Amaneceres lluviosos y nublados

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En la infancia, me encantaban los amaneceres lluviosos y nublados. Me parecían encantadores y mágicos, y más si la llovizna se prolongaba durante horas. El inmenso y primoroso jardín de la casa solariega, despedía fragancias exquisitan que embelesaban. Olía a árboles, flores, helechos, plantas y frutos empapados, a piedras y a tierra mojadas, a vida palpitante en cada expresión natural. La esencia y las formas de la creación fluían en el ambiente. Me parecía maravilloso aquel espectáculo. Era, pensaba, un milagro de la vida. Me causaba asombro mirar las gotas cristalinas que deslizaban en cada hoja del follaje y en los cristales de las ventanas. Las nubes, espesas y grises, flotaban tan bajo, que imaginaba que podía tocarlas e introducirme en sus capas misteriosas y prodigiosas. Creía, en aquella niñez azul y dorada, que el cielo descendía al mundo para sentirlo, descubrir sus tesoros infinitos y soñar y vivir en una felicidad eterna al lado de la gente que tanto amaba. Imaginaba tantas historias como gotas de lluvia se precipitaban. Ahora que lo recuerdo, este día nebuloso y de llovizna, confieso que me sentía inmensamente agradecido y cautivado, al grado, incluso, de que me gustaba y disfrutaba más contemplar el ambiente, que permanecer cautivo en el aula de clases. Me preguntaba, desde mi razonamiento infantil, por qué, si Dios me regalaba pedazos de cielo y de paraíso, debía soportar los castigos, desprecios, enojos y gritos de la profesora -una maestra agresiva que no dominaba sus impulsos negativos- y el acoso de mis compañeros, en un colegio de esos que hoy se exhiben en las películas de misterio, suspenso y terror. Me sabía, entonces, entre el cielo y el infierno. Aprendí, en consecuencia, que, en todo detalle y manifestación natural, podría reencontrarme conmigo, con el principio de la creación, sin olvidar que el mundo es transitorio y que uno, durante su paso, debe aprender, evolucionar y aportar lo mejor de sí para bien de la vida.

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Christian David

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Quién es Christian David? Es un hijo muy admirado y querido, un joven extraordinario, un hombre que merece ser feliz y realizarse plenamente como ser humano. Me siento orgulloso de él porque es educado, respetuoso y honesto. Estudió y se formó como Economista, con todo el esfuerzo, la disciplina y el sacrificio que implica, en la hora contemporánea, superarse, tratar de ser diferente y alcanzar la excelencia. Ajeno a superficialidades, vicios, tonterías y maldad, es una persona amable, culta y bien intencionada. Dichoso el hombre, como él, que cultiva, durante su existencia, el bien, los sentimientos nobles, el conocimiento y la razón. Sé que un joven como él, debe sentirse feliz y libre, auténtico e irrepetible. Christian David es un hijo inolvidable, una de esas personas que cautivan por su esencia y su forma, un joven por el que uno es capaz de dar pedazos de vida. Quiero abrazarlo al natural, mirar sus ojos de frente, en silencio, y expresarle mi cariño, decirle que me siento orgulloso de él, que por algo maravilloso y subime somos personajes de una historia y que el amor, cuando es real y viene del interior, lleva a rutas infinitas. Christian David es un buen hijo, un joven agradable, un hombre ejemplar. Me siento agradecido.

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En un cuaderno o en una libreta

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Les comparto que, en los escasos momentos libres, al concluir mis actividades profesionales, escribo, a mano, con bolígrafo color sepia, la historia de mis antepasados en sus diferentes ramas. Lo hago en una libreta de pasta dura, totalmente numerada, con la idea de que en sus páginas quede inscrita la epopeya del ayer por parte de mis antecesores. Se trata de información, fechas y datos que he investigado y recopilado desde hace décadas, a partir de mi infancia. Un día -hace poco, realmente-, decidí que era momento de dedicarle mi mejor esfuerzo a ese libro, el cual, a diferencia de mis otras obras, no publicaré, ya que lo compartiré exclusivamente a mi familia más cercana, a mis descendientes; sin embargo, confieso que escribir la historia de mis antepasados, ha resultado un ejercicio muy saludable, espiritual y mentalmente, porque con cada línea aprendo y me entiendo más. Quien conoce su pasado, su origen, cuenta con elementos para conocerse y definir su presente, su hoy, y actuar de acuerdo con su proyecto existencial, con la promesa de un mejor futuro; aquel que lo desdeña o lo ignora, no sabe la información tan valiosa que pierde. Con cada personaje de antaño, aprendo algo y comprendo, por añadidura, que se trata de un fragmento de mí, uno de los tantos antecedentes que permanecen en mi genética, lo cual, por cierto, me da oportunidad de corregir o mejorar. Siempre les he tenido un profundo respeto a mis antepasados y hoy refrendo la admiración, el cariño y el agradecimiento que me inspiran. Me parece que la mayoría tenemos oportunidad de escribir algo sobre nuestros antepasados. Si alguien no dispone de información sobre sus abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y demás antecesores, puede iniciar con sus padres. Lo importante es no dejarlo al olvido o a la desidia. Puede escribirse en un cuaderno con un estilo sencillo. No es requisito, para hacerlo, ser literato. La experiencia resulta enriquecedora, más allá de quiénes hayan sido los antecesores. Y será un legado invaluable para sus descendientes, quienes se comprenderán mejor. Un cuaderno sencillo, creo, puede resguardar, al terminar la hoja postrera, la obra más bella, cutivante, encantadora y real. Nunca hay que desdeñar a quien escribe en el papel más modesto; su texto puede resultar una obra grandiosa porque se trata de personajes reales. Disfruto los instantes que dedico a tan hermosa y significativa tarea. Creo, por otra parte, que ninguno de mis antepasados imaginó que uno de sus descendientes escribiría sus biografías personales y familiares, con las luces y sombras que todo ser humano lleva consigo durante su jornada terrena. Es como reconstruir vidas, personajes de los que, después de todo, uno forma parte. Es un honor y un privilegio hacerlo. Sin dame cuenta, me he transportado a los muchos días del ayer, a un sitio y a otro más, para acompañar, por un rato -horas o años- a mis antecesores, durante su caminata por las sendas de la existencia mundana. Me siento orgulloso de ser su descendiente y los percibo en mí, con sus diferentes rostros e identidades, sin que yo pierda mi esencia. Estoy seguro de que en alguna fecha, cuando yo haya finalizado mi paseo por este mundo al que denominamos Tierra, alguno de mis descendientes continuará los relatos de nuestra historia familiar.

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Columpio de remembranzas, de libro a manuscrito

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Aquellas noches de mi infancia, tan distantes como la edad que celebro cada año, las tempestades y los relámpagos me parecían interminables. Las gotas de lluvia deslizaban en los cristales de las ventanas; las ramas de los eucaliptos se balanceaban y crujían al recibir las caricias del viento; los truenos se propagaban en todos los rincones de la casa solariega, en el jardín inmenso y en los escondrijos insospechados donde mis hermanos y yo jugábamos a la vida y protagonizábamos incontables historias y capítulos épicos; los árboles, la higuera, las flores y las plantas destilaban sus perfumes al mojarse.

En la finca, mi padre y mi madre derramaban un amor profundo y real hacia nosotros, sus hijos, a quienes consentían tanto. Entonces, las casas eran hogares que albergaban familias que se amaban y respetaban, sin que las diferencias de edad fueran motivo para discutir y pelear. Éramos intensamente dichosos y no conocíamos los antagonismos.

Dormíamos temprano, pero antes, cenábamos y platicábamos. Mi padre y mi madre hablaban dulcemente y aconsejaban sabiamente o relataban historias de las que aprendíamos mucho. Algunas veces, cuando nuestros visitantes pernoctaban en nuestra casa, solían reseñar episodios de los antepasados y de la gente de antaño, narraciones que me atraían y embelesaban. Imaginaba a los personajes y visualizaba los acontecimientos.

Así, a través de los años, reuní gran cantidad de historias familiares. Decidí, entonces, visitar a mis familiares de mayor edad, a los amigos que tuvieron mis abuelos, a la gente que naufragaba desde el pasado, hasta que me convertí, sin darme cuenta, en puente entre las generaciones de antaño y las de mi hora presente. Llegué, en mis investigaciones, hasta días medievales, navegué en mares que olían a aventuras y a piratas, estuve en batallas y en conquistas y sentí las alegrías y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el sí y el no de mis antepasados.

Si bien es cierto que, desde temprana edad, ya había definido que dedicaría los días de mi existencia al arte de las letras, independientemente de tener, en el futuro, una grandiosa familia y realizar todos los proyectos que contemplé para mi biografía, pensé que, por gusto, podría escribir una memoria sobre mis antepasados. El primer título que diseñé fue Historia de la familia; sin embargo, ya en mis horas de madurez, llegué a la conclusión de que el título sería Columpio de remembranzas.

Transcurrieron los años. Con gran cantidad de información, acumulada durante varias décadas, me di cuenta de que mis antecesores eran eso, precisamente, ayer, pasado, historia, y que, por lo mismo, ya no estaban presentes; también comprobé que a las generaciones de la hora contemporánea, inmersas en una realidad diferente a la que viví en en mi niñez, adolescencia y juventud, les interesan otros temas.

Sé que en cada familia y generación, suelen aparecer, entre sus integrantes, personas con la inquietud sobre sus orígenes, en busca de respuestas a sus interrogantes y de un principio, historias que lamentablemente no siempre se conservan. Los recuerdos se diluyen y se transforman en olvido. Quedan los retratos de la antigüedad, de hace un siglo o más, y los sucesores no reconocen a sus antepasados. Se pierden las historias que a una hora del pasado fueron realidad de otra gente.

Pienso que la genealogía es una asignatura que debería de impartirse en todos los niveles escolares. La gente rescataría su origen y sus historias; además, facilitaría obtener tendencias de conductas, enfermedades, causas de muerte, aficiones y tantos rasgos humanos. Contiene una riqueza invaluable que muchas personas todavía no exploran.

La vida es tan breve que apenas alcanza para hacer algo importante. Las grandes tareas no admiten distracciones ni treguas. Aún debo escribir otras obras. La historia antigua de mi familia, que siempre me ha acompañado y cautivado, no se perderá porque se encuentra asentada en mis apuntes; no obstante, tomé la determinación de transcribirla en una libreta especial que pasará de una generación a otra y a muchas más, con la idea de que mis descendientes agreguen datos e información. Creo que el documento tendrá más valor, por lo que significa nuestra historia familiar, si lo escribo a mano en una libreta y se suman mis sucesores con sus aportaciones, que si lo publico. Después de todo, es un tema familiar. Hace poco, descifré, estudié y analicé más de 500 documentos. Me siento bastante contento porque, finalmente, tras toda una vida de búsqueda e investigación, por fin conozco los aspectos más trascendentes de la historia de mis antepasados. He cumplido uno de mis sueños de la infancia y así rindo homenaje a mis antepasados.

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Juan Solís Castañeda, de los juegos a las armas, en la Revolución Mexicana de 1910

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Agradezco a María Salud Valencia Solís, filósofa y compañera, hace años, en la empresa en la que desempeñé el ejercicio periodístico, la historia que me relató acerca de su abuelo materno, don Juan Solís Castañeda, quien se unió a las fuerzas revolucionarias de 1910, en México, cuando apenas tenía una década de edad. La historia del antepasado de María Salud, la presento como un relato fidedigno a los episodios que me contó con tanta admiración al personaje.

-No, no lo mataron los balazos. Fue el coraje que hizo, cuando lo emboscaron, lo que lo llevó a la tumba -murmuraba la gente, en el pueblo, tras enterarse de que don Juan había muerto.

El tañido del campanario -porque para todos los casos hay campanas en las iglesias-, anunciaba la misa en memoria de don Juan Solís Castañeda, el otrora niño de la Revolución Mexicana de 1910, quien se volvió héroe regional y leyenda en muchos pueblos de la tierra caliente de Michoacán*.

-No puedo creer que don Juan haya muerto por la bilis que derramó -dijo una anciana, mientras se persignaba frente al ataúd que era introducido al templo por varios hombres, seguidos por niños, adolescentes, jóvenes y adultos.

Entre la gente, iban los hijos de don Juan, y también sus amantes, las señoras que un día fueron jóvenes y se refugiaron en sus brazos, en amoríos de esos que se comparten, una y otra vez, con mujeres de distintos pueblos y ranchos, entre las apresuraciones y las pausas de las revoluciones.

A un lado, cerca del portón de la iglesia, los músicos interpretaban la canción «Juan Colorado», que fascinaba al hombre. Cuando escuchaba la canción michoacana, acudían a su memoria tantos recuerdos, imágenes de su familia, espisodios de las batallas ganadas y perdidas y de romances ocultos, e incontables amaneceres y anocheceres, en la región que la gente, en Michoacán, llama tierra caliente.

Igual que en las fiestas, cuando don Juan cumplía años o celebraba alguna fecha especial o un acontecimiento significativo, ellas, las mujeres que lo amaron, nuevamente coincidieron y se abrazaron y consolaron mutuamente. Sabían, y así se los había advertido don Juan, que él no era hombre de una sola mujer y que, por lo mismo, necesitaba libertad, espacio y tiempo, para atender todos sus asuntos, negocios y amoríos. No era hombre que se encadenara a alguien; no obstante, amablemente les ofrecía su cariño y protección.

-Don Juan nació en 1900 -recordó una anciana.

-Sí, mi mamá comentaba que «nació con el siglo» -confirmó una mujer más joven.

-Se cuentan tantas historias de él -expresó un hombre, quien relató, en aquella década de los 50, en el siglo XX, que don Juan era un personaje que trascendía fronteras y que, lamentablemente, la difusión de su nombre y de sus hazañas no se habían difundido como lo merecía.

-He escuchado muchas narraciones sobre don Juan, pero me encantaría saber cómo inició su trayectoria como revolucionario -intervino otro señor.

-Claro que sí -respondió el hombre-. Escuche con atención: sus padres lo bautizaron como Juan, Juan Solís Castañeda. Y así lo conocieron en Apatzingán** y en la tierra caliente de Michoacán, en la infancia y durante la juventud, porque siempre se sintió orgulloso de su nombre y de sus apellidos. Su identidad valía mucho y la defendía con honor.

-Como defendió su vida durante la emboscada -completó un joven que se sumó a la conversación.

El otro señor y el hombre miraron al muchacho. El hombre, que era mayor, agregó:

-Los primeros años de su niñez transcurrieron apacibles, entre los juegos naturales de su edad y las obligaciones, en la campiña y en el caserío, porque su padre trabajaba en una hacienda de Apatzingán y su madre, la española Juana Castañeda, se preocupaba por su instrucción. Deseaba la mujer que su hijo aprendiera a escribir y a leer, que estudiara diferentes materias y que un día se formara profesionalmente.

Una señora, en el templo, volteó molesta e intentó callar a los tres hombres; sin embargo, prosiguieron con la conversación que se mezclaba con el llanto, con otros susurros y con el sermón y las oraciones del sacerdote.

El hombre siguió la plática:

-Ruborizado por las horas soleadas, el pequeño Juan corría y se divertía con cualquier cosa, con una rama, con alguna piedra o en la corriente del río que contribuía a refrescarlo y disminuir el calor sofocante, quizá como si supiera que pronto concluirían sus años infantiles, y no porque deseara convertirse en adulto, sino por el hecho de que los acontecimientos lo obligarían a renunciar a sus correrías de mozalbete.

Sorprendido, el joven inquirió:

-¿Qué acontecimientos?

El señor secundó al muchacho:

-¿A qué se refiere?

El hombre sonrió.

-El movimiento revolucionario de México, inició en 1910. Ellos, los hacendados, estaban nerviosos e inquietos porque las noticias y los rumores los responsabilizaban como aliados del régimen de Porfirio Díaz Mori, presidente de México durante tres décadas, y, por lo mismo, las mayorías los consideraban verdaderos causantes de la explotación y de la miseria de incontables familias. Sabían que en cualquier momento podrían enfrentar, en sus propias haciendas, el levantamiento armado de sus peones, quienes los aniquilarían sin piedad, no sin antes saquear sus casas y violar a las mujeres que pertenecían a sus familias. Olía a miedo, a nervios, a disgusto -explicó el hombre, que de inmediato completó-: Fue uno de ellos, uno de los poderosos hacendados de la región de Apatzingán, quien, desquiciado e irascible, azotaba personalmente al padre de Juan frente a los peones y capataces, precisamente con el objetivo de que escarmentaran y ninguno volviera a cometer una falta. Era el patrón, el señor y dueño absoluto de la hacienda, con las vidas humanas incluidas, y no toleraba, en consecuencia, errores ni desobediencias.

Sorprendidos, el muchacho y el señor miraron al hombre, quien, ajeno a los regaños de la mujer que los llamaba sacrílegos por hablar en el interior del templo, frente a un cadáver, mientras el sacerdote oraba, prosiguió con la historia de don Juan:

-Cuando, por encargo de su madre, Juan se dirigía a los campos de cultivo de la hacienda con la finalidad de llevar el almuerzo a su progenitor, descubrió con asombro y coraje que el amo le propinaba una golpiza brutal, hecho que lo estimuló a tirar la canasta al suelo y arrojarse en contra del temible patrón para hundir sus pequeños dedos en los ojos, morderlo, rasguñarlo y golpearlo -narró el hombre-. Ante el ataque sorpresivo, el hacendado abandonó a su víctima e intentó deshacerse de su diminuto agresor; pero aquél, el niño, actuó con valentía y antes de correr hacia los cultivos para perderse de la mirada del infame hombre, lo lastimó de nuevo. Atónitos, los capataces y peones que presenciaron la intervención de la criatura, no defendieron a su patrón; al contrario, permanecieron inmóviles para evitar atrapar al pequeño y que fuera castigado con crueldad. Les parecía increíble que un pequeño de apenas una década de vida, retara y enfrentara al hacendado, valor que ellos, que eran adultos, no habían demostrado… Un niño de diez años de edad, enfrentó al sanguinario hacendado, quien de inmediato ordenó que lo localizaran y aprehendieran con el propósito de encerrarlo y darle un escarmiento severo y ejemplar. Las heridas, junto con la humillación y la vergüenza, lo motivaron a intensificar la búsqueda.

Los músicos entraron al templo, una vez que concluyó el oficio sacro. Las mujeres que amaron a don Juan, se aproximaron al ataúd y miraronn, desconsoladas, al héroe revolucionario con quien compartieron tantas noches de amor y pasión; los hijos, por su parte, lloraban al padre tan amado, al personaje que los formó. La vieja, en tanto, miraba con recelo a los tres individuos -el hombre, el señor y el muchacho- que repasaban la biografía de don Juan Solís Castañeda.

El hombre contó:

-Irascible, el hacendado limpió la saliva del niño. Sus pómulos, sus mejillas y sus brazos presentaban huellas de las mordeduras y de los rasguños infantiles. Premiaría a quien le entregara al menor. Tales acontecimientos obligaron a que Juan, a sus 10 años de edad, huyera y se escondiera. Lloró mucho porque entendió que, a partir de entonces, no podría retornar a casa, al lado de su padre, de su madre y de sus hermanos. Se incorporó al movimiento revolucionario. Inició como ayudante de los revolucionarios. El niño limpiaba las armas, cargaba las carabinas, ordenaba las municiones, acarreaba agua, llevaba recados y cumplía las órdenes de los jefes revolucionarios. Fugitivo como era, el pequeño desarrollaba una labor muy delicada e importante porque del estado de las armas y de que estuvieran correctamente cargadas, dependía, en gran medida, la posibilidad del triunfo por parte de los revolucionarios. No podía fallar. Mientras realizaba sus tareas, recordaba su hogar, a sus padres y a sus hermanos, a quienes extrañaba tanto, y más se acrecentaba su coraje y su odio en contra del hacendado.

Asombrado, como al inicio, el muchacho abrió los ojos con exageración, mientras el señor, en tanto, hizo un movimiento con la cabeza, como si solicitara al hombre que siguiera con la historia. Y sí, el hombre habló:

-Pronto, el pequeño Juan aprendió a usar las armas con habilidad. Tal fue su empeño, que se convirtió en un pistolero diestro. Disparaba, indistintamente, con la mano derecha y la izquierda, e incluso con ambas, y con excelente puntería. Los jefes revolucionarios y sus compañeros le enseñaron a manejar las armas.

Interrumpió el muchacho, con el ímpetu de la juventud:

-Entonces, el niño renunció a las andanzas por la campiña, a los juegos, a las ilusiones infantiles, a los sueños, para transformarse, de un día a otro, en revolucionario, en armero, en gatillero. Las pistolas y las carabinas se convirtieron en sus juguetes preferidos.

-Sí -afirmó el hombre-. Quizá, por la amarga escena que acudía a su memoria y se repetía diariamente, a una hora y a muchas más, en la que su padre era golpeado brutalmente por el hacendado, o tal vez porque las injusticias e insensibilidad de los poderosos habían provocado que él, Juan Solís Castañeda, se separara de su familia y renunciara a los juegos, su rencor contra los acaudalados fue tan grande que, cuando descubría, en cualquier lugar, abusos en perjuicio de los enfermos y de los pobres, no dudaba en defenderlos, con lo que, adicionalmente, se ganó la confianza y el cariño de incontables personas.

El señor, reflexivo, se atrevió a opinar:

-Yo he escuchado que su prestigio como armero y pistolero aumentaba conforme se registraban las batallas y los acontecimientos revolucionarios, hasta que un día, el general Lázaro Cárdenas del Río ordenó que lo buscaran para que fuera uno de sus escoltas, y, así, Juan contó con la admiración, el cariño y el respeto de quien fue presidente de la República Mexicana en el período de 1936 a 1940.

Olía a parafina y a flores. El hombre, quien miró pasar a los músicos y el cortejo fúnebre por el pasillo central del recinto, reanudó la plática:

-Una de sus aspiraciones era, precisamente, que sus hijos, cuando los tuviera, asistieran a la escuela, porque él nunca fue a una institución educativa. Anhelaba que sus descendientes tuvieran oportunidades de desarrollo. Su madre se lo había inculcado y no olvidaba sus consejos… Los años transcurrieron fugaces. Juan participó en incontables batallas, con sus triunfos y sus derrotas, y aprendió del movimiento revolucionario, de la gente que luchaba y sufría, del dolor ajeno y de la vida y la muerte.

El murmullo de los dolientes se confundía, afuera, con el sonido de las campanas, la música y las ráfagas de viento. Entre sollozos, flores, lamentos, música y oraciones, el cortejo fúnebe se marchó al cementerio; sin embargo, el hombre prosiguió con su reseña ante el muchacho y el señor:

-Ya como adulto, Juan Solís Castañeda organizaba fiestas durante sus cumpleaños. Reunía a sus amadas que moraban en rancherías de Apatzingán, Ario, La Huacana y Nueva Italia, entre otros lugares del estado de Michoacán, y lo sorprendente es que todas convivían al lado de su héroe de la Revolución Mexicana, mientras la banda musical repetía la canción “Juan Colorado”, que le removía tantos recuerdos y con el que se identificaba plenamente.

La gente, en Apatzingán y en la zona de la tierra caliente de Michoacán, decía que la vida de don Juan estuvo muy relacionada con las armas y con los enfrentamientos. Si a los 10 años de edad, al inicio de la convulsión social de 1910, optó por unirse a los revolucionarios, en la década de los 50, en el siglo XX, fue emboscado en algún paraje; pero él, diestro como era con las armas, se defendió y disparó con ambas manos.

Fueron el coraje y el sobresalto, y no las balas, los que le arrebataron la existencia. Quienes lo conocieron, aseguraban que se defendió heroicamente, que sus enemigos no logaron vencerlo; pero que la bilis acabó con él. Hasta el último instante de su existencia, actuó cual revolucionario, y cómo no lo iba a ser si desde la infancia cambió los juegos e ilusiones por la pólvora, las pistolas y las carabinas.

*Michoacán es un estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana.

**Apatzingán es una ciudad y un municipio que se ubica en el estado mexicano de Michoacán. Esa ciudad, situada en lo que se denomina «tierra caliente», fue fundada en el siglo XVII, en 1617, por misioneros franciscanos y agustinos.

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Historia de un gran amor. Familias Palafox del Río y Escalante Arroyo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No entendía la brevedad de la existencia. ¿A qué venimos al mundo, si la jornada es tan corta? ¿De qué sirven los momentos dichosos si, al final, cuando alguien parte, derramamos lágrimas y sentimos un vacío muy hondo? ¿La vida es real, es sueño, es una prueba, es juego, es el paso temporal por distintas estaciones, es el camino a un destino grandioso?

A mi entrañable amigo, Jorge Palafox Terán, con la gratitud y el recuerdo de siempre.

Lloró inconsolable. Las lágrimas deslizaron por su cutis demacrado al repasar la historia reciente de su existencia, al revisar los capítulos de amor e ilusiones. Miró, una y otra vez, los retratos del hombre de quien se enamoró desde los primeros años juveniles, cuando todo le parecía encantador y prodigioso. Le pareció, a partir de entonces, un gran personaje, un ser de capacidades y virtudes extraordinarias. No obstante, él, José Palafox y Díaz, yacía bajo una tumba silenciosa y solitaria, como son los mausoleos al sepultar uno a la gente tan amada y retirarse con su dolor y sus recuerdos, despiadados, silenciosos y fríos.

Observó las facciones de sus hijos -María Elena, José Luis y Jorge-, e intentó reconocer al padre en cada uno. Descubrió en los rostros infantiles, pedazos de su marido, dentista él que nació en la Ciudad de México, en la época ddel Porfiriato, durante los días de 1890, y murió a los 39 años de edad, en Puebla, en las horas de 1929.

Familia Palafox del Río, en 1920. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

El amor y la admiración de Elena del Río Rossainz hacia su marido, no fue secreto para nadie. Hoy, cuando su historia de romance reposa en la memoria del ayer, casi cubierta por el polvo del olvido, quedan, acaso como consuelo de que el amor es lo que salva, las dedicatorias que le escribió en el reverso de algunas fotografías.

Ya el 11 de agosto de 1907, tres años antes de que iniciara la Revolución Mexicana, ella escribió a quien más tarde, en 1914, se convertiría en su esposo: “alma y vida mía, quiera Dios que el placer que hoy experimentas al poseer este, y mi amor sublime, sea eterno. Si mañana llegaras a olvidarme, piensa que de ti dependen la vida y la felicidad de tu Elena”.

Así, también en la ciudad de Puebla, un 28 de noviembre de 1908, escribió: “alma mía, cuando al fin de mil penas veamos realizados nuestros ensueños, contemplaremos esta con placer. Que mientras, endulcen tus horas tristes. Tuya: Elena”.

Generalmente, al escribirle a su enamorado, se dirigía a él como “doctor don José Palafox y Díaz”. Como bella e intensa historia, un día, el amor de Elena y José culminó en el matrimonio. El 14 de agosto de 1918, cuando México se encontraba ante los abismos de su historia y de su destino, con todos los generales que se disputaban el poder tras el caos y el desastre nacional que generaron, ella escribió: “esposo, amado mío, ¡no me olvides jamás! Piensa que tu amor es mi vida. Tuya: Elena”. En otro retrato, simplemente redactó: “si algún día me olvidas, me moriría”.

Hija de una familia provinciana, Elena conoció a José cuando éste prestaba su servicio como dentista en Chalchicomula, Puebla, y se enamoró profundamente de él, hasta que, finalmente, en 1914, mientras la humanidad estaba distraída en efervescencias sociales y en la Primera Guerra Mundial, contrajo matrimonio con él y se mudaron a la capital del estado, donde fundaron una familia que parecía destinada a la felicidad; sin embargo, durante las horas aciagas de 1929, el hombre cerró los ojos y enmudeció; su cuerpo ya no presentó signos vitales y jamás volvió a emitir una palabra ni a dirigir una mirada de amor a la mujer. La muerte se interpuso entre ambos.

Al morir el cirujano dentista José Palafox y Díaz, su esposa, Elena del Río Rossainz, entristeció demasiado; pero no se doblegó y decidió, por lo mismo, marcharse a la Ciudad de México en busca de mejores oportunidades de bienestar para ella y sus tres hijos, entonces todavía pequeños, porque María Elena, la mayor, nació en 1915; José Luis, en 1918; Jorge, en tanto, en 1920.

La rueda de la vida gira incontenible y si una mañana, a una hora no recordada, se detiene en algún engranaje insospechado, otra tarde, en cambio, reposa en una orilla determinada. Así, mientras los hijos del matrimonio Palafox del Río crecían en la Ciudad de México, en Michoacán, al centro-occidente del país, se escribía la historia de una familia hasta entonces ajena a la de José y Elena. Una descendiente de la familia Escalante Arroyo -María Elena Terán Escalante-, emparentaría, en algún momento del siglo XX, con Jorge, el hijo menor de los Palafox del Río.

Hermanos Escalante Arroyo. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

El 10 de mayo de 1911, Salvador Escalante Pérez Gil, quien fungía como subprefecto de la región de Santa Clara del Cobre, en Michoacán, encabezó el primer levantamiento a favor de Francisco I Madero, el cual fue secundado por gran cantidad de gente. Francisco Ignacio Madero González, fue presidente de México del 6 de enero de 1911 al 19 de febrero de 1913.

Al morir Salvador Escalante en una de las contiendas de la Revolución Mexicana, Santa Clara del Cobre cambió su nombre por el de Villa Salvador Escalante. En enero de 1981, la cabecera recuperó el nombre de Santa Clara del Cobre y el municipio conservó el de Salvador Escalante en memoria, precisamente, de su héroe local.

Mientras aquel hombre, Salvador Escalante Pérez Gil, miraba de frente el rostro de la historia y trabajaba , sin darse cuenta, por una causa que inmortalizaría su nombre, en Morelia, la capital de Michoacán, moraba su esposa, una joven llamada Soledad Arroyo Sánchez, hija de Filomena Sánchez Rosiles y del español Juan Arroyo, a quien en esos primeros años de la vigésima centuria la gente conocía como “Judas, patas peludas”, por su participación anual, en semana santa, en la Pasión de Cristo.

Igual que en su hora, Elena del Río Rossainz se enamoró intensamente de José Palafox y Díaz, la otra, Soledad Arroyo Sánchez, años atrás quedó profundamente arrobada e ilusionada cuando conoció a Salvador Escalante, quien más tarde se convertiría en el héroe de Santa Clara del Cobre, del que el escritor José Rubén Romero, su antiguo secretario particular, haría referencia en una obra.

Salvador Escalante. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

Soledad tuvo la dicha de cumplir su sueño de contraer matrimonio con Salvador. El matrimonio tuvo nueve hijos, de los cuales, por cierto, casi todos murieron jóvenes; por eso, cuando el personaje aclamado en Santa Clara del Cobre, falleció en un combate durante el movimiento revolucionario, tiempo después, la hija del español “Judas, patas peludas”, decidió emigrar, como la otra familia -Palafox del Río-, a la que entonces no conocía, entre 1928 y 1929.

Una de las hijas de Soledad Arroyo Sánchez y Salvador Escalante, llamada María Teresa, también protagonizó una historia de romance en Morelia, capital de Michoacán, cuando conoció a Fernando Terán Quintana, que nació en Santander, España, y se sumó a quien años más tarde sería presidente de México, Lázaro Cárdenas del Río, para combatir en diferentes episodios durante la Revolución Mexicana que inició en 1910.

Acaso influida por el ejemplo de su padre -Salvador Escalante-, quien encabezó, en Santa Clara del Cobre, el primer levantamiento a favor de Francisco I Madero, o tal vez por la personalidad que irradiaba aquel español que se sumó al movimiento revolucionario -Fernando Terán Quintana-, ella, María Teresa Escalante Arroyo, no dudó, un día, en compartir los días de su existencia con ese hombre que lo mismo conversaba acerca del terruño, en España, que de la experiencia de viajar en barco por mares desolados o de combates en un estallido social que no le correspondía por no ser mexicano y en los que, no obstante, participó con valentía.

De aquel amor, la pareja tuvo una hija, María Elena Terán Escalante, quien años más tarde, ya en la Ciudad de México, se enamoraría y contraería matrimonio con Jorge Palafox del Río, exactamente el 27 de abril de 1946, época en que la humanidad comenzaba a reponerse de la sombra que le dejó la Segunda Guerra Mundial.

María Elena Terán Escalante, en 1925. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

Con María Elena Terán Escalante y Jorge Palafox del Río, hijos de dos parejas que protagonizaron historias de amor intensas e irrepetibles, los engranes de la vida y del destino coincidieron y grabaron los nombres y apellidos de otros hombres y mujeres que, igual que sus antepasados, escribieron las novelas de sus existencias en un rincón de México.

María Elena Terán Escalante. Cortesía: Jorge Palafox Terán.
  • Esta historia la he escrito en memoria de mi amigo, el inolvidable Jorge Palafox Terán, a quien prometí, antes de su fallecimiento, que la publicaría como un homenaje a sus antepasados y al amor que expresaron los personajes.
  • Las fotografías fueron proporcionadas por Jorge Palafox Terán y pertenecen a sus sucesores.

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Extraña afición

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Este relato se basa en hechos reales. Por una serie de circunstancias, mi padre conoció al protagonista de la historia que hoy narro, evidentemente con un apellido diferente para evitar daños a la imagen de un ser humano que murió hace muchas décadas, que no tuvo descendientes y que sintió, pensó, habló y actuó conforme a sus creencias y a su muy peculiar estilo de vida. Por insólito que parezca, el hecho fue real. Por su naturaleza, la trama puede resultar repugnante e insoportable para muchos lectores, e incluso provocar malestar. Su lectura no es apta para todos. En la hora contemporánea, el personaje, orgulloso de su linaje de cargador de número en uno de los mercados más tradicionales de la Ciudad de México, quien nació en postrimerías del siglo XIX y murió alrededor de 1940, hubiera sido condenado severamente por el trato despiadado que daba a los animales, específicamente a los gatos. Confieso que, al escribir el relato que este día les ofrezco, sentí dolor y tristeza, acaso porque amo la vida en cualquiera de sus expresiones, quizá por la atracción y el cariño que siento por los gatos que, aunque no tengo en mi casa, siempre me siguen, tal vez por saber que existen seres humanos que, ocultos, cometen atrocidades; no obstante, todo deja una lección y, por lo mismo, es necesario e importante conocer las realidades escondidas del mundo. Amemos a los animales y cuidémoslos responsablemente. He escrito esta historia que mi padre solía narrar, entre otras, durante la primavera de mi vida. Y vaya que mi padre vivió intensamente. Había que creerle.

Lo escuchó de nuevo. Oyó cuando trepó a la mesa. Sus lamidos eran inconfundibles. Con su presencia, el ambiente enrarecía y flotaba su hediondez, el olor de sus orines y de la suciedad apelmazada en su cuerpo, la mezcla de su saliva con la nata y la leche que devoraba con ansiedad y derramaba. No había duda. Estaba de regreso, como cada noche, sobre la mesa de madera, de la que saltaba hasta la estufa con residuos de leña y carbón.

Oyó sus pasos cautelosos. Husmeaba entre las cazuelas y las ollas de barro, próximo al canasto donde él, Onésimo Pérez, guardaba las tortillas de maíz y al recipiente que contenía la leche. Algo sucedía en la cocina, desde la primera noche que se introdujo por la ventana, que, al siguiente día, al amanecer, él descubría leche derramada en la mesa, trozos de nata en el suelo y huellas del visitante huidizo con el polvo carbonizado.

Los ratones habían disminuido en la casa. Tantos roedores nerviosos y de ojos saltones, refugiados en la alacena y debajo de la cómoda, desafiantes al peligro, ocultos en los trapos acumulados, en las cajas de madera -en México les llaman huacal o guacal-, capaces de depositar residuos fecales y pelos sobre los alimentos que robaban y tragaban, aparecían descuartizados e irreconocibles, a partir de la hora en que el gato descubrió el orificio de la ventana estrecha. Devoraba moscas, cucarachas y ratas jóvenes y viejas; dejaba, a cambio, pulgas que saltaban y coexistían con las chinches.

«El tío Paco», como le llamaba la gente, en la vecindad, ya conocía de memoria los ruidos que hacía el felino, quizá por tantas noches y madrugadas repetidas. El animal tragaba alimentos libremente, como si aquel cuarto le perteneciera. El hombre dormía en el suelo, en el otro cuarto, en un petate sucio por los años, apestoso por el sudor y la falta de aseo, roto por el uso e infestado de chinches, arañas, hormigas y cucarachas.

A las cuatro de la mañana, Onésimo Pérez despertó y se incorporó. Hizo a un lado la cobija apelmazada y descolorida, calzó los huaraches y caminó hasta el otro cuarto, donde se encontraban la cocina, la mesa y un espacio con cajas de madera, cubiertos con trapos, que ocupaba, algunas veces, para sentarse y recibir a sus escasos invitados.

Poca gente visitaba a «el tío Paco», quien, inculto, se presentaba como «Anésimo Pérez, cargador de número, pa´servirle a Dios y a asté», lo que significaba, en un lenguaje correcto, «Onésimo Pérez, cargador de número, para servir a Dios y a usted». Su carácter hostil, ahuyentaba a la gente que lo conocía y a sus propios familiares; sin embargo, quienes lo buscaban, lo hacían, tras recibir humillaciones y reprimendas, por la necesidad de solicitarle un préstamo con intereses muy altos.

Encendió una candela que colocó sobre la estufa de leña, donde se encontraban, entre leche, las huellas del gato que también aparecían, desafiantes, en la mesa de madera y en el piso de arcilla. Pateó un fragmento de la cazuela de barro que el felino tiró al cometer su fechoría y juró vengarse, atraparlo y darle una lección terrible; sin embargo, sonrió maléficamente al recordar un proyecto que databa de sus años de adolescente, cuando aún vivía en su pueblo, Amealco, Querétaro, al lado de sus amigos, con quienes huía al cerro del Vigía, mientras su padre, comerciante reconocido y hombre culto, ordenaba a los peones que lo buscaran y lo llevaran, por convencimiento o forzadamente, a la escuela. El padre sentía preocupación por el muchacho, quien nació en postrimerías del siglo XIX, el cual siempre había mostrado rebeldía.

Onésimo Pérez, sonriente, pensó que, si el gato se anticipaba y devoraba los alimentos, le facilitaría las condiciones para que ingresara por la ventana diminuta, con cristales rotos, para que se convirtiera, definitivamente, en su acompañante, en morador de la vivienda que, desde hacía años, rentaba en la vecindad de la calle Violeta, en el antiguo y tradicional barrio de La Lagunilla, en la Ciudad de México. Sí, el felino pardo y de ojos verdes, se volvería inquilino de aquellos dos cuartos que, generalmente, se encontraban en la penumbra.

Cerró la puerta de tablones y pasó el cerrojo. Caminó hasta el antiguo Mercado de San Juan, donde era conocido por los cargadores que no eran de número y, en consecuencia, envidiaban su lámina de latón, por los comerciantes que desde hacía años confiaban en él y por los clientes que preferían sus servicios por la experiencia y la garantía que ofrecía; además, era un personaje, un hombre que había llegado a la Ciudad de México desde los primeros años juveniles, en su huida de Amealco, su pueblo natal, en el que su padre lo regañaba y obligaba a estudiar y a hacerse cargo de los negocios familiares.

«El tío Paco», usaba un cinturón de piel de víbora, con doble fondo, en el que guardaba monedas de oro. Se jactaba, cuando le era posible, de las ganancias que obtenía como cargador de número y se burlaba, en cambio, de los catrines que tanto presumían por su aspecto, por su ropa, y carecían de dinero hasta para beber una taza con café, endulzado con piloncillo.

Mientras caminaba hacia el mercado de San Juan, pensaba en el gato pardo que todas las noches husmeaba y robaba su comida; aunque, en ciertos instantes, sus reflexiones eran interrumpidas por el espectáculo de borrachos que permanecían dormidos en las calles de tierra, entre charcos de orines y vómito, cerca de las cantinas, donde algunas señoras colocaban anafres en los que preparaban fritangas.

Desde temprano, las cantinas ofrecían sus servicios, tanto en su departamento para hombres como en el de mujeres, que era más reducido. En los muros, generalmente había letreros que prohibían el paso a policías, soldados y menores de edad. En el área para hombres, había una barra, bancos, mesas y sillas, con la proximidad de escupideras y con aserrín disperso en el suelo. El espacio de las mujeres era más reducido y solo contaba con barra y bancos. Las piernas de las damas ebrias, escurridas de mugre, se veían debajo de las puertas.

«El tío Paco» se sentía ufano al pensar que le sobraba dinero para consumir pulque, comer fritangas e invitar a las mujeres borrachas a alguna de las pocilgas que abundaban en las callejuelas de La Lagunilla; pero evitaba derrochar el dinero, pensaba que era necesario acumularlo con el objetivo de evitar la hambruna y la miseria que afectó a tantas familias durante el movimiento revolucionario de 1910 y los años posteriores.

Onésimo Pérez, ufano por su placa de latón que lo acreditaba como cargador de número, había llegado muy joven al mercado de San Juan, uno de los más antiguos de la Ciudad de México, donde hasta la fecha se cuenta, incluso, que en la época colonial se comercializaban esclavos. Él lo sabía. Conocía la historia. Los comerciantes lo recomendaban porque sabían que «el tío Paco», a pesar de no querer cultivar su educación, era incapaz de robar o traicionarlos, y así, ante la envidia y el coraje de los cargadores no reconocidos, lo contrataban y proporcionaban excelentes referencias de él a los clientes. Los cargadores de número eran escasos y respetables; aunque, en verdad, sus tarifas parecían superiores a las de sus compañeros no calificados.

«El tío Paco» cargaba flores, huacales con fruta y verdura, costales con frijoles y semillas, bultos, leña, carbón, jaulas con animales; además, participaba en mudanzas de casas, en sostener ataúdes y petates con cadáveres, mientras los dolientes lloraban, trabajo, este último, al que lo había invitado su primo, Julianito Pérez, quien era velador del panteón de Dolores, cerca de Chapultepec, el mismo que en las noches, casi de madrugada, abría el portón a los sepultureros con la finalidad de profanar tumbas.

Al concluir las labores, en el mercado, los cargadores iban a las cantinas y a las tepacherías, o se marchaban con las suripantas a los cuartos que algunos hombres rentaban en las vecindades, en callejuelas desoladas y peligrosas, mientras «el tío Paco» se dirigía al puesto de comida de doña Carmela, su amiga y confidente, quien años más tarde viviría con él durante cierta temporada, hasta que él murió, alrededor de 1940.

Esa tarde, Onésimo Pérez, irreconocible, compró retazos de pollo y leche, que colocó en platos de barro, cerca de la ventana de la cocina. No prendió la candela. Esperó, pacientemente, a que el gato pardo se introdujera por los orificios, entre cristales afilados y rotos. La comida estaba servida. Cuando, por fin, el animal ingresó a la vivienda, se dirigió a los dos platos, al que contenía la leche y al del pollo, y procedió a devorar los alimentos.

Aprovechó «el tío Paco» para aparecer con una vela prendida y colocarse muy próximo a la ventana, la única opción que tenía el felino para escapar. El gato pardo interrumpió su comida y atisbó al cargador de número, quien permaneció atento e inmóvil, actitud que dio confianza al animal para seguir devorando la leche y el pollo. Cuando terminó, lamió el plato de barro y el suelo, hasta que acabó con la leche. Miró al hombre, que aún permanecía cerca de la ventana. quien le ofreció, en silencio, trozos de rabadillas, pescuezos y tripas de pollo, comida extra que aceptó tras un ronroneo.

La escena se repitió, hasta que el gato, acariciado por «el tío Paco», se volvió meloso y perdió su rapacidad felina. Levantaba la cola y tallaba suavemente su cuerpo contra las piernas del cargador, quien le ofrecía nata, leche y pollo. El felino se estaba haciendo doméstico y, como todo animal de casa, se parecía a su amo. Eso es lo que deseaba Onésimo Pérez.

Otro día, el cargador sirvió carne en un plato. El gato pardo entró por la ventana de los cristales rotos, como todas las tardes y noches. «El tío Paco» se acercó sigiloso y acarició el lomo del felino. Lo acarició una y otra vez. Disfrutaba observar al animal que cerraba los ojos, mullía, bostezaba y mantenía sus bigotes quietos.

El cargador de número volvió a acariciar a la mascota que se sentía consentida y a veces hasta dormía en la cocina, sobre un trapo deshilachado y sucio. Cuando más feliz y seguro se sentía, al lado de su protector, en una pocilga que parecía su refugio, Onésimo Pérez repitió las caricias. Al cerrar los ojos el felino, «el tío Paco» le apretó el pescuezo con la mano izquierda y, con la otra, la derecha, hirió su lomo con un machete. El cuerpo desesperado y trémulo del animal, convulsionó, perdió calor y enfrió. Desangró. El hombre lo lavó cuidadosamente, extrajo los órganos y la sangre, lo disecó y lo colgó en un mecate que atravesaba la cocina, de una pared a otra, y, ya preparado, lo abrazó sonriente y lo escondió debajo de un petate, como quien oculta algo muy preciado.

Todos los días, al regresar del mercado, el cargador de número colocaba leche, nata y carne de pollo con la idea de atraer otro felino. Los gatos noctámbulos maullaban, corrían por las azoteas del vecindario y espiaban a los moradores de los cuartos, a los niños enflaquecidos, a las señoras que salían de los cuartos a los sanitarios colectivos, a los amantes que carcajeaban, a los jóvenes que a hurtadillas acudían a las citas con sus enamorados, a los ebrios que se tambaleaban y caían al suelo.

Era hermoso, tan blanco como la leche que bebía en el plato de barro y derramaba en el piso, donde se reflejaban sus ojos rasgados, su mirada de azul profundo, acechantes y al natural. Llegó una tarde, tras reñir con un perro de la vecindad, con una pata herida que «el tío Paco» curó, ambicioso, paciente y despiadado. Lo sanaba, le ofrecía alimento, para después, al cabo de varios días, hundirle el puñal en el lomo o en la yugular.

Parecía que el nuevo inquilino sentía gratitud y simpatía por el señor de la casa, su benefactor, por recibirlo maltrecho, por curar las heridas que le provocó el perro agresivo de la vecindad, por ofrecerle agua, comida y un trapo para echarse y dormir en un rincón de la pocilga.

Renunció a sus andanzas con otros gatos, en las azoteas y en los patios de la vecindad, en los baños hediondos y enlodados que usaban todos los inquilinos y en los lavaderos comunes, donde las abuelas diabéticas se asoleaban, los niños y adolescentes andrajosos jugaban y se correteaban, los jóvenes se escondían con sus novias y las señoras intercambiaban chismes y discusiones, en una competencia, entre la ropa deshilachada que colgaba de los tendederos, por calentarse y secarse.

Una noche, mientras llovía torrencialmente, Onésimo Pérez encendió una vela y asomó, sigilosamente, a la cocina. Observó al gato blanco, de ojos color topacio, profundamente dormido, libre del nerviosismo y de las inquietudes que sienten los animales que no disponen de un refugio seguro ni de un ser humano que los atienda y les entregue su ternura. Se aproximó, en silencio, al felino, y, en cuclillas, se deleitó con el sueño de su huésped.

El gato blanco, joven y ligero, ejercía un hechizo inexplicable sobre «el tío Paco», dispuesto a no perder aquel ejemplar que le parecía irrepetible y valioso. Como quien se encuentra al acecho de un tesoro del que en breve se apropiará a cualquier costo, «el tío Paco» hundió el cuchillo en el abdomen del animal. De inmediato, mientras el felino despertaba y transitaba de su sueño apacible al dolor mortal, y se retorcía, el cargador de número clavó de nuevo el puñal. Quería evitar que la sangre rojiza manchara el pelaje blanco del animal.

Repitió el procedimiento de disecación. Igual que con el gato pardo, con el blanco siguió la fórmula, como lo hacía en Amealco, cuando era niño, al cazar liebres, al lado de sus amigos que escapaban del colegio, para irse al cerro del Vigía y a otros parajes insospechados. Ocultó, emocionado, la piel de su preciado gato blanco, el mejor de sus trofeos.

Le urgían, para su colección, gatos cafés, negros, cremas, grises y del mayor número de colores y tamaño, hembras y machos, para satisfacer su ambición, su anhelo de formar un tapete con las pieles disecadas. Entre la puerta de su vivienda y la cocina, donde se encontraba la mesa de madera, existía una superficie considerable, apenas cubierta con huacales. Era el espacio donde colocaría su tapete gatuno. Gradualmente, llegaron a su vivienda diferentes tipos de gatos, unos amables y elegantes, otros hostiles y algunos feos o bonitos. Él anhelaba, parece, una alfombra que resumiera el mundo casi inexplicable de los gatos, esa naturaleza tan insólita de los felinos que a muchos cautiva y a otros tantos aterra.

Cuando Onésimo Pérez se encontraba en el mercado, con las cargas de flores, costales con semillas y frijoles, bultos de cañas, carbón y leña, jaulas de madera y alambre con animales, gallinas, puercos, guajolotes y huacales con verdura y fruta, repasaba con placer los ejemplares de felinos disecados que formaban parte de su colección e imaginaba que pronto, como lo había soñado, podría unir las pieles. Necesitaba comprar agujas e hilos. Todas las noches, alumbrado con la luz tenue de la vela, cosería y uniría las pieles disecadas.

Se sabía héroe de sus silencios y de los maullidos apagados, dentro de su pocilga; triunfador de diversas batallas contra los gatos astutos que devoraban la leche y los alimentos que él compraba con la intención de compensar el agotamiento de su oficio, en el tradicional mercado de San Juan. Estaba ocupado en su pasión, en su delirio, en su afición. Confeccionaría un tapete enorme, multicolor, suave. Cada gato, en la alfombra, tendría un nombre, una historia, un recuerdo, un mote, una satisfacción, algo especial e indescifrable que solo él experimentaría al acostarse sobre las pieles. Un gato enorme con innumerables formas, tamaños y colores.

«El tío Paco», quien prestaba dinero a rédito a comerciantes desfalcados, a ebrios capaces de empeñar hasta sus casas y a catrines que tanto criticaba y aborrecía, confeccionó una alfombra impresionante y de dimensiones extraordinarias. Cada gato disecado y unido a otros más, con una tonalidad, un suspiro y un relato sobre sus días postreros y su trágica muerte, tardía o temprana, significaba una fecha, un plan, una emoción, un acto..

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El talento de quien siente admiración, respeto y asombro ante la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Conozco una mujer que experimentó los horrores de la Segunda Guerra Mundial y que, no obstante, ama la vida y recorre sus caminos con alegría, rectitud y sabiduría. Ha viajado por el mundo. Lo conoce muy bien porque no se conforma con el paseo superficial que le ofrece cada lugar. Es una buscadora de historias, detalles, rostros, formas, costumbres, motivos y tradiciones. Siente deleite al conocer gente, al recorrer vestigios de otras horas y al descubrir estilos de vida que, generalmente, pasan desapercibidos por los turistas comunes. Entra a los mercados, a las ruinas, a los barrios, a los escondrijos del mundo. Toma fotografías con sensibilidad y talento, capta imágenes con la pasión de quien siente asombro, respeto y admiración ante los detalles y el milagro de la vida. Es una mujer inagotable que sabe que el tiempo y la vida son para experimentarlos plenamente, dejar huellas y trascender. Vive en Alemania, al lado de su familia, con el deleite de compartir sus letras y sus colores, sus palabras y sus fotos, con lo que ha encontrado al caminar por el mundo. Ella, Rosemarie Schade, es una dama, una de esas personas que, al conocerlas y tratarlas, no se olvidan por su amabilidad, su educación, sus valores y su experiencia. Hoy, simplemente, le dedico este espacio con el arte de mis letras.

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Las otras páginas de nuestras existencias

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Somos libro de papel, colección de páginas escritas ayer y otros días, cúmulo de hojas por registrar las historias de cada instante. Contenemos, en nosotros, relatos de amaneceres y de anocheceres, de mediodías y de atardeceres, con los acentos y la puntuación de nuestros recorridos. Estamos insertos en las páginas con aroma a tinta y a papel, a realidades y a sueños. a encantos y a desencantos. Tenemos portada, hasta con nombre y con título; aunque no todos conocen nuestros escritos, la lectura que guardamos en cada capítulo y que reservamos, quizá, para que alguien y otros más la consulten en el minuto postrero de la existencia. Formamos parte de un libro, a veces correctamente encuadernado y, en ocasiones, por cierto, despastado, y no sé, en mi caso, si las páginas se encuentran acomodadas o dispersas. Necesito revisarlo, ordenar mi reseña, para que otros, al leerla, comprendan mis motivos, mis detalles, mis rutas, mis delirios. Somos compendios. Es inevitable renunciar a lo que somos. Unos insisten en que otros conozcan exclusivamente la portada o acaso el lado extremo -la contraportada-, y esconden la introducción, el prólogo, la presentación, y las narraciones sucesivas; algunos, en cambio, muestran todas las líneas impresas y no reservan sorpresas; hay quienes gradualmente muestran el contenido. Somos libros que desprenden fragancias de otros tiempos y perfumes de estos días -tal vez, con suerte, de temporadas sucesivas-, y olemos a papel y a tinta. Me pregunto si seremos capaces, en algún instante, de repasar, comprender y asimilar nuestras historias, los relatos que registramos desde que nacimos hasta el minuto final, con sus lecciones ocultas, o si quedaremos en anaqueles olvidados y empolvados, junto con otros libros, o, definitivamente, en el mercado de obras despastadas, viejas, perforadas por la polilla y despreciadas por los lectores. Creo que dependerá, en mucho, del contenido.

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Mujeres de siempre. Tania Brito Melo, de niña soñadora e ingenua a poeta inolvidable y creativa

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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«Que las mujeres siempre levanten la cabeza dignamente y no dejen caer la corona. Somos princesas de Dios y tenemos derecho de ser lo que queramos. Que nunca admitan violencia física, patrimonial, verbal o de otro tipo. Que sean firmes en sus convicciones y denuncien cualquier forma de horror… Sean persistentes, libres, y sostengan su corona. Nacimos para brillar en el mundo. Traten siempre de leer buenos libros. Luchen por un mundo mejor». Tania Brito Melo

Tejía historias, cosía quimeras, hilvanaba sueños, y también escuchaba relatos aquellas noches de su infancia y hasta los leía en los libros, en las palabras, en las letras impresas en las páginas que olían a tinta, en las hojas con aroma a papel, en un mundo bello, libre y mágico. Era una niñez dulce e inocente que, en las noches, antes de dormir, sentía el amor profundo de su madre y escuchaba las narraciones de su padre, hasta que se entregaba al sueño más profundo, al que solo tienen acceso los artistas y las musas.

Su padre y su madre fueron sus primeros maestros. Sabían que con el ejemplo, la pequeña aprendería a ser una persona con sentimientos nobles, pensamientos libres e ideales supremos. La motivaban cotidianamente al aprendizaje, al estudio, al conocimiento, a ensayar la vida una y otra vez, sin temor a equivocarse, porque de eso se trata, de esculpirse a sí mismo.

Tania, Tania María de Jesús Brito de Melo, quien nació en la ciudad de Taguatinga, en el Distrito Federal de Brasil, y que años más tarde, ya como escritora, utilizaría el seudónimo Tania Melo o Tania Brito Melo, fue una niña «llena de inspiración y sueños», e incluso «las bromas y las competencias entre amigos eran mis pasatiempos favoritos».

Al mirar atrás, a los otros años, a la época dorada, Tania, la poeta, manifiesta que «tenía una gran familia, integrada por 12 hermanos, e incontables amigos. Había un juego que denominábamos Estatua y conistía en que todos los niños corrían, mientras otro pequeño daba la orden de que paráramos, lo que significaba que debíamos permanecer inmóviles. Quienes se movían, eran expulsados del juego. Había otras competencias, entre las que destacaban las de atrapar-esconderse y dónde está el anillo. Jugábamos a la pelota».

Entre sus palabras y sus sielencios, Tania confiesa que siempre le gustó escribir. De hecho, «comencé a escribir poesía a los 12 años de edad. Me encantaba leer buenos libros, admirar las puestas de sol y observar los matices de la naturaleza…»

Habla, calla y suspira como poeta, y en verdad lo es esta artista de las letras, quien, sonriente y, a la vez nostálgica, asegura que registró todo lo que le fascinaba y motivaba, en un cuaderno. Utilizaba un lápiz. Paisajes, motivos, detalles, cosas, gente, todo quedó plasmado en aquellas páginas que de alguna manera ponían a prueba su capacidad y su talento de artista.

Artista e intelectual, Tania Brito Melo hace pausas con laa intención de extraer historias y recuerdos de su memoria, acontecimientos y capítulos que naufragan en el ayer y en las remembranzas. Emocionada, platica sobre los instantes y los años que fueron tan suyos: «creí en las hadas y en las reinas, en los hombres del saco, en la cigüeña que voló en el cielo para traer a mis hermanos, en Santa Claus, en una varita mágica, en brujas, en duendes de un bosque encantado. Me gustaba jugar con Topo Gigio, un juguete de mi época primaveral. Bebí refresco Crusch y formulé innumerables preguntas, como ¿dónde está el brazo de la silla?, ¿dónde estará la cabeza del alfiler?, ¿dónde está la leche, la leche del diente de leche? Me gustaban los cacahuates, los dulces y el rompe barbillas. Pregunté: ¿dónde está el pie del niño?, ¿dónde está la barbilla rota? Interrogué sobre todo lo que deseaba saber».

Es la misma Tania quien evoca a su padre, al que preguntó si el maíz tenía cabello porque él solía llamarle «pelo de elote». Ella era muy rubia. Incluso, ganó pimer lugar en un concurso para Miss Brasil. Sonríe y confiesa que fue comparada con Miss Brasil Marta Rocha.

Y siguió la primavera existencial, como el vuelo de una mariposa, la elegancia y el perfume de una flor y la sencillez de un helecho. Encantada de repasar su biografía, las páginas que una vez que transcurren los años quedan almacenadas en el desván de la memoria, Tania expresa que «fue un período lleno de alegrías, inspiraciones y logros. Estudié mucho, pero me encantaron los programas de televisión «La bruja», «Jeanne es un genio» y » Capitán América»; adicionalmente, leí revistas y novelas, y miré películas como «La Cenicienta». Tuve gran cantidad de amigos. Yo era como la mujer gato».

Estudió Administración de Empresasa, Bibliotecología y Pedagogía; sin embargo, el amor y la pasión por el arte germinaron en ella desde que era niña. Deshilvana el ayer, su historia, su biografía, antes de aclarar: «siempre fui muy creativa y original. Creaba artesanías de crochet, con hilos y bolsos de costura, y muchos complementos de moda como calzado, sombreros, collares y otros. Más allá de dedicarme a la poesía, escribí relatos románticos, cuentos y canciones. Era una creadora incansable que exploraba todas las rutas del arte».

Tras reconocer que uno de los obstáculos más grandes que enfrentan los autores son, precisamente, los altos costos en la impresión de libros, situación que es un problema a nivel global, Tania refiere que es madre de tres hijos, los cuales, por cierto «son mis mejores trabajos».

Orgullosa de su familia -la de ayer y la de hoy-, la escritora menciona que en 2014, Editorial Semear publicó su libro infantil El cantante Leonardo y su granja, sin omitir que tiene obras terminadas, entre las que destacan A jornada de um Cancango, Alfabeto do amor, A Estrelinha Dourada, O grande painter, Sonhos de crianca, Poemas arrebatados, Poems para amor, El señor Dios de los vientos, El hada mariazinha, Marquinho donante de amor, El nuño pez, Camila comilona juguetona, Quedo en tu amor, Mundo feliz, La biblioteca parlante, Ilumunar, Pueblo de papirus, Construcciones técnicas de literatura infantil, Poemas al amor, Poemas de aninales y Brasil de la inspiración.

Alegre, conversadora, amable, creativa y ocurrente, la escritora y poeta brasileña escucha atenta y responde la pregunta relacionada con los espacios y foros donde publica sus obras. Enumera: Editorial: Semar-Brasil; Darda Editora: EHS Editora; Brincando com poesías; Coletâneas Darda Editora; Editora Sucesso; UNY Editora; Editora issu en Portugal; Editora Assis; Revista Internacional de Literatura y Arte, con poetas y escritores españoles, italianos y portugueses; Universo Poético, con Drugot Letras y otras participaciones con poetas y escritores en antologías: Editor de EHS, Flor da Manhã; Jugando con la poesía, Darda Editora; Antologías Poesía sin fronteras; Brasil Poética, Preses y oraciones. Y también en Editorial Vivendo Criança II UNY. Dardo editor de refloración. Un sueño para todos. Esencia poética, Acuarela de emociones. Antologías navideñas con José Sepulveda en Portugal. Ebooks, y con encuentro de poetas y amistades con Sandra Galante. Escribo para periódicos y revistas: Revista eisfluencias da Fênix, para 32 países, con Carmo Vasconcelos y Henrique Lacerda, de Lisboa; participo en la Revista Arte Toscano, de Colombia, apoyando a Nelson Ortega; Revista Universe Poetic, Revista América sin Fronteras.

Rodeada de apuntes y libros, la escritora y poeta que ha sabido ganar la simpatía del público lector, expone que también publica en los siguientes sitios: Blogs pot meuspoemascomarte. com, página Caneta Criativa Poemas de Tânia Brito Melo, página Agulha Criativa de Tânia Brito Melo artes e espetáculos, grupo Aldeia de Papirus de Tânia Brito Melo e amigos, CPP-Casa do Poeta e da Poesia recanto das Letras Oficial Facebook / Tânia Brito Melo Instagam, Tânia Brito Melo Revista América sin fronteira, Academia Mundial de Cultura e Letras. Brasil Academia Literária música e arte. Academia Internacional de União Cultural, La Academia Nacional e Internacional de la poesia SMGE Sede Tulancinto.

A una mujer tan extraordinaria, hay que preguntarle cuáles son sus proyectos como artista e intelectual. Sonríe. Calla durante algunos segundos. Bebe agua y expresa: «mi mayor proyecto es llevar la lectura y la poesía por todo el mundo y cultivar la paz para la humanidad. Soy embajadora cultural del Foro Mundial por la Paz y la Humanía (Derechos) y embajadora del Colectivo Cultural Internacional de la Utopía Poética Universal, de los poetas más grandes del mundo. Asimismo, soy directora de la Revista América Sin Frontier, con sede en Brasil. He transformado el poema y la música en la ciudad de Portugal, con Antônio Teixeira, maestro, músico y compositor de Cabeceira de Basto.

La plática llega a un tema especia: el de hoy es un mundo complicado. ¿Qué consejos darías a las mujeres que aún no se atreven a dar los primeros pasos y a realizarse plenamente? Escucha, asimila el sentido de la interrogante, mantiene silencio por un rato y aconseja: «que siempre levanten la cabeza dignamente y no dejen caer la corona. Somos princesas de Dios y tenemos derecho de ser lo que queramos. Que nunca admitan violencia física, patrimonial, verbal o de otro tipo. Que sean firmes en sus convicciones y denuncien cualquier forma de horror».

Y agrega, dirigiéndose especialmente a las mujeres de aquí y de allá, en minúsculas y en mayúsculas, en todo el mundo: «sean persistentes, libres, y sostengan su corona. Nacimos para brillar en el mundo. Traten siempre de leer buenos libros. Luchen por un mundo mejor».

Tanto la pregunta como la respuesta conducen, naturalmente, a otra interregante: ¿hay esperanza de ser felices y vivir dignamente en un mundo que parece roto? Contesta, segura de sí, sencilla, inteligente, sensata: «creo que la vida es un regalo divino. Con las oportunidades que tenemos, adquirimos capacidad. Vivimos horas felices y horas tristes. Al caer, es necesario levantarnos, reacción que dependerá, en gran medida, de nuestra propia perseverancia. Cuando aprendemos mucho de los errores y aciertos, notamos que la vida es única y maravillosa. La existencia pasa rápido, pero con Dios en nuestro camino, siempre llegaremos a la meta con la victoria».

Tania, Tania Brito Melo, es agradable, quizá una de esas artistas e intelectuales que resplandecen por ser extraordinarias y, a la vez, sencillas en su estilo de vida, al hablar con otras personas, al responder, al diluir los minutos y los días de la vida. Habla acerca de su trayectoria poética y literaria, dentro de su vida de artista e intelectual, es decir, desde publicaciones, presentaciones, responsabilidades profesionales, organización de eventos, etcétera. Y habla: «participo en veladas literarias presenciales y virtuales, concursos literários, e incluso, alguna vez, formé parte del Comité de Jueces de Poemas. Escribo cuentos para estudiantes en escueuelas. Colaboro en talleres artesanales. Imparto conferencias sobre lecturas y en teatro con mis poemas. Entrevisto a poetas y escritores, entre otras actividades».

Cuán breves son los momentos de la existencia. La vida parece un poema que se escribe y se diluye, paralelamente, mientras el artista recoge, inagotable, las letras del abecedario, que enlaza en un romance sin final, inspirado en los dictados de Dios, en las confesiones del universo, en el palpitar de la creación.

Antes de cerrar las puertas y las ventanas de las remembranzas, Tania María de Jesús Brito de Melo, la poeta, la intelectual, la mujer, la escritora, declara: «soy yo misma. A veces no soy yo. Puedo compararme con un deseo. O una gran esperanza. Insecto volador de color verde. Una melodía motivadora. Un deseo de búsqueda. De los caminos de las nubes. Gran descubrimiento como el cielo azul. De tal perfección. En el movimiento del tiempo levanto el camino a las estrellas. A veces no soy yo. Me pongo en la piel de los demás, en un inexplicable deseo, del encuentro con el hermoso día. A veces soy como una rosa. Bailo contra el viento. Y siento mi raíz firme. Soy como un gato dulce y busco regazo. Me correspondo con mis abrazos. Soy como un pájaro. Libre para volar alto. Y trato de cuidar mi nido. Soy como una oveja, suelta en el paso sin rumbo, pero fuerte en mi mente todavía. Soy como mariposa, que se renueva cada día. O incluso un simple capullo. Olor a hierba. Cuando me siento sola, enmedio del mundo, miro la naturaleza y renuevo mis fuerzas, en vibración con el Creador. Subo al arcoíris y siento una gran alegría de ser convertida en amor. Enronces me siento yo misma».

Se marcha Tania, como llegó, contenta, igual que esos seres humanos que resultan bellos, irrepetibles, extraordinarios e inolvidables, una poeta grandiosa, una mujer de siempre.

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A continuación, uno de los poemas de Tania Brito Melo: