¿Superiores?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

y Karla Paola Galicia Chávez

El ser humano es tan insignificante, fatuo e ignorante, que se siente eje de la creación, como si las demás especies animales y vegetales, junto con el agua, el oxígeno y las cosas del mundo, fueran inferiores y provinieran de otra fuente. ¿El hombre y la mujer superiores a otras expresiones de vida? Parece que existen ceguera espiritual e incapacidad mental. Si la humanidad se extinguiera sobre el planeta, la creación animal y vegetal coexistirían en el agua, la tierra y el aire, indiferentes a quienes presumen ser los únicos racionales e imagen y semejanza de Dios. Al contrario, si los animales y los vegetales desaparecieran de la faz del mundo, con el agua, el oxígeno y las cosas que les rodean, la gente no sobreviviría. Exterminen a todas las abejas y pronto serán testigos de la destrucción de la vida en la Tierra; acaben a la totalidad de seres humanos, y la naturaleza seguirá libre y plena. Uno de los problemas de la gente es su soberbia, falta de respeto e intolerancia hacia las otras manifestaciones de vida. Todas las criaturas, desde la minúscula hasta la mayúscula, siguen una razón y un sentido. Avergüenza e insulta que otros hombres y mujeres, movidos por su ambición desmedida, destruyan la naturaleza y la conviertan en botín y en trofeo. Mientras las personas no aprendan a coexistir con todas las expresiones de la vida, seguirán atentando contra sí y estarán rotas, enfermas, mutiladas y ciegas, incapaces de evolucionar y descubrir la ruta y la senda de retorno a casa.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

En la otra esquina de la buhardilla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y aquí estoy de nuevo, solo, como antes, igual que siempre, acompañado de mis letras, rodeado de mis recuerdos y mis suspiros, entre mis pausas de silencio y mis notas de sonidos. Miro el violín, callado, irreconocible, quieto, sobre algún mueble, también sigiloso e inmóvil. En la otra esquina, el caballete exhibe un lienzo, una pintura que espera nuestra cita, la hora del encuentro nocturno, para sentir los pinceles deslizar sobre su piel de tela y recibir los matices de las horas de inspiración y entrega, mientras mis lágrimas, al escuchar música, brotan incontenibles. Los libros permanecen acomodados en los anaqueles, en la mesa de trabajo y en el suelo, algunos abiertos y otros con separadores y hojas con anotaciones. Cuelgan, en la pared, retratos viejos, amarillentos, que definen a personajes de linajes distantes, con nombres y apellidos que nadie busca ni recuerda. Entre los papeles revueltos, asoman algunos pétalos desolados, marchitos como los años consumidos y las historias disueltas, náufragos, por cierto, de otros días. Escribo en una época en la que la lectura es escasa y pocos, en verdad, la aprecian; no obstante, tengo la esperanza de cultivar letras que germinen y se transformen en palabras bellas, en sentimientos e ideas, en realidades y en sueños, en libertades y en vuelos, en amores y en ocurrencias, en alegrías, en mundos y en cielos. El arte es irrenunciable. Lo lleva uno en el alma, en los latidos del corazón, en los pensamientos, en las vivencias, en los sueños, en los sentimientos, al hablar y al actuar. Un día, cuando era demasiado temprano, lo abracé y prometí no renunciar a su amor fiel. Y aquí estoy, envuelto en mi existencia e historia de artista, en mi ambiente creativo, en mis letras, feliz y pleno, como me encanta vivir. Cierto que los días de mi existencia forman parte de una historia intensa que nadie imagina por creer que escribir significa cargar una losa pesada, pasar los minutos y los años tras los barrotes de una celda voluntaria o sufrir un martirio indecible a una hora de la tarde y otra de la noche. Solo quien consagra su vida al arte, a la creación, entiende el significado de cumplir la encomienda en la otra esquina de la buhardilla.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El encanto y la magia de los blogueros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mis amigos y colegas blogueros

Ser bloguero tiene un encanto. Se trata de un privilegio, una aventura, una pasión. Es la libertad de publicar textos e imágenes en espacios que estimulan la creatividad, el ingenio, la originalidad, el esfuerzo y hasta la capacidad de presentar un tema de actualidad e interés -el que sea-, cautivar la atención y compartir algo de sí con ciertas llaves y candados. Es cultivar alcatraces, orquídeas, tulipanes y rosas con no muchas herramientas y formar un jardín excelso y magistral. Hay blogueros que dedicamos los días y los años de nuestras existencias al arte, a las letras; otros, en tanto, al pensamiento, a la razón; muchos más a la belleza, a las modas, al ejercicio físico, a la gastronomía, a los viajes, a la música, a la pintura, a la ciencia, a la fotografía, a los animales, a las plantas, a la economía, a la política y a la enseñanza. La mayoría de los blogueros, al menos los que tengo registrados, respetamos nuestros trabajos y publicaciones, a excepción de algunos pillos que plagian obras y las presentan como de su autoría. Me encanta la labor que realizamos los blogueros. En estos días, cuando el llamado coronavirus parece ensombrecer y desmantelar a la humanidad, innumerables artistas, intelectuales y personajes públicos se han ausentado de los escenarios y son incapaces, incluso, de enviar mensajes de esperanza, fe y optimismo a su público, a la gente que los alimenta. Ellos están ansiosos de cámaras, aplausos, reflectores, fama y dinero. Nosotros, los blogueros, somos, parece, más auténticos y libres, y aquí y allá estamos presentes con nuestras publicaciones, felices de que hombres y mujeres, en todo el mundo, tengan la atención, el detalle y la amabilidad de leer nuestras aportaciones. Respeto mucho a mis compañeros blogueros, de tal manera que desde hace tiempo me prometí no participar en ningún concurso que obligue, para registrarse, a la enumeración de cierto número de páginas. Todos los blogueros valen mucho. No podría proponer a algunos como mejores candidatos y dejar a otros fuera. Hoy rindo un homenaje a mis colegas blogueros y reconozco el esfuerzo cotidiano que llevan a cabo para publicar sus textos e imágenes. Con certeza puedo asegurar que seguiremos presentes con nuestros lectores, a pesar del viento y de las tempestades, de los momentos soleados y de los instantes nublados. Lo que hacemos es auténtico, al natural, con lo mejor de nosotros.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El arte, un estilo de vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un artista, cuando se entrega al proceso creativo de las letras, los sonidos, las formas y los colores, desnuda al ser humano, a la naturaleza, al material yerto, al universo, los sentimientos, los ideales, los pensamientos, la realidad y los sueños, y los cubre y decora con las gotas etéreas del paraíso, en una corriente que fluye incesante dentro y fuera de uno. Un artista, al inspirarse, convive y habla con las musas, con los árboles, con los océanos, con Dios. Un artista deja en cada letra y palabra un sentimiento, una idea, un sueño, una vida, un significado. Un artista lo es a toda hora, en la mañana y en la noche, en la tarde y en la madrugada, mientras duerme y cuando vive, más allá de aplausos, becas y premios. No necesita máscaras ni utiliza muletas. Es su arte, su estilo, su obra y su encanto al crear. Un artista es letra poema y texto, o pintura y escultura, o música, o cualquier expresión sublime del alma, en su ininterrumpida correspondencia con la vida. Un artista escucha, en la madrugada fría y solitaria, un amanecer soleado, una tarde lluviosa o un anochecer caluroso o nevado, que la inspiración toca a su puerta y asoma por su balcón y sus ventanas, y, feliz, ya con una dosis de ideas, despierta y crea. Un artista desconoce horarios y escribe en lunes o viernes, pinta en martes o domingo, arranca melodías a los instrumentos un miércoles y hasta un jueves, o cincela la piedra cualquier sábado, en primavera y en verano, en otoño y en invierno, cuando el calor es sofocante y la tempestad parece incesante, o a las horas del viento otoñal y en los instantes de los copos invernales. No hay tregua en una vida consagrada al arte. Un artista se sumerge en las profundidades inconmensurables de la fuente infinita, de donde extrae tesoros, obras, en minúsculas y mayúsculas, que entrega a la humanidad como regalo del cielo. Un artista, en el instante postrero de su existencia, piensa que aún necesita entregarse a la creación de su obra magistral, acaso sin darse cuenta de que al colgar tantos luceros en la pinacoteca celeste, ya es una estrella que alumbra a la humanidad y otros mundos.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Cierre de negocios y afectación a la economía, a las inversiones y a los empleos, con grandes riesgos sociales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

México ocupa uno de los peores sitios, a nivel mundial, en cuanto a implementación de estrategias y acciones orientadas a enfrentar los contagios relacionados con el coronavirus. Desde el inicio de la enfermedad, autoridades y sociedad prefirieron desviar irresponsablemente su atención en asuntos baladíes, estúpidos y superficiales, que en reunirse en torno a un asunto de interés público y emergente, de tal manera que abrieron la puerta a la enfermedad y la muerte.

Ante la falta de compromiso e interés en resolver un problema de sanidad mundial, autoridades y legisladores, en toda la geografía nacional, han actuado conforme se presentan los acontecimientos, unas veces consintiendo el desorden, las aglomeraciones y el descuido, y otras, en tanto, con diferentes ocurrencias que, definitivamente, no contribuirán a eliminar contagios ni solucionarán la situación y sí, en cambio, significarán descontento social, quiebra de empresas, pérdida de empleos, mayores índices de delincuencia y caos, como ordenar el cierre parcial o total de establecimientos comerciales, de servicios e industriales.

En una nación donde los diferentes gobiernos han saqueado las riquezas y, de paso, desmantelado los sistemas de salud y seguridad, con gran cantidad de medios de comunicación más dedicados a la complicidad y a la vocación de mercenarios que a la labor de informar y orientar, y con una población que en todos sus niveles ha perdido educación, valores y cultura -aunque aleguen que cursaron la universidad y exhiban títulos con maestrías y doctorados-, muy proclive a la violencia, distraída en programas de televisión que idiotizan y en el encanto cibernético que utilizan ociosamente, a las autoridades les parece fácil tomar la decisión de ordenar el cierre de empresas, bajo la amenaza de clausurarlas e incluso sancionarlas.

Todos sabemos que el coronavirus fue creado en laboratorios y dispersado estratégicamente en diferentes regiones del mundo para su propagación inmediata, y que no cederá mientras los laboratorios no comercialicen satisfactoriamente sus miles de millones de vacunas. Necesitan muchos fallecidos para justificar la venta millonaria de vacunas, a pesar de la aparición de nuevas manifestaciones en la enfermedad. Esa información nadie la ignora.

El hecho de ordenar el cierre parcial o total de negocios, en cualquier zona del país, representa perjuicios mayores, entre los que destacan los siguientes: contracción de las actividades financieras, de servicios, comerciales e industriales, con los consecuentes riesgos de quiebra y pérdida de innumerables empleos y las inmediatas expresiones de inseguridad y efervescencia social; aglomeraciones excesivas de consumidores en mercados, tiendas y centros comerciales durante los días permitidos a las compras, lo que en los hechos contradice la intención de evitar multitudes; propiciamiento de la informalidad y del mercado negro; desolación en las calles y mayores riesgos de delincuencia; peligro constante para los giros indispensables, como farmacias, que pueden ser asaltado por quienes aprovechen el encierro de la gente.

La solución no es reprimir las actividades económicas con el gran peligro social. Gobernantes y legisladores, en todo el país, deben olvidar la comodidad de sus ingresos y sus rivalidades políticas, convocar a auténticas reuniones con todos los sectores sociales y analizar la situación nacional, llegar a acuerdos y tomar decisiones inteligentes, con castigos severos para aquellos que violen las disposiciones.

Es absurdo ordenar el cierre parcial o total de la economía y que la gente, en tanto, se reúna en alguna casa, celebre aniversarios, acuda a comidas. Eso debe supervisarse. La gente no se protege, es sucia, juega a la simulación con los protocolos sanitarios. Es algo que debe revisarse. Mucha de la gente joven, despreciativa y totalmente ensoberbecida, desdeña las indicaciones oficiales y desafía el peligro, mientras viejos ignorantes tratan de demostrar que son fuertes, vigorosos, y desatienden las medidas. Eso hay que vigilarlo. La gente sale en estampida y se concentra, irresponsablemente, en los espacios públicos, en las plazas comerciales, en las calles, en los bares, y eso hay que evitarlo en esta época. Muchas de las costumbres individuales y colectivas -en esto no importan los niveles económicos y educativos- son demasiado primarias, totalmente rebasadas por la lógica, y eso afecta a toda la nación. Es preciso efectuar un trabajo minucioso, un análisis serio, con la idea de responder a las necesidades emergentes de la hora contemporánea; pero no será, definitivamente, paralizando las actividades económicas con los consecuentes riesgos sociales.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

No tienen precio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La originalidad, el talento, la inspiración y la creatividad, en el arte, no tienen precio. Las obras genuinas no son creadas en serie para exhibirlas en anaqueles de mercados y tiendas. No se trata de alimentos envueltos en bolsas y empaques de celofán para satisfacer ansiedades, deseos y apetitos de individuos golosos. No se dedica a personas insensibles y burdas. La ciencia, en tanto, cuando es pura, sirve a la humanidad, le ayuda a escalar dentro de su proceso de evolución, a pesar de ser ambivalente y servir, indistintamente, al bien y al mal. No pertenecen, ambos, a ninguna élite ni son propiedad de páginas de internet, redes sociales, grupos o personajes, a menos que los artistas y científicos lo aprueben y permitan, sean mercenarios, cedan los derechos y las patentes o les arrebaten sus creaciones y fórmulas. La sensibilidad y la inteligencia no las compra ninguna fortuna. El artista y el científico tienen que obtener recursos que les permitan vivir dignamente, motivo por el que es válido que comercialicen, justamente, sus obras, descubrimientos e invenciones. Cada artista registra legalmente sus creaciones, como patentan, en su caso, los científicos, sus descubrimientos, fórmulas e inventos. Los artistas y científicos dedican los días de sus existencias a su misión, a ese delirio que les acompaña día y noche, aunque equivalga a no comer ni dormir, quizá por acercar a hombres y mujeres la luz que alumbra el sendero y la ruta a destinos sublimes y grandiosos. Como artista y escritor, registro legalmente todas mis obras, pequeñas y grandes, y solo yo decidiré a quienes heredaré los derechos de las mismas. Las difundo y comparto al público que hace favor de leerlas, pero los derechos legales me pertenecen. Ninguna página ni red social pueden apropiarse de mis obras. Y lo mismo pienso de los demás artistas y también de los científicos. Siempre defenderé el derecho que tenemos de ser autores, hombres y mujeres dedicados libremente a la creación, a la sensibilidad, a la observación. Es un deleite crear letras, palabras, historias, textos, y compartirlos con el público. Las páginas de internet y las redes sociales son eso, medios e instrumentos de gran valor para difundir nuestras obras, como otros usuarios publican sus mensajes y fotografías. Resulta ilógica y ridícula la pretensión de algunas páginas de internet y redes sociales de apoderarse de los derechos de los autores, cuando es evidente que ninguna persona o empresa tiene facultades sobre la dignidad humana y las leyes. Es importante el respaldo tecnológico que ofrecen para llegar a tantas personas, lo cual valora uno, y es muy diferente reconocer sus magníficas funciones que ceder derechos. Al cabo de los años, las obras artísticas y los descubrimientos y las fórmulas científicas son del dominio global y se vuelven patrimonio de la humanidad. Es un orgullo y un privilegio aportar al arte.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Raptores de desvelos creativos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Son raptores de desvelos creativos. Asaltan en las mañanas, en las tardes y en las noches. Hurtan, en completo sigilo, letras de las páginas, roban sentimientos e ideas, con idéntico estilo de los profanadores que, envueltos en las sombras nocturnas, destapan criptas para saquear despojos y portar alhajas y vestuario de otros. Desmantelan poemas, cuentos, novelas, relatos, y los entregan por dosis y en pausas con el objetivo de no ser descubiertos. Evitan que su botín los delate y es el motivo, en consecuencia, por el que lo alteran al mezclarle otras palabras. Pegan sus nombres y apellidos a las obras de los artistas, a las letras y palabras que hacen suyas con el disimulo del maquillaje que toman de su vocabulario burdo, pobre y mezquino. Están mutilados e incapacitados espiritual y mentalmente. Necesitan prótesis. Se sienten ávidos de reflectores, fama y aplausos, quizá por estar tan vacíos, acaso por la insignificancia de su estatura espiritual y mental, tal vez porque, en otro tiempo, alguien los engañó, mutiló sus sentimientos y les arrebató lo más bello y sublime de la vida. Son tan despiadados e ignorantes, que desconocen el valor del arte. Denigran a los artistas y su misión. Apagan los luceros que alumbran a la humanidad. Ante tanto despojo y vileza, los artistas genuinos, los que vivimos entregados al proceso creativo, a escribir, y hasta los que se dedican a otras expresiones, tenemos el privilegio de ser los autores y es nuestro deber, obligación y responsabilidad, denunciar públicamente a aquellos delincuentes que pretenden hacer réplicas de lo que, en su frustración, sueñan que les pertenece solo por el hecho de haberlo sustraído.

  • Por cierto, en postrimerías de 2019, descubrí en una página tres párrafos de mi texto “Gota de agua”. Lo denuncié públicamente e incluso le reclamé a la dueña del portal, a quien expliqué que tendría que denunciarla en los tribunales internacionales porque todas mis obras están legalmente registradas. No había problema si la publicación me citara, al ser el autor genuino; pero de acuerdo con el diseño y la traducción a otro idioma, parecía que ella había escrito tales párrafos. No tuvo la decencia de responder. Muchos de mis lectores le enviaron mensajes. Ante la presión de la gente, eliminó los tres párrafos que raptó de mi obra, tradujo a otro idioma y publicó como de su autoría, los cuales sustituyó por la reseña de un libro que trata sobre el agua, la cual, lo comprobé más tarde, también copió y pegó como suya. Y el mayor cinismo fue descubrir el texto de otro autor, que hizo pasar como suyo, en el que señalaba que estaba harta de la deshonestidad de la gente. Me eliminó. Es una bloguera. Conservo las pruebas. Conozco su página actual. Se trata de ladrones de obras, a los cuales hay que denunciar y exhibir públicamente.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Las páginas de los libros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mi padre y mi madre me enseñaron, desde pequeño, que los libros no son criaturas yertas de papel y tinta que se usan y se desechan. No. No se les abandona ingratamente en un asilo ni en el destierro, y menos en la desmemoria, como lo hacen los malos hijos cuando sus padres ya no les aportan algo nuevo ni dinero. En sus páginas, uno encuentra, al acariciarlas y cambiar de una otra, conocimiento, sabiduría, consejos, historias. Son maestros y compañeros inseparables que abrazan y transmiten, fielmente, sentimientos e ideas. No fallan. Son amigos leales. Representan el encuentro con uno mismo. Unos envejecen y otros, en cambio, llegan nuevos, recién impresos; pero todos ofrecen las fragancias de sus páginas y el encanto de sus letras y palabras. En la biblioteca familiar, me enseñaron a amar cada libro, y así, entre tareas escolares, juegos con mis hermanos y participación en las labores de casa, de improviso entraba al recinto de los libros y me deleitaba con sus perfumes y sus narraciones. Sabía que un día, en cierta fecha, llegaría puntual y de frente a los estantes, a las obras, y crecería, viviría, envejecería y moriría en compañía de los libros. Alguien refinado en las lecturas, en las obras, voltea cada hoja con admiración, delicadeza y respeto, como si acariciara lo más amado, y nunca maltrata el papel. En los libros, se notan la educación, la exquisitez y la evolución de quienes los consultan o leen, y así, uno distingue clases, seres que los aman y también a aquellos salvajes burdos que los mancillan cruelmente. Las páginas de los libros concentran los aromas del papel y la tinta, y las letras y las palabras con sus signos y puntuaciones; pero lo más importante es que susurran a los lectores, les muestran relatos literarios, poemas, arte, conocimiento sobre una multiplicidad de temas. Entre más me interno en los libros y exploro sus rutas, llego a planos superiores y obtengo experiencias maravillosas, irrepetibles y enriquecedoras. Si ingrato es abandonar los libros y permitir que el abandono, la humedad y el polvo los envuelvan, admirable es cuidarlos y entregarse a la aventura que ofrecen. Las páginas de los libros me regalan perfumes de la tinta y el papel; sin embargo, me llevan a recorrer el mundo, a volar a otros universos, a sumergirme en océanos de profundidades insondables, a navegar, al cielo. Cuando los leo, soy personaje, En las páginas de los libros, coincido con los sentimientos más nobles, con los sueños, con las realidades, con el conocimiento, con paraísos distantes y vergeles lejanos. Son, después de todo, seres mágicos que cautivan y envuelven en su deleite. Huelen al perfume de la tinta y el papel, a las palabras escritas e impresas, a pedazos de mundo y cielo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El encanto de los libros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Duermen las letras y las palabras con los sentimientos, las ideas, los sueños y las realidades, en las páginas de los libros, entre el perfume de la tinta y el papel, en espera de que alguien -tú, yo, nosotros, ustedes, ellos- se atreva a explorarlos y desentrañar sus secretos. Descansan en los estantes de las bibliotecas, los hogares, las librerías y las escuelas, atentos a su cita, a su encuentro impostergable con lectores interesados en el viaje a mundos insospechados del pensamiento. Tras los cristales de las librerías, miran el paso indiferente de hombres y mujeres, acumulados en minúsculas y mayúsculas, distraídos en ambientes que brillan artificialmente, en modas que la tarde próxima serán pasado, en superficialidades que masifican y dejan estulticia y hondos vacíos, entre los que transitan personas que buscan el bien y la verdad en las letras convertidas en arte y conocimiento. Los libros -lo saben bien- regalan trozos de sí a sus lectores, quienes completan sus espacios rotos por la coexistencia en una sociedad en proceso de deshumanización. Los libros son la otra parte de la vida y se encuentran entre el mundo y planos infinitos, en medio de la arcilla y la esencia. Son vida y muerte, alegría y tristeza, luz y sombra, cielo e infierno, todo y nada. Enseñan. Acompañan. Llevan a fronteras y escenarios inimaginables. Jamás traicionan. Son leales. Una casa con libros que se consultan y se estudian constantemente, es un hogar vivo del que innegablemente surgirán mujeres y hombres cultos, amables, refinados, con valores, respetuosos y comprensivos; una vivienda ausente de obras escritas y repleta de bebidas embriagantes, sea residencia o pocilga, habrá sustituido el estante del conocimiento por una cantina, anticipo de existencias burdas y carentes de sentido. Los libros tienen magia. Su encanto consiste en el amor que le tienen a uno, cuando los lee, y sus detalles de construir, gradualmente, una escalera que conduce a los paraísos que se creían perdidos.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Niños, Adolescentes, Jóvenes: Renata Sofía, la artista*

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es artista. Trae consigo la esencia de la creación, el estilo y la inspiración, la sensibilidad, el amor y la pasión por el arte. Dibuja, pinta y da forma y vida a los materiales yertos.

Escucha la música que tanto le gusta; aunque, en ocasiones, flota en su estudio ese ambiente de rumores y silencios que se percibe en los talleres de los artistas, y hasta a ella se le nota reflexiva, inmersa en sí, entregada a su creación.

Traza figuras y líneas sobre las hojas de papel o en el lienzo, y lo disfruta tanto, que traslada sus esbozos a otras fronteras, a sus sueños, mientras duerme, y a sus mañanas, tardes y noches, entre una hora y otra, porque el artista lleva sus obras en su ser. No renuncia a su arte.

Una vez concluido el dibujo, lo escudriña minuciosamente, lo revisa, lo observa desde diferentes ángulos, y lo perfecciona, si es necesario, hasta que desliza los pinceles, aquí y allá, con la destreza y seguridad de quien se fusiona en su obra, a la que entrega parte de su vida, un trozo de su ser, un semblante de sí, la magia del proceso creativo que emula a Dios y a la naturaleza.

Ella, Renata Sofía, quien a sus 14 de edad ya posee su firma artística que plasma en cada dibujo, pintura y objeto plástico, conserva a su lado, entre libros y papeles de su escuela -la secundaria-, el caballete que su padre mandó fabricar, hace años, a un carpintero, y le regaló un sábado con la idea de estimular su creatividad y talento.

Un día, entre un juego y otro, alguna película y una más, su padre la invitó a pasear y la llevó cargada hasta la carpintería, donde, emocionada, descubrió, a sus tres años de edad, el caballete tan anhelado, el cual, desde entonces, forma parte de sus cosas tan queridas, en su habitación pletórica de muñecas, recuerdos, pinceles, fotografías y libros.

Y los siguientes años de su infancia, supo mezclar los juegos, las tareas, las diversiones, los paseos y el estudio con su pasión innata al arte. Dibujar y pintar son, para ella, prioridad, un gusto, una necesidad, un delirio, la llave que abre la puerta a un cielo infinito.

A los 11 años de edad, por actividades inherentes a la escuela, ya había participado en los teatros de su ciudad natal, a través de las artes escénicas; sin embargo, el dibujo, la pintura y la escultura fluyen en sus arterias, en su linaje, en su alma, en sus sentimientos, en su vida, en sus sueños, en sus ideales y en sus pensamientos.

Su madre y su padre le compran y regalan cuadernos de dibujo, lienzos, pinceles, espátulas, pinturas y materiales con la idea de que prosiga con su trabajo creativo, con sus obras de arte de adolescente.

Renata Sofía, realiza estudios secundarios y aprende Tae Kwon Do, en su país de origen, donde sueña y vive como adolescente, con el anhelo, cada día, de dedicar unas horas al arte, al dibujo, a la pintura, a la plástica.

Sabe que la grandeza consiste en la suma y multiplicación de detalles. Busca soluciones y respuestas favorables a los desafíos, los problemas y las adversidades, y aprovecha la corriente a su favor para crecer y evolucionar. No desconoce que los abismos, barrotes, fantasmas, muros y sombras existen en quienes no se atreven a ser ellos mismos ni a escalar la cumbre para trascender.

El artista es un ser cautivante, prodigioso y especial que conoce la entrada al paraíso y su retorno al mundo, al cual alumbra y guía con su arte que viene de su interior y del cielo sin final. Es un enviado de Dios, una estrella, que anticipa la belleza y los tesoros del infinito. Y Renata Sofía, como artista, promete algo grandioso.

* Niños, Adolescentes, Jóvenes, es una sección de este blog, basada en personajes e historias reales. Es un reconocimiento a las minúsculas que un día serán mayúsculas, a la infancia, a la adolescencia y a la juventud de todo el mundo. Por tratarse de menores de edad, en el texto se omiten apellidos y pueblos, ciudades y naciones de origen.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright