Ingenuidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cansados de sí mismos, entre barrotes que los separan de su interior, muchos hombres y mujeres, en el planeta, anhelan y pretenden salir a las calles no con el propósito de sonreír a otros seres humanos, y menos con la idea de vivir plenamente, sino con el objetivo de consumir y que la gente que conocen -familiares, amigos, vecinos, compañeros- los miren en las tiendas de lujo, en los restaurantes, en los gimnasios, tras gruesos cristales que ahora exhiben a las personas igual que muñecos de aparador, porque lamentablemente aprendieron a ser maniquíes de temporada, con bromas, sentimientos, conversaciones, ideas y acciones desechables, ligeras y de moda, dictados por los dueños del poder a través de la televisión, las redes sociales y otros medios. Incapaces de convivir en familia -esquema ya roto, adulterado y pisoteado-, no pocos seres humanos -en femenino y en masculino-suspiran, en el encierro, por las reuniones en bares y cantinas, en posadas de unas horas, en tertulias interminables y sin sentido, similares a los colores amontonados y a las notas musicales discordantes acaso porque las minúsculas, sus hijos, les cansan, los fastidian, y les parece, en consecuencia, más grato disfrutar la compañía de otras personas que convivir y participar con quienes llevan su sangre. Tan distraídos están, que ni siquiera notan que el mundo, en diversas regiones, avanza hacia el odio racial, el totalitarismo y la violencia, con algunos personajes que se sienten elegidos -los nuevos mesías de la hora contemporánea- y pronostican calamidades globales, informan y prometen soluciones, con el control absoluto de las situaciones, como acontece ahora, tras la puerta y las ventanas, en época del coronavirus creado y dispersado perversamente con cierta intencionalidad. Previo a este mal que la élite poderosa intenta convertir en pandemia con el objetivo de justificar y llevar a cabo sus planes, se les hizo sentir a millones de personas, a nivel internacional, que son basura, escoria de la creación, y así se les ha enseñado a sentir, pensar y actuar. En un lapso breve, les presentaron, uno tras otro, daños ocasionados por el plástico en los océanos, erupciones volcánicas, incendios en el Amazonas y en Australia, deshielo en los polos, contaminación, proximidad de asteroides, animales en peligro de extinción, ruidos extraños en el ambiente y hasta aparición de abejas, y ahora se les domestica y se les prepara para un nuevo orden mundial. Ingenuamente, creí que tras la primera etapa de aislamiento, muchos aprovecharíamos la oportunidad para reencontrarnos con nosotros y nuestras familias, valorar lo que somos y tenemos, diferenciar los sentimientos, los ideales y los pensamientos de las apariencias y las superficialidades y decidir, finalmente, una vida auténtica, libre y plena. Tristemente, al andar por las calles, en los espacios públicos, en los jardines colectivos, en las plazas, descubro que, efectivamente, algunas personas tomaron la decisión de crecer y trascender; pero la mayoría continúa obstinada en sus asuntos baladíes, sus apetitos, su estulticia, su ambición desmedida, su egoísmo, su superficialidad, su ignorancia y su agresividad. Y no se trata de cambiar a la humanidad de acuerdo con las convicciones que uno tiene, sino de despertar, sentir y reaccionar, con transformaciones reales y sustanciales que generen armonía, respeto, tolerancia, libertad, paz, bien, justicia y dignidad. Creí, torpemente, que seríamos hermanos o, al menos, amigables y buenos; pero miro a una colectividad ansiosa de lucirse, consumir y dedicar los días de sus existencias a esas cosas insignificantes, superficiales e intrascendentes que, acumuladas, arrebatan la vida y la opción de ser felices y plenos.

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Llegó noviembre y octubre se marchó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con perfume y cutis de hojarasca, octubre esperó sentado en la banca del jardín, hasta que, somnoliento, escuchó pasos a cierta hora de la madrugada. Noviembre llegó con su equipaje, con sus alegrías y tristezas, con su carga de trotamundos y sus 30 días completos. Igual que las flores marchitas que caen sobre las hojas yertas y el viento dispersa lejos, sin la esperanza ni la posibilidad de recuperarlas, los días de octubre se desvanecieron, como aconteció con los del invierno, la primavera y el verano, en el transcurso del año. Llegó noviembre otoñal, invicto, con la atención para sí, dueño de sus minutos, días y semanas. Se le esperó desde el balcón, la sala, el comedor y el jardín, al lado de la chimenea, en alguna poltrona, en una silla o en el lecho, con la esperanza de recibir algo nuevo y alentador; pero su visita es temporal y se comporta indiferente, como los otros meses que se hospedan silenciosos y se marcharon sin una despedida. Es preámbulo de nieve y frío. Anuncia la cercanía de diciembre, el último furgón del año, con sus nostalgias y esperanzas, con su vida y su muerte. Noviembre es un hoy que abandona ayeres y espera la consumación de mañanas, hasta que sucumbe o escapa. Desmaquilla y aumenta edades. No trae nada mágico ni sublime, parece, ni tampoco regala caras risueñas, porque es idéntico al aire de su tiempo, que todo se lleva, acaso con el mensaje de que cada ser humano debe construir su biografía, protagonizar su historia, sin esperar la visita de un día y otro que, a cierta hora, pueda traer regalos y sorpresas. Sabe que lo grandioso debe venir de cada hombre y mujer y no de las estaciones. El aliento y el lenguaje del otoño son aire que sopla y arranca flores, hojas y ramas. Se lleva los años, la belleza y la vida. Es la presencia pasajera entre la lluvia y la nieve. Tiene murmullos y sigilos, claroscuros, poemas y música. Es otoñal. Pinta rostros de melancolía en aquellos que no actúan ni planean rutas bien definidas hacia sus destinos. Otro día, a determinada hora, permanecerá sentado, al lado de la fuente, en el jardín o en el parque, en espera de diciembre y su invierno, con la carga de un año más y la conexión a uno nuevo, con sus esperanzas e ilusiones. No es el viejo con bastón y prótesis que llega de improviso, toca a la puerta y se hospeda malhumorado; es el personaje del otoño, el mes del viento, la fugacidad del tiempo y la vida. Se le descubre en casa, en todos los rumbos, corredores y pasillos. Le corresponde acompañarnos, a los de la hora presente, a los que aún permanecemos en el mundo, quizá cual enseñanza de que la vida se compone de etapas, ciclos, estaciones pasajeras, y que cada día es un paseo, una oportunidad irrepetible de vida y evolución. Pronto se irá noviembre, igual que como llegó, para no volver más en su versión 2020. Es preciso, en consecuencia, seguir la caminata y aprender el significado del paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento dispersa cuando las voces y las pausas de noviembre se sienten tan próximas.

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¿Estamos preparados?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

He mirado a aquellos que una mañana, una tarde o una noche lloran tristes y desconsolados ante un ataúd, acaso por el amor y la nostalgia que experimentan al reconocer y sentir la ausencia de quienes han partido a otras fronteras; pero también he observado, a hurtadillas y con pesar, a los que derraman lágrimas y se sienten rasgados por el dolor que proviene del arrepentimiento, la indiferencia, el rencor, el olvido y los remordimientos, con un “te amo”, “perdóname”, “gracias por todo”, que no fue pronunciado con oportunidad por la ceguera de la altivez, los sentimientos negativos, el descuido y la superficialidad. Los primeros, alivian su dolor y tristeza porque se sienten libres de los barrotes y las celdas que imponen el odio, el rechazo y el remordimiento. Los segundos, en tanto, aunque lo rehúsen, permanecen encadenados a su incapacidad de no haber demostrado amor, interés, respeto y atención a los que transitaron a otros planos. Me pregunto, ¿estamos preparados, espiritual y mentalmente, para despedir a quienes de improviso pasan por la transición, con el dulce recuerdo de las luces y sombras compartidas, o seremos iguales a aquellos que, al morir alguien, miran con congoja que forman parte de grilletes que los encadenarán y martirizarán toda la vida? ¿Somos de los que regalamos detalles a la gente, cuando vive, o de aquellos que movidos por el desconsuelo y el arrepentimiento llevan flores que se marchitan en el olvido y la frialdad de un sepulcro?

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Estamos muertos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estamos muertos. Camino aquí y allá, a una hora y a otra, un día y muchos más, y descubro a mi alrededor gente entristecida, hombres y mujeres que han renunciado a la alegría, al amor, a las ilusiones, a la amabilidad, a los sueños, a la risa. Miro sepulcros, lápidas abandonadas y gélidas, en cada persona que en el sendero de su existencia cambió los sentimientos, la justicia, el respeto, la tolerancia, la dignidad, los ideales y la libertad por candados, barrotes y celdas, acaso sin percatarse de que convirtió en rehenes a su alma, el bien y la verdad, sus aspiraciones y lo más grandioso de un ser humano. Hemos muerto, pienso cuando, al andar por las calles y los espacios públicos, advierto tanto mal, egoísmo, amargura, grosería, odio, envidia, ambición desmedida y violencia en la gente. Descubro hombres y mujeres debajo de fosas y sepulcros hediondos, arrastrándose como gusanos, serpientes y topos, al saber que consumen los días de sus vidas, tan escasos en realidad, en acumular riquezas materiales ausentes de causas nobles, en satisfacer apetitos carentes de amor, en inclinarse ante la estulticia y las superficialidades. Estamos muertos. Algo sucedió a la humanidad que, desde hace tiempo, noto desolación y quebranto, conductas en serie, pasividad ante los asuntos trascendentes, conformismo, gritos e irresponsabilidad. En las multitudes transformadas en masa, más allá de que cuenten con títulos profesionales o que jamás hayan asistido a las escuelas, y de que tengan dinero y fortunas materiales o coexistan entre clases medias y pobres, leo biografías y epitafios similares, extraviados en llanuras, huecos y arena que no presentan las huellas de seres extraordinarios, capaces de desafiar las adversidades, dedicados a esparcir acciones nobles y detalles, dispuestos a retirar las piedras y las enramadas de los caminos e interesados en aportar al mundo algo bueno. Estamos muertos, parece, cuando los niños, adolescentes y jóvenes delatan, a través de sus sentimientos, palabras, actos y pensamientos, la educación y el ejemplo que recibieron en sus hogares. Algo pútrido escapa de nuestras tumbas prematuras cuando obstruimos la vida y respaldamos la muerte. Hemos cambiado tanto, que preferimos los antifaces, las máscaras, y no una mirada amable, una palabra de aliento, una mano que apoya, un detalle que sostiene, unos momentos de atención, una sonrisa. Andamos en muletas al presumir el automóvil y olvidar la maravilla de unas piernas sanas. Usamos prótesis al valorar más lo que muestra una pantalla que lo que enseñan y regalan la naturaleza y la vida. Permaneceremos adormecidos en sepulcros cavados en serie, idénticos, mientras no reaccionemos y decidamos rescatar lo que somos, las riquezas de nuestro interior, y vivir en armonía, con equilibrio, plenamente y con respeto, justicia, dignidad, sentimientos nobles, libertad e inteligencia. Estamos muertos, sencillamente porque no nos atrevemos a vivir la historia cautivante y extraordinaria que nos corresponde.

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Y un día, al amanecer de nuevo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Y un día, cuando amanezca otra vez, regalaré sonrisas y flores, abrazaré a la gente y le expresaré mi amor -dijo alguien con la promesa de salir a las calles, a los espacios públicos, a los jardines con calzadas y árboles, a cierta hora de una fecha indefinida, con la idea de repartir alegría y sentimientos, transformarse en fuente de amor y dulzura, dispersar palabras amables.

Alguien más, reflexivo, le obsequió una flor silvestre, minúscula y humilde, y le preguntó, al mismo tiempo, la razón por la que postergaba la oportunidad de irradiar luz y entregarla a la gente a partir de la fecha en que la humanidad saliera a las calles con el objetivo de celebrar la libertad mundial, tras permanecer amordazada ante el riesgo y la amenaza de una enfermedad creada y manipulada por una élite ambiciosa y perversa.

Aquella persona soñadora que prometía tanto para un día incierto, sintió que las palabras de su amiga le hicieron titubear, mirarse empequeñecida, dudar de la autenticidad de sus promesas y sentimientos. Permaneció en silencio.

La amiga la abrazó y explicó:

-Es ahora, no mañana, cuando hombres y mujeres -niños, adolescentes, jóvenes, personas de edad madura y ancianos- necesitan sonrisas, detalles, consejos y palabras dulces, sentimientos genuinos, fe, esperanza, alegría, actos, amor, compañía.

Incómoda y quizá un tanto molesta por la intromisión de su amiga, la mujer contestó esquiva e indiferente, con deseo de marcharse:

-Abriré mis sentimientos, igual que una flor asoma una mañana al sentir las caricias de las gotas del rocío, para regalar al mundo, a la humanidad, mi amor, mis sentimientos, lo mejor de mí; no lo haré antes, definitivamente no.

Su amiga la miró tristemente y dijo:

-Es hora de demostrarnos de qué arcilla estamos hechos. No seamos como los artistas, científicos y tantos personajes que se han ocultado ante la falta de público que les aplauda, pague y engrandezca su soberbia. Seamos como la flor que acabo de regalarte, resplandeciente y de humilde belleza que la hace grandiosa, con matices y perfumes auténticos que no necesitan antifaces.

Ambas fueron interrumpidas por un mozalbete desharrapado, apenas cubierto con un pantalón corto y una playera de mayor talla, con los brazos y las piernas cubiertos de mugre y granos, quien imposibilitado de hablar, emitió sonidos guturales y estiró la mano, ansioso de obtener comida o algunas monedas.

La mujer lo vio con asco, sintió repugnancia e hizo señales con las manos para ahuyentar a la criatura hambrienta. Volteó, altiva, a otra dirección y hasta soltó la flor sencilla al piso de concreto, mientras la amiga sustrajo de su bolsa una manzana, una botella con agua y una naranja, y las entregó al menor atrapado en la miseria y la pubertad de sus años, cubierto de granos y manchas, a quien recomendó lavar sus manos antes de probar los alimentos. El muchacho, enmudecido, escudriñó a la dama, le sonrió agradecido y se marchó de prisa.

Enojada, la mujer que prometía tanto para otros amaneceres -abrazos, besos, felicitaciones, sonrisas, regalos, alegría-, habló en cuanto el adolescente corrió feliz con los regalos que le entregó la dama:

-¡Cuanta escoria hay en el mundo! ¡Esta basura debería extinguirse! Por esa clase de personas, la humanidad padece contagios y escasez de alimentos, espacio, oportunidades y equilibrio natural. Le diste agua y comida sin conocerlo. Es un muchacho rapaz. ¿Cómo es que alimentas basura, amiga? A esa gente hay que abandonarla a su suerte para que enferme y muera. No la necesitamos. Estorba. Es inmundicia.

La amiga escuchó incrédula a quien anunciaba regalos para otros amaneceres, burbujas, después de todo, que reventarían ilusas ante la realidad. Movió la cabeza en señal de desaprobación y pensó en la hipocresía de tanta gente. La verdadera grandeza, reflexionó, se mide ante las pruebas cotidianas y no por medio del ornato de palabras y ofrecimientos que jamás serán cumplidos.

La mujer interrumpió las cavilaciones de la dama:

-Habrá otros amaneceres y oportunidades para alegrar al mundo. Un día lo haré, te lo aseguro. Ya es tarde. Debo acudir a una cita con unas amigas, con quienes beberemos café e iremos a recorrer algunas boutiques, en la plaza comercial, para después comer en un restaurante de buena clase. La vida es breve, ya lo sabes, y hay que aprovecharla como sea antes de que llegue la noche. ¡Adiós!

Así, la dama permaneció en silencio. Distinguió, a unos metros, a la amiga que abordó un automóvil en el que viajaban otras mujeres, con quienes indudablemente iría a la cafetería y a las tiendas de la plaza comercial; en el otro extremo, más retirados y en sigilo total, descubrió la figura del adolescente enfermo y pobre, sentado en el césped de un jardín público, que compartía la botella con agua, la manzana y la naranja con su madre y una niña muy pequeña, descalza y de piel quemada por los días soleados tan repetidos en su existencia. Inmersos en su pobreza e ignorancia, disfrutaban aquellos tres pequeños regalos que sabían a cielo y manjar.

-Y un día, cuando amanezca otra vez, regalaré abrazos y sonrisas… -recordó la dama las palabras de la mujer que creyó su amiga, y pensó -: Para curar las heridas de quienes más sufren, devolver la alegría y la esperanza a los desprotegidos, tender puentes que salven abismos, provocar una sonrisa amigable, aconsejar y dar la mano, no se necesita esperar otros amaneceres; es preciso hacerlo ahora, en el minuto presente que rápido se convertirá en ayer y en oportunidad desperdiciada y perdida o aprovechada con sentimientos, palabras, actos, detalles y pensamientos nobles.

Las risotadas burlonas de su amiga y de las otras mujeres, mezcladas con la estridencia del motor al arrancar el automóvil, alteraron las reflexiones de la dama, quien sonrió al experimentar alivio y paz tras distinguir a la familia pobre -la madre, la niña pequeña y el adolescente- que lucían contentos al probar el agua, la manzana y la naranja que compartían en el césped. La dama caminó feliz y plena a otras rutas ausentes de un porvenir remoto e impreciso. Se sintió agradecida y bendecida.

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Blogueros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Construimos y adornamos nuestras casas todos los días con las flores que cultivamos y los poemas que escribimos y colgamos una mañana soleada, una tarde lluviosa o una noche estrellada, mientras la humanidad transita a un lado y a otro o se refugia en sus sueños cuando duerme.

Unos somos artistas -escritores, poetas, músicos, pintores, dibujantes, escultores-; otros, en cambio, se entregan a fórmulas prodigiosas de la cocina, a recetas de sabores, aromas, colores y formas que deleitan y cautivan los sentidos, o al maquillaje, a las modas, al embellecimiento de la gente, e incluso al ejercicio, a la salud.

Algunos toman a sus lectores de las manos y los llevan a recorrer todos los rincones del mundo, entre arquitectura, escenarios naturales, ruinas, museos, callejuelas, jardines, plazas y sitios encantadores, hasta que se sienten parte de la lista de pasajeros de un crucero, un autobús, un yate o un avión. Llevan a la gente a paseos bellos e inolvidables, y aparecen ante su mirada los restaurantes y cada espacio mágico.

Los patinadores, gimnastas, arqueólogos, excursionistas, consejeros y coleccionistas también comparten sus experiencias y dan lo mejor de sí en sus espacios, y en cada blog se nota la entrega auténtica y el orgullo de publicar algo propio y compartir, a través de citar a los autores y las fuentes, información de gran interés. Sin sospecharlo, formamos parte de una hermandad que

Otros impulsan sus creencias e ideologías o tratan asuntos científicos, de salud, académicos, técnicos, sociales y económicos, o recorren, apasionados, las páginas de la historia, las costumbres de la gente, las teorías y todo cuanto forma pare del conocimiento humano.

Los que publican acerca de temas políticos y religiosos, defienden sus convicciones desde sus trincheras; pero no atacan ni obligan a los demás a creerles. En sus opiniones, la mayoría de los blogueros somos respetuosos. Formamos parte, quizá sin sospecharlo, de una hermandad interesada en hacer del mundo un cielo, un terruño de alegría, progreso, dignidad, respeto y paz.

Hay quienes publican sus fotografías, sus creaciones, sus recuerdos, sus observaciones, sus análisis, y todo suma y multiplica en la medida que aporta y derrama el bien y la verdad. Dentro de tanto material que se ha dedicado a intoxicar los medios de comunicación y las redes sociales, un blog y muchos más, cuando son auténticos y bien intencionados, independientemente de los temas que traten, se convierten en luceros que alumbran las noches de millones de seres humanos en el mundo.

De todas las razas, edades y creencias, los blogueros partimos desde las bases y cotidianamente, a través de disciplina, esfuerzo, constancia y pasión por lo que hacemos, entregamos el ladrillo, el ornamento, el detalle que embellece las casas que edificamos, los puentes que construimos, los espacios que cubrimos con lo que es tan nuestro y compartimos a los demás.

Como artista y escritor, me he preguntado una y otra vez, aquí y en incontables foros, ¿dónde se ocultaron los autores, los intelectuales, cuando por ser figuras públicas reconocidas, deberían de contribuir a iluminar a la humanidad en horas en que el mundo se ha apagado? ¿Dónde está la mayoría de ellos? ¿O será, pregunto, que prefieren auditorios pletóricos que les aplaudan y compren sus obras?

Igualmente, como periodista, y siempre con admiración y respeto a mis colegas que actúan con honestidad y profesionalismo, me he preguntado, con la respuesta que surge de inmediato, ¿por qué se han convertido, en gran parte, en mercenarios serviles de quienes los mantienen, los controlan, los manipulan y al final los desecharán?

Y lo mismo podría hablar de académicos, científicos, médicos y otros que han olvidado la esencia para cubrirse con maquillajes superficiales y temporales. ¿Dónde se encuentran, en una etapa en que millones de seres humanos los necesitan? ¿Dónde los líderes políticos, sociales y religiosos?

Estos meses de incertidumbre humana, he recorrido, cual viajero que transita de una estación a otras más, incontables espacios de blogueros, y todos, a pesar de las limitaciones técnicas, han aportado algo bueno, como quien siembra semillas que un día florecerán digna y libremente en un jardín ausente de fronteras y abismos.

Quienes creemos con amor y pasión en lo que somos y hacemos, definitivamente seguimos presentes con la intención de enriquecer nuestros hogares cibernéticos, los recintos en los que publicamos y difundimos lo que producimos y convidamos al público que hace favor de visitarnos.

A excepción de aquellos que se dedican a plagiar obras y exhibirlas como suyas -textos, fotografías, dibujos, ideas, recetas-, a los que hay que denunciar públicamente con firmeza y valor -yo lo hice al descubrir que alguien había robado tres párrafos de mi publicación Gota de agua, los cuales publicó en francés-, la mayoría de los blogueros nos entregamos a la creación de lo que es tan nuestro y convidamos a los demás con alegría, como las nubes plomadas que comparten sus gotas diáfanas o las noches oscuras de las que cuelgan luceros que alumbran los caminos y dan sentido a las rutas.

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Mascarillas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando las mascarillas permanezcan en los rostros, igual que una moda o, tal vez, una necesidad o una imposición, ¿dónde miraremos nuevamente la sonrisa de los niños, las expresiones de amor, la dulzura de alguien que pronuncia la más bella de las palabras?

Y si las mascarillas y otros inventos se hospedan en los rostros y esconden alegrías y tristezas, besos y sonrisas, gestos y sentimientos, amabilidad y enojo, hasta volverse paisaje de cada día, ¿dónde quedaremos nosotros, los de apenas hace uno días, con las expresiones que mostrábamos facialmente al mundo?

Unos nacerán y otros morirán, igual que las flores y las plantas de los jardines que hoy asoman a las ventanas, entre auroras y ocasos, y quizá alguna generación llegue y se acostumbre al atuendo, a la ropa de la cara, sin tener oportunidad de disfrutar la belleza y el esplendor de un rostro libre, auténtico, feliz y pleno

Y si con las mascarillas, ¿también pretenden callarnos, desdibujar nuestros rasgos, uniformarnos, acostumbrarnos a las órdenes y reglas, a la obediencia, a la ausencia de oxígeno puro? ¿Y si el significado es ajeno e indiferente a la salud, a la protección, y es resultado de una ecuación cuyo resultado es la masificación y el silencio? ¿Y si es cadena simulada o el inicio de un pasillo repleto de barrotes y celdas?

Si las mascarillas son preámbulo de otras cosas que se sucederán unas a otras, y que alguien, en su ambición de poder y dominio, ya tiene diseñadas y programadas, ¿en qué momento, como humanidad, perdimos la libertad, el derecho de ser felices, la justicia y la dignidad? ¿A qué hora cedimos derechos a los abusivos y perversos? ¿En que momento renunciamos a lo bello, a lo sublime, a cambio de estulticia y superficialidades?

Al dificultar la respiración, provocar calor y molestias, tapar las caras, a cambio de reducir las posibilidades de contagio de coronavirus, parece que se genera un deseo irresistible de liberación y una ansiedad hacia la invención y la aplicación de una vacuna que esconde intenciones perversas.

La mascarilla oculta la sonrisa amable y genuina y el gesto adusto y grosero, la piel natural y el cutis maquillado, el color y los rasgos faciales. Es, en todo caso, la invitada especial de la generación de la hora presente, o, acaso, un huésped que inesperadamente se alojó y cubrió parte de la cara, como esos males necesarios que un día o una noche, a cierta hora, llegan, tocan a la puerta y forman parte de las apariencias, se integran definitiva o temporalmente en el paisaje humano, acompañan a la gente en sus horas activas y ociosas, como si se tratara de debilitar a las mayorías y otorgarles, provisionalmente, andaderas y muletas para que tropiecen constantemente y pierdan capacidades, agilidad y habilidades.

Esconde los gestos y las reacciones de millones de personas, en el mundo, quienes, por necesidad y urgencia de protegerse contra una enfermedad real que alguien desea convertir en pandemia con la intención de justificar la invención y la aplicación de vacunas, el quebrando de la economía internacional, el derrumbe de esquemas y la imposición de un modelo cruel e injusto a nivel global, las utilizan irremediablemente. Unos las usan por convicción y protección, otros forzosamente y algunos más como moda. Se volvió parte del arreglo y el vestuario, y las hay de todas clases y materiales, de acuerdo con la capacidad económica, la disposición en el mercado y hasta las modas de quienes las utilizan.

En un ambiente contradictorio y enrarecido, con frecuencia intoxicado por las sombras del miedo, el contagio, la enfermedad y la muerte, provocado, al parecer, por un virus degenerado en las entrañas de uno o más laboratorios y disperso, inicialmente y con cierta intencionalidad, en diversas zonas estratégicas del planeta para su inmediata propagación global, como parte de la estrategia, el plan y las acciones de una élite ambiciosa, despiadada y poderosa económica y políticamente, que, además, corrompe, manipula y controla gobiernos, medios de comunicación e instituciones, la mascarilla forma parte del atuendo cotidiano de la humanidad, más allá de creencias, sexo, nivel socioeconómico y raza.

Las mascarillas, parte y símbolo de la historia que vivimos durante estos días, también marcará diferencias sociales, la condena y el desprecio a quienes no las utilicen, porque después de todo, tras la protección humana contra algo tan despiadado, se trata de volver a todos cifra, objeto, estadística.

Surgen las opiniones, las dudas, las interrogantes, las criticas, las discusiones. ¿Qué es, en realidad, la mascarilla, y cuál es su verdadero significado? ¿Protección eficiente? ¿Atuendo? ¿Prótesis? ¿Signo de control? ¿Grillete? ¿Represión? ¿Ensayo de manipulación? ¿Medida de emergencia? ¿Protocolo de seguridad e higiene? ¿Extremo de una cadena con tentáculos que pretende destejer alegría, sonrisas y expresiones nobles para transformar a las personas en artefactos utilitarios, en sujetos impersonales, en autómatas inexpresivos? ¿Fin de una época e inicio de un ciclo oscurantista? ¿Antítesis de la higiene? ¿Necesidad? ¿Urgencia? ¿Imposición? ¿Emergencia sanitaria? ¿Salud, vida, deficiencia, control, muerte?

Más allá de utilizarlas racionalmente, en el más amplio sentido de responsabilidad, compromiso y respeto individual y colectivo, para proteger la salud, las mascarillas esconden, sin duda, expresiones, rostros, semblantes, imágenes físicas; sin embargo, cada hombre y mujer, aquí y allá, deben salvaguardar la nobleza de su interior, su creatividad, sus sueños, sus ilusiones y su libertad de sentir, pensar, hablar y actuar.

Las expresiones faciales, al  interpretarse correctamente, suelen dar lectura a los sentimientos y a la personalidad de cada hombre y mujer, y encantan por ser alfombra de flores bellas y fragantes o desagradan por parecer un campo estéril cubierto de tierra, abrojos y piedras. Ahora, las mascarillas cubren tal lenguaje y, bien o mal, forman parte del escenario cotidiano.

La gente discute y pelea por los argumentos contradictorios respecto a las mascarillas, y si hay quienes defienden su uso, beneficio y protección, también existen aquellos que se oponen a utilizarlas y argumentan los perjuicios, las consecuencias de su uso prolongado y hasta su significado, e incluso se reúnen con la intención de denunciar los planes siniestros de una élite y dar a conocer que existen fórmulas para combatir tan nefasta enfermedad, la del coronavirus, sin necesidad de crear vacunas ni presentar un escenario teatral que distorsione la trama de la vida.

Ningún ser humano, en el mundo, debe consentir que otros, con mayor poder, intenten someterlos y verter sus sueños, sentimientos e ideas en cañerías inmundas, como lo han hecho desde hace mucho tiempo quienes pretenden apoderarse de las riquezas del mundo y de las voluntades humanas.

Si las mascarillas esconden los rostros amables, dulces y sonrientes, la capacidad de los seres humanos es superior para irradiar amor y sentimientos nobles y superiores a los apetitos, la ambición desmedida y la superficialidad de un grupúsculo cruel.

Una mascarilla ayudará, indudablemente, a proteger y reducir la multiplicación de contagios de coronavirus, a cambio, muchas veces, de disimular, esconder y silenciar la alegría y las palabras; pero mientras existan seres humanos capaces de amar, dar de sí a otros y actuar por medio de la nobleza de sus sentimientos, la luz disipará las sombras y ningún material que cubra la boca y las expresiones faciales, tendrá poder, en consecuencia, de borrar la alegría de vivir dignamente, la práctica diaria de valores, la libertad, el respeto y la justicia.

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Sopla el viento

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sopla el viento de septiembre, entre aguaceros y nubes plomadas de un verano agónico, y se lleva, para siempre, en su cargamento y en su mudanza, las auroras y los ocasos, las risas y las tristezas, las esperanzas y los miedos, las mañanas y las tardes, el sí y el no de un año destejido por el horror de la enfermedad y la muerte, aquí y allá, en cada rincón del mundo, hasta convertir las imágenes en evocación y más tarde, al envejecer la gente o partir, en olvido. La vida se va. Sopla el aire que anticipa el aliento otoñal, preámbulo de follajes desnudos y alfombras de hojas doradas y quebradizas, amarillas, cafés, naranjas y rojizas, dispersas en el campo y en las avenidas y las calzadas solitarias. Son ráfagas que agitan las flores silvestres y las de los jardines, en las casas, recién empapadas por la lluvia que empieza a ausentarse, mientras hombres y mujeres, asomados en las ventanas, contemplan la vida que se fuga, igual, parece, que una figura que alguien desdibuja por su infausto recuerdo. De los rostros humanos brotan lágrimas, como del cielo se derraman gotas que parecen limpiar el paisaje, los cristales de los ventanales, las calles, la naturaleza y el planeta, en un mensaje que indica, creo, el derecho a la vida y a la libertad, a ser intensamente felices, ausentes de antifaces y cadenas. A veces pienso que la lluvia se ha encargado de limpiar el mundo, lavar las inmundicias y dar otras pinceladas a la naturaleza, al paisaje, como una oportunidad de renacimiento y con el mensaje de que en cada gota de agua se refugian la vida, el amor y la alegría, y me parece, también, que alguien sopla para deshojar los árboles y dispersar por el mundo un tapete dorado que recuerde, en contraste, la brevedad de la existencia, y que así aprendamos los seres humanos a disfrutar plenamente cada estación, todo momento, los instantes que se van y no vuelven por ser irrepetibles. Cuando siento las caricias del aire entrar por la ventana de mi estudio y mover mi mano para escribir, hago un paréntesis con la idea de escuchar los rumores y silencios de mi interior y suponer, emocionado, que se trata del aliento de Dios que promete un destino feliz y carente de fronteras, abismos y finales. El viento sopla.

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Engaño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Responsables del saqueo irracional en bosques y selvas, de la explotación de seres humanos inocentes, de la invasión de reservas naturales, del asesinato y comercio de animales en peligro de extinción -elefantes, hipopótamos, rinocerontes, jirafas, orangutanes, gorilas, chimpancés, felinos-, de la contaminación ambiental, de la miseria, enfermedad e ignorancia y de crímenes en perjuicio de incontables seres humanos, ellos, los miembros de la élite mundial que controlan y manipulan gobiernos serviles y artistas, científicos, intelectuales y medios de comunicación mercenarios, pretenden hacer creer a las multitudes -ahora presas bajo el terror de una enfermedad distorsionada, cultivada y propagada, con la consecuente justificación de una vacuna y la destrucción de libertades y esquemas familiares, económicos, educativos, morales, religiosos, sociales y políticos, que son escoria y responsables de la degradación del planeta. Todo les ha resultado negocio redituable, acorde, desde luego, a la aplicación gradual de sus proyectos crueles y perversos. Mira que distraer y entretener a la gente con imágenes de innumerables animales que regresan a las ciudades desoladas, digno de una historia fantástica en busca del vergel -¿regresar?, ¿tienen que trasladarse a las urbes, donde el asfalto y el concreto cubren los poros de la tierra, sitios en los que todo es artificial y hasta los alimentos se encuentran procesados y enlatados?- o por medio de algún reportaje de maltrato a un perro, a una mascota, lo cual es lamentable y definitivamente reprobable, cuando ellos, los poderosos, organizan y llevan a cabo safaris y asesinan animales en peligro de extinción, abusan de la gente débil y se apoderan de recursos naturales y minerales. Claro, durante la cuarentena por el coronavirus, algunos animales llegaron a las poblaciones por encontrarse próximo su hábitat; pero no fue, como pretendieron que lo creyeran las personas, por el hecho de que el ser humano es basura. Con mucha astucia y cierta intencionalidad, hacen creer a la gente, en su encierro doméstico, que es antítesis de la naturaleza y la vida, cuando ellos -unas cuantas familias acaudaladas y poderosas- son responsables de dirigir un concierto que desea la tragedia humana. Vaya, es deleznable aquel que en su despacho ejecutivo, en su biblioteca ornamental, en su galería, en su cantina o en su salón de juegos, exhibe la cabeza de un rinoceronte, como lo es, también, quien arroja basura en la calle o la abandona durante un día de campo. ¿En qué nos hemos convertido?

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Las despedidas no se anuncian…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las despedidas no se anuncian cuando uno, encantado con las auroras y los ocasos de la vida, abre las ventanas y contempla, asombrado, las fragancias y los colores del paraíso dispersos en las flores, en las cortezas musgosas, en la tierra mojada por la llovizna y en el ambiente nebuloso y frío o soleado y maquillado prodigiosamente con los matices del arcoíris. Las ausencias no se planean al ser uno tan dichoso y hacer de los minutos de la vida instantes bellos e inolvidables, momentos sublimes y mágicos consigo, en la soledad, entre los rumores y silencios del interior, o acompañado de quienes son tan amados y ya se encuentran, por lo mismo, inscritos en el alma, en otros sueños y aventuras infinitos, en una historia magistral e interminable. De naturaleza inquieta y quizá hasta rebelde, pero envuelto por la esencia del amor, uno no se marcha de improviso ni es pasajero de estaciones y furgones desolados y tristes. Uno, al vivir y morir todos los días, ha hecho pactos de unión infinita con quienes tanto ama y al llevarlos en la esencia, en el interior, en el alma, siempre permanecerán en una hermandad inquebrantable. Sucede que de pronto, entre las meditaciones del aislamiento, las observaciones y los análisis del paisaje humano y las reflexiones sobre la realidad de la hora contemporánea, uno mira aquí y allá, a una hora y a otra, los asientos y los espacios que apenas ayer -oh, cuán rápido se convierte el hoy en antaño- estaban ocupados por minúsculas y mayúsculas, con nombres y apellidos, e inesperadamente han quedado ausentes, vacíos, como la silla de madera que un día infausto, en cierto minuto, el artista abandonó en el jardín cubierto de maleza. Ya la lista está incompleta. Muchos rostros no volverán a presentarse más ante nuestras miradas ni escucharemos sus voces, como antes, porque de improviso partieron a otras rutas. Ni siquiera tuvieron oportunidad de despedirse. Hace algunas semanas vivían y soñaban, reían y lloraban, resbalaban y se incorporaban, y estaban en medio de la trama de la vida, acaso sin sospechar que pronto, ante una realidad tan compleja e injusta, se convertirían en pasajeros de un tren desolador y triste. Su historia fue interrumpida. Soy caminante y aquí me encuentro, en medio de mi historia, entre páginas escritas y hojas vacías que anhelan y esperan otros capítulos, y no pienso retirarme porque me parece que aún quedan muchos días para iluminarlos con los matices del amor, la alegría, los sentimientos nobles, el bien y la verdad; sin embargo, también pienso que ante las trampas mortales que han colocado quienes pretenden adueñarse del planeta y de las voluntades humanas, es conveniente luchar e impedir mayores daños y crueldades, y, a la vez, entrar en comunión consigo, con la esencia, con la vida. A quienes amo tanto, deseo expresarles mi agradecimiento y mis sentimientos puros, y más porque son mi tesoro, mi motivo, mi otra parte, mi bendición. Estoy en paz conmigo, con la humanidad, con la vida, con la creación. Me he preparado, estos días, para ser más auténtico, libre y pleno, y darles a todos lo mejor de mí. Y no es una despedida. El adiós no se anuncia cuando uno ama tanto y es tan dichoso. Todos los días abriré las ventanas de mi alma, de mis sentidos, de mi vida, de mi casa, con la idea de recibir las caricias del sol y el saludo de las estrellas, los perfumes de las flores silvestres, los susurros del viento, las risas de los niños y los relatos de los ancianos, el lenguaje de la humanidad y de los seres que viven. Cuando uno ama tanto a la gente que forma parte de su alma y su historia, a su familia -oh, mi bendición y mi tesoro-, a la otra parte de sí -un tú y un yo inseparables-, a sus amigos, definitivamente no aparece en los planes la separación anticipada. Simplemente, lo que hago es ponerme en armonía y en paz conmigo, con la gente, con la vida, con la esperanza e idea de seguir, como hasta hoy, con mi caminata por las páginas de la historia que protagonizo con ustedes, contigo, con ellos, con todos, y la sensación de que siempre me acompaña un aliento etéreo tan parecido al perfume de Dios. La vida es, sencillamente, hermosa, y no es mi intención partir inesperadamente. Hay mucho que aportar a mi historia, la mejor novela, por cierto, que he escrito. Y aquí estoy, como siempre, con la puerta y los ventanales abiertos, preparado para recibirlos sonriente y con el amor que me inspiran.

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