En estos días y los que siguen

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los días pasados y los actuales, han alterado las notas de la vida, y no es por el destino ni por el tiempo. La guerra continúa con su rostro deforme e irreconocible, casi sin que lo note la gente que está tan distraída y desconoce que, junto con otros miles de millones de seres humanos, se ha convertido en prueba de laboratorio, en ensayo perverso, en producción en serie, en estadística. El agua, el oxígeno, la tierra y los alimentos, en el mundo, se agotan, al mismo tiempo que manos ambiciosas, crueles y egoístas -las mismas que crearon los desórdenes y propician el caos, el odio, las enfermedades, los enfrentamientos, la destrucción, los antagonismos y la muerte- acaparan los recursos naturales y minerales y acumulan fortunas y poder inmensos que contrastan con el hambre, las carencias económicas y las enfermedades. Mucha de la gente que se dedica a la ciencia, al arte, al conocimiento, ya lo comprobamos una y otra vez, es soberbia, ausente de sentimientos, y tiene precio. Vende el arte y la ciencia igual que se comerrcializa cualquier baratija. Son mercenarios que se han aliado al mal y a los que no les interesa prostituir el bien, la verdad, la justicia y la libertad. La élite ha saqueado al planeta, con la cacería de animales, el botín que obtienen de las entrañas de la tierra y los paraísos de cristal y mármol que construyen sobre esteros, bosques y selvas, siempre culpando a las multitudes que formó a través de la televisión y los medios de internet. Y la guerra se acentuará. Ahora, tras el experimento del Coronavirus, poseen el mapa completo, la geografía humana, y saben cómo reaccionan cada pueblo y raza. Intentan, y lo están logrando, apoderarse de la voluntad humana, destruir a los que les estorban y significan cargas onerosas, a quienes sienten y piensan diferente. La búsqueda de condiciones favorables a la vida en el espacio, en otros planetas, no es con el objetivo de beneficiar a la humanidad, sino a un segmento privilegiado materialmente, y no solo con la idea de colonizar el universo, sino para obtener y ganar la supremacía militar y el control absoluto. Y claro, también saquearán las riquezas de otros planetas, aunque la inversión supere las cantidades que se requieren para alimentar y sanar a las multitudes. Seguramente habrá nuevos minerales y piedras que sustituyan al oro y a los diamantes. Todo será distinto. De hecho, ya lo es. Si el denominado Covid-19 fue diseñado, creado y disperso en sitios estratégicos para su propagación inmediata, se trata del principio de la destrucción masiva, y pronto, sin duda, surgirán otras expresiones que asustarán, desestabilizarán y aniquilarán a amplio porcentaaje de hombres y mujeres a nivel global. Si innumerables artistas y científicos se han escondido, por conveniencia, miedo o interés, otros, lo sabemos, son mercenarios que trabajan a favor de quienes les pagan. Dentro de esa basura humana que ha tenido oportunidad de dominar las manifestaciones artísticas y el conocimiento, también existen hombres y mujeres auténticos y extraordinarios, capaces de desafiar a los dueños de las fortunas y del poder, con el objtivo de defender la verdad, el derecho a la vida, las libertades y la dgnidad humana. Quienes aún poseemos la fortuna y el privilegio de contar con valores y practicarlos para bien propio y de los demás, en la incabable tarea de construir un mundo hermoso y pleno, tenemos la obligación, el compromiso y la responsabilidad histórica de crear e investigar con ética y respeto, siempre para beneficio de la humanidad. El arte y la ciencia, si son auténticos, tienen el compromiso irrestricto de invitar al bien, a la verdad, al desarrollo equilibrado e integral de la humanidad y de toda expresión con vida e inanimada, a la evolución. Y el arte y la ciencia, en manos de gente honesta y con valores, no están a la venta, y menos para causar sufrimiento en los demás. Al menos, yo no utilizaría mis letras y mis palabras, en la destrucción y en el engaño, y sobre todo cuando pienso que el arte es lenguaje de Dios, destello de la fuente de bien y luz.

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1968

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Pido a mis lectores que me disculpen si acaso escribí abrumado. Hace rato, mientras escribía el presente texto, no pude contener las lágrimas al recordar el dolor y la impotencia con que mi padre narraba la masacre contra incontables jóvenes estudiantes, de la cual fue testugo en 1968

Un extraño silencio prevaleció en las calles. El ambiente, enrarecido, parecía distinto al de otros días, al de meses pasados, cuando la gente, en postrimerrías de la década de los 60, en el siglo XX, caminaba apacible, miraba aparadores, se asombraba con la mercancía novedosa, y los campanarios de los templos coloniales sonaban cada hora.

Entre el Zócalo y La Alameda Central, en la Ciudad de México, se resumía una atmósfera cosmopolita, la difícil prueba de la coexistencia en un país en el que el campo abandonaba los surcos y se iba a un paisaje de concreto, cristales y ladrillos. La luz solar y de la luna y de las estrellas parecía secundaria en una urbe de colores, lámparas y reflectores. Los caminos rurales y la campiña, próximos a la ciudad, se volvían avenidas, calles, viviendas. El agua y los poros de la tierra resultaban asfixiados por el cemento.

Se trataba de una época, la de los 60, en la que se registraron el encuentro y el desencuentro de generaciones. Convivían, entonces, personas que nacieron en la segunda mitad del siglo XIX, en la etapa porfiriana, durante la Revolución Mexicana de 1910 y todas las décadas de luchas y traiciones de los generales que ambicionaban el poder, el período de los políticos que gobernaban con el respaldo de un estallido social que se caracterizó por violaciones, rapiña, crueldad e injusticias y que, con el respaldo de intelectuales mercenarios, volvieron sagrado e intocable. En las estaciones radiofónicas se escuchaban valses, música clásica e instrumental, ópera, canciones populares, baladas románticas y melodías populares. Coincidieron generaciones muy heterogéneas en aquella década que ahora se siente cada día más lejana, en orillas que empequeñecen conforme transcurren los años.

La capital de México vivía el proceso de transformaciones, positivas y negativas, que intervienen durante las metamorfosis citadinas. México venía de un movimiento revolucionario sanguinario, de desenlaces de asesinatos y rapacidad, de farsas históricas, abusos, saqueos y corrupción; pero también de elementos bellos, invaluables, únicos e inigualables, con los antecedentes de dos guerras mundiales, la repartición del mundo para cada bloque y la multiplicidad de acontecimientos que se presentaron, sucesivamente, a nivel nacional y global.

Dentro de aquel panorama, algo acontecía. Los jóvenes mexicanos, como en diversas naciones, se rebelaban y, al mismo tiempo, expresaban la necesidad de implementar otras tendencias en la existencia humana. Muchas aspiraciones eran legítimas, tenían ciertos motivos y razones, en un mundo de costumbres y reglas que mostraban agotamientos y signos de caducidad, mientras otras, simplemente, parecían locuras de una generación de jóvenes greñudos, sucios, rebeldes y viciosos, seguidores de los Beatles, los Credence y otros grupos.

En México, las autoridades los reprimieron criminalmente en los días de 1968. Los testimonios de los sobrevivientes, los documentos de la historia y una diversidad de material se encuentran a disposición de los analistas e investigadores, motivo por el que, en esta página, no tiene caso reproducir los argumentos, las tesis y los capítulos que se han repetido y se encuentran en diversos archivos e instituciones.

Hay silencios que traen rumores y arrastran olor a muerte, a dolor, a miedo. Uno, al notarlos, al descifrar su lenguaje, comprende que algo ha cambiado, que existen signos que pulsan en el escenario y que pueden desencadenar, en cualquier momento, situaciones adversas y peligrosas.

Esa tarde, mi padre detectó que tras el silencio repentino, trastornado por algunas ráfagas de viento, apenas se distinguián los rumores que crecían ante la caminata de los segundos. Calles como Francisco I. Madero y 5 de Mayo, entre otras, de pronto quedaron desoladas. La gente -hombres y mujeres de diversas edades y clases sociales- corría aterrada y enloquecida en busca de refugio, mientras los propietarios y responsables de negocios -bazares de antigüedades, numismáticas, tiendas de fotografía y de telas, zapaterías, librerías, discotecas, boutiques, relojerías- ordenaban a los empleados que cerraran los establecimientos comerciales.

Las cortinas de hierro caían, pesadas, al suelo. Los empleados, también aterrados, cerraban y aunque algunos intentaban evitar el paso de la gente, eran arrollados por las multitudes que buscaban escondites. No había tiempo para discutir ni para echar a la gente a la calle. Había que cerrar.

El silencio enrarecido dispersó, tras de sí, ráfagas de viento, lluvia, gritos, disparos y rumores metálicos de tanques de guerra y motores de camiones de carga. Mi padre, que permanecía oculto, con otros hombres y mujeres, en una joyería, miró desde las ventanillas de la cortina de acero, el espectáculo terrible que ofrecía el aniquilamiento cobarde de incontables jóvenes de preparatoria y universitarios.

Mi padre, quien en junio de 1944, participó en el Desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial, conocía el perfume del odio y de la muerte. Reconoció la matanza, y esta vez en perjuicio de jóvenes inocentes que enfrentaban la crueldad, dureza y corrupción del poder.

Unos, en el interior del local comercial, oraban, mientras algunos gritaban, lloraban o sentían desfallecer. Mi padre, asomado a la calle, fue testigo de aquella matanza brutal. Vio, entre los estudiantes que corrían despavoridos, a una mujer joven, quien detuvo la carrera, volteó hacia el tanque, colocó sus manos en la cintura y lo reto. El tanque, imperturbable, la embistió y la aplastó, paralelamente a los disparos contra otros estudiantes que corrían y de pronto se desplomaban mortalmente heridos o ya sin vida.

Detrás de los soldados y de los tanques, avanzaban camiones en los que otros militares recogían y depositaban los cadáveres de los jóvenes, algunos mal heridos que eran arrojados y apilados. Se desangraban y el personal de la milicia los remataba con palas y rastrillos de acero. Entre los cadáveres acumulados en los camiones, algunos jóvenes todavía se movían. Agonizaban entre otros elementos y signos de la muerte. Los hombres esculcaban su ropa, les robaban aretes, dinero, collares, pulseras, relojes y hasta zapatos, para de inmediato asesinarlos brutalmente.

Impotente, mi padre derramó lágrimas en silencio, con la amargura de quien ve la muerte de seres inocentes a unos metros de sí. Una cortina de hierro y una puerta de cristal, en un negocio de diamantes, oro, rubíes y joyas, lo separaban, como a otros ciudadanos, de la muerte despiadada de muchachos inocentes. Ser joven, en esos días, casi era un delito en la Ciudad de México y en otras urbes.

Nuevamente, los gritos, las balas, los cristales rotos, el rodaje metálico de los tanques y los rumores de los motores, se desvanecieron, y apareció el silencio, el sigilo de la muerte que se apoderó de las calles manchadas de sangre, entre cuadernos, libros, morrales, zapatos y pertenencias juveniles.

Las nubes plomadas flotaban, hasta que el aguacero y los relámpagos se apoderaron de las calles del centro de la Ciudad de México. Los comerciantes ordenaron abrir las cortinas y los portones de sus establecimientos con la intención de desalojar a la gente refugiada.

Hombres brutos, engrandecidos y poderosos por las armas, el entrenamiento militar y los uniformes, gritaban a los ciudadanos que salían de los negocios con la finalidad de que caminaran aprisa y no descubrieran, en las calles, las manchas de sangre, los pedazos de cuerpos que no fueron recogidos y trasladados en los camiones, los cuadernos y los libros deshojados, las zapatillas de las muchachas y sus bolsas con maquillajes, los espejos rotos y tantas cosas que quedan durante una matanza. Un equipo de trabajadores llegaron a lavar las calles.

Aquella tarde, casi al anochecer, mi padre llegó a casa. Cambió su ropa y su calzado antes de entrar al hogar y, atormentado por el espectáculo grotesco que había presenciado, se bañó y relató a mi madre, con detalle, ese episodio vergonzoso de la historia mexicana.

Días más tarde, el 2 de octubre de 1968, ocurrió la matanza estudiantil de Tlatelolco, una masacre que las autoridades mexicanas, con la complicidad de la mayoría de los medios de comunicación, minimizó y justificó. La historia real tiene la palabra. Poco después, ese mismo mes, fueron inaugurados en la Ciudad de México los XIX Juegos Olímpicos de la historia moderna.

Ahora, cuando me entero de que en las ciudades mexicanas y en la capital del país, innumerables jóvenes realizan marchas por las calles y protestan contra aquel acontecimiento que no vivieron y que otros grupos, en actos de oportunismo y confusión, apovechan para cometer fechorías y dañar casas y zaguanes con pintura y otros materiales, pienso que resulta sano hacer un paréntesis, recordar la historia y asimilar las lecciones, y participar responsablemente y con firmeza ciudadana en los procesos nacionales de transformación. No se trata de gritar ni de amenazar cada año a las autoridades, sino de permanecer atentos a los aciertos y desaciertos de la clase política y ejercer el poder ciudadano para no repetir más las atrocidades y los errores del pasado.

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Más allá de barrotes y ataduras, el arte es libre

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La inspiración, en el arte, vuela y navega una noche o alguna mañana, en la tarde o en la madrugada, mientras es otoño o es primavera, durante un invierno o cierto verano, libre y plena, en armonía y con equilibrio, sin que alguien la mancille y someta, a veces solemne y en ocasiones, en cambio, desbordante. El arte sigue su ruta. No admite cadenas, barrotes y candados, simplemente por su rebeldía a la producción en serie, a las reglas estrictas e indiferentes, a la crueldad y al juicio sin sentido. Es un pájaro que vuela lejos o cerca, una hoja que juega con el viento o que deja pasar las corrientes de aire por preferir las gotas de lluvia o los copor de nieve, una embarcación que sortea el oleaje impetuoso, las tormentas incesantes y las tranquilidades profundas o superficiales. Es, parece, una palabra o alguna melodía de Dios, ciertos matices del cielo y determinadas formas del paraíso. El arte es una locura, un motivo, un delirio que va más allá de una época, una tendencia o una moda. El arte -igual que la ciencia- es universal y no puede fragmentarse en ideologías e intereses económicos y políticos. No está a la venta ni es una oferta. Es algo superior a la mercancía, a los discursos políticos, a las costumbres y a los fanatismos; aunque con frecuencia se le pretenda atrapar y etiquetar igual que un esclavo, un sirviente o un objeto. El arte visita las realidades cotidianas, lo extraño y lo conocido, y hasta explora los sueños, los parajes recónditos, la arcilla y la esencia, las luces y las oscuridades. Es tan auténtico y libre, que cada artista lo expresa con su estilo. El arte es la letra, el color, la nota y la forma de Dios, concepto que definitivamente no cabe en las mentalidades cuadriculadas y obstinadas en medirlo, alabar o condenar sus expresiones. El arte es la conexión a la inmortalidad, a las realidades y a los sueños, al alma y a la textura, al cielo y a la tierra. Es la corriente etérea que, en algún momento, plantea y explica lo incomprensible y le da sentido con las palabras, con las notas, con la policromía, con las formas. Es un puente de cristal prodigioso que conecta el mundo con reinos infinitos.

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Incapaz de restaurar un mundo que ha roto, el ser humano ambiciona conquistar el universo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Incapaz de restaurar el mundo que ha roto, el ser humano ambiciona conquistar otros planetas, no con la idea de extender la vida y transformar el universo en hogar apacible y en paraíso colectivo; su anhelo e interés consisten, principalmente, en dominar, someter y explotar a la gente, a los pueblos de la Tierra, saquear riquezas y controlar todo, en una guerra sin tregua, simplemente para endiosarse por un rato. Ha olvidado, parece, que su estancia en el mundo es temporal y que la verdadera dicha, antes de proseguir la caminata a otras fronteras, se basa en el bien que pueda derramar para sí y en beneficio de los demás. Resulta incongruente desgarrar, arrebatar y aniquilar la vida en un entorno que le es natural y propio y, a la vez, buscarla en otros planetas. Ni siquiera ha explorado su ruta interior ni ha logrado coexistir en armonía, con equilibrio y plenamente, y ya planea apoderarse del pulso de esta galaxia y de otras tantas. El universo es espectacular y maravilloso, con sus luces y sombras, sus encantos y desencantos, sus honduras y superficialidades; sin embargo, su destino no es convertirse en predio de criaturas depredadoras que se sienten centro y eje de la vida. Se trata de algo superior a la ambición de conquistar, pelear, dominar y matar. Es parte de la fórmula magistral e infinita.

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Confesión de humano

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Percibo, en las hojas que el viento otoñal de la tarde arranca de los árboles, los pasos y el aliento de Dios, quien las pinta de matices amarillentos, cafés, dorados, naranjas y rojizos, y las convierte en alfombras que adornan y tapizan los bosques, los remansos y los jardines. Escucho sus rumores y sus silencios con la lluvia, en cada gota que se desprende de las nubes, en un delirio de hablarle al alma, a los sentidos, y dejarles lapsos de sigilos, pausas, simplemente, creo, para que se reconcilien y convivan en armonía, con equilibrio y plenamente. Veo el milagro de la creación y de la vida en cada flor que me regala sus perfumes, sus texturas, sus encantos y sus colores. Me siento inmerso en la fuente infinita, en el universo, al despojarme de las sandalias, caminar descalzo, hundir los pies en la corriente diáfana y en la arena del fondo, y al abrazar un árbol, otro y muchos más, y descubrir sus secretos, sus deleites, sus motivos, hasta fundirme con la corteza, los helechos y el ritmo de la naturaleza, y así, con tal desnudez, entregarme al palpitar del infinito, a la esencia, al principio sin final. Oigo la conversación de Dios en el susurro del mar, en las tormentas, en los murmullos de las cascadas y en el canto de los ríos, en los truenos y en la lejanía y la soledad de los desiertos. Me reencuentro y me defino en las miradas de los niños, de los jóvenes, de los adultos, y también, no lo omito, en las de las plantas y en las de los animales. Encuentro, en el camino, abismos que me invitan a construir puentes, cimas que me llaman a escalar, profundidades que me retan a explorar.. Hay, en la senda, pétalos fragantes, policromados y de textura deliciosa, pero también abrojos y varas, para que uno, al andar, nunca olvide las luces y las sombras y decida, finalmente, la ruta y el destino. Es tanta la belleza que me rodea, que al palpar la cercanía de Dios y sentirlo en mi interior y afuera, siempre en mí, le agradezco tanta maravilla. Me responde y sonríe con las caricias del aire, con las gotas de la llovizna, con los copos nevados, con el agua que bebo, con los frutos y las legumbres que como y con las rocas y los peñascos donde reposo y desde los que contemplo, arrobado, los paisajes que tienen algo del paraíso. No obstante, al diluirse las tonalidades de la mañana y la tarde y cubrirse la pinacoteca celeste de estrellas y de otros mundos, me siento avergonzado, como ser humano, por tanta ausencia de bien, por romper el mundo, por el abuso a las criaturas más indefensas, por la ambición desmedida que arrebata todo, por las injusticias y por los que tienen hambre, por los que sufren lo indecible al enfermar, por los que han perdido a quienes tanto amaban, por la contaminación, por la estupidez, por la superficialidad, por el daño a la gente, a las plantas, a los animales, a la tierra, al aire, a todo. Me apena mucho que, no conformes con destrozar el mundo -nuestra única morada temporal-, ahora estemos interesados en conquistar otros planetas con la intención de ejercer dominio y control absoluto. Con tan poco, estamos confundidos y pensamos erróneamente que somos dioses con capacidad de destruir y modificar todo lo que nos rodea por así desearlo nuestros apetitos, intereses y ambiciones. Con la noche, la creación me obsequia el sueño, el descanso, para mañana, al amanecer, disfrutar el aire y los colores de la vida. Descansaré esta noche, como otras tantas de mi vida, con la diferencia de que siento pesar por lo que era tan nuestro y hemos roto en detrimento de innumerables seres. Dios me habla, en su código de murmullos y silencios, entre una estrella y otra. Me regala tanto y yo, pregunto con congoja, ¿qué le doy?

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Encuentros y desencuentros en el colegio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Era pequeño e inocente, cuando la profesora, en el colegio, encolerizó y gritó, fuera de sí, totalmente descontrolada, por mis respuestas. Ordenó que me incorporara del pupitre que ocupaba y que de inmediato, sin titubeos, contestara sus preguntas, mientras los otros, mis compañeros, me observaban sonrientes y con mofa.

La maestra preguntó el motivo por el que había opinado, en el examen, que resultaba más aconsejable descifrar, comprender y asimilar lecciones de geografía e historia, que memorizar, a cambio de una calificación aprobatoria, continentes, países y sus capitales, fechas, nombres y apellidos de personajes, acontecimientos y guerras. Lo primero, dije, serviría para entender las conductas y las tendencias sociales, mientras lo segundo, en tanto, finalmente quedaría en la desmemoria y absolutamente desfasado ante nuevas realidades.

Rió burlona. Mis compañeros, respaldados por la mujer, carcajearon. Irónica, manifestó al grupo que yo, Santiago Galicia Rojon, al andar en las calles o en otras ciudades y naciones, sería un analfabeto e inculto al que habría que tomar de la mano para mostrarle los nombres de las avenidas, los jardines, las plazas y las urbes. Volvieron a reír. Escuché gritos colectivos, majaderías y silbidos, conductas indignas de una institución educativa.

Me resultaba complicado hablar, pero me atreví a explicar que en los siguientes años, ya en mi juventud y en mi madurez, la geografía sería diferente y quizá hasta las fronteras y los nombres de las naciones cambiarían. Ella pertenecía a una época que quedaría marcada en el pasado, en la historia, y yo, en cambio, pisaría otras tierras con distribuciones físicas y términos distintos.

Irascible, argumentó que demostraba atrevimiento e ignorancia, y que la ofendía al decirle que era una vieja que quedaría en el ayer. Simplemente, respondí que el mundo de mi juventud, de mi madurez y de mi ancianidad, sería diferente al suyo, y que si los nombres de los países cambiaban, era natural porque el mundo es dinámico y nada es permanente.

Mis compañeros mantuvieron silencio, en espera, tal vez, de que la profesora atacara de nuevo. Al demostrarle la inutilidad de la memorización de continentes y nombres de ciudades y países, transitó a la historia y expuso que sería tan ignorante, que ni siquiera conocería el significado de los días festivos y de las celebraciones nacionales.

Callé, pero exigió que hablara con la idea de arrojarme al escarnio, al coliseo, al anfiteatro, donde quedaría roto y destruido, envuelto en la basura y los escupitajos de la turba enardecida; sin embargo, al mirarme rodeado de sus fieras, cerca del patíbulo, argumenté que en otro tiempo, el de mi juventud y mi edad adulta, seguramente tendría capacidad para discernir entre la verdad y la mentira, con la fortuna, entonces, de identificar a la gente por sus obras, con sus luces y sombras, y no por ser estampas e imágenes de una farsa creada para engañar, manipular y controlar a una generación.

Insistí en marcar mi respeto al estudio, al conocimiento, y a ella, como profesora. No estaba de acuerdo con el enfoque de la educación; aunque, evidentemente, debía aprender y obtener el mayor provecho de la instrucción que recibía. Repliqué que se podría aprender demasiado sin necesidad de memorizar fórmulas, nombres, datos e información, generalmente sin procesar, como un robot que se programa y más tarde se desecha.

Me llevó, como otros días, a la oficina de la directora, no si antes golpearme con la regla de madera. Relató a la superiora, una monja, mi osadía de burlarme de ella y rebatir su enseñanza. La religiosa, a quien no simpatizaba a pesar de compartir detalles y motivos de la tierra nativa, me interrogó severamente, igual que lo haría, sin duda, cualquier tirano con poder, y repetí que carecía de lógica memorizar nombres de una geografía que cambiaría y de personas del pasado que, finalmente, eran catalogados ángeles y demonios, de acuerdo con los intereses oficiales de la época, respaldados por sus académicos e intelectuales, cuando lo más importante era, en todo caso, asimilar las lecciones, entender los sentidos y los motivos de la humanidad y su trayecto por el mundo.

Sumidas en su enojo e ignorancia, en su falta de dominio de sí y en su abuso de autoridad basado en su tamaño y en sus cargos dentro de la institución educativa, las dos mujeres -la monja y la profesora, la directora y la maestra- me escudriñaron, como pieza de laboratorio, y prácticamente montaron su espectáculo, un teatro grotesco, en el que ellas hubieran obtenido, en caso de estar presentes, los aplausos de mis compañeros, quienes innegablemente habrían mostrado sus colmillos.

Ellas se aferraron a que era un niño atrapado en los extravíos de la razón, ocrurente y loco, incapaz de asistir al colegio y estudiar con normalidad, como los otros alumnos, y yo, en tanto, con la defensa de mis argumentos -en casa, mi padre solía decir que los ideales genuinos se defendían, incluso, con la vida-, en una batalla, de su parte, por imponer la enseñanza por medio de sistemas y métodos desfasdos versus, de mi lado, la propuesta buscar e implementar mecanismos acordes a la época y congruentes con la realidad y el método cienfífico.

Definitivamente, no llegamos a un acuerdo y me castigaron. Horas después, en el portón del colegio, yo permanecía de pie, igual que otros niños, expuestos públicamente por haber orinado los uniformes o por conductas que parecían irracionales de nuestra parte. Recibíamos, entonces, el desprecio y el escarnio de la comunidad educativa.

Años más tarde, en mi etapa juvenil, enfrrenté una situación parecida con un profesor radical, quien militaba en un partido político de ideología extrema, en Europa. Pidió, en clase, que elaboráramos un texto relacionado con el contexto global y nuestra opinión personal. Cuando terminé la encomienda, le entregué el breve manustrito, como lo hicieron, en su momento, otros compañeros. Leyó mi texto en silencio, sonrojado, entiendo, por el coraje que le produjo mi planteamiento.

Con las hojas de papel en la mano, como quien sostiene basura, me preguntó que si estaba seguro de lo que había escrito. Mi respuesta fue afirmativa. Volvió a interrogarme y advirtió que si no cambiaba mi opinión, me reprobaría. Solo contesté que modificar mi opinión equivaldría a intentar transformar los procesos de transformaciones mundiales.

Amenazante con la idea de romper mi manuscrito, expresó “cómo es posible que un joven, en pleno siglo XX, trate de anticipar que el Muro de Berlín caerá y quedará como triste y vergonzoso recuerdo en las páginas de la historia, y que la Unión Soviética se transformará. No me convencen tus argumentos. La realidad humana no es sueño, joven poeta”.

El hombre me reprobó y condenó mi actitud y mi pensamiento, como años antes, en el colegio, lo hicieron la religiosa y la profesora. No transcurrió mucho tiempo después de aquel incidente, cuando el Muro de Berlín, en Alemania, fue derrumbado, mientras la geografía, en otras naciones, modificó sus fronteras, independientemente de que surgieron, a nivel internacional, tendencias orientadas a revisar la historia y denunciar la falacia de tantos capítulos respaldados por ciertos gobiernos y sus ideólogos, académicos e intelectuales.

Si hoy tuviera oportunidad de traer del pasado a la religiosa, a la maestra y al profesor, no fabricaría mi anfiteatro, como ellos lo hicieron. Simplemente les recordaría nuestros encuentros y desencuentros, en clases, y les aclararía con sencillez que mi idea no era, como suponían, aplastar el conocimiento ni tampoco considerarme superior ni desprestigiarlos, porque mi intención era proponer otros mecanismos y sistemas en la forma de enseñar. De nada o de muy poco sirve memorizar en un mundo cambiante, donde vale más lo real, asimilar las lecciones para entender la situación presente y no repetir errores.

Hoy, en el verano de mi existencia, insisto en el mismo mensaje. Estamos impartiendo educación, en diversas regiones del mundo, con herramientas anticuadas e impropias para que las generaciones de la hora contemporánea se preparen integralmente, asuman sus responsabilidades y afronten con éxito los problemas, las contradicciones y los retos que amenazan a la humanidad y parecen ensombrecer su presente y su mañana tan cercano.

No esperemos grandes humanistas ni científicos mientras continuemos empeñados en impartir educación desfasada, pobre, inadecuada y parcial, más proclive a obedecer intereses egoístas y a fabricar seres humanos alejados de su esencia, del bien, de la justicia, de la dignidad, del conocimiento puro y de la libertad, en un entorno en el que valen más las personas que rinden culto a las apariencias, a las cosas, a los temas superfluos y a poseer sin destino ni motivo.

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Otra definición de arte

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Quien habla con Dios, ya tiene abierta la puerta de su alma al infinito y es capaz, por lo mismo, de sentir los aires del paraíso y volar muy alto. El artista que escucha los silencios etéreos, aprende a descifrar sus mensajes, interpretar sus motivos y ejecutar sus susurros. Quien oye los murmullos de Dios, no olvida sus pausas. Por eso, al componer música, sus obras ya poseen algo etéreo y terreno, y ese es el encanto, la fascinación, el deleite. Igual que el músico, el escritor que percibe los rumores y los sigilos prodigiosos, funde las letras y las palabras en un crisol de estrellas con la intención de crear novelas, cuentos, poemas y relatos que cautivan y trasladan a rutas insospechadas. Junto al escritor y al músico, el pintor capta matices y formas, colores y geometría, que se convierten, al deslizar los pinceles sobre los lienzos, en jardines mágicos. Así definiría, este día, el arte, quizá porque se trata de una plática interminable con Dios, acaso por ser un encuentro con el alma, probablemente por resumir la vida y los sueños, tal vez por algo más que flota en el ambiente y conecta al ser con la esencia y el barro.

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Entrevista en EducarT y en Tenencias, la otra Voz de Morelia

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Este día, jueves 2 de septiembre de 2021, me es grato anunciarles que las periodistas Cynthia Ayala Jiménez y Leticia Florián Arriaga, fundadoras y directoras, respectivamente, de las páginas EducarT y Tenencias, la otra Voz de Morelia. harán favor de entrevistarme, a las seis de la tarde, hora de México centro.

No sin antes invitar a mis amables lectores a seguir el desenlace de la entrevista en las páginas ya citadas, agradezco a ambas comunicadoras la atención de entrevistarme. Esta vez será con motivo de la publicación de mi séptimo libro, Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, impreso en Editorial Resistencia y respaldado totalmente por el H. Ayuntamiento de Morelia, a través de su Secretaría de Turismo, como reconocimiento a los habitantes de esas zonas dentro de tan extraordinario y hermoso municipio de Michoacán, localizado al centro-occidente de la República Mexicana.

Este libro no sería realidad sin el apoyo irrestricto de mi amigo Roberto Monroy García, quien con su experiencia, conocimiento y visión turística, el año pasado, entre julio y agosto de 2020, habló con el entonces alcalde de Morelia, Raúl Morón Orozco, al que planteó la importancia de que la administración municipal, en la capital michoacana, dejara un legado cultural de las 14 tenencias de Morelia, regiones que merecen el reconocimiento oficial por todo lo que significan.

Y así fue como el entonces secretario de Turismo en Morelia, confió me confió la elaboración de la obra Tenencias de Moreia, sus colores, sus rostros, sus sabores. Mi gratitud a este hombre que desde hace muchos años se ha especializado en la materia turística, como también agradezco a la exencargada del Despacho de la Secretaría de Turismo, en la capital de Michoacán, Ada Elena Guevara Chávez; a mi amigo Gabriel Chávez Villa, exdirector de Desarrollo Turístico y Capacitación, en la misma dependencia municipal, quien, además, cuenta con amplia trayectoria dentro del sector de los guías turísticos, de los cuales, por cierto, fue líder estatal y nacional.

También agradezco el apoyo y el respaldo por parte de la extesorera municipal de Morelia, María de los Remedios López Moreno, y de los funcionarios y colaboradores de la administración, como lo hago con los jefes de Tenencia, los moradores de la zona rural que hicieron favor de recibirme y transmitir parte de su tradición oral, y a los fotógrafos y amigos que tan amablemente participaron con imágenes: Jorge Érick Sánchez Vázquez, Leticia Florián Arriaga, Lázaro Alejandre Gutiérrez, Luis Vílchez Pella, Araceli López Valdez, Damaris Cortés Bedolla, José Arturo González Acuña y César Barrera Ceja. Igualmente, valoro el apoyo de Josefina Larragoiti Oliver, directora de Editorial Resistencia, y de su diseñador profesional, Jaime Espinosa García.. Como lo mencioné en una de mis publicaciones anteriores, mi gratitud a ellos y a los que no aparecen en la lista.

Alegría y libertad

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La alegría y la libertad, parece, se refugian en las auroras y en los ocasos de otras fechas, cuando apenas ayer éramos poema y viento, lluvia y arena, cascada y río, y no sabíamos, por estar tan distraídos, que nuestra ruta conducía a destinos inciertos.

Por alguna causa -y muchas más-, la alegría y la libertad se volvieron encanto de apariencia irrecuperable -al menos es lo que pretenden que creamos quienes intentan atraparnos-, fantasías y sueños, añoranzas y suspiros, jeroglíficos indescifrables, piezas de museo, y ahora, desolados y tristes, los miramos naufragar y hundirse, lejos de nosotros.

Sin notarlo -así son las dosis de veneno cuando se aplican gradualmente, con cierta intencionalidad-, alguien -y muchos más- atrapó nuestras alegrías y libertades, presas desnudas y ultrajadas que padecen angustias y tormentos indecibles. Compramos, sin notarlo, promesas incumplidas, apariencias y trampas.

La alegría y las sonrisas, agotadas y rotas, son desdibujadas. Alguien -y otros más- las borra de nuestros rostros, las debilita de la naturaleza humana, las desmantela por completo, las desconecta del alma. Ante nuestras miradas de asombro y la pasividad de seres cansados por la monotonía y los acontecimientos terribles que se suceden unos a otros, propiciados por los titiriteros del circo humano, alguien -y muchos más- elimina lo que somos y lo que parecía de nosotros.

Ellos -y alguien más-, quieren que las personas -en masculino y en femenino, en mayúsculas y en minúsculas- destierren las voces y abracen los gritos, sepulten la alegría y las sonrisas, y coloquen epitafios dolorosos y tristes sobre sus ruinas y sus nombres. Pretenden que las multitudes desprecien la luz y la sustituyan, entre sombras, por lámparas que finalmente romperán o fundirán.

Alguien -y otros- sabe que si esclaviza la libertad, mientras enferma, aterra, enfrenta y mata a la gente, la dignidad, los sentimientos nobles, la originalidad, el amor, la verdad, el bien, la inteligencia, la creatividad y todo lo maravilloso de los seres humanos -luz y arcilla, alma y cuerpo-, se exraviarán y solo flotarán despojos mediocres, desgarrados, incapacs de restaurarse, transformados en maniquíes y en títeres en serie.

No obstante, si alguien -y otros más- pretende y ambiciona cortar y destruir nuestra alegría y libertad, con todo lo que significan, nosotros aún poseemos capacidad y fortaleza para cerrarles las puertas y las ventanas e impedirles el paso. Somos más, en número y, aunque no seamos dueños de fortunas inmensas que corrompen gobiernos, ejércitos criminales, redes sociales perversas y medios de comunicación mercenarios, tenemos capacidad de resurgir de los escombros, valorarnos y enfrentar las guerras, los ataques y los ensayos actuales con fórmulas pacíficas. Ellos -y alguien más- temen a los valores, a los sentmientos, a la razón, al despertar, a las familias, al amor, al bien, al conocimiento masivo, a los ideales. Poseemos los elementos para derrotarlos y parar su locura, sin necesidad de violencia.

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Cada letra

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cada letra escrita, al transformarse en palabra, oculta y exhibe sentimientos que brotan del alma, suspiros que el viento arrastra a rutas insospechadas, pensamientos que vuelan a otros destinos, motivos y detalles que cautivan, secretos y verdades que quedan o se van. Un texto, al escribirlo el artsta, es poema, es historia, es sueño, es realidad. Al hurgar en el baúl del abecedario, en el desván de las letras y las palabras, el artista, inagotable, deja algo de su vida en cada página, en las hojas que exhalan su perfume cuando uno las lee, aunque él, su creador, ya no esté. Detrás de las obras de los escritores y los poetas, quedan historias con sus rumores y sus silencios, pedazos de biografías, alegrías y tristezas, placeres y dolores. Cada autor lleva consigo lo liviano y lo pesado de su carga, y no lo dice, no lo expresa, simplemente por no desconocer que la vida de artista es así, intensa y plena, y que si unas veces navega por mares impetuosos, entre naufragios y tempestades deesgarradoras, otras ocasiones, en cambio, pernocta en alguna cabaña apacible y romántica, El escritor y el poeta son creadores, artistas, una parte seres humanos y otra porción, en tanto, seres consentidos de Dios. Cada letra y toda palabra, en el arte, es un pedazo de cielo que se mezcla con un trozo de barro, y ese es, tal vez, uno de sus encantos y la fórmula secreta para llegar a la cumbre.

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