El Movimiento Continuo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Era soñador e idealista. Le atraían y cautivaban el arte y la ciencia. Sabía que los seres humanos no vienen al mundo con la encomienda de actuar como parásitos, porque cada persona, hombre o mujer, tiene la misión de evolucionar, crecer, medirse y aportar lo mejor de sí para bien suyo y de los demás. Así lo entendió desde niño, y lo hizo lo mejor que pudo cada día de su vida. Y si probó, a su corta edad, la experiencia de montar un elefante y pasear por las calles, y muchos años después volar un avión de dos alas y, también, en otro tiempo, participar en el desembarco de Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, es innegable que en alguna de las aulas de la escuela primaria “Los Pinitos”, aprendió y jugó, soñó y vivió, con la idea fija de que la humanidad necesitaba una fórmula que evitara contaminación y explotación irracional de recursos. Artista y pensador, también era, a los 10 años de edad, inventor. Si nació en 1920, significa que en 1930 ya vislumbraba la catástrofe futura del planeta, motivo por el que decidió consagrar parte de su existencia a descubrir la fórmula científica del Movimiento Continuo, reto descomunal si se considera la dificultad de que un sistema genere energía por sí mismo; sin embargo, se prometió, a pesar de los desafíos, las mofas y los obstáculos, dar algo a la gente, sin importar creencias, niveles educativos, capacidad económica y razas. Si lograba descubrir el Movimiento Continuo, lo patentaría y el mismo día lo regalaría al mundo. Sabía que en el camino de sus investigaciones, toparía con intereses brutales y despiadados, como no desconocía, igualmente, que la mayoría de las personas no lo entenderían en esa etapa de la historia. Y así dedicó muchos años a trabajar, en la desolación y el silencio de su buhardilla, pasión que mezcló, en diferentes etapas de su existencia, con el estudio, la arqueología, la enseñanza en una escuela, el aislamiento en una celda monástica de los franciscanos, la incursión juvenil en la industria del zapato, sus posteriores empleos y la convivencia familiar Contrajo matrimonio cuando estaba próximo a cumplir 40 años de edad. Escribía, dibujaba, esculpía, pintaba y sabía tocar el violín; pero siempre estaba atento a su familia, a sus responsabilidades profesionales y laborales y a sus inventos. La gente, cuando escuchaba su intención de crear el Movimiento Continuo, no entendía el significado que tendría para el mundo evitar el abuso en el consumo de hidrocarburos. Resultaba muy temprano para que la mayoría comprendiera la crisis que ensombrecería al planeta. Otros lo calificaban de soñador. Él siguió. Hacía sus apuntes y sus experimentos, unas veces con la emoción de sentirse próximo a la culminación de su invento, y otras ocasiones, en cambio, decaído y triste por las pruebas fallidas; sin embargo, jamás renunció a su proyecto ni lo rindieron las adversidades. Una madrugada, al dormir, sufrió un infarto que lo hizo pasar por la transición, y su proyecto de inventar algo extraordinario y de beneficio mundial, perdió a su impulsor. Ya se había despedido de su familia con anticipación. Le dolía que su trabajo científico e invento, quedaran inconclusos. Lamentablemente, en aquellos días, los de la década de los 80, en el siglo XX, se extraviaron sus apuntes y ahora, en 2021, cuando la humanidad requiere con urgencia transitar a fuentes de energía superiores, a pesar de los intereses mezquinos y egoístas de ciertos grupúsculos que controlan al mundo y, a la vez, pregonan que resulta perentorio emprender acciones para evitar que los trastornos climáticos dañen más al planeta, es imposible rescatar sus libretas. No ignoraba que en otros laboratorios, establecidos en distintas regiones del planeta, existían fórmulas y descubrimientos sobre el mismo tema, quizá hasta más avanzados, recluidos en archivos empolvados y resguardados por una élite ambiciosa y con exceso de poder. Él, mi padre, soñaba regalar a las naciones un beneficio, la generación de energía limpia, el Movimiento Continuo. Si hubiera vivido mayor cantidad de años, seguramente habría inventado o, al menos, aportado a la ciencia; no obstante, me pregunto si los intereses de la élite que controla a la humanidad, aprobarían alguna invención que atentara contra sus intereses. Creo que no. Hubieran aplastado a mi padre y sus aportaciones, como lo hizo, en su momento, el titular de un noticiero de televisión, entre postrimerías de la década de los 60 e inicio de la de los 70, en el siglo XX, quien, majadero y soberbio, se mofó de él y le aconsejó que mejor se dedicara a otra clase de actividades y no a rasguñar al poder. Hoy rindo homenaje a mi padre, con el amor, la gratitud, el respeto y la admiración que me inspira su figura. Fue un honor ser su hijo, y lo es, no lo niego, desde el plano donde se encuentra,

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Niños. Adolescentes. Jóvenes.

Renata Sofía, una artista, una flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay seres humanos extraordinarios por su esencia y por lo que son. Silenciosos, navegan en sus sueños y en sus vivencias, en sus sentimientos y en sus ideas, igual que las estrellas que uno mira arrobado cuando es tan joven. Cautiva al mirarla en su taller, entregada a su arte, a la pintura que le apasiona desde que era muy pequeña; pero también llama la atención su figura cuando es dama y, en plena adolescencia, asoma a la ventana y observa el jardín, o al cocinar espagueti y pizza que tanto le gustan y al prepararse con la intención de seguir sus lecciones de taekwondo. Es adolescente. Con la ilusión de toda joven, cumplió 15 años de edad, década y media de una existencia bella y pura, en aprendizaje continuo, con sueños maravillosos e ideales que la transportan a fronteras y mundos prodigiosos. Renata, como le llama su padre, es Sofía, cual es nombrada por su madre, porque, finalmente, se trata de una sola persona, en femenino y todavía en minúsculas, Renata Sofía, quien baila, bromea, canta, ríe, juega, estudia y planea una existencia bella e inolvidable, digna y libre, equilibrada y armónica. Recuerda, por su educación, a aquellas niñas, adolescentes y jóvenes risueñas y amables, virtuosas y dispuestas a ser mujeres, damas, seres humanos, ángeles. Es una persona real que, en la ciudad tan distante en la que vive, mantiene sus ilusiones y confía en que otro día, al amanecer de nuevo, surgirá la oportunidad de volar a horizontes grandiosos. Sabe esperar. Reconoce que la vida empieza cada instante. Se está preparando con la finalidad de acudir, puntual y de frente, a su grandiosa cita con el destino. Anhela vivir intensamente feliz y dar lo mejor de sí a los demás.. Pretende construir puentes y rutas a la cima y a la luz. Uno, al conocer biografías tan maravillosas, suspira y se repite en silencio: “qué bendición tan grande es, sin duda, tener una hija que se percibe es regalo del cielo”.

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Luis Navarro García, una marca que da confianza

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es una marca humana que da confianza. Es su cumpleaños. Es un ser humano extraordinario. un hombre bueno y honesto que ha acumulado experiencia y cuenta con una trayectoria reconocida como empresario y funcionario público municipal, estatal y federal.

Ante todo, es un ser humano, una persona, un hombre que nació en Morelia, capital de Michoacán -estado que se localiza al centro-occidente de México-, donde su nombre y sus apellidos permanecen grabados en la memoria de la gente que lo conoce y que, en algún momento de sus vidas, lo han tratado.

Se trata, obviamente, de Luis Navarro García, el hombre que, a pesar del enojo de quienes lo consideran adversario e incluso obstáculo para sus aspiraciones políticas, se encuentra presente, desde hace meses, en el transporte público y en las azoteas -en los espectaculares-, con la promoción de su iniciativa ciudadana “Morelia nos toca”, orientada a la participación social, a trabajar en proyectos integrales bajo la fórmula autoridades-población y a propiciar el desarrollo, el bien común y transformaciones sustanciales en todos los ámbitos.

Es el mismo personaje amable, sonriente y honesto con quien colaboré, profesionalmente, hace algunos años, cuando impulsó con éxito el programa ciudadano “Haz barrio”, tendiente a fomentar el consumo local, dinamizar la economía municipal y regional y fortalecer los negocios pequeños, el autoempleo, las empresas familiares.

Me consta que entonces, como titular de una dependencia municipal responsable de la economía y las inversiones en Morelia, dio lo mejor de sí, presentó resultados positivos y logró, como hoy con su propuesta, colocar “Haz barrio” en un peldaño de excelencia que propició despertar conciencias sobre la relevancia, necesidad y urgencia de apoyar el consumo local, proyecto que más tarde, en la siguiente administración, fue desdeñado.

Uno, parece, no termina de conocer a las personas. En las horas de los desafíos, los planes y los retos, es cuando, generalmente, hombres y mujeres se prueban realmente y demuestran de qué clase de arcilla están hechos.

Hace algunos años, tras concluir su más reciente cargo público -secretario de Fomento Económico en la capital de Michoacán-, Luis Navarro García resultó electo presidente de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, una de las agrupaciones empresariales de mayor antigüedad y tradición en México -fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y protocolizada en 1896 por el hombre de negocios y hacendado Ramón Ramírez Núñez- con el reto principal fue rescatar la estabilidad financiera de la misma y asegurar su autonomía económica. Y lo logró.

Parecía descomunal su reto, pero él, acostumbrado a enfrentar desafíos, fue tenaz y dedicó semanas y meses -oh, el tiempo es vida- a subsanar las finanzas y, por añadidura, entregar, al final de su gestión, una administración sustentable. Lo que parecía imposible, lo hizo realidad por medio de entrega, trabajo, disciplina, esfuerzo y honestidad.

En aquellos días, los de postrimerías de 2017, tuvo la amabilidad de invitarme, como artista y escritor, periodista e investigador, a crear una obra, un libro acerca de la historia de la institución empresarial, anticipándome que antes de publicarlo, tendría que devolverle su capacidad económica a la asociación de comerciantes, lo que, evidentemente, significaba que yo correría el riesgo de que mi manuscrito quedara en espera de otra oportunidad. Saldar deudas millonarias y rescatar a la Cámara de Comercio de Morelia, era su prioridad.

Comprendí que los datos, la información y la historia de la Cámara de Comercio de Morelia estaban dispersos, rotos y extraviados. No resultaría sencillo investigar y escribir un libro con las características deseadas. No obstante, el nombre de Luis Navarro García vale mucho e inspira confianza y respeto, credibilidad absoluta, motivo por el que acepté la invitación con la certeza de que publicaríamos la obra. Creí en él porque es una garantía, una marca humana confiable, y el prestigio y los valores no se encuentran en las vitrinas ni en los anaqueles de las tiendas, y menos tras cristales que exhiben maniquíes alumbrados por reflectores, como es el estilo de vida de tantos políticos aferrados al poder, quienes se adueñan de partidos y votantes.

El tema del libro pertenece a otra historia. Únicamente explicaré, por hoy, que a pesar de las dificultades, las críticas, los obstáculos y los problemas, Luis nunca claudicó y sí, al contrario, luchó arduamente con la idea de cumplir sus promesas y dar algo más, una constancia para la historia dedicada a los empresarios de Morelia.

No pocas veces, Luis Navarro García se ha referido a la obra 123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, como “nuestro libro”, y tiene razón, a ambos pertenece la dicha y el privilegio de ser autor y presidente, respectivamente. Creyó en el proyecto y lo defendió. Hasta consiguió el respaldo de los empresarios. Me acompañó y se involucró conmigo en aquellas jornadas inolvidables de revisión y diseño. Comprobé, una vez más, que Luis Navarro García no es un figurín improvisado que vista a la moda de los partidos políticos; es un personaje, un ser humano que no defrauda ni traiciona. Si se involucra en un proyecto, en alguna promesa, entrega lo mejor de sí, ofrece resultados y cumple.

Hoy celebra su cumpleaños dignamente. Y aunque sus adversarios lo critiquen y otros lo vigilen, insisto en que Morelia necesita políticos como él, hombres y mujeres con marca registrada, porque es garantía del compromiso y la responsabilidad que requieren los mexicanos para deshacerse de la basura y transitar a verdaderos estados de bien y desarrollo social. Feliz cumpleaños y mucho éxito en tu vida, Luis. Gracias por tu amistad, por ser quien eres y por dar ejemplo de calidad humana.

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El muchacho

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Qué tristeza y cuánto dolor significa arrancar, en la campiña o en el jardín de la casa, la flor que apenas crece, los pétalos que aprenden, por su edad, a segregar los perfumes de la vida, la criatura de bella inocencia y deliciosa textura por la que deslizan las gotas del rocío. Cuán doloroso es mirar el ocaso de la gota de agua que recién brota de la intimidad de la tierra, en el manantial, y qué lamentable es presenciar la agonía de una tarde matizada de colores y envuelta en fragancias primaverales… Duele la muerte espontánea, lastiman las despedidas que no se esperan, hieren las ausencias que se presentan de improviso. Hoy siento nostalgia. Derramé algunas lágrimas. El muchacho, el joven amable de la tienda, murió en un accidente. Me enteré esta tarde. Era un hombre de aproximadamente 25 años de edad, sonriente y educado. Estudiaba una licenciatura en la universidad y trabajaba en una tienda de comestibles. Cerraba el establecimiento a las 10 de la noche; sin embargo, de acuerdo con sus obligaciones laborales, permanecía dos horas extras en el local con el objetivo de efectuar corte de caja, limpiar los anaqueles, colocar mercancía y llenar los refrigeradores con jugos, refrescos y sodas. Una vez que concluía, marchaba a su departamento, en el centro histórico de la ciudad. Se trasladaba en su moto. Un día y otros, mientras me atendía, platicaba que vivía solo y que tenía aspiraciones y la ilusión de concluir sus estudios universitarios y ser un hombre dedicado a hacer el bien a los demás, triunfar en su profesión y formar una familia bella y unida. Sonreía mucho. Nunca lo vi enojado. Era respetuoso, tolerante y educado. A diferencia de amplio porcentaje de tenderos malhumorados, este joven, cuyo nombre desconozco, era bueno, agradable, sencillo. Irradiaba honestidad y buenos sentimientos, y lo demostraba en su trato diario con los clientes. Algunas veces le di consejos y otras, en tanto, intercambiamos comentarios, anécdotas y hasta sonrisas. Era uno de esos muchachos alegres y bien intencionados a los que uno bien podría expresar: “eres grandioso. Te felicito. Mereces ser intensamente feliz. Te entrego el mundo con la intención de lo que mejores. Personas como tú, necesita la humanidad. Aporta lo mejor de ti, lo que te corresponde. Sé que no me decepcionarás”. No obstante, un accidente fatal, a una hora infausta, provocó su fallecimiento, y así, con tristeza lo declaro, los seres humanos perdimos a uno más dentro de la gente buena. Duele tanto.

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Entre montañas y pueblos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es un lienzo, una sinfonía, un poemario. Es, para los seres humanos, el regalo de la vida, el arte de Dios transformado en mural de intensa policromía, en poema y en formas, en canto y en notas magistrales, en fragancias y en texturas.

De pronto, el escenario natural se convierte, ante la mirada, en trozos de cielo, en fragancias y en suspiros del paraíso. Todo rima y es verso en la naturaleza, concierto y pintura que cautivan, forma y lenguaje que uno siente en sí y alrededor.

Abrazar un árbol, mezclar los pies con el barro y hundirlos en un riachuelo, equivale a fundirse con la creación, sentir el pulso de la naturaleza, experimentar las caricias de Dios y de la vida, escuchar sus voces y sus sigilos, ser uno con el todo.

Hemos caminado, el equipo de expedición y yo, durante horas, un día y otros más, entre bosques de coníferas, donde los abrazos y las caricias del viento helado sonrojan la cara, y uno, al encontrarse en la cima de alguna montaña, contempla los pliegues del escenario, como si alguien, al moldear el paisaje, hubiera creado figuras y siluetas caprichosas.

El espectáculo resulta imponente. A cierta hora, el cielo arde y se decora con tonalidades amarillas, doradas, naranjas y rojizas, como al inicio, mientras las aves, en parvadas, retornan a sus nidos, a sus refugios, en las frondas de los árboles y en los acantilados.

También hemos sentido la mirada del sol ardiente que, mezclado con las ráfagas de aire, impregnan en nuestros rostros y manos fragmentos de tierra y polvo, compañeros inseparables de huisaches, nopaleras, magueyes y cactus.

Las entrañas de la tierra, con sus hendiduras y salientes, aparecen con paredones rocosos y arrugados, donde se ocultan murciélagos y otras especies, e invitan a horadar y explorar las profundidades que nadie sospecha, donde los colores se desdibujan y se tornan negros y el oxígeno se confunde con gases.

Uno admira el paisaje y camina entre árboles, piedras, manantiales y hierba, al lado de lagos, con la mochila a la espalda y una canasta pletórica de aventuras e historias, porque si la existencia, por sí misma, es grandiosa e irrepetible, andar en las profundidades de los barrancos, escalar paredones escarpados de piedra, hundir los pies en el barro y en los ríos, llegar hasta la cima, descubrir parajes insospechados, observar la belleza de las flores minúsculas y de los helechos e introducirse a las entrañas de la tierra, regala el placer de adelantar, en pedazos, la hermosura y el prodigio de otros paraísos.

Estos días, he andado entre cumbres y desfiladeros, con los brazos, las manos y el rostro maquillados por el sol y rasguñados por ramas, insectos y varas. He retornado a parajes naturales, como lo hice en la niñez y en la adolescencia, e igual en los años juveniles, con la pasión de escribir y protagonizar capítulos intensos y agregarlos a la historia de mi vida.

Y si me es tan apasionante andar entre piedras, desfiladeros, hondonadas, cumbres, lagos, cascadas, bosques y riachuelos, o contemplar los amaneceres con sus fragancias y policromía, y, por añadidura, las horas del anochecer, bajo la pinacoteca celeste decorada con la luna e innumerables luceros, también me encanta andar en los pueblos, en las aldeas, en los caseríos, y entrar a las casas de adobe con tejabanes, a las cocinas con hornos rústicos y cazuelas de barro en las paredes, al lado de gente de campo, con sus historias, costumbres, leyendas y tradiciones.

Me encanta la gente de las montañas En las aldeas, mientras las mujeres elaboran platillos al más puro mexicanismo -en molcajetes, cazuelas y ollas de barro, metates y comales-, uno escucha, ausentes de superficialidades, pláticas amenas e historias legendarias, costumbres y remembranzas que los dibujan y retratan.

No soy magnate ni dispongo de tiempo ante la cantidad de proyectos y tareas que debo cumplir durante los años de mi existencia; al contrario, alguna vez perdí todo lo material y cada día enfrento el reto de inventar mi vida.

Por diferentes motivos, mi biografía contiene lapsos que me alejan de la estridencia, los aparadores y las luces de las ciudades, pautas que me llevan a parajes recónditos, escenarios insospechados, donde me refugio voluntariamente y experimento una e incontables aventuras.

Estos días me he ausentado y, por lo mismo, no he publicado los textos de mi autoría, que ahora escribo en mi cuaderno de notas, en hojas sueltas, en páginas que enumero; pero no olvido mis obras, mi arte, ni tampoco a mis lectores queridos.

Tengo la encomienda de escribir un libro turístico sobre algunos pueblos y ciertas regiones naturales, y necesito entregarme, en consecuencia, a esa responsabilidad y tarea,

Siempre, cuando exploro e investigo, regreso a los lugares, al lado de su gente y su naturaleza, con sus colores y fragancias, y más tarde, al concluir mi labor, me voy, busco el aislamiento, el silencio, acaso por ser hombre subterráneo y tratarse de mi esencia, probablemente por la necesidad y urgencia de reconstruirme, quizá por el anhelo de reencontrarme conmigo, tal vez por todo y por nada.

Me han acompañado dos fotógrafos excelentes y un amigo que ha dedicado los años de su vida al turismo; pero también he viajado aparte, acompañado de mi mochila e itinerario de trotamundos incansable.

Hoy, desde algún rincón de la ciudad, en mi destierro voluntario, asomo por una de las ventanas y, al contemplar las montañas azuladas por la lejanía, me parece escuchar el crujido de la hojarasca al pisarla, los rumores y los silencios de la fauna y la flora y el concierto de la vida incesante en cascadas, ríos, lagos, helechos, flores, hojas, cortezas, hongos y orquídeas.

Y aquí estoy, con mis letras y mi vida, entre recuerdos y vivencias, dispuesto a continuar con mi arte y mi historia, a pesar de las ruinas de una sociedad deshumanizada y los despojos de maldad, odio, tristeza y violencia que descubro en las calles, con personas distraídas en aparatos que sustituyen la compañía, los sentimientos y las ideas reales, más felices de ver un automóvil de lujo o una joya tras los cristales de un aparador, que la hoja dorada y seca que el viento arranca y mece suavemente hasta la alfombra amarilla, naranja, rosada y rojiza que, más tarde, a cierta hora, dispersa aquí y allá.

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Texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fotografía: Lázaro Alejandre Gutiérrez

Niños, Adolescentes, Jóvenes: Renata Sofía, la artista*

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es artista. Trae consigo la esencia de la creación, el estilo y la inspiración, la sensibilidad, el amor y la pasión por el arte. Dibuja, pinta y da forma y vida a los materiales yertos.

Escucha la música que tanto le gusta; aunque, en ocasiones, flota en su estudio ese ambiente de rumores y silencios que se percibe en los talleres de los artistas, y hasta a ella se le nota reflexiva, inmersa en sí, entregada a su creación.

Traza figuras y líneas sobre las hojas de papel o en el lienzo, y lo disfruta tanto, que traslada sus esbozos a otras fronteras, a sus sueños, mientras duerme, y a sus mañanas, tardes y noches, entre una hora y otra, porque el artista lleva sus obras en su ser. No renuncia a su arte.

Una vez concluido el dibujo, lo escudriña minuciosamente, lo revisa, lo observa desde diferentes ángulos, y lo perfecciona, si es necesario, hasta que desliza los pinceles, aquí y allá, con la destreza y seguridad de quien se fusiona en su obra, a la que entrega parte de su vida, un trozo de su ser, un semblante de sí, la magia del proceso creativo que emula a Dios y a la naturaleza.

Ella, Renata Sofía, quien a sus 14 de edad ya posee su firma artística que plasma en cada dibujo, pintura y objeto plástico, conserva a su lado, entre libros y papeles de su escuela -la secundaria-, el caballete que su padre mandó fabricar, hace años, a un carpintero, y le regaló un sábado con la idea de estimular su creatividad y talento.

Un día, entre un juego y otro, alguna película y una más, su padre la invitó a pasear y la llevó cargada hasta la carpintería, donde, emocionada, descubrió, a sus tres años de edad, el caballete tan anhelado, el cual, desde entonces, forma parte de sus cosas tan queridas, en su habitación pletórica de muñecas, recuerdos, pinceles, fotografías y libros.

Y los siguientes años de su infancia, supo mezclar los juegos, las tareas, las diversiones, los paseos y el estudio con su pasión innata al arte. Dibujar y pintar son, para ella, prioridad, un gusto, una necesidad, un delirio, la llave que abre la puerta a un cielo infinito.

A los 11 años de edad, por actividades inherentes a la escuela, ya había participado en los teatros de su ciudad natal, a través de las artes escénicas; sin embargo, el dibujo, la pintura y la escultura fluyen en sus arterias, en su linaje, en su alma, en sus sentimientos, en su vida, en sus sueños, en sus ideales y en sus pensamientos.

Su madre y su padre le compran y regalan cuadernos de dibujo, lienzos, pinceles, espátulas, pinturas y materiales con la idea de que prosiga con su trabajo creativo, con sus obras de arte de adolescente.

Renata Sofía, realiza estudios secundarios y aprende Tae Kwon Do, en su país de origen, donde sueña y vive como adolescente, con el anhelo, cada día, de dedicar unas horas al arte, al dibujo, a la pintura, a la plástica.

Sabe que la grandeza consiste en la suma y multiplicación de detalles. Busca soluciones y respuestas favorables a los desafíos, los problemas y las adversidades, y aprovecha la corriente a su favor para crecer y evolucionar. No desconoce que los abismos, barrotes, fantasmas, muros y sombras existen en quienes no se atreven a ser ellos mismos ni a escalar la cumbre para trascender.

El artista es un ser cautivante, prodigioso y especial que conoce la entrada al paraíso y su retorno al mundo, al cual alumbra y guía con su arte que viene de su interior y del cielo sin final. Es un enviado de Dios, una estrella, que anticipa la belleza y los tesoros del infinito. Y Renata Sofía, como artista, promete algo grandioso.

* Niños, Adolescentes, Jóvenes, es una sección de este blog, basada en personajes e historias reales. Es un reconocimiento a las minúsculas que un día serán mayúsculas, a la infancia, a la adolescencia y a la juventud de todo el mundo. Por tratarse de menores de edad, en el texto se omiten apellidos y pueblos, ciudades y naciones de origen.

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La visita a un amigo de mi abuelo y sus recuerdos del 2 de octubre de 1968

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue una amistad que perduró y rompió fronteras impuestas por el tiempo, la ausencia y el espacio. Comprobé que para algunas personas, la amistad es algo más que un encuentro fortuito o un saludo casual; se trata, parece, de una historia de capítulos mutuos, instantes y años compartidos, convivencia irrepetible.

Aquella tarde, a mis 23 años de edad, llegué hasta su consultorio, instalado lujosamente en un edificio de la colonia Roma, en la Ciudad de México. Proporcioné mi nombre a la recepcionista, quien anunció al médico militar, al doctor Abelardo Zertuche Rodríguez, que yo, el nieto de su antiguo amigo Gonzalo Rojon, me encontraba en la sala de espera.

Con la alegría y emoción de identificar y recordar, en la profundidad de mi mirada, a su antiguo amigo, al compañero de sus correrías juveniles y sus proyectos en la etapa de madurez -a mi abuelo-, salió el hombre de su consultorio, quien por cierto nació el 14 de febrero de 1906. Me saludó amablemente, pasó su brazo sobre mi hombro y me invitó a platicar en su gabinete.

Me encontraba frente al amigo de mi abuelo. Por fin, tenía oportunidad de conocerlo, dialogar con él y comprobar, una vez más, que los personajes y las historias que relataba mi madre desde mi niñez, eran verídicas.

Contento y sonriente, me dedicó parte de aquella tarde, y narró anécdotas relacionadas con mi abuelo materno, sobre todo cuando le platiqué que algún día escribiría un libro referente a familias de antaño, incluida la mía. Desde la infancia he recolectado esa clase de historias y quizá, algún día, las escribiré y publicaré.

El hombre conversó con amenidad. Recordó historias que parecían extraviadas en los días de antaño, náufragas de otros momentos, y me lo agradeció al admitir que mi presencia le había alegrado la tarde, con el encanto de retornar a épocas pasadas de su existencia.

Abelardo Zertuche Rodríguez era un médico célebre. En su historial como profesionista, contaba entre sus pacientes a Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes, mejor conocido en México y en el mundo, a través de sus películas, como Mario Moreno “Cantinflas”. Él le operó los ojos. El mimo fue su paciente durante muchos años.

También dialogó acerca de la Revolución Mexicana que inició el 20 de noviembre de 1910, cuando él apenas tenía cuatro años de edad, y todo lo que vivió, en su niñez, adolescencia y juventud, en un México convulsivo que buscaba encontrarse a sí mismo, a pesar de sus contrastes y de los encuentros y desencuentros de sus protagonistas.

Me marchaba del consultorio, agradecido y feliz, cuando detuvo mi marcha. Calló unos instantes, me miró reflexivo y advirtió que deseaba compartirme un tema que le parecía importante. Argumentó que al escucharme tan entusiasmado en mi proyecto de escribir libros -le entregué el que publiqué a los 20 años de edad. Oh, pecado de juventud-, pensó que tal vez me resultaría útil un dato ajeno a nuestra conversación, el cual, al paso de los años, indudablemente podría comentar públicamente.

Lo escuché. Habló pausadamente y con firmeza, y dijo que él había operado, años atrás, en 1968, al entonces presidente de la República Mexicana, Gustavo Díaz Ordaz, el cual, al registrarse la matanza de estudiantes en Tlatelolco, Ciudad de México, el 2 de octubre, permanecía en cama y en reposo, convaleciente de una operación que le practicó en los ojos, fecha en que su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, quien se convertiría en el siguiente mandatario nacional para mal del país, ordenó la embestida brutal contra los jóvenes que se manifestaban en la Plaza de las Tres Culturas.

Antes de concluir, se preguntó que quién más iba a saber las condiciones en que se encontraba el presidente Gustavo Díaz Ordaz, si él fue su médico y lo había operado en aquel período. El abuso de poder y la matanza, agregó, no fue ordenada por él, sino por el otro, quien abusó y se excedió con el pretexto de que las Olimpiadas, que se inaugurarían en el país el 12 de octubre de 1968, requerían, para su desarrollo, proyectar una imagen ordenada y pacífica de México. Gustavo Díaz Ordaz se responsabilizó a sí mismo de los acontecimientos, pero la mayoría ignora que el hombre se encontraba en proceso de recuperación tras la cirugía, completó el médico.

Añadió el galeno que tan enloquecido por el poder estaba Luis Echeverría Álvarez que, el jueves de Corpus Christi -10 de junio de 1971., ordenó otra embestida criminal contra estudiantes. Alguien tan cobarde, que no asume su responsabilidad públicamente y permite que un mandatario nacional se cumple totalmente de hechos tan reprobables, cuando en realidad estaba en cama, y posteriormente, ya con el poder absoluto en las manos, repite los asesinatos, ya como presidente de México, no merece credibilidad y sí, en cambio, el peso de las leyes y la condena histórica, recalcó.

El doctor Abelardo Zertuche Rodríguez confió en mí. Me dejó la encomienda de un día, cualquiera de mi vida, transmitir lo que él sabía acerca de la matanza de Tlatelolco, fecha que desde entonces, hasta el minuto presente, es motivo de marchas estudiantiles, cada 2 de octubre, en la Ciudad de México y en las principales urbes del territorio nacional.

Aclaro que, en lo personal, no simpatizo con la clase política mexicana que ha abusado del poder para beneficiarse en lo individual y favorecer a los grupos a los que pertenecen, siempre en perjuicio de la nación y de sus habitantes; sin embargo, hoy he escrito la información que me proporcionó el doctor Abelardo Zertuche Rodríguez, quien tenía un escenario más amplio sobre las condiciones de salud en que se encontraba al mandatario nacional, Gustavo Díaz Ordaz, en octubre de 1968.

Hoy, varios años después, cumplo la petición del amigo de mi abuelo materno, quien una tarde de mi juventud me regaló algunas horas de plática amena y me relató historias que contribuyeron a enriquecer mi anecdotario familiar.

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Mujeres de siempre: Ana de Lacalle Fernández, la vida de una escritora y filósofa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hilvanó sus días, su historia, su vida. Los primeros años primaverales -entre los 10 y los 12, los de la niñez y el preámbulo de la adolescencia-, transcurrieron entre las paredes del hogar, en la casa, donde sus únicos amigos fueron sus tres hermanos, y sus maestros, en tanto, su padre y su madre.

Como única mujer al lado de tres hermanos, porque la otra, la niña, nacería seis años después, Ana -Ana de Lacalle Fernández- aprendió juegos que entonces, los de alguna década de los 60 del inolvidable e irrepetible siglo XX, eran exclusivos para hombres. Para las niñas eran las muñecas, las casitas, los trastes, las pelotas con dibujos de princesas, soles y estrellas sonrientes, y los juegos de belleza; los niños, por su parte, se entretenían con soldados, carros y balones.

Enclaustrados en casa, ella y sus tres hermanos establecieron un vínculo estrecho que los hizo compañeros de juegos y de una historia familiar y una realidad que, acaso inconscientemente, evadieron; sin embargo, su madre, perteneciente a una familia acaudalada de Madrid, los reunía con la idea de enseñarles lengua castellana, mientras su padre les impartía clases de matemáticas. No estaban escolarizados.

Ana y sus hermanos nacieron en Madrid, capital de España, en “un barrio tan castizo como el de Chamberí”, habitado en los siglos XIX y XX por familias elegantes y refinadas, actualmente atractivo turístico por su arquitectura, historia, museos, gastronomía, teatros y actividades artísticas y culturales; aunque ella admite con una sonrisa: “el rastro que queda de mi origen debe ser mínimo”.

En ocasiones, el álbum y el cajón de las remembranzas permanecen empolvados, en un paréntesis que se llama olvido; pero ella, Ana de Lacalle Fernández, abre sus páginas y sus puertas secretas, y extrae trozos de aquí y de allá, pedazos que quizá naufragan con sus interrogantes y esperan respuestas, como acontece con cada ser humano que recorre los pasillos de su biografía.

Ana describe a su padre y a su madre. Reseña que “mi padre, de profesión marino mercante, fue una persona de carácter contundente y, a la vez, con mucho sentido del humor. Deambuló de trabajo en trabajo, provocando inestabilidad económica y situaciones negativas, hasta que tuvo la fortuna de ingresar a RENFE como interventor”.

Y continúa con la narración: “mi padre nos enseñó matemáticas en casa, ya que nuestra escolarización fue tardía. Mi madre, procedente de familia de alto poder adquisitivo en Madrid, asumió su rol de ama de casa con bastante desventura porque no estaba acostumbrada a pasar estrecheces económicas y eso deterioró bastante su matrimonio que acabó en divorcio cuando yo contaba con 22 años de edad”.

Admite, por lo mismo, que en su hogar vivieron “momentos duros, y estrategias no demasiado conscientes del grupo de hermanos por evadirnos de la situación familiar. No poseo, por lo tanto, esa noción idealizada de lo que fue la infancia como etapa de ingenuidad y felicidad; al contrario, más bien un tropezar continuo con la dura realidad”.

En un ambiente familiar amurallado y acosado por carencias y problemas, ¿es posible sentir y vivir como niño? No entraban otros rostros ni historias por las puertas de la casa porque el mundo eran ellos, el padre, la madre y los hijos. Si los hay, ¿cómo son los sueños, cuáles las ilusiones, qué los ideales?

Ana es quien responde: “soñaba con ser un chico, porque pronto me apercibí de las ventajas que eso suponía y de las oportunidades que te abría en el mundo. De hecho, siempre me “colaba” en las clases de matemáticas que mi padre impartía a mis hermanos para poder ser como ellos, en el sentido de tener acceso a todo lo que podía aspirar el sexo masculino. Jugaba con mis hermanos, niños, sobre todo; sentía repulsión por el supuesto rol que debía asumir como niña y me infiltré también en las partidas de ajedrez entre los hombres de la casa. Algo debía intuir de que mi potencial intelectual era lo único que me podía permitir llevar una vida opuesta a la que nuestros padres nos daban”

Y en esa época, “más que escribir, en el sentido creativo, pasaba muchas horas copiando a mano, de libros, biografías de personajes célebres que me sirvieron para ejercitar mi comprensión lectora y lingüística”, explica.

Si a la niñez no la acompañaron las burbujas de cristal, jabón y agua que quedan grabadas en la memoria, en los sentimientos, en la biografía, ¿cómo fue el tránsito a la otra estación, a las horas y los años de la adolescencia?, pregunta uno al repasar la historia de Ana, al mirar a los seres humanos, y es su voz la que surge: “la adolescencia, como muchas, fue convulsa. Adquirí más conciencia de la situación de precariedad en la que habíamos vivido, entiendo que por malas artes de mis padres, y además empecé a comprender que había que estar atenta a las relaciones que establecías, de quién te fiabas y, finalmente, un sentimiento profundo de soledad ante una existencia que debía reconvertir en algo mucho más estimulante a partir de mi esfuerzo”.

De esa manera, tras un lapso de silencio, como quien horada en su ser para encontrar respuestas, argumenta: “compatibilicé estudios de bachillerato con dar muchas clases particulares para cubrir mis gastos y la carrera de Filosofía con una jornada laboral de 40 horas. Mi objetivo era labrarme el tipo de vida que creía me podía resultar estimulante, y estudiar Filosofía fue mi primera opción que orientó ese futuro, y la docencia durante 24 años una actividad vocacional y profesional de la que aprendí mucho”.

Añade que “sobre lo que me gustaba hacer, en un sentido de ocio, no me planteaba escribir, porque además del trabajo y el estudio hacía de voluntaria como monitora con adolescentes -¡dos años menores que yo!, ¡eran otros tiempos!- en un centro de educación de tiempo libre de mi barrio en L’Hospitalet -Barcelona- La verdad es que, paradójicamente, no tenía tiempo libre”.

Tras escuchar la historia de una infancia enclaustrada, en un mundo pequeño en el que los protagonistas fueron el padre, la madre y los hermanos, con limitaciones económicas y conflictos, uno imagina la experiencias y sensaciones que vivió una mujer al ingresar a la sociedad con sus luces y sombras, con sus sentidos y contradicciones.

Ana de Lacalle Fernández dice: “inicié mis estudios en lo que ahora equivale a 5º de primaria en una escuela pública, 6º y medio 7º en una de monjas… medio curso de séptimo, yo en mi casa, y 8º en otro colegio de monjas de L’Hospitalet. De hecho, cuando nos mudamos a Cataluña, fue cuando nos escolarizamos. El bachillerato -antiguo BUP y COU- en el Instituto Juan Boscán de Barcelona -los mejores años para mí- y Filosofía en la Universidad Central de Barcelona”.

Con tantos contratiempos, encrucijadas y ocupaciones, uno pregunta, sorprendido, ¿a qué hora de su existencia sintió la pasión de escribir? ¿Cómo germinó en ella la pasión por las letras? Fue en la adolescencia, reseña, “sobre todo la poesía que he cultivado siempre en el terreno de la privacidad. También relatos y posteriormente borradores de ensayos filosóficos; aunque no fue hasta los 49 años de edad que tuve oportunidad de dedicarme con más intensidad a este aspecto que entiendo como totalmente complementario de la docencia. Si tú no lees y te vas replanteando cuestiones, si no tienes una vida interior en movimiento, es imposible transmitir pasión a los alumnos por lo que intentas aproximarles que, en mi caso, era la Filosofía”.

Analítica, reflexiva, observadora, Ana manifiesta que para ella resultaron “muy estimulantes las profesoras que tuve de lengua castellana, tanto en 8º como durante el bachillerato, y el hecho de haber conseguido un reconocimiento por un relato en el Instituto, me hizo plantearme que tal vez, leyendo mucho más, podría llegar a aprender a escribir razonablemente bien. Aunque no tuviese demasiado margen para leer novela, sí intenté leer lo que pude durante la carrera. Sabía que era un previo imprescindible para poder llegar a crear algo propio”.

La autora de Aforismos y Existo para vivir, recalca que le es preciso aclarar que Filosofía del reconocimiento, disquisiciones desde el abismo es el nombre de su blog. Desde que lo inicié, antes con otro nombre, creo que podría hacer un recopilatorio de artículos para más de un libro. Así, además de las obras mencionadas, he publicado un opúsculo con Bubok en formato digital y en papel, cuando la plataforma era gratuita, que es una reflexión sobre el uso de las TIC y el irrenunciable liderazgo del profesor para que se produzca un proceso de aprendizaje. Se titula El príncipe destronado. El liderazgo del profesor, y en este momento se puede descargar gratuitamente desde mi blog. Tras esto, colaboré en una antología junto con profesores universitarios y de institutos en defensa de la enseñanza de la Filosofía y en general de las Humanidades, como una urgencia que si se menosprecia, nos inducirá a deshumanizar aún más el mundo. Lleva por título Huérfanos de Sofía, y fue publicado por Ed Fórcola, en Madrid, en 2015. Una novela que es una autobiografía ficcionada, Híbrido, respaldada por Editorial Adarve, en 2018, y una antología de relatos y poesía colectiva titulada Tren sin parada, en Letras&Poesía, en 2019. Además de las dos últimas obras mencionadas por ti, Aforismos y Existo para vivir, colaboro en diversos blogs y revistas, donde publico periódicamente”.

El primer libro que Ana de Lacalle Fernández publicó es El príncipe destronado, el liderazgo del profesor, por Editorial Bubok. Le fascina escribir “relatos breves y largos, novelas, siempre en un intento de fusionar estos géneros con la reflexión filosófica. Lo primero que publiqué fueron ensayos y no descarto volver en algún momento”.

Le interesa dirigir sus obras “al público en general que obviamente tenga interés por las temáticas que se abordan, que son siempre desde una perspectiva filosófica, pero para su lectura no se requieren conocimientos filosóficos en el sentido académico. De momento”.

Se considera una autora afortunada, a quien han ofrecido colaborar en antologías “o me han propuesto publicar algo que tuviera escrito. Aunque las cosas no funcionan así normalmente. La única vez que presenté un libro a dos editoriales, ambas me dijeron que sí. Quiero dejar claro que no pago por publicar, no hago ni autopublicación -excepto el primer opúsculo que fue gratuito- ni coedición. Aunque también debo dejar claro que no me quedo con las regalías de mis libros; las cedo, según las circunstancias”.

Escribir “es un trabajo duro, porque exige mucha disciplina, lectura y no siempre se trasluce en el resultado el esfuerzo y la dedicación que has puesto en ello. No lo entiendo tampoco como una experiencia por definición catártica. A menudo, durante la escritura de un libro, la identificación con situaciones o personajes te altera la sensibilidad y duermes peor, sientes una cierta insatisfacción de no acabar de encontrar aquello que haga relevante la obra y estimula mucho más la actividad intelectual y, por tanto, emocional. Pero es inevitable, como pensar, analizar, escudriñar…”

Como escritora, ¿cuál es tu fórmula, Ana?, le pregunto, también como artista y autor de libros, y contesta: “no sé si entiendo bien la pregunta, pero escribo sobre lo que espontáneamente me hierve en el interior y siento la necesidad de ordenar y darle forma para ahondar en ello y alcanzar una comprensión mayor”.

Me interesa conocer más sobre sus obras y le pregunto si tiene otros proyectos literarios. “Una novela -responde-, con la que llevo un año y creo que aún no he hallado ese rasgo relevante del que hablaba antes. Un par de antologías para las que mandé los relatos y que desconozco en qué punto se hallan, Y hacer una incursión en el ensayo filosófico, aunque este proyecto es el menos hilado, pero tal vez es lo que más fluye de mi interior… esa espontaneidad de la que hablaba anteriormente”

Los artículos y textos de Ana son ampliamente leídos en su blog, que fundó “a raíz del movimiento 15M, porque desde la situación en la que me hallaba, me pareció que era la única aportación que podía hacer: denuncia y crítica de las sociedades deshumanizadas. Aunque posteriormente he ido incorporando otros géneros, es un tema recurrente en mi obra. El proyecto era el blog en sí mismo, aunque a partir de ahí se me abrió todo un mundo de posibilidades”.

Se autodefine en ciertos rasgos: me considero la eterna finalista que siempre tiende a desviarse algo de la ortodoxia y que impide premio exclusivo. Aunque sí obtuve el de la escritora más leída del año 2019 del colectivo Letras& Poesía. La verdad es que tampoco me presento a concursos, excepto si alguien, por lo que sea, me pide explícitamente que lo haga. La edición la tengo resuelta y el dinero no me interesa, tengo de sobra para vivir -aunque esto siempre es subjetivo-“, aclara.

Quienes venimos de otros años, de minutos y días en los que tener un libro en las manos y hojearlo, leerlo, resultaba una aventura, saborear el arte y el conocimiento, tenemos capacidad de adaptarnos a los medios de la hora contemporánea, como las obras digitales; sin embargo, entre aquella añoranza que uno experimenta, le pregunto si encuentra diferencia: “Ufffff… obviamente el formato, pero personalmente soy incapaz de leerme un libro digital, como mucho algún artículo. La magia de tener y palpar un libro en papel y las palabras con las manos, es para mí, insustituible”.

Ana de Lacalle Fernández, la escritora, la filósofa, envía un mensaje a las mujeres del mundo. Las invita a “que no se coarten ellas mismas por el hecho de ser mujeres. Que confíen en su capacidad y potencial y luchen por aquello que consideran valioso para ellas”.

Y agrega que para tener éxito, ser feliz y dejar huella en la vida es preciso “ser buena persona, es decir tener una voluntad, un querer bueno indisociable de que somos nosotros en relación con los otros, con la alteridad y que solo así podemos edificarnos como humanos. La palabra éxito la eliminé de mi diccionario hace tiempo porque está asociada al triunfo socioeconómico en un sistema capitalista, y eso es un fulgor engañoso”.

Como siempre, un minuto sustituye a otro y a muchos más y se transforman en horas. Ana y yo casi terminamos el diálogo, la breve entrevista para conocer su historia, su perfil, su biografía, sus rasgos de mujer de siempre. Evita retroceder a los días de antaño para rescatar alguna anécdota. Advierte, segura de sí: “la verdad es que tengo la mala suerte de olvidar fácilmente lo anecdótico, tal vez porque solo es eso, anécdota, algo circunstancial e irrelevante”.

Termina con la siguiente reflexión: “quizá, si no hubiera ejercido como profesora durante tantos años, mis obras serían muy diferentes, ya que la voluntad de sostener un diálogo socrático para que de él emerjan las propias verdades -este subjetivismo no es nada socrático, pero si el método, el espíritu didáctico-, me acompañaron y proporcionaron un sentido”. Ella es Ana de Lacalle Fernández, con su historia, su filosofía y sus obras, una mujer de siempre.

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Blog de Ana de Lacalle Fernández: https://filosofiadelreconocimiento.com/

De nombre y apellidos. Luis Navarro García: Morelia nos toca

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es algo más que un eslogan, una llave política, una máscara, un truco, una ocurrencia o una moda; se trata, en realidad, de un estilo de vida, un anhelo, una y muchas acciones más por objetivos comunes, un compromiso, una realidad. Morelia nos toca, es un deseo legítimo de transformar el entorno, agregarle lo mejor de sí y multiplicarlo para bien de los habitantes de la capital de Michoacán* y las poblaciones aledañas.

Creador de esta iniciativa ciudadana, Luis Navarro García, empresario en el ramo mueblero, explica que Morelia nos toca presenta dos ángulos, el de su clima, sus paisajes naturales, su inigualable arquitectura colonial, su historia y sus tradiciones, que cautivan y enamoran a quienes tienen la fortuna de conocer ese rostro y sentirse envueltos en un ambiente privilegiado que a veces se siente, por lo que es, pedazo de terruño, rincón del mundo irrepetible, hermoso e inolvidable.

Morelia, agrega el empresario, abraza y envuelve con sus atributos, con lo que es en esencia y forma, siempre con algo bueno para quienes moran en su geografía y, desde luego, para aquellos que la visitan y recorren fascinados por sus atractivos.

En ese sentido, Morelia es vida y naturaleza, musa e inspiración, abrigo y diversión, estudio y trabajo, hogar y paseo, ambiente familiar y social, hogar y poema, escenario de múltiples expresiones que cada instante escriben la historia de hombres y mujeres que la habitan o la conocen y exploran. Morelia es cuna, principio y fin, punto de encuentro, y toca a todos con su encanto.

La otra vertiente de Morelia nos toca, argumenta el exfuncionario público y expresidente de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de la capital de Michoacán, consiste en lo que a cada morador, hombre o mujer, corresponde entregar lo mejor de sí a favor de la ciudad y las poblaciones rurales que forman parte del municipio.

Existe una multiplicidad de alternativas para hacer algo positivo e importante por Morelia, sin olvidar que al llevarlo a cabo, el efecto resultará grandioso y favorecerá a la generación de la hora contemporánea, desde niños hasta personas de mayor edad, y a quienes se sumen después a las familias, a las comunidades, a la sociedad, argumenta Luis..

Dentro de su proyecto ciudadano, diariamente suma y multiplica el número de personas que se sienten atraídas por su propuesta, ya que la perciben como es, ausente de rufianes políticos, abierta a iniciativas orientadas al bien, al progreso integral y sostenido.

Evidentemente, este hombre -empresario, expresidente de la agrupación de comerciantes más antigua y de mayor tradición en Michoacán y exfuncionario municipal, estatal y federal en materia económica-, quien nació en una familia tradicional y ha radicado en Morelia por el amor que le tiene a su cuna, a lo que es tan de uno cuando se nace con el orgullo de un lugar, es concertador y respetuoso, dispuesto a escuchar, diseñar estrategias, desafiar obstáculos, enfrentar problemas y presentar resultados positivos.

Resulta entendible que la gente, en México, se sienta defraudada de la clase política, con una carga impositiva voraz e irracional que embiste y desnuda y no corresponde a la capacidad y a las respuestas gubernamentales, y el peso de una burocracia lenta e ineficiente, en un entorno de caos general, salpicado de desempleo, devaluación, carencia de inversiones productivas, inseguridad, desmantelamiento de la educación y la salud versus los mercenarios que están aprovechando esa crisis, desigualdad social, inflación, atropellos, injusticias y deshonestidad.

Ante tal escenario, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en la geografía nacional, siente repugnancia por los mismos rostros cínicos que cambian de partido político de acuerdo con su conveniencia e intereses, como si mudarse de institución y abanderar otros colores influyera en la rectitud de las personas.

Aclaro, por surgen críticas o dudas, que Luis no es oportunista ni alguien que pretenda resurgir de sus cenizas, como existen algunos casos muy evidentes en la Morelia que toca a sus moradores. Me consta que es hombre independientemente, libre de grupos políticos, amigo y conocido de todos, cuyo interés se basa, exclusivamente, en contribuir al progreso y la tranquilidad de la ciudad donde nació.

No acostumbro, en mis artículos, adular a la gente. Jamás lo he hecho, y cuando me lo solicitaron en los medios de comunicación, me molestó demasiado recibir instrucciones para actuar como farsante y mercenario. No recibo dinero ni favores a cambio de publicarle a alguien un texto elaborado entre los maquillajes de un tocador cargado fotografías, teclas y letras encantadoras, motivo por el que tal vez me encuentro desterrado de grupos que se apropian de las oportunidades laborales y profesionales; sin embargo, ese rasgo da la certeza, también, de que si, como escritor y periodista, hablo de una persona, es con autenticidad, y hoy, al mencionar el nombre de Luis Navarro García, lo hago en reconocimiento a la labor ciudadana que realiza con la idea de aportar algo positivo a Morelia Y claro, lo escribí correctamente, tocador. En eso se convierten los escritorios cuando alguien maquilla y publica historias y perfiles lejanas de la realidad.

Evitaré relatar las historias que él y yo, como amigos, hemos compartido, unas veces en la oficina con alguna responsabilidad y otras, por ejemplo la oportunidad que me dio de escribir y publicar el libro 123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, cuando fue presidente de esa agrupación, y me concretaré a exponer que tiempo atrás, al tener la responsabilidad de desempeñar el cargo de secretario municipal de Fomento Económico, respaldó otra iniciativa, en conjunto con empresarios y consumidores, denominada Haz Barrio, la cual, por cierto, ausente de banderas políticas, contó con el respaldo de incontables ciudadanos interesados en favorecer el consumo local y fortalecer los negocios familiares y pequeños.

Coordinó el proyecto con agrupaciones productivas de Morelia -Comerciantes y Vecinos del Centro Histórico, Chapultered y Cámara Nacional de la Industria Restaurantera y Alimentos Condimentados de Michoacán, por citar algunas-, y tal esfuerzo conjunto llevó a que incontables familias tuvieran mayor conciencia de destinar parte de sus compras en tiendas locales con la consecuente reinversión y circulación del dinero, acción que coadyuvó a fortalecer los negocios familiares y pequeños y conservar el autoempleo y diversas fuentes laborales. Fue un programa exitoso que, lamentablemente, en la administración municipal que le sucedió no recibió el apoyo ni la importancia que merecía por sus resultados favorables, actitud caprichosa y necia que no es de extrañar en un gobierno que derrochó recursos en construir un andador con pista, juegos y mesas y bancas de concreto a la orilla de un canal de desagüe y en clausurar vialidades en el centro histórico, como quien gasta su presupuesto en comprar adornos antes de restaurar y ordenar su casa.

Tras el breve paréntesis, es prioritario informar que la propuesta que Luis Navarro García diseñó y promueve, está abierta, según explicó, a la aportación de iniciativas ciudadanas, aplicables y realistas, que sumen y multipliquen progreso, igualdad, respeto, justicia y cambios estructurales y de beneficio colectivo en temas relacionados con empresas, inversiones productivas, compra local, generación de empleos, educación, seguridad, mejoría de los servicios públicos y salud, entre otros.

Recientemente, tras varios meses de ausencia, coincidí con Luis Navarro García, a quien acompañé a una entrevista con otro amigo mutuo, mi colega Víctor Armando López Landeros, director general de La Página Noticias. La entrevista, transmitida en vivo a través de la web del portal de noticioso, consistió, básicamente, en la iniciativa Morelia nos toca.

Al escuchar los planteamientos de Luis, quien ahora tiene 42 años de edad, me pareció mirar al hombre emprendedor, inagotable y entusiasta, tiempo atrás, en su etapa de secretario municipal de Fomento Económico, con quien un fin de semana, otro y muchos más salíamos a las avenidas y calles de Morelia a promover la iniciativa Haz Barrio. Con el equipo de trabajo que tenía en aquellos días, aprovechábamos los semáforos en rojo con el propósito de convencer a los automovilistas del programa ciudadano Haz Barrio y pegar calcomanías en los cristales; pero también recorrimos mercados y calles, siempre motivados por el liderazgo, la energía y el optimismo que le caracterizan.

He mirado su imagen en múltiples espectaculares instalados estratégicamente en la capital de Michoacán, indicativo de que cada día mayor cantidad de personas se adhieren a la iniciativa ciudadana Morelia nos toca, indudablemente porque es más la gente que desea aportar y construir que arrebatar y destruir.

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*Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Morelia fue fundada el 18 de mayo de 1541

Mensaje del empresario Luis Navarro García sobre su iniciativa Morelia nos toca
Entrevista a Luis Navarro García, en La Página Noticias

Murió de tristeza…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Murió de tristeza -dijo la gente-. Su muerte se desencadenó al extraviar su misal en la iglesia. No cabe duda que era una vieja atada a las cosas materiales. Es estúpido morir por algo tan ridículo y tonto.

-¿Cómo es posible que una persona muera por la simple pérdida de un libro de oraciones -preguntaron algunos con cierta mofa, quienes criticaron severamente-: Era una anciana, una mujer de edad avanzada, con más de 100 años, y se comportó como niña al perder, por descuido e irresponsabilidad, su misal. En los niños es natural que haya angustia y desesperación cuando pierden algún juguete, una muñeca, un soldado, una pelota; pero en los ancianos resulta vergonzoso actuar infantilmente.

-Qué conducta tan patética la suya… Cierto, en la iglesia solía platicar que tenía 109 años de edad.

-No, en realidad tenía 111 años, lo recuerdo muy bien.

-No entiendo el motivo por el que la gente, al envejecer, se vuelve tan mezquina y necia… Me parece estúpido morir por algo tan insignificante.

La gente murmuraba y juzgaba sin piedad. Hombres y mujeres opinaban, criticaban, bromeaban y condenaban a la mujer. Ante la falta de historias existenciales, grandiosas y con un sentido auténtico y pleno, dedicaban el tiempo a hablar mal de la anciana del misal, acaso sin recordar que los segundos y los minutos anhelan transitar a las horas y que estas, a la vez, ambicionan volverse días, semanas, años, hasta reír triunfantes de la ignorancia humana que termina derrotada e interrumpida al morir en una llanura infértil.

-Creo que también le entristeció la respuesta del sacerdote, quien, molesto por la necedad de la vieja que diariamente le preguntaba si alguien habría devuelto el libro de oraciones, enojó y le advirtió que no disponía de tiempo para atender caprichos y tonterías, que pidiera a sus parientes que le compraran un misal actualizado y que no molestara -explicaron algunos.

-¡Vieja miserable y avariciosa!

-Era un misal tan viejo como ella.

-Qué despreciable agonizar por la pérdida de papeles viejos y rotos.

-Rotos como ella y sus ideas anticuadas.

Lamentablemente, esta historia fue real. Hay episodios que duelen. Tuve la dicha y fortuna de conocer a esa mujer, la anciana del misal, quien nació en el siglo XIX y me relataba historias tan interesantes y lejanas como los años que naufragaban en su mirada cansada y en su piel ranurada.

Cuando me era posible, la visitaba. No pertenecía a mi familia, pero tengo la certeza de que mi presencia le alegraba, sobre todo porque le representaba un motivo para llenar huecos. Recordar, ayuda a resanar, cubre ausencias y alivia. Le entregaba, a hurtadillas, un chocolate que ella saboreaba al refugiarse en su habitación o en la sala, cuando pensaba que sus parientes estaban distraídos u ocupados. Evidentemente, yo contaba con la autorización de sus descendientes para entregarle la golosina en cada visita.

Me abrazaba con emoción en cuanto me miraba. Le entregaba el chocolate prometido, que escondía entre su ropa, y dialogábamos un rato. Aprendí tanto de ella que hoy la recuerdo con agradecimiento y cariño. Era una mujer agradable, buena, amable y feliz. Atribuía su longevidad y salud a una alimentación natural y equilibrada, dormir las horas necesarias sin robar tiempo a las actividades productivas, caminar o ejercitar el cuerpo, cultivar sentimientos nobles y pensamientos buenos, no hablar mal de los demás ni pepenar biografías ajenas, dedicarse al bien y, principalmente, sentir a Dios en el interior y en todas las expresiones de la vida.

Aseguraba que no consumía golosinas ni productos industrializados, pero cómo disfrutaba y saboreaba los chocolates que le entregaba con tanto cariño, ilusión y sigilo. Fuimos cómplices de un secreto inocente. Su familia lo aprobaba y callaba porque después de todo, en los días postreros de la existencia de una persona, resultaría perverso e injusto castigarla y fabricarle barrotes y celdas. ¿Tiene caso exigir una dieta estricta a quien tiene más de 100 años de edad y no padece enfermedades? Hay que regalar alas, detalles, momentos, sonrisas.

Por vivir tanto, poseía una colección impresionante de recuerdos e historias, y de pronto, tras algunos instantes de silencio, parecía abrir el libro de su existencia y explorar sus páginas, hacer un paréntesis en determinado capítulo, subrayarlo y relatarme un episodio, una de tantas anécdotas que fueron olvidadas o quedaron en el desprecio o en los tinteros de quienes escribieron los acontecimientos del ayer en páginas y capítulos acartonados.

Yo era, entonces, adolescente. Sabía que algún día, en el lapso de mi paseo existencial, valoraría la oportunidad de conocer y dialogar con personas del siglo XIX, náufragas de otras fechas, casi extintas, cual pedazos de historia perdida en la desmemoria.

Aprendí, finalmente, a sentir los abrazos, escuchar las palabras y experimentar el cariño de una mujer del siglo XIX, una anciana que a los 15 años de edad, en plena adolescencia, caminaba por las callejuelas de su aldea y de pronto sintió que alguien, un hombre mayor, abrazó su cintura, la levantó y la colocó en el caballo que montaba, y se la llevó para, juntos, compartir un destino, una historia, con sus risas y lágrimas, sus luces y sombras. Y lo agradecí y lo valoré mucho, igual que cuando uno tiene, entre una hora y otra de la vida, un tesoro.

No murió por avariciosa ni por mezquina, ni tampoco por aferrarse a un libro centenario de oraciones, como aseguró la gente en aquella época. Sufrió lo indecible porque se trataba de un misal que le regaló su madre, a quien tanto amó y de la que un hombre, al raptarla, la separó. La pequeña obra de páginas amarillentas y quebradizas, atrapadas en pastas duras, oscuras y troqueladas con adornos, que segregaba fragancias a historia y a tiempo, significaba un puente -el único, aparte de sus descendientes y las remembranzas que cada instante se apagaban y huían- entre ella y su madre, su familia, su niñez y su adolescencia, su madurez y su biografía. Papel impreso que la acompañó toda su vida.

La gente y el religioso -Abraham-, no tuvieron capacidad de entender el significado de aquel misal viejo y sucio, como lo calificaron, que era, en verdad, el único medio tangible que mantenía unida a la anciana con lo que tanto amó y vivió. Con la pérdida del libro, se le fue la vida.

Estoy convencido de que las personas que cotidianamente asistían a la iglesia, en las mañanas, la creyeron rehén de demencia senil y aferrada a cosas materiales y superficialidades, tan monstruosas como la imaginación y las murmuraciones colectivas se desbordaron, mientras el otro, el presbítero, supuestamente dedicado a asuntos piadosos, desdeñó el sufrimiento de una mujer centenario. No pudo dedicarle cinco minutos. Recuerdo que el hombre era proclive a las reuniones sociales en una sala anexa al templo; sin embargo, canceló la oportunidad de platicar con la anciana y apaciguar su sufrimiento.

Comprendo que el extravío del libro de oraciones significó, para aquella anciana, transformar su realidad apacible de entonces en pedazos confusos e inciertos, colocarla entre un tejido deshilachado, ridiculizarla y abandonarla en un paisaje desconocido, en un terreno irreconocible y hostil.

La pérdida del viejo misal equivalió a desalojar los recuerdos de la memoria, desactivar las funciones orgánicas, olvidar la historia consumida con tanto orgullo, cerrar la biografía con decepción y tristeza, recibir la crítica lapidaria de la gente, colocar una lápida antes de dar el último suspiro. Las burlas, los regaños, las críticas y los juicios que recibió por parte de las personas y el religioso, la arrojaron al destierro, a la vergüenza, al escarnio, a la disolución de su existencia.

Me dolió y entristeció su drama, pero más me indignaron los comentarios burlones y negativos de las personas y la actitud inhumana del religioso, quienes no tuvieron capacidad de entender que una persona mayor de 100 años es débil y le afectan situaciones que a otros les parecen cotidianas, ridículas y tontas. Ya probaba, al final de su vida, el sabor amargo que le provocaban otros seres humanos, y los chocolates que yo le regalaba con tanto cariño, seguramente endulzaron sus momentos, pero no curaron las heridas.

Aquella mujer, la de los chocolates, no murió por necedad ni por permanecer encadenada a asuntos y cosas materiales, pasajeros y superficiales; falleció por el dolor y la tristeza que le causaron los desprecios, la indiferencia, los comentarios mal intencionados y las mofas de gente transformada en número y serie, indiferente a las necesidades y a los sentimientos de los demás. Murió de tristeza. Todos contribuyeron a su muerte. Como que los seres humanos olvidamos interesarnos en las necesidades de los demás, sobre de todo de aquellos que son débiles y más sufren.

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