Que nadie les arrebate sus sueños y su imaginación, sus anhelos y sus ilusiones…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Nunca permitan que les desbaraten sus sueños y sus ilusiones. Impidan que les roben sus locuras y sus anhelos. Cuiden su imaginación y su creatividad, sus motivos y sus fantasías. Y que nadie apague sus alegrías y sus sonrisas. Cada día, a pesar de que a veces haya momentos de tempestades, disfrútenlo plenamente, contentos, lejos de aquellos que, por vibrar a escalas tan bajas, provocan dolores, tristezas, males y naufragios. Eviten que arranquen la inocencia a los niños y las ilusiones a los adolescentes y a los jóvenes. La pretensión local y global es robarles sentimientos, ideales, fantasías, imaginación, sueños, ilusiones y anhelos con el propósito de vaciarlos y transformarlos en marionetas insensibles y ciegas, en títeres enajenados y autómatas, en muñecos procesados en serie. Sean creativos y originales. Vivan demasiado y sueñen mucho. Si alguna vez desarticulan a la humanidad y la convierten en maquinaria, ausente de sentimientos y de ideales, de pensamientos y de sueños, de anhelos y de ilusiones, de creatividad y de imaginación, los hombres y las mujeres se volverán seres programados para cumplir tareas, parecidos a los robots y con el patético semblante de quien solo es un organismo biológico con determinada vigencia. No permitan, por ningún motivo, que saqueen e incendien sus ilusiones, creatividad, sueños, fantasías, anhelos e imaginación.

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El talento de quien siente admiración, respeto y asombro ante la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Conozco una mujer que experimentó los horrores de la Segunda Guerra Mundial y que, no obstante, ama la vida y recorre sus caminos con alegría, rectitud y sabiduría. Ha viajado por el mundo. Lo conoce muy bien porque no se conforma con el paseo superficial que le ofrece cada lugar. Es una buscadora de historias, detalles, rostros, formas, costumbres, motivos y tradiciones. Siente deleite al conocer gente, al recorrer vestigios de otras horas y al descubrir estilos de vida que, generalmente, pasan desapercibidos por los turistas comunes. Entra a los mercados, a las ruinas, a los barrios, a los escondrijos del mundo. Toma fotografías con sensibilidad y talento, capta imágenes con la pasión de quien siente asombro, respeto y admiración ante los detalles y el milagro de la vida. Es una mujer inagotable que sabe que el tiempo y la vida son para experimentarlos plenamente, dejar huellas y trascender. Vive en Alemania, al lado de su familia, con el deleite de compartir sus letras y sus colores, sus palabras y sus fotos, con lo que ha encontrado al caminar por el mundo. Ella, Rosemarie Schade, es una dama, una de esas personas que, al conocerlas y tratarlas, no se olvidan por su amabilidad, su educación, sus valores y su experiencia. Hoy, simplemente, le dedico este espacio con el arte de mis letras.

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Mis compañeros blogueros

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Juntos, a través de los días y de los años, hemos compartido el arte, la belleza y la majestuosidad de las letras en prosa y en poemas, el encanto de la pintura, el prodigio de la escultura, la magia y la profundidad de la música. A esta hora y en otras más, viajamos a paisajes naturales, pueblos y ciudades, como turistas de primera clase, y hasta experimentamos aventuras grandiosas e inolvidables. Inseparables, probamos la delicia de platillos locales e internacionales, el sabor incomparable de los postres y hasta algunas copas de vino. Hemos conocido acerca de la belleza y de las modas, del arreglo personal; pero también de religiones, historia, medicina y tradiciones. Somos blogueros, gente auténtica y honesta, interesada en dejar huellas de nuestro paso, en aportar algo de nosotros a los que vienen atrás, en dejar el mundo más bello de lo que lo encontramos. A diferencia de quienes sienten desfallecer si no tienen ante sí cámaras, aplausos y reflectores, nosotros, los blogueros, siempre estamos presentes con nuestro público y hasta nos saludamos con cierta frecuencia. Me encanta, al menos en este grupo, que somos respetuosos y nos tratamos con amistad y afecto. En un ambiente como el que hemos creado, fácilmente son descubiertos los fraudulentos que plagian obras y la gente que ofende. Quiero agradecer su presencia. En ocasiones, por mis actividades profesionales, me resulta complicado permanecer atento a todos los comentarios y a las actividades de cada uno de ustedes; no obstante, tengan la certeza de que ya están registrados en mi memoria, en mis sentimientos, y que les tengo cariño, respeto y admiración. Gracias por estar presentes, amigos y compañeros blogueros.

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Algo tiene el arte

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Algo tiene el arte. Me recuerda, cuando lo escribo, los poemas y los textos de un paraíso que siento en mí y percibo aquí y allá, en el mundo y en el universo, en el barro y en la esencia. Leo sus razones y sus delirios en las hojas que se desprenden de los árboles al sentir las caricias del viento y en las gotas de lluvia que forman charcos y reflejan la profundidad azul del cielo. Algo tiene el arte. Sus formas y su policromía son, parece, trozos que flotan para que uno, al mirarlos, no olvide que existe lo tangible y lo etéreo. Algo tiene el arte. Al escucharlo, creo, y estoy seguro de que así es, que tiene mucho de la voz de Dios y del lenguaje de la creación. Algo tiene el arte. Cuando me inspiro y escribo, me transformo en flor y en helecho, en estrella y en oleaje, en tierra y en viento. Algo tiene el arte. Me recuerda a Dios cuando escribe sus guiones, al pintar y al decorar sus creaciones y sus formas, y al darles sonidos, pausas y silencios. Algo tiene el arte. Cuando escribo, sé que emulo, en pequeño, la inmensa tarea de la creación. Algo tiene el arte. Es la encomienda que traigo conmigo, mi razón, mi sentido, mi motivo. Algo tiene el arte. Enamora, cautiva, encanta. Eleva y lleva al bien, a la realización, a la plenitud, a la textura y a la fuente infinita. Algo tiene el arte. Es una forma de definir y expresar el mundo, el cielo y el infierno, la temporalidad y la eternidad, las cargas y las livianidades, los sueños y las realidades. Algo tiene el arte. Obsequia pedazos de vida. Algo tiene el arte. Abre las puertas de mi interior y descubro a los del ayer, a los del pretérito, a los de hoy, a los de mañana, en un palpitar con múltiples rostros que describo y vuelvo letras que dicen tanto y callan todo. Algo tiene el arte. Lo descubro en mí y no puedo renunciar a su linaje, a la encomienda de escribirlo, a la alegría de compartirlo. Algo tiene el arte.

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Somos artistas, escritores, poetas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Somos de papel y de tinta, de letras y de palabras; pero también, no lo olvidemos, de sentimientos y de ideas, de sueños y de realidades. Traemos el lenguaje del paraíso y del infierno, de la temporalidad y del infinito, para describirlos en una novela, en un cuento, en un poema, en un texto, que nuestros lectores recolectan con sus sentires y sus pensamientos, con sus motivos y sus razones, en la búsqueda de sí mismos y de las cosas que no podrían explicarse de otra manera. Hablamos con Dios, con el bien y con el mal, con la sonrisa y con el enojo, con la alegría y con la tristeza, con los seres humanos -los de antes, los de entonces, los de hoy y los de mañana-, con personajes reales y ficticios, con las luces y con las sombras, con todas las criaturas, para deleite de nuestro público, dentro de lo que la gente llama tiempo y espacio. Bebemos agua del manantial; a veces, al contemplar el mundo, padecemos sed. Vivimos y morimos para enseñar a otros el prodigio de existir. Relatamos. Somos coleccionistas y relatores de historias. Artistas, escritores, poetas, eso somos felizmente. Entramos a la morada de Dios, a la fuente de luz infinita, a los recintos más desolados y sombríos, a las hogares de la gente, a las casas de todos los seres de la creación, con el respeto que nosotros, los artistas, recibimos. Somos monarcas y pueblo, libres y esclavos, aire y tierra. Experimentamos todo con la intención de sentirlo y transmitirlo a la gente, a los lectores, con vibración intensa. Miramos, al caminar por el mundo y al final de la jornada, a la gente que parte con sus cargas y sus livianidades, con lo bueno y con lo malo, mientras nosotros, los artistas, los escritores, los poetas, comprobamos, por añadidura, el cumplimiento de nuestra encomienda. Y es que sin nuestros delirios, parece, no habría estrellas. Somos de papel y de tinta, de esencia que fluye y de textura arcillosa, de agua y de arena, de cristal y de piedra. Somos eso, artistas, escritores, poetas.

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Tanto de arte tiene la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La vida tiene sus propios encantos, sus expresiones y sus motivos, y yo, desde la pequeñez de mi condición humana, intento agregarle mis letras y mis palabras, mi arte, con sus acentos, puntuaciones y signos, como el jardinero que, una mañana y otra, añade y cultiva flores -orquídeas, tulipanes y rosas- en el paraíso, simplemente por la afición y por el gusto de dejar algo de sí, sus huellas y sus recuerdos. La vida posee colores que se derrama a sí misma, y yo, desde mi taller humilde de artista, mezclo tonos y doy pinceladas con la idea de que el paisaje terreno cuente con algo de esencia y de humano. La vida dispersa sus lapsos de rumores y sus pautas de silencios, en un canto mágico e interminable, en una sinfonía con movimientos y pausas, y yo, con mis textos, le ofrezco mis notas. La vida tiene sus sentidos, sus formas y sus razones, y yo, jornalero del arte, introduzco mis manos de escritor para moldear la mezcla de la arcilla y la luz. La vida amanece y anochece, en una estación y en otra, con los pedazos de arte que le regala Dios o que, entre sus suspiros, trae de uno de los tantos paraísos que visita, y yo, artista, solo trato de impregnarle mis letras, mis matices, mis sonidos y mis formas. La vida tiene mucho de sublime, tanto de arte, que yo, un aprendiz, pienso, cuando la siento, que me dicta mucho de lo que escribo.

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En estos días y los que siguen

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los días pasados y los actuales, han alterado las notas de la vida, y no es por el destino ni por el tiempo. La guerra continúa con su rostro deforme e irreconocible, casi sin que lo note la gente que está tan distraída y desconoce que, junto con otros miles de millones de seres humanos, se ha convertido en prueba de laboratorio, en ensayo perverso, en producción en serie, en estadística. El agua, el oxígeno, la tierra y los alimentos, en el mundo, se agotan, al mismo tiempo que manos ambiciosas, crueles y egoístas -las mismas que crearon los desórdenes y propician el caos, el odio, las enfermedades, los enfrentamientos, la destrucción, los antagonismos y la muerte- acaparan los recursos naturales y minerales y acumulan fortunas y poder inmensos que contrastan con el hambre, las carencias económicas y las enfermedades. Mucha de la gente que se dedica a la ciencia, al arte, al conocimiento, ya lo comprobamos una y otra vez, es soberbia, ausente de sentimientos, y tiene precio. Vende el arte y la ciencia igual que se comerrcializa cualquier baratija. Son mercenarios que se han aliado al mal y a los que no les interesa prostituir el bien, la verdad, la justicia y la libertad. La élite ha saqueado al planeta, con la cacería de animales, el botín que obtienen de las entrañas de la tierra y los paraísos de cristal y mármol que construyen sobre esteros, bosques y selvas, siempre culpando a las multitudes que formó a través de la televisión y los medios de internet. Y la guerra se acentuará. Ahora, tras el experimento del Coronavirus, poseen el mapa completo, la geografía humana, y saben cómo reaccionan cada pueblo y raza. Intentan, y lo están logrando, apoderarse de la voluntad humana, destruir a los que les estorban y significan cargas onerosas, a quienes sienten y piensan diferente. La búsqueda de condiciones favorables a la vida en el espacio, en otros planetas, no es con el objetivo de beneficiar a la humanidad, sino a un segmento privilegiado materialmente, y no solo con la idea de colonizar el universo, sino para obtener y ganar la supremacía militar y el control absoluto. Y claro, también saquearán las riquezas de otros planetas, aunque la inversión supere las cantidades que se requieren para alimentar y sanar a las multitudes. Seguramente habrá nuevos minerales y piedras que sustituyan al oro y a los diamantes. Todo será distinto. De hecho, ya lo es. Si el denominado Covid-19 fue diseñado, creado y disperso en sitios estratégicos para su propagación inmediata, se trata del principio de la destrucción masiva, y pronto, sin duda, surgirán otras expresiones que asustarán, desestabilizarán y aniquilarán a amplio porcentaaje de hombres y mujeres a nivel global. Si innumerables artistas y científicos se han escondido, por conveniencia, miedo o interés, otros, lo sabemos, son mercenarios que trabajan a favor de quienes les pagan. Dentro de esa basura humana que ha tenido oportunidad de dominar las manifestaciones artísticas y el conocimiento, también existen hombres y mujeres auténticos y extraordinarios, capaces de desafiar a los dueños de las fortunas y del poder, con el objtivo de defender la verdad, el derecho a la vida, las libertades y la dgnidad humana. Quienes aún poseemos la fortuna y el privilegio de contar con valores y practicarlos para bien propio y de los demás, en la incabable tarea de construir un mundo hermoso y pleno, tenemos la obligación, el compromiso y la responsabilidad histórica de crear e investigar con ética y respeto, siempre para beneficio de la humanidad. El arte y la ciencia, si son auténticos, tienen el compromiso irrestricto de invitar al bien, a la verdad, al desarrollo equilibrado e integral de la humanidad y de toda expresión con vida e inanimada, a la evolución. Y el arte y la ciencia, en manos de gente honesta y con valores, no están a la venta, y menos para causar sufrimiento en los demás. Al menos, yo no utilizaría mis letras y mis palabras, en la destrucción y en el engaño, y sobre todo cuando pienso que el arte es lenguaje de Dios, destello de la fuente de bien y luz.

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1968

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Pido a mis lectores que me disculpen si acaso escribí abrumado. Hace rato, mientras escribía el presente texto, no pude contener las lágrimas al recordar el dolor y la impotencia con que mi padre narraba la masacre contra incontables jóvenes estudiantes, de la cual fue testugo en 1968

Un extraño silencio prevaleció en las calles. El ambiente, enrarecido, parecía distinto al de otros días, al de meses pasados, cuando la gente, en postrimerrías de la década de los 60, en el siglo XX, caminaba apacible, miraba aparadores, se asombraba con la mercancía novedosa, y los campanarios de los templos coloniales sonaban cada hora.

Entre el Zócalo y La Alameda Central, en la Ciudad de México, se resumía una atmósfera cosmopolita, la difícil prueba de la coexistencia en un país en el que el campo abandonaba los surcos y se iba a un paisaje de concreto, cristales y ladrillos. La luz solar y de la luna y de las estrellas parecía secundaria en una urbe de colores, lámparas y reflectores. Los caminos rurales y la campiña, próximos a la ciudad, se volvían avenidas, calles, viviendas. El agua y los poros de la tierra resultaban asfixiados por el cemento.

Se trataba de una época, la de los 60, en la que se registraron el encuentro y el desencuentro de generaciones. Convivían, entonces, personas que nacieron en la segunda mitad del siglo XIX, en la etapa porfiriana, durante la Revolución Mexicana de 1910 y todas las décadas de luchas y traiciones de los generales que ambicionaban el poder, el período de los políticos que gobernaban con el respaldo de un estallido social que se caracterizó por violaciones, rapiña, crueldad e injusticias y que, con el respaldo de intelectuales mercenarios, volvieron sagrado e intocable. En las estaciones radiofónicas se escuchaban valses, música clásica e instrumental, ópera, canciones populares, baladas románticas y melodías populares. Coincidieron generaciones muy heterogéneas en aquella década que ahora se siente cada día más lejana, en orillas que empequeñecen conforme transcurren los años.

La capital de México vivía el proceso de transformaciones, positivas y negativas, que intervienen durante las metamorfosis citadinas. México venía de un movimiento revolucionario sanguinario, de desenlaces de asesinatos y rapacidad, de farsas históricas, abusos, saqueos y corrupción; pero también de elementos bellos, invaluables, únicos e inigualables, con los antecedentes de dos guerras mundiales, la repartición del mundo para cada bloque y la multiplicidad de acontecimientos que se presentaron, sucesivamente, a nivel nacional y global.

Dentro de aquel panorama, algo acontecía. Los jóvenes mexicanos, como en diversas naciones, se rebelaban y, al mismo tiempo, expresaban la necesidad de implementar otras tendencias en la existencia humana. Muchas aspiraciones eran legítimas, tenían ciertos motivos y razones, en un mundo de costumbres y reglas que mostraban agotamientos y signos de caducidad, mientras otras, simplemente, parecían locuras de una generación de jóvenes greñudos, sucios, rebeldes y viciosos, seguidores de los Beatles, los Credence y otros grupos.

En México, las autoridades los reprimieron criminalmente en los días de 1968. Los testimonios de los sobrevivientes, los documentos de la historia y una diversidad de material se encuentran a disposición de los analistas e investigadores, motivo por el que, en esta página, no tiene caso reproducir los argumentos, las tesis y los capítulos que se han repetido y se encuentran en diversos archivos e instituciones.

Hay silencios que traen rumores y arrastran olor a muerte, a dolor, a miedo. Uno, al notarlos, al descifrar su lenguaje, comprende que algo ha cambiado, que existen signos que pulsan en el escenario y que pueden desencadenar, en cualquier momento, situaciones adversas y peligrosas.

Esa tarde, mi padre detectó que tras el silencio repentino, trastornado por algunas ráfagas de viento, apenas se distinguián los rumores que crecían ante la caminata de los segundos. Calles como Francisco I. Madero y 5 de Mayo, entre otras, de pronto quedaron desoladas. La gente -hombres y mujeres de diversas edades y clases sociales- corría aterrada y enloquecida en busca de refugio, mientras los propietarios y responsables de negocios -bazares de antigüedades, numismáticas, tiendas de fotografía y de telas, zapaterías, librerías, discotecas, boutiques, relojerías- ordenaban a los empleados que cerraran los establecimientos comerciales.

Las cortinas de hierro caían, pesadas, al suelo. Los empleados, también aterrados, cerraban y aunque algunos intentaban evitar el paso de la gente, eran arrollados por las multitudes que buscaban escondites. No había tiempo para discutir ni para echar a la gente a la calle. Había que cerrar.

El silencio enrarecido dispersó, tras de sí, ráfagas de viento, lluvia, gritos, disparos y rumores metálicos de tanques de guerra y motores de camiones de carga. Mi padre, que permanecía oculto, con otros hombres y mujeres, en una joyería, miró desde las ventanillas de la cortina de acero, el espectáculo terrible que ofrecía el aniquilamiento cobarde de incontables jóvenes de preparatoria y universitarios.

Mi padre, quien en junio de 1944, participó en el Desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial, conocía el perfume del odio y de la muerte. Reconoció la matanza, y esta vez en perjuicio de jóvenes inocentes que enfrentaban la crueldad, dureza y corrupción del poder.

Unos, en el interior del local comercial, oraban, mientras algunos gritaban, lloraban o sentían desfallecer. Mi padre, asomado a la calle, fue testigo de aquella matanza brutal. Vio, entre los estudiantes que corrían despavoridos, a una mujer joven, quien detuvo la carrera, volteó hacia el tanque, colocó sus manos en la cintura y lo reto. El tanque, imperturbable, la embistió y la aplastó, paralelamente a los disparos contra otros estudiantes que corrían y de pronto se desplomaban mortalmente heridos o ya sin vida.

Detrás de los soldados y de los tanques, avanzaban camiones en los que otros militares recogían y depositaban los cadáveres de los jóvenes, algunos mal heridos que eran arrojados y apilados. Se desangraban y el personal de la milicia los remataba con palas y rastrillos de acero. Entre los cadáveres acumulados en los camiones, algunos jóvenes todavía se movían. Agonizaban entre otros elementos y signos de la muerte. Los hombres esculcaban su ropa, les robaban aretes, dinero, collares, pulseras, relojes y hasta zapatos, para de inmediato asesinarlos brutalmente.

Impotente, mi padre derramó lágrimas en silencio, con la amargura de quien ve la muerte de seres inocentes a unos metros de sí. Una cortina de hierro y una puerta de cristal, en un negocio de diamantes, oro, rubíes y joyas, lo separaban, como a otros ciudadanos, de la muerte despiadada de muchachos inocentes. Ser joven, en esos días, casi era un delito en la Ciudad de México y en otras urbes.

Nuevamente, los gritos, las balas, los cristales rotos, el rodaje metálico de los tanques y los rumores de los motores, se desvanecieron, y apareció el silencio, el sigilo de la muerte que se apoderó de las calles manchadas de sangre, entre cuadernos, libros, morrales, zapatos y pertenencias juveniles.

Las nubes plomadas flotaban, hasta que el aguacero y los relámpagos se apoderaron de las calles del centro de la Ciudad de México. Los comerciantes ordenaron abrir las cortinas y los portones de sus establecimientos con la intención de desalojar a la gente refugiada.

Hombres brutos, engrandecidos y poderosos por las armas, el entrenamiento militar y los uniformes, gritaban a los ciudadanos que salían de los negocios con la finalidad de que caminaran aprisa y no descubrieran, en las calles, las manchas de sangre, los pedazos de cuerpos que no fueron recogidos y trasladados en los camiones, los cuadernos y los libros deshojados, las zapatillas de las muchachas y sus bolsas con maquillajes, los espejos rotos y tantas cosas que quedan durante una matanza. Un equipo de trabajadores llegaron a lavar las calles.

Aquella tarde, casi al anochecer, mi padre llegó a casa. Cambió su ropa y su calzado antes de entrar al hogar y, atormentado por el espectáculo grotesco que había presenciado, se bañó y relató a mi madre, con detalle, ese episodio vergonzoso de la historia mexicana.

Días más tarde, el 2 de octubre de 1968, ocurrió la matanza estudiantil de Tlatelolco, una masacre que las autoridades mexicanas, con la complicidad de la mayoría de los medios de comunicación, minimizó y justificó. La historia real tiene la palabra. Poco después, ese mismo mes, fueron inaugurados en la Ciudad de México los XIX Juegos Olímpicos de la historia moderna.

Ahora, cuando me entero de que en las ciudades mexicanas y en la capital del país, innumerables jóvenes realizan marchas por las calles y protestan contra aquel acontecimiento que no vivieron y que otros grupos, en actos de oportunismo y confusión, apovechan para cometer fechorías y dañar casas y zaguanes con pintura y otros materiales, pienso que resulta sano hacer un paréntesis, recordar la historia y asimilar las lecciones, y participar responsablemente y con firmeza ciudadana en los procesos nacionales de transformación. No se trata de gritar ni de amenazar cada año a las autoridades, sino de permanecer atentos a los aciertos y desaciertos de la clase política y ejercer el poder ciudadano para no repetir más las atrocidades y los errores del pasado.

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Más allá de barrotes y ataduras, el arte es libre

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La inspiración, en el arte, vuela y navega una noche o alguna mañana, en la tarde o en la madrugada, mientras es otoño o es primavera, durante un invierno o cierto verano, libre y plena, en armonía y con equilibrio, sin que alguien la mancille y someta, a veces solemne y en ocasiones, en cambio, desbordante. El arte sigue su ruta. No admite cadenas, barrotes y candados, simplemente por su rebeldía a la producción en serie, a las reglas estrictas e indiferentes, a la crueldad y al juicio sin sentido. Es un pájaro que vuela lejos o cerca, una hoja que juega con el viento o que deja pasar las corrientes de aire por preferir las gotas de lluvia o los copor de nieve, una embarcación que sortea el oleaje impetuoso, las tormentas incesantes y las tranquilidades profundas o superficiales. Es, parece, una palabra o alguna melodía de Dios, ciertos matices del cielo y determinadas formas del paraíso. El arte es una locura, un motivo, un delirio que va más allá de una época, una tendencia o una moda. El arte -igual que la ciencia- es universal y no puede fragmentarse en ideologías e intereses económicos y políticos. No está a la venta ni es una oferta. Es algo superior a la mercancía, a los discursos políticos, a las costumbres y a los fanatismos; aunque con frecuencia se le pretenda atrapar y etiquetar igual que un esclavo, un sirviente o un objeto. El arte visita las realidades cotidianas, lo extraño y lo conocido, y hasta explora los sueños, los parajes recónditos, la arcilla y la esencia, las luces y las oscuridades. Es tan auténtico y libre, que cada artista lo expresa con su estilo. El arte es la letra, el color, la nota y la forma de Dios, concepto que definitivamente no cabe en las mentalidades cuadriculadas y obstinadas en medirlo, alabar o condenar sus expresiones. El arte es la conexión a la inmortalidad, a las realidades y a los sueños, al alma y a la textura, al cielo y a la tierra. Es la corriente etérea que, en algún momento, plantea y explica lo incomprensible y le da sentido con las palabras, con las notas, con la policromía, con las formas. Es un puente de cristal prodigioso que conecta el mundo con reinos infinitos.

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Incapaz de restaurar un mundo que ha roto, el ser humano ambiciona conquistar el universo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Incapaz de restaurar el mundo que ha roto, el ser humano ambiciona conquistar otros planetas, no con la idea de extender la vida y transformar el universo en hogar apacible y en paraíso colectivo; su anhelo e interés consisten, principalmente, en dominar, someter y explotar a la gente, a los pueblos de la Tierra, saquear riquezas y controlar todo, en una guerra sin tregua, simplemente para endiosarse por un rato. Ha olvidado, parece, que su estancia en el mundo es temporal y que la verdadera dicha, antes de proseguir la caminata a otras fronteras, se basa en el bien que pueda derramar para sí y en beneficio de los demás. Resulta incongruente desgarrar, arrebatar y aniquilar la vida en un entorno que le es natural y propio y, a la vez, buscarla en otros planetas. Ni siquiera ha explorado su ruta interior ni ha logrado coexistir en armonía, con equilibrio y plenamente, y ya planea apoderarse del pulso de esta galaxia y de otras tantas. El universo es espectacular y maravilloso, con sus luces y sombras, sus encantos y desencantos, sus honduras y superficialidades; sin embargo, su destino no es convertirse en predio de criaturas depredadoras que se sienten centro y eje de la vida. Se trata de algo superior a la ambición de conquistar, pelear, dominar y matar. Es parte de la fórmula magistral e infinita.

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