la ciudad colonial, quien ese año, el de 1700, compró a la heredera del clérigo siete casas y tiendas ubicadas en la calle del Empedradillo, frente a la plaza pública, cuyo precio consistió, entonces, bajo lo estipulado en un convenio que dictaba que este hombre cubriría exclusivamente los débitos del importe de seis mil pesos, a la Capellanía, más cinco misas cantadas, cada año, por tiempo indefinido, por las almas de la familia Pérez de Mendoza.

Comparadas con otras mansiones, las construcciones eran pequeñas y modestas; aunque evidentemente, según consta, se rentaban a excelente precio por encontrarse ubcadas en la zona más comercial de la plaza pública. Refiere la tradición que conservan los descendientes de las familias Arriaga e Iturbe, que en la decimoseptima centuria, la casona se localizaba en la zona norte de la plaza mayor, al lado de seis casas más de una sola planta, las cuales fueron propiedad del mismo hombre. La mansión se encontraba en la esquina de la calle San Agustín, actualmente conocida como Iturbe, cuya planta alta estaba destinada a habitaciones; el nivel inferior, contaba con huerto, patios, acceso para diligncias, trastienda y tienda dedicada a comercializar toda clase de mercancía procedente de la Nao de China.

La nusna tradición, refiere que los orígenes de la casona datan de 1540, época en la que s construyeron las primeras fincas de Pátzcuaro alrededor de la plaza mayor, conocida en la hora contemporánea con el nombre de Vasco de Quiroga. Las primeras casas edificadas en torno a la plaza mayor, fueron residencias de las familias españolas que acompañaron al primer obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, al cambiar la sede de la diócesis establecida en Tzintzuntzan a Pátzcuaro. Evidentemente, la arquitectura de aquella época sugiere que las casas eran sobrias y de un nivel.

Al fallecer el regidor García de Valdez, las casas pasaron a formar parte de la Capellanía, la cual, por cierto, durante varios años percibió el producto de sus rentas. Relata la historia que, en los instantes de 1737, su propietario fue el estudiante de Filosofía, Francisco Xavier de Ugarte, quien las recibió en mal estado y estableció el compromiso de repararlas con los recursos obtenidos por medio de su arrendamiento.

Ante la cabalgata de los años, el estudiante de Filosofía se convirtió en presbítero. Rentaba las fincas a muy bajo precio; no obstante, cuando Miguel de Abarca y Ugarte llegó a la Capellanía, en 1776, siendo muy joven y todavía dependendiente de su padre, Manuel de Abarca y León, recuperó las casas.

Manuel de Abarca y León propuso reedificar todas las casas con portales, pero a cambio solicitó su adjudicación, lo cual fue concedido en 1777, pero como administrador de los bienes de su hijo, el capellán. El hombre procedió a demoler las casas de las esquinas, donde erigió una mansión de dos plantas con portales al frente, mientras las otras construcciones siguieron con su aspecto modesto.

La tradición cuenta que, en las horas de 1784. Manuel de Abarca y León, quien enviudó en ds ocasiones, murió rodeado de sus hijos, quedando la casona en manos de su primogénito, José María de Abarca Monasterio, quien, catorce años más tarde, en 1798 se transformó en el único propietario de la misma.

Hijo del regidor honorario del Ayuntamiento de Pátzcuaro, Manuel de Abarca y León, y de María Ana Eduarda de Monasterio, José María de Abarca Monasterio nació durante los segundos de 1770. Su madre murió en 1771, cuando él tenía un año de edad, de modo que su padre conrajo segundas nupcias con Rosa Izquierdo, de cuya unión nació Miguel de Abarca y Ugarte.

José María de Abarca Monastrio, quien en 1787 conoció a párroco José Antonio Lecuona, contrajo matrimonio con María Antonieta Salceda, en 1792. Ella, María Antonieta, era hija del teniente coronel del Regimiento de Dragones de Pátzcuaro, José Antonio Salceda.

A partir de 1796, Abarca Monasterio tuvo relación con personajes significativos de Valladolid, capital de Michoacán. Se trató de una amistad que duró hasta los días de 1809, durante la conspiración de Valladolid. Algunos de sus amigos fueron los hermanos Nicolás y Juan José de Michelena.

Durante postrimerías de 1797, cuando José María de Abarca desempeñaba la función de regidor depositario general del Ayuntamiento de Pátzcuaro, coincidió con otro perrsonaje que sería importante en los días de su existencia, José María de Peredo, perteneciente al Regimiento de Dragones de Milicias Provinciales de Michoacán; no obstante, continuó incrementando y fortaleciendo sus negocios y ampliando su círculo de amistades políticas en Valladolid y en la Ciudad de México.

Fue el 26 de julio de 1800, en la aurora del siglo XIX, cuando nació su sexta hija, Margarita, cuyos padrinos fueron Francisco Menocal y María Josefa Díaz de Ortega, hermana del intendente de Valladolid. Así, en 1795, José María de Abarca Momasterio aprovechó la influencia del cura y de la reducida oligarquía a la que pertenecía para ocupar el cargo de subdelegado de Aio-Carácuaro y Santa Clara; pero once años más tarde, en 1806, solicitó la Subdelegación de Pátzcuaro, la cual, por cierto, incluía los pueblos de Erongarícuaro y Cocupao, petición que fue concedida con apoyo del intendente Felipe Díaz de Ortega, hecho que influyó para que mejoraran sus ingresos económicos.

Los capítulos del ayer flotan y permanecen dispersos unos de otros, cada día más separados y aislados; pero todo paece inducar que fue a mediados de 1808 cuando él, Abarca Monasterio, comenzó a frecuentar a los conspiradores de Valladolid, encabezados por Mariano Michelena.

De acuerdo con la relación que Mariano Michelena escribió después de la Independencia de 1810 sobre lo ocurrido en diciembre de 1809, Abarca Monaserio asistió a las reuniones en su calidad de comisionado por la ciudad de Pátzcuaro, lo que generó sospechas entre los españoles.

Al consultar uno los anales del ayer, descubre que, en Pátzcuaro, José María de Abarca Monasterio fue contacto ente los conspiradores de Valladolid y los patriotas patcuarenses que anhelaban la independencia. Cuando sus planes quedaron al descubierto, fue aprehendido y posteriormente dejado en libertad, hasta que en 1810 decidió vender sus propiedades y mudarse a la Ciudad de México. Falleció en 1831 y fue, como se sabe, de los pocos conspiradoes que lograron atestiguar el triunfo de la Independencia de México.

La historia es un carrusel. Entre 1810 y 1830, la mansión que otrora perteneció a Abarca Monasterio, fue adquirida por Francisco de Antinio de Iturbe y Heriz, quien la entregó a su hija Paca como dote en su matrimonio con Francisco de Arriaga y Peralta, en 1830.

Después de todo, la historia está rota ante el paso de los años que se han acumulado, tras acontecimientos sociales; pero su romanticismo se palpa en los rincones de la casona de adobe, piedra, madera, herraje y teja, donde cada rincón tiene un detalle irrepetible.

Tal vez una noche lluviosa, uno ya esté hospedado en una de las habitaciones del Hotel Mansión Iturbe y asome al balcón con la intención de admirar el paisaje típico, la arboleda y las bancas de la plaza principal, rodeada de palacios de adobe y tejados, con portales iluminados por faroles ámbar. El espectáculo contagia y embelesa.

Arquitectura típica de Pátzcuaro. Fotografía: Colección Galicia Rojon.

Las habitaciones poseen techos hasta de cinco metros de altura y conservan pisos originales de tablones y decoración apropiada para un refugio colonial, donde parecen percibirse los ecos y suspiros del ayer, porque allí fue gran mundo de convivencia, tertulias, fiestas e historia de familias de alcurnia. Palacio que miró los minutos virreinales, las horas independientes, los segundos imperiales, los días reformistas, los años porfirianos, los instantes de estallido social y múltiples etapas de la historia nacional, hasta llegar, finalmente, a la hora presente.

Uno cierra el compendio de viajes, el álbum de fotogafías y la libreta de anotaciones con la grata sensación de haber respasado capítulos ya consumidos por la caminata de las horas; pero con la promesa de regresar a Pátzcuaro y disfrutar al máximo una estancia en la Mansión Iturbe, casona vireinal donde es posible el reencuentro con el pasado y la historia en pleno siglo XXI.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Fotografía de portada e imágenes: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

Los fabrican y los destruyen

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Hasta hace algunos meses, el magnate Bill Gates, uno de los hombres más acaudalados del mundo, era el personaje favorito de los medios de comunicación que resaltaban, a diario, sus “cualidades” de adivino, sus predicciones terroríficas y sus consejos, fórmulas y recomendaciones para preservar el medio ambiente y salvar el planeta, convirtiéndolo, casi, en el mesías de la hora contemporánea, al grado, incluso, de que sus mensajes parecían tener mayor influencia y validez que las opiniones tan rotas y débiles de la apagada comunidad científica, respecto a temas como el Coronavirus, por citar un ejemplo. Era aplaudido por los medios informativos y admirado por el público internacional, tan distraído, superficial y enajenado. Sus “predicciones ” aterraban, mientras sus pronósticos de solución eran esperados y generaban expectativas. Este multimillonario que por razones obvias es dueño de los mayores campos de cultivo en Estados Unidos de Norteamérica, según la prensa internacional, se desplomó -al menos por el monumento, y en apariencia- tras la noticia sobre su divorcio y todas las historias relacionadas con sus mentiras e infidelidades. Quenes lo creyeron un ser privilegiado y superior, ahora lo miran semidesnudo y empequeñecido, como lo son, por supuesto, las deidades humanas de barro, dueñas de poder y riqueza material, interesados en controlar el mundo. Contemplamos el ejemplo y la forma en que los medios de comunicación fabrican dioses y, posteriormente, al no recibir beneficios materiales, los mutilan; pero el magnate es astuto y seguramente aprovechará alguna situación coyuntural con el objetivo de reaparecer engrandecido, como le encanta y es su costumbre Todo es motivado por un plan siniestro de quienes dominan el mundo. Solo es una jugada maestra dentro de una gran partida. Lo lamentable no es su figura ni su imagen porque tal historia forma parte de las rutas de un tablero con cierto proyecto e intencionalidad; lo preocupante es, en realidad, que las mayorías, a nivel global, se encuentran inmersas en ambientes de conformismo, ausencia de valores, ignorancia, deshumanización, insensibilidad, violencia, ambición desmedida, consumismo, superficialidad, enajenación e irresponsabilidad. El problema humano no tiene un nombre de persona con apellidos específicos; el asunto es la esencia amordazada, prisionera, con la falta de sentimientos nobles, bien y verdad, y exceso de arcilla arrodillada ante apetitos incontrolables, estulticia y mal. Si las multitudes fueran realmente evolucionadas, tales dioses no ocuparían espacios en el mundo y lejos de planear rincones y paraísos exclusivos, ausentes de gente que les estorba, permanecerían en el sitio que les corresponde y merecen. La humanidad sería otra.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

La gente se va

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

A los que ya no están

Y así se vacían las casas, hasta que un día se desvanecen aquellos rostros de familias, sonrientes, dichosas, sí, personas acompañadas y solitarias que se convierten en pedazos, en evocaciones, en ecos y sigilos. Uno, al paso de los años, regresa a las calles de su infancia, a los rumbos de su adolescencia, a los domicilios de su juventud, donde las fachadas tienen otros colores y apariencias, idénticos a sus nuevos moradores, tan distintos a los de antaño, a los de apenas hace algunos años. Algo se llevó los juegos y las rondas infantiles, los sueños de la adolescencia, las ilusiones y las locuras juveniles, los proyectos de la madurez y los recuerdos, las historias y los relatos de los ancianos. Envejece todo. La gente va y viene. Los cuneros permanecen repletos de nuevas caras, con otros nombres y apellidos, mientras en los hospitales se aferran algunas identidades a no marcharse, a no renunciar a la arcilla, hasta que la esencia se libera y quedan barro y cenizas en las tumbas con datos de hombres y mujeres ausentes, entre suspiros y remembranzas. Amigos, enemigos, aliados, arversarios, todos coinciden en un destino que parece incierto, aunque se presientan y sospechen paraísos. Todo, al final, parece irreconocible. Y así se vacían las casas -hasta mansiones y pocilgas, en casos extremos-,, en un desalojo impregnado de enigmas. Al tocar a la puerta, aparece gente insensible a las añoranzas que uno siente, inflieles a cualquier nostalgia, que asegura no reconocer los nombres enumerados, las características de otra gente, los perfiles tan buscados. Se rompen los eslabones, los lazos de cada generación, y las historias calladas se olvidan, se deshacen, algo -quizá el tiempo, tal vez los actuales moradores- las desdibuja. Aún no cruzo el umbral a la ancianidad; no obstante, ya percibo, aquí y allá, ausencias y listas de nuevas presencias, nombres que duermen y otros que despiertan. Insisto. No los encuentro. Permanecí distraído tantos años en mis historias, entre mis aventuras y desventuras, que aquella gente de mi niñez, adolescencia y juventud quedó recluida en mi memoria, en mis sentimientos, y nunca más volví a hablarles. La vida continuó indiferente, con sus luces y sus sombras, entre sus murmullos y sus silencios. Ahora, en un verano intenso que asoma por la ventanilla del furgón y descubre que en toda vida están cercanas las estaciones del otoño y del invierno, añoro tanto la primavera y descubro, una vez más, que todo es ciclo y que lo que no se experimenta en su momento, bien o mal, difícilmente regresa. Cuántas oportunidades perdidas. Hubo oportunidad de buscar a aquellos rostros con nombres y apellidos, tan reales, entonces, como uno, compañeros de generación e historia, con la simple intención de abrazarlos, preguntar por su salud, conocer los rumbos y destinos de sus caminatas, repasar los encuentros y desencuentros, reír y llorar, otorgar el perdón y solicitarlo en caso de viejas ofensas, renovarse y descubrir que el amor, el bien y la verdad se pueden sumar y multiplicar cuando son auténticos. Ya no están. Son otras identidades, caras distintas, las que habitan los antiguos rumbos donde uno, en un viaje al ayer, podría reconocerse al lado de la gente que tanto amó, entregado a juegos infantiles, a rebeldías y sueños de adolescentes, a hazañas e ilusiones juveniles. Todo pasa. Nada, en el mundo, es permanente. Hoy recuerdo a aquella gente y sé, tras visitar rumbos añejos y tocar a las puertas que alguna vez fueron tan familiares y amigables, que las casas quedaron vacías ante las ausencias El mundo es otro. ¿Perderé más instantes de vida terrena en estulticia y superficialidades, olvidaré expresar amor a quienes me rodean, evitaré tender las manos, enlodarme y rasgar mi piel y mi ropa al hacer el bien a otros? Si los domicilios de antaño contienen hondos vacíos y ausencias que se extrañan, con listas de presencias actuales y desconocidas, ¿seré capaz de no expresar a los que quedan que los amo y perderé, por la seducción de las apariencias, la luz que siento en mi interior? No me gustaría asomar en mí y descubrir, con horror, que descuidé al maravilloso y resplandeciente inquilino -mi ser interno-, como si se tratara de una de tantas casas vacías.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

https://demalinhapronta.wordpress.com/2021/06/02/la-gente-se-va/

De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Autor del texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico: Gerardo Torres Calderón

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Prólogo

Cuando mi padre y yo visitamos, por primera vez, la ciudad de Morelia (1), en julio de 1983, pernoctamos en una posada familiar con la idea de recorrer, al siguiente día, el centro histórico con sus palacios de cantera, sus conventos y sus templos virreinales, sus portales típicos, sus balcones románticos, sus jardines prodigiosos con fuentes y bancas de piedra o hierro, sus portones de madera y sus rincones insospechados. Morelia representaba, para nosotros, una tierra desconocida, un paréntesis dentro de nuestras existencias, la posibilidad de iniciar una historia en un terruño.

Aquel año de nuestras existencias, preferimos viajar en autobús de primera clase, lujoso y cómodo, perteneciente a la línea Tres Estrellas de Oro. No existía, entonces, la autopista México-Morelia-Guadalajara, que sería construida más tarde, durante la década de los 90, en el irrepetible siglo XX, lo que implicó que el recorrido de la Ciudad de México, entonces Distrito Federal, a la capital de Michoacán, resultara una aventura extraordinaria e inolvidable, y, sobre todo, porque iba con mi padre, ambos con el plan y la ilusión de elegir un sitio agradable para vivir, y qué mejor que el lugar del que tanto habíamos escuchado comentarios positivos.

Llegamos a la terminal de autobuses de Morelia, en aquel tiempo instalada al norte del centro histórico, frente a la colonia Industrial -el antiguo Paseo de las Lechugas-, y caminamos a esa hora de la noche -cerca de las nueve-, guiados por las respuestas de la gente que, en vez de informarnos el rumbo correcto para llegar hasta la zona donde se encuentran los portales típicos, la catedral, el Palacio de Gobierno y las fincas añejas y señoriales de cantera, nos condujeron hasta el templo colonial de El Carmen, donde coincidimos con incontables familias que celebraban las fiestas patronales del barrio. Era 16 de julio de 1983.

Cada uno con nuestra mochila de trotamundos, decidimos hospedarnos, descansar y explorar la ciudad al siguiente día. Antes de escudriñar los rincones insospechados de la ciudad, entonces apacible y envuelta en un ambiente provinciano, como era México, acordamos desayunar ensalada de frutas, jugo de naranja, café con leche, bizcochos y chilaquiles (2) en un restaurante que operaba en los portales, donde colgaba un letrero con el título El Paraíso, desde el que admiramos, enfrente, la catedral barroca, iniciada en 1660 y concluida hasta 1744, y escuchamos, arrobados, los tañidos de los campanarios vetustos del centro moreliano y el concierto de los pájaros que se reunían en los árboles de la Plaza de Armas, al recibir las primeras caricias del sol, entre el kiosco, las fuentes y las bancas.

Sonreímos y desayunamos, cautivados por el paisaje soberbio de cantera que parecía ofrecer un mundo mágico. Ambos comentamos que se trataba de un rincón mexicano muy hermoso y tranquilo, adecuado para vivir. Felices e ilusionados, dijimos que hasta estábamos desayunando en El Paraíso, acaso sin imaginar que 37 años después, en 2020, tendría oportunidad de escribir la historia del recinto donde convivimos aquella mañana nebulosa y fría, y no precisamente sobre el restaurante que atendió a tanta gente, sino por las remembranzas y tradiciones de otros días, los de atrás, entre los del siglo XIX y las primeras décadas de la vigésima centuria, que quedaron en sus muros y techos, en su memoria y en su pulso.

Elegimos Morelia. Nos encantó. De forasteros, establecimos la casa en tan hermoso lugar, fundado el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, como Ciudad de Mechuacan, nombre que perduró hasta 1545, cuando fue sustituido por el de Valladolid, y, posteriormente, en 1828, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, héroe de la Independencia que inició en México en 1810, por el de Morelia. Sin antecedentes familiares en esa ciudad, mi padre, mi madre, mis hermanos y yo protagonizamos una historia y fuimos bien recibidos. Desde muy joven me interesé en el pasado, en los otros días del ayer, y de esa manera me involucré, también, en la historia de Morelia, al grado de que mientras escribía mis obras y publicaba mis trabajos periodísticos en diferentes medios de comunicación, me dediqué a la actividad turística y disfruté guiar a los visitantes nacionales y extranjeros por las rutas cautivantes de esa ciudad y del estado de Michoacán.

Al estudiar y conocer la historia moreliana, aprendí que El Paraíso, donde mi padre y yo desayunamos alguna vez, no era el nombre del restaurante. Simplemente, el letrero quedó en el muro de cantera, en los portales, cual náufrago de otras horas, las del siglo XIX y la vigésima centuria, lapso en que El Paraíso, fundado en 1840 por el campanero de la catedral barroca, Marcial Martínez, funcionó en ese lugar con la venta de dulces y una variedad de productos que la negociación elaboraba y comercializaba.

Me interesé en la historia y en la tradición de esa firma dulcera, la de El Paraíso, sobre todo por los recuerdos que el local representaba para mí, al lado de mi padre, y por la trascendencia del sitio; sin embargo, fue hasta 2018 y 2019, cuando al investigar y escribir la historia de la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado y prestamista Ramón Ramírez Núñez, descubrí otros datos e información que me condujeron, obviamente, a la Calle Real y su Museo del Dulce, donde encontré respuestas a mis interrogantes.

Conocí a su propietario, Gerardo Torres Calderón, quien fundó Calle Real como un eslabón de El Paraíso, con toda su historia, sus tradiciones y su experiencia, y con el encanto de insertar el ayer a la hora contemporánea. Entablamos comunicación y de un encuentro y otros más, surgió una amistad que hoy se traduce en un apunte, en un libro breve que reseña la historia de una empresa que inició como un sueño y se convirtió en realidad y símbolo de la dulcería auténtica de Morelia y México.

Gerardo Torres Calderón es un rescatista de la tradición dulcera moreliana y mexicana. Ha dedicado muchos años al estudio y a la investigación del tema, e incluso ha viajado a diferentes países de Europa y a regiones lejanas, en su interés de conocer más. Paralelamente, ha reunido apuntes, libretas y recetarios de dulces, repostería y postres morelianos y mexicanos.

Ahora, al revisar su tarea infatigable, descubro a un ser humano extraordinario que ha consagrado su vida al rescate de la historia y las tradiciones de la dulcería y la repostería de Morelia y México para entregar bocados a quienes aman la calidad y el buen estilo. Ha dejado huella, constancia de su paso, y merece, en consecuencia, un reconocimiento público por su aportación al acervo cultural y gastronómico.

Cuando me desempeñaba como reportero de la fuente económica en periódicos locales como El Sol de Morelia, La Voz de Michoacán, Buen Día, Nuevo Michoacán, Cambio de Michoacán, La Jornada Michoacán y Provincia, entre otros, tuve oportunidad de conocer al padre de Gerardo Torres Calderón -Luis Torres Villicaña-, quien, en su juventud, en 1938, a los 21 años de edad, compró El Paraíso con dinero que con honestidad, valor y firmeza solicitó prestado al empresario reconocido, en aquella época, Máximo Díez.

Luis Torres Villicaña, a quien conocí entre postrimerías de la década de los 80 y la aurora de la de los 90, fue, en el pasado, en 1957, un presidente muy querido de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, ya que aportó mucho a la institución y compró, a base de esfuerzo y talento, la casona que actualmente es sede de esa institución.

Tenía fama de hombre disciplinado y honorable. De él, relataban anécdotas, capítulos e historias interminables quienes tuvieron oportunidad de conocerlo. Mostraba congruencia entre lo que sentía y pensaba con sus actos y palabras. Era, como dicen, hombre de una sola pieza.

Durante mis diálogos y visitas a Gerardo Torres Calderón, en Calle Real, las delicias del chocolate semiamargo y del panqué, las galletas, el pan y los pasteles elaborados con tanto esmero, acompañaron nuestras tertulias, en las que tuve oportunidad de conocer más sobre la empresa y los padres de mi amigo -Luis Torres Villicaña y Soledad Torres Calderón-; además, aumentó mi interés en profundizar en el tema apasionante de la dulcería típica moreliana y mexicana.

Me di cuenta de que él, Gerardo, es un estudioso del tema y lo ha rescatado a través de la adquisición y conservación de recetarios antiguos, fórmulas caseras de hace una centuria o más tiempo, con la noticia de que cada una la ha elaborado personalmente y, en su caso, adecuado a la época contemporánea, desde luego sin perder calidad y originalidad.

Recorrí el Museo del Dulce y la fábrica de la Calle Real, donde cada sala está dedicada a la producción artesanal de piezas que resultan un deleite a los sentidos. Los dulces típicos y la repostería de esa marca no son productos industrializados con colorantes, materias primas y saborizantes artificiales. Cada dulce, pan, chocolate, café y pastel contienen la esencia y el secreto de las mujeres de antaño, cuando las familias disfrutaban sabores y aromas que cautivaban los sentidos.

Como artista y escritor, confieso que me sentí atraído y cautivado por la historia de El Paraíso y su rostro actual reflejado en Calle Real, con la estación intermedia de La Estrella Dorada, y de un documento con la reseña de la firma empresarial, una de las más antiguas de México, caí en la tentación de crear una obra breve y amena, basada en datos, cifras, documentos, fotografías y publicidad reales, paralelamente a la tradición oral, con el interés de contribuir al enriquecimiento y a la conservación de la dulcería moreliana y mexicana.

La aportación documental y oral de Gerardo Torres Calderón, tesoro invaluable al que ha dedicado su vida, resultó útil para la realización de la presente obra. Justo es, creo, que aparezca mi nombre como autor de la obra, pero también incluir el del propietario de Calle Real, cuya información hubiera exigido mucho tiempo de investigación.

Esta obra es pequeña en cuanto a número de páginas. Contiene la historia de un período registrado en 1840, y que, en 2020, fecha de su redacción, marca 180 años de trayectoria de una firma comercial, de servicios e industrial, con la promesa de continuar en el liderazgo de su ramo, más allá del tiempo y del espacio. Es un libro peculiar, una guía, la reseña de una historia real y ejemplar.

Curiosamente, los tres personajes más importantes al frente de esta historia -Ignacio Martínez Maciel, Luis Torres Villicaña y Gerardo Torres Calderón-, iniciaron actividades a los 21 años de edad, y dieron, cada uno en su momento, lo mejor de sí para colocar a la industria dulcera de Morelia en el liderazgo y en el gusto de los paladares más refinados.

Generalmente, el tránsito de una generación a otra y a muchas más, implica, paralelamente, que incontables nombres y apellidos, historias y tradiciones naufraguen en la desmemoria y se pierdan definitivamente; sin embargo, me parece loable rescatar los pedazos de antaño, reunirlos y ofrecer, en un libro diferente, el eco de algo que fue real y dio sentido a lo que hoy somos.

Más allá de la edad, las generaciones del minuto presente transitaremos a la historia por ser las que enfrentamos las adversidades, los desafíos, los obstáculos, los problemas y los retos derivados de conflictos globales y de la sombra que se proyecta sobre la humanidad con el Coronavirus y otros temas preocupantes, en una hora en que la continuidad de un planeta sano está en duda; no obstante, cada uno demostraremos lo que somos capaces de llevar a cabo en nuestras vidas, en lo individual y en lo colectivo, por medio de los sentimientos, las ideas, los actos y las palabras que expresemos y por las huellas que dejemos a nuestro paso.

En este sentido, Gerardo Torres Calderón -el amigo, el empresario, el amante de la historia y las tradiciones- y yo, Santiago Galicia Rojon Serrallonga -el artista, el escritor, el periodista-, optamos por aprovechar estos días con la convicción de que la vida es un suspiro y apenas alcanza para hacer algo bueno, aportar lo mejor de sí y dejar huellas indelebles.

La presente obra incluye, al final, un apartado cuyo título es “Calle Real, un apunte para la historia”, documento menos literario que sintetiza el presente escrito, dirigido a aquellos que les interese el tema y que, por alguna causa, no dispongan de tiempo y opten, en consecuencia, por la lectura rápida.

De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones, es la obra que hoy se suma al compendio de la antigua dulcería moreliana y mexicana, tan celosamente guardada por las mujeres de antaño. Es un libro especial y pequeño, breve en su lectura y profundo e intenso en el devenir de los años.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

La historia

y una distinción

La historia se conoce, protege y conserva por medio de documentos, arquitectura, obras, vestigios y objetos; se recuerda cuando transita, en la memoria colectiva, de una generación a otra; se rescata a través de excavaciones, descubrimientos e investigaciones; y también se inventa, a veces, con la responsabilidad implícita de quienes recurren a tales prácticas, en ocasiones con la idea de rellenar los acontecimientos simples con detalles obvios y así tender puentes que eviten el naufragio, la confusión, el olvido y la mentira, y en determinados casos, en cambio, con el objetivo de desfigurar los hechos y engañar, manipular y controlar. Hay, incluso, quienes la rasguñan, la esconden y la destruyen.

En el caso de El Paraíso, establecimiento fundado en 1840 -año en que fue sustituida la nomenclatura vieja por una que se consideró más adecuada, lo cual implicó que el Ayuntamiento local destinara gran cantidad de dinero en la construcción, transporte y colocación de los azulejos correspondientes- y que es antecedente de La Calle Real, firma actual de la tradición dulcera y pastelera de Morelia, posee historia documentada y oral, coyuntura que la anota en la lista de las empresas que operan con mayor antigüedad en México.

Innegablemente, es la dulcería que actualmente tiene mayor antigüedad en la República Mexicana, rasgo que, junto con otros elementos relevantes, propició que, en 2010, la marca Calle Real recibiera un reconocimiento por el entonces mandatario nacional, Felipe Calderón Hinojosa, dentro de las celebraciones que se llevaron a cabo con motivo del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.

Durante el acto conmemorativo que encabezó el presidente de México, al que asistieron funcionarios públicos, intelectuales, artistas, empresarios, periodistas, académicos y propietarios de las firmas comerciales e industriales más antiguas del país, el director general de Calle Real, Gerardo Torres Calderón, recibió el reconocimiento oficial.

Paralelamente al reconocimiento, le fue entregado el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, lujosamente impreso y encuadernado, que consta de 212 páginas e ilustra con fotografías, documentos y textos los antecedentes de los negocios que han enfrentado y superado las diferentes etapas económicas, sociales y políticas del país, con sus vicisitudes y sus luces y sombras.

Portada del libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas.

En la obra, respaldada por la Secretaría de Economía y ProMéxico, aparece en las páginas 32 y 33, entre los perfiles de un centenar de negocios y bajo el título De la Calle Real, un paraíso que sabe a México, la reseña de tan tradicional empresa. Relata, grosso modo, la trayectoria de la dulcería con mayor cantidad de años de operar en la geografía nacional.

Obtener la distinción del Gobierno Federal y aparecer en el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, implicó que Gerardo Torres Calderón, su familia y su equipo de trabajo reunieran pruebas, documentos, fotografías, anuncios, publicaciones y evidencias correspondientes a distintas épocas, que testimoniaran, efectivamente, los antecedentes y la trayectoria que ha tenido su marca. Resultaba indispensable poseer el respaldo que evidenciara y validara la continuidad del negocio de 1840 al año 2010, fecha en que, como quedó asentado, el mandatario nacional entregó los reconocimientos y los ejemplares del libro a los dueños y representantes de los negocios más antiguos que en esa época operaban en el país.

Hoy, el reconocimiento cuelga orgullosamente en uno de los muros de Calle Real, entre litografías, pinturas y fotografías antiguas; el libro conmemorativo, en tanto, forma parte del acervo cultural y de los archivos y estantes de la firma empresarial.

El principio

Calle Real ofrece fragancias y sabores de historia y tradición centenaria, ausentes de matices artificiales, porque su esencia es genuina y conserva, por lo mismo, las delicias y el encanto de las fórmulas y recetas de antaño, celosamente guardadas por las familias, las cuales transitaron a una e incontables generaciones.

Aquellas familias que poseían cocinas pletóricas de cazuelas, utensilios de madera y vajillas, con estufas de leña, de donde surgían manjares y postres que atraían y enamoraban por sus aromas, sus sabores y sus texturas, se reunían en sus comedores lujosos y, entre conversaciones amenas e interminables, diluían sus horas, sus días, sus años.

Los desayunos, acompañados de chocolate, leche o café con bizcochos y otros platillos, junto con las comidas suculentas y las cenas deliciosas, contaban con algún dulce casero, un pan horneado y, a veces, si la ocasión lo ameritaba, un pastel.

Celosamente, las mujeres, las madres, las hijas, las abuelas, las nietas, las tías, guardaban sus recetarios, libretas en las que un día, alguna tarde o cierta noche, a una hora y otra, anotaban fórmulas gastronómicas, indicaciones para elaborar dulces de leche y frutas naturales, y su contenido solo era conocido por las herederas de tan preciados apuntes.

Así se fue la vida. Transcurrieron los años, las décadas y el paso de una centuria a otra, con rostros y linajes distintos, en épocas cruentas y disímiles que hoy se estudian en los libros, en los colegios, en los documentos resguardados en archivos.

Calle Real posee, en sus archivos y biblioteca, los recetarios con letras que parecen moldes y dibujos artísticos de colecciones y de museos, y son, precisamente, la congregación de sabores que ofrece en sus dulces y postres, en sus bocadillos y pasteles.

En consecuencia, una firma que vende calidad, atención, servicio, experiencia, tradición, buen estilo, aromas, sabores, fórmulas y recetas originales, necesariamente debe agregar los encantos de su historia, rasgos que siempre, aquí y allá, en cualquier estación de la vida, la harán agradable, mágica e irrepetible.

Llama la atención, al ingresar al Museo del Dulce, a la cafetería y a las tiendas de Calle Real, el vestuario del personal, a la moda porfiriana (3). Hombres y mujeres atienden al público y sirven en las mesas, entre litografías, adornos, pinturas y muebles que exhalan suspiros por los muchos instantes del ayer y evocan las décadas del siglo XIX y las primeras de la vigésima centuria.

Uno, al ingresar a la Calle Real y a su museo, ya se siente entre dos épocas, la que le corresponde y la otra, la del pasado, la que pertenece al ayer y a la historia, con sabores y fragancias de antaño al gusto y las necesidades de la gente de la hora contemporánea. Es un estilo de vida y lo llevan consigo quienes disfrutan sus tesoros culinarios.

Calle Real y Museo del Dulce, en Morelia, Michoacán, al centro-occidente de México. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Se abre el libro de la historia

Las páginas amarillentas y empolvadas de la historia se abren, una vez más, con el perfume de otra gente y de horas que cada día parecen muy distantes. Cada hoja quebradiza, exhala el soplo de la tinta y de los recuerdos, hasta transportar al lector a las rutas del ayer, a los otros días, a los de 1840, cuando Marcial Martínez era campanero oficial de la catedral barroca de Morelia, capital del estado de Michoacán, al centro-occidente de México.

La ciudad fue fundada el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, con el nombre de Ciudad de Mechuacan. En 1545, cambió por Valladolid, para más tarde, en 1828, denominarse Morelia, en honor del héroe de la Independencia del país, en 1810, José María Morelos, quien nació en ese lugar.

El tañido de las campanas se sumaba a los de otros templos coloniales que también sonaban y envolvían la pequeña ciudad palaciega en un ambiente provinciano y apacible, a pesar de lo convulsivo que resultaba el siglo XIX, y él, Marcial Martínez, se sabía autor de ese concierto en una y en otra torre, concluida en 1742 la del lado poniente y en 1744 la del oriente, desde donde contemplaba la Calle Real, los portales, las casonas, la campiña y el Paseo de las Lechugas con su zona pantanosa y agreste, al norte.

Imagen antigua de la Catedral barroca de Morelia. Colección: Rosalía Sumano Márquez.

Morelia era ciudad señorial, donde coexistían familias acaudaladas y linajudas de españoles y criollos, establecidas en mansiones de cantera, herraje y madera, localizadas en el centro, y mestizos, indígenas, negros y mulatos, entre otras razas, que habitaban barrios aledaños.

Cuando Marcial jalaba las cuerdas con el objetivo de provocar el tañido de las campanas de bronce que colgaban de vigas macizas de madera, hacía un paréntesis entre una actividad y otra, y de inmediato colocaba sus dulces artesanales en los barandales de piedra, en las torres, en las cúpulas y en las azoteas catedralicias con la idea de que recibieran los abrazos del sol y las caricias del viento, y a eso sabían, a los matices y perfumes de la ciudad rodeada de montañas y campo.

Quizá ignoraba que el autor de quien realizó la traza de la catedral de Valladolid, en 1660, fue el arquitecto italiano Vicenzo Baroccio de la Escayola, quien, finalmente, pasó a llamarse, en ese lugar, Vicente Barroso de la Escayola. Ese hombre se entregó a la obra.

Los indígenas purépechas, que se contaban por miles, tallaban la cantera, arrastraban bloques enormes y pesados, construían muros, aplanaban y cincelaban. Los rumores de las herramientas contra las piedras se mezclaban con los murmullos de los peones que trabajaban en condiciones precarias y cantaban y hablaban en su lengua.

Vicenzo Baroccio de la Escayola murió en la aurora del siglo XVIII, en 1704, y la majestuosa obra quedó inconclusa durante algún tiempo, hasta que surgió otro personaje interesado en terminarla, Pedro de Guedea, quien la continuó hasta 1716. Fue Juan de Medina el hombre que se responsabilizó de concluir la obra catedralicia, junto con las fachadas y las torres. En 1744, la catedral estaba concluida y aparecía hermosa y magistral entre fincas palaciegas.

Antes de 1840, Marcial miraba, desde lo alto, el paso airoso de damas, caballeros y familias elegantes y aristócratas que asistían a la primera misa y a los siguientes oficios, mientras los carruajes y los jinetes transitaban libremente a diversas rutas, hasta que los arrieros y carretoneros irrumpían el paisaje tranquilo, embistiendo y salpicando de agua y lodo a los infortunados que encontraban a su paso y gritando improperios a las bestias de trabajo, cargadas de costales con productos frescos y mercancías que provenían de otras regiones.

Vista antigua de la Calle Real, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Los comerciantes se aglomeraban en los portales y en la plaza, donde realizaban transacciones. Los consumidores se acercaban, preguntaban y regateaban precios. Había mercancía procedente de otras regiones de Michoacán y la Nueva España, y hasta de Europa y China.

De las cocinas, en las fincas con corredores y columnas de piedra, escapaban los perfumes de las fórmulas y las recetas familiares, guardadas sigilosamente, que preparaban las mujeres con mucho amor y orgullo, para posteriormente servir, en las mesas de los comedores, chocolate espumoso, café, pan, rebanadas de algún pastel, fruta y una multiplicidad de platillos.

Hacía apenas 19 años -en 1821- que otro vallisoletano, Agustín de Iturbide y Arámburu, había consumado la Independencia de México que inició en 1810, para coronarse, en 1822, emperador. Apenas ayer, antes del movimiento insurgente, esas calles sintieron el paso de Miguel Hidalgo, llamado padre de la patria, quien era rector del Colegio de San Nicolás, al lado de sus colaboradores y alumnos, muchos de los cuales se sumaron a una causa, en lo que indudablemente fue una de las primeras muestras de nacionalismo, y acudieron, por lo mismo, puntuales y de frente a los abismos del destino y la historia.

Todo estaba tan cerca y lejos, al mismo tiempo, que Marcial, sin duda, recordaba y analizaba su vida y repasaba sus sueños y proyectos, entre los rumores y los silencios de las torres, desde las que escuchaba el órgano magistral del recinto catedralicio. A cierta hora de la mañana, puntual, colocaba sobre las azoteas y los espacios de cantera de la catedral, los ates y los dulces que preparaba en su hogar, al lado de su esposa Benita Maciel, instalado en la parte posterior del señorial monumento religioso, con la idea de que el sol brillante que suele aparecer en el cielo moreliano, mezclado con el viento suave, contribuyera a darles un sabor especial.

Así, Marcial mezcló hábilmente las recetas tradicionales con las caricias y las miradas del viento, el sol y los elementos de la naturaleza, hasta que sus dulces adquirían los perfumes y los sabores de las estaciones y de su terruño moreliano.

Entrada a El Paraíso

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Inicialmente, en la fiesta de los Fieles Difuntos y en otras celebraciones, el matrimonio Martínez Maciel se instalaba a un costado de la catedral, donde vendía sus ates y dulces a las familias que habitaban Morelia y a los comerciantes que llegaban de tierras distantes, quienes disfrutaban su esencia y sus sabores; aunque también le compraban, por antojo o recomendación, algunos personajes y visitantes mexicanos y extranjeros, lo que gradualmente dio prestigio a la familia. La calidad de aquellas recetas conservadas celosamente desde hacía varias generaciones, la amabilidad de Marcial y el buen servicio, lo motivaron a soñar y pensar en el tránsito de un negocio con nombre propio.

Enfrente de la catedral se encontraban los portales con sus mansiones señoriales. El Portal Iturbide -hoy Galeana-, era transitado, como los otros adyacentes, por personas que los convirtieron en centro de sus reuniones, en eje de sus encuentros sociales, en motivo de sus operaciones comerciales y paseos.

Fue en aquel portal donde el consumador de la Independencia y otrora primer emperador de México, Agustín de Iturbide y Arámburu, fusilado en 1824, tuvo su residencia, motivo por el que el sitio fue denominado con su primer apellido. En el Portal Iturbide se encontraba la casa marcada con el número 10, espacio que pronto se convertiría en sede de El Paraíso.

Quizá la influencia religiosa que cotidianamente recibieron Marcial y la familia Martínez Maciel, quienes trabajaban y vivían en la catedral, propició el nombre de la dulcería -El Paraíso-, independientemente de que Morelia parecía, entonces, trozo de cielo, y sus manjares, en tanto, deleite del vergel.

La familia Martínez Maciel acudió con exactitud y de frente a su cita con el destino y fundó, sin sospecharlo, una negociación que daría fama y tradición a la dulcería moreliana y mexicana a través de las décadas, hasta convertirse, en la hora contemporánea, en la empresa más antigua de su género en el país. Ahora es, innegablemente, la dulcería de los siglos XIX, XX y XXI.

El hijo

Ignacio Martínez Maciel

Marcial Martínez trabajó arduamente al lado de su esposa Benita Maciel. Posteriormente, ya con una visión de industrial y comerciante, su hijo Ignacio, quien nació en 1844, aprovechó las recetas que sus padres recibieron de sus antepasados, junto con la experiencia y la trayectoria acumulada, para consolidar el negocio que iniciaron en 1840.

Refiere la historia que Ignacio Martínez Maciel, hijo mayor de Marcial y Benita, aprendió el oficio de comerciante al trabajar, desde los años juveniles de su existencia, en la tienda de Octaviano Ortiz, un abarrotero reconocido en Morelia, quien poseía extenso surtido de mercancía, como lo eran, en aquella época, los negocios que ofrecían de todo a sus clientes.

La familia Martínez Maciel dedicó un día, otro y muchos más a la industrialización casera y a la comercialización de dulces típicos, hasta que Marcial, el campanero oficial de catedral, heredó a su hijo Ignacio sus recetas, sus sueños y su negocio.

Con una visión más empresarial, acaso por la experiencia adquirida en la tienda de abarrotes, Ignacio reestructuró el negocio familiar y, en 1865, a los 21 años de edad, dio un semblante de empresa de prestigio a El Paraíso.

Fortaleció la empresa y multiplicó la variedad de dulces, motivo por el que la tercera generación -nietos del fundador Marcial e hijos del consolidador Ignacio-, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, continuaron con las actividades de la empresa familiar.

En aquellos minutos de la decimonovena centuria, ya en la etapa porfiriana, el Portal Iturbide fue conocido popularmente como “de las dulceras”. Cotidianamente, los fabricantes y comerciantes de dulces típicos se instalaban en el portal. Principalmente, eran mujeres quienes llegaban con los dulces resguardados en carretillas de madera que abrían cuidadosamente y se transformaban en mesas que exponían los productos recién elaborados, obviamente con la competencia de El Paraíso, que entonces era un negocio formal, acreditado y reconocido.

Los fabricantes de dulces aprovechaban la fertilidad del campo michoacano, incomparable productor de fruta e incluso con ingenios de azúcar instalados en algunas regiones. El clima favorecía mucho. Tradicionalmente, desde los minutos virreinales, algunas órdenes religiosas contaban con huertos en sus monasterios y preparaban dulces, pastas y frutas en almíbar, como también las mujeres, en diferentes familias, las elaboraban en sus cocinas.

Un paseo a los otros días

Para tener idea de la Morelia que los autores, hombres de negocios y visitantes conocieron durante el siglo XIX, hay que consultar a Juan de la Torre, autor del Bosquejo histórico y estadístico de estado de Michoacán de Ocampo. Quien recurra a los anales de la historia, descubrirá que, en 1883, año en que llegó el ferrocarril a Morelia, la ciudad estaba dividida en cuatro cuarteles, dos barrios -San Juan y Guadalupe- y 216 manzanas. En 1856 había 30 calles, de las cuales 18 eran laterales y 12 longitudinales, hasta que en 1873 sumaron 99, 55 y 44 en el orden referido. La apertura de la calle de San Agustín se registró en 1856, mientras las de San Francisco, Las Monjas y El Carmen fueron abiertas entre 1859 y 1860. En la segunda mitad del siglo XIX, se distribuían en la ciudad 14 plazas y plazuelas.

Y si el ferrocarril llegó a Morelia el 12 de septiembre de 1883, década y media antes, en 1868, se establecieron en la ciudad algunas de las primeras fábricas. En 1870 se inauguró la primera línea telegráfica de la entidad. En 1888, fue instalado el alumbrado eléctrico en las principales calles de la urbe.

En la década de los 80, en el mismo siglo XIX, Morelia contaba con 103 abogados, 52 sacerdotes, 23 médicos y 22 farmacéuticos; además, el autor citado mencionaba que el consumo de artículos de primera necesidad se calculaba en la matanza, cada mes, de 600 cabezas de ganado vacuno y mil 800 cerdos. Estos últimos eran sacrificados en diversos sitios por no existir un espacio ex profeso. Paralelamente, en la capital de Michoacán se consumían, al mes, alrededor de nueve mil fanegas de maíz, y mil 800 cargas de harina; también se requerían 300 arrobas diarias de leche, entre junio y octubre, y 150 durante la llamada estación de secas. El consumo de arroz, azúcar, camote, frijol, garbanzo y piloncillo, entre otros productos, era considerable y muy difícil de calcular, citaba el autor.

El entorno incluía 21 templos y capillas, tres colegios -el Seminario, el de San Ignacio y el de Infantes-, nueve escuelas públicas -con matrícula para 339 niños y 331 alumnas-, y otra para adultos, dos hospitales -el Civil y el del Corazón de Jesús-, dos hospicios -el de hombres y el de mujeres-, una biblioteca pública, el Monte de Piedad que abrió al público el 22 de marzo de 1881, dos cárceles -la de hombres, en la Alhóndiga, y la de mujeres, a un costado del templo de La Cruz, donde antiguamente funcionó un colegio de niñas-, dos cementerios -el de San Juan y el de Los Urdiales-, dos teatros -el de Ocampo, construido en un terreno que perteneció a la Cofradía de la Sangre de Cristo, ocupado hasta antes de la edificación, entre 1828 y 1829, por varios jacales, y el mal llamado Hipódromo, establecido en un predio que se compró a los agustinos, a un lado de su convento, hecho a base de madera, con cubierta de forma cónica, y destinado más a peleas de gallos que a la dramaturgia-, una plaza de toros -una de las más notables de México, según analistas de la época, circular, totalmente de piedra, con galería y columnas, con capacidad para tres mil personas, establecida en el Barrio de San Juan-, sitios de paseo -Calzada de Guadalupe, en el barrio del mismo nombre, donde se establecieron fincas de familias acaudaladas, con terminación en la Alameda; el Bosque de San Pedro, actualmente conocido como Cuauhtémoc; Las Lechugas, en la llanura de Los Urdiales-, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, junto con 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia, e incluso cuatro para caballos. El inventario incluía el Colegio de San Nicolás y lamentaba la ausencia de escuelas normales a la altura de la época.

La actividad industrial, al inicio de la década de los 80, en el siglo XIX, era incipiente. Entre las fábricas, destacaban la de La Paz, cuyo proyecto fue concebido en 1865 e inaugurado en 1868 por Félix Alva, quien compartió la idea con los hermanos Macouzet y Francisco Grande, los cuales adquirieron la maquinaria correspondiente en Inglaterra, que, a pesar de las vicisitudes de la época, llegó a Morelia y empezó a funcionar el 1º de marzo de 1868. El establecimiento fabril inició con dos mil 500 malacates y 68 telares, con capacidad para producir de mil a mil 100 piezas de manta a la semana, en horarios completos de día y noche, con la ocupación de 180 a 200 trabajadores en cada uno de los dos turnos. La fábrica estimuló el cultivo de algodón y contribuyó a la generación de riqueza.

En 1871, el inagotable Félix Alva emprendió otro proyecto industrial de hilados y tejidos de algodón, que estableció en la plazuela de Guadalupe, en la casa que alguna vez ocupó la Empresa de la Seda. Formó la fábrica con Francisco Grande y Pablo Torres Arroyo. La fábrica inició actividades en octubre de 1873, con mil 800 malacates y 36 telares, que daban empleo a un centenar de operadores.

La otra compañía que se formó con el nombre de Empresa de la Seda, en 1842, se instaló en la finca que ocupaba la fábrica La Unión, a la que se le compró la maquinaria. La escasez de seda provocó la caída del negocio. Al respecto, Luis G. Sámano y Dámaso López conservaron en aquellos días la industria de la seda en la célebre Hacienda de Guadalupe, en Tarímbaro.

Junto con esas industrias, funcionaban las de dulces, cerillos, catres metálicos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera y fideo, entre otras de menor importancia. El autor de la obra, lamentaba que Morelia no fuera ciudad de grandes industrias; aunque reconocía que gran número de familias se dedicaban a la producción de guayabate y otros dulces, giro que estaba adquiriendo prestigio en el país y del cual dependían amplio porcentaje de personas.

Premios mundiales

Los calendarios clásicos

Bajo la conducción de Ignacio Martínez, El Paraíso escaló peldaños de calidad y prestigio social, hasta que, en la época porfiriana, obtuvo diversos premios y reconocimientos locales, nacionales y mundiales, entre los que destacaron, de acuerdo con las menciones inscritas en los calendarios clásicos que la empresa obsequiaba anualmente a sus clientes, los que a continuación se enumeran:

Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días.

Calendario de El Paraíso, 1901. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Indiscutiblemente, los premios y reconocimientos que obtuvo El Paraíso, influyeron de manera determinante en la internacionalización del dulce típico moreliano y mexicano, coyuntura que abrió fronteras y mercados, con nuevas oportunidades de negocios. Los ates y los dulces morelianos llegaron a diferentes mesas, a otra gente, que los probaron, se deleitaron y se enamoraron de sus sabores.

Portada del calendario de El Paraíso, en 1902. Colección: Gerardo Torres Calderón.
Colección: Gerardo Torres Calderon.

Libros

Publicaciones antiguas

El Paraíso fue célebre en México y en el mundo. Su propietario, Ignacio Martínez Maciel, destinó recursos económicos a la difusión del establecimiento, en libros, periódicos y calendarios, documentos que hoy son fuente de consulta y respaldan la existencia del negocio y sus premios obtenidos a nivel local, nacional y mundial.

Anuncio antiguo de El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón

Bajo el título Reseña histórica, estadística y comercial de México y sus estados, editado en 1895, R. O´Farril y Compañía, relataba erróneamente que Morelia “es esencialmente industrial”, cuando la ciudad era comercial, primordialmente, con ausencia de fábricas; aunque no se equivocaba al informar que “se hacen primores en animalitos de pluma copiados del natural; muñecos, juguetes caprichosos, dulces exquisitos de todas clases, siendo verdaderamente una especialidad las conservas y pastas de guayabate, membrillo, durazno, chabacano, etc.; jaleas de todas las frutas y multitud de estas conservas tan renombradas y estimadas en toda la República, y aun en el extranjero, a donde se exportan en gran cantidad”. Citaba, entre “los más ricos importadores que garantizan la legitimidad de las mercancías”, a “D. Ignacio Martínez, que tiene además una excelente dulcería”.

Dos años antes, en 1893, Juan de la Torre, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y autor del libro Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, dio a conocer que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requiere para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”.

Innegablemente, Juan de la Torre se refería, especialmente a El Paraíso, negocio que aparece publicado en una página completa de su obra Historia y descripción del ferrocarril central mexicano, editada en 1888, que difundía “gran dulcería moreliana, establecida en 1860. Única premiada con medalla de primera clase en la Exposición de 1877. Especialidad en los guayabates y demás dulces batidos y cubiertos. Variado surtido de frutas de pasta de almendra, frutas garapiñadas, secas y prensadas. Depósito de aves artificiales de pluma. Excelente chocolate, diversas clases. Primorosas bateas. Legítimo café de Uruapan. Morelia. Portal de Iturbide. Letra Y. Ignacio Martínez”.

En tanto, las páginas del libro Morelia en 1873, su historia, su tipografía y su estadística, escrito por Justo Sierra y publicado en la capital de Michoacán, en la imprenta de Octaviano Ortiz, que se encontraba en Villalongín No. 2, plantean que “de desearse sería que la industria en Morelia estuviese a la altura que reclaman su civilización y especialmente sus necesidades… El trabajo que puede llamarse manual, por el que se producen artefactos en que principalmente se ocupa la clase pobre, apenas puede mencionarse. No hay en Morelia, como en otras poblaciones, una producción especial o un artefacto de ella, porque los tejidos de hilo y lana que en otro tiempo tuvieron algún valor, hoy puede decirse que se hallan en decadencia. Hay, sin embargo, una industria que primero comenzó en las familias, y que a la fecha ha llegado a tener alguna importancia, y es la fabricación de una pasta de dulce llamada guayabate. De ella se hacen algunas exportaciones para México, y es un elemento de subsistencia para muchísimas personas”. Desde luego, entre esa “industria que primero comenzó en las familias”, estaba incluido, por su prestigio, El Paraíso.

Las obras citadas, demuestran que El Paraíso y la dulcería tradicional no solamente estuvieron presentes en los comedores y platillos como deleite de las familias morelianas del siglo XIX, sino se volvieron, con el paso del tiempo, en industria, en medio de vida para incontables personas que se organizaron, promovieron y comercializaron sus productos naturales a distintas regiones de la geografía mexicana.

En una de las páginas del Primer Almanaque Michoacano, publicado por A. Mier en 1882, aparece un anuncio de la empresa: “El Paraíso. Gran Dulcería y chocolatería. Letra Y. Portal de Iturbide. Letra Y. Morelia El dueño de esta acreditada casa, no omite gasto para elaborar con el mayor esmero y limpieza, el magnífico chocolate que expende por mayor y menor, y emplea los mejores cacaos y azúcares. De acuerdo con las principales fábricas de México, se encuentra un abundante y variado surtido de cigarros de Tolú, Brea, Venado, Aztecas, Niña, César, Profeta y legítimos Habanos de la Honradez. Aquí no hay falsificaciones en los artículos que se expenden”.

Y los calendarios y anuncios publicitarios, difundidos en periódicos, entre el ocaso del siglo XIX y la aurora de la vigésima centuria, convertidos ahora en piezas de colección y de museo, dan idea de las especialidades de El Paraíso, como ates, frutas secas y cubiertas, dulces de leche, de almendra y de nuez, piloncillo, confites, garapiñados, caramelos, chocolate de metate, colaciones y pastillas de menta, por citar algunos. Ya en el inicio del siglo XX, El Paraíso contaba con maquinaria.

Durante la administración de tres generaciones de la familia Martínez -principalmente en la de Ignacio Martínez Maciel-, El Paraíso se transformó en una de las empresas dulceras de mayor prestigio en Morelia y México del siglo XIX y los primeros años de la vigésima centuria, e incluso se fortaleció, registró crecimiento, se acopló a la modernidad y sobrevivió a las vicisitudes de una época convulsiva e inestable.

Ya en 1902, en uno de sus calendarios tradicionales, “obsequio de la dulcería”, siempre con diseños especiales, creativos y originales, El Paraíso, en su página de enero, presumía sus reconocimientos y premios internacionales, y anunciaba su “especialidad en artículos propios del ramo, preparados en casa”, junto con su “espléndido surtido de frutas secas: higos, pasas, ciruelas, manzanas, dátiles, chabacanos, peras, duraznos, etc.” Refería, así, que se trataba de “la casa mejor surtida en esta capital”, la de Morelia, y todavía firmaba Ignacio Martínez, quien ese año cumplió 58 de edad.

Al siguiente año, en 1903, según consta en archivos hemerográficos, El Paraíso, empresa que supo aprovechar los medios de comunicación de cada época para difundir la calidad y el surtido de sus dulces y productos, aunados a sus premios y a su antigüedad y tradición, que siempre fue motivo de orgullo para sus propietarios, daba a conocer que “últimamente, con fecha 30 del que acaba de pasar” -mayo-, “se inauguró en la referida casa un elegante salón para familias, en el que se sirven refrescos, pasteles, sodas heladas y otras especialidades”.

Y continúa el texto de la publicación periodística -El Pueblo-, al plantear que “el crédito que en tanto año ha sostenido la casa, la mejora que se le acaba de hacer y la finura de su propietario, Sr. D Ignacio Martínez, para con todos sus parroquianos, son otros tantos motivos para que la casa comercial de que tratamos, se vea constantemente concurrida”.

Para tener idea de lo que significaba este negocio tan prestigioso, habría que viajar, otra vez, hasta las muchas horas del ayer, a las del 19 de febrero de 1910, meses antes del inicio de la Revolución Mexicana, que fue el 20 de noviembre de ese año, cuando el periódico El Pueblo publicó, entre otras noticias, un anuncio enmarcado que informaba: “Gran Dulcería El Paraíso. Participo a mis numerosos consumidores que acabo de recibir, para la presente temporada de cuaresma, un abundante y variado surtido de conservas alimenticias, francesas y españolas: pescado salado, bacalao con o sin espinas, atún en escabeche, por kilos, en latas y al menudeo; chiles jalapeños rellenos. Todos los viernes, camarones, ostiones y huauchinango frescos. Empanadas y pasteles. Completo surtido de vinos españoles y franceses. Ignacio Martínez. Portal Hidalgo 40. Morelia, Michoacán”.

Y si en época de cuaresma, Ignacio Martínez difundía, a través de los medios de comunicación, los productos tradicionales para dicha temporada, también promovía, entre el tránsito de un año a otro, la mercancía que interesaba al público, como lo demuestra un anuncio del periódico El Diario de la Tarde, ejemplar que costaba dos centavos al iniciar 1910: “Gran Dulcería el Paraíso, Portal Iturbide 10. Esta casa participa a sus numerosos consumidores que acaba de recibir en abundancia y variado surtido de juguetes para posadas y año nuevo. Bombones y chocolates. Confeti, serpentinas. Servilletas japonesas. Velitas para pasteles. Almacén de abarrotes extranjeros y del país. Ventas por mayor y menor. Precios sin competencia. Ignacio Martínez. Morelia. Apartado 62. Teléfonos Comerciales, 101. Empresa Telefónica, 100”.

El salón para familias

Cuando Ignacio Martínez Maciel inauguró, en 1903, el grandioso y espectacular salón para familias, pronto fue concurrido por gente de nombre y apellidos, personajes reconocidos en el arte, el pensamiento, las empresas, las profesiones y la política.

Proclives a las modas francesas, los morelianos del porfiriato, como ciertas clases sociales de México, vestían con elegancia y portaban bombines, trajes, vestidos, bastones, abanicos, perfumes, bolsos, paraguas y sombreros con plumas, entre otros accesorios que adquirían, generalmente, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred, fue uno de los almacenes que frecuentaba la sociedad porfiriana de Morelia. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.
Almacén Puerto de Liverpool. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.

Fue el salón de El Paraíso punto de encuentro, eje de los acontecimientos sociales de Morelia, sitio de reunión, espacio para deleitar los sentidos por medio de aromas, sabores y texturas. Convivieron las familias y los amigos, y repentinamente, acompañados por alguien, los enamorados. Allí se establecieron pactos, ceremonias, acuerdos, y hasta se diseñaron proyectos de vida y destinos. El chocolate, los refrescos, la nieve, el café y los pasteles deleitaban a aquellos visitantes que convivían, dialogaban, reían, callaban, entre los rumores y silencios de sus vidas, hasta que un día, el destino y la historia llegaron puntuales a Morelia y a la República Mexicana.

Los días turbulentos

Si en 1903, El Paraíso inauguró su elegante salón familiar en el que se servían sodas heladas, pasteles, refrescos y otras especialidades de la casa, según lo hizo constar el diario La Libertad, en un ambiente porfiriano, durante el movimiento revolucionario de México, que inició el 20 de noviembre de 1910, el establecimiento fue testigo, junto con otros negocios e instituciones de la época que operaban en locales situados en esquinas de calles céntricas, como Palacio de Justicia, Puerto de Liverpool, Correos, Administración del Timbre, La Cruz y las farmacias Elizarrarás, Reynoso y La Equitativa, de las trincheras que diversos hombres y militares cavaron con el objetivo de enfrentar a los enemigos.

Las fuerzas de resistencia ocuparon templos -catedral, San Agustín, San Francisco, Capuchinas, Las Monjas, Lourdes, Santuario de Guadalupe, San Juan, San José, El Carmen, Las Rosas y La Merced-, como paralelamente lo hicieron en el Colegio Salesiano, Escuela de Artes, Palacio de Gobierno. Antigua Cárcel de San Agustín, Palacio Municipal, Plaza de Toros e Inspección General de Policía. Existían noticias referentes a la cercanía de los enemigos.

La Calle Real, en la que se erigían los principales palacios y fincas de las familias acaudaladas, los portales típicos, la catedral, los templos virreinales de Las Monjas, La Cruz y La Merced, la Plaza San Juan de Dios y la de Armas, y no pocos de los comercios más prósperos, transformó su rostro ante el riesgo del estallido social.

A Morelia llegaban noticias, por los diarios o por medio de algunas personas, acerca de las irrupciones de los revolucionarios en ciertas poblaciones estratégicas. Ellos, los comerciantes más acaudalados, pagaban por la información e incluso contrataban a algunos hombres que estaban al tanto de la presencia enemiga, cerca de la ciudad, para así prevenirse, cerrar sus establecimientos, esconder a las mujeres y sus objetos de valor.

A pesar de los días y los años de amargura, El Paraíso siguió endulzando las mesas y los paladares. No desfalleció. Resistió con la misma energía y valentía de su fundador, y sobrevivió a los estragos que dejan las revoluciones al desdibujar muchos detalles del tejido social.

En las mesas y en los paladares

Dueño de su prestigio, El Paraíso resguardó, en su esencia, en su memoria y en su práctica, los sabores, fórmulas, recetas, tradiciones y aromas que lo hicieron célebre. El establecimiento dulcero enfrentó la turbulencia de las últimas seis décadas del siglo XIX, y nadie duda, por su calidad y por la costumbre que tienen los mexicanos de obsequiar algo típico y clásico de su terruño a sus visitantes, que los ates y otras presentaciones de productos se hayan ofrecido a personajes célebres de cada época, lo que innegablemente, al tratarse de la mejor fábrica y tienda de dulces típicos de Morelia, fue el elegido para cautivar el gusto de cada hombre y mujer.

Cambio generacional

El otro dueño

Agustín Ortiz García

Con las luces y sombras de un México convulsivo, parado entre las laderas y los abismos de sus desafíos, su historia y su destino, El Paraíso continuó al frente de la especialidad dulcera de Morelia, con la tercera generación de la familia Martínez, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, quienes, finalmente, en 1928, época que aún segregaba los olores del reciente movimiento revolucionario del país que inició en 1910, la lucha y las traiciones de los generales y la persecución cristera -movimiento que empezó en 1928 con el conflicto entre las autoridades mexicanas con laicos y religiosos que se oponían a la Ley Calles, la cual pretendía controlar y reprimir el culto y la práctica católica en el territorio nacional-, vendieron el establecimiento a otro inversionista, Agustín Ortiz García.

De ese año y de la década de los 30, pertenecientes al inolvidable siglo XX, Agustín Ortiz García hizo de El Paraíso, eje de la vida cotidiana de Morelia. Era su negocio, su casa, su vida. En una historia familiar y citadina, que inició en 1928 y concluyó en 1938, la familia Ortiz hizo de El Paraíso una leyenda, un destino, una costumbre y un deleite para los paladares. Fue punto de encuentro de familias, amigos y hasta de enamorados, quienes dejaron la amenidad de sus pláticas en aquellos rincones de los portales típicos de Morelia.

El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ni el desequilibrio económico ni la inestabilidad social impidieron que Agustín Ortiz García, viviera su ilusión y entregara una década de existencia a un negocio que formaba parte de la historia de los morelianos. La gente asistía. Era la negociación en la que compraban y convivían sus antepasados, las otras generaciones -bisabuelos, abuelos, tíos y padres-, y donde celebraban reuniones familiares y sociales. En El Paraíso se encontraban fragmentos de su historia. Y asistían las generaciones de esa época. La marca y el lugar tenían un significado especial. La gente buscaba y valoraba lo que era tan suyo.

Luis Torres Villicaña,

la historia

A los 21 años de edad, en 1938, Luis Torres Villicaña (1917-2014) se atrevió a golpear con la aldaba de hierro el antiguo y pesado portón de madera de la casona de Máximo Díez, hombre de negocios respetable, acaudalado y reconocido en Morelia y en diversas poblaciones y ciudades de Michoacán y la República Mexicana, con el objetivo de hablar con él, de frente, y solicitarle crédito para comprar El Paraíso, afamado establecimiento dulcero que su dueño, Agustín Ortiz García, había perdido a una hora infausta, en una apuesta.

Máximo Díez, acostumbrado a los negocios, a las ganancias, al trato con comerciantes, hacendados, industriales e inversionistas, quedó sorprendido al mirar y escuchar los argumentos del muchacho, quien no únicamente se sentía motivado por la adquisición de una empresa acreditada, de la que ya conocía, en la parte dulcera, la dinámica, sino por sus convicciones y proyectos.

Escuchó el hombre de negocios al joven. Percibió sus rasgos de sinceridad y conoció las observaciones, los análisis y los estudios que había realizado. El joven no era improvisado. Tenía deseos de triunfar. Sabía lo que deseaba en la vida. Luis lo convenció por medio de argumentos bien planteados. Con asombro ante la visión empresarial y las convicciones del muchacho, a quien escuchó y al que formuló preguntas con la idea de comprobar la autenticidad de aquellas palabras juveniles y de los valores nobles que irradiaba, Máximo Díez sintió confianza y le prestó, finalmente, el dinero requerido

Máximo Díez, quien participó activamente en la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, de la que frecuentemente era comisionado, por su capacidad, experiencia y conocimiento, para analizar y dar su opinión respecto a temas de relevancia municipal, estatal y nacional, fue un hombre de negocios exitoso y reconocido, con amplia experiencia en el trato humano, y no dudó en el plan que le expuso el joven.

Colección: Gerardo Torres Calderón.

De él, la publicidad contratada en la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930, detalla que “en el cruzamiento de las calles Morelos Sur y Allende, se halla esta importante negociación mercantil, ampliamente conocida por la amplitud de sus transacciones comerciales”.

Y asegura que “el señor Máximo Díez es concesionario de la Pierce Oil Company, S.A., cuyos productos conocidos son: petróleo, gasolina, parafina, aceites y grasas lubricantes, y gas oil para toda clase de motores”.

Máximo Díez diversificó sus negocios, de acuerdo con la reseña del documento dedicado al presidente de la República Mexicana, Pascual Ortiz Rubio, de manera que fue “agente de la Cervecería Moctezuma, S.A., de Orizaba, Ver., de la que distribuye sus exquisitas cervezas XX, XXX y Superior”.

Paralelamente, fue “representante de La Tolteca, Cía. de Cemento Portland, S,A,”, y también, por su amplia experiencia, “agente de El Buen Tono, S.A., disponiendo de todas sus acreditadas marcas de cigarros”, y, por añadidura, “tiene una existencia constante de todos los productos de la región”.

En cuanto al moreliano Pascual Ortiz Rubio, cuya familia fue propietaria de la Hacienda del Rincón, en la capital de Michoacán, asumió la presidencia de México en febrero de 1930, con el hecho de que, tras tomar posesión del mandato y disponerse a viajar al Palacio Nacional, fue acribillado por un tipo de nombre Daniel Flores González. El mandatario nacional permaneció dos meses en convalecencia. Fue a él quien Agustín Vega dedicó el libro citado, el cual tuvo el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, entonces liderada por Bernardino F. Perraldí Carranza, propietario, con su hermano Santiago, de La Esmeralda, una de las tiendas mejor surtidas de la época, que fundaron en 1900. Por cierto, los hermanos Perraldí Carranza eran sobrinos directos del otrora constitucionalista y presidente Venustiano Carranza Garza.

La Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930 por Agustín Vega, con el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Industria y Agricultura de Morelia, fue dedicada al presidente Pascual Ortiz Rubio.

La hacienda, los recuerdos y el inicio

Mientras el entonces joven Luis Torres Villicaña esperaba, impaciente, la fecha acordada para comprar El Paraíso, repasaba las horas de su niñez y adolescencia diluidas en la Hacienda El Tigre, y en la casa solariega, en el pueblo de Quiroga, en tiempos prehispánicos denominado Cocupao, paso forzoso de quienes viajaban de la Ciudad de México a Zacapu, Zamora y Guadalajara, y viceversa, y reflexionaba también en los acontecimientos que, inesperadamente, de un día a otro, despojaron a su familia de sus propiedades y medios de producción.

Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con el proceso de expropiación de tierras que llevó a cabo el presidente Lázaro Cárdenas del Río durante su gestión, entre 1934 y 1936, al transformar los otrora latifundios y haciendas en ejidos y cuadricular el campo con la finalidad, principalmente, de arraigar a la gente y evitar levantamientos armados y desórdenes sociales, más allá de las causas revolucionarias, la supuesta justicia social y las promesas gubernamentales de tantos generales que se traicionaron en la lucha por el poder, los integrantes de la familia Torres, como otras, de pronto fueron despojados.

Propietarios de la Hacienda El Tigre desde 1730, los miembros de la familia Torres se encontraron repentinamente entre el destino, la historia, el pasado esplendoroso, el presente inseguro y el futuro incierto. Las tierras hacendarias fueron repartidas por el mandatario nacional, y años más tarde, Luis Torres Villicaña cedió unos terrenos aledaños a las familias que moraban en el lugar, con el consejo de que establecieran restaurantes para los viajeros que transitaban aquella carretera rumbo a Quiroga, Santa Fe de la Laguna, Zacapu, Zamora y Guadalajara, y así lo hicieron desde entonces con el atractivo y el éxito que han obtenido.

Antepasados de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los integrantes de la familia Torres y Torres y sus descendientes se mudaron a Morelia. Establecieron su casa al poniente de la ciudad, a la orilla, donde aún olía a campo, río y tierra. No era fácil coexistir en el destierro, en un lugar que siempre se caracterizó por la ausencia de grandes industrias y la abundancia de comercios dedicados a diferentes giros: abarrotes, calzado, cervezas, ropa, tabaco.

Padre, madre y hermanos de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ya el autor de la obra Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, editada en 1883 por la Imprenta de Ignacio Cumplido, Juan de la Torre, criticaba en sus páginas, específicamente en el capítulo denominado Industria y Comercio, que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requieren para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”. Hay que aclarar que el término exportar, en aquella época y todavía en la década de los 30, en el siglo XX, no necesariamente se utilizaba para definir la comercialización y el traslado de mercancía al extranjero, sino a otras poblaciones, regiones y entidades de la República Mexicana.

El escritor, quien era miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, sabía que los dueños de los capitales, en Morelia, eran hacendados, prestamistas, arrendadores, mineros y comerciantes, en su mayoría, porque la industria se encontraba en un estado muy incipiente. Expresaba en su libro que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces, etc…” Y finalizó, en el breve capítulo, que “el comercio consiste en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

La expropiación de la hacienda y los bienes de la familia Torres, los colocó en una situación de quebranto económico, igual que a tantas familias que de improviso perdieron todo. La madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a quienes tenían oportunidad de probarlos y que, ante la adversidad, decidió elaborar con el objetivo de comercializarlos y contribuir al alivio de las necesidades económicas.

Elaboración de laminillas. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Al ser hijo primogénito del matrimonio Torres Villicaña, Luis se sumó al trabajo productivo de la familia, con tal madurez que orientó su atención en la actividad dulcera de Morelia. Dedicó tiempo a observar y analizar el mercado de los ates, las conservas y los dulces, hasta que una vez con la certeza de que poseía elementos suficientes para dirigir una empresa del ramo, decidió comprar, a los 21 años, El Paraíso.

Luis Torres Villicaña, en su juventud. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Entre los rasgos favorables que Luis detectó en El Paraíso, destacaron su antigüedad y tradición en Morelia -en esa fecha, la de 1938, la empresa cumplió 98 años-; la ubicación del establecimiento en uno de los portales típicos, conocido popularmente, por sus actividades cotidianas, con el término “de las dulceras”; la llegada y salida de camiones, en esa zona, frente a la catedral y cerca de los principales comercios y oficinas públicas. De pronto, con la adquisición de El Paraíso, a Luis Torres Villicaña le llegó toda la tradición dulcera de Morelia.

Tres familias

El negocio

Con la incursión de Luis en el giro, El Paraíso cumplió, entonces, tres etapas importantes con el mismo número de propietarios: 1840, fundación de la empresa por parte de Marcial Martínez, con la incorporación posterior de su hijo, Ignacio Martínez Maciel, quien fortaleció, modernizó, internacionalizó y formalizó el negocio y finalmente lo heredó a sus descendientes, Ignacio y José Martínez Uribe; 1928, aparición en el escenario de Agustín Ortiz García, que continuó con la firma que era industria y comercio, a la que convirtió en eje de su vida y de su círculo familiar y social; 1938, los apellidos Torres Villicaña llegaron para reconocer su historia y su tradición, y darle prestigio, coronar la firma con la experiencia, la calidad, el servicio y la atención que siempre la han caracterizado.

La memoria y los registros de la historia lo confirman: Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad, con el recuerdo de una niñez y una adolescencia felices, en medio de las condiciones en que la política, la economía y la dinámica social de México de aquella hora, los colocaron a él y a su familia en una situación emergente de luchar para no caer y sí, al contrario, fortalecerse y crecer, y con la confianza y el dinero que le prestó el empresario Máximo Díez, llegó a El Paraíso, lo compró, con el sueño y la idea de hacer realidad el concepto del nombre tanto en los dulces y mercancía que fabricaba y comercializaba como en su existencia y en la gente que tanto amó. Y conquistó El Paraíso.

De El Paraíso había que hacer el mundo y el cielo, y así, con tal idea, Luis se entregó a la empresa, a la que se sumó, dos años más tarde, al contraer matrimonio, su esposa, María Soledad Calderón Orozco, pieza clave en el fortalecimiento de la empresa, ya que se dedicó a atender las labores de la casa, a su marido y a los 16 hijos que procrearon.

María Soledad Calderón Orozco. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los empleados de la dulcería atendían al público en el Portal Galeana, esquina Benito Juárez, frente a la catedral moreliana, que una centuria antes recorrió, una y otra vez, el campanero Marcial Martínez, quien soñaba en que los productos que elaboraba con la ayuda de su esposa Benita, resultaran una delicia y le abrieran paso a la prosperidad. Desde los campanarios contemplaba el paisaje urbano con esqueleto de cantera y piel de cal pintada de colores, y con esencia capaz de mover a México.

El inquieto Luis Torres Villicaña, atendió la fábrica de dulces que desde tiempo atrás se localizaba en la calle Serapio Rendón, detrás del templo virreinal de San José, construido en el siglo XVIII, cuyas dos torres fueron añadidas entre 1943 y 1945, en la vigésima centuria. La industria, la búsqueda de clientes y las negociaciones para la distribución de los dulces y la contabilidad, cada día requerían mayor atención y tiempo por parte de su dueño, quien, por otra parte, confiaba en el amor y la responsabilidad que, como madre y esposa, caracterizaban a Soledad, descendiente, por cierto, de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los encomenderos españoles que fundaron la Ciudad de Mechuacan el 18 de mayo de 1541, con respaldo del Virrey Antonio de Mendoza.

Nadie imaginaba que, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los fundadores de Valladolid -hoy Morelia- en 1541, con autorización del Virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, la familia Torres, propietaria de la Hacienda El Tigre desde 1730, pronto aparecería en el escenario dulcero de El Paraíso.

Las habitaciones de la casona vetusta, en la calle Serapio Rendón, permanecían repletas de colaciones, dulces y confitería, mientras el rumor de la maquinaria anunciaba, en su lenguaje mecánico, el trabajo constante y disciplinado de aquel hombre que desde temprana edad aprendió a dirigir una empresa dividida en industria, comercio y servicio al público.

Elaboración de dulces. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Pronto devolvió a Máximo Díez el préstamo que le concedió, y se lo agradeció con la caballerosidad de antaño, siempre con el reconocimiento de la confianza y el apoyo que recibió, a pesar de no conocerlo y de su juventud e inexperiencia; sin embargo, algo inquietaba a Luis. El mundo enfrentaba la sombra de una guerra amenazante, México se reacomodaba tras el período de los generales revolucionarios que ambicionaban el poder, El Paraíso crecía tanto industrial como mercantilmente y la familia Torres Calderón aumentaba en cantidad de integrantes y, a la vez, en necesidades.

Tras minutos y horas que anhelaban madurar y convertirse en días, y días que se volvieron semanas, Luis tomó la decisión de fortalecer la industrialización de dulces, como una rama importante de El Paraíso, y cerrar el establecimiento comercial y de servicio al público que acostumbraba reunirse en su salón, y así lo hizo, con todo lo que implicaba. Fue aconsejado por Soledad, su esposa, mujer que dispuso de tiempo para atenderlo, educar 16 hijos y aconsejarlo, como lo hacía, con sabiduría.

El Paraíso, con su dulcería y su salón de convivencia social, donde los morelianos solían compartir sus horas y sus días, y consumir pasteles, refrescos y otras delicias como chocolate de metate, frutas cubiertas, rompope, jamoncillos de leche, morelianas y cajetas, cerró sus puertas en los portales típicos. Dio vuelta a la página de la historia con la intención de proseguir otros capítulos, y la tienda, el salón de reuniones sociales y las recetas irrepetibles, quedaron en la memoria colectiva.

El letrero

La mudanza trasladó el mobiliario a la casa marcada con el número 42 de la calle Miguel Silva, en el centro moreliano, donde se cambiaron la fábrica y las bodegas; no obstante, como si se sintiera aferrado a su origen, a su historia, a su linaje, a su tradición, al recuerdo de tantos años y décadas, a los murmullos y sigilos de una centuria y otra -XIX y XX-, el letrero de El Paraíso quedó olvidado en el muro, dentro de aquel portal con tanta historia e incontables tradiciones, cual testimonio, quizá, de que en ese rincón del mundo, en la capital de Michoacán, hubo sabores, fragancias, suspiros, colores y formas de recetas guardadas en la memoria de otras familias y mujeres, igual que se conserva el más bello de los secretos. Quedó un trozo de El Paraíso.

Todavía los primeros años de la década de los 90, antes de que expirara el siglo XX, el letrero permanecía en los portales y las generaciones de esa hora lo miraban un día, otro y muchos más con la creencia de que se trataba del nombre de un restaurante con cafetería al que todos llamaban El Paraíso.

Y si el nombre de la Dulcería El Paraíso perduró, a través de las décadas, Luis continuó trabajando en la fábrica que fundó, con el recuerdo, probablemente, de sus padres y sus hermanos, quienes al llegar a Morelia se unieron y solidarizaron en los instantes más críticos de sus existencias.

La época moderna

Recordaba Luis, en sus instantes de añoranzas y lucha, a su tío Alfredo Torres y Torres, fundador, entonces, de un negocio tradicional en Morelia, El Hortelano, quien, adicionalmente a las actividades de las semillas, los jardines, las flores y las plantas, elaboraba ates y los comercializaba, a través de su hermano Manuel, en una tienda de dulces en la estación del ferrocarril, en el antiguo Paseo de las Lechugas que posteriormente se convirtió en la colonia Industrial, inmersa en la ruta de los molinos de harina y las fábricas de las primeras décadas del siglo XX.

Antigua estación de ferrocarril, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Alfredo Torres y Torres involucró a sus sobrinos en el negocio de dulces. El hombre no tenía hijos y era muy hábil para los negocios. Finalmente, estableció alianzas con Luis y su hermano Fernando, y uno de los primos, Eduardo Torres Mier, quien radicaba en la Ciudad de México, coyuntura que los formó e impulsó en ese giro.

Ya en la década de los 50, los hermanos Luis y Fernando Torres Villicaña se independizaron y fundaron La Estrella, fábrica que tenía antecedentes por parte de su tío Manuel Torres y Torres, quien en los días convulsivos de 1917 la estableció en su primera versión, mientras su primo Eduardo Torres Mier, por su parte, se dedicó a la producción de ates enlatados, a través de la industria que inició con el nombre La Colmena.

La Estrella. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Tales recuerdos animaban y fortalecían a Luis durante sus lapsos de lucha consigo y con las realidades de un mundo cambiante. En la casa que compró en Miguel Silva, al oriente del centro de Morelia, donde instaló a su familia y estableció una dulcería, eslabón de lo que fue El Paraíso, integró su negocio a la fábrica que inició su tío Manuel Torres y Torres, La Estrella. La familia requería solidaridad. Establecieron alianzas. Eran tiempos de unidad y trabajo.

En la calle Antonio Alzate. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con la industrialización más moderna de la época, Luis introdujo maquinaria de cobre que funcionaba con vapor, y orientó sus esfuerzos en la fabricación de jaleas, ates y laminillas. Redujo costos, intensificó la producción en serie y abrió nuevos mercados, con la conveniencia de que encontró distribuidores que le compraban grandes volúmenes de mercancía. Dos mayoristas nacionales de La Mereced, en la Ciudad de México, adquirían casi toda la producción de dulces.

La Estrella Dorada

Luis y su hermano Fernando eran socios de La Estrella, hasta que, en la misma década de los 50, tomaron la decisión de separarse. Cada uno siguió su camino en los negocios. Con el tesón que aplicó desde que adquirió El Paraíso, Luis denominó dedicó lo mejor a su fábrica, La Estrella Dorada.

Con una familia numerosa que cada día requería mayor atención y espacio, Luis adquirió varios terrenos al oriente de la ciudad, metros adelante del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, que más tarde heredó a sus descendientes.

Trabajó arduamente. No ignoraba que tenía cita con el destino y con la historia. Repartió los días de su existencia en La Estrella Dorada, fábrica especializada en la producción de jaleas, ates y laminillas, en esa etapa dedicada a atender la demanda del mercado popular, como ferias y mayoristas.

En calzada Madero. Colección: Gerardo Torres Calderón.

La Cámara de Comercio, la Cámara de la Industria de la Transformación y la Cruz Roja

Quienes tienen la misión de aportar y dejar huellas insondables, valoran el tiempo, las horas de sus existencias, y no desperdician los minutos y los días en superficialidades. A Luis Torres Villicaña le alcanzó el tiempo para engrandecer el negocio dulcero y convertirlo en tradición de Morelia, educar a su familia con ayuda de su inolvidable Soledad Calderón Orozco y alcanzar la presidencia en la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y otros empresarios, y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado Ramón Ramírez Núñez y algunos hombres de negocios.

Refiere la tradición que la Cámara de Comercio de Morelia pagaba renta para contar con instalaciones dignas. Compartió espacios con su Academia en la ostentosa mansión construida por el ingeniero belga Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, y en las casonas ubicadas en las calles 4ª de Morelos, Benito Juárez e Ignacio Zaragoza, como también efectuó, en el pasado, algunas reuniones en la Casa de Cristal o en los despachos y domicilios de ciertos presidentes y consejeros.

Antigua Casa de Cristal, en Morelia, donde innumerables ocasiones sesionaron los consejeros de la Cámara de Comercio e Industria de Morelia. Colección: La Página Noticias.
Palacio que construyó el ingeniero belga, Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, en Morelia. Colección: Santiago Galicia Rojon Serrallonga.

Habían transcurrido 72 años desde la fundación de la Cámara de Comercio de Morelia, en 1895, la cual, a pesar de su trascendencia local, estatal y nacional, carecía de sede propia. Fue ese año, el de 1957, cuando el empresario Luis Torres Villicaña presentó su iniciativa para comprar la finca que actualmente ocupa la institución, en la antigua calle del Olvido, marcada entonces con el número 11, y que más tarde se llamó Segunda de Guerrero, para finalmente ostentar el nombre 20 de Noviembre, y cambiar al 55. Las escrituras fueron signadas el 31 de diciembre de 1957. Un año después, en 1958, la agrupación empresarial y su institución educativa poseían domicilio propio. La iniciativa y el esfuerzo de Luis Torres Villicaña, se concretaron en una finca digna y majestuosa para tan tradicional institución.

No conforme con su gestión en la Cámara de Comercio de Morelia, que todavía es recordada, Luis fue presidente estatal de la Cruz Roja y posteriormente delegado regional y nacional, institución a la que entregó lo mejor de sí por los beneficios que sabía representa para la sociedad; además, participó activamente en la Cámara de la Industria de Transformación de la ciudad, como fabricante de dulces.

En la Cámara de Comercio de Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Orgullo familiar

Templo de Fátima

El cortejo fúnebre resultó imponente. Los sentimientos se desbordaron. Al concluir la homilía, en el tradicional templo de Fátima, donde antiguamente existió una capilla virreinal, familiares, amigos, trabajadores y gente que conoció y trató a Luis Torres Villicaña, impidieron que el ataúd fuera colocado en la carroza, y así, a pie, lo trasladaron hasta el Panteón Municipal de Morelia. Discurrían, entonces, los días de 2014.

La gente despedía al industrial del dulce con agradecimiento, lágrimas y emoción. Dejaba recuerdos, huellas, trozos de sí en cada persona. Influyó positivamente en mucha gente. El dulce sabor de sus productos quedaba entre hombres y mujeres que tuvieron la fortuna de conocerlo y tratarlo.

Nadie olvidaba, en ese momento, que Luis Torres Villicaña era benefactor del templo de Fátima, y que, con sus recursos y su tiempo, había contribuido a la obra tan querida por los morelianos. La gente platicaba que cada semana reunía dinero con la intención de pagar la nómina a albañiles y personal que trabajaba en la construcción del recinto sacro. Y la obra fue concluida. Luis cumplió. El templo de Fátima, en la colonia Cuauhtémoc de Morelia, con la antigua cruz atrial a un costado, aparece bello, espacioso y rico en detalles, tan grandioso y sencillo, a la vez, que no se olvida, quizá cual testimonio de que los dulces que un hombre y su equipo produjeron no solamente endulzaron a una y diversas generaciones, sino como prueba de que el bien puede derramarse en beneficio colectivo.

Templo de Fátima, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Época contemporánea

Calle Real

Con el hijo menor de Luis Torres Villicaña y Soledad Calderón Orozco -Gerardo Torres Calderón-, inició otra etapa dentro del eslabón de El Paraíso. Reunió el acervo documental y fotográfico, la historia y las tradiciones, las fragancias y los sabores, los recetarios y la experiencia, y ya de regreso del pasado, miró a sus lados, al frente, con la certeza de que el mundo es otro y se encuentra inmerso en una competencia acentuada que desgarra a quienes no se preparan y son débiles, y, en cambio, favorece a aquellos que se encuentran fortalecidos.

Cada época tiene sus propios rostros, sus biografías y sus motivos, y si hay quienes maquillan su historia, existen otros que la recuerdan, conservan y rescatan con el propósito de atesorarla y compartir su encanto y majestuosidad a aquellos de mayor sensibilidad.

Tal es el caso de la Calle Real y sus ancestros de linaje, El Paraíso y La Estrella Dorada, cuyos propietarios, en cada etapa, siempre se distinguieron por dar lo mejor de sí para ofrecer calidad, atención y servicio, y quedar en la preferencia de sus clientes, en su memoria y en sus paladares.

En 1999, entre el ocaso del siglo XX y la aurora de la vigésima centuria, con el tránsito de un milenio a otro, Gerardo fundó la Calle Real. Arquitecto, investigador y amante de la historia y las tradiciones, sin perder de vista la modernidad, Gerardo dialogó con su padre, una y otra vez, como quien prepara una expedición a tierras prodigiosas e inexploradas, con la determinación de convencerlo de que era momento oportuno de cerrar la etapa de producción en serie y la distribución de jaleas, ates y laminillas en el mercado popular, en las ferias, porque no resultaba justo ni lógico perder las fórmulas y recetas heredadas y plasmadas en libretas y páginas amarillentas.

Náufrago de otra época, Luis se sentía conmovido al escuchar los argumentos que cada mañana, tarde y noche, a toda hora, le presentaba su hijo Gerardo; aunque le expresaba continuamente que se trataba de una aventura y una locura. Luis, ya retirado y con una canasta enorme de conocimientos y experiencias, escuchaba los argumentos de su hijo menor, quien explicaba que no sería conveniente ni lógico perder tantas fórmulas, recetas, historia, tradición y experiencia, y menos abandonarlas en un baúl o en la desmemoria.

Inauguración de Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

En las palabras y expresiones de su hijo, el empresario retornó a sus horas primaverales, en 1938, cuando a los 21 años de edad, sin más armas y escudos que su iniciativa, empuje, honestidad e interés, se atrevió a hablar con Máximo Díez, quien, sin conocerlo, le dio oportunidad de hacer realidad su sueño y entrar, triunfante, a El Paraíso.

Luis Reflexionaba y en su hijo Gerardo se miraba 61 años atrás, seguro de sí, dispuesto a emprender una hazaña grandiosa, una epopeya, la aventura y la historia de su vida, como en otras etapas, a partir de 1840, lo fue para todos sus propietarios, que dieron al negocio un sabor, una forma, un perfume.

Inauguración de Calle Real, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Hábil en los negocios, Luis colocó diques en las pláticas con Gerardo; no obstante, el joven sorteó los obstáculos y, finalmente, argumentó que entre los rasgos y signos de la hora contemporánea, destacaba el hecho de que, a diferencia con las décadas de antaño, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en México y a nivel mundial, cuentan con estudios universitarios, paralelamente a que sus empleos, cargos, profesiones y negocios, aunados a la dinámica social y económica, los mantienen ocupados. Se trata, dijo, de personas que legítimamente aspiran a mantenerse en niveles socioeconómicos estables, progresar, consumir productos y contratar servicios de mayor calidad, estatus que Calle Real podría ofrecerles inicialmente en Morelia.

Orgulloso de Gerardo, su hijo, Luis le dio libertad de concretar el proyecto, con un estilo especial, como descendiente de El Paraíso, quizá sin imaginar que Calle Real sería la coronación de su historia, su esfuerzo y su vida. Durante los últimos 15 años de su existencia, Luis Torres Villicaña disfrutó Calle Real, con todo su significado.

Fundado por Gerardo Torres Calderón, Calle Real fue la coronación al esfuerzo, trabajo y legado de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Si en su juventud conquistó El Paraíso, en su ancianidad se coronó y entró dignamente a la Calle Real, donde tuvo oportunidad y tiempo de mirarse reflejado y reconocerse por medio de lo que forjó y su hijo le mostraba. Recordaba Luis que Gerardo, el menor de sus hijos, se había incorporado al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir sus estudios universitarios en Arquitectura.

La calidad, los sabores, las formas y los perfumes extraídos de recetarios de antaño, probados una y otra vez y adecuados a los gustos, realidad y necesidades de las generaciones modernas, retornaron a las vitrinas y a las mesas con el encanto de deleitar los sentidos. Calle Real es un reencuentro con el buen gusto y el estilo.

Innegable es que la idea de fundar el Museo del Dulce, al interior de una casona del centro histórico de Morelia, como un apartado de la tienda de la Calle Real, propició el rescate de fórmulas y recetas antiguas, elaboradas y guardadas celosamente por amas de casa, junto con los cazos, fotografías, procesos, herramientas y maquinaria. Contribuyó a salvar la dulcería moreliana y mexicana del naufragio y el olvido. Es una aportación gastronómica, cultural e histórica que permanece cual legado para la presente y las futuras generaciones.

Cuando Calle Real y su Museo del Dulce fueron inaugurados, Luis Torres Villicaña se notaba asombrado e intensamente feliz. Innegablemente, sabía que se trataba, en su caso, de la culminación de una vida de esfuerzo, llena de historia e inscrita con huellas indelebles, y la permanencia de una historia familiar y moreliana.

Acompañado de su esposa y de sus hijos, nietos y bisnietos, se sabía, internamente, personaje central de algo que no era teatro ni fantasía, de una historia inolvidable, esplendorosa e irrepetible. Familiares, amigos, empresarios, turistas y funcionarios públicos asistieron a la inauguración de la Calle Real y el Museo del Dulce, atendido por hombres y mujeres vestidos a la moda porfiriana.

Gerardo Torres Calderón, que entonces había viajado alrededor del mundo en su pasión e interés de conocer y estudiar distintos esquemas de negocios tradicionales, rescató y preservó la dulcería moreliana y mexicana de antaño a través de la Calle Real.

Una anécdota

Alguna vez, ya retirado, Luis Torres Villicaña comentó a Gerardo, su hijo, que le encantaría regresar a las actividades productivas e incorporarse a la Calle Real. Estaba acostumbrado a los negocios, a la productividad, y a esa hora de su existencia -más de 90 años- consideraba que podría aportar a la empresa y ganar algunos recursos económicos, motivo por el que su hijo lo complació y ordenó la fabricación de un carro pintoresco con equipo para elaborar algodones de azúcar.

Inicialmente, Luis se instaló en el patio final de la tienda y del Museo del Dulce, donde los turistas y visitantes pasaban con el objetivo de reiniciar sus paseos en el tranvía. Los niños y enamorados le compraban algodones, golosinas cargadas de colores y sabores que indudablemente le recordaban los muchos instantes del ayer, cuando era joven y ya estaba en El Paraíso para trabajar y cumplir sus sueños, hasta que, al cabo de unas semanas, volvió a hablar con su hijo con la intención de confesarle que en realidad la venta de algodones, en Calle Real y el Museo del Dulce, no era atractiva para los visitantes y, por lo mismo, no resultaba tan buen negocio, motivo por el que renunciaba al pequeño carro.

La marca

Calle Real es una marca, una firma empresarial; pero también un estilo, un concepto de vida. Va más allá de modas, apariencias, producciones en serie y negocios del momento. Es, simplemente, una empresa que fabrica dulces artesanales, repostería con aroma y sabor a recetas del hogar, un crisol de fórmulas de antaño. incorporados a los gustos de un mundo globalizado, exigente y moderno.

Todos los detalles, en Calle Real y el Museo del Dulce, tienen un encanto, poseen un detalle, y ofrecen un deleite. El Museo del Dulce, establecido en una finca antigua del centro histórico de Morelia, es el recorrido a otros años, a épocas distantes. Rescata de la desmemoria, del tiempo, de la historia y de las tradiciones, las fórmulas y recetas de la dulcería típica moreliana y mexicana, la repostería que tanto se extraña. El recinto y la idea valen por lo que contienen y presentan. Simplemente, el rescate, la exhibición y la conservación de la dulcería y la repostería antigua de Morelia.

La fábrica de dulces y repostería de Calle Real, expuesta al público en la sucursal de avenida Acueducto, al oriente de la ciudad, se encuentra separada por áreas y muestra los procesos artesanales de producción y la calidad con que es elaborada cada pieza. Nada es fabricado en serie porque la gente, el buen gusto, los dulces y la repostería no son moda pasajera ni número. Los sabores, las fragancias, los colores y las formas carecen de maquillajes, son auténticos, con esencia tradicional e histórica de otras generaciones para las personas de hoy.

Es importante destacar que la cafetería se encuentra envuelta en un ambiente porfiriano, acompañada del encanto de la época contemporánea. Une a las familias, a los enamorados, a los amigos, a los solitarios. El mobiliario, la mantelería, los cuadros, las pinturas y los elementos arquitectónicos y decorativos cautivan, atraen, enamoran, y más cuando la atención, el servicio y la calidad son atributos y virtudes.

La tienda de Calle Real significa disfrutar y vivir la experiencia de mirar, percibir fragancias, deleitarse y elegir dulces y repostería genuinos, extraídos de su colección de recetarios, fórmulas que datan de las décadas del siglo XIX y la primera mitad de la vigésima centuria. Son historia y tradición, pero rompen el concepto del tiempo y el espacio para deleitar a mujeres y hombres de esta época y trasladarlos hasta El Paraíso.

Inició la tradición en la antigua Calle Real de Morelia, la principal de su centro virreinal, con una entrada a El Paraíso, en uno de los portales típicos, hasta volverse un lucero. Todo es, ahora, Calle Real, digno descendiente de aquel linaje.

Autor del texto e investigación: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico, e investigación: Gerardo Torres Calderón

Notas                    

  • Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana. La Ciudad de Mechuacan fue fundada en Guayangareo, el 18 de mayo de 1541, hasta que en 1545 cambió su nombre por el de Valladolid, y en 1828 por el de Morelia, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, personaje de la Independencia de México, movimiento insurgente que inicio la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Los mexicanos lo consideran el Siervo de la Nación
  • Chilaquiles. Es un platillo mexicano, elaborado a base de trozos de tortilla de maíz, que se fríen, a los que se les agrega salsa verde o roja, hasta que obtienen su condimento natural. Se sirven con queso y cebolla picada. Hay quienes los desayunan con carne de pollo deshebrada o con huevo. Su origen no es preciso, aunque algunos autores mencionan que se trata de un vocablo que proviene del náhuat, chilli, que significa chile, más aquilli, que es “metido en”, es decir metido en chile. Existen varios significados.
  • Época Porfiriana o Porfiriato se le denomina al período comprendido de 1876 a 1911, en que el General Porfirio Díaz Mori fue presidente de México. La Revolución Mexicana inició el 20 de noviembre de 1910.

Calle Real

Un apunte para la historia

Los antecedentes de Calle Real, datan de 1840, en el siglo XIX, cuando Marcial Martínez, campanero oficial de la catedral barroca y colonial de Morelia -iniciada en 1660 y concluida en 1744-, inició, junto con Benita Maciel, su esposa, la elaboración de ates y dulces que colocaba pacientemente en las azoteas, en las torres y en las cúpulas del monumento sacro con la intención de que recibieran las caricias del viento y la mirada del sol, y reposaran, hasta obtener bocadillos deliciosos que comercializaba.

Aún olía a años de insurgencia -los que principiaron en 1810- y a días monárquicos, con la presencia, en la historia nacional, del consumador de la Independencia, en 1821, y primer emperador de México, en el período del 21 de julio de 1822 al 19 de marzo de 1823, Agustín de Iturbide y Arámburu, nacido en Valladolid -hoy Morelia-, cuando los colores y sabores naturales de los llamados guayabates y otros dulces típicos, dignos de las cocinas más refinadas, cautivaban y atraían al negocio de Marcial Martínez.

En verdad, apenas hacía unos años en que el llamado Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla, junto con el Siervo de la Nación, José María Morelos y Pavón, y otros personajes de la historia mexicana, habían transitado las calles de la ciudad, con la sustitución posterior, en 1828, del nombre de Valladolid por el de Morelia. Morelia es toponimia del apellido Morelos.

Diariamente, el campanero admiraba, desde las torres, el paisaje urbano, con el anhelo de un día, a cierta hora, independizarse y dedicar los años de su existencia al negocio dulcero que su esposa y él iniciaron con tanta ilusión a un lado de la catedral monumental, donde la gente compraba sus productos caseros, sustraídos de recetarios con fórmulas que resultaban un deleite al gusto y a los sentidos por ser tan naturales y genuinos.

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Pasaron los años y la familia Martínez Maciel creció. Pronto, el hijo mayor, Ignacio, quien nació en 1844, demostró capacidad y talento en los negocios, e hizo del comercio de sus padres un paraíso y un imperio en el ámbito dulcero.

Hombre que desde la adolescencia adquirió experiencia y habilidad en los negocios de abarrotes, Ignacio Martínez Maciel -hijo de Marcial y de Benita- se incorporó por completo al ámbito dulcero, a los 21 años de edad, en 1865, y dio mayor forma y sentido a El Paraíso, empresa que fortaleció a base de disciplina, constancia, esfuerzo, dedicación y trabajo, precisamente en uno de los portales típicos de Morelia -el de Iturbide-, en la Calle Real, que era la vía principal dentro del trazo urbano, donde se encontraban los palacios señoriales de la ciudad, fundada el 18 de mayo de 1541.

Durante el siglo XIX, Morelia fue visitada por diversos personajes, como el emperador de México, Maximiliano de Habsburgo, en 1864, y otros más, quienes, sin duda, al recorrer los principales espacios públicos de la ciudad, rodeados de conventos, templos, jardines y fincas palaciegas, miraron El Paraíso, cuyos dulces y pasteles, quizá, probaron, sobre todo si se toman en cuenta las tradiciones y costumbres mexicanas de obsequiar productos regionales y típicos a quienes llegan de otros sitios.

A partir de la incorporación y participación de Ignacio Martínez Maciel en El Paraíso, a las siguientes décadas de la decimonovena centuria se añadieron premios y reconocimientos estatales, nacionales y mundiales, con los que el prestigio de los dulces típicos del establecimiento se acrecentó y abrió, en consecuencia, las puertas a otros mercados, en la geografía mexicana, en Estados Unidos de Norteamérica y en Europa. La dulcería moreliana, conservada con mucho celo en la memoria y en los recetarios de las damas de la antigua Valladolid, resultó un deleite a los sentidos en mesas nacionales y extranjeras.

Entre los premios, menciones y reconocimientos, El Paraíso obtuvo los siguientes: Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días; sin embargo, El Paraíso llegó de frente y puntual a su cita con el destino y la historia, y ocupó un sitio preponderante dentro de la dulcería típica, en México y en el mundo.

Tan prestigioso era, en esa época, El Paraíso, que el portal donde se encontraba instalado fue llamado “de las dulceras”. El negocio establecido, ya acreditado a nivel nacional y con presencia en las principales ciudades estadounidenses y europeas, abrió, por medio de sus premios y reconocimientos sustentados en la calidad, los sabores y las fragancias naturales, posibilidades de comercio en la geografía nacional y en diversas regiones del mundo, a pesar de las distancias y los conflictos, adversidades y problemas mundiales.

Durante el Porfiriato, la familia Martínez Maciel introdujo vinos y productos nacionales y europeos de calidad, que se sumaron a la excelencia y tradición dulcera de Morelia, para lo que la negociación contaba, en esa época, con herramientas, equipo y maquinaria para la elaboración de sus productos.

Al principiar el siglo XX -específicamente, en 1903-, El Paraíso inauguró un salón, anexo a la tienda, donde los habitantes de la ciudad y los visitantes, en un ambiente familiar y amigable, al estilo parisino, convivían, organizaban reuniones y disfrutaban chocolate, helados, café, pasteles y refrescos que ahí se servían con atención y esmero.

El salón familiar, pronto se convirtió en sitio de reunión, en punto de encuentro de familias y personajes con ropa, sombreros, abanicos, paraguas, bolsos y accesorios a la moda afrancesada, que generalmente adquirían, en el caso de Morelia, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

De aquel período, datan algunas fotografías en las que aparecen Ignacio Martínez Maciel, sus hijos -Ignacio y José- y diversos personajes, en el exterior del negocio, entre las columnas de los portales, y con el tradicional letrero que indicaba el nombre del establecimiento -Dulcería El Paraíso-, colgado a la entrada.

En su tercera generación, integrada por Ignacio y José Martínez Uribe, El Paraíso ya estaba consolidado como empresa que deleitaba los paladares más exigentes, con calidad y tradición, donde la atención y el servicio eran parte del negocio. Era una empresa que, como otras de la época, enfrentaron y superaron los retos, problemas y vicisitudes del turbulento siglo XIX y de las primeras décadas de la vigésima centuria.

Transitó El Paraíso por el Porfiriato, el movimiento revolucionario de 1910 y los sucesivos períodos de efervescencia política, social y económica en México, con la sombra de una guerra mundial, crisis financiera y epidemias, lo que fortaleció a la empresa que contaba con maquinaria competitiva y moderna, hasta que, en 1928, la negociación fue adquirida por Agustín Ortiz García, quien la hizo centro de su vida y de no pocas de las convivencias familiares y sociales de Morelia.

Una mala partida, de la que se arrepintió toda su vida, fue la causa de que Agustín Ortiz García perdiera El Paraíso, el cual fue adquirido, en 1938, por Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad. Hijo, sobrino y nieto de los dueños de la Hacienda El Tigre, próxima a Quiroga, asentamiento que se encuentra a la orilla del Lago de Pátzcuaro, el joven, nacido en 1917, obtuvo un préstamo del entonces reconocido hombre de negocios, Máximo Díez, quien creyó en el proyecto que le mostró con tanto entusiasmo.

Desde entonces, Luis Torres Villicaña, quien contrajo matrimonio. dos años más tarde, con Soledad Calderón Orozco, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco -uno de los encomenderos españoles que en 1541, con apoyo del virrey Antonio de Mendoza, fundaron, en Guayangareo, la Ciudad de Mechuacan, nombre que permaneció hasta 1545, cuando cambió al de Valladolid-, dedicó todo su esfuerzo a fortalecer El Paraíso, negocio que dio paso, en un proceso de transformación acorde a la época, a los gustos y a las necesidades de las generaciones de entonces, a fundar La Estrella Dorada.

El Paraíso terminó su ciclo en el llamado “portal de las dulceras”, para adquirir otro nombre y apellido, el de La Estrella Dorada, que, con la participación activa de Luis Torres Villicaña, Soledad Calderón Orozco al cuidado de los hijos y el compromiso irrestricto del equipo de trabajo, orientó su fabricación a los ates, las laminillas y las jaleas de frutas, acordes a la demanda de las ferias y los mercados populares del país. Los productos elaborados en la fábrica, endulzaron a múltiples generaciones de niños, adolescentes y jóvenes de México.

Con la fábrica, los productos de la familia Torres Villicaña conquistaron a incontables consumidores locales y nacionales, y fueron competitivos durante varias décadas. Tales dulces transitaron por los mercados, las tiendas y las ferias, cuando México era tan pintoresco, y así quedaron sus sabores, sus formas y sus colores en los gustos y en los paladares de una generación, otra y muchas más.

Años antes, la madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a aquellos que tenían oportunidad de probarlos, los cuales fueron incorporados en la producción de la fábrica.

El trabajo disciplinado, apoyado en el orden, la honestidad, la constancia, los valores y la lucha incansable por ser los mejores dentro de su género, dio resultados favorables a Luis Torres Villicaña, como se encuentra acreditado en la historia dulcera de Morelia, del estado de Michoacán y de la República Mexicana, mientras Soledad Calderón Orozco, mujer culta y reflexiva, al cuidado de sus hijos y del hogar, aconsejaba a su marido, al padre, al industrial, al comerciante, al hombre que, no obstante las horas cotidianas de esfuerzo y retos, tuvo tiempo para disfrutar su hogar y legar a sus descendientes el ejemplo de entrega, rectitud, compromiso y responsabilidad.

La coronación de tantos años de esfuerzo, llegó a Luis Torres Villicaña y a su esposa, Soledad Calderón Orozco, en 1999, cuando su hijo -el menor de 16 hermanos-, Gerardo Torres Calderón, inauguró, en el centro histórico de Morelia, la tienda Calle Real y el tradicional Museo del Dulce, como una aportación al acervo cultural de la capital de Michoacán y México, dentro de un mundo globalizado que plantea grandes desafíos y retos.

Gerardo Torres Calderón, depositario de la tradición y de las marcas empresariales que sus padres dirigieron con acierto y orgullo, se incorporó al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir su carrera profesional de Arquitectura. Dedicó muchos años al estudio e investigación de los dulces típicos. Buscó, rescató y experimentó las recetas escritas con tanto cuidado y celo por mujeres de antaño, quienes elaboraban dulces y repostería que en verdad resultaban un deleite a los paladares. Viajó a distintas regiones del mundo, investigó negociaciones añejas y tradicionales, conoció el rostro de la dulcería y la repostería y decidió, con apoyo de su padre y consejo de su madre, fundar, como descendiente linajudo y digno de El Paraíso, Calle Real, con todo lo que es y significa, con su rostro, su experiencia y su tradición e historia, y con el paso firme en el presente para caminar con seguridad hacia el futuro sin perder su esencia.

Calle Real es dulcería, gastronomía y repostería tradicional y fina, preparada minuciosamente y con calidad, lejos de fabricaciones en serie, para gente con estilo, interesada en el embeleso de sus sentidos a través de las fragancias, los sabores y las formas.

Inmersos en la dinámica de la hora contemporánea, una generación y otra no disponen de tiempo para elaborar dulces y postres tradicionales en sus respectivos hogares. Las recetas naufragan, generalmente, en rutas inciertas que conducen al olvido, mientras no pocas de las marcas de productos comerciales, en su mayoría, están desprovistas de calidad; no obstante, se trata de un segmento de mercado muy significativo que se interesa en la calidad, en lo genuino, en el rescate de aromas y sabores perdidos. A esa clase de gente están dirigidos los bienes y servicios que proporciona Calle Real en su cafetería y en sus tiendas.

El mobiliario de la cafetería y las tiendas, denotan el estilo y la buena clase de la época del Porfiriato. Los dulces son fabricados con ingredientes auténticos y naturales, bajo estrictas medidas de calidad e higiene, ausentes de producciones en serie. La repostería, en tanto, procede de fórmulas exquisitas de antaño, adaptadas al gusto y a los protocolos del minuto presente.

Los empaques, la mantelería, los detalles arquitectónicos, las vajillas, los utensilios, el mobiliario, la decoración y el vestuario del equipo profesional de colaboradores, forman parte de una colección de elementos que necesariamente llevan a la excelencia, a la tradición y a la experiencia que fue acumulada desde la apertura, en 1840, de El Paraíso, y que hoy, en el siglo XXI, en la modernidad, ofrece Calle Real.

En 2010, al celebrarse el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana, Calle Real obtuvo un reconocimiento por parte del Gobierno Federal, y fue el presidente de la República, en ese momento, Felipe Calderón Hinojosa, quien lo entregó a Gerardo Torres Calderón en un acto público al que asistieron empresarios, intelectuales, artistas y funcionarios públicos.

Como empresa descendiente de El Paraíso, Calle Real aparece en las páginas, lujosamente impresas y encuadernadas, de la obra 100 empresas, cien años, La historia de México a través de sus empresas, editado por el Gobierno Federal, por medio de la Secretaría de Economía y de ProMéxico. Su título es “De la Calle Real, un Paraíso que sabe a México”.

La marca Calle Real es resultado, en consecuencia, de los sabores, la tradición, los aromas, la experiencia y el conocimiento acumulados desde los instantes de 1840, atesorados y practicados por una firma que ya cuenta con un espacio y un nombre en la historia de los dulces y la repostería de Morelia y México, consolidada y preparada para afrontar los retos que plantea el mundo globalizado de la hora contemporánea.

Tranvía turístico del Museo del Dulce y Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

Otoño de 2020

Bibliografía

100 empresas, cien años, La historia de México a través de sus empresas. (2010). México. Secretaría de Economía/ ProMéxico

El libro de referencias, directorio de profesionistas y principales hombres de negocios de la República Mexicana. (1912). México: Alv. F. Salazar

Estadísticas sociales del Porfiriato 1877-1910. (1956). México: Dirección General de Estadística de la Secretaría de Economía

FIGUEROA DOMENECH, J. Guía descriptiva de la República Mexicana. Historia, Geografía, Estadística. Con triple directorio del comercio y la industria, autoridades, oficinas públicas, abogados, médicos, hacendados, correos, telégrafos y ferrocarriles. (1899). México: Ramón de S. N. Araluce

GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. 123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia. (2019). México: ImpresionArte

GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. Rutas de un viajero.  (En proceso de revisión y edición)

MENDOZA, Justo. Morelia en 1873, su historia, su topografía y su estadística. (1873). México: Imprenta de Octaviano Ortiz

MIER, A. Primer almanaque michoacano. (1882). México: Imprenta del Gobierno en Palacio

MORALES GARCÍA, Rogelio. Morelia, horaciana de recuerdos II. (1990). México: Ayuntamiento de Morelia

O´FARRIL, R., Reseña histórica, estadística y comercial de México y sus estados. (1895). México: Imprenta “Reina Regente”, de J. de Elizalde y Cía

ORTIZ HERREJÓN, Patricia. Con olor a secreto. (sf). México: Edición particular

ROMERO FLORES, Jesús. Historia de la ciudad de Morelia. (1928). México: Imprenta de la Escuela de Artes

TORRE, Juan de la. Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo. (1883). México: Imprenta de Ignacio Cumplido

TORRE, Juan de la. Historia y descripción del ferrocarril central mexicano. (1888). México: Imprenta de I. Cumplido

URIBE SALAS, José Alfredo. Morelia, los pasos a la modernidad. (1993). México: Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo/ Coordinación de Investigación Científica, Instituto de Investigaciones Históricas

VEGA, Agustín. Revista social ilustrada de la banca, comercio, industrias, agricultura y profesiones del estado de Michoacán, dedicado al Sr. Ing. Pascual Ortiz Rubio, presidente de la República Mexicana. (1930). México: Agustín Vega

Hemerografía

“Muy bien”. Morelia, Michoacán. La Exposición. 1877

“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. La Libertad. 1903

“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. La Libertad. 1903

“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. Diario de la Tarde. 1910

“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. 1910

“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. 1910

“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. Revista Morelia en su IV Centenario (Junta Cívica). 1941

FARFÁN RÍOS, Antonio. Morelia, Michoacán. “Echando mano al feliz pasado. Recepción de los ornamentos del glorioso héroe Morelos”. Municipio, órgano del Ayuntamiento de Morelia, No. 9. 1955

GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. Morelia, Michoacán. “La delicia de los dulces típicos”. El Sol Turístico, suplemento de El Sol de Morelia, No. 54. 2000

GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. “Museo del Dulce, empresa moreliana que apoya la cultura y el turismo”. Cambio de Michoacán. 2008

Otras fuentes

Calendario obsequio de la Dulcería El Paraíso. Morelia, Michoacán. 1902

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Mujeres de siempre: Anna Waldherr, dama y escritora, abogada y defensora de los pobres

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley

Nuestra sociedad está enamorada de la riqueza y la fama. Idolatramos a los multimillonarios. Mientras tanto, la brecha entre ricos y pobres está creciendo. Pagaremos un alto precio por esta inequidad. El talento se desperdicia a medida que aumenta la inquietud. Los demagogos, dispuestos a explotar la división para sus propios fines, incitan a la violencia. A menudo descartamos las vidas de las llamadas personas comunes. Pero la gente común es la columna vertebral de la sociedad. Ellos pelean las guerras, apagan los incendios, dan personal a los hospitales, construyen las casas, cultivan los campos, manejan las fábricas, transportan las mercancías y mantienen todo. desde las alcantarillas hasta las torres de telefonía celular de las que depende la sociedad …” Anna Waldherr

Hay seres humanos que enfrentan, en alguna etapa de sus existencias, historias, momentos, experiencias y acontecimientos desgarradores que, más tarde, tras sus luchas para no permanecer rotos ni sucumbir tras los barrotes y las celdas de sus fantasmas, y sí, en cambio, superar las adversidades y el daño que alguna vez les causaron manos despiadadas, comparten con valentía, a otros, sus lecciones de vida y así diseñan y alumbran rutas para compartir la alegría, los valores, la dignidad, el bien, la verdad, la plenitud y la libertad.

Se trata de hombres y mujeres que sufrieron pobreza, dolor, soledad, abusos e infortunio, y que, lejos de empequeñecer y quedar atrabados detrás de los muros del miedo, desafiaron a los monstruos y las sombras que se les presentaron y repitieron a una hora, a otra y a muchas más, hasta liberarse de ataduras, recuperar la felicidad y la vida que parecían desvanecer y convertirse en seres grandiosos y ejemplares.

Anna Waldherr es, ante todo, mujer y dama, escritora y abogada, y algo más, uno de esos seres humanos extraordinarios que dan de sí y piensan en los demás, en los que sufren, en los pobres, en la gente maltratada. Irradia amor, sentimientos nobles, y aplica sus conocimientos y su experiencia en la justicia.

Reseña que nació en Manhattan y creció en Bronx, uno de los suburbios más empobrecidos de la ciudad de Nueva York, en Estados Unidos de Noreamérica, en la década de los 50, en el cautivante, grandioso e inolvidable siglo XX. Recuerda que vivía con sus padres en un vecindario de clase trabajadora; pero reconoce, igualmente, que todavía en la actualidad hay zonas, en Bronx, que se encuentran sumergidas en la indigencia.

Envuelta en sus recuerdos y en sus sentimientos, rodeada de sus libros y de sus experiencias, junto a los años que se han consumido, Anna admite que ellos, sus padres, eran inmigrantes, trabajadores y refugiados que se conocieron en un campo de desplazados al concluir, en 1945, la Segunda Guerra Mundial.

Repasa las páginas de su historia, dispersas en los muchos días del ayer, hasta que expresa que sus padres “llegaron a este país -Estados Unidos de Norteamérica- con poco más que la ropa que llevaban puesta. Desafortunadamente, no pudiron terminar su educación debido al conflicto armado” que marcó a la humanidad y destruyó tantas cosas y trajo otras más.

No obstante, sus progenitores trabajaron arduamente y se las ingeniaron para comprar una pequeña casa y adquirir un negocio. Transmitieron a sus hijos “su ética de trabajo, lo cual impulsó mi éxito profesional, igual que el valor otorgado a la educación. Mi padre y mi abuela, en tanto, me transmitieron su fe cristiana”.

Al navegar por las rutas de su memoria, se encuentra a sí misma, con una Anna Waldherr en minúsculas, pequeña, en la primavera de su existencia. Se descubre en la infancia consumida por los días y los años, y habla de lo que para otros, menos fuertes, podría significar quebranto y tristeza, dolor y llanto, malestar e infortunio: “mi padre abusó sexualmente de mí durante toda mi infancia…”

Tras un lapso de silencio, respira profundamente y argumenta: “el abuso sexual terminó en mi adolescencia, etapa demasiado complicada para mí en diversos aspectos, conflicto al que se sumó la ausencia de mis abuelos, cuya presencia en casa, en la vida familiar, “había funcionado como amortiguador. Ya no estaban con nosotros. La ira de mi padre, definitivamente no se contuvo. Aumentó su enojo considerablemente. Nosotros, sus hijos, éramos, en ese momento, lo que se conoce como niños con llave”.

Por lo anterior, Ana Waldherr está convencida de que “los padres y las madres, preocupados y responsables, deben permanecer involucrados en las vidas de sus hijos e informarse acerca de los signos del abuso infantil, cuando desgraciadamente lo hay. Con demasiada frecuencia, los progenitores consienten que sus hijos miren televisión, películas y material en línea, sin supervisión. Los menores acceden a las redes sociales, medio que aprovechan los depredadores sexuales”.

Y agrega la escritora y abogada: “Los niños solitarios son más vulnerables que aquellos que tienen diálogo y relación abierta y permanente con sus padres. Los adolescentes, en tanto, están totalmente expuestos a imágenes sexualmente gráficas e incluso se encuentran en riesgo de intentar la emulación del comportamiento de los adultos”.

Ana Waldherr -la escritora, la mujer, la abogada, el ser humano-, ha acumulado experiencia y conocimiento, y se nota cuando declara que los padres deben elegir con cuidado y responsablemente a los adultos confiables que pueden estar al lado de sus hijos. Y en el caso de las madres solteras, es fundamental que sean más cautelosas. Es prioritario que todo padre y madre permanezcan atentos a las señales de abuso infantil, mantener abiertas las líneas de comunicación con sus hijos, fortalecer la confianza y reaccionar con madurez y sensibilidad si ocurre el acoso o la violación”.

No olvida que, en primer término, las víctimas de abuso infantil deben sentir que no fueron responsables de la violación. Reconoce que con frecuencia, las víctimas sienten culpa y vergüenza persistentes. Es indispensable, en consecuencia, que sepan que no están solos, recomienda.

Denunciante y autora de una diversidad de artículos relacionados con abuso infantil, miseria e injusticias, admite que es común que las víctimas se hayan sentido abandonadas y rechazadas; no obstante, “millones de persomas experimentamos la misma violación, y millones, también, estamos listos para extender una mano amiga. Los sobrevivientes de abuso sexual, generalmente presentan las cicatrices de lo que enfrentaron: ansiedad, depresión, trastorno de estrés postraumático, disfunción sexual y una serie de afectaciones preocupantes”.

Con un sentido humano, esta mujer de siempre, manifiesta que “las víctimas de abuso sexual no deben sentirse contaminados ni disminuidos. Son dignos de amor y valiosos a la mirada de Dios. Sus existencias pueden resultar significativas. Uno entiende la ira que sienten por el abuso. La amargura no es una estrategia últil a largo plazo; al contrario, resulta corrosiva para todo ser humano. Esas personas merecen algo mejor”. Recuerda al poeta George Herbert, quien escribió “vivir bien es la mejor venganza”.

La maestría existencial tiene un precio. A veces hay que pagar el costo de la experiencia y del conocimiento, las lecciones por las que uno pasa, y así es ella, Anna Waldherr, una dama, una mujer, un ser humano firme y sensible, dedicada al bien, preocupada por los que sufren, dispuesta a ayudar.

Opina que los otros, “los abusadores, anteponen sus propios deseos egoístas, sus apetitos, a los derechos y a las necesidades de los niños. Y no es de extrañar que amplio porcentaje de tales personas, también hayan sido violadas en algún momento de sus existencias. Evidentemente, esto no significa que los sobrevivientes de abuso sexual estén destinados a convertirse en violadores. De hecho, la mayoría de quienes han sufrido abusos, nunca los cometen”.

Lamenta que los seres humanos tiendan a repetir patrones familiares. “La ausencia de buenos modelos a seguir, exacerba el problema”, asegura la especialista, quien invita a los adultos, una y otra vez, a permanecer en comunicación con sus hijos, establecer canales de diálogo, y ofrecerles toda la confianza.

Y agrega, preocupada y reflexiva: “la motivación de la gente que comete atrocidades e injusticias contra los demás, varía de acuerdo con la clase de maltrato infantil, que lo hay por negligencia, sexual, fisico, emocional. Muchos de quienes enfrentan maltrato físico o emocional, desahogan sus frustraciones y sentimientos de impotencia, lo cual, por cierto, no justifica el abuso. De hecho, existen formas y mecanismos más saludables y apropiados para que los adultos se estabilicen y sanen, en la medida de lo posible, sin que descarguen su ira contra los niños indefensos”.

Autora de dos libros y fundadora de un par de blogs, Anna habla con mortificación de aquellos seres humanos que padecen y opina que “la negligencia puede resultar de narcisismo, depresión severa y/o consumo de drogas. El abuso sexual es otro tema. Algunos abusadores de niños se engañan a sí mismos al manifestar que, simplemente, están instruyendo a un pequeño en el sexo y que la violación a un menor es en realidad un acto amoroso. Nada más lejano de la realidad. Otros más son sádicos sexuales, cuyo placer se centra en destruir la inocencia de un niño”. Todo es aberrante en esa clase de depravados.

Considera que “los depredadores son más que culpables y, en consecuencia, no escaparán a la justicia de Dios, en este mundo o al morir. Esto puede sonar duro, pero creo y respaldo la castración química de los depredadores. La Psiquiatría no ha demostrado una eficacia absoluta en muchos casos. El impacto del abuso sexual en los niños, suele ser devastador y puede durar toda la vida, motivo por el que es fundamental tomar medidas estrictas para evitar que los depredadores sexuales interactúen con los infantes”.

De hecho, la escritora, abogada y defensora recomienda que “a los depredadores sexuales se les impida el empleo con los niños o cerca de ellos, y menos se les debe autorizar vivir próximos a escuelas, centros de cuidado infantil u otros espacios donde se reúnan menores de edad”.

Anna Waldher, mujer con autoridad en los temas que expone, piensa que, “como sociedad, debemos presionar con el objetivo de lograr regulaciones y sanciones más severas contra los abusadores y traficantes. Debemos destinar fondos suficientes a la aplicación de la ley y a los servicios sociales. Es preciso enjuiciar a los abusadores sin diferencia a la riqueza o posición”.

Y dice: “ciertamente, se pueden implementar salvaguardas. Los controles de empleo se deben ejecutar en posibles contrataciones; las puertas de la escuela se pueden mantener cerradas. Los niños pueden recibir instrucción sobre la seguridad corporal y la denuncia de abusos, entre otros temas que refuercen su integridad. El mal, sin embargo, comienza en el alma. Solo si los corazones se vuelven nuevamente hacia Dios, podemos esperar que disminuya el abuso infantil. La resiliencia puede, hasta cierto punto, ser innata. También implica una elección la determinación de seguir adelante, a pesar de los obstáculos. En mi caso, admito que, efectivamente, el amor -especialmente de mi madre, mis abuelos y mi hermana- fue un elemento clave para mí. También recibí esperanza y aliento de los libros”.

Anna Waldherr ama la vida, protege a los débiles y a los que sufren, deja huellas de bien, y así, acaso sin darse cuenta, se transforma en una mujer de siempre, en un ser humano extraordinario, inolvidable y valioso. Sabe que “cada niño es único. El trabajo escolar de la mayoría de los niños sufrirá en la medida que enfrenten abuso o descuido. Algunos, sobresalen en la escuela, a pesar de los abusos”.

Es verdad, asegura la especialista, que “incontables niños abusados, encuentran consuelo en la fantasía, la música, el arte, la naturaleza o los deportes. Algunos son más capaces que otros al compartimentar el abuso y continuar con sus vidas. Infortunadamente, los efectos del abuso, finalmente surgen. En mi expereiencia personal, el asesoramiento fue importante para enfrentar los efectos de una situación tan negativa. Lo recomiendo mucho. Me fue útil lo que llaman desensibilización y reprocesamiento del movimiento ocular. Evidentemente, los antidepresivos son otra opción, pero estos medicamentos tan potentes suelen provocar efectos secundarios negativos. Deben tomarse con precaución y bajo supervición médica”.

Habla. Responde preguntas. Reflexiona. De memoria ágil, explica pausadamente que “escribir es tanto un medio para aclarar mis sentimientos como para expresar mis pensamientos. Siempre me han gustado los libros, por lo que escribir fue algo natural en mí desde una edad temprana. Cuando era niña, disfrutaba escribiendo asignaciones; posteriormente lo hacía en un diario. Como adulto, escribir fue una parte integral de mi trabajo como abogada”.

Agrega: “publiqué dos libros: The Rose Garden – A Daughter’s Story, sobre el abuso que sufrí y mi recuperación, y un evangélico de izquierda sobre la política de la religión y el lugar de la fe en la vida pública. Desafortunadamente, mi editor enfrentó un quebranto y los libros ya no se imprimen. Quería compartir las lecciones de mi abuso con otros sobrevivientes”.

También deseaba expresar mis preocupaciones sobre la pobreza y los asuntos de conciencia. Por esa razón, tengo dos blogs: A Voice Reclaimed -https://avoicereclaimed.com, que trata acerca del abuso, y A Lawyer’s Prayers -https://alawyersprayers.com-, que aborda la religión, la política y los problemas de justicia social. Bloguear me ha dado la oportunidad de conocer a sobrevivientes de abuso en todo el mundo. Son un grupo notable: hombres y mujeres que triunfaron sobre un sufrimiento insoportable cuando eran niños, y que estaban traumatizados en un nivel profundo, pero prevalecieron. Los supervivientes de abusos han tenido éxito en todos los campos de la actividad humana. Un número sorprendente, encuentra una salida a su dolor en la creatividad. Su fuerza y ​​coraje son una inspiración”.

Busca en las profundidades de su memoria, en su historia, en la biografía que le corresponde, en los confines de su alma: “practiqué la abogacía durante 25 años, hasta que mi salud falló. Inicialmente, me convertí en socio de una empresa privada, en un corporativo; luego, gestioné oficinas legales y supervisé litigios en toda la geografía de Estados Unidos de Norteamérica. No obstante, me siento muy orgullosa de haber cofundado una clínica legal gratuita para los pobres. La injusticia me preocupó desde que era niña. Desafortunadamente, encontré que el trabajo, en nombre de los niños maltratados, me volvía a traumatizar, y no pude seguir adelante. En cambio, mi práctica se centró en lesiones personales, incluida la negligencia médica, la responsabilidad por productos y los litigios por agravios tóxicos”.

Es humana, es dama, es mujer. Reconoce que “cada uno de nosotros recibe dones únicos de Dios. Si bien la cultura no siempre ve a hombres y mujeres como iguales, Dios sí. Eso debería animarnos a encontrar oportunidades para usar nuestros dones. Me estoy acercando a los 70 años de edad. En estos días, paso tiempo con familiares y amigos, sirvo a mi iglesia y apoyo un centro local de defensa de los niños. Más que cualquier otra cosa, la felicidad y el bienestar de los seres queridos me hacen dichosa; pero me siento profundamente agradecida cuando algo que he escrito toca o ayuda a un lector”.

Indica que “como cristiana que soy, creo en la Regla de Oro, que debemos tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran. Si todos viviéramos de acuerdo con ese estándar, éste sería un mundo mejor. Sin embargo, solo cuando Cristo regrese, dejará de ser una utopía. Los seres humanos, por supuesto, ocupan las necesidades básicas de la vida: comida, ropa, refugio. Más allá de eso, las cosas materiales no pueden proporcionar una felicidad duradera. Para ser verdaderamente dichosos, los seres humanos necesitan dar sentido a sus vidas. El psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, Viktor Frankl, escribió en Man’s Search for Meaning, que el amor, el trabajo y el sufrimiento pueden dar sentido a la vida. Agregaría fe a esa lista. Hay un vacío con nosotros que solo Dios puede llenar”

“Nuestra sociedad está enamorada de la riqueza y la fama. Idolatramos a los multimillonarios. Mientras tanto, la brecha entre ricos y pobres está creciendo. Pagaremos un alto precio por esta inequidad. El talento se desperdicia a medida que aumenta la inquietud. Los demagogos, dispuestos a explotar la división para sus propios fines, incitan a la violencia. A menudo descartamos las vidas de las llamadas personas comunes. Pero la gente común es la columna vertebral de la sociedad. Ellos pelean las guerras, apagan los incendios, dan personal a los hospitales, construyen las casas, cultivan los campos, manejan las fábricas, transportan las mercancías y mantienen todo, desde las alcantarillas hasta las torres de telefonía celular de las que depende la sociedad. Se necesita una enorme devoción para realizar un trabajo ingrato, año tras año, para alimentar y vestir a una familia. Hay pocos aplausos para ese tipo de sacrificio. Pero Dios reconoce su valor. La Biblia nos dice: así que los postreros serán primeros, y los primeros postreros (Mateo 20:16). Al final, la balanza de la justicia se equilibrará. Hasta entonces, debemos luchar por la justicia y la igualdad en un mundo imperfecto”, concluye la plática.

Anna Waldherr cierra, por el momento, el libro que contiene las páginas de sus reflexiones, su vida entera, con la historia que le ha tocado protagonizar, con lo que ha aprendido y experimentado, y con lo que comparte, principalmente, a favor de los que menos tienen y más sufren. Y eso, sencillamente, es ser grandioso y, por lo mismo, una mujer de siempre.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

  • Agradezco a Anna Waldherr la confianza que ha tenido en mí al autorizarme una entrevista sobre su vida. Es una dama honesta y valerosa que comparte sus experiencias infantiles y aporta consejos, experiencia y conocimientos a favor de quienes han sufrido abuso infantil. Gracias, Anna, por ser quien eres. La humanidad necesita personas como tú, siempre dispuestas a ayudar a los pobres y a los que más sufren. Tienes mi amistad, gratitud, admiración y afecto. Gracias por sr quien eres, una mujer de siempre.

Miro los retratos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Miro las fotografías impresas en papel -unas en sepia y algunas en blanco y negro y a color-, como piezas de colección de anticuarios, museos y archivos, constancia de otros días y recuerdo de rostros con nombres y apellidos que gradualmente se ausentan. Examino los retratos de mis antepasados, las imágenes de mi niñez, las fotografías de la gente que ha estado presente en mi historia. Se trata del resumen humano, del recuerdo de ciertas generaciones, del eco cada vez más distante de hombres y mujeres que caminaron por el mundo hacia múltiples destinos. Descubro en cada fotografía un motivo, un detalle, un pedazo de mi vida y de las existencias de otros. Las imágenes revelan secretos, la alegría y la sencillez de la gente que amaba a sus abuelos, a los ancianos, a sus padres y hermanos. Veo, al introducirme a los muchos ayeres consumidos, sentimientos, ideas, sueños, alegrías, tristezas, ilusiones, vivencias. Comidas familiares, días de campo, encuentros inesperados, paseos, fiestas, viajes, convivencias, todo aparece en los retratos, cada uno tomado con los equipos de diferentes épocas. Existían la inquietud, la expectativa, la sorpresa y la espera de lo que reservaba cada rollo fotográfico tras llevarlo al laboratorio y solicitar su revelado e impresión. Había que esperar. Se trataba de un sí y un no, con la alternativa de obtener fotografías o, simplemente, perderlas. Era una aventura maravillosa reunirse en familia, con los amigos o con los compañeros, para mirar, una por una, las fotografías que raptaban instantes consumidos, momentos fugaces. Y uno, emocionado, solicitaba copias de aquellas imágenes. Algunos, coleccionaban los retratos entre las páginas de los libros, en ciertas libretas, en baúles, en cajas de madera o de cartón, o los acomodaban pacientemente en álbumes muy queridos. Había quienes tenían la amabilidad de dedicarlos al reverso. Otras personas colgaban enmarcaban las fotografías que colgaban en las paredes de sus hogares. Era como decir al mundo, a la humanidad, a la creación: “aquí estoy. Un día y muchos más viví en este plano. Quiero que sepan que existí, que tuve una identidad y una historia”. Pertenezco a la generación que emocionaba con aquellas fotografías y que, paralelamente, guardaba con celo y orgullo los retratos de los antepasados y de la familia como algo muy amado, con la oportunidad de conocer y manejar la tecnología de la hora presente, en la que tomar imágenes es algo cotidiano, muchas veces sin aquel encanto, asombro y emoción que sentíamos y daba un sentido a nuestras existencias. Cada generación vive sus procesos y escribe su historia. Hoy, simplemente, miro las fotografías que conservo, al lado de negativos, rollos que por alguna causa no mandé revelar e invitaciones a diversas celebraciones. Aquí estoy, con incontables retratos que significan, sin duda, pedazos de mi historia y de mi vida.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Un padre amoroso y el hijo roto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Su hijo, lo entiendo así, es retrasado mental. Lamento darle la noticia. En el colegio, los otros niños, sus compañeros, se mantienen alejados de él porque lo consideran diferente. No les gusta. No creo que sea capaz de terminar sus estudios básicos; al menos no en este colegio, donde el nivel de preparación de los estudiantes se orienta a la excelencia académica y al desarrollo integral. Su hijo está herido e incompleto. No encaja en el salón de clase ni con sus compañeros, ni tampoco, creo, en la sociedad. Necesita atención médica y, tal vez, psiquiátrica. Estos trastornos no siempre se corrigen. Son errores de la vida. Tengo reportes de las maestras y de algunos de sus compañeros, respecto a su personalidad extraña. Se distrae en clases. Mientras la profesora expone algún tema, él, su hijo, se pierde en su mundo interior, en los árboles y en las flores que mira a través del cristal, en sus apuntes y en sus dibujos. No habla. Es silencioso. Tampoco juega. Sus lecturas son aterradoras. Hemos descubierto, en su mochila, desde libros referentes a dinosaurios, fósiles y arqueología, hasta obras literarias, filosóficas y esotéricas. Lee, a hurtadillas, tratados acerca de diversas religiones, e incluso sobre los lamas, lo cual es inadmisible en una institución educativa que se rige por normas estrictas y una doctrina pura. Lee libros de arte e historia, al mismo tiempo que no ha aprobado sus asignaturas. Cuando la maestra habló a los niños acerca de los señores feudales, en Europa, su hijo estremeció y tuvo un lapso extraño, como si se hubiera ausentado más de lo que generalmente acostumbra. Oculta, entre sus libros y cuadernos, una libreta con apuntes y dibujos indescifrables. Crea historietas fantasiosas con textos y dibujos. que ya le hemos descubierto. Es inconcebible que produzca historias sobre viajes a Marte y otros planetas, cuando apenas la humanidad a pisado la Luna. Y en sus escritos menciona estupideces y ocurrencias como el hecho de que si se explorara el interior de la Luna, los científicos obtendrían información que los asombraría; pero el niño va más allá al asegurar que mayor sería la sorpresa si la gente se internara en su ruta interior, donde encontraría la conexión con el universo, la vida y la creación. Habla de un Dios diferente al que nosotras, en el colegio, enseñamos a los alumnos a través de nuestra doctrina. No es un niño normal. ¿Qué opinión tendría de un niño que dibuja líneas diagonales con escaleras y números que se deslizan al vacío? Traza espirales, formas geométricas y estrellas repletas de números, letras y signos. ¿Qué sentimientos e ideas tendrá un alumno ensimismado que dibuja laberintos y pasadizos subterráneos debajo de castillos, fortalezas, monasterios e iglesias? Hace rato, cuando le llamé por teléfono a su oficina, su hijo, enmudecido, me miraba sonriente y burlón. Es majadero. Recomiendo que lo inscriba en una institución especializada en atención de problemas de lento aprendizaje. Si no recibe atención, este niño será una carga más, una persona dependiente e inútil, un ser humano de desecho con necesidades biológicas. Es todo lo que puedo decirle. Examine las calificaciones escolares de su hijo. Es evidente que algo no está bien”, informó la religiosa, directora del colegio, al padre del niño acusado, quien escuchó atento y silencioso las palabras ansiosas y precipitadas de la mujer.

Era hombre educado, tolerante, respetuoso. Sabía escuchar sin alterarse ni perder el control de sí. Aquella mañana, la monja denunció la incapacidad mental del alumno -y seguramente hasta espiritual y motriz- y recomendó la cancelación inmediata de la matrícula escolar. Ella, al recibir al padre del niño, se enredó en el tropel de sus palabras. Presentó al monstruo horrible que tenía como alumno del colegio, al enano mental que diariamente orinaba los pantalones del uniforme, al error de la naturaleza, símbolo del mal, la ineptitud y la mediocridad, que solía fijar su mirada en las hojas de los árboles, en las plantas y en las flores, en las mariposas y en los pájaros que volaban libres y plenos.

Aquella voz chillante, ofrecía al hombre la descripción de un hijo roto e irreconocible, distinto al que conocía en el hogar, un despojo humano, idiota y silencioso, un hombrecillo en minúsculas, una aberración de la naturaleza al que solamente le faltaba babear, arrastrarse y balbucear.

El padre, mortificado por su hijo, interrogó a la directora; sin embargo, ella, trastornada por el enojo, no escuchaba. Le dolía, en verdad, que un menor de edad se hubiera mofado de ella con esa risa tan estúpida y un silencio repugnante. Estaba atrapada en su blusa blanca y en su hábito gris. Una cruz metálica reposaba en su pecho disimulado. Resultaba imposible dialogar con ella. Se sentía ofendida por un monstruo, una deformidad de la creación, un error de la vida.

Respetuoso y silencioso, el hombre tomó la mano derecha de su hijo, quien se incorporó de la silla inmediatamente, con el alivio de aquel que se libera de un juicio al que va a ser condenado sin piedad para posteriormente sufrir el martirio del castigo en el patíbulo y la vergüenza del escarnio. Antes de marcharse, el señor habló pausadamente, con la idea de solicitar a la religiosa que consintiera que el pequeño continuara asistiendo a clase, con la promesa de que entre él y su esposa se responsabilizarían de ayudarlo a corregir su atraso en clases. El plazo, dijo, sería ese ciclo escolar.

La mujer, encolerizada, asintió con la cabeza e hizo una señal de despedida con la mano. Una vez que salieron de la institución educativa, el hombre abrió la portezuela delantera del automóvil para que el niño se acomodara en el asiento del lado derecho. Arrancó el motor del vehículo y marcharon a casa.

Durante el trayecto, el señor relató al hijo fragmentado algunas historias con ciertos mensajes ocultos, precisamente con el objetivo de enseñarle, a través de ejemplos y metáforas, que los seres humanos más grandiosos, alguna vez enfrentaron problemas, adversidades y desafíos que los tambalearon y los motivaron a luchar y ser superiores a las circunstancias.

En cuanto llegaron a casa, el niño abrazó a su madre -la señora amable, como le llamaba la gente- y le dio un beso en cada mejilla, para correr de inmediato al lado de sus hermanos, mientras el hombre relató a la mujer el encuentro con la monja y la situación del pequeño en el colegio, quien realmente, por lo que percibían, se encontraba ante enemigos que podrían destruirlo.

La mujer lloró al escuchar la narración de su marido e imaginar el sufrimiento de su hijo primogénito. Ambos, el padre amoroso y la señora amable, asomaron por la ventana y descubrieron a sus hijos en la inmensidad del jardín, felices y plenos. El mayor de ellos -el niño roto del colegio-, reía, saltaba, y parecía tan contento, que contradecía los argumentos de la religiosa y los reportes y las acusaciones de la profesora.

Pactaron reconstruir al hijo mutilado, al alumno deleznable del colegio de monjas, a quien sus compañeros descalificaban por lo extraño de su vida y ellas, las religiosas y las profesoras, aplastaban con órdenes irracionales, castigos despiadados e inexplicables y el peso de su autoridad y su tamaño.

La señora amable, ofreció a su hijo un cielo prodigioso, un hogar maravilloso, y le enseñó a amar la vida por medio de las flores, las plantas y los árboles, que cotidianamente regaban, al mismo tiempo que ella nombraba cada especie y explicaba su importancia para mantener el equilibrio y la salud del planeta. Y así, el niño amó la naturaleza, desde las gotas del agua que entonces brotaba en abundancia, hasta los pinos que proyectaban sus sombras al recibir los abrazos y la mirada del sol. Hasta plantó, al lado de su madre y sus hermanos, un árbol que compró su padre.

Y fue la propia madre quien platicó a su hijo tantas historias del ayer, la epopeya de sus antepasados, con sus luces y sombras, hasta que despertó en el pequeño el interés en explorar e investigar su antiguo linaje; pero también lo educó con valores espirituales y con la elegancia de los modales franceses que recibió de algunas parientes. El niño mutilado del colegio, aprendió arte, ciencia, negocios, espiritualidad y todos los conocimientos que más tarde, en otra época y ante diferentes circunstancias, aplicaría en su vida.

El señor amoroso y educado, reforzó la sensibilidad, el talento y la creatividad del pequeño artista, a quien introdujo, además, en temas arqueológicos y en el conocimiento, siempre en una línea de rectitud y valores. El hombre poseía amplio conocimiento y experiencia. Lo mismo permaneció, como monje, en un convento, que voló aviones de dos alas y participó en la incursión del desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, el alumno fragmentado del colegio nunca se atrevió a revelar los castigos a que era sometido por las maestras, principalmente una que lo aborrecía, quien le negaba permisos para ir al sanitario, obligándolo, irresponsablemente, a no contener sus necesidades fisiológicas y orinar los pantalones del uniforme. Le ordenaba que pasara al frente y que, hincado y con los brazos estirados hacia arriba, a un lado del pizarrón, quedara en silencio e inmóvil, ante la mofa de sus compañeros, para, finalmente, otorgarle el perdón y enviarlo a su pupitre, no sin antes golpearlo con una regla de madera, impactos que recibía en las yemas de los dedos, en las palmas de las manos y en las pantorrillas. El menor temía que sus padres reclamaran y que ellas, la profesora del tercer grado de primaria y la directora, se vengaran de él. Y calló.

En ese colegio, el niño solamente confió en otro pequeño, hijo de un joyero alemán, en cuya casa, también con jardines amplios, la familia poseía aves exóticas, pavorreales, guacamayas, tortugas, perros y hasta un mono araña. El compañero, a quien, igualmente, le fascinaba el tema de los dinosaurios -ambos disfrutaban la colección Panorama Cultural, publicado por Novaro Editores, a cargo de Antonio M. Carneiro-, visitó diversas ocasiones al pequeño roto, al que alguna vez preguntó la razón por la que era tan diferente en la libertad de su casa, donde corría, platicaba, reía, gritaba y jugaba alegre y plenamente.

“Tú no estás enfermo, como aseguran la maestra y la directora -expresó a su pequeño amigo-. Tú eres más grande de lo que suponemos. Eres diferente a la mayoría. No pronuncias groserías, eres correcto al hablar y sabes escuchar, observar y respetar. Eres un niño educado. Me consta. Tu mundo interior y exterior es distinto al de la mayoría de nuestros compañeros. Ahora entiendo lo mucho que vales. Ni siquiera tu aspecto es como el de la mayoría. Te sucede lo mismo que a mí, pero no me molestan nuestros compañeros, y menos las autoridades educativas, porque siempre llevo dinero a la escuela y complazco a todos, hasta a la profesora que es feliz con la manzana que le regalo todos los días. Mi padre me ha enseñado que toda la gente, por monstruosa que sea, tiene un precio, y mira a la mujer amargada y tirana que es nuestra maestra, se doblega y me respeta por una simple manzana que diariamente coloco en su escritorio. No me alejo. Si llevo libros de dinosaurios al colegio, invito a mis amigos a observar cada página, y al deleitarse con lo que tanto nos gusta, me consideran amigable y poderoso. Eso es todo, amigo”.

El colegio era inmenso. Tenía, incluso, capilla e internado en otra sección. Había un comedor para quienes estaban inscritos como “medio internos”. El niño fracturado asistía a clases regulares, pero muchas ocasiones, ella, la profesora, lo mantuvo, igual que un rehén, en el aula, castigado por supuestos errores y travesuras que le atribuían, o lo enviaba, junto con otros menores, a permanecer cerca del portón, donde la comunidad escolar los miraba con desprecio y repugnancia, con los pantalones empapados de orines. Eran, por llamarles así, los pequeños delincuentes del colegio.

No pocas noches, el niño roto, acosado por fiebre y miedo, lloró inconsolable. Suplicaba a sus padres que ya no lo enviaran a la escuela. Algo le impedía explicar el terror que sentía. Su madre acariciaba su frente con el amor más puro y le narraba alguna historia dulce y tierna, o su padre le enseñaba a dominarse y le relataba capítulos de seres humanos extraordinarios.

Transcurrieron los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, como se consumen la vida y los sueños. El niño roto aprobó el curso y, felizmente, pasó al cuarto grado de primaria. Un año más tarde, su padre y su madre decidieron inscribirlo en otra institución educativa, lejos de aquel escenario tan pútrido que generaban la directora y algunas profesoras, como el personaje siniestro que tuvo como maestra en el tercer curso de primaria; pero esa ya es otra historia que quizá, algún día, haya que relatar.

No me avergüenza confesar que aquel niño despedazado del colegio, fui yo. El amor, la entrega, los valores, la disciplina, el ejemplo, la firmeza, el respeto y la enseñanza de mis padres fue determinante, al menos, para demostrarme, principalmente, que no estaba atrofiado espiritual, física y mentalmente, como aseguraban la directora y la maestra. Simplemente, fui víctima silenciosa, como tantos casos existen en el mundo, del abuso de autoridad, la burla, la injusticia y la crueldad que intoxica a ciertos seres humanos.

Por cierto, aquella “risa burlona” que denunció la directora, fue por varios motivos: me parecía ridículo que una mujer adulta, perteneciente a una doctrina religiosa de amor, respeto y tolerancia, hubiera perdido el control de sí, al grado de interrumpir a mi padre, en horario laboral, a través de una llamada telefónica, como absurdo y estúpido era que le asustaran mis pantalones empapados de orines, cuando la maestra no me permitía acudir al sanitario, basada en la irracionalidad de su autoridad, su tamaño y su poder.

No tengo resentimiento. Simplemente, ambas mujeres eran débiles y estaban intoxicadas por la amargura, la mediocridad, los temores, las debilidades y la fragilidad que caracterizan a algunos seres humanos, incapaces de ser maestros de sí mismos. Al contrario, su estulticia y maldad generaron el ambiente propicio para que ellos, mi padre y mi madre, orientaran mayor atención de la que ya me daban.

Soy un artista sencillo, un escritor que pretende tocar a las puertas de cada ser humano -en minúsculas y en mayúsculas, en femenino y en masculino- con el objetivo de compartirles sentimientos e ideas que descubro entre los murmullos y los silencios de mi interior, en el pulso de la naturaleza, en las estrellas, en la lluvia, en las cortezas enlamadas de los árboles, en los helechos.

Me siento profundamente agradecido y orgulloso de mi padre y de mi madre, quienes me regalaron un cielo extraordinario y maravilloso, contrario al infierno que cotidianamente me ofrecían la directora del colegio, la profesora y muchos de mis compañeros. Me rescataron de aquel pantano y, claro, me encantó el arte, me enamoré de las letras que hoy, humildemente, trato de obsequiar a mis lectores.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Una noche antes de mi cumpleaños

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y abrí la ventana para mirar los días pasados, actuales y futuros de mi existencia. Observé las estrellas distantes y plateadas, en el cielo ennegrecido por la noche, e imaginé paraísos, otras dimensiones, auroras y ocasos en mundos paralelos y lejanos; percibí, igualmente, las fragancias de las flores y las plantas adormecidas, sentí las caricias y los rasguños del aire y escuché los murmullos y los silencios de la vida que transita indiferente y sin pausas. Me vi solo, como llegamos y dejamos este mundo, con las cosas y las imágenes rotas que quedan atrás. Contemplé mi biografía, mi figura con mi nombre y mis apellidos, la historia de mi existencia, y reí y lloré, enmudecí y hablé. agradecí y bendije. Todos los acontecimientos de mi existencia, desde mi nacimiento presente hasta esta noche previa a mi cumpleaños, transitaron frente a mí. Mi historia, lo que soy, lo que he hecho de mí, todo navega a rutas insospechadas. Siento en mí el pasado, el hoy y el porvenir. Ahora entiendo cada interrogante y respuesta. Me siento profundamente bendecido por el padre y la madre que elegí en otro plano, a quienes no renunciaría, y también por toda mi familia tan querida y por la gente que me ha acompañado en estas jornadas. Sé que no es el mejor período en la historia humana; no obstante, pretendo hacer de cada día, en la existencia actual, un capítulo extraordinario, inolvidable y maravilloso. Tengo el pentagrama de mi vida en mis manos; deseo continuar escribiendo signos en las páginas blancas y pautadas, hasta crear la más cautivante, bella, sublime y magistral de las sinfonías. Un día antes de mi cumpleaños, repaso la historia de mi vida, agradezco a Dios tanta bendición, expreso mi amor eterno a los seres que forman parte de mi círculo principal y a la gente que me rodea, con la esperanza de que haya más amaneceres y pueda, modestamente, convertirme en manantial que derrame bien a los demás.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright