Columpio de remembranzas, de libro a manuscrito

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Aquellas noches de mi infancia, tan distantes como la edad que celebro cada año, las tempestades y los relámpagos me parecían interminables. Las gotas de lluvia deslizaban en los cristales de las ventanas; las ramas de los eucaliptos se balanceaban y crujían al recibir las caricias del viento; los truenos se propagaban en todos los rincones de la casa solariega, en el jardín inmenso y en los escondrijos insospechados donde mis hermanos y yo jugábamos a la vida y protagonizábamos incontables historias y capítulos épicos; los árboles, la higuera, las flores y las plantas destilaban sus perfumes al mojarse.

En la finca, mi padre y mi madre derramaban un amor profundo y real hacia nosotros, sus hijos, a quienes consentían tanto. Entonces, las casas eran hogares que albergaban familias que se amaban y respetaban, sin que las diferencias de edad fueran motivo para discutir y pelear. Éramos intensamente dichosos y no conocíamos los antagonismos.

Dormíamos temprano, pero antes, cenábamos y platicábamos. Mi padre y mi madre hablaban dulcemente y aconsejaban sabiamente o relataban historias de las que aprendíamos mucho. Algunas veces, cuando nuestros visitantes pernoctaban en nuestra casa, solían reseñar episodios de los antepasados y de la gente de antaño, narraciones que me atraían y embelesaban. Imaginaba a los personajes y visualizaba los acontecimientos.

Así, a través de los años, reuní gran cantidad de historias familiares. Decidí, entonces, visitar a mis familiares de mayor edad, a los amigos que tuvieron mis abuelos, a la gente que naufragaba desde el pasado, hasta que me convertí, sin darme cuenta, en puente entre las generaciones de antaño y las de mi hora presente. Llegué, en mis investigaciones, hasta días medievales, navegué en mares que olían a aventuras y a piratas, estuve en batallas y en conquistas y sentí las alegrías y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el sí y el no de mis antepasados.

Si bien es cierto que, desde temprana edad, ya había definido que dedicaría los días de mi existencia al arte de las letras, independientemente de tener, en el futuro, una grandiosa familia y realizar todos los proyectos que contemplé para mi biografía, pensé que, por gusto, podría escribir una memoria sobre mis antepasados. El primer título que diseñé fue Historia de la familia; sin embargo, ya en mis horas de madurez, llegué a la conclusión de que el título sería Columpio de remembranzas.

Transcurrieron los años. Con gran cantidad de información, acumulada durante varias décadas, me di cuenta de que mis antecesores eran eso, precisamente, ayer, pasado, historia, y que, por lo mismo, ya no estaban presentes; también comprobé que a las generaciones de la hora contemporánea, inmersas en una realidad diferente a la que viví en en mi niñez, adolescencia y juventud, les interesan otros temas.

Sé que en cada familia y generación, suelen aparecer, entre sus integrantes, personas con la inquietud sobre sus orígenes, en busca de respuestas a sus interrogantes y de un principio, historias que lamentablemente no siempre se conservan. Los recuerdos se diluyen y se transforman en olvido. Quedan los retratos de la antigüedad, de hace un siglo o más, y los sucesores no reconocen a sus antepasados. Se pierden las historias que a una hora del pasado fueron realidad de otra gente.

Pienso que la genealogía es una asignatura que debería de impartirse en todos los niveles escolares. La gente rescataría su origen y sus historias; además, facilitaría obtener tendencias de conductas, enfermedades, causas de muerte, aficiones y tantos rasgos humanos. Contiene una riqueza invaluable que muchas personas todavía no exploran.

La vida es tan breve que apenas alcanza para hacer algo importante. Las grandes tareas no admiten distracciones ni treguas. Aún debo escribir otras obras. La historia antigua de mi familia, que siempre me ha acompañado y cautivado, no se perderá porque se encuentra asentada en mis apuntes; no obstante, tomé la determinación de transcribirla en una libreta especial que pasará de una generación a otra y a muchas más, con la idea de que mis descendientes agreguen datos e información. Creo que el documento tendrá más valor, por lo que significa nuestra historia familiar, si lo escribo a mano en una libreta y se suman mis sucesores con sus aportaciones, que si lo publico. Después de todo, es un tema familiar. Hace poco, descifré, estudié y analicé más de 500 documentos. Me siento bastante contento porque, finalmente, tras toda una vida de búsqueda e investigación, por fin conozco los aspectos más trascendentes de la historia de mis antepasados. He cumplido uno de mis sueños de la infancia y así rindo homenaje a mis antepasados.

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Juan Solís Castañeda, de los juegos a las armas, en la Revolución Mexicana de 1910

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Agradezco a María Salud Valencia Solís, filósofa y compañera, hace años, en la empresa en la que desempeñé el ejercicio periodístico, la historia que me relató acerca de su abuelo materno, don Juan Solís Castañeda, quien se unió a las fuerzas revolucionarias de 1910, en México, cuando apenas tenía una década de edad. La historia del antepasado de María Salud, la presento como un relato fidedigno a los episodios que me contó con tanta admiración al personaje.

-No, no lo mataron los balazos. Fue el coraje que hizo, cuando lo emboscaron, lo que lo llevó a la tumba -murmuraba la gente, en el pueblo, tras enterarse de que don Juan había muerto.

El tañido del campanario -porque para todos los casos hay campanas en las iglesias-, anunciaba la misa en memoria de don Juan Solís Castañeda, el otrora niño de la Revolución Mexicana de 1910, quien se volvió héroe regional y leyenda en muchos pueblos de la tierra caliente de Michoacán*.

-No puedo creer que don Juan haya muerto por la bilis que derramó -dijo una anciana, mientras se persignaba frente al ataúd que era introducido al templo por varios hombres, seguidos por niños, adolescentes, jóvenes y adultos.

Entre la gente, iban los hijos de don Juan, y también sus amantes, las señoras que un día fueron jóvenes y se refugiaron en sus brazos, en amoríos de esos que se comparten, una y otra vez, con mujeres de distintos pueblos y ranchos, entre las apresuraciones y las pausas de las revoluciones.

A un lado, cerca del portón de la iglesia, los músicos interpretaban la canción «Juan Colorado», que fascinaba al hombre. Cuando escuchaba la canción michoacana, acudían a su memoria tantos recuerdos, imágenes de su familia, espisodios de las batallas ganadas y perdidas y de romances ocultos, e incontables amaneceres y anocheceres, en la región que la gente, en Michoacán, llama tierra caliente.

Igual que en las fiestas, cuando don Juan cumplía años o celebraba alguna fecha especial o un acontecimiento significativo, ellas, las mujeres que lo amaron, nuevamente coincidieron y se abrazaron y consolaron mutuamente. Sabían, y así se los había advertido don Juan, que él no era hombre de una sola mujer y que, por lo mismo, necesitaba libertad, espacio y tiempo, para atender todos sus asuntos, negocios y amoríos. No era hombre que se encadenara a alguien; no obstante, amablemente les ofrecía su cariño y protección.

-Don Juan nació en 1900 -recordó una anciana.

-Sí, mi mamá comentaba que «nació con el siglo» -confirmó una mujer más joven.

-Se cuentan tantas historias de él -expresó un hombre, quien relató, en aquella década de los 50, en el siglo XX, que don Juan era un personaje que trascendía fronteras y que, lamentablemente, la difusión de su nombre y de sus hazañas no se habían difundido como lo merecía.

-He escuchado muchas narraciones sobre don Juan, pero me encantaría saber cómo inició su trayectoria como revolucionario -intervino otro señor.

-Claro que sí -respondió el hombre-. Escuche con atención: sus padres lo bautizaron como Juan, Juan Solís Castañeda. Y así lo conocieron en Apatzingán** y en la tierra caliente de Michoacán, en la infancia y durante la juventud, porque siempre se sintió orgulloso de su nombre y de sus apellidos. Su identidad valía mucho y la defendía con honor.

-Como defendió su vida durante la emboscada -completó un joven que se sumó a la conversación.

El otro señor y el hombre miraron al muchacho. El hombre, que era mayor, agregó:

-Los primeros años de su niñez transcurrieron apacibles, entre los juegos naturales de su edad y las obligaciones, en la campiña y en el caserío, porque su padre trabajaba en una hacienda de Apatzingán y su madre, la española Juana Castañeda, se preocupaba por su instrucción. Deseaba la mujer que su hijo aprendiera a escribir y a leer, que estudiara diferentes materias y que un día se formara profesionalmente.

Una señora, en el templo, volteó molesta e intentó callar a los tres hombres; sin embargo, prosiguieron con la conversación que se mezclaba con el llanto, con otros susurros y con el sermón y las oraciones del sacerdote.

El hombre siguió la plática:

-Ruborizado por las horas soleadas, el pequeño Juan corría y se divertía con cualquier cosa, con una rama, con alguna piedra o en la corriente del río que contribuía a refrescarlo y disminuir el calor sofocante, quizá como si supiera que pronto concluirían sus años infantiles, y no porque deseara convertirse en adulto, sino por el hecho de que los acontecimientos lo obligarían a renunciar a sus correrías de mozalbete.

Sorprendido, el joven inquirió:

-¿Qué acontecimientos?

El señor secundó al muchacho:

-¿A qué se refiere?

El hombre sonrió.

-El movimiento revolucionario de México, inició en 1910. Ellos, los hacendados, estaban nerviosos e inquietos porque las noticias y los rumores los responsabilizaban como aliados del régimen de Porfirio Díaz Mori, presidente de México durante tres décadas, y, por lo mismo, las mayorías los consideraban verdaderos causantes de la explotación y de la miseria de incontables familias. Sabían que en cualquier momento podrían enfrentar, en sus propias haciendas, el levantamiento armado de sus peones, quienes los aniquilarían sin piedad, no sin antes saquear sus casas y violar a las mujeres que pertenecían a sus familias. Olía a miedo, a nervios, a disgusto -explicó el hombre, que de inmediato completó-: Fue uno de ellos, uno de los poderosos hacendados de la región de Apatzingán, quien, desquiciado e irascible, azotaba personalmente al padre de Juan frente a los peones y capataces, precisamente con el objetivo de que escarmentaran y ninguno volviera a cometer una falta. Era el patrón, el señor y dueño absoluto de la hacienda, con las vidas humanas incluidas, y no toleraba, en consecuencia, errores ni desobediencias.

Sorprendidos, el muchacho y el señor miraron al hombre, quien, ajeno a los regaños de la mujer que los llamaba sacrílegos por hablar en el interior del templo, frente a un cadáver, mientras el sacerdote oraba, prosiguió con la historia de don Juan:

-Cuando, por encargo de su madre, Juan se dirigía a los campos de cultivo de la hacienda con la finalidad de llevar el almuerzo a su progenitor, descubrió con asombro y coraje que el amo le propinaba una golpiza brutal, hecho que lo estimuló a tirar la canasta al suelo y arrojarse en contra del temible patrón para hundir sus pequeños dedos en los ojos, morderlo, rasguñarlo y golpearlo -narró el hombre-. Ante el ataque sorpresivo, el hacendado abandonó a su víctima e intentó deshacerse de su diminuto agresor; pero aquél, el niño, actuó con valentía y antes de correr hacia los cultivos para perderse de la mirada del infame hombre, lo lastimó de nuevo. Atónitos, los capataces y peones que presenciaron la intervención de la criatura, no defendieron a su patrón; al contrario, permanecieron inmóviles para evitar atrapar al pequeño y que fuera castigado con crueldad. Les parecía increíble que un pequeño de apenas una década de vida, retara y enfrentara al hacendado, valor que ellos, que eran adultos, no habían demostrado… Un niño de diez años de edad, enfrentó al sanguinario hacendado, quien de inmediato ordenó que lo localizaran y aprehendieran con el propósito de encerrarlo y darle un escarmiento severo y ejemplar. Las heridas, junto con la humillación y la vergüenza, lo motivaron a intensificar la búsqueda.

Los músicos entraron al templo, una vez que concluyó el oficio sacro. Las mujeres que amaron a don Juan, se aproximaron al ataúd y miraronn, desconsoladas, al héroe revolucionario con quien compartieron tantas noches de amor y pasión; los hijos, por su parte, lloraban al padre tan amado, al personaje que los formó. La vieja, en tanto, miraba con recelo a los tres individuos -el hombre, el señor y el muchacho- que repasaban la biografía de don Juan Solís Castañeda.

El hombre contó:

-Irascible, el hacendado limpió la saliva del niño. Sus pómulos, sus mejillas y sus brazos presentaban huellas de las mordeduras y de los rasguños infantiles. Premiaría a quien le entregara al menor. Tales acontecimientos obligaron a que Juan, a sus 10 años de edad, huyera y se escondiera. Lloró mucho porque entendió que, a partir de entonces, no podría retornar a casa, al lado de su padre, de su madre y de sus hermanos. Se incorporó al movimiento revolucionario. Inició como ayudante de los revolucionarios. El niño limpiaba las armas, cargaba las carabinas, ordenaba las municiones, acarreaba agua, llevaba recados y cumplía las órdenes de los jefes revolucionarios. Fugitivo como era, el pequeño desarrollaba una labor muy delicada e importante porque del estado de las armas y de que estuvieran correctamente cargadas, dependía, en gran medida, la posibilidad del triunfo por parte de los revolucionarios. No podía fallar. Mientras realizaba sus tareas, recordaba su hogar, a sus padres y a sus hermanos, a quienes extrañaba tanto, y más se acrecentaba su coraje y su odio en contra del hacendado.

Asombrado, como al inicio, el muchacho abrió los ojos con exageración, mientras el señor, en tanto, hizo un movimiento con la cabeza, como si solicitara al hombre que siguiera con la historia. Y sí, el hombre habló:

-Pronto, el pequeño Juan aprendió a usar las armas con habilidad. Tal fue su empeño, que se convirtió en un pistolero diestro. Disparaba, indistintamente, con la mano derecha y la izquierda, e incluso con ambas, y con excelente puntería. Los jefes revolucionarios y sus compañeros le enseñaron a manejar las armas.

Interrumpió el muchacho, con el ímpetu de la juventud:

-Entonces, el niño renunció a las andanzas por la campiña, a los juegos, a las ilusiones infantiles, a los sueños, para transformarse, de un día a otro, en revolucionario, en armero, en gatillero. Las pistolas y las carabinas se convirtieron en sus juguetes preferidos.

-Sí -afirmó el hombre-. Quizá, por la amarga escena que acudía a su memoria y se repetía diariamente, a una hora y a muchas más, en la que su padre era golpeado brutalmente por el hacendado, o tal vez porque las injusticias e insensibilidad de los poderosos habían provocado que él, Juan Solís Castañeda, se separara de su familia y renunciara a los juegos, su rencor contra los acaudalados fue tan grande que, cuando descubría, en cualquier lugar, abusos en perjuicio de los enfermos y de los pobres, no dudaba en defenderlos, con lo que, adicionalmente, se ganó la confianza y el cariño de incontables personas.

El señor, reflexivo, se atrevió a opinar:

-Yo he escuchado que su prestigio como armero y pistolero aumentaba conforme se registraban las batallas y los acontecimientos revolucionarios, hasta que un día, el general Lázaro Cárdenas del Río ordenó que lo buscaran para que fuera uno de sus escoltas, y, así, Juan contó con la admiración, el cariño y el respeto de quien fue presidente de la República Mexicana en el período de 1936 a 1940.

Olía a parafina y a flores. El hombre, quien miró pasar a los músicos y el cortejo fúnebre por el pasillo central del recinto, reanudó la plática:

-Una de sus aspiraciones era, precisamente, que sus hijos, cuando los tuviera, asistieran a la escuela, porque él nunca fue a una institución educativa. Anhelaba que sus descendientes tuvieran oportunidades de desarrollo. Su madre se lo había inculcado y no olvidaba sus consejos… Los años transcurrieron fugaces. Juan participó en incontables batallas, con sus triunfos y sus derrotas, y aprendió del movimiento revolucionario, de la gente que luchaba y sufría, del dolor ajeno y de la vida y la muerte.

El murmullo de los dolientes se confundía, afuera, con el sonido de las campanas, la música y las ráfagas de viento. Entre sollozos, flores, lamentos, música y oraciones, el cortejo fúnebe se marchó al cementerio; sin embargo, el hombre prosiguió con su reseña ante el muchacho y el señor:

-Ya como adulto, Juan Solís Castañeda organizaba fiestas durante sus cumpleaños. Reunía a sus amadas que moraban en rancherías de Apatzingán, Ario, La Huacana y Nueva Italia, entre otros lugares del estado de Michoacán, y lo sorprendente es que todas convivían al lado de su héroe de la Revolución Mexicana, mientras la banda musical repetía la canción “Juan Colorado”, que le removía tantos recuerdos y con el que se identificaba plenamente.

La gente, en Apatzingán y en la zona de la tierra caliente de Michoacán, decía que la vida de don Juan estuvo muy relacionada con las armas y con los enfrentamientos. Si a los 10 años de edad, al inicio de la convulsión social de 1910, optó por unirse a los revolucionarios, en la década de los 50, en el siglo XX, fue emboscado en algún paraje; pero él, diestro como era con las armas, se defendió y disparó con ambas manos.

Fueron el coraje y el sobresalto, y no las balas, los que le arrebataron la existencia. Quienes lo conocieron, aseguraban que se defendió heroicamente, que sus enemigos no logaron vencerlo; pero que la bilis acabó con él. Hasta el último instante de su existencia, actuó cual revolucionario, y cómo no lo iba a ser si desde la infancia cambió los juegos e ilusiones por la pólvora, las pistolas y las carabinas.

*Michoacán es un estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana.

**Apatzingán es una ciudad y un municipio que se ubica en el estado mexicano de Michoacán. Esa ciudad, situada en lo que se denomina «tierra caliente», fue fundada en el siglo XVII, en 1617, por misioneros franciscanos y agustinos.

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Historia de un gran amor. Familias Palafox del Río y Escalante Arroyo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No entendía la brevedad de la existencia. ¿A qué venimos al mundo, si la jornada es tan corta? ¿De qué sirven los momentos dichosos si, al final, cuando alguien parte, derramamos lágrimas y sentimos un vacío muy hondo? ¿La vida es real, es sueño, es una prueba, es juego, es el paso temporal por distintas estaciones, es el camino a un destino grandioso?

A mi entrañable amigo, Jorge Palafox Terán, con la gratitud y el recuerdo de siempre.

Lloró inconsolable. Las lágrimas deslizaron por su cutis demacrado al repasar la historia reciente de su existencia, al revisar los capítulos de amor e ilusiones. Miró, una y otra vez, los retratos del hombre de quien se enamoró desde los primeros años juveniles, cuando todo le parecía encantador y prodigioso. Le pareció, a partir de entonces, un gran personaje, un ser de capacidades y virtudes extraordinarias. No obstante, él, José Palafox y Díaz, yacía bajo una tumba silenciosa y solitaria, como son los mausoleos al sepultar uno a la gente tan amada y retirarse con su dolor y sus recuerdos, despiadados, silenciosos y fríos.

Observó las facciones de sus hijos -María Elena, José Luis y Jorge-, e intentó reconocer al padre en cada uno. Descubrió en los rostros infantiles, pedazos de su marido, dentista él que nació en la Ciudad de México, en la época ddel Porfiriato, durante los días de 1890, y murió a los 39 años de edad, en Puebla, en las horas de 1929.

Familia Palafox del Río, en 1920. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

El amor y la admiración de Elena del Río Rossainz hacia su marido, no fue secreto para nadie. Hoy, cuando su historia de romance reposa en la memoria del ayer, casi cubierta por el polvo del olvido, quedan, acaso como consuelo de que el amor es lo que salva, las dedicatorias que le escribió en el reverso de algunas fotografías.

Ya el 11 de agosto de 1907, tres años antes de que iniciara la Revolución Mexicana, ella escribió a quien más tarde, en 1914, se convertiría en su esposo: “alma y vida mía, quiera Dios que el placer que hoy experimentas al poseer este, y mi amor sublime, sea eterno. Si mañana llegaras a olvidarme, piensa que de ti dependen la vida y la felicidad de tu Elena”.

Así, también en la ciudad de Puebla, un 28 de noviembre de 1908, escribió: “alma mía, cuando al fin de mil penas veamos realizados nuestros ensueños, contemplaremos esta con placer. Que mientras, endulcen tus horas tristes. Tuya: Elena”.

Generalmente, al escribirle a su enamorado, se dirigía a él como “doctor don José Palafox y Díaz”. Como bella e intensa historia, un día, el amor de Elena y José culminó en el matrimonio. El 14 de agosto de 1918, cuando México se encontraba ante los abismos de su historia y de su destino, con todos los generales que se disputaban el poder tras el caos y el desastre nacional que generaron, ella escribió: “esposo, amado mío, ¡no me olvides jamás! Piensa que tu amor es mi vida. Tuya: Elena”. En otro retrato, simplemente redactó: “si algún día me olvidas, me moriría”.

Hija de una familia provinciana, Elena conoció a José cuando éste prestaba su servicio como dentista en Chalchicomula, Puebla, y se enamoró profundamente de él, hasta que, finalmente, en 1914, mientras la humanidad estaba distraída en efervescencias sociales y en la Primera Guerra Mundial, contrajo matrimonio con él y se mudaron a la capital del estado, donde fundaron una familia que parecía destinada a la felicidad; sin embargo, durante las horas aciagas de 1929, el hombre cerró los ojos y enmudeció; su cuerpo ya no presentó signos vitales y jamás volvió a emitir una palabra ni a dirigir una mirada de amor a la mujer. La muerte se interpuso entre ambos.

Al morir el cirujano dentista José Palafox y Díaz, su esposa, Elena del Río Rossainz, entristeció demasiado; pero no se doblegó y decidió, por lo mismo, marcharse a la Ciudad de México en busca de mejores oportunidades de bienestar para ella y sus tres hijos, entonces todavía pequeños, porque María Elena, la mayor, nació en 1915; José Luis, en 1918; Jorge, en tanto, en 1920.

La rueda de la vida gira incontenible y si una mañana, a una hora no recordada, se detiene en algún engranaje insospechado, otra tarde, en cambio, reposa en una orilla determinada. Así, mientras los hijos del matrimonio Palafox del Río crecían en la Ciudad de México, en Michoacán, al centro-occidente del país, se escribía la historia de una familia hasta entonces ajena a la de José y Elena. Una descendiente de la familia Escalante Arroyo -María Elena Terán Escalante-, emparentaría, en algún momento del siglo XX, con Jorge, el hijo menor de los Palafox del Río.

Hermanos Escalante Arroyo. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

El 10 de mayo de 1911, Salvador Escalante Pérez Gil, quien fungía como subprefecto de la región de Santa Clara del Cobre, en Michoacán, encabezó el primer levantamiento a favor de Francisco I Madero, el cual fue secundado por gran cantidad de gente. Francisco Ignacio Madero González, fue presidente de México del 6 de enero de 1911 al 19 de febrero de 1913.

Al morir Salvador Escalante en una de las contiendas de la Revolución Mexicana, Santa Clara del Cobre cambió su nombre por el de Villa Salvador Escalante. En enero de 1981, la cabecera recuperó el nombre de Santa Clara del Cobre y el municipio conservó el de Salvador Escalante en memoria, precisamente, de su héroe local.

Mientras aquel hombre, Salvador Escalante Pérez Gil, miraba de frente el rostro de la historia y trabajaba , sin darse cuenta, por una causa que inmortalizaría su nombre, en Morelia, la capital de Michoacán, moraba su esposa, una joven llamada Soledad Arroyo Sánchez, hija de Filomena Sánchez Rosiles y del español Juan Arroyo, a quien en esos primeros años de la vigésima centuria la gente conocía como “Judas, patas peludas”, por su participación anual, en semana santa, en la Pasión de Cristo.

Igual que en su hora, Elena del Río Rossainz se enamoró intensamente de José Palafox y Díaz, la otra, Soledad Arroyo Sánchez, años atrás quedó profundamente arrobada e ilusionada cuando conoció a Salvador Escalante, quien más tarde se convertiría en el héroe de Santa Clara del Cobre, del que el escritor José Rubén Romero, su antiguo secretario particular, haría referencia en una obra.

Salvador Escalante. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

Soledad tuvo la dicha de cumplir su sueño de contraer matrimonio con Salvador. El matrimonio tuvo nueve hijos, de los cuales, por cierto, casi todos murieron jóvenes; por eso, cuando el personaje aclamado en Santa Clara del Cobre, falleció en un combate durante el movimiento revolucionario, tiempo después, la hija del español “Judas, patas peludas”, decidió emigrar, como la otra familia -Palafox del Río-, a la que entonces no conocía, entre 1928 y 1929.

Una de las hijas de Soledad Arroyo Sánchez y Salvador Escalante, llamada María Teresa, también protagonizó una historia de romance en Morelia, capital de Michoacán, cuando conoció a Fernando Terán Quintana, que nació en Santander, España, y se sumó a quien años más tarde sería presidente de México, Lázaro Cárdenas del Río, para combatir en diferentes episodios durante la Revolución Mexicana que inició en 1910.

Acaso influida por el ejemplo de su padre -Salvador Escalante-, quien encabezó, en Santa Clara del Cobre, el primer levantamiento a favor de Francisco I Madero, o tal vez por la personalidad que irradiaba aquel español que se sumó al movimiento revolucionario -Fernando Terán Quintana-, ella, María Teresa Escalante Arroyo, no dudó, un día, en compartir los días de su existencia con ese hombre que lo mismo conversaba acerca del terruño, en España, que de la experiencia de viajar en barco por mares desolados o de combates en un estallido social que no le correspondía por no ser mexicano y en los que, no obstante, participó con valentía.

De aquel amor, la pareja tuvo una hija, María Elena Terán Escalante, quien años más tarde, ya en la Ciudad de México, se enamoraría y contraería matrimonio con Jorge Palafox del Río, exactamente el 27 de abril de 1946, época en que la humanidad comenzaba a reponerse de la sombra que le dejó la Segunda Guerra Mundial.

María Elena Terán Escalante, en 1925. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

Con María Elena Terán Escalante y Jorge Palafox del Río, hijos de dos parejas que protagonizaron historias de amor intensas e irrepetibles, los engranes de la vida y del destino coincidieron y grabaron los nombres y apellidos de otros hombres y mujeres que, igual que sus antepasados, escribieron las novelas de sus existencias en un rincón de México.

María Elena Terán Escalante. Cortesía: Jorge Palafox Terán.
  • Esta historia la he escrito en memoria de mi amigo, el inolvidable Jorge Palafox Terán, a quien prometí, antes de su fallecimiento, que la publicaría como un homenaje a sus antepasados y al amor que expresaron los personajes.
  • Las fotografías fueron proporcionadas por Jorge Palafox Terán y pertenecen a sus sucesores.

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Mis citas con las letras

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Acudo, puntual, a mi cita, a mi encuentro cotidiano con las letras, en la esquina del cuaderno de notas, al centro de la pantalla, en cualquier parte, sin importar el minuto, la hora y la fecha, porque, en un idilio, como el mío con el abecedario, sus puntuaciones y sus signos, es preciso entregarse por completo. Así, entre soledades y compañías, rumores y silencios, tareas y descansos, ausencias y presencias, cargas y liviandades, me fundo en las letras, armo palabras, compongo obras, textos que son pedazos de mí, expresiones de mi inspiración, fragmentos de lo que siento y pienso. No quisiera marcharme, una noche o una mañana, una tarde o una madrugada, con impuntualidades en mis encuentros con el arte, porque, entonces, sería un escritor infiel, un caminante que no deja huellas a su paso. En el arte, las citas suelen presentarse inesperadamente, sin agendar ni programar, quizá porque es libre y toca a los sueños, acompaña día y noche, en la vida y en la muerte, en la temporalidad y en el infinito. Me despierta la inspiración, me llaman las letras y las palabras, me acompaña el arte. Desde el amanecer, entre una inspiración y otra, en medio de mis tareas, alrededor y dentro de cualquier actividad, me presento entero ante las letras, el papel y la tinta, en un acto de amor puro que concibe textos y obras. Acudo, puntual, a mis citas irrenunciables con el arte, a mis momentos de amor las letras.

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El vals de las letras y los números

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los números aparecen en el escenario, elegantes o humildes, con ropaje de científicos, rostro de operaciones aritméticas, mirada de estadísticas y maquillaje de finanzas y negocios. Andan por el mundo y, a veces, suelen sumar, multiplicar, y, en ocasiones, se atreven a restar, a dividir. Son complejos, parece, con doble carácter -ambivalentes-, y así, con aciertos y errores de sus seguidores, se dedican a danzar en la pista de la vida. Asombran por su exactitud y por intervenir en los cálculos del mundo y del universo. Visten y bailan solemnes, adustos, con la frialdad de quien no perdona errores y es exacto y puntual Unos bailan el vals con los números y los presentan a los demás, inmersos en su complejidad, para bien o mal. Y mientras los números se entretienen en la ciencia, en la tecnología, en los negocios, en las finanzas, en la arquitectura, en las estadísticas y en los cálculos matemáticos, aparecen, en la pista, las letras, abrazadas entre sí, con la encomienda de formar palabras, transmitir sentimientos e ideas, convertirse en poemas y en cuentos, en novelas y en relatos, en historias y en textos. Números y letras se mezclan en el paisaje de la vida y bailan, incesantes, el vals, con sus notas profundas y ligeras, con sus realidades y sus sueños, con sus fantasías y sus solemnidades. Muchos seres humanos, a pesar de coexistir en un ambiente roto, sienten admiración y emocionan al mirar números, letras, operaciones matemáticas, palabras, ecuaciones, textos, que abrazan y besan, entre un suspiro y otro; algunas personas más, pasan despreciativas e indiferentes, ajenas a la convivencia, al banquete, y, si acaso se interesan en ese mundo, es para seducirlos y utilizar sus sentidos de acuerdo con sus intereses y caprichos que, hoy y desde hace tantos ciclos, observamos en el ejercicio del engaño, del control, de la explotación y del poder. Y baila uno, casi sin darse cuenta, toda la vida, con los números y las letras, con las operaciones aritméticas y con las palabras. Las notas suenan magistrales y excelsas cuando, al seguir su ritmo inagotable, uno construye el bien en todas sus expresiones y traza puentes al infinito; pero los sonidos se vuelven discordantes al someter los números y las letras a apetitos, superficialidades, caprichos y mal. En el vals de las letras y los números, cada ser humano elige las melodías y arma las ecuaciones y los textos de acuerdo con sus sentimientos, sus ideales, sus anhelos, sus delirios, sus motivos y sus pensamientos. Las letras y los números siempre estarán esperando que alguien, hombre o mujer, los invite a bailar el vals de la vida, más allá de las intenciones nobles o despiadadas del solicitante. Cada biografía humana sigue el ritmo de su interior y de su exterior con las letras y los números que selecciona. Oh, cuánto asombro siento ante tan maravilloso espectáculo.

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Las letras, las letras

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A las letras, el artista las acaricia, las consiente y las enamora desde temprano, al amanecer, durante el día y la tarde. hasta el anochecer y, quizá, en la madrugada, cuando, despierto o en las profundidades del sueño, las musas flotan en el ambiente, en la buhardilla, entre el autor, el papel y la tinta. A las letras se les busca en el abecedario, entre signos y puntuaciones, para que se abracen unas con otras y formen palabras, textos. poemas, cuentos, novelas, relatos. A las letras, el escritor les da un motivo, una razón, un sentido, para que expliquen los significados de la vida, transmitan sentimientos y comuniquen ideas. Las letras pueden ser crueles con los lectores, despiadadas en sus temas e historias, o dulces, bellas, amables y románticas. Enseñan tanto. Las letras son moldeadas por el autor al inspirarse y escribir un poema, un cuento o una novela. Unas y otras se atraen, se buscan, se reconocen. Forman palabras cargadas de sentimientos y de raciocinios. A las letras, cuando uno las llama, se les impregnan los perfumes y los suspiros del alma, los anhelos y las realidades de la arcilla. Son espirituales y materiales. Pueden llegar al alma o mover a la gente. Las letras, al escribirlas el artista, son notas musicales con sonidos y silencios. Tocan a la puerta del alma, entran a la mente, y hacen de sus líneas el cielo inmortal o el terruño de barro. Son las gotas de agua diáfana que, reunidas, forman cascadas, manantiales, ríos, lagos y mares, y se traducen, finalmente, en obras de arte, en literatura que ofrece senderos y destinos insospechados, a pesar de sus luces y sombras. A las letras, si uno las desea transformar en arte, hay que buscarlas cotidianamente, saludarlas, pasear a su lado, hablarles, explorar con ellas los palpitares de la vida y trazarlas correctamente, en instantes de lluvia y en momentos de calor, al nevar o al soplar el viento, en las auroras, cuando las mañanas pintan colores y dispersan perfumes, y en las noches desoladas y oscuras o decoradas con luceros. Las letras son fieles si uno las ama o indiferentes si se les desatiende. Conducen al paraíso o inventan lo más terrible del infierno. Dan idea de lo que, de otra manera, no podría expresarse. Las letras, al amarlas el escritor, conciben palabras, textos que mueven los sentimientos y llegan a los pensamientos e incluso a las acciones. Las letras, las letras.

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Rutas de un viajero. Capítulo XVII. K´uinchekua 2022, la fiesta grande de Michoacán

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La noche, envuelta en la oscuridad profunda, en esos matices ennegrecidos que las estrellas y la luna suelen decorar y alumbrar, asomará al legendario lago de Pátzcuaro, en Michoacán, y escuchará, como hace cientos de años, los rumores y los sigilos de la naturaleza, mezclados con el toque del caracol marino, atrapados en las piedras talladas durante horas prehispánicas, cuando Tzintzuntzan, lugar de colibríes, era sede del majestuoso y poderoso señorío de los purépechas.

K´uinchekua, la fiesta grande de los purépechas y de Michoacán, iniciará, como es su tradición, con un ritual, entre toques de caracol. Invocarán a sus dioses del fuego y del viento, a la Tierra y a la luna, para solicitarles permiso, por medio de la ceremonia de pelota purépecha, la conmemoración del nacimiento y el equilibrio del universo.

Entre luces y sombras y ante la presencia de purépechas, mazahuas, otomíes y nahuas -las cuatro etnias que existen en Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México-, iniciará la K´uinchekua, la tradicional fiesta grande que, durante tres días -del 18 al 20 de marzo de 2022-, podrán admirar cientos de turistas en la zona arqueológica de las Yácatas de Tzintzuntzan*, frente al legendario e imponente lago de Pátzcuaro.

Con respeto a las ruinas arqueológicas que hace cientos de años formaron parte del imperio purépecha, durante los tres días de fiesta, a partir de las siete de la noche, participarán 21 grupos integrados por 250 artistas, quienes presentarán danzas, pirekuas, sones y comparsas.

Habrá, entre otras presentaciones, Danza del Torito de Jarácuaro, Danza de los Viejos Chicos de Charapan, Danza de los Moros, Danza del Pescado, Danza de las Panaderas, Coro de Mujeres de Santa Fe de la Laguna, Paloteros de Puruándiro, Pirekuas, Tlahualiles de Sahuayo, Conjunto de Tamborita de la Depresión del Balsas, Conjunto de Arpa Grande de Tierra Caliente, toritos de petate y mojigangas.

En la calzada de las Yácatas, se instalarán cocineras tradicionales, quienes elaborarán platillos con los aromas y los sabores indígenas, y artesanos que comercializarán piezas bellísimas, manufacturadas en cantera, barro, tule, madera, cobre y tela, entre otros materiales naturales que existen en esas tierras michoacanas y que tanto cautivan a visitantes nacionales y a turistas extranjeros.

Las actividades incluirán, también, festejos religiosos, corpus, celebraciones patronales y rituales indígenas; asimismo, se instalará una pantalla para videomapping, en una superficie de 1.200 metros cuadrados. La festividad contará con un gran escenario. Cada noche, a partir de las 19 horas, podrán ingresar 1.500 personas. El acceso será gratuito. Los boletos son gratuitos y pueden solicitarse en michoacan.travel.

Durante las actividades inaugurales, se contará con la presencia del gobernador de Michoacán, Alfredo Ramírez Bedolla; el secretario estatal de Turismo, Roberto Monroy García; autoridades estatales, municipales y federales; representantes de las cuatro etnias indígenas en el estado, purépechas, mazahuas, otomíes y mazahuas.

La tarde se diluye. El lago de Pátzcuaro refleja las siluetas de las montañas y de las islas, los rostros de los pueblos de adobe y teja, en sus aguas plomadas, hasta que la noche asoma nuevamente, con sus luceros y sus oscuridades, entre murmullos y silencios, en espera, quizá, de que las piedras, talladas por manos indígenas, hace centurias, en la zona arqueológica de Tzintzuntzan, hablen y relaten la prodigiosa epopeya del ayer.

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Rutas de un viajero: Capítulo I. Zona arqueológica de Tzintzuntzan

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Cada letra, cada palabra, cada texto

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cada letra es un pétalo, una flor, una hoja, un pedazo de árbol, un fragmento de tantas palabras que se escriben y a veces se pronuncian y en ocasiones se callan, igual que el viento que, al soplar, envuelve su aliento en murmullos o lo encapsula en silencios. Cada palabra forma parte de la narración o del poema, del cuento que arrulla a los niños o de las novelas que emocionan a los lectores, de los versos que enamoran y dan paz y armonía. Cada texto, en el arte, es un deleite, un regalo que se entrega, una noche o a cualquier hora, a alguien muy amado y especial, a los lectores, a la gente que se deleita al recibirlo. Cada letra abraza a la que uno traza al lado y, juntas, fabrican cuentos, novelas, relatos, poemas, como las gotas de lluvia al acumularse y formar charcos que reflejan la profundidad del cielo, las siluetas de los árboles y de las montañas, los rostros y los paisajes, incluso lo que parece resultar inalcanzable. No hay trucos ni engaños en las palabras que uno escribe porque vienen de los sentimientos y de las ideas, a veces con la esencia de paraísos y en ocasiones con la arcilla del mundo, en una inspiración que no termina nunca y con una labor incansable. Cada letra pura la escribe uno lejos de los escaparates, de las cámaras y de los reflectores, porque, al crear palabras, al integrarse a las páginas, al ser, simplemente, textos, derraman su encanto y su magia, un prodigio que viene de las almas y de un infinito que palpita incesante y provoca la vida, el aire, lo bello, el agua, el amor, lo sublime. Cada letra que se junta, arma palabras que obsequian lo más prodigioso, los destellos y los suspiros que parecen venir de Dios, de la creación, de la naturaleza, del alma. Cada letra, cada palabra, cada texto.

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Si no forman parte del pueblo, ¿quiénes son?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Les llaman, en sus discursos, pueblo. Académicos, economistas, intelectuales, políticos, artistas, abogados, periodistas, religiosos, analistas. líderes y funcionarios públicos, entre otros, se refieren a la gente común con el término pueblo, como si se tratara de una palabra contagiosa o con una dosis tóxica, capaz de volver pobre, desafortunada e ignorante a cualquier persona que la pronuncie.

Incluso, al referirse al pueblo, queda la idea de que, para ellos, los que hablan en las tribunas públicas, lo hacen como si fueran ajenos y extraños a la humanidad. «El pueblo necesita atención, medicamentos, educación, asesoría, programas sociales, seguridad, fuentes laborales, obras, servicios», en el tono que lo expresan, parece que solo falta agregar: «también requiere muletas, intermediarios, socorristas y golpes para que entienda y supere su mediocridad».

En México, como en otras regiones del mundo, donde las clases sociales están marcadas y las apariencias forman parte de las costumbres, la clase política y sus funcionarios públicos, junto con las personas que cuentan con alguna especialidad universitaria, los religiosos y otros más, son proclives a mencionar, en sus conferencias y discursos, el término pueblo, como si le agregaran un tono de lástima, desprecio o repulsión.

Durante mi ejercicio periodístico y mi asistencia a conferencias, talleres, cursos y actos públicos, he notado, precisamente, esa costumbre perniciosa de hablar del pueblo como si se perteneciera a otra esfera. Son los grupos que se consideran selectos, los que más recurren a tales errores.

Siempre he respetado a la Real Academia Española; sin embargo, si bien es cierto que el concepto de pueblo se deriva de la palabra controvertida populus, si uno consulta el significado, en el diccionario de la lengua, descubrirá varias definiciones, algunas, incluso, que parecen contradictorias: «ciudad o villa», población de menor categoría», «conjunto de personas de un lugar, región o país», «gente común y humilde de una población» y «país con gobierno independiente».

Llama la atención, verbigracia, que, por una parte, se informe que se trata de un «conjunto de personas de un lugar, región o país», lo cual, implica, lógicamente, que contempla toda clase de gente, desde las élites y todos los grupos que se creen superiores por su poder económico y político, por sus conocimientos y por su formación, hasta los seres humanos más pobres. Ese concepto sería el más razonable. No obstante, la definición se fractura, más adelante, dentro de la misma página del Diccionario de la Lengua Española, al indicar que es «gente común y humilde de una población».

Cualquier lector, sin mucha formación, podría tener una confusión al descubrir tal contradicción, porque, de acuerdo con la lógica, basada en ambas definiciones, pueblo son todas las personas que habitan un lugar, región o país, o, simplemente, es gente común y humilde de una población. Esto es como el ejemplo de quienes, ante indefiniciones, rentan o venden sus fincas, cuando se trata de dos actos muy diferentes.

Frecuentemente, cuando alguien, en sus discursos, entrevistas, diálogos o mensajes, pronuncia el término pueblo, queda la sensación de que lo hace como si la gente a la que se refiere estuviera mutilada o totalmente imposibilitada, con las manos estiradas para recibir dádivas, las migajas que caen de las mesas de la abundancia.

Todos somos pueblo, desde los más poderosos económica o políticamente, hasta quienes coexisten en el pauperismo. Y, aunque parezca disgustarles por sentirse parte de una élite, gobernantes, empresarios, militares, políticos, funcionarios públicos, artistas, intelectuales, líderes religiosos y sociales, académicos, profesionistas, actores y burócratas, entre otros tantos, forman parte del pueblo. Las únicas diferencias, en ellos, son las que marcan sus rasgos de riqueza, poder e influencia en sus entornos; pero son, a pesar de su repulsión, pueblo.

Y reprobable no solamente es su aversión a la gente que consideran pueblo, vulgo, colectividad, sino los beneficios que obtienen de la sociedad. Es mucho lo que reciben y poco o nulo lo que devuelven como compensación a la colectividad.

Creo que transcurrirán muchos años y ellos, los que se sienten superiores por sus conocimientos, su dinero, su influencia o su poder, seguirán refiriéndose al pueblo como un conjunto de personas rotas que necesitan, con urgencia, ayuda y prótesis para desarrollarse y progresar. Pueblo somos todos, tú, yo, nosotros, ellos. Recuerda que una fortuna material, un cargo gubernamental, un ministerio religioso, un liderazgo social, un título universitario o una vida pública, representa satisfacciones personales importantes y grandes responsabilidades; sin embargo, en esencia, no te hacen diferente. Así que pueblo somos todos.

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Otra definición de arte en un párrafo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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El arte consiste en introducirse en las profundidades del ser, explorar las vetas que existen en sus rincones inconmensurables, escuchar los rumores y los silencios del alma y de Dios y descifrar, finalmente, su lenguaje y sus mensajes, para, más tarde, transmitirlos a la humanidad, a través de letras y palabras, colores y formas, melodías y pausas, de tal manera que los relatos, los poemas, los murales y los lienzos pictóricos, las esculturas y la música, hablen suavemente, susurren a los oídos de arcilla y a la esencia y ofrezcan pedazos de cielo y conduzcan a otras fronteras, donde la luz infinita alumbra a quienes se atreven a sentirla.

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